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La obediente Sara
TODORELATOS » RELATOS » COMPAñEROS DE LECHE
[ Al que por su gusto muere, la muerte le sabe a gloria. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 08 de Octubre, 2008.
Fecha: 25-Nov-06 « Anterior | Siguiente » en Gays (4949 de 6525)

Compañeros de leche

luisfo
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Después de 2 meses viviendo juntos mi compañero de piso y yo encontramos puntos de interés en una de las mamadas más salvajes de mi vida. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Lo mejor que pude hacer fue irme a vivir fuera. Compartía una pequeña casa con otro compañero en la ciudad de Ginebra. Ambos asistíamos a la universidad de dicha ciudad. Yo tenía 21 años y mi compañero también. Él era un morenazo con pinta de chulo, bastante guapo y delgado, con los músculos bien marcados en su piel morena. Se pasa el día haciendo ejercicio en casa: flexiones, abdominales, lumbares… A pesar de su aspecto frío y soberbio era un buen tipo, incluso tenía algún que otro destello de cariño hacia mí tras dos meses de convivencia.

Mientras yo me dedicaba a labores más intelectuales, él se divertía jugando en el equipo de fútbol de la universidad, con otros muchos suizos. En seguida hizo amigos allí y muy a menudo venían a casa con él a tomar cervezas o a cenar. Eran simpáticos los chavales, aunque yo prefería juntarme con gente más afín a mí.

Una noche estábamos mi compañero de piso, Nacho, y yo, tomando unas cervezas mientras veíamos la televisión. Estábamos charlando sobre sexo y me comentó que él estaba muy caliente y que echaba de menos conocer pivas que quisieran irse con él a la cama, que las suizas que había conocido solo se besaban y como mucho se dejaban magrear un rato. Me preguntó acerca de cómo me iba a mí y le contesté sincero. Le dije que no había conocido a ningún chico interesante.

Nacho se sorprendió ante mi declaración. Me dijo que en dos meses no se le había pasado ni por la cabeza que yo pudiera ser gay y que se lo tenía que haber dicho mucho antes. Yo sólo me crucé de hombros. Fue en aquel momento cuando empezó todo. Nacho empezó a preguntarme acerca de mis preferencias a la hora del sexo y me preguntó si echaba de menos comerme una buena polla.

-Claro que echo de menos comerme un buen rabo –respondí.

-Pues yo me lo dejaría comer encantado –sonrió-. Pero sin mariconadas ni nada. Sólo busco un agujero caliente donde meterla, tío, porque estoy muy salido.

Sonreí ante su proposición y valoré en mi cabeza la posibilidad de mamarle el nabo a mi compañero de piso. Aquello podía traer consecuencias en la convivencia, pero es que estaba tan bueno… Le había visto en calzoncillos, siempre con aquellos bóxer ajustados que solía utilizar, y parecía tener un buen paquetón.

-Me encantaría que utilizaras mi boca como agujero –le guiñé un ojo.

-¿Entonces te molaría hacerme una mamada?

-Lo que me pidas, tío –dije.

-Vale, vale. Por ahora cómeme la polla solo.

-¿Puedo? –le pregunté antes de echar mano a su paquete, escondido tras la tela del pijama.

-¿Quieres tocármela?

-Sí, para ponértela dura.

-Vale, vale. Toca sin miedo –me dio permiso, estirando sus brazos en el respaldo del sofá.

Me agaché un poco y empecé a apretar aquel bulto con fuerza, masajeando el paquetón que notaba comprimido en los calzoncillos. Al tacto sus huevotes parecían bien grandes y abundantes, y su polla también era abultada. Se ponía dura con rapidez, cosa que me encantaba, porque entre tanto nos mirábamos limpiamente a la cara, con el morbo de dos colegas a punto de hacer algo "prohibido".

-Se te está poniendo mazo de gorda. ¡Te está creciendo mogollón! –me admiré.

-No la tengo ni muy larga ni muy gorda, pero es venosa –me informó.

-¿Puedo bajarte ya el pantalón? –pregunté.

-Claro –asintió.

Tiré hacia abajo del pantalón del pijama y se lo saqué por los tobillos, quedando en calzoncillos. Sus piernas eran morenas y fibradas, propias de futbolistas, y estaban cubiertas de un vello negro, duro y muy rizado, que continuaba siendo igual de abundante conforme escalaba por los muslos. Pasé mi mano por estas hasta llegar a sus rodillas y después subí hasta su paquete. Lo acaricié y estudié contento el buen calibre de su rabo bajo la tela del bóxer.

-¿Estás cachondo? –preguntó.

-Mucho –me llevé una mano a la entrepierna y apreté con fuerza, mordiéndome a la par el labio inferior-. La tengo super dura.

-¿Y eso?

-Hace tiempo que no tenía la posibilidad de montármelo con un tío tan bueno como tú.

-Bueno, montárnoslo… Sólo me la vas a chupar.

-Lo sé –afirmé encantado.

Entonces vi que era el momento oportuno. Agarré la goma del calzoncillo y la bajé, haciendo que saltara fuera la morena polla de mi compañero de piso, que se quedo tiesa por encima de una indomable pelambrera de vello púbico, que acaricié antes de soltar un lametazo a su capullo, todavía cubierto por el prepucio.

-¿Puedo comerte los cojones también? –pregunté ingenuo.

-Sí, tío. Tú haz lo que veas y si no me mola te paro y ya, ¿vale? –dijo Nacho.

-De puta madre.

-Venga, tío. Ahora mámame el nabo, anda –pidió, descapullándose y entregándomelo.

Me humedecí los labios y acogí en mi boca aquel delicioso trozo de carne 100% española. Tenía un sabor indescriptible a polla. Estaba bien rica. Así que comencé a tragármela con ansia, jugando con mi lengua en el tenso frenillo, degustando los chorros de líquido preseminal que me soltaba allí dentro. Y es que Nacho se contraía de placer, levantando su camiseta con la mano y mostrándome los curtidos abdominales y sus buenos pectorales, ya que le molaba sobarse sus duras y musculosas tetas mientras le comía su sabroso cipote.

Mi compañero tenía los ojos cerrados, suspirando y gimiendo de placer, cogiendo mi cabeza con las dos manos y follándome la boca, de la que me chorreaba fuera toda la saliva y las babas que se me acumulaban dentro, pues no me la sacaba ni para tomar aire. Sentía como su capullote rosado me llegaba hasta el fondo de la garganta, lo que me provocaba unas terribles arcadas que yo intentaba reprimir como podía. Aún así yo quería que me metiera más caña ya que soy un tío bastante cerdo y me va la marcha.

La blanca piel de mi cara estaba roja y congestionada ante el esfuerzo, y Nacho pasaba una y otra vez sus manos por los rubios bucles de mi pelo de angelote. Y es que yo era un tío perfectamente mimetizado con el entorno suizo, ya que mi piel era blanca como la leche, mi pelo era rubio y rizado como el de un angelito, y mis mejillas solían estar rojas, lo mismo que mis voluminosos y carnosos labios. Mi cuerpo no era gordo ni delgado, estaba bueno, pero no musculado.

Me había sacado también la polla y me masturbaba, arrodillado en el suelo. Nacho contempló mi instrumento y sonrió, entre jadeo y jadeo.

-Tienes una buena polla tú también –observó.

-Sí, tío –respondí lascivo, sacándome su cipote de la boca por un momento. Entonces comencé a trabajarle los huevos, metiéndome primero uno y luego otro, para al final acabar con los dos allí dentro, ensalivándolos y pasándoles la lengua. Tenía unos cojonazos gordos que al empezar a chuparlos se arrugaron y endurecieron. Eran muy peludos, cosa que me gustaba.

-Joder, ¡qué buena puta tengo en casa! –dijo Nacho-. Estoy deseando correrme en tu boca. ¿Te comes la leche también?

-Claro. Te he dicho que lo que me pidas –recalqué con energía. El volvió a cerrar los ojos y a gemir de placer-. Levántate –le pedí.

Se puso de pie, yo continuaba arrodillado. Su polla tiesa vacilaba en el aire, meneándose levemente. Entonces me agarré a sus velludas nalgas y le empujé para tragarme todo su trozo. Mi garganta se convulsionó ante el doloroso esfuerzo y a punto estuve de vomitar toda la cena.

Nacho sonrió entre divertido y cruel al verme toser como un cabrón y echar abundantes salivados entre síntomas de asfixia.

-Te gusta tragar duro, ¿eh? –contempló, y de un golpetazo me hundió su dura polla hasta el gañote, provocándome de nuevo arcadas y más tos. Mi cara estaba roja y mi garganta tocada.

-¡Cabrón! –le apreté el culo cuando me recuperé un poco del sofoco.

-Te voy a hacer rabar, hijo de puta –sonrió malévolo-. Voy a hacer que vomites a pollazos.

-¡Sabía que eras un cabrón y un mierdero! –le insulté, lanzándole una retadora mirada.

Entonces empezó a taladrarme sin contemplaciones, soltándome buenos golpetazos en el fondo de la garganta, cogiéndome de la cabeza y manteniendo todo su nabazo hundido en mi esófago durante dos largos minutos, mientras yo intentaba liberarme de aquel martillazo candente que me perforaba. Cuando conseguía respirar entre hilajos de saliva y un ligero sabor a bilis en la lengua, Nacho comenzaba a follarme duro con sus movimientos de cadera, y yo le apretaba y le pellizcaba el trasero peludo, paseando mis dedos por su raja, sobándole los húmedos y ensalivados huevazos que se gastaba aquel chulo.

El momento álgido llegó cuando de un golpe no aguanté más y me convulsioné sobre el diafragma, lanzando tres o cuatro chorros de vómito en el suelo. Me había salpicado todo el pijama y la camiseta y un buen charco llenaba el suelo del salón. Levanté la cabeza y vi la cara de Nacho, satisfecho por lo que había pasado. Entonces le sonreí.

-Mira como la tengo de dura, tronco –meneó su cipote en el aire-. Me encanta ver como te excita que te putee.

-A mi también –le mostré mi nardo a punto de explotar por lo cachondo que estaba.

-Ahora será mejor que acabemos la faena. Tengo ganas de vaciar mis cojones en tu estómago.

Y sin más, sin ascos ni nada, y a pesar de que en mi boca quedaban restos de pota, Nacho me metió su nabo de nuevo. Le mamé con más energía si cabía hasta que me avisó de que iba a correrse.

-Sí, ¡Me corro, cabrón! ¡Me corro! ¡Guarda toda mi lefa en tu boca para que me la enseñes antes de comértela! Síiiiiiii…

Sentí como mi boca se llenaba de espesa y sabrosa leche que su capullazo escupía con poderosa fuerza. Me soltó unos cuatro o cinco chorros de compacto y denso semen que retuve en mi hocico. Entonces, ya con la polla limpia y fláccida, Nacho me obligó a abrir la boca para que se la enseñara. Feliz, se acercó a la cocina y volvió con un vaso de cristal.

-Échalo aquí –pidió, a lo que yo obedecí. Tras hacerlo, ambos observamos la blanquecina sustancia mezclada con mis babas-. Ahora córrete tú –me indicó, y acercó el vaso a mi polla.

Tardé un minuto en correrme ruidosamente, dándole caña a mi nabo hasta el punto de que creí que me iba a desgarrar el pellejo. Mis lefazos no fueron tan densos como los de Nacho, pero si estuvieron a la altura en cuanto a cantidad.

-Muy bien –habló mi compañero complacido-. Ahora quiero que te lo bebas –sonrió, y de regalo soltó un escupitajo en el vaso.

Lo tomé y sin rechistar me lo bebí, degustándolo lentamente en mi boca, notándolo bajar caliente por mi garganta, deleitándome con el fuerte sabor de nuestras lechadas.

-Estás hecho una buena puta –dijo Nacho-. Me lo voy a pasar de puta madre contigo.

-Ya te he dicho que me uses para lo que quieras –respondí.

Allí empezó todo, porque las mamadas salvajes se repitieron durante dos largas semanas varias veces cada día. Podía estar mamándole los huevotes y la polla durante tres largos cuartos de hora en cualquier sitio de la casa. Un día incluso me llamó mientras el muy hijo de puta cagaba en el váter, me hizo arrodillarme frente a la taza del váter y comerme su polla mientras sentía como apretaba para liberar sus intestinos. Las mamadas eran de lo más pintoresas. En el váter, en la ducha, en el sofá, en la cama, sobre la mesa del comedor… Hasta que dimos el siguiente paso, claro está.

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