EL JEFE DE MI MARIDO
Una tarde, mi marido me dijo que había sido invitado a una
reunión en la palapa de Eduardo, con motivo del cumpleaños de Alberto, sus
mejores amigos, y me pidió que asistiera con él. Nunca lo había acompañado a ese
lugar, y la verdad me daba cierta curiosidad saber cómo eran ese tipo de
reuniones.
Cuando llegamos a la palapa ya estaban ambientados todos los
demás. Se encontraban el profe Fernández, Eduardo, Alberto, Jennifer y Érika, y
ahora llegábamos Gerardo y yo. Todos estaban tomando cerveza, así que en cuanto
llegué, muy solícito el Eduardo me ofreció un bote, que yo acepté sin chistar y
me lo empiné delante de todos.
Luego fui presentada a las mujeres, que no conocía, y ambas
me recibieron muy bien, quizá porque ya estaban algo tomadas. Luego me integré a
la reunión como si fuera de toda la vida, bromeando y chacoteando con los
hombres y con las dos mujeres. Como a las ocho de la noche, Jennifer anunció que
se retiraba; Érika aprovechó también para despedirse. Y entre frases de
desesperación por parte de los hombres porque no se fueran, ellas se dirigieron
a sus carros y se fueron. Y entonces seguimos igual, sólo que ahora yo era la
única mujer en la reunión.
De esto no me di cuenta hasta pasados varios minutos de estar
bromeando con ellos, entre cigarro y cerveza. Mi marido también participaba de
las bromas; pero era el único que no tomaba. Yo ya estaba muy alegre con
las seis cervezas que llevaba, y me portaba de una manera muy despreocupada y
desenfadada, que sin duda les gustaba a los amigos de mi marido. Frecuentemente
les mostraba algo de mi cuerpo, el escote o las piernas, todo, claro, debido a
mi estado de embriaguez.
Hubo un momento en que entré en la bodeguita por unos vasos y
platos para continuar tomando y botaneando. Eduardo me dijo dónde estaban y
entré; pero al entrar y ver dónde estaban, me di cuenta que no los alcanzaba.
Entonces grité para que alguno me fuera a ayudar.
Quien atendió mi llamado fue el profe Fernández, y al verme
de puntillas queriendo alcanzar los vasos de la repisa, se apresuró a ayudarme;
pero de una manera muy singular: poniéndome las manos en las nalgas, me
impulsaba hacia arriba para que alcanzara los utensilios. Yo estaba tomada; pero
me daba cuenta de lo que me estaba haciendo el profesor.
Al impulsarme hacia arriba con su mano en mis nalgas, me
repasaba el culo con toda libertad, y como traía falda, en pocos segundos sus
manos me manoseaban el culo y la panocha por debajo de la falda. Intenté
reclamarle; pero la situción me había calentado, quizá motivada también por mi
embriaguez. A pocos pasos de mi marido y sus otros dos amigos, su jefe me estaba
manoseando sin ningún pudor, y yo, lejos de evitarlo, se lo permitía moviéndome
al ritmo de sus dedos.
¿Necesita que le de otro empujón? —me preguntó Fernández.
Por favor —le respondí.
Ahí le voy entonces —me dijo.
Y escuché cuando el profesor se bajó el cierre del pantalón.
Entonces sentí su verga bajo la falda buscándome la panocha. Yo misma me acomodé
para que me la encontrara, y en pocos segundos, sentí su verga adentro de mi
panocha.
¿Así está bien? —me preguntó mientras comenzaba a empujarme
su verga.
Sí —le respondí—, así está muy bien, sígale, por favor.
Y Fernández continuó metiéndomela, mientras me tomaba de la
cintura para impulsarse mejor. Entonces me jaló quitándome de la repisa, para
llevarme hacia un camastro que estaba cerca. Yo me apoyé en el camastro, parando
las nalgas, permiténdole que me culeara mejor en esa posición.
Mientras tanto, escuchábamos la risa y la charla entre los
que estaban en el patio. En la bodeguita, sólo se escuchaban nuestros suspiros,
jadeos y gemidos. De pronto, sentí que me venía el orgasmo, que intenté acallar
con un ahogado gemido, y cuando Fernández sintió que me estaba viniendo, comenzó
a impulsarse con más rapidez y fuerza adentro de mi panocha, y en pocos segundos
sentí que explotaba adentro de mí, echándome todos los mecos adentro.
Ya que terminó, me sacó la verga chorreando y se acomodó la
ropa, mientras yo hacía lo mismo. Luego, recogimos los platos y vasos y salimos
a donde estaban los demás, que ni cuenta se dieron de lo que había pasado entre
el profesor y yo.
Ya con los vasos y los platos desechables, seguimos tomando y
botaneando, como si nada hubiera pasado. Charlamos, bromeamos y yo me comportaba
como si fuera uno de ellos, hasta que mi marido, como a media noche, decidió que
debíamos volver a casa. Con esto, los demás también decidieron dar por terminada
la reunión, y nos retiramos, comentando lo que había pasado (menos lo del profe
y yo) y que me gustaría volver a la siguiente reunión, lo cual a mi marido le
pareció muy bien, pues por fin me estaba adaptando a sus amistades.