Seguimos morreándonos unos minutos más. Sentía cómo su
lengua, amarga por la mezcla de requesón y líquido preseminal, invadía mi boca
enfrentándose a la mía, mientras Diego metía tímidamente sus manos por debajo de
mi camiseta, para acariciarme la tripa y las tetas, y pellizcarme los pezones
con disimulo. Yo estaba cada vez más excitado, y comenzaba a sudar ligeramente,
haciendo que mi olor se uniera al fuerte aroma que ya impregnaba el ambiente de
la cabina. Diego seguía a lo suyo, entrelazando su lengua con la mía, respirando
con fuerza, gimiendo como una bestia en celo. Sacó las manos de mi camiseta, y
las llevó a mi culo, y comenzó a apretarme las nalgas con fuerza hacia él,
haciendo que mi polla, ya durísima, escondida en el pantalón, chocara con la
suya, que se bamboleaba bajo su marcado vientre como el gran badajo que era.
Despacio, liberó su lengua de mis labios, llevándose un mordisco traicionero, y
se me quedó mirando fijamente, como un lobo hambriento. El tono amarillento de
la luz de la cabina del camión le daba un aspecto tétrico, mientras seguía
sobándome las nalgas con esmero y besándome ahora por el cuello, lamiéndome a
intervalos. Yo no podía aguantar más. Estaba a punto de estallar, y comencé a
gemir como él había estado haciéndolo durante toda la noche. Me entregué a sus
manos, a su lengua, a su saliva, y me dejé llevar por aquella hipnótica luz,
mientras oía su respiración entrecortada y sentía cómo mis calzoncillos
empezaban a empaparse de mi propio líquido preseminal. Un terremoto de
cosquillas me recorría de los pies a la cabeza, con su epicentro en mi bragueta,
y temblaba sin poder evitarlo mientras Diego me ayudaba a desnudarme en las
estrecheces de su camión.
¿Tienes frío?-me preguntó, viéndome temblar.
No.-contesté: -Fóllame.
Se me quedó mirando fijamente, y aprovechó que yo estaba
también ya sin camiseta para acariciarme el cuello, sobarme las tetas, y
pellizcarme con más fuerza los pezones. Luego, indeciso, se acercó a uno de
ellos y comenzó a mordisquearlo, mientras yo, gimiendo, le acariciaba el pelo
con mis manos, enredándolo entre mis dedos. Inclinó la cabeza con intención de
comerme el otro pezón, pero antes le cogí la cara entre mis manos y volvimos a
besarnos, a mezclar nuestro cálido aliento y la piel de nuestros labios, a
transmitirnos todo un torrente de calor y excitación de uno a otro.
Seguidamente, se concentró en el pezón, haciendo que las cosquillas que me
invadían antes se convirtieran en suaves descargas eléctricas, y bajó lamiéndome
el vientre hasta el ombligo, tatuándome sus papilas gustativas con la fuerza de
su lengua áspera y caliente. Se acuclilló en el hueco del asiento y me
desabrochó el botón del pantalón, mirándome fijamente. A continuación, sin dejar
de mirarme, me acariciaba la polla y los cojones con fuerza por encima del
pantalón, viendo cómo yo me agarraba con ansia a la tapicería barata de los
asientos, relamiéndome los labios. Bajó la cremallera, y tiró despacio de los
pantalones, hasta bajarlos a mis tobillos. Luego, en un instante, le perdí de
vista bajo el asiento. Extrañado, me incorporé, y vi asombrado que estaba
desatándome los zapatos con los dientes. Sonreí, intentando aguantar una
carcajada, pero se dio cuenta, y se acuclilló de nuevo dejando lo que estaba
haciendo, sacándome los zapatos con rapidez, y tirando hacia abajo de los
pantalones. Los calzoncillos salieron detrás. Intenté alcanzarlos, pero él fue
más rápido y lanzó todo por detrás del asiento.
Volví la cabeza para ver dónde habían caído, y al momento
sentí un golpe seco y tibio bajo los huevos. Diego me había escupido. Sin mediar
palabra, me sujetó con una mano para que no cerrara las piernas, cosa que no
pensaba hacer, y comenzó a restregarme el escupitajo por la zona que hay entre
los cojones y el ojete, frotando con decisión un par de dedos. Fue bajando,
hasta que encontró lo que buscaba, y comenzó a introducir suavemente los dos
dedos mientras me escupía un par de veces más, con mejor puntería. Me estaba
dando un poco asco, pero sentir que poco a poco metía sus dedos dentro de mí
hacía que olvidara las náuseas y me entregara a sus peculiares caricias.
Continuaba follándome el culo con los dedos cuando metió un tercero y yo comencé
a relajarme, a pesar del escozor que acompañaba a sus acometidas, menos suaves
de lo que se me prometían antes. Y entonces, comenzó a pegarme con fuerza con su
mano derecha en las nalgas que antes me había sobado tan apasionadamente. Me
pegaba, me arañaba, me pellizcaba, una y otra vez, como poseído, y yo continuaba
agarrándome con fuerza al asiento, gimiendo con fuerza, gritando, chillando como
un loco, sin que parara de follarme, sin poder ni querer hacer nada por
evitarlo. Unos minutos después, viendo cómo algunas lágrimas de dolor comenzaban
a resbalar por mis mejillas, detuvo su increíble y morbosa tortura, sacando los
dedos de mi culo con un extraño ruidito, y se incorporó frente a mí, que seguía
sollozando. Levantó su mano derecha y me mostró los dedos, embadurnados de
mierda. No pude reprimir una mueca de extrañeza cuando me preguntó, totalmente
desinhibido:
-¿No tienes hambre, Pedrito?
A continuación, me acercó los dedos a los labios, pero el
olor era demasiado fuerte y le retiré la mano. Con su mano izquierda, me cogió
la cara con fuerza, apretándome los carrillos, y bajó la cara para besarme en
los labios y decirme después, susurrante:
-Abre la boca.
Me hizo cosquillas con la perilla en la oreja, y un nuevo
latigazo de eléctrica excitación me recorrió. Me incorporé, poniéndome de
rodillas sobre el asiento, mientras Diego se sentaba sobre el salpicadero,
acariciándose la polla con la mano izquierda. Despacio, abrí la boca.
-Ahora cierra los ojos.-me dijo.
Obedecí, y noté a través de los párpados cómo apagaba la luz
de la cabina del camión. Volvíamos a estar a oscuras. Seguía con los ojos
cerrados, aguzando el oído, intentando averiguar lo que hacía, cuando noté algo
romo y grande que me rozaba el labio superior y bajaba muy despacio hacia el
abismo de mi boca abierta. Aquello realmente apestaba. No necesité abrir los
ojos para saber que se había restregado los dedos manchados por la polla, y
ahora quería que siguiera comiéndosela. Aprete los ojos e intenté oler lo menos
posible aquel torpedo pestilente, pero pronto el olor era tan fuerte que me
inundaba la nariz, al tiempo que me llenaba la boca de carne amarga, chorreante.
Así con fuerza su polla con mi mano derecha, dirigiendo la velocidad de la
mamada, y abrí los ojos con recelo para mirarle. Se estaba pellizcando los duros
pezones, acariciándose los abdominales, mientras jadeaba secamente, como si
estuviera cagando. Yo me esmeraba en su polla, a pesar de lo mal que lo había
pasado al principio. Me había acostumbrado al fuerte olor, y ya parecía haberla
limpiado por completo, pues sabía a la deliciosa piel de Diego, limpia y
tostada. Aprisioné con fuerza su capullo entre mis labios, girando la cabeza
hasta donde podía, rozándole con los dientes a propósito, con la firme intención
de que nunca me olvidara. De que, siempre que se enrollara con alguien, se
acordase de cómo yo, el amigo marica de su hermano, le había comido la polla.
-Dios… uff… ahh…-bufaba, sin dejar de trabajarse los pezones:
-No pares, maricón, no pares nunca.-me dijo, posando sus manos sobre mi cabeza y
moviéndomela en círculos, mientras yo continuaba engullendo su caliente cipote
hasta donde podía. Lo alojaba en mi garganta, apretándolo contra las paredes de
mi esófago, como exprimiéndolo, luego, lo sacaba de golpe, casi haciéndome
vomitar, para recorrerlo con los labios, frotándolo, y terminar golpeando con la
pícara punta de la lengua su rosado capullazo, que comenzaba a amoratarse.
-Me encanta tu polla, Diego, dame más.-le susurré,
masturbándole con la mano derecha mientras con la izquierda me pajeaba yo, con
mi polla latiendo entre mis dedos.
Por toda respuesta, Diego me cogió por las sienes con sus
grandes manos negruzcas y volvió a meterme la polla hasta la garganta, haciendo
que me echara hacia atrás de un respingo para recibirle en condiciones. Seguía
gimiendo mientras yo me pajeaba, y aproveché que miraba al vacío con los ojos en
blanco, salidísimo, para repetirle:
-Fóllame.