Era un viaje de estudios por el sur de Francia. Me apunté
porque necesitaba relacionarme con mis compañeras de carrera en un ámbito
diferente al de las clases de la universidad. Tenía además la esperanza de ligar
con otra lesbiana, si la descubría, y quizás, aunque esto ya era soñar, tener
algún morboso episodio de juegos eróticos.
Los primeros días me hice una idea de mis posibles parejas,
pero ninguna llegaba a agradarme del todo: eran demasiado marimachos, y tenía la
impresión de que no sabrían apreciar mi sensibilidad. Que sólo querían sexo, y
les daba igual si con chicos o con chicas. Así que, un poco decepcionada,
terminé compartiendo buena parte de mi tiempo con la más encantadora, hermosa y
heterosexual de mis compañeras: Gracia.
Era un amor, en todos los sentidos, y eso me hacía sufrir
más: parecía encantada de tontear con los chicos, incluso con el profesor que
hacía de guía, pero también era dulce y muy amable con las compañeras femeninas
de la expedición.
Pues bien, la cuarta o quinta noche nos hospedábamos en un
hotel de una villa algo apartada de la costa, y como ya habíamos cogido
costumbre de hacer fiesta en la playa, esta vez la montamos en la discoteca de
nuestro alojamiento. Allí que fui yo con pocas esperanzas de nada que fuera más
allá de pasar un buen rato de marcha.
Gracia se me pegó nada más verme. La estaban acosando unos
chavales del pueblo y debió pensarse que junto a mí, que ya había dejado más o
menos claro en un par de ocasiones a los compañeros de viaje que se me
insinuaron que no había nada que hacer, pronto la dejarían en paz. Así fue, pues
al ver mi cara de pocos amigos no se atrevieron a acercarse, aunque tampoco
abandonaron el local, tal vez esperando que Gracia se quedara sola o que otra de
las chicas cayera en sus garras.
-Al menos invítame a algo.- le dije, y se río, al darse
cuenta de que sabía por qué se me había acercado.
-¿Qué quieres?-
-Un bitter.-
Amarga elección que hace que todo lo demás endulce el paladar
de mi corazón. Lo fue a pedir y de paso ella cogió su siguiente copa. Hablamos,
bueno, habló ella, que parecía una fuente, aunque yo no me cansaba de
escucharla, pues tenía un acento muy agradable, sus eses eran muy sensuales y
sonreía casi por cualquier cosa. Tan distraída estaba por su conversación, que
no sé cómo llegamos a plantear algunas fantasías sexuales, aunque creo recordar
que yo empecé diciendo que los chicos franceses necesitaban unos buenos azotes
por parte de sus padres.
-No, que luego se aficionan.-
-Ni que fuera algo malo. ¿No te gustaría poder pegarle en el
culo de cuando en cuando a alguno?-
-Es que a mi casi me va más lo contrario.-
-¿Qué te peguen?-
-Noooo. Que me aten. Es tan... mmmm... Recuerdo cuando vi
"Historia de O" que me impactó mucho cuando la ataban. –
Yo, por mi parte, aunque mantenía la sangre fría, porque
aquello era sólo una declaración inocua, para nada comprometedora, sentí que me
invadía la adrenalina e imaginé en un instante la hora y pico de película de O,
pero con los rasgos de Gracia.
La noche seguía y volvíamos al tema recurrentemente.
Demasiado, para mi gusto, que hubiera preferido declararse abiertamente al
respecto y no andar con tantos rodeos, los cuales, por lo demás, me tenían
encandilada. Por fin, observando los gestos de mi compañera, algo dejados, lo
que indicaba su estado de semiembriaguez, solté:
-Oye, ¿no te apetece jugar ahora conmigo?-
-¿A qué?- se hizo la ingenua, poniéndome en un apuro.
-A qué va a ser, a atarnos. En mi habitación.-
Pareció que la borrachera se le despejaba y sin mirarme a los
ojos, como si recordara, susurró muy deprisa:
-No... Tengo novio y no, ni con un chico.-
Fue una desilusión, pero no me retiré. Recordé que mi
intención al principio de la noche era pasarlo bien y me puse a bailar y a beber
a buen ritmo. Gracia seguía conmigo, pero ahora no hablaba tanto y cuando lo
hacía yo me limitaba a escucharla. También la observaba, pues era una belleza.
Era alta, más que yo, y olía a lavanda. Su pelo, moreno, era largo y liso, y
volaba con cada giro de su danza. Tenía algunas pecas muy graciosas, y unos
enormes ojos verdes.
Pusieron de pronto una especie de tango, y ella se emocionó,
sacándome al centro de la pista. Yo la llevaba, ella se exhibía, con una
elegancia y un brío en sus vaivenes que eran hipnóticos. Otros de los presentes
en la pista se maravillaron tanto o más que yo de su habilidad para el baile.
Daba vueltas, medias vueltas y cambiaba de dirección como un serpiente, pero sin
perder la sonrisa y clavándome su en apariencia inocente y dulce mirada cada
tres o cuatro pasos.
Me excité mucho con aquello, y decidí irme a la habitación.
Se lo hice saber en cuanto terminó esa canción.
-Voy a beber a la habitación. Hasta...-
-Vamos, vamos. Lalalala...- me interrumpió y canturreando se
me adelantó por los pasillos del hotel hasta llegar a la puerta de mi cuarto.
Apuraba su copa mientras yo abrí y la invité a entrar. Se
sentó en la cama. Yo dejé las llaves y mi vaso, cerré la puerta y busqué en la
maleta una botella de licor típico de la región que había comprado el día
anterior. La ocasión, o la oportunidad, lo merecían.
Bebimos y charlamos durante largo rato, pero pronto volví a
sentirme muy excitada, tanto que me terminé levantando y cogí lo primero que
encontré a mano: uno de mis cinturones de piel. Juro que al principio ni pensé
en sus connotaciones, es más, fue Gracia quien se percató de ellas y,
quitándomelo de las manos, me dio un par de azotes suaves en los muslos por
encima de la falda mientras decía:
-Toma, toma, por traviesa.-
Tragué saliva y disimulé, sentándome a su lado y tomando de
nuevo el vaso. Ella empezó a juguetear con el cinturón, hasta que se lo colocó
en el cuello y pasó el extremo por la hebilla, de modo que le quedó como una
correa. Al verla, comenté:
-Tú sí que eres traviesa, y una perrita cachonda.-
Se río y se tumbó en la cama tras de mí. Hubo un gran
silencio en el que yo sólo oía su respiración, tranquila, pero algo más rápida
de lo normal, probablemente por el alcohol, y los violentos latidos de mi
corazón. Pero casi se me arrebata el pulso cuando la oí musitar:
-No vayas a pensar que soy una pervertida, pero ahora... no
me importaría que me ataran.-
-¿Con qué?- dije y me dije yo, y enseguida recordé que tenía
unas medias en la maleta para si salía de marcha por la ciudad. Negras, para ser
exactas. Las tomé y pasé una por sus muñecas, que me ofreció para que se las
amarrara. La otra la anudé en sus tobillos. Cuando hube terminado, dije, con no
poca teatralidad en mi tono de voz:
-Ya eres mía.-
-Noooo, noooo.- se burló, provocándome.
Actué con rapidez. Cogí el hielo de mi vaso, y se lo pasé por
los labios. Luego lo metí en mi boca y me esforcé en degustar su sabor, pero fue
en vano por el frío. Sujetándolo, lo hice correr por todas las partes desnudas
de su cuerpo: su mejilla izquierda, su cuello, ambos brazos y las piernas. Se
dejó hacer en silencio. Eso me angustiaba: ¿lo aprobaba o lo rechazaba? Por fin
regresé a su cara y dejé que tomara ella con su boquita el hielo de la mía. Otra
vez el intenso frío pudo más que mi calentura y no conseguí asegurar una
sensación perdurable de aquel contacto íntimo.
-¿Quieres que te...?-
Fue maravilloso. Cerró los ojos y asintió con la cabeza y de
voz, sin soltar el cubito de hielo. Parecía una virgen entregándose y cierto
rubor divino se formó en sus mofletes, demasiado intenso para justificarlo la
borrachera.
-Ajá.-
Me coloqué, de rodillas, junto a su cintura y con delicadeza
le bajé las braguitas hasta las rodillas. Aunque también había echado agua de
lavanda en ellas, pude percibir cierto aroma más... humano. Por suerte mi
sentido del olfato funcionaba aquel día mejor que el del gusto. Enseguida
humedecí mis dedos índice y anular en el hielo que ella gentilmente sostenía
entre sus labios y los introduje bajo su falda, buscando. Su rajita estaba
caliente, y se estremeció por el fresquito del agua.
La acaricié durante largo rato, pero creo que yo me excitaba
más que ella, que estaba sedada por la bebida, y aunque la dejé muy húmeda,
llegamos a un punto en el que me di cuenta que era mejor dejar que durmiera.
Cambié, pues, su coño por el mío y tomando con la otra mano la correa del
cinturón, imaginándome que me masturbaba con mi esclava de verdad, me di tanto
placer como pude, obteniendo unos deliciosos orgasmos.
Ya era muy entrada la madrugada. Le quité el cinturón y las
medias y le subí las braguitas, cuidando de no despertarla. Gimió y se acurrucó,
pero no se despertó. La miré: tan dulce, tan prohibida... pero antes de que mis
labios se unieran a los suyos, recapacité y terminaron por estampar un cariñoso
beso en su aún colorada mejilla.
-Buenas noches.- dije al salir, y la noche la sustituyó hasta
que llegó el nuevo día.