Me había convertido en la puta de mi compañero de piso, pero
lo mejor fue descubrir como él se convertía en un puto cabrón que disfrutaba con
una buena polla clavada en sus intestinos. Y es que todo esto ocurrió un fin de
semana en el que fuimos a Italia con los chicos del equipo de fútbol. Un chaval,
Peter, tenía una casa de campo allí que por lo visto era de lo más lujosa, así
que nos metimos en dos coches y decidimos ir.
Para cuando hicimos el viaje, Nacho y yo habíamos continuado
con una infernal rutina de sexo oral en la que habíamos dado pasos bastante
cualitativos, pues me había dejado disfrutar de la mejor comida de culo que
jamás le hubiese hecho a nadie. ¡Y es que menudo culazo que tenía el cabrón! Sus
intensos entrenamientos de fútbol le habían proporcionado unas nalgas duras y
delgadas, de piel tostada y cubiertas de duro y rizadísimo vello.
No entiendo muy bien cómo ocurrió, pero ese día me sentía
realmente cachondo. Me acababa de preparar la cena y me encontraba sentado a la
mesa y a punto de empezar a comer cuando entró Nacho por la puerta. Venía de
entrenar, con toda la equitación de fútbol puesta. Le miré y le sonreí.
-¿Qué tal el entrenamiento? –pregunté.
-Bien, tío. Aunque estoy cansado –explicó.
-Te he dejado un poco de esto para que cenes también –le dije
señalando mi plato.
-Huele bien –se acercó a donde yo estaba y se inclino para
oler el aroma que despedía-. Gracias.
-De nada –dije, sin poder evitar mirar su paquete dentro de
aquellos pantaloncitos blancos de fútbol, que mostraban buena parte de sus
velludos muslos.
Nacho se percató de que no quitaba ojo de su paquete, de que
me había quedado embelesado, mirándolo con fijación.
-Despierta, cabrón –puso una mano en mi nuca y me apretó con
camaradería, tocándose el paquete con la mano que le quedaba libre-. ¿Estás
cachondo o qué?
-Mazo –respondí, llevando mi mano a su entrepierna y
apretando el bulto que escondía allí, bien sujeto por sus ajustados bóxers-.
Tengo unas ganas locas de comerte el nabo, Nacho –le lancé una mirada lasciva.
-Todo tuyo, tío –dijo mi compañero, quitándose de un golpe y
los pantaloncitos blancos y los calzoncillos hasta medio muslo.
Su polla morcillona apareció frente a mi cara, bamboleándose,
lo mismo que sus pesados, peludos y duros cojones. El matojo de pelos en la base
de su rabo era importante y, a causa del sudor condensado en esas zonas tras el
entrenamiento, un fuerte olor a hombre inundó mi nariz. Así que, sin
miramientos, empujé su polla hasta mi boca y saboreé ese regusto salado a
cipote, meada y sudor que tanto me gustaba de Nacho. Y es que durante mi vida me
había comido bastantes pollas, pero la de mi compañero de piso tenía un sabor
especial, más varonil, suculento y nocivo a la par, porque me tenía enganchado,
adicto a su gusto y aroma.
La noté endurecerse al contacto con mi lengua y mis labios, y
es que aquel trozo de carne latente palpitaba y se ponía duro como la piedra,
mientras su dueño me permitía soltarle pequeñas dentelladas en su rico
capullazo. Era entonces cuando Nacho me cogía con ambas manos de la cabeza,
hundiendo sus dedos en mi rizada cabellera rubia y ondulada, pasándomelos
después por mi rala perilla mientras gemía de gozo.
Olía a puro macho en celo, a deportista sudoroso tras una
intensa sesión de ejercicio. Aquello me enloquecía y me revolucionaba aún más al
deleitarme con sus huevazos sudados, pues de pura cachondez metía mis manos bajo
su camiseta y le acariciaba sus duras tetas y sus abdominales de acero, las
paseaba por sus fibrosas piernas y su peludo culazo. Y desde sus cojones seguía
bajando y bajando, hasta encontrarme con el rostro bajo sus piernas, olisqueando
de donde provenía el más excitante aroma jamás experimentado. Continuando con mi
trayectora, la cual Nacho no se preocupó en parar, acabé hundiendo toda mi cara
en aquella raja de aquel imponente culo, delgado y musculoso.
Nada más sacar mi lengua y ensalivar aquel ojete
heterosexual, bien cerradito y peludo, noté como mi compañero se estremecía de
excitación, con espasmos y escalofríos corriendo por su espalda. Esto me
envalentonó y puse más energía en mi empeño, clavándole todo lo que podía de mi
ancha lengua en aquel agujero delicioso y estrechito, haciendo que Nacho me
ofreciera su culo en pompa, apoyando las manos en la mesa y subiendo su pierna
izquierda al asiento de la silla.
-¿Te gusta, cabrón? –dije cachondo, soltándole un par de
azotes en las nalgas que le hicieron dar un respingo. ¡Qué culo tan maravilloso,
cubierto de ensortijado vello!
-Nunca me habían comido el ojete –confesó con la respiración
entrecortada-. No pares, tronco. Me encanta como me lo lames y notar tu lenguaza
ahí jugando.
-Tío, tienes todo el culo sudado, cabrón.
-Lo siento –se disculpó.
-No, no importa –añadí con rapidez-. Me encanta como sabe y
como huele –dije, y volví a hundir mis abiertos labios entre aquellas dos
durísimas nalgas, acoplando la boca a su agujero, succionando y provocando que
su esfínter saliera un poco hacia fuera.
Nacho jadeaba y gemía como una puta cuando le hacía aquello,
llevando sus manos hacia detrás y obligándome a mantenerme pegado a su trasero,
medio asfixiándome, restregando toda mi cara, mi boca, mi nariz, mis mejillas,
barbilla, todo, por su raja inundada de mis propias babas.
-Ven –me ordenó. Caminando torpemente se acercó al sofá, se
quitó las deportivas, se sacó los pantalones y los calzoncillos y se semitumbó
boca arriba, poniendo sus piernas en alto, y dejando totalmente expuesto su
ojete-. Cómemelo, venga. -Me arrodillé y le miré con cara de no poder más de lo
cachondo que estaba.
-Me pones a mil –dije. E ido de locura continué mamando,
lamiendo y trepanando con mi viciosa lengua su vicioso culo, mientras él,
cachondo perdido, se levantaba la camiseta para acariciarse sus desarrollados
pectorales y pellizcarse sus morenos y pequeños pezones.
Mientras tanto, me deshice de mis pantalones y me quedé con
la polla fuera, dura y apuntando al techo. En un momento me escupí un poco en
ella y la lubriqué, después me incorporé y sin pensarlo la restregué por el
ensalivado agujero de Nacho, enrojecido por mi salvaje sesión de rimming. Posé
mi buena polla allí y la froté contra el ojete.
Al sentirlo, Nacho abrió los ojos y me miró estupefacto.
-Hey, tío, no te flipes. Una cosa es que me comas el nabo y
el ojete, y otra cosa que me restriegues la polla.
-Vale, vale –me aparté, pero tampoco demasiado.
-¿Estás caliente? –sonrió con malicia-. ¿Acaso te apetece
metérmela o qué?
-Me encantaría follarte durante horas, sin descanso
–manifesté sincero-. Eres el tío que más me ha puesto en toda mi vida y necesito
tenerte, Nacho. Necesito sentirte y follarte este culo que tienes, cabrón –dije
sobándoselo.
Nacho soltó una carcajada, se incorporó y me miró fíjamente.
-Eres un hijo de puta, porque por tu culpa me estoy volviendo
un poco marica, ¿sabes? –decía chulo-. Pero no puedo renunciar a tu boca de
cabrón –posó uno de sus dedos sobre mis húmedos labios. Entonces, me rodeó por
la cintura y me atrajo a su cuerpo, pegándome a él-. Y encima empiezo a verte
guapo –soltó pasándome una mano por mi imberbe trasero-, porque estás super
bueno, mamón –declaró, dejándome asombrado-. Me pones tan cachondo…
-Nacho –le llamé, con su cara a tres centímetros de la mía.
Podía notar su aliento.
-¿Qué? –susurró.
-Soy tu puto, tío –me entregué totalmente a su voluntad.
-¿Te gusto? –preguntó.
-Mucho, Nacho. Estoy loco por ti y por tu polla, tronco.
-¿Te gustan mis tetas? –preguntó mirándose el musculado
pecho.
Pero no contesté, porque lo que hice fue bajar mi cabeza y
comenzar a mamarle aquellos pezoncillos, y después recorrí todo su torso, su
ombligo, y subí hasta sus sudadas y peludas axilas, tras lo que escalé hasta su
cuello… y de repente. De repente me encontré pegado a sus labios. Nacho me
estaba morreando. Primero pegando sus labios a los míos y al momento buscándonos
las lenguas, intercambiando saliva, llenando nuestras bocas con la del otro y
tragándola, bebiéndola con laboriosidad y empeño. Quería deleitarme con la
saliva de Nacho porque le quería sentir en cuerpo y alma, fusionado conmigo, y
todo lo que era de él me provocaba deseos de tenerlo.
Aquella noche, tras la increíble comida de culo que le había
hecho, nuestros juegos se desviaron hacia otro tipo de prácticas. La práctica de
los besos, en la que yo pedí a mi compañero beber y beber más de su maravillosa
saliva. De modo que, cuando su boca quedó seca, jugamos a que Nacho llenara su
boca de agua, la mantuviera allí dentro y ya caliente y mezclada con sus jugos,
me la pasara para que yo la tragara y me relamiera. Enrollándonos sin parar,
retozando en la cama, sintiendo mi cuerpo contra el suyo, todo su musculado
organismo sobre mí, entre mis brazos.
Nacho era muy apasionado, abrazándome, besándome, sin hacer
escrúpulos a que yo fuese un tío. En ese momento mi compañero ni lo pensaba.
Sólo deseaba hacerme suyo. Y lo consiguió. Embadurno su polla de saliva, me
embadurnó también mi ojete y cuando quise darme cuenta, a oscuras en la
habitación, Nacho me había metido todo su nardo, haciéndome ver las estrellas de
placer. Una polla deliciosa como la suya que se acoplaba con total perfección a
mis entrañas.
No exagero si os digo que nos pasamos la noche follando.
Nacho era un macho incansable que me hizo el amor cuatro veces: tres en la cama
y la última en la ducha, sosteniéndome a pulso con sus bíceps a punto de
reventar, subiéndome y bajándome en una suerte de tabla de ejercicio en el que
me empalaba con sus buenos 17 cm de larga y algo gruesa polla.
Y es que su cipote había sido hasta el momento el más
exquisito de todos los probados por mi culo. No había podido evitar enamorarme
de Nacho. Esa noche me había hecho enloquecer. Mi compañero de piso hetero me
había hecho el amor como un auténtico caballero, tierno, atento y jodidamente
cerdo a la vez, pues no había parado de insultarme y de decirme burradas al oído
como que quería desgarrarme el ojete o que quería follar durante días conmigo,
usarme y compartirme con más tíos para que experimentaran todo el placer que un
tío tan guarro y cerdo como yo podía dar. Y eso que aún no había visto nada, tan
sólo pequeñas perlas como las cuatro o cinco mamadas que le hacía cada día con
especial atención en esa con la que tanto disfrutábamos, yo entre sus piernas
mientras el cagaba en el váter. A Nacho aquel placer de sentirme succionando su
cipotón mientras jiñaba le dejaba sin sentido. Y a mí me encantaba posar mis
manos en sus nalgas, con mis rodillas clavadas en el suelo, amorrado a su polla,
y notando como su culo se contraía mientras expulsaba la carga de su intestino,
lanzando gemidos y jadeos de placer.
Gracias a Dios, nuestro grado de cachondez siguió en aumento,
pues como ya he dicho, días más tarde nos trasladamos a Italia, a casa de Peter,
en donde me vería en la situación más tórrida y caliente de toda mi vida.