Mi Amo IV parte
Me desperté de un largo descanso. Tenía la sensación de haber
dormido mucho y así era. Aproveché para relajarme en mi cama, pues no podía
moverme al estar atada por la correa.
Me toqué la vulva y recordé todo lo que ocurrió la noche
anterior. Comprobé que el piercing estaba perfectamente colocado. Luego me llevé
la mano al pecho y también noté el otro piercing. Estaba dolorida, pero
orgullosa al mismo tiempo, pues mi amo había querido que me colocaran ambos
piercing.
Dos esclavos entraron en el dormitorio y me quitaron las
cadenas, los collares y todo lo que llevaba. Me llevaron al baño, y nuevamente
tuve que orinar delante de ellos. Eso me avergonzaba. Siempre me había dado
mucha vergüenza entrar en el baño con alguien más. Ni siquiera me gustaba con
mis amigas. Me parecía algo muy íntimo. Aquí encima, la posición hacía que mi
coño se viera perfectamente cuando caía el chorrito de pis, y ambos esclavos
miraban todo el tiempo. Cuando terminé me metieron en la bañera, y me dieron un
largo baño. Limpiaron todo mi cuerpo con cariño y esmero. La ducha tenía una
especie de cánula fina y larga que metieron primero por mi coño y luego por mi
culo, para limpiar bien con agua mis agujeros más íntimos.
Me secaron y me untaron aceites por todo el cuerpo. La
esclava limpió y desinfectó también la zona donde me habían colocado los
piercing. Al pasar el algodón con alcohol, el escozor me hizo proferir un grito
de dolor. Ella me acarició el clítoris como queriendo darme placer para que
olvidara el resto. Miró al otro esclavo y le dijo:
Hemos terminado. Avisa al ama. Yo me quedo colocando los
collares.
El esclavo se marchó sin decir ni una palabra. La esclava
aprovecho entonces para pasar su lengua por mi clítoris, rozando el piercing, y
haciendo que me tambaleara de gusto. Me sentó en la cama, abrió las piernas, y
me chupó y lamió con unas ganas increíbles. Al mismo tiempo metía un dedo en mi
culo y otro en el coño. Era una experta en dar placer a una mujer. Enseguida me
corrí. Me dio un cálido beso y me dijo:
Me gustas, no digas nada a nadie de esto, o seremos
castigadas duramente. Será nuestro pequeño secreto.
Yo asentí con la cabeza.
En ese momento, el Ama Marita entró por la puerta. Nos miró y
le dijo a la otra esclava que saliera.
Ayer no te portaste como esperábamos. Pero eso ya lo sabes.
Por ese motivo, hoy serás castigada. Tu castigo será servir de juguete a todos
los esclavos. Cada uno podrá hacer contigo lo que le plazca, y los amos
miraremos. No quiero que digas nada durante el tiempo que dure el castigo.
Espero que aprendas la lección, pues tenía otras expectativas sobre ti. ¿Crees
que me he equivocado?
No ama, no, lo siento, siento mucho haber gritado. No volverá
a ocurrir. Voy a ser la mejor esclava que haya pasado por aquí.
Bien. Ve a la cocina y espera instrucciones.
Me fui a la cocina, pensando que no me apetecía nada ser el
juguete de todos los esclavos, pero que haría lo que me pidieran. Me merecía el
castigo y estaba dispuesta a sorprender a los amos. Primero me dejaron comer
algo, pero directamente de un cuenco en el suelo y a cuatro patas, sin usar las
manos. Cuando hube acabado, me limpiaron la boca y me quedé sentada esperando el
resto de las instrucciones.
Pasados unos veinte minutos, me pusieron a cuatro patas sobre
la mesa. Todos se sentaron alrededor y me metieron pepinos, calabacines,
plátanos, zanahorias en coño, culo, boca… Me pringaron con mermeladas, nata, y
chocolate. Chupaban, metían, tocaban, todos hicieron cuanto quisieron con mi
cuerpo. Uno pensó que era divertido meter cubitos de hielo en mi culo y mi coño,
y ver como se derretían. Otro trajo a uno de los perros para que lamiera mi
culo, y luego encontrara una salchicha que había metido dentro, mientras yo
debía expulsarla poco a poco. Cuando esto acabó, con una manguera en el jardín
quitaron los restos de comida. Luego me ataron manos y piernas a una cruz que
había en una de las salas, y probaron en mi cuerpo distintos látigos. Todos
querían saber que se sentía siendo el amo y no el esclavo durante un rato. Me
pegaron con varias fustas, un cinturón, una vara, un látigo de varias colas, un
zapato, y finalmente con una especie de tabla plana de madera. Los golpes más
dolorosos eran los que me daban en la cara interna de los muslos. Después de un
rato que se me hizo interminable, tenía que comerme el culo, la polla o el coño
de todos y cada uno de ellos. Empecé con el primero, un hombre, y me metió la
polla en la boca. Me llegaba hasta la garganta, y estaba gozando mucho, pero se
corrió en menos de un minuto, luego le tocó el turno a otro hombre, que yo sabía
que era homosexual. Se puso a cuatro patas, y me ofreció su negro agujero. Metí
la lengua dentro de su ano, lamí sus huevos, y la verdad, no me gustaba
demasiado, pero seguí hasta que conseguí que se corriera. Sin dejarme descansar,
me pusieron un coño bien abierto delante de mi boca. Estaba agotada, pero seguí
lamiendo y succionando ese coño, que me sabía muy dulce. La chica en cuestión
parecía muy joven, y aunque no me gustan las relaciones lésbicas, su dulzura y
belleza me impactaron. Me apliqué lo que pude para que disfrutara de su orgasmo.
Era la esclava de un hombre violento y sin escrúpulos, por lo que había podido
oír esos días, así que pensé que le vendría bien que alguien le proporcionara
algo de placer. Como yo pensaba, se corrió muy rápido, lanzando sus jugos contra
mi boca, y llenándome la cara. Cuando iba a empezar a comer otro coño, uno de
los amos le hizo una seña a Marita, y me levantaron y me llevaron a una
habitación, donde permanecí un rato atada a la cama. No se cuanto tiempo pasó,
pues estaba agotada y me quedé dormida, hasta que vinieron dos esclavas y me
llevaron al baño para asearme. Reconocí a la chica jovencita que se había
corrido en mi boca. Me miró dulcemente, sonrió, y luego procedió a lavar mi
coño, lentamente, enjabonándolo, y pasando sus dedos por cada pliegue. Puso
especial atención en la zona donde habían colocado el piercing, para no
lastimarme, pero al mismo tiempo para dejarlo muy limpio y evitar infecciones.
Una vez seca, me pusieron aceite para que el cuerpo brillara,
tacones de aguja y un vestido de gasa negra transparente y con varias aberturas.
Me encontraba totalmente agotada y solo quería dormir otra vez, pero parece que
tenían pensado algo muy distinto para mí. Me llevaron a la entrada, y entré en
un coche grande, como una limusina, con los cristales tintados. Dentro, y para
mi sorpresa, estaba el. Rodrigo estaba allí sentado cómodamente, y con una fría
sonrisa me dijo que me sentara frente a el, y con las piernas abiertas. No podía
preguntar donde me llevaba, pero ardía en deseos de saber donde me llevaba este
hombre que me hacía temblar solo con mirarme.
Desvelaré la intriga en la quinta y última parte de mi
relato.