EL ENCUENTRO
El metro estaba oscuro, y no sé por qué me vino a la cabeza
la imagen de una mujer abierta de piernas.
Pero no era yo.
Había quedado con un amigo para tomar café: para hablarnos de
nuestras cosas y, llegado el momento, derrumbarme un poco sobre sus brazos por
el abandono de Carlos. Pero como era habitual, no había nada en claro, porque mi
amigo no sólo es impuntual, sino olvidadizo.
Y ahí estaba yo, sentada en el metro con un libro en el
regazo que ni siquiera había empezado, en medio de un vagón casi vacío que
atravesaba Callao. La estación estaba en obras, y parecía a punto de derrumbarse
entre el destrozo de los obreros, la luz escasa y constantes repiqueteos y
chasquidos de piedra y yeso.
Entonces paramos, y la luz de todo el tren se apagó en cuanto
las puertas se abrieron, sólo por un instante apenas perceptible. Podría mentir
y simular que la curiosidad no me llevó a vigilar quién entraba al vagón, pero
no se me da bien mentir. Tenía buena pose, era atlético y atractivo, como un
modelo o algo así. Metro ochenta y mucho, pelo medio largo y negro como el
carbón, hombros rectos capaces de llevar una pila de libros sin que se cayeran…
bajé la vista de nuevo y me dediqué a releer la contraportada del libro que me
acompañaba, sin atreverme a pasar de las portadas.
Mientras volvía a posar mis ojos sobre el argumento ya leído
una docena de veces antes, conseguí atisbar en la periferia de mi campo de
visión que se acercaba a mi zona del vagón, y los nervios afloraron,
manifestándose en forma de un suave temblor en las manos. ¿Se habría fijado en
mí? Traté de quitarle hierro al asunto, a pesar de que había al menos ocho
asientos vacíos y decidiera sentarse justo delante. Compartieron mi vista el
libro y el hombre, y aprecié que se sentó erguido al principio para arrellanarse
lentamente después. Movió la cabeza a un lado y a otro y luego la mantuvo fija,
observándome directamente.
¿Es que tienes visión de rayos X o qué? ¿Tengo un
esqueleto bonito? – pensé. Quería no ser agradable para evitar sentirme
atraída; sacar punta a cualquiera de sus defectos para no pensar en el hecho
de que pertenecía a la misma estirpe genética que el imbécil (y como
posteriormente supe, fabricante exigente y laborioso de cornamentas) de
Carlos.
Me puse mi mejor máscara de indiferencia, dispuesta a atender
sólo a los detalles más accesorios y nimios del vagón en que me encontraba. Los
cristales estaban rallados por placer, por puro vandalismo y salvo en contadas y
crípticas excepciones, por vanidad: juré haber leído antes algo de aquello,
quizá me había montado antes allí, pero nunca como en ese momento. En un
extremo, un chaval iba vestido con ropas como diez tallas más grandes de lo que
su enclenque constitución necesitaba, pero parecía sentirse el rey de la ciudad.
A mí me pareció alguien con un problema gordo con la lavadora: estaba claro que
la ropa, o él, encogían con el agua fría. Una vieja, una chica que parecía
llevar llorando un par de horas, una parejita, y un hombre guapo y muy curioso
con sus ojos clavados en mí. Traté de mantener la máscara en su sitio, pero el
rubor se transparentó y, al advertirlo, despertó una risilla en mi admirador. Me
volví todavía más colorada, porque recordé haberme fijado yo antes en él, y
porque pensé que era una especie de ángel cuando entró en el vagón, y la luz se
apagó y se volvió a encender, proyectando un halo sobre su silueta.
Hola - dijo.
"Adán Bobárez acaba de terminar el que cree es su mejor
cuento, y se dispone a dar el siguiente paso: escribir una novela. Sin embargo,
no le será tan sencillo, y se verá desbordado por su empresa, hasta el punto de
que se siente bloqueado. Por tanto, empieza a analizar el proceso de escritura,
mientras su vida se ve contaminada por la novela, y la novela por su vida."
¿Hola? – repitió.
Maldije el haberme dejado el reproductor de mp3 en casa: me
hubiera valido mejor de excusa que el poner cara de tonta y mirar al techo.
Se volvió a reír. Se levantó del asiento, se acercó al mío e
interceptó mi campo de visión con su cara risueña.
¿Qué tal?
Bien – dije, bajando la cabeza e irguiéndome rápidamente
para largarme en la próxima estación. Me encontraba a media hora andando de
mi casa, pero no me importaba. Había algo en aquel tipo que me incomodaba
sobremanera, pero sin ser desagradable. Como un fruto amargo: sabor
disuasorio y exquisito.
Oh, pero ¿te bajas ya? – dijo, decepcionado y burlón.
Sí – contesté seca y dándole la espalda – me bajo aquí.
Salí y me incorporé a la marea humana aglomerada en la
estación de Ópera. Respiré hondo y más tranquila, y me disolví en el nirvana
urbano de los pasillos, donde la consciencia desaparece para dejar paso a
sistemas automáticos.
A lo largo de un sinfín de paneles verdes, interrumpidos
ocasionalmente por publicidad que en su momento me pareció descarada y fea,
llegué hasta la salida. Y el hombre sonriente, el hombre atractivo, el acosador,
futuro amante, cualquiera de las cosas que pudiera llegar a ser a continuación,
me estaba esperando.
Si me estás siguiendo tanto, algo querrás ¿no? – espeté,
un poco asustada por si el tío era un acosador o algo peor.
Pensaba que merecía la pena hablar contigo.
Y decidí que, por una vez, mi amigo podía esperar para luego,
darse cuenta de que había pasado de él.
Se llamaba Lucio, y sabía que su nombre parecía algo antiguo,
y en algunas personas podía traer a la memoria estampas de hacía bastantes años.
Supongo que como a muchos, lo primero que me vino a la cabeza al oír su nombre
fue un hombre cortando cochinillo con un plato.
Sus ojos presentaban un extraño color rojizo, y se clavaban
en mí cuando hablaba.
Me dejé llevar por la conversación, y acabé haciendo más
preguntas de las que él me hizo a mí, quizás porque me gustaba verle hablar. Se
le veía tan seguro, tan convencido de su atractivo y del interés que despertaban
sus palabras… no era para menos, pues su voz no era ni grave ni aguda, sino
situada a un nivel intermedio capaz de hipnotizar, donde sus sílabas se
convertían en potentes afrodisíacos que variaban su influjo según la entonación.
Con la luz natural me fijé que, si bien portaba el físico, no
tenía la cara de un modelo. No destacaba, podía envolverse de personas y
desaparecer, no era capaz de hacerte girar la cabeza para ver una última vez un
rostro bonito. Pero una vez entablaba contacto contigo, la cosa cambiaba. Más
que mariposa, era una hormiga león.
¿Y qué tal te encuentras? – inquirió. La pregunta me
sorprendió con la guardia baja, porque hasta entonces sólo habíamos hablado
de temas superficiales. Ya me había cuidado mucho de que las cosas siguieran
por ese cauce. Supongo que se hartó de esperar a indagar algo más en mí, y
en vez de aguardar el momento oportuno, quiso crear uno.
Bueno… - contesté, algo desganada ante la posibilidad de
empezar a desnudarme.
No suena muy bien, la verdad.
Es lo que siento. – No me lo podía creer: ¡me era
imposible seguir neutral! De alguna manera, Lucio se había adentrado en mí
como un rompehielos en las aguas del mar Ártico, sin arredrarse por la
gruesa y fría capa con la que pretendía ocultarme -. Verás – seguí diciendo,
incapaz de callármelo -, tuve un novio…
¿Tuviste?
Sí. Tuve. Ya no.
¿Y qué pasó?
Se hartó de mí.
Pareces una buena chica.
Lo intento – dije, sin hacer caso a su halago.
Lo intentas bien.
El caso es que… no sé, se sentía incómodo conmigo…
¿Incómodo?
Sí, incómodo – volví en mí y callé el resto de la
historia. Era un desconocido, no había suficiente intimidad entre ambos para
contarle mi vida. Demonios, ya me cuesta hablar de estas cosas con cualquier
amigo, excepto con mi amigo Juan. Sí, el del café -, pero no quiero
aburrirte…
No lo haces.
Lo estoy haciendo – contesté entre dientes. Lucio puso
cara de susto. – Perdón – susurré, arrepentida hasta la médula. Tampoco
tenía derecho a hablarle así. O puede que sí, por ser un preguntón, pero
tampoco podía culparle en aquel momento de la inexplicable atracción que
ejercía sobre mí.
Lucio tardó en contestarme. Se me quedó mirando otra vez con
su visión de rayos X, considerando si le merecía la pena o buscaba a otra.
Durante ese silencio volví a pensar en Juan, miré el reloj y advertí que, si
todo acababa en ese momento, podría aparecer por el café sin quedar como una
impuntual.
No pasa nada – dijo al fin, sonriendo.
Menos mal – Hubo otro instante mudo, muy incómodo, hasta
que me atreví a preguntar: ¿Y tú qué tal?
Poca cosa. Algo por aquí, algo por allá…
Así que viajas a menudo.
Viajo constantemente.
¿Y eso es porque eres rico o porque es tu trabajo? –
mirando sus ropas, pensé que se debía a la primera opción.
Por ambas – se rascó la cabeza, algo avergonzado -. Mi
trabajo me permite enriquecerme. Busco chicas guapas, modelos que se pongan
como yo les diga.
Me quedé intrigada… ¿se estaba refiriendo también a mí? Quizá
mi autoestima necesite unos arreglos, pero nunca me he considerado lo
suficientemente atractiva como para llamar la atención, ni mucho menos como para
quedarme al nivel donde Lucio pretendía dejarme… no como una modelo. Tengo un
cuerpo normalito, y no soy demasiado alta ni tampoco excesivamente atractiva.
Creo que me denominaría con el viejo eufemismo para las "guapas-feas":
resultona. Dependiendo del día, hablo de graciosos michelines o de deformidades
grasientas. A veces me acomplejo con los anuncios que hay en el metro, pero la
sensación no me dura demasiado… porque las modelos, tanto en la vida real como
en papel, sólo tienen dos dimensiones. Que las den. Yo soy más lista que todas
juntas.
Y eso de que soy lista, junto con lo de resultona, es lo que
me repito todos los días para evitar que la mierda de las revistas y de la tele
y de todo me salpique.
¿Yo soy tu nueva víctima?
Si quieres llamarte así, pues sí, es el plan.
¿Por qué yo?
Por algo tan antiguo como el hombre – dijo, bajando con
lentitud el volumen de las sílabas, atenuando la oración para acercarse
sibilino hacia mi oído. Dejé que se colocara detrás de mí, que me parara en
mitad de la acera, me estrechara las caderas y me susurrara al oído: Porque
me gustas, Elena. Porque te deseé desde el momento en que te vi en aquel
vagón.
Cerré los ojos.
Lucio pasó de ajustar las palmas de sus manos a mis caderas,
a subir lentamente por el torso. A punto de llegar al pecho, paró. Mi
respiración se entrecortó, expectante como estaba ante lo que pudiera pasar.
Respiró pesadamente junto a mi oreja derecha. Luego sacó la
lengua y recorrió el pabellón auditivo como si fuera un circuito, lento,
acompañado por el ritmo hipnótico de un jadeo ahogado que manifestaba todo su
deseo. Al llegar al centro, la punta de la lengua se rehumedeció un poco y
acarició el trago, el antitrago y la concha en giros tranquilos, los cuales
llenaron mi cuerpo de descargas alternativas de frío y calor extremos. Una
pulsión sexual nació por fin en mi entrepierna, a pesar de la represión a la que
me había obligado desde que me fijara en él, y comenzó a crecer como un tumor a
partir de allí, aumentando su masa, extendiendo sus tentáculos.
Me había rendido a Lucio.
Tomé aire.
Apenas hubo discusión al respecto. Me dejé llevar y llevé a
Lucio a mi casa, a pesar de su insistente petición de irnos a la suya, en taxi.
¿Es que piensas que te voy a secuestrar o algo así? –
dijo malicioso, mientras caminábamos a paso ligero. No quedaban ni cinco
minutos para llegar a mi casa.
No – dije -. Es que quiero que mis sábanas huelan a ti.
Quiero despertarme mañana y pensar que alguien como tú me lo hizo ahí mismo.
Lucio me miró e hizo que me callara inmediatamente. Había
algo en sus ojos que me hizo esperar excitada a que abriera la boca. Todavía no
le iba a dejar tocarme, por el simple hecho de jugar, pero si se lo hubiera
permitido habría notado que estaba empezando a mojarme.
¿Y quién te ha dicho que lo vamos a hacer en la cama? –
contestó.
Los pelos de los brazos, finos, lacios, casi transparentes,
se erizaron y una nueva ola de excitación se concentró en la parte baja de mi
vientre.
Estuve a punto de derretirme cuando me lo dijo. O de follarle
ahí mismo, o de hacer una corta inspección manual por todo su cuerpo. Me sentía
como una niña que tuviera en sus manos el mejor de los caramelos posibles, y se
conformara con mirar el envoltorio mientras imagina el sabor del dulce acunado
en sus manos.
¿Amargo? ¿Dulce? ¿Acaso importaba? El mero hecho de vivir la
experiencia merecía la pena. Lucio había conseguido excitarme con miradas y
palabras, y con eso superaba con amplitud a anteriores amantes, los cuales
tuvieron que recurrir al contacto físico; a veces, tan precipitado que lograban
hacerme daño, estrujándome un pecho o hundiéndome la ropa interior hasta el
útero.
Caminábamos separados y, aunque mis piernas temblaban de
emoción, conseguí las fuerzas necesarias y le cogí la mano, para mi sorpresa
estaba seca, no hay miedo, pensé, y apreté el paso. Quería llegar cuanto antes a
mi casa.
Tenía prisa por hacer el amor lentamente.
Vivo en un quinto piso y el ascensor es un elemento
indispensable para llegar sin que falte el aire. Por eso, y aunque la
impaciencia me hacía creer que las venas me estallarían de lujuria, tuve que
resignarme a coger el ascensor junto con una vecina, una mujer madura del tercer
piso; las escaleras, al ser un edificio algo antiguo, son altas y en el segundo
piso amenazan con transformar la siguiente planta en una cima impracticable.
Solté la mano de Lucio y ambos nos quedamos mirando el viejo
entramado de metal pintado de negro que recubre el hueco del ascensor. El placer
latente, esperando emerger al mínimo contacto íntimo, me hizo ver en aquellos
pegotes formas humanas entrelazadas, unidas por el nexo común de sus genitales.
Mientras mi vecina permanecía distraída, incapaz, por timidez
o hastío, de sacar un tema de conversación, esperé un nuevo roce por parte de
Lucio. Dentro del pequeño habitáculo del ascensor, los tres permanecimos
separados unos de otros, y la impresión de que Lucio intentaría algo nutrió mis
esperanzas de un nuevo golpe de calor. Sin embargo, no llegó, y eso acabó
excitándome más aún; por un lado, sería todo mío al cruzar el umbral de mi
hogar, pero le quería en ese momento, ansiaba un dedo que recogiera el sudor
frío de mi frente y me lo diera a probar, anhelé una caricia, un tosco apretón
de culo, cualquier cosa con tal de detener mi cerebro y dejar a mi cuerpo las
riendas.
Tras cinco interminables minutos, alcanzamos la puerta de mi
apartamento. Lucio se colocó detrás de mí y me apetecía que me tocara sin
importar el lugar. Se acercó más y más hasta que casi podía apreciar la estática
entre su ropa y la mía, y volvió a soplarme en la oreja.
A los cinco minutos hubo que añadir el minuto que, por culpa
de los temblores, tardé en abrir la entrada a mi casa.
Atrás la puerta se cerró con un estrépito, cerré los ojos y
contuve el aliento. Ahí estaba, para mi alivio, Lucio, recorriéndome de nuevo
con las manos. Esta vez se paró a la altura del ombligo, y levantó la camiseta
pegada a mi torso con una mano, al tiempo que acariciaba mi pequeña tripa con
delicadeza. Después de un par de suaves vueltas subió con destreza hasta mis
pechos, y a punto estuvo de tocármelos cuando, de repente, se paró y bajó veloz
hasta mi entrepierna: sus dedos, hábiles y largos, sobrepasaron con facilidad mi
pantalón y mi tanga, bregaron con mi escaso vello púbico para evitar tirones y
separaron los labios inferiores en busca de un tesoro.
Tsk – dije, volviendo a la realidad y quitando su mano -.
¿No crees que va siendo hora de que te quites algo de ropa antes de que
empiece a hacer calor de verdad?
Me sentí divertida al soltar aquella frase típica de película
porno. Lo cierto es que la niña había llegado a casa y no veía la hora de quitar
el envoltorio al caramelo, para lamerlo de arriba abajo.
La comunión existente entre los dos nos empujó a mi
dormitorio dejando un rastro de ropa tirada por el suelo, como si fuéramos a un
sitio del que podríamos no volver. O del que no querríamos volver a menos que
alguno quisiera transitar el camino de vuelta.
Llegados a mi habitación, desnudos por completo, me miró con
menor intensidad que en el metro, quizá porque ya no necesitaba atravesar mi
ropa. Satisfecho su afán observatorio, vino a mí con el pene medio erecto
colgando.
Nunca me ha parecido un miembro bonito, el pene. La vagina
tampoco, pero canta menos que un colgajo entre las piernas. No es que haya visto
muchos penes en mi vida, pero jamás me crucé con uno bonito, pareciéndome todos
una parte anormal, un tumor sexual que sufría una, en ocasiones
desproporcionada, metástasis por la excitación.
En el caso de Lucio llegué a asustarme, más que por un tamaño
de casi dos palmos de mis pequeñas manos, por su extraña curvatura elevada y
virada levemente hacia la derecha. Por toda su extensión, venas de diferentes
grosores se entrelazaban, enterrándose y descubriéndose en el cuerpo cavernoso.
Vino y mimé su glande apenas descubierto por el prepucio, el
cual empezó a replegarse a medida que el pene se hinchaba. Suspiré resignada,
deseando que la magia no se rompiera y no me dijera que bajara, directa o
indirectamente, a hacerle una felación. Mantuve cierto pesimismo hasta que, a
punto de agacharme, me cogió por los hombros y me hizo subir.
No – dijo. Y añadió: Hoy te toca a ti.
Paramos cerca del vano de la puerta, casi cruzando el
dormitorio. Me agarró de la mano, la misma que hacía unos segundos sujetaba su
orgullosa verga, y descubrí su mirada enfocándose en dirección al salón, en
concreto a la gran mesa de madera barata donde suelo comer cuando hay visitas.
Me arrastró y me tumbó desnuda sobre la superficie pulida, y como si hubiera una
espiral en la parte interior de mis muslos que culminara en mi vulva, sus ojos
recorrieron mi cuerpo para culminar en mi sexo, húmedo y palpitante. Me abrió de
piernas. Su lengua hizo otra espiral que desperdigó su saliva por los labios
menores y la abertura vaginal hasta culminar en el clítoris, auténtica estrella
de la función. Nada más apreciar a la sinhueso sobre el clítoris un
estremecimiento quiso advertirme de que el orgasmo estaba ahí, y me permitió
atisbar una fracción de lo que podría ser. A medida que me iba sintiendo más y
más turbada, con el placer diluyendo mi consciencia, el ritmo en los lametones
se fue acelerando mientras afinaba la precisión, hasta dar con la velocidad
exacta en el punto preciso. El gozo acaparaba mis sentidos, y aprecié mi ser
como un estanque bajo un chaparrón, con su superficie alterada por incesantes
círculos concéntricos que chocaban los unos con los otros.
Entonces le sentí entrando y la excitación fue
desapareciendo. Los temblores remitieron, la respiración y los latidos fueron
relajándose y esperé un par de acometidas a que Lucio se diera cuenta.
¿Por qué? – me preguntó.
Caí en la cuenta de que, hasta ese momento, Lucio no había
hecho nada que una mujer no pudiera hacer. Su voz me excitaba, sí, pero su voz
estaba hecha para despertar el instinto sexual, fuera la persona que fuera.
Pensé que, al contrario de todos los hombres que había
conocido, nunca me restregó el paquete cuando todavía nos encontrábamos
vestidos, imitando a mis antiguos amantes, los cuales querían que sintiera algo,
y me excitara, a través de la ropa. Un pene erecto, dispuesto a entrar en algo
caliente.
Y es que el mayor problema que tuve con Carlos es que yo no
echaba de menos hacer el amor con él. Tampoco se lo pedía. Y Carlos mantuvo su
ego a raya lo que pudo hasta que un día explotó y acabó tirándose a una chica de
su oficina que sí deseaba desfogar su apetito sexual con él, dando todo un
recital de gemidos a media plantilla.
El chivatazo me vino de un gusano que pensó, podría
conquistarme si delataba a Carlos.
Lo único que consiguió fue dejarme sola.
Me senté en la mesa, desnuda y con las piernas cruzadas,
evitando enfocar a Lucio, el cual se hallaba dubitativo, de pura vergüenza. Él
se sujetaba el mentón, y su pene fue decreciendo hasta quedarse fláccido.
¿Quieres correrte? – espetó decidido.
¿Ehm? – pregunté extrañada.
Sí, que si quieres correrte… pase lo que pase.
Antes de que digas una palabra, no me va el bondage…. –
dije, intentando adivinar lo que pasaba por su mente.
No, no me refiero a eso…
El ese y eme se haya lejos de mis preferencias – aclaré.
Que no… es algo más.
Comencé a asustarme. Me imaginaba troceada en el maletero de
un coche, o peor aun, como un juguete sexual hasta que se hartara de mí. Se me
pasaron por la cabeza mil y una cosas desagradables.
Ninguna, como lo que Lucio se guardaba debajo de la manga.
Estuve a punto de gritar cuando el cuerpo de Lucio inició el
tránsito a mujer. Si no llegué a salir despavorida, o al menos a lavarme la cara
con agua fría para asegurarme que no estaba soñando, fue la asombrosa belleza de
su metamorfosis: la carne que recubría su cuerpo de metro ochenta sufrió leves
estirones, ocultando inútilmente la alteración de los músculos; la arquitectura
de su ser, desde los cimientos de sus huesos hasta la fachada de la dermis, todo
estaba cambiando; la sutilidad con que brazos y piernas perdieron volumen poco a
poco, desinflándose a medida que la silueta estilizada se abría paso a través de
músculos de gimnasio, contrastó con la brusquedad en el cambio de la pelvis; la
cintura cedió con un chasquido húmedo y ahogado, esculpiendo unas caderas de
mujer bajo un torso en v propio de un hombre; por último, el vientre plagado de
cuadraditos y los pectorales se transformaron en un delicioso vientre plano y
blanco y unos generosos pechos, culminados por unos exquisitos pezones
sonrosados, compactos y erectos; respecto al pelo, éste creció hasta formar una
media melena que se tiñó de rubio y refulgió a la luz del sol; su pene comenzó a
secarse y a pegarse a la entrepierna, replegando aquellos gloriosos dos palmos y
horadando una vagina entre las piernas, la cual empezó como una simple raja y
acabó floreciendo al surgir los labios y el clítoris. La impresión final era la
de una estatua en un bloque de mármol: siempre estuvo dentro, esperando emerger.
Y Lucía, que así quería que la llamara a partir de ese
momento, demostró que no era humana, sino el deseo humano encerrado en un número
millonario de células, maleable y siempre hambriento, el instinto gutural de dar
placer y recibirlo. O que quizás, respondía no ante la tierra sino ante el
cielo… o el infierno.
Lucía sonrío maliciosamente y dijo, su voz melosa, femenina,
deleitable:
¿Me prefieres así?
Se acercó a mí con pasos cortos, tomándose su tiempo.
Manteniendo el contacto con sus ojos hasta que su embrujo funcionara y no
pudiera irme, dijo:
¿No es lo que deseas?
No puede ser real, pensé. Es imposible algo así. Y sin
embargo, ahí estaban la ropa de Lucio tirada por el suelo, y Lucía, con sus
estilizados pies de dedos pequeños y escalonados, sus pechos de talla noventa y
cinco redondos, perfectos, de manual. Pura lascivia que se derramaba de los ojos
y los oídos al cerebro.
Un último paso, ejecutado bruscamente, situó a Lucía pegada a
mí, con su mano derecha acariciándome la cara llena de dulzura. Al igual que
Lucio, ella no había venido a follar sino a hacer el amor, a pesar del sutil
afán intimidatorio. No quiere que me vaya, pensé, no quiere que la eche. Sólo
quiere que lo hagamos, y no me siento mal por ello.
Palpando mi mejilla y sosteniendo la mirada dijo:
Tch…
Cogiendo mi mano y guiándola hacia su pecho, dijo:
¿Ves?
Sin soltar la mano, orientándola hacia su vagina húmeda,
donde el clítoris se mostraba hinchado, dijo:
Soy real.
Soltó mi mano y mi deseo hizo el resto. Se mantuvo quieta
mientras masajeaba su "botoncito" con las ganas de arrancarla un gemido y
escuchar su impresionante voz jadeando de placer. Ella, por el contrario, tenía
otro plan, y se arrojó sobre mis labios, produciéndose un contacto aún más
húmedo entre ambas. La tensión que yo había estado acumulando se liberó con un
intensísimo orgasmo que me hizo mojar con ganas la mesa en la cual estaba
apoyada; un pequeño grito y varios jadeos adornaron los súbitos espasmos a los
que me vi sometida. Y todo porque los pechos de Lucía rozaron los míos.
Como pude me levanté de la mesa y me llevé a Lucía, de una
vez por todas, a mi cama, donde podríamos hacer todo lo que se nos pasara por la
cabeza.
Cierra los ojos y hazme lo que quieras – dijo.
Hice caso y palpé su anatomía perfecta de la cabeza hasta los
pies, y en ese punto paré a degustarlos. Apresé el pie derecho de Lucía y fregué
sus dedos con mi lengua, extasiada, contagiada por la sexualidad de Lucía. Mi
lengua bajó hasta la planta y volvió al pulgar, el índice, el corazón, el
anular, el meñique, separándolos y colándose entre ellos.
Me gustas, Elena. Oh... – gimió sorprendida ante mi
hallazgo -. Buena idea, cariño. Sigue.
Jaleada, me envalentoné a subir por la pendiente de sus
canillas hasta las rodillas, y bajé hasta la oquedad húmeda de Lucía, que me
llamaba con pequeñas fugas de líquido, delatando su excitación. Extendí el
corazón hacia el interior y giré la mano, con la palma hacia arriba: al poco
flexioné el dedo en mi dirección, y la maniobra se vio recompensada por intensos
temblores en mi compañera.
Paré un momento.
¡Auhm…! ¿Por qué paras?
Somos mujeres – me justifiqué, definida de una vez mi
personalidad. En el momento me sentí fuera de mí, como si pudiera verme
desde fuera sorprendida y a la vez contenta, por haberme encontrado -, no
tenemos por qué hacer todo a la manera de los hombres.
Retiré el dedo y lo sustituí por mi cada vez más útil lengua.
Una vez abajo, recuerdo que pensé, oh, así que esto es lo que
se siente al "bajar al pilón". La experiencia es tan diferente a la felación… lo
primero y más importante, hasta cierto punto es más fácil y descansado. Me pude
tumbar entre sus piernas, con las manos apoyadas en la parte interior de los
muslos y una completa cobertura de la vulva. Cerré los ojos y respiré embriagada
el perfume de sus fluidos, y de arriba abajo chupé y aspiré y di pequeños
mordiscos empapada de sudor y de Lucía, hasta que la frecuencia de sus gemidos,
más tarde de sus gritos, me indicaron la llegada del orgasmo. Su espalda se
arqueó y subió la cadera con brusquedad, pero eso no me detuvo y seguí a lo mío
hasta el precioso alarido y la relajación muscular que recompensaron mi
esfuerzo.
Esto no puede quedar así, pensé hacia mis adentros con mi
cabeza apoyada en su vientre. Me incorporé y me tumbé a su lado, y la susurré al
oído:
¿Por qué no me sorprendes tú ahora?
Volví a cerrar los ojos esperando encontrar el gratificante
placer de su lengua en mi concha, pero Lucía era una caja de sorpresas a mi
entera disposición. Sentí la fuerza que había tenido como hombre en mis muslos,
volteándome sobre la cama. Oh Dios, ¡oh!, pensé excitada, ¿pero qué…? Perdí la
concentración cuando Lucía me obligó a ponerme a cuatro patas, separó mis nalgas
con finura y procedió a lamer mi culo virginal e insatisfecho.
Supe lo de insatisfecho al comprobar el gozo de una lengua
jugando con él.
Dos orgasmos potentes y seguidos después, Lucía se cansó del
juego y me propuso hacer una tijera. Era algo que sólo había oído en los chistes
groseros sobre lesbianas, y temí hacer el ridículo, dejándoselo bien claro a
Lucía.
No quiero que salga mal. Es eso. Me da miedo estropear el
momento.
No va a salir nada mal – me tranquilizó. Abrió mis
piernas y con la precisión de un relojero, se escurrió entre medias y
quedamos vulva contra vulva -. No pienses, no mires si no quieres… sólo
siente.
Era lo más salvaje y placentero que había probado nunca. Su
pelvis describió eses que frotaron nuestros labios, produciéndose un intercambio
de calor, placer y fluidos tan diferente a todo lo que había sentido antes que
creí que la columna vertebral se arrancaría de mi espalda.
- Ah, ¡ah! – jadeé conmovida por su experiencia.
Lucía respondió con jadeos y gruñidos más altos, pero ni una
palabra.
Sigue, ¡por favor! ¡Sí! ¡Ah! – grité. Coloqué las manos
en la cabeza porque creí que saldría disparada como el corcho de una
botella. Sentí fiebre, placer, líquidos, rozaduras, pelos, carne, sabores
salados, sabores dulces, sonidos, luz, todo quedó impreso por mi piel, una
instantánea de todos los sentidos y del mejor momento de mi vida -. ¡Oh!
¡AH! ¡AAAH! ¡DIOSSS! ¡¡¡SÍ!!!
Me corrí y el líquido de mi vagina fluyó como si de sangre de
una herida grande se tratara, al tiempo que mi respiración y mis latidos
trataron de volver a la normalidad hiperventilando. Me tumbé sobre la cama.
Ella se me quedó mirando y sonrió. Luego se levantó, remontó
el camino que habíamos hecho juntas mientras se transmutaba de nuevo en hombre y
se marchó. Intenté impedirlo, decir algo, pero estaba demasiado agotada.
A partir de ese día, intenté encontrar en vano a Lucio o a
Lucía. Nunca volvería a ver a aquel ser que me descubrió mi sexualidad y mi
capacidad de gozar, que me descubrió lo que los franceses quieren decir al
hablar del orgasmo como una pequeña muerte.
Todos los días anhelo al hombre que se transformó en mujer, y
me duele saber que no podrá ser, ¡que, ni él, ni ella, ESO, así lo quiere! Sé su
naturaleza, pero no diré su verdadero nombre, porque sólo meditar en ello me
quema.
¡Ardo! ¡¿No lo entiendes?!
¡Por dentro estoy quemada, inútil, incapaz de amar a nadie
por el hecho de intuir que nunca podrá darme tanto! ¡Siento que todo lo
placentero que me quedaba por vivir se consumió en una sola tarde con ese ser!
¡Estos sentimientos, su abandono, su ausencia, me abrasan!
¡Y siento que jamás podré apagarme!