La noche es cálida, algo inusual. No es el ambiente común en
las islas de Northrend, donde la bruma y la niebla se acompañan de un cruel frío
mortal. Pero hoy es el vigésimo primer día de el mes de Azor. El día de la luz.
El día en que el sol brilla durante más tiempo, incluso, aunque un poco tenue,
durante la noche. No es un día cualquiera. Hay fiesta en el reino de Hargg. Los
principales caballeros están reunidos en el gran salón principal del imponente
palacio de piedra edificado junto al mar. Abundan la cerveza y los manjares. No
se sabe que es lo que más caldea la noche en este reino de hielos eternos; si es
el alegre alcohol; si son los numerosos braseros de bronce que arden con gran
intensidad; o si el ambiente fogoso procede de la bella y ardiente Karelia. De
pie sobre un amplio estrado que domina el salón está ella semidesnuda. Su cuerpo
perfecto cubierto con preciosas y delicadas joyas. Sus largos cabellos rubios
caen lisos y sueltos a partir de una diadema de oro puro con cuyo color y brillo
compiten ventajosos. Sus pechos grandes apuntan hacía el cielo, cubiertos con un
diminuto corpiño tejido con una fina malla de oro adornada con diamantes. Su
vientre al desnudo igual a su angosta cintura, parecen delineados con un hábil
buril. Y abajo, muy abajo, dejando entrever la parte superior de un pubis
imberbe, una diminuta pieza en forma de ovalo fabricada de oro cubre como una
valva su fruto prohibido de mujer, pieza de hábil orfebre, la valva convexa va
sostenida en los dos lados superiores y por el lado inferior con cadenillas de
oro que se unen por atrás en la parte más baja de la espalda, la cadenilla
inferior pasa ajustada entre la división de sus voluptuosos glúteos que se
muestran impúdicamente al descubierto. Karelia permanece con los ojos cerrados,
el mentón levantado y el rostro hacía el cielo. Su postura es de un arrobamiento
extático. Los hombros desnudos echados para atrás. Los delineados brazos están
cargados de brazaletes y esclavas de brillante oro. Sus manos en jarras están
apoyadas en su cintura. Sus largas piernas, torneadas con sin igual belleza, se
plantan abiertas, desafiantes. La piel de Karelia, a diferencia de la gente
pálida de Northrend, es de un natural color bronceado, y para la ocasión se ha
cubierto por completo de pies a cabeza con polvo de oro. La visión de la figura
es sublime. Semejante a una perfecta estatua dorada cincelada en metal. La
ilusión es tan completa y tan hábil que ni siquiera se nota la respiración de la
inmóvil figura.
Debajo de la tarima, Karelia lo sabe bien, el profuso
auditorio, boquiabierto y atónito, tiene sus ojos clavados en ella. La
contemplan los más valerosos y nobles guerreros del reino. Aquellos a quienes su
Señor Racknor ha dispensado tan sublime espectáculo. Para unos es la primera vez
que gozan de la visión de la excelsa joven, y otros aunque la han visto antes
parecieran que jamás hubiesen contemplado semejante belleza.
Karelia abre sus parpados lentamente, como despertando de un
sueño. Sus ojos, verdes como verdes esmeraldas, evocan praderas y bosques de
tierras lejanas, tan diferentes al siempre blanco, negro y gris de Northrend.
Ella mantiene la mirada en el cielo, en un punto indefinido. Y así, sus gráciles
pies, propios de una diosa cuyo suelo fuesen blancas nubes, inician un rítmico
movimiento, golpeando alternativamente el entablado de delicadas maderas
cepilladas y pulidas hasta la saciedad. Los tambores acompañan el movimiento. El
sonido hipnotizante envuelve el lugar. Inicia la exquisita danza de Karelia.
Abajo las miradas llenas de lujuria y deseo de cada hombre
convergen en ella. Cada corazón late por ella, al ritmo de sus movimientos.
Incluso en la danza, no es ella quien sigue a la música sino la música es quien
la sigue, o más bien la persigue, tratando de alcanzar sus movimientos.
Karelia permanece siempre con su vista dirigida al cielo. Sin
dignarse a ver a su extasiado público. No los ve pero sabe que están allí.
Hombres salvajes, de largas y castañas cabelleras hirsutas, ensortijadas.
Pelambre grueso como de animal que cubre sus cabezas, sus rostros, sus brazos,
sus cuerpos. Los hombres resoplan, sus cuerpos toscos, grandes y duros,
mantienen sus sobredesarrollados músculos en tensión, bajo las armaduras de
hierro negro. Son como una jauría de lobos hambrientos, listos para arrojarse
sobre su presa y destrozarla, y devorarla cruda como fieras indomables. Ella lo
sabe, y acelera su danza sensual, que ha ido pasando de la inmovilidad total a
lentos y cadenciosos movimientos para culminar con rápidos espasmos y agitadas
contorsiones, incitadoras y sugestivas del acto carnal. Sus rápidas manos
acarician sugestivamente sus senos, su cintura, palpan sus muslos y entre ellos.
Tocan su carne con suavidad y lascivia. Sus caderas se mueven con violencia,
como poseídas en un rapto en el cual mantuviese un coito desenfrenado con algún
ser invisible. La expresión de su rostro es dulce y voluptuosa. Sus párpados
cerrados, sus rojos labios entreabiertos, sus facciones finas y delicadas
parecen iluminadas por un resplandor sobrenatural.
Los hombres la contemplan deslumbrados, expectantes ante el
próximo e inminente clímax culminante. Tan solo el temor los mantiene fijos en
sus asientos. El miedo hacía su Señor y Amo el Gran Racknor, asolador de
ciudades. Los hombres reunidos allí son fieros guerreros que no vacilarían un
segundo en entregar sus vidas por su Señor. Todos le temen, le respetan, y
también le envidian.
La danza de Karelia ha concluido. En el punto máximo sus
vertiginosos espasmos semejan convulsiones desenfrenadas de placer y lujuria. En
el apogeo ella se muestra como posesa, dominada y sometida a un enérgico,
violento y único orgasmo. Como un fuego ardiente, como un estallido, alcanza una
explosión de placer orgiástico. Ella cae de rodillas al suelo, la espalda echada
hacía atrás, sosteniéndose sobre sus brazos flexionados en los codos, el rostro
siempre vuelto al cielo. Sus espasmos se vuelven más esporádicos, como resabios
de la explosión pasada. Ella sabe causar el mismo efecto en todos los hombres
que la contemplan, cada uno de ellos se siente a solas con la celestial joven,
cree que ella ha bailado sólo para él, en una danza exclusiva convertida en un
diálogo entre ambos, que es él el causante del éxtasis en que ella se ha
postrado. Que era él el ser invisible que la poseía y penetraba sobre la tarima,
más de algún jovencito incluso, ha casi eyaculado de forma espontánea, siendo la
contemplación apasionada más que suficiente estímulo. Karelia conserva su
posición, ahora se ha detenido por completo. Está paralizada, rígida, y de nuevo
parece ser una escultura modelada en oro.
Aparecen cuatro doncellas vestidas con blancas túnicas
largas, suben a la tarima y la rodean, despliegan mantas de color grana que
esconden a la diosa de la vista de los hombres. Otras ocho mujeres llegan
portando un palanquín de oro ricamente decorado, recamado con figuras
fantásticas, y coronado por una marquesina de la que penden cortinas de
terciopelo rojo que ocultan su interior. Ya sin ser vista por los hombres
Karelia aborda el palanquín.
El Gran Señor Racknor sentado en su trono en el sitio de
honor del salón eleva su copa y aclama la belleza de la concubina consorte,
loando y exaltando su esplendor y hermosura. El público prorrumpe en gritos
vitoreando la magnificencia del Rey Racknor y aplauden su riqueza y su grandeza
de poseer a la mujer más bella que existe en el mundo.
A una señal del Rey penetran en la habitación muchas esclavas
por completo desnudas. Todas muy jóvenes, muchachas de Northrend, altas y
robustas, de abundantes y firmes carnes. Tienen la piel blanca y pálida como
todos los naturales de la región. Sin pudor ni vergüenza se entregan a los
guerreros. La orgía ha iniciado. Todo es algarabía y gozo, gritos y desenfreno.
Los tambores que habían callado vuelven de nuevo a retumbar en la sala. El
festival de verano ha empezado.
Recostado junto a una columna de piedra está un ser
semioculto en una zona de penumbra. Es un hombre de aspecto diferente a los
demás. Su cabello, recogido en una sencilla cola, es lacio y fino, es de color
negro brillante como el azabache, al igual que sus ojos de mirada profunda. Es
extranjero, toda la gente de Northrend tiene ojos azules. Su piel también es
diferente, bastante bronceada. Su nariz es fina y aguileña, no grande y basta
como la de la gente del reino. Su complexión es atlética, de musculatura
definida, pero no voluminosa como la de los enormes habitantes de las islas del
norte. Sus ropas también son diferentes, viste una camisa blanca de tela gruesa
y lisa, de mangas anchas y largas, guantes de piel, pantalones negros y botas
negras de piel con doblez hacía afuera en la parte superior. Su rostro va
semicubierto por un elegante antifaz negro. Es un extranjero. Muchos forasteros
han venido por mar, atraídos por las festividades, motivados por la perspectiva
de realizar negocios: gitanos, marinos, aventureros, magos, bufones, vendedores,
saltimbanquis, volatineros, cíngaros, meretrices, comerciantes y otra mucha
gente ha arribado en barcos y levantado sus tiendas de campaña en la playa.
Un sujeto fuerte y grande como oso polar llega y empuja de un
manotazo al extranjero del antifaz haciéndolo caer sobre sus rodillas al piso.
Los hombres de las mesas cercanas prorrumpen en estruendosas carcajadas.
–Enclenque utlänning, ¡Apártate de mi camino! –Vociferó
jocoso el sujeto que lo había empujado.
El extranjero se incorporó. Sacudió su ropa y dirigió una
leve y cortés sonrisa al agresor.
–Deja de molestarlo Sverr. –Increpó un tipo de cabellera
blanca.– Jakt Señor de los Fiordos le ha permitido a esté utlänning la
distinción de reverenciar la divina danza de la espléndida Consorte de El Gran
Señor Racknor de Hargg.
–Hablas mucho Kyell. –Exclamó Sverr sonriente. Con una de sus
manazas agarró un hombro del extranjero.– ¿Y a que se debe tal merito?
–El utlänning ha traído en su barco el mejor cargamento de
cerveza que nunca hayamos probado. Acordó venderlo a un precio razonable con el
Gran Jakt Señor de los Fiordos. Debido al buen trato y al buen producto se le ha
concedido tal gracia.
–¡Bien pues disfruta de la fiesta y la grandeza de El Gran
Señor Racknor de Hargg!
Mientras tanto el bullicio iba en aumento. Hombres y mujeres
cedían a la orgía desenfrenada. Las doncellas de túnicas blancas levantan el
palanquín de la Consorte, y con él abandonan el salón dejando atrás el tumulto y
la algarabía. Las mujeres lo transportan sin dificultad. Son mujeres de fuerte
complexión, como los son todos los que viven en el reino de Hagg.
La comitiva atravesó algunos corredores, luego llegaron
frente a una escalera de piedra. Subieron por ella hasta llegar a las
habitaciones privadas de la Consorte Real. Con cuidado depositaron el palanquín
sobre el piso, el único alfombrado del castillo. Las muchachas se apresuraron a
alistar la habitación. Unas avivando el fuego de la chimenea, otras en la
estancia contigua preparando el baño. Una vez que todo está listo abandonan el
aposento en silencio.
Ya que está sola, Karelia emerge de su palanquín. Desnuda. Se
ha despojado de todas las joyas: brazaletes, pendientes de zafiro, diadema,
cadenillas para los tobillos, todo lo que utilizase durante su presentación.
Entra al cuarto de baño donde la espera una artesa de mármol blanco llena de
humeante y perfumada agua caliente. Ella avanza, sus hermosos pies caminando
sobre baldosas de verde jaspe de piedra crisoprasa. Apoyada sobre la bañera
introduce con lentitud, poco a poco, su cuerpo de ninfa. Sin contar su cabellera
dorada y sus finas y bien delineadas cejas, el resto de su cuerpo es por
completo imberbe. Ella se sumerge en el agua, el polvo de oro que antes cubría
su cuerpo se disuelve en ella. Su piel tersa y fresca se esponja y sonroja
debido al calor que hace expandir sus poros. Es una preciosa nereida acuática
hija del océano. Emerge del agua, el líquido se desliza por sus largos mechones
rubios que aparta de su rostro con sus delicadas manos. Se sienta recostándose
con el agua hasta la altura de su pecho. Pronto la envuelve una deliciosa
sensación de calma, de serenidad, que la va relajando. Descansa así, embargada
de tranquilidad y confort. Se siente tan bien. Estira sus largas y bien labradas
piernas. Separa sus tiernos y suaves muslos. Sus manos descienden bajo el agua
buscando su entrepierna. Toma sus labios vaginales y comienza a acariciarlos.
Deja escapar un leve gemido de placer. La fragancia que emana del agua es de
pino silvestre, cuya esencia ha sido diluida en el líquido. Sus manos siguen
masajeado sus genitales femeninos, inundándola de placer. Introduce sus dedos,
medio e índice, dentro de su vagina. Con su pulgar se presiona el clítoris.
Emite un maullido de placer, de ronroneo feliz. Sus otros dos dedos entran y
salen de su vagina. Tiene los senos erectos y firmes. En su imaginación evoca la
imagen, que no se digno ver, de los hombres que la contemplaban durante la
danza. Los imagina como fieras salvajes. Dispuestos a lanzarse sobre ella y
devorarla viva.
Después de pasado un largo tiempo la muchacha sale de la tina
de mármol. El baño ha terminado. Desnuda y chorreante de agua se dirige al
tocador sobre el que están sus toallas. Seca bien su escultural cuerpo, al igual
que su cabello. Busca en la repisa, en el lugar donde suelen colocar las
túnicas. Entonces sobre la mesa descubre una prenda hermosísima. Es una bata
holgada color escarlata, fabricada de seda. Adelante y atrás lleva bordados una
pareja de dragones fantásticos. La labor ha sido elaborada con hilos de oro, con
un arte impecable. Karelia se coloca el vestido, el cual se cierra por la parte
delantera, anudándose con un listón a la altura de la cintura. Es un poco
escotado arriba, y por la parte inferior, al caminar, sobresalen sus voluptuosos
muslos. El corte de la pieza confiere una gran sensualidad y erotismo. Ella
supone que ha de ser un regalo del Rey. Un finísimo vestido traído por los
mercaderes de tierras lejanas y exóticas. Pero esa no es la única sorpresa que
le esperaba aguardándole, la noche entera iba a estar llena de ellas.
La joven entra en el dormitorio. Allí, sentado en un diván,
junto a la hoguera crepitante de la chimenea, está el joven extranjero del
antifaz, que había sido agredido con anterioridad en el gran salón. Parecía muy
a su gusto. Las piernas cruzadas con sus botas de cuero sobre una mesa, se haya
tocando un laúd del cual arranca una suave melodía.
Él continuó ahí, tranquilo, sin inmutarse por la presencia de
la muchacha que acababa de entrar.
Karelia se plantó con las manos en la cintura, la cadera
inclinada hacía un lado, el mentón levantado, parecía terrible belleza, más
temible que un ejército de guerreros erizados de armas.
–¿Quién eres, y qué se supone que haces en este lugar?
–preguntó con desafió y arrogancia, pero con una voz de timbre melodioso como
murmullo cristalino de arroyo.
El hombre levantó el rostro y le dirigió una serena mirada.
No estaba turbado.
–¡Respóndeme! ¿Por qué el Rey te ha dejado subir a mis
habitaciones?
Los dedos del hombre continuaron pulsando las cuerdas del
instrumento. El extranjero dirigió su vista a las cuerdas. El ritmo de la
melodía se tornó más dócil, casi letárgico.
–Decidme Majestad ¿Acaso vuestra inefable hermosura corre
pareja junto a vuestro… enérgico carácter?
La muchacha tardó un poco en responder. Estaba bien erguida,
con sus pechos apuntando al frente y delineados bajo la fina seda. Sus finas
facciones dibujaron una expresión de extrañeza.
–¿Pretendes insultarme, bellaco insolente?
–Eres una personita muy curiosa Emperatriz, gustas mucho de
hacer preguntas. –le hablaba sin verla.– Ya que quieres saber, decidí subir aquí
porque pensé que estarías aburrida estando sola.
Ella se dirigió a un sofá semejante a un trono, y tomó
asiento cruzando sus bellas piernas, descansó sus brazos en los apoyos laterales
y se arrellanó contra el respaldar. Examinó la mesa que se interponía entre
ambos. No había reparado en el candelabro antiguo, en la botella y el par de
copas de cristal, ni en la fuente de plata con desconocidas viandas.
Él colocó el laúd a un lado. La contempló con fijeza. Ella
con sus piernas cruzadas, su pie descalzo que se balanceaba con cierta
impaciencia, su expresión severa y sus formas curvas bajo la seda resultaban
provocativos.
–Me recuerdas a la canción de un poeta:
Es altanera y vana y caprichosa;
antes que el sentimiento de su alma,
brotará el agua de la estéril roca.
sé que en tu corazón, nido de sierpes,
no hay una fibra que al amor responda;
que eres una estatua inanimada…; pero…
¡eres tan hermosa!
Él se inclinó sobre la mesa, tomó la oscura botella y
escanció la bebida en las copas de cristal.
–¿De qué se trata todo esto? No puedo comprender como el Rey
te ha permitido…
–¿Y por qué asumes que estoy aquí por permiso de Racknor?
–Es imposible que hayas podido burlar a los guardias. La
seguridad de esta torre impenetrable es inviolable.
–El viejo castillo está lleno de pasajes secretos.
El semblante de la joven pasó de la furia contenida a la
incredulidad y extrañeza. El hombre notó que en ella en ningún momento se
asomaba siquiera la más leve sombra de miedo.
–No hay forma en que eso pueda ser cierto. Las únicas
personas que conocen el secreto de los pasadizos son el Rey y su mayordomo
principal.
Ella recordaba un poco los pasadizos secretos del castillo,
dispuestos en forma de complicado laberinto, con puntos ciegos y trampas
mortales. El mismo Racknor la había conducido por ellos, pero sin explicarle
como orientarse ni evadir los peligros.
–Majestad, conocer a tu enemigo es ganar media batalla.
El hombre le tendió una copa.
–Detesto el licor y además no acostumbro departir con
desconocidos. –Dijo la joven levantándose de su asiento.
–¿Y cuántos son tus conocidos?
Ella no contestó. Caminó hacía la ventana que estaba abierta
y se apoyó en el alféizar observando el mar. En el horizonte un sol de
medianoche, naranja suave, aparecía coloreando las nubes a manera de un ocaso
interminable.
El viento sopló agitando sus dorados cabello.
–Vaya visión más celestial. –Dijo él, acercándose con la copa
en una mano y una bandeja pequeña en la otra.
–Aquí en el solsticio de verano el sol no se pone por
completo.
–No me refería al paisaje. –Dijo colocándose junto a ella.–
Por cierto, yo soy el capitán Van Vaughan. En cuanto a éste licor, observad su
color rosado y espumoso, por completo diferente a los fermentos bárbaros que
tanto alegran a vuestros vasallos.
Van Vaughan bebió un sorbo de la copa y luego se la ofreció
de nuevo.
–Confía en mí. No tengo intenciones de hacerte daño.
Ella le arrebató la copa de la mano, la acercó a su olfato.
Bebió un pequeño trago.
–No sabe mal.
–Mira allá. –Dijo señalando en dirección del puerto.– Aquel
es mi barco, el Briareo.
–El de casco pintado de negro y con velas también de color
negro.
–Si, ese.
Estaban muy juntos y el podía sentir el dulce aroma de ella.
Él se volteó para verla frente a frente.
–Tu aroma es exquisito Majestad, apuesto a que el néctar de
tu boca es más embriagador que ningún licor que pueda existir.
–Si gritará pidiendo auxilio…estarías muerto de inmediato.
–Susurró ella.
–No sin antes haber besado la flor encarnada de tus labios,
princesa.
Vaughan tomó uno de los bocadillos que había en la bandeja y
se lo llevó a la boca masticándolo con lentitud.
–No tendrías tanta suerte, y deja de llamarme Majestad, no
soy ninguna reina ni princesa.
–Pero sois la consorte real del Gran Racknor de Hagg…
–Gran Señor de las Islas de Northrend, asolador de ciudades,
conozco todos sus ostentosos títulos. Yo sólo soy la concubina consorte.
Karelia se alejó del balcón.
–Racknor no me ha hecho su esposa.
–Tampoco te ha hecho suya nunca.
Ella se detuvo junto a la cama. Se volteó para encararlo. Sus
ojos parecían despedir chispas. Su mirada era como de fuego.
–Tú, atrevido…
Vaughan caminó hacía ella.
–El duerme en el piso de abajo, no comparte el lecho contigo.
–¡Voy a llamar a los guardias!
–Tu Gran Racknor no es más que un infeliz e impotente eunuco.
Y como una venganza a su desgracia te obliga a bailar desnuda como una vulgar
ramera…
Una fuerte bofetada le cruzó el rostro. Ambos se observaron
fijamente. Karelia estaba turbada, se frotaba el dorso de la mano con la cual
había fustigado al capitán.
–Mi arte es sagrado. Entiende eso.
–Perdonadme por favor. No debí de haberos ofendido.
Ella cruzó los brazos sobre su pecho.
–Sin embargo, no os creería si me dijeras que eres feliz. Tú
no podrías serlo viviendo prisionera entre estos muros de piedra.
El rostro de ella adquirió una expresión sombría, sus ojos se
pusieron húmedos. El viento volvió a penetrar por la ventana, con gran
violencia, alborotándole los mechones del cabello, sacudiendo las sabanas de la
sala, las impetuosas ráfagas apagaron las velas del candelabro, era un viento
maligno, espectral, antinatural. Las hojas de madera de la ventana se cerraron
de un solo golpe. La habitación quedó sumergida en la penumbra. El claroscuro
jugaba con la figura de Karelia embelleciéndola. Ella instintivamente se había
colocado junto a Vaughan, rozándose contra él.
–Eres un fantasma o un espíritu.
–No, soy un hombre de carne y hueso.
–Las cosas que sabes de este lugar, de las personas y de mí.
¿Cómo has averiguado?
Vaughan le mostró una pequeña pieza oscura que sostenía entre
los dedos.
–Te dije que conocer a tu enemigo es ganar media batalla. –Le
acercó la pieza a los labios rozándoselos.
–¿Y cual es la otra mitad?
–Anda come, te hará sentir mejor.
–Imaginas que tú puedes hacerme sentir mejor. –Susurró ella
sin probar la comida que le ofrecían.
–No estoy seguro. Te he visto masturbarte dos veces esta
noche.
Ella abrió la boca sorprendida. Antes de que pudiera terminar
de enfurecerse Vaughan le introdujo la vianda en la boca.
–Disfrútalo despacio. –musitó mientras le colocaba las manos
sobre los hombros.
–Hum, ¿qué es?
–Lo llaman chocolate. –Contestó. Y sin dar tiempo a que ella
lo terminase de degustar la besó en la boca. Sus labios se fundieron uno junto a
otro, sus lenguas se encontraron masajeándose una con otra. Ella le colgó los
brazos al cuello. Sus senos grandes y tibios se estrecharon contra el pecho
fuerte de él.
Por fin sus bocas se separaron, no por deseo sino por la
necesidad de tomar oxigeno. La respiración de ella era agitada y profunda. Su
cuerpo yacía sostenido por las manos de él que rodeaban la estrecha cintura de
ella.
–¿Y…te agrado? –Preguntó él.
–Eso…eso fue…
–Un beso.
–Maravilloso.
Se unieron de nuevo en un beso aun más profundo que el
anterior durante un tiempo interminable. Los labios suaves y carnosos de mujer,
rojos y abiertos como rosa escarlata llena de dulce miel, recibían los
apasionados besos del hombre. Estuvieron unidos uno con otro hasta perder por
completo el aliento, hasta quedar exhaustos. Él con sus hábiles manos deshizo el
sencillo amarre del listón que cerraba la bata roja. Y separó la prenda que se
habría por delante dejando al descubierto la desnudez de ella. Deslizó la bata
hacía abajo y la dejó caer al suelo. Karelia estaba frente a él, haciendo gala
de su cuerpo de diosa. La mujer a quien tantos y tantos hombres deseaban.
Aquella que era solo un sueño imposible para todos. La mujer cuya belleza se
convirtió en una leyenda.
–La mujer más hermosa del universo. –Suspiró él en voz baja.–
Cielos y estrellas, eres real, el mito es verdad.
–¡Tócame!, ¡bésame!, siente cuan real soy. –clamó ella, mitad
ruego y mitad orden.
Él se inclinó para besarle un pezón de sus senos grandes,
redondos y erectos, de los que parecía que brotaría en cualquier momento un
manantial de miel. Ella gimió relamiéndose de placer. Él la empujó con suavidad,
posándola sentada sobre el borde de la cama. Se despojó de su camisa blanca de
anchas mangas. Su pecho y torso quedo al descubierto exhibiendo su bien marcada
y definida musculatura. Él se arrodilló frente a ella. Se miraron uno a otro. La
mirada de ella ardiente, la de él firme. Con las manos le separó los muslos,
mostrando frente a él, en todo su esplendor, el impúber fruto de ella. Él se
inclino frente al pubis de la joven. Ahora él con los labios de la boca le
besaba los labios vaginales. Karelia tuvo un estremecimiento de placer. La
estaban comiendo, bebiendo de sus jugos embriagantes. Comenzó a frotarse los
senos henchidos recordando como lo había hecho sobre la plataforma de baile.
Sentía como la penetraba con la lengua, como la áspera barba de él, en forma de
candado y crecida de pocos días, le raspaba sus partes expuestas. Karelia estaba
siendo arrastrada a un estado de ávida lujuria. Escuchaba los lamidos que
barrían su vulva, su clítoris, la parte interna de sus mulos. Una lengua
sedienta la recorría en todos sus rincones.
Vaughan se incorporó. Con gran agilidad se despojó del resto
de sus ropas y del antifaz. El de pie frente a ella se irguió con su miembro
erecto, como espada templada, listo para penetrar. Ella esperando, reclinada
hacía atrás, sus piernas separadas, su vagina preparada, lubricada y dispuesta
para acoger el miembro. Se inclinó sobre ella y acto seguido le introdujo el
pene entre las piernas. Duro y punzante, empujaba y empujaba con vehemencia.
Ella gemía. Sentía las embestidas que eran rechazadas por su estrecha cavidad.
Aquella cosa era mucho más gruesa que sus dedos. Él se esforzaba con tenacidad
para entrar hasta el fondo. Jadeaba. Tenía el pecho bañado en sudor. Ahora la
estaba desgarrando. Ella se aferró con las manos a la espalda de él. Se mordió
los labios para no gritar. El dolor la estaba matando. Él logró traspasarla, la
penetró por completo. Ella sintió entonces un dolor intenso, insoportable. Clavó
sus uñas en la espalda de él, mientras, el imparable ir y venir de las
embestidas continuaba. El hombre la beso en el cuello con ternura y aceleró el
ritmo de las acometidas. La muchacha sintió como de pronto parecía que el pene
aumentaba aun más de grosor. Entonces estalló descargando chorros de liquido
tibio dentro de ella, que hundió más las uñas hasta perforarle la piel de la
espalda. Él temblaba con espasmos que recorrían su cuerpo. Estuvieron unidos
varios minutos, aferrados en un abrazo, convertidos en un solo ser. Recobrando
el aliento.
Ella abrió despacio los ojos. No es que se hubiere dormido,
mas bien había caído en una especie de sopor pesado, como un letargo. Miró las
vigas de madera del techo. Sentía cierta confusión, entonces giro de lado y lo
vio a su lado, acostado de flanco, con la cabeza apoyada en una mano, la
observaba con sus profundos ojos negros.
–Por más que trato no puedo convencerme de que estoy aquí
junto a ti. Eres preciosa, nunca me cansaré de repetirlo. –Susurró–, Eres más
hermosa que todas las apsaras del reino de Svarga
Estaba confundida. Tenía el cuerpo tibio. Se sentó sobre la
cama dándole la espalda.
–Siento mucho haberte hecho daño princesa. –Dijo
acariciándole el cabello.– Perdí el control.
–No tienes que disculparte. –Musitó ella.
–La primera vez es difícil. Pero después es mejor.
Karelia observó unas pequeñas manchas de sangre sobre las
sábanas.
–Sólo ocurre la primera vez. –Dijo él abrazándola. Le besó el
rostro y los labios.
Ella se levantó y tomándolo de la mano lo condujo al diván
frente a la chimenea de piedra. Sentados se besaron, fundidos uno en los brazos
del otro. Después ella recostó la cabeza en el pecho desnudo de él.
–Desearía, mi princesa, detener el tiempo en este instante, o
poder guardarlo y conservarlo.
A la luz de la chimenea recitó los versos de un viejo poema:
Tú mi divinidad; yo a ti rendido,
Extático en tu faz miro mi cielo
Y en amor encendido,
El más feliz de los mortales todos,
Disfruto tus caricias,
Y tierno te enamoro,
Y pagado en amor feliz te adoro.
–Lástima mi princesita que tenga que concluir.
Se incorporó, recostándola cuidadosamente en el diván, y
después de darle un profundo beso se fue al sitio donde yacía su ropa sobre el
suelo.
–¿Y por qué tendría que terminar? –Preguntó ella, sentada, de
espaldas y sin volverse.
–Es obvio que no puedo quedarme. –Contestó mientras se
vestía.
Ella suspiró. Se inclinó sobre la mesa, encima estaban el
laúd, un morral y una espada envainada. Ella desenvainó la espada. Era alargada
y esbelta, afilada sólo por un lado, ligeramente curvada la hoja brillaba al
reflejo de las llamas, cerca de la empuñadura tenía grabados extraños
caracteres.
–Dime, ¿Acaso no serías capaz de pelear por mí? ¿De
arrancarme de esta prisión? Raptarme en un acto heroico y llevarme en tu barco a
tierras exóticas. –Habló con voz fingida, blandiendo la espada en el aire.
–Vuelve eso su funda. –Ordenó el capitán, ya vestido del
todo.
–No has contestado a mi pregunta.
Le arrebató el arma de las manos, la enfundó de nuevo.
–Una katana no es un juguete mi princesa.
–En fin, es muy linda.
–He observado que aquí las espadas de los guerreros son feas,
burdas y toscas, apenas una masa contrahecha a la que se le ha dado algo de
forma a fuerza de mazazos.
–Son igual que los hombres que las usan.
Se puso de cuclillas frente a ella. Contempló su belleza
desnuda. Le dirigió una penetrante mirada con sus ojos negros, que reflejaban
las chispas del fuego.
–¿En verdad hablabas en serio?
–¿Sobre los hombres?
–¡Sobre huir de Racknor!
Ella bajó sus ojos. Ambos se mantuvieron en silencio durante
largo rato. Ella dejó escapar el aire en una exhalación lenta y profunda.
–Me has gustado capitán Van Vaughan. Y me ha gustado tu
barco. –Expresó con tranquilidad, volviéndose para mirarlo y cruzando los brazos
sobre sus pechos desnudos.
–No eres para nada tímida. –Dijo esbozando una sonrisa
cariñosa.– Entonces ¿Quisieras fugarte conmigo?
–Si no me lo hubieras preguntado habría gritado llamando a
los guardias. –Contestó ella, sonriendo a su vez.
–¿Es eso un sí?
–¡Sí!
–¡Perfecto! –Exclamó incorporándose. Tomó el morral y lo
abrió.
–¡Ten ponte esto! –Dijo lanzándole unas botas de piel y una
toga negra de tela gruesa, con amplias mangas y una capucha grande.– Tengo un
plan para que salgamos de este lugar. No tan romántico como un rapto a golpes de
espada, pero sí más seguro y efectivo.– ¡Vístete con eso!
Fue con el morral hasta donde se encontraba el palanquín.
Sacó las joyas que se hallaban dentro y las fue guardando en la bolsa.
Karelia lo observaba mientras se componía el gran gabán
negro.
–Es que me encantan como se te ven puestas –explicó él.
Tomó a la joven de la mano y juntos corrieron al cuarto de
baño.
–Vamos, ahí junto a la pilastra, tras la escultura de la
gárgola. Ahí hay una entrada a los pasadizos.
Penetraron en ella y desaparecieron en las sombras, rumbo a
la libertad.