Antes de leer este capítulo es preciso leer el anterior. Ello
es obvio para cualquier serie y, en mi caso, más porque no acostumbro a
recapitular. Sin embargo hay gente estúpida como yo que entra en un episodio
solamente para ojear si conviene leer los anteriores fundándose en el estilo de
la redacción o el interés del actual. Creo que es un error aunque yo lo cometa
reiteradamente.
También quiero decir que nadie que apruebe la conducta de mis
personajes, sea de este relato u otro, sean dominantes o sumisos, está en su
sano juicio. Recibo gran cantidad de mensajes –que no respondo casi nunca- que
revelan la convicción de que los relatos son ciertos en su totalidad. Supongo
que son menores de edad o gente inmadura. A todos ellos les manifiesto que la
única parte veraz de mis relatos es, desgraciadamente, la oscura, triste,
vergonzante y sarcástica. El resto es aderezo para que algun@s disfruten de una
masturbación y, en algún caso, un potencial violador pierda capacidad para
serlo.
. . . .. . . . . .
- Madre –dijo Don Guillem- colócate cómoda para que la furcia
te coma tu divino coño.
Mientras la señora se desnudaba sin prejuicios delante de la
cantidad de caballeros que por allí había y se colocaba con las piernas bien
abiertas y las nalgas al borde de la butaca, me barrunté que por la expresión de
su hijo respecto de sus genitales, debía ser un lugar que frecuentaba
incestuosamente como mi Charli y Tess.
Me arrodillé ante su chumino para cumplir con mi obligación
de ramera para todo y al advertir su pulcro depilado, su delicada entrepierna,
sus muslos tersos y recios y su vientre con unas pocas estrías tan solo, que la
anciana señora era muy apetecible tal y como había presentido.
Mientras besaba y lamía suavemente el interior de los muslos
antes de atender el núcleo de sus genitales, la señora puso sus manos enmarcando
los mismos y, con gran placer nuevamente advertí que sus manos, pese a la edad,
seguían siendo no atractivas, sino arrebatadoras. No fui capaz de vencer la
tentación de acariciarlas con las mías y besarlas.
La señora tomó mis manos en las suyas y las condujo a sus
pechos discretos, suaves, mullidos y colgantes sin demasía. Acaricié sus pezones
y los pellizqué notando la reacción y cómo su hermoso coño se acercaba a mi boca
que se vio impulsada como por vida propia a comer golosamente aquella almeja.
Aunque la figura de Tess me tenía que haber supuesto una
revelación, nunca hubiera podido imaginar que una mujer de sesenta años se
mantuviese tan atractiva y tan desinhibidamente dispuesta al sexo.
- ¡Eh, furcia! Sepárate las nalgas para que te folle Colino
–Empecé a colegir que Don Guillem era una persona un tanto inoportuna.
Obediente me separé las cachas todo lo que pude y,
preventivamente, relajé el esfínter anal ya que nadie se dignó decirme dónde iba
la fiera a alojar su estaca y yo no quería separar mi boca de aquella almeja de
la que ya empezaba a manar un sabroso néctar. Entonces me di cuenta de que ni
tan siquiera me había ocupado de evaluar el pene del can ni de los destrozos que
pudiera hacerme.
Tampoco me acordé del rosario de bolas que ocupaba mi recto.
Alguien me las sacó de un tirón inútilmente, porque si me las hubiera sacado un
poco más despacio me hubiera agradado y estaría más predispuesta a ser montada
por el animal aquél.
Noté cómo la fiera se montaba sobre mi amplia riñonada y sus
patas delanteras, a dios gracias protegidas con una tela, se aferraban a mi
torso bajo los pechos. Nadie debió conducirle porque estuvo unos treinta
segundos intentado encontrar alojamiento para su pene hasta que finalmente
acertó en mi ano de un buen empellón.
En ese lapsus de intentos de Colino yo, aterrorizada y con
las manos sujetando mis gloriosos cachetes, había descuidado el papo de la
señora. Cuando la alimaña acertó a metérmela, empezó un endiablado vaivén que me
asustó por un lado mientras que, contradictoriamente, aquella forma frenética de
ser follada me sedujo tanto que la señora me tomó de las orejas para empujar mi
jeta hacia su chumino reclamando su débito. Pese a mi descuido no dejé de
percibir que la señora también se había distraído disfrutando de los intentos de
penetración del bicho ya que se había inclinado notablemente hacia delante.
Cuando un minuto después, perdido mi miedo a la fiera y
disfrutando de sus empellones, con una de mis manos jugando con el anillo de mi
clítoris, otra tanteando el orificio anal de la señora, ella acariciando con sus
dulces y expertos dedos mi nuca, cuello y orejas y sorbiendo yo su gran caudal
de almibarados jugos … Entonces me retiraron consecutiva y apresuradamente el
peso del bicho sobre mi espalda y el roce de su caliente piel, la magnífica
polla de mi ano, de un tirón, mi cabeza del fluyente coño de la señora, y me
pusieron en pié desconcertada y cabreada.
Iba a reclamar de alguna manera cuando me acordé de que mi
papel era solo de introductor de la actividad de La Rubita. Yo solamente había
sido la telonera. Ella ocupó mi lugar mientras el negro sujetaba al frustrado
perro, la señora mamaba la polla de su hijo mientras uno de los caballeros le
acariciaba los preciosos pechos y otro le besaba la boca dejándole caer su
saliva después al tanto que ella abría los labios para recibirla con gesto
lascivo. Menuda pervertida la señora madre de Don Guillem.
Y allí me encontré sin saber qué hacer. A un metro de la
escena. La señora agarrando de las orejas a La Rubita para acercarla a su
atractivo y desnudo coño. Por cierto, más atractivo desde mi ángulo de vista
actual que cuando lo enfrenté. Pero es que ahora estaba más brillante de sus
flujos y mi saliva. Y más inflamado por su calentura.
Según la niña se amorraba a la almeja de la señora, el negro
guardaespaldas soltó al perro para que se la montara. Entonces percibí el
lascivo gesto de la señora al mismo tiempo que se inclinaba hacia delante para
contemplar la penetración de la criatura por la bestia. Su inclinación fue la
misma que yo sentí en la posición de la nena unos minutos antes. Yo no pude ver
la cara de la señora. Ahora sí. Era diabólica.
Viendo la posición de La Rubita, con las nalgas soberbiamente
pronunciadas hacia arriba como su edad aún le permitía y su esfínter anal
tremendamente abierto tras la sodomización del negro, en un relámpago presumí
que el pene de la bestia acertaría en él. Décimas de segundo después se confirmó
mi intuición. El perrazo la comenzó a follar por su lindo agujero trasero con el
mismo, si no mayor frenesí que yo había experimentado.
Me sentí abatida presenciando cómo una adolescente de 16
años, con familia pudiente para evitarle las penalidades de una prostituta, se
sometiese por mera lascivia a aquella práctica tan extrema que yo, a mis 38 años
consideraba perversa pese a ser, al igual que ella, decididamente una puta
vocacional. Pero hay edad en que parece que el ejemplo que debiera disuadir es
el que acentúa la tendencia.
Yo comencé de prostituta a la madura edad de 36 años y no
había llegado a tal extremo hasta ahora, dos años más tarde. Estaba presenciando
lo que hacía una niña de 16. Con un intervalo temporal igual que el mío, de dos
años más tarde y con su inmadurez sabe dios dónde llegaría.
No tuve demasiado tiempo para contemplar como aquel cuerpo
proyecto de perfección era profanado por una vieja perversa y un animal. Alguien
tras de mi se apoderó de mis tetorras, me plantó una buena estaca entre el
muslamen que frotó haciendo oscilar la plaquita con el nombre de mi Charli que
colgaba del anillo de mi clítoris y me devolvió a la apreciación de mi carencia
de orgasmos en toda aquella nefasta tarde.
Me volví hacia el tipo buscando con mi mano su polla y, por
primera vez en esa tarde encontré lo que esperaba, un pene grande y bien
dispuesto. Por desgracia el caballero era un tanto feo, desagradable de cuerpo y
le olía el aliento. Pero para una profesional como yo del viejo oficio que había
decidido ejercer aquello solo era un gaje más. Agarré el miembro y de inmediato
de puse de rodillas para mamarlo.
El tipo no me lo permitió y me condujo de la mano a un
extremo del salón donde había otros tres señores.
Joer, joer, joer. Me lo pasé de puta madre con ellos. ¡Qué
tipos más majos! Hasta me hicieron una triple penetración: una polla de buen
calibre en el ano y dos al mismo tiempo en el coño. Vamos, de esas escasas veces
que el oficio te recompensa. Orgasmos tuve por un tubo ¡Qué sé yo! A lo mejor
fueron una docena. El caso es que me quedé dormida de agotamiento en el sofá
donde se solazaron con mi servicial y generoso cuerpo.
Continuará
…………