Bueno antes que nada me animo a mandar estas historias que me
ocurrieron a lo largo de estos mis 27 años de vida y espero que se entretengan
con las divertidas y extrañas situaciones que pasé con las también muy locas y
divertidas mujeres que conocí, aunque para más gusto de ustedes voy a poner solo
a las mujeres casadas con quienes me despaché.
Como siempre lo hacía en Chincha, acá en Lima seguí con mis
matinales salidas a trotar, y así acostumbrarme al choque que resulta la
tranquilidad provinciana con la velocidad de la capital.
Prácticamente todos los días cumplía con mi rutina deportiva
menos los domingos donde dormía hasta tarde como una marmota, negra en mi caso,
pues con los estudios no siempre había tiempo para todo. En un inicio era
acompañado por mis dos pequeños primos, aunque por motivos de colegio sólo lo
hacían los sábados pero eso se fue perdiendo pues preferían dormir hasta tarde.
Los días pasaban, los meses pasaban y era el mes de junio,
que en una de mis salidas a trotar, me crucé con una mujer trigueña, cabello
lacio, de estatura aproximada a 1,60cm., de contextura muy delgada, parecía casi
Olivia de Popeye pero mucho más simpática, y portando unos lentes de armazón
negra que le daban a sus facciones un aspecto más juvenil, que corría en sentido
contrario a mí. Al pasar por mi lado nos miramos sin decir nada, unos pasos
después yo volteaba para verla, y lo más sorprendente y divertido fue que ella
hacía lo mismo.
Yo apuré mi paso al sentirme ampayado, sonrojado me alejaba
lo más que podía. Todo siguió de la misma manera hasta que 3 días después del
primer encuentro, nos volvimos a cruzar, yo volví a voltear y ella hacía lo
mismo.
Así pasó como 2 veces más hasta que un día al voltear ella
sonrió divertida por la situación, yo respondí con otra risa pero seguí mi rumbo
contrario al de ella.
Cada día se hacía más familiar su presencia pero no sabía
como abordarla y ella creo que tampoco encontraba la manera de entablar una
conversación. Pero para nuestra suerte esta se dio de forma fortuita, aunque no
tan agradable para ella.
Recién habría recorrido unas 9 cuadras cuando encuentro a la
mujer en cuestión, sentada en la vereda tocando su tobillo, ella me miró y supe
que ese era el momento esperado para acercarme.
- Disculpa, ¿te encuentras bien?- pregunté tanteando.
- No, es que me torcí el tobillo.- contestó haciendo un gesto
de dolor.
- Uy, eso es doloroso.- dije con una mueca. ¿Aún te duele?
- Algo, por eso me quedé descansando y esperar que se me pase
el dolor.- respondió frotando su tobillo.
- Entiendo, trotando te has doblado el tobillo, supongo.-
dije esperando su respuesta.
- Sí, igual te veo a ti cuando nos cruzamos.- contestó
sonriendo.
- Aja, si me gusta mucho trotar y mantenerme en forma.- dije
sonriendo.
- Yo recién empiezo.- dijo aclarando.
- Pero, ¿se va a quedar ahí sentada?- pregunté curioso.
- No, ya se me pasará.- dijo queriendo levantarse pero el
dolor aún era demasiado.
- Vaya, parece que aún te duele.- dije acerándome. Vamos yo
te ayudo.
- Muchas gracias.- respondió incorporándose.
Así fuimos juntos, yo sirviendo de muleta humana, hasta su
casa que se encontraba a tan sólo 4 cuadras. Ella sacó su llave y me agradeció
mi ayuda, yo estaba por retirarme y me pidió muy amable que pasara un momento.
Con cierta dificultad se sentó en el sofá, yo no sabía muy
bien que hacer, y al verla aún adolorida le propuse que se pusiera hielo y
atenuar el dolor. Ella intento levantarse pero yo me ofrecí a traerle el hielo,
con un dedo me señalaba la cocina, de donde extraje una cubeta y unos cuantos
hielos que coloqué en un trapo de su cocina.
Al regresar a la sala su pie se mostraba ya descalzó, y sin
demorar, puso el hielo en la zona afectada.
- Que bien se siente el hielito.- dijo suspirando aliviada.
- Claro, para estos casos siempre es efectivo.- dije
sonriendo.
- Sí, muchas gracias por tu ayuda.- dijo sonriéndome.
- No hay porque.- dije sin saber que más decir.
- Ay, que burra soy ni me presente, soy Luisa.- dijo
estirando su mano.
- Yo soy Miguel, mucho gusto.- dije respondiendo el saludo.
El silencio volvía a hacer presa de nosotros.
- Y, ¿tú calientas antes de salir a correr?- pregunté curioso
y salvando el momento.
- No, ¿por qué?- preguntó.
- Eso explica la lesión.- dije observando ese detalle.
Siempre es bueno calentar antes para relajar el músculo.
- Que tonta soy ni sabía eso.- dijo riendo y sacando la punta
de lengua de forma graciosa. Y gracias por el dato.
- No hay porque Luisa, y además será que estudio Educación
Física.- contesté sonriendo.
- Que interesante.- dijo atenta. Por eso siempre sales a
correr.
- Claro, aunque todavía estoy en cursos generales.- dije
completando. Y así me mantengo en forma.
- Sí, se nota.- respondió asintiendo. En cambio yo estoy
gorda.
- No, para nada si eres super delgada.- dije asombrado por su
considerable delgadez.
- Ja,ja,ja, ya lo sé sólo te estaba bromeando.- contestó
riendo divertida.
- Ja,ja,ja, me agarró.- dije riendo por su ocurrencia. Y, ¿tú
trabajas?
- No, antes estudiaba secretariado pero cuando nacieron mis
hijos lo dejé.- respondió encogiéndose de hombros.
- Disculpe, yo que la estaba tuteando y ya es una mujer
casada.- dije abochornado.
- No te preocupes por eso sigue llamándome por mi nombre.-
dijo con confianza.
- Esta bien, Luisa.- dije riendo. ¿Y no piensas terminar tus
estudios?
- Sinceramente, no lo creo.- respondió.
- Vaya, que lástima.- dije de forma natural. Con lo joven que
aún eres.
- No, ya estoy vieja para retomar mis estudios.- respondió
resignada pero divertida.
- Eso lo dudo, Luisa.- dije agregando. Pues porque en verdad
te ves muy joven.
- ¿Tú crees?- dijo con la mirada irónica. Porque ya tengo 34
años.
- Ya ves que tenía razón.- dije señalándola. Aún eres muy
joven.
- Que amable eres Miguel.- dijo sonriendo y sonrojándose.
Muchas gracias.
- Es la verdad de lo que veo.- respondí sonriendo.
- Te tomaré la palabra.- contestó sonriendo. Pero, mas bien
ya no te detengo con tu rutina.
- Bueno, no me molesta pero igual me retiro para que
descanses.- dije poniéndome de pie.
- Ya nos veremos otro día trotando.- dijo abriendo la puerta.
- Claro que sí, y sería bacán salir a trotar acompañado.-
dije sugiriendo.
- Ya pues, me parece chévere tu idea.- respondió con una
sonrisa. Que tal si me buscas pasado mañana a eso de las 7am.
- Por supuesto, yo te busco.- dije despidiéndome.
Yo seguí con mi rutina de todos los días, y así llegó el día
acordado, y pasé por su casa. Momentos después de tocar el timbre, ella aparecía
con su ropa deportiva.
- Y, ¿cómo sigue el tobillo?- pregunté curioso.
- Ya esta bien, gracias.-contestó moviéndolo.
- Que bueno.- dije sonriendo. Y, ¿habrás hecho los ejercicios
de estiramiento?
- Claro, como me iba a olvidar.- dijo sonriendo y agregando.
Profesor.
Ambos reímos por su ocurrencia, y con paso ligero nos
perdimos por parques y calles.
Cada día que pasaba nuestra relación se hizo más cercana y
especial de lo que me hubiera esperado en un inicio. Pero a casi unos 2 meses,
algo empezó a cambiar en ella, su ánimo decayó y se notaba incomoda y
fastidiada, yo traté de no preguntar nada pues esperaba, que fuera lo que fuera,
se solucionara de la misma forma como empezó. Sin embargo, al continuar esa
situación decidí averiguar los motivos de su actitud.
- Luisa, ¿todo está bien?- pregunté curioso y decidido. Te
ocurre algo malo, ¿cierto?
- Tanto se me nota.- respondió con sus ojos tristones.
- Por supuesto, si no dije nada al inicio es porque esperaba
que se te pasara.
- Uhmmm.- gruñó deteniendo por completo su trote.
- Bueno, ¿y qué pasa?- pregunté esperando.
- Mejor vamos a mi casa y te cuento.
Caminando en silencio llegamos hasta su casa, sentados en el
sofá y con un vaso de jugo de naranja esperaba que hablara.
- Bueno, ya sabes que me pasa algo.- dijo empezando. Y es que
tengo problemas con mi esposo.
- Vaya, que mal pero, ¿han conversado sobre lo que sucede?-
pregunté atento.
- Sí, pero igual sigue comportándose de la misma manera.-
respondió.
- Pero, ¿qué ocurre exactamente?- inquirí decidido a saber la
verdad.
- Es que llega tarde y borracho.- dijo ofuscada. Y los
sábados prefiere irse a jugar su fulbito y dejarme sola con los niños.
- Ya veo porque estabas tan extraña.- dije apoyándola. Y
sinceramente, déjame decirte que tonto es tu esposo.
- Sí, ya lo sé.- dijo soltando una falsa sonrisa.
- De no darse cuenta de la mujer que tiene a su lado.- dije
siguiendo. Y que muchos ya quisieran.
- No creo que sea para tanto, pero gracias.- contestó
pensativa.
- Es la verdad Luisa.- dije continuando. No sólo lo digo por
hacerte un cumplido.
- Je, gracias.- respondió esbozando por fin una sonrisa
tímida.
- Quien tuviera la suerte de tener una esposa tan joven y
guapa.- dije sonriendo.
- Ay, ¿tan guapa soy acaso?- preguntó con una media sonrisa.
Si soy toda flaca.
- Así es mejor.- respondí sin dejar de mirarla. Te ves muy
bien.
Nuestras risas se encontraron así como las miradas, ella se
ruborizó ante mis palabras cargadas de sinceridad. Sentados en el sofá muy cerca
que mi rodilla chocaba contra la suya. Ambos sabíamos lo extraño de la situación
pero no dejamos de dar los pasos necesarios para saber que ocurriría.
Yo me acerqué algo más a ella, y sonriendo en silencio, su
mano se posó sobre una de mis manos, yo tomaba la suya igual, el calor que se
esparcía por nuestros cuerpos empezaba a cubrir toda la sala. Con decisión puse
su mano sobre mi pierna, y sola, empezó a deslizarla por todo lo largo de mi
muslo musculoso. Yo acariciaba su brazo y la dejaba con su exploración, con
total libertad y dudando unos instantes, empezó a frotar mi verga por sobre mi
short, ahí nomás se dio por enterada de la magnitud exagerada de mi animal
escondido.
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Su mano no se detuvo y siguió palpando, yo sonreía ante sus
avances, contribuyendo a su reciente curiosidad. Para ayudarla metí mi mano y la
saqué completa.
- Asuuuuu, qué grande la tienes, Miguel.- dijo asombrada y
mirándome sorprendida por mi colosal tamaño.
- ¿Te gusta?- pregunté a sabiendas de su respuesta.
- Sí, es que es enorme.- contestó sin animarse a tocarlo.
- Entonces, tócalo, no muerde.- dije sonriendo.
- Vaya, si no lo viera no lo creería.- dijo empezando a
palparlo. ¿Cuánto mide?
- Pues, hasta la última vez que lo hice, unos 23
centímetros.- contesté orgulloso.
- Sí que es grande, estás por encima del promedio.- contestó
sin detener su maniobra.
- Aya, no sabía eso.- dije mintiendo.
- Con este vergón debes tener a las chicas a tus pies.- dijo
jalando con más confianza mi salchichón chinchano.
- La verdad que aún no conosco a ninguna chica en la
Universidad.- dije confiando.
- ¿Ninguna?- preguntó curiosa y colocando bien sus lentes.
- Bueno, las de mi especialidad.- dije explicando. Pero con
ellas no pasa nada.
- Si supieran la que tienes, no estarían tan tranquilas.-
dijo riendo y mordiendo su labio inferior ante la vista impresionante de mi
plátanón.
Yo me acomodé mejor en el sofá, dejando que Luisa siguiera
maravillándose con las medidas gigantescas de mi apéndice. Con la confianza
saliéndole por los poros, se acomodó entre mis piernas y a dos manos me
masturbaba desenfrenada y ansiosa. Así continuó hasta quepor fin pudo disfrutar
de la erección total de mi vergota, que se mostraba como un garrote, negro y
venoso.
- Ufff, ¡qué bestia de pinga tienes!- suspiró al ver el
resultado de su labor manual.
- Y es todo tuyo Luisa.- dije moviendo mi verga desde la
base.
Con tamaña provocación ella no pudo resistir, si es que aún
quedaba algo en su cuerpo que lo deseara, su boca tanteo el grosor del glande
morado y procedió a engullírselo por completo, esa visión me gustó sobremanera,
Luisa, mi amiga, era la primera mujer casada que me chupaba la verga, y lo hacía
con un gusto único. Fascinante.
Así continuó chupando y lamiendo como si nunca hubiera hecho
algo tan común para un ama de casa, pero ella no dejaba de chupar y lamer, lamer
y chupar, mis bolas no se vieron ajenas a sus lenguetazos. Aunque no conseguía
tragarse por completo mi trozo de carne, le faltaba garganta para eso, igual
continuó afanosa en su intento. Yo deseaba probar su conchita y así se lo hice
saber. Ella soltó mi miembro viril por unos instantes, y sus ropas cayeron al
suelo, para después subirse al sofá dejando toda su sabrosa chucha ante mis
ojos, con gusto fui pasando mi lengua por sus pliegues hasta ese momento
indómitos pero que se me ofrecían como un vaso de agua para el sediento.
Eso hice, no dejé pasar la oportunidad, y mientras me comía
su vulva, uno de mis dedos frotaba su clítoris, Luisa, se mantenía de pie
sujetándose al respaldar del sofá y agarrándome de los cabellos de vez en
cuando, en uno de los movimientos sus lentes casi cayeron siendo sujetados en el
aire por ella. Sus jugitos empezaban a resbalar hasta mi boca, y luego por mi
garganta. Aunque ya conocía el sabor de ese líquido, noté cierta diferencia con
la de Sandra pero como con ella, ésta me sabía deliciosa. Si Sedapal ofreciera
esto en vez de agua, se harían millonarios. Sin duda.
Ya para entonces, era hora de seguir con el paso más
importante, eso lo sabíamos muy bien.
- ¡Qué rico me has comido la vagina!- dijo sonriendo y
contenta abrazándome.
- Y tú, no te quedaste atrás con esa mamada que me diste.-
dije tocando sus pequeños senos.
- Quiero que me la metas, Miguel.- susurró suplicante.
- ¿De verdad lo quieres?- pregunté señalando la desproporción
de mi verga. Estás muy flaquita.
- Sí lo sé, pero, profunda.- contestó riendo.
- Bueno, entonces que así sea.- dije permitiendo que se
echara en el sofá.
Una vez que se acomodó, terminé de despojarme de mi short,
así como de las zapatillas y el polo, y me situé en el espacio que me dieron sus
piernas al abrirse. Mi vergota descansaba sobre su estómago, y podía comprobar
el talle delgado de Luisa, pues mi animal parecía casi la quinta parte de su
cintura. Sé que ocasionaría estragos en su fragil contextura pero ante sus
ruegos por sentirme, terminé por acceder.
Empecé a frotar la cabezota sobre su clítoris, mientras ella
sonreía divertida, y me ayudó a colocar al intruso en la entrada a su vaginita.
Con un "auch" me dio la bienvenida. Al ver lo difícil que sería conseguir
introducir todo mi salchichón en su apretadita conchita, me dediqué a
masturbarla, con el glande incrustado por entero, y seguí dándole a su clítoris
con mi pulgar ensalivado.
Ella gemía bajito, disfrutando de mi accionar, y tal como
imaginé, sus paredes vaginales empezaron a lubricar la cabezota morada que salió
de su letargo y se incrustó unos centímetros más en su interior. Yo resoplaba
midiendo sus quejidos ante mi empuje, con cuidado, suavemente deslizaba mi
tronco de ébano, siempre atento para no dejarme llevar por el éxtasis y
enterrársela por completo.
- ¡Auchhh, está muy grande!- gimió al sentir que sus paredes
vaginales se extendía como nunca.
- ¿Me detengo, Luisa?- pregunté parando la penetración.
- No, sigue, por favor.- dijo haciendo un gesto de dolor y
con la respiración contenida.
Ante sus palabras motivándome a seguir, no lo dude dos veces,
mi pedazote de carne ganaba terreno, centímetro tras centímetro, en su conducto,
el cual sentía como una funda mucho más pequeña para el pistolón que pretendía
guardar.
En verdad, había momentos que me sentía preocupado por sus
quejidos, cada vez más fuertes, su cuerpo temblaba y pude ver, a través de sus
lentes, que sus ojos se llenaban de lágrimas que se negaban a escapar.
- ¿Te encuentras bien?- pregunté a sabiendas de lo mucho que
le dolía.
- Sí.- gimió entre dientes soportando el dolor con unas ganas
inigualabables.
- Entonces continuo.- dije acomodándome mejor en la pose.
Como respuesta, sólo asintió con la cabeza, dándome nuevo
permiso de continuar perpetrando en su vagina. Después de depositar unos
salivazos en nuestra unión genital, seguí empujando con cuidado de no fracturar
ese cuerpo tan menudo y que sin embargo, parecía aguantar el descomunal grosor y
tamaño de mi verga. Sus gestos me hacían percatarme del sufrimiento al que era
sometida por mí, sin querer, y entonces decidí avanzar más.
Ella soltaba gritos cada vez que yo avanzaba y aún faltaba
poco más de la mitad, no podía retroceder pues sería peor y aparte yo no lo
deseaba. Empujando buenos trozos de mi salchichón, con el consabido grito de por
medio, terminé de rellenar su papa. Con la respiración entrecortada y perlas de
sudor en su frente, sonreía con los ojos cerrados contenta por su resistencia
mientras sus lentes se mostraban empañados.
- Ya está toda adentro.- dije pasándole la voz.
- Sí, ya siento tu pubis golpeando el mío.- contestó abriendo
los ojos y como saliendo de un sueño.
- Oye, Luisa, ¿sientes esto?- pregunté moviendo mi verga y
sintiendo que la punta tocaba con algo.
- Así es Miguel, siento que se mueve, eso es tu glande,
¿cierto?- dijo asombrada.
- Sí, es mi glande que esta tocando algo adentro tuyo.- dije
sin saber que era.
- Creo que es mi útero.- dijo pensativa. Vaya, ¿tan adentro
me la has metido?
- Parece que sí.- dije siguiendo con ese juego. Y me aprieta
mucho tu vagina.
- Sí, me gusta sentir que me llenas por dentro.- dijo
acariciando mi abdomen.
Con las ganas enormes de continuar, me apoyé en la parte
interior de sus muslos que se abrían a más no poder. Y lentamente, se la fui
sacando hasta casi la mitad para volver a metérsela por completo, ella pegó un
grito con una mueca desfigurada en su rostro agarrándose del terciopelo del
sofá. Igual, volví a repetir la acción y de nuevo otro grito, no había forma
hiciera lo que hiciera ella iba a gritar de cualquier forma.
Seguí repitiendo la acción anterior pero cada vez con mayor
rapidez y fuerza, sus gritos no se detenían y yo tampoco, no le daba tregua a su
conchita. Mi vergota atacaba sin piedad, no iban a haber prisioneros en esta
cachada. Al sacar una mano de su muslo, vi como quedaba tatuada la marca roja y
sudorosa, para luego tomarla por el tobillo que besé y lamí excitado por
completo. Ella no aguantaba más de lo que creía posible y unas lágrimas
cristalinas corrían por sus mejillas, yo no sabía que pensar de eso, sería
realmente por el gigantesco plátano bellaco que la atoraba o sería por consumar
la traición hacia su esposo. Estos pensamientos inundaron mi mente unos
instantes, y en verdad quize detenerme pero después me di cuenta que eso no era
culpa mía ni de ella, ambos fuímos arrojados a esa situación por la decidia de
su esposo. ¡Porque no disfrutas a tu esposa! Alguien lo tenía que hacer y ese
fui yo.
Después de soportar con gritos y lágrimas mis embestidas,
ella se dejaba manejar dócil casi ausente, parecía un cadáver en mis brazos, y
salvo su respiración entrecortada así lo hubiera pensado. Agarrada al sofá,
resistía mi garrote entrar y salir, entrar y salir, y muchos entrar y salir más
hasta que ya era demasiado para mis huevos.
Por instinto, recuerdo de las cópulas con Sandra, le saqué
todo mi trozo de carne de un golpe y sosteniéndolo dejé expulsar una fastuosa
cantidad de lechada. Al abrir los ojos, pude ver el desastre que había
ocasionado en el cuerpo de Luisa, su vagina se me mostraba aún abierta y roja
como si nunca volviera a recuperar su estado normal, mi leche se había
desparramado por todo su vientre, senos, cara y cabellos. Mi eyaculada había
sido gloriosa y abundante, mas parecía que le hubieran vaceado encima una
botella de yogurt. Pero no, ese líquido lácteo tenía como lugar de fábrica a mis
testículos. ¡Descansa en paz duende de Milkito!
Yo me retiré hacía atrás y me recosté apoyado en el otro
brazo del sofá, mirando la escena entre divertido y asombrado. Luisa se miraba
el cuerpo alucinada y perpleja ante el resultado de la cogida, una de las
cogidas más locas que al parecer habíamos vivido tanto ella como yo.
- ¡Qué bárbaro!- dijo sin salir de su asombro. ¿Cómo me has
podido hacer esto?
- Pues, porque tú me lo pediste.- contesté con el aliento
recuperado.
- Ha sido toda una experiencia.- dijo sobándose la vagina
adolorida. ¡Qué cogida tan salvaje me has dado!
- Y aguantaste como una campeona.- dije acariciando sus pies
que estaban ahora estirados hacia mí.
Los dos seguíamos reposando de tremendo coito, y era obvio
que no sería la última vez que lo haríamos.
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Después de ese encuentro, el salir a correr se volvió nuestra
fachada pues aprovechábamos la mañana para revolcarnos en cada rincón de su
casa.
Aunque claro no me quedaba más de 1 hora porque tenía que
regresar a casa para ir a estudiar. Muchas veces dejé de ir a la universidad
porque se me hacia tarde y prefería quedarme con Luisa.
Cierta vez en su casa y estando en plena cogida su esposo
llamó por teléfono.
- ¿Aló?- preguntó ella sentada sobre mí.
Yo la tenía sujeta de la cintura mientras en silencio la veía
conversar.
- Ah, Mario, dime, ¿qué sucede?- dijo con cara de lujuriosa
mientras aumentaba los movimientos de sus caderas en una cabalgata mortal.
Unas risas sutiles y mínimas se me escaparon por esta
ocurrencia pero yo sabía que aún los problemas entre ellos seguían y no tenía la
intención de meterme en eso. A pesar que me metía todos los días más de lo que
su esposo imaginara.
Luisa conversaba con Mario y en su rostro se notaba el
esfuerzo que hacía por no dejarse llevar por el placer, la pobre estaba al borde
del colapso orgásmico.
- Ya chau, Mario, después hablamos.- dijo colgando y soltando
unos sonoros gemidos que más parecían aullidos de loba en celo.
Sus movimientos se hicieron más furiosos y agresivos, yo era
tan sólo un juguete para su disfrute sexual. Y la verdad que no me molestaba en
lo absoluto.