Las tres nietas de don Sebastián: sexta parte.
Tras las palabras de Luisa, todo quedó claro para mí. Pero
siempre estaba la duda de que se tratasen de conjeturas mías provocadas por mi
enfermiza imaginación. Seguimos jugando juntos durante largo rato hasta que
Luisa se quedó dormida, esperé a que fuese de día y me marché rumbo a la casa de
mis abuelos. Como esperaba, mi padre estaba preparándose para entrenar como
todas las mañanas en el garaje.
- Tenemos que hablar- fue el saludo que le dirigí a mi progenitor con hosca
mirada.
- Está bien. Imaginaba que me preguntarías sobre eso después de lo de anoche.
Vamos a correr hasta el pinar y allí podrás hacerme todas las preguntas que
quieras.- fue su seca respuesta. Y tras de él, fui corriendo hasta el pinar que
había a dos kilómetros de la casa.
- Cuéntame lo que pasó con Luisa. -fue mi exigencia nada más recuperar el
resuello tras la carrera.
- Supongo que ya sabrás gran parte de la historia pero te la contaré entera.
“Hace dos años, iba una noche con tu madre por la calle tras pasar toda la noche
bailando en la fiesta cuando oímos unos gritos en una casa. Yo no quería que tu
madre me acompañase hasta allí pues no sabía lo que podía encontrarme pero ella
insistió, ya sabes lo terca que es a veces.” Mi padre sonrió.” Así que no me
quedó otra opción que entrar en el almacén que había junto a la casa acompañado
por tu madre. Entonces, al igual que anoche, estaban esos dos divirtiéndose, sin
embargo, la víctima entonces era Luisa y ya habían hecho de todo con ella. Les
dí una voz para ahuyentarlos pues, cuando vi la cara llena de lágrimas de Luisa,
me puse frenético. Pero enseguida me arrepentí pues ambos, en vez de salir
huyendo, se dirigieron hacia nosotros. Estaba preocupadísimo por tu madre y me
excedí más que anoche. Agarré lo primero que encontré y le abrí una brecha en la
cabeza al mayor de ese par de hijos de puta y luego me lié a darle golpes al
menor mientras su hermano yacía inconsciente en el suelo. No les denuncié pues
Luisa no quería que se hiciese público el suceso y me preocupaba que esos me
denunciaran por lesiones pues quedaron muy destrozados cuando acabé con ellos.”
- ¿Y qué más?- pregunté ante su mirada de completa ignorancia.- ¿Qué hay entre
Luisa y tú? Pues está claro que ella está enamorada de ti.
- No sé como te has enterado pero, bueno, no importa porque no hay nada ni lo ha
habido. Sabes que yo sólo quiero a tu madre. Es cierto que a los pocos días
recibí su visita diciéndome que estaba enamorada. Luego, cartas y llamadas. Tu
madre sabe todo esto y me pidió que fuese cuidadoso con ella en vez de ser
tajante. Pero, jamás, he dado pie a nada ni lo haré.- dijo esto último mirándome
a los ojos fíjamente como hacía cuando hablaba muy en serio.- Pero, ahora, me
toca a mí preguntarte varias cosas: primero, ¿cómo te has enterado de todo lo de
Luisa? Y, segundo, ¿cómo acabaste peleándote en ese pajar con los dos tíos esos
y con Laura de por medio? Sé que tu comportamiento de estas semanas tiene que
ver con esto.
Yo me quedé blanco y mi padre lo debió notar porque sonrió. Luego, me miró a los
ojos y me dijo que no me preocupase porque ya sabía lo que había pasado. Yo me
quedé más atónito aún pues seguía teniendo ese pudor a que mis padres supiesen
de esa faceta mía.
Me marché por otro camino mientras mi padre seguía con su rutina vespertina y
llegué otra vez hasta la casa de don Sebastián.
Caminaba sin pensar y, probablemente por la rutina, acabé allí. No tenía
planeado ir allí y tampoco tenía planeado nada de lo que pasó pues en la puerta
estaba Laura. Supongo que me vio desde alguna ventana cuando iba por la calle
hacia su casa. Se encontraba apoyada contra el marco de la puerta, vestía una
falda larga por debajo de las rodillas y una blusa blanca. Algo había cambiado,
sin embargo, era la misma Laura de siempre con su blanca sonrisa y sus ojos
pícaros. Me sonreía y me besó cuando mis pasos me llevaron junto a ella. No
sabía que decir, supongo que nunca he sido una persona de muchas palabras y
tampoco he entendido nada sobre cómo expresar las emociones pero, aquella tarde,
no dije nada. Laura lo dijo todo con su boca y de la mano me llevó a su cuarto.
Allí, fue ella la que lo hizo todo pues me desvistió primero a mí y luego se
quitó ella la ropa. Aunque sus manos eran las mismas manos que días atrás me
habían llevado al placer más sublime y, en aquellos momentos, lograban estimular
mi líbido, sentía que algo había cambiado y no sabía el qué. Cuando me hubo
dejado vestido únicamente con los boxer, ella se quitó lentamente la ropa y fue
mostrándome nuevamente ese cuerpo cuya presencia imponía el más firme respeto al
estado de ánimo de la parte más baja de mi anatomía.
Cuando mis manos se hicieron con su cuerpo, sentí la calidez y la tersura de su
piel. Cuando mis manos se adueñaron de sus pechos, los sentí agradecidos y
henchidos por el gozo recíproco. Sin embargo, a pesar de que mi miembro se
encontraba a la altura de circunstancias pasadas y no tardó en puntear el
vientre de Laura, algo raro pasaba.
Me dejé llevar y mis manos surcaron nuevamente cada recoveco de esa piel
aterciopelada que se estremecía y erizaba cuando la piel de mis manos entraba en
contacto con ella mientras mi boca buscaba la suya fundiéndose nuestros labios
para unir nuestras lenguas. Decir que esos besos no los disfruté en gran medida
sería mentir pero estaba claro que la sensación fue distinta tanto en ese
aspecto como en todos pues, aunque no pensaba en ello, lo sentía.
Una vez más nuestros cuerpos se fundieron y nos revolvimos en la cama hasta que
ella decidió prodigarle excelsas caricias con su boca a ese cíclope que de tanto
en tanto asomaba por mi bragueta. Sus labios gruesos y hábiles se deslizaban
continuamente sobre el perímetro del tronco de mi garrote humedeciéndolo.
Caricias húmedas y agradables que pronto le hicieron vomitar su contenido
interior sobre los carnosos labios de Laura quien se relamía con el fruto de su
acción.
No dudé en tirárme sobre ella a acariciar de nuevo su cuerpo y a besar sus
senos, pero mis caricias fueron también distintas a como eran antes. Ya no eran
dulces y tiernas sino agresivas y viscerales, llenas de algo que se apoderaba de
mi interior y no sabía lo que era. Ella lo notó, seguro, aunque no dijo nada.
Sus ojos me miraban extrañados y sumisos. Todo era diferente incluso, cuando mi
asta se puso firme y comencé a entrar en su interior, ya no era el amante
cariñoso sino una brutal bestia que golpeaba su cuerpo contra el suyo en busca
de un placer que no tardó en llegar. Un placer que me dejó tumbado boca arriba y
con ella sobre mi cuerpo acariciando mi pecho. Quizás cuando la sangre volvió a
regar mi cerebro, fue el instante en que descubrí qué era lo que pasaba en mi
interior. Pues en ese preciso instante sentí asco de estar con ella, no deseaba
que me tocase y me sentía sucio por haber yacido con aquella mujer con la que
minutos antes sólo deseaba gozar.
Supongo que era muy joven todavía para comprender mis sentimientos y, aunque los
hombres no maduramos mucho en general, hoy creo comprender qué era lo que me
pasaba. No dejaba de ver en mi mente a la Laura que yacía con otro en el pajar.
Supongo que a muchos les excitará la idea de compartir a las mujeres, de hecho,
a muchos les gusta compartir a sus esposas, sin embargo, mi educación era otra y
no podía admitir la idea de estar con una “mujer de segunda mano”, al menos, no
emocionalmente hablando. Soy y era un machista, lo sé y lo que es peor
desaprovechaba una oportunidad única de disfrutar ahora de dos hermanas
dispuestas a compartirme. Pero el pasado es el pasado y no se puede cambiar.
El caso es que me marché dejándola sola y no dije una palabra de despedida.
Supongo que algo intuía. Las mujeres siempre entienden mejor los sentimientos de
la gente que los hombres y no me dijo nada. Sólo se quedó tumbada en la cama
mirando cómo me marchaba de la habitación tras vestirme.
Me marché de aquella habitación con pasos lentos y largos como se hace cuando no
sabes a donde vas o no tienes prisa en llegar. Lentamente me dirigí a casa de mi
abuelo para coger mis aparejos de pesca y pescar hasta la hora de comer. Lo
importante no era pescar sino reflexionar sobre eso nuevo que estaba en mí y así
pasaron las horas en el ruidoso silencio de la naturaleza que no me descubrió
nada pues siempre he sido muy torpe para los sentimientos. Sólo sabía que no
deseaba estar ni con Laura ni con Luisa. Entonces apareció Elenita y se sentó
junto a mí.
- Tomás, yo quería decirte una cosa.
- ¿Sí…?- le respondí más por cortesía que por interés.
- Yo… yo…- tartamudeó.
Entonces, me besó. No fue un beso largo, nuestras bocas no jugaron y no sentí
nada en especial. Ella estaba allí inclinada sobre mí, sonrojada y con los ojos
cerrados. Sus manos me acariciaban la cara y sus rodillas temblaban. Cuando se
separó de mí y nos miramos, yo sólo acerté a decirle que no deseaba nada de
ella. Quizás muchos hubiesen disfrutado de aquella niña que pronto se
convertiría en una mujer hermosísima pues el que estrena a una virgen siempre se
la volverá a tirar. Es un fondo de inversiones.
Pero yo era demasiado estúpido para ello y, tras derramar varias lágrimas
mientras me miraba a los ojos, se marchó corriendo. Supongo que unas semanas
atrás la hubiese seguido y la hubiese consolado pero algo había en mi interior
que no me indujo a ello.
No volví a casa de don Sebastián en las dos semanas siguientes que precedieron a
nuestra partida y sólo volví a ver a Elenita cuando salíamos del pueblo en coche
quien estaba sentada en un muro de piedra. Nuestros ojos se cruzaron y allí
acabó todo por aquel verano.
El viaje se adelantó algunos días porque, probablemente, mi madre estaba un poco
harta de los follones que había montado en el pueblo. Aunque después supe a
través de mi padre que era porque Luisa había vuelto a enredar detrás de ese
carcamal. Mis hermanas seguían a lo suyo siempre juntas con sus tonterías. Yo
cambié bastante desde aquel verano y dejé de jugar al baloncesto. Me dediqué a
practicar taekwondo y mi rendimiento académico mejoró terriblemente. En lo
personal, me volví un auténtico cabronazo nunca fui el alma de las fiestas pero
ahora me dedicaba a putear a todo el que se me cruzaba, no dudaba en darle
alguna paliza al matón de turno que intentaba molestarme en el instituto y,
paradójicamente, aunque trataba fatal a todas las chicas con las que salía, tuve
muchas más novias que antes. Supongo que ahora me avergüenzo de cómo era, pero
es algo innegable. Y así pasaron los años…
Continuará.
Bueno, esta es la sexta entrega que se ha retrasado un
poquito ya que es difícil encontrar un ratito para escribir. Los comentarios han
aumentado un poco y me gustaría que siguiese así, pero son ustedes los que deben
hacerlo. Bueno, ya saben, escriban si quieren a:
martius_ares@yahoo.es