Lo mejor que pude hacer fue irme a vivir fuera. Compartía una
pequeña casa con otro compañero en la ciudad de Ginebra. Ambos asistíamos a la
universidad de dicha ciudad. Yo tenía 21 años y mi compañero también. Él era un
morenazo con pinta de chulo, bastante guapo y delgado, con los músculos bien
marcados en su piel morena. Se pasa el día haciendo ejercicio en casa:
flexiones, abdominales, lumbares… A pesar de su aspecto frío y soberbio era un
buen tipo, incluso tenía algún que otro destello de cariño hacia mí tras dos
meses de convivencia.
Mientras yo me dedicaba a labores más intelectuales, él se
divertía jugando en el equipo de fútbol de la universidad, con otros muchos
suizos. En seguida hizo amigos allí y muy a menudo venían a casa con él a tomar
cervezas o a cenar. Eran simpáticos los chavales, aunque yo prefería juntarme
con gente más afín a mí.
Una noche estábamos mi compañero de piso, Nacho, y yo,
tomando unas cervezas mientras veíamos la televisión. Estábamos charlando sobre
sexo y me comentó que él estaba muy caliente y que echaba de menos conocer pivas
que quisieran irse con él a la cama, que las suizas que había conocido solo se
besaban y como mucho se dejaban magrear un rato. Me preguntó acerca de cómo me
iba a mí y le contesté sincero. Le dije que no había conocido a ningún chico
interesante.
Nacho se sorprendió ante mi declaración. Me dijo que en dos
meses no se le había pasado ni por la cabeza que yo pudiera ser gay y que se lo
tenía que haber dicho mucho antes. Yo sólo me crucé de hombros. Fue en aquel
momento cuando empezó todo. Nacho empezó a preguntarme acerca de mis
preferencias a la hora del sexo y me preguntó si echaba de menos comerme una
buena polla.
-Claro que echo de menos comerme un buen rabo –respondí.
-Pues yo me lo dejaría comer encantado –sonrió-. Pero sin
mariconadas ni nada. Sólo busco un agujero caliente donde meterla, tío, porque
estoy muy salido.
Sonreí ante su proposición y valoré en mi cabeza la
posibilidad de mamarle el nabo a mi compañero de piso. Aquello podía traer
consecuencias en la convivencia, pero es que estaba tan bueno… Le había visto en
calzoncillos, siempre con aquellos bóxer ajustados que solía utilizar, y parecía
tener un buen paquetón.
-Me encantaría que utilizaras mi boca como agujero –le guiñé
un ojo.
-¿Entonces te molaría hacerme una mamada?
-Lo que me pidas, tío –dije.
-Vale, vale. Por ahora cómeme la polla solo.
-¿Puedo? –le pregunté antes de echar mano a su paquete,
escondido tras la tela del pijama.
-¿Quieres tocármela?
-Sí, para ponértela dura.
-Vale, vale. Toca sin miedo –me dio permiso, estirando sus
brazos en el respaldo del sofá.
Me agaché un poco y empecé a apretar aquel bulto con fuerza,
masajeando el paquetón que notaba comprimido en los calzoncillos. Al tacto sus
huevotes parecían bien grandes y abundantes, y su polla también era abultada. Se
ponía dura con rapidez, cosa que me encantaba, porque entre tanto nos mirábamos
limpiamente a la cara, con el morbo de dos colegas a punto de hacer algo
"prohibido".
-Se te está poniendo mazo de gorda. ¡Te está creciendo
mogollón! –me admiré.
-No la tengo ni muy larga ni muy gorda, pero es venosa –me
informó.
-¿Puedo bajarte ya el pantalón? –pregunté.
-Claro –asintió.
Tiré hacia abajo del pantalón del pijama y se lo saqué por
los tobillos, quedando en calzoncillos. Sus piernas eran morenas y fibradas,
propias de futbolistas, y estaban cubiertas de un vello negro, duro y muy
rizado, que continuaba siendo igual de abundante conforme escalaba por los
muslos. Pasé mi mano por estas hasta llegar a sus rodillas y después subí hasta
su paquete. Lo acaricié y estudié contento el buen calibre de su rabo bajo la
tela del bóxer.
-¿Estás cachondo? –preguntó.
-Mucho –me llevé una mano a la entrepierna y apreté con
fuerza, mordiéndome a la par el labio inferior-. La tengo super dura.
-¿Y eso?
-Hace tiempo que no tenía la posibilidad de montármelo con un
tío tan bueno como tú.
-Bueno, montárnoslo… Sólo me la vas a chupar.
-Lo sé –afirmé encantado.
Entonces vi que era el momento oportuno. Agarré la goma del
calzoncillo y la bajé, haciendo que saltara fuera la morena polla de mi
compañero de piso, que se quedo tiesa por encima de una indomable pelambrera de
vello púbico, que acaricié antes de soltar un lametazo a su capullo, todavía
cubierto por el prepucio.
-¿Puedo comerte los cojones también? –pregunté ingenuo.
-Sí, tío. Tú haz lo que veas y si no me mola te paro y ya,
¿vale? –dijo Nacho.
-De puta madre.
-Venga, tío. Ahora mámame el nabo, anda –pidió,
descapullándose y entregándomelo.
Me humedecí los labios y acogí en mi boca aquel delicioso
trozo de carne 100% española. Tenía un sabor indescriptible a polla. Estaba bien
rica. Así que comencé a tragármela con ansia, jugando con mi lengua en el tenso
frenillo, degustando los chorros de líquido preseminal que me soltaba allí
dentro. Y es que Nacho se contraía de placer, levantando su camiseta con la mano
y mostrándome los curtidos abdominales y sus buenos pectorales, ya que le molaba
sobarse sus duras y musculosas tetas mientras le comía su sabroso cipote.
Mi compañero tenía los ojos cerrados, suspirando y gimiendo
de placer, cogiendo mi cabeza con las dos manos y follándome la boca, de la que
me chorreaba fuera toda la saliva y las babas que se me acumulaban dentro, pues
no me la sacaba ni para tomar aire. Sentía como su capullote rosado me llegaba
hasta el fondo de la garganta, lo que me provocaba unas terribles arcadas que yo
intentaba reprimir como podía. Aún así yo quería que me metiera más caña ya que
soy un tío bastante cerdo y me va la marcha.
La blanca piel de mi cara estaba roja y congestionada ante el
esfuerzo, y Nacho pasaba una y otra vez sus manos por los rubios bucles de mi
pelo de angelote. Y es que yo era un tío perfectamente mimetizado con el entorno
suizo, ya que mi piel era blanca como la leche, mi pelo era rubio y rizado como
el de un angelito, y mis mejillas solían estar rojas, lo mismo que mis
voluminosos y carnosos labios. Mi cuerpo no era gordo ni delgado, estaba bueno,
pero no musculado.
Me había sacado también la polla y me masturbaba, arrodillado
en el suelo. Nacho contempló mi instrumento y sonrió, entre jadeo y jadeo.
-Tienes una buena polla tú también –observó.
-Sí, tío –respondí lascivo, sacándome su cipote de la boca
por un momento. Entonces comencé a trabajarle los huevos, metiéndome primero uno
y luego otro, para al final acabar con los dos allí dentro, ensalivándolos y
pasándoles la lengua. Tenía unos cojonazos gordos que al empezar a chuparlos se
arrugaron y endurecieron. Eran muy peludos, cosa que me gustaba.
-Joder, ¡qué buena puta tengo en casa! –dijo Nacho-. Estoy
deseando correrme en tu boca. ¿Te comes la leche también?
-Claro. Te he dicho que lo que me pidas –recalqué con
energía. El volvió a cerrar los ojos y a gemir de placer-. Levántate –le pedí.
Se puso de pie, yo continuaba arrodillado. Su polla tiesa
vacilaba en el aire, meneándose levemente. Entonces me agarré a sus velludas
nalgas y le empujé para tragarme todo su trozo. Mi garganta se convulsionó ante
el doloroso esfuerzo y a punto estuve de vomitar toda la cena.
Nacho sonrió entre divertido y cruel al verme toser como un
cabrón y echar abundantes salivados entre síntomas de asfixia.
-Te gusta tragar duro, ¿eh? –contempló, y de un golpetazo me
hundió su dura polla hasta el gañote, provocándome de nuevo arcadas y más tos.
Mi cara estaba roja y mi garganta tocada.
-¡Cabrón! –le apreté el culo cuando me recuperé un poco del
sofoco.
-Te voy a hacer rabar, hijo de puta –sonrió malévolo-. Voy a
hacer que vomites a pollazos.
-¡Sabía que eras un cabrón y un mierdero! –le insulté,
lanzándole una retadora mirada.
Entonces empezó a taladrarme sin contemplaciones, soltándome
buenos golpetazos en el fondo de la garganta, cogiéndome de la cabeza y
manteniendo todo su nabazo hundido en mi esófago durante dos largos minutos,
mientras yo intentaba liberarme de aquel martillazo candente que me perforaba.
Cuando conseguía respirar entre hilajos de saliva y un ligero sabor a bilis en
la lengua, Nacho comenzaba a follarme duro con sus movimientos de cadera, y yo
le apretaba y le pellizcaba el trasero peludo, paseando mis dedos por su raja,
sobándole los húmedos y ensalivados huevazos que se gastaba aquel chulo.
El momento álgido llegó cuando de un golpe no aguanté más y
me convulsioné sobre el diafragma, lanzando tres o cuatro chorros de vómito en
el suelo. Me había salpicado todo el pijama y la camiseta y un buen charco
llenaba el suelo del salón. Levanté la cabeza y vi la cara de Nacho, satisfecho
por lo que había pasado. Entonces le sonreí.
-Mira como la tengo de dura, tronco –meneó su cipote en el
aire-. Me encanta ver como te excita que te putee.
-A mi también –le mostré mi nardo a punto de explotar por lo
cachondo que estaba.
-Ahora será mejor que acabemos la faena. Tengo ganas de
vaciar mis cojones en tu estómago.
Y sin más, sin ascos ni nada, y a pesar de que en mi boca
quedaban restos de pota, Nacho me metió su nabo de nuevo. Le mamé con más
energía si cabía hasta que me avisó de que iba a correrse.
-Sí, ¡Me corro, cabrón! ¡Me corro! ¡Guarda toda mi lefa en tu
boca para que me la enseñes antes de comértela! Síiiiiiii…
Sentí como mi boca se llenaba de espesa y sabrosa leche que
su capullazo escupía con poderosa fuerza. Me soltó unos cuatro o cinco chorros
de compacto y denso semen que retuve en mi hocico. Entonces, ya con la polla
limpia y fláccida, Nacho me obligó a abrir la boca para que se la enseñara.
Feliz, se acercó a la cocina y volvió con un vaso de cristal.
-Échalo aquí –pidió, a lo que yo obedecí. Tras hacerlo, ambos
observamos la blanquecina sustancia mezclada con mis babas-. Ahora córrete tú
–me indicó, y acercó el vaso a mi polla.
Tardé un minuto en correrme ruidosamente, dándole caña a mi
nabo hasta el punto de que creí que me iba a desgarrar el pellejo. Mis lefazos
no fueron tan densos como los de Nacho, pero si estuvieron a la altura en cuanto
a cantidad.
-Muy bien –habló mi compañero complacido-. Ahora quiero que
te lo bebas –sonrió, y de regalo soltó un escupitajo en el vaso.
Lo tomé y sin rechistar me lo bebí, degustándolo lentamente
en mi boca, notándolo bajar caliente por mi garganta, deleitándome con el fuerte
sabor de nuestras lechadas.
-Estás hecho una buena puta –dijo Nacho-. Me lo voy a pasar
de puta madre contigo.
-Ya te he dicho que me uses para lo que quieras –respondí.
Allí empezó todo, porque las mamadas salvajes se repitieron
durante dos largas semanas varias veces cada día. Podía estar mamándole los
huevotes y la polla durante tres largos cuartos de hora en cualquier sitio de la
casa. Un día incluso me llamó mientras el muy hijo de puta cagaba en el váter,
me hizo arrodillarme frente a la taza del váter y comerme su polla mientras
sentía como apretaba para liberar sus intestinos. Las mamadas eran de lo más
pintoresas. En el váter, en la ducha, en el sofá, en la cama, sobre la mesa del
comedor… Hasta que dimos el siguiente paso, claro está.