Y le conocían como Ángelo da Morte. Giordano D’Angelis, alias
Ángelo Ferrara, alias Giorgio Simoni, alias Giordano Tadelli, alias Ángelo da
Morte, era uno de los sicarios más buscados por la Interpol. Sospechoso de más
de una treintena de asesinatos sólo en Europa, su sello era la más absoluta
pulcritud. Ni una huella, ni un cabello, ni un testigo. ¿Balas? Cuando las
había, sólo dejaba una. No le hacían falta más. Ponerse a tiro de su rifle de
francotirador era condenarse a muerte. Pero el cuerpo a cuerpo no era tampoco un
punto débil del Ángel de la Muerte (si es que ese ser, a medio camino del hombre
y la leyenda tenía algún punto débil), y ya había perdido la cuenta de las
gargantas que había atravesado a cuchilladas.
Tirado al sol de Ipanema, Giordano recordaba lo bien que le
había salido la jugada de trabajar para la mafia calabresa. Como había previsto,
la Cosa Nostra, la mafia siciliana, a pesar de todo el cine que llevaba a sus
espaldas, estaba decayendo poco a poco, vencida ante las duras tácticas de la
‘Ndrangheta. Ahora, él era uno de los mejores "eliminadores" de la mafia
calabresa, y sus servicios se pagaban muy bien.
Bajó la montura de sus gafas de sol para clavar la vista en
el deslumbrante cuerpo de dos brasileñas que pasaban ante él, con ese soberbio
culo duro de samba bailoteando ante sus ojos. El sonido del teléfono móvil, sin
embargo, le obligó a dejar la contemplación de tan bellos cuerpos.
- ¿Diga?
- ¿Angelo?- contestó la voz al teléfono con acento italiano.
- Depende de quien lo pregunte.
- Soy Carlo. Te espero el lunes en Buenos Aires, sé que no
estás lejos. En el bar de siempre. Tenemos el trabajo del siglo.- Y colgó.
Carlo. A Giordano ya le extrañaba que tardara tanto en
llamar. Casi hacía... ¿Cuánto? ¿Cuatro, cinco meses, desde el último trabajo?
¡Bah, no importaba! Un trabajo siempre es un trabajo, y más aún cuando lo pagaba
Carlo Costacurta.
* * *
El lunes a primera hora, tomaba asiento en uno de los bares
más famosos de la capital bonaerense. Carlo no tardó en llegar a la mesa, con
una sonrisa de oreja a oreja y una mirada alegre bajo su pelo canoso.
- ¿Cómo te va la vida, Ángelo?
- No hemos venido aquí a hablar de mi vida, sino de la de
otro.
- Bene, bene… Lo que tú quieras. Veo que, como
siempre, tienes las cosas claras. En fin, tengo un nombre y una cuenta en un
banco de Suiza, ¿Qué es lo que quieres ver primero?
- Por supuesto, el nombre.- Regla número uno, jamás aceptar
el dinero de la ‘Ndrangheta sin saber para qué lo dan.
- Muy bien…- Disimuladamente, Carlo sacó un papel del
bolsillo y lo puso encima de la mesa. Lentamente, lo arrastró por la superficie
blanca hasta dejarlo al alcance de Giordano. Con una sonrisa, lo cogió y lo
miró.
La sonrisa se le borró automáticamente de la cara cuando leyó
el nombre que Carlo le había pasado. "Imposible", pensó.
- Ni lo sueñes.- contestó, devolviendo el papel a la mesa,
arrastrándolo de nuevo hacia el mafioso.
- Dos millones de euros.- Carlo lo dijo sin decisión. Pese a
que la cifra era astronómica, sabía que no era nada comparado con la magnitud
del nombre.
- No.
- Muy bien, Giordano. Tú lo has querido.- Con fastidio, sacó
unas fotos del maletín y se las pasó. En ella había dos niños jugando en un
jardín, una mujer en la puerta de una casa, la misma mujer llevando a los niños
al colegio… Sus caras no le podían ser desconocidas al mercenario.
- Mi familia…- suspiró.
- Exacto, y no creo que te gustase que les pasara nada.
¿Verdad?- La sonrisa de triunfo de Carlo Costacurta parecía salírsele de la
cara. Al final, esas fotos que tomaron hace un par de años le iban a servir para
algo.
- ¿Sabes cuánto tiempo llevo sin visitarlos? Al mayor todavía
no le habían salido los dientes cuando los vi por última vez. ¿De verdad te
crees que si me importaran iba a estar tanto tiempo sin verlos?
La expresión de Carlo mudó de la confianza a la rabia. No se
esperaba eso. Se esperaba de todo, menos eso. Se esperaba que Giordano hubiera
hecho algún movimiento que hubiera obligado al francotirador que tenía apostado
en el edificio de enfrente a volarle la tapa de los sesos. Total, Giordano
D’Ángelis se estaba volviendo demasiado poderoso, tenía demasiada fama y eso no
le convenía a la ‘Ndrangheta. Muerto, la mafia se guardaba la leyenda… Vivo, el
hombre podía joderlos.
- Dos millones y medio de euros.- Carlo echaba el resto por
el contrato.
- ¿Por qué?- preguntó Giordano, y la pregunta descolocó al
capo.
- ¿Por qué qué?
- ¿Por qué quieres, queréis, matarlo?
- Ese cabrón ha revalidado su contrato con la Cosa Nostra. Su
institución es la más importante de las que siguen apoyando a los malditos
sicilianos. Mátalo, demuestra que la Cosa Nostra no vale una mierda, y que su
sucesor debe elegir a la ‘Ndrangheta.
Giordano rió. Una risa franca. Era una mierda de motivo para
asesinar, la mafia no ganaba demasiado y el objetivo era demasiado costoso. Una
misión suicida para que el mejor eliminador fuera capturado o asesinado. Aún
así, quiso saber cuánto eran capaces de dar por el trabajo, por que él, sólo él,
Giordano D’Ángelis, Ángelo da Morte, era capaz de hacer el trabajo. Y él, sólo
él, iba a reírse en las narices de la ‘Ndrangheta cuando volviera con un
periódico cuya primera página proclamara la muerte del objetivo.
- Cinco millones de euros y…- un instante de tensión se abrió
paso en la mesa.- éste será el último trabajo. Ángelo da Morte se retira.- Dijo
el mercenario sin cambiar la expresión sonriente de su rostro. No podía seguir
trabajando para quien le quería muerto.
- Hecho.- Carlo contestó con seguridad y mirándole a los
ojos. Había trato. Por última vez, deslizó el papel con el nombre por la mesa
hasta dejarlo justo delante de Giordano que, esta vez sí, se lo guardó
sonriendo.
A Carlo le entusiasmó la decisión de Giordano, aunque supo
controlar las emociones que reflejaba su cara. Ya no habría más problemas con
Angelo da Morte. Si lograba salir de ese trabajo con vida, la ‘Ndrangheta
ganaría algo más de poder y Giordano D’Ángelis se dedicaría a vivir de las
rentas lejos de todo el mundo.
Ese mismo día, 6 de julio, Giordano cogía un vuelo directo a
España. A media tarde aterrizaba en el aeropuerto del Prat, y de ahí se fue a
recoger el armamento que le tenía preparado un conocido, y luego partiría hacia
Valencia, allí estaría su objetivo. Éste era el sexto trabajo que hacía en
España. Él era el único eliminador que sabía hablar español, a excepción de tres
o cuatro pistoleros mediocres que se ocupaban de alguna tarea sencilla en la
Costa del Sol de vez en cuando.
* * *
Giordano inspeccionaba detalladamente las armas que le había
proporcionado Josep. Fuera de sus ideologías políticas (Josep era miembro de un
partido neonazi), quizá fuera el mejor comerciante de armas de toda España. En
ningún otro sitio podría encontrar un rifle de francotirador PDI M24 Socom
por menos de doscientos euros, Y una Desert Eagle nueva por 20 euros.
Giordano abrió, para celebrar la venta, la botella de whisky
que Josep había sacado con una sonrisa y un "¿Hace un whiskito, Ángel?" en la
garganta. Después de poner tres hielos en un vaso, fue derramando el licor
ambarino en él. Tras darle un buen trago, comenzó a hablar.
- ¿Sabes una cosa, Josep? Cuando comparas el hecho de
asesinar una persona con el de matar a un perro, empiezas a subestimar la vida
humana. Cuando te das cuenta de lo fácil que es matar, desarrollas rápidamente
una vena sádica… Las personas dejan de importarte y se convierten en seres
ideados para recibir la muerte en tus manos. Lo que no debería ser más que
trabajo, empieza a gustarte… Comienzas a disfrutar quedándote a ver cómo tu
víctima se desangra, con una puñalada en el estómago, la boca escupiendo sangre,
intentando maldecirte, insultarte, pero sin poder siquiera moverse. Empiezas a
violar a las mujeres antes de matarlas, y a asesinar a familias enteras sólo por
que el padre te ha visto la cara. Y no te importa matar una y otra vez, por que
te das cuenta de que la vida no vale una mierda. ¿Entiendes? Sí, supongo que ya
lo has entendido.
Con rudeza, Giordano apuró el vaso de whisky y lo dejó con un
golpe sobre la mesa, sintiendo cómo la bebida ardía en su garganta. Luego
recogió todas sus armas en una bolsa de deporte negra y salió de la casa. Al
otro lado de la mesa, Josep seguía sentado en su silla, y la sonrisa estúpida de
su rostro no se había borrado a pesar del agujero sanguinolento que decoraba su
cabeza, vomitando sangre que resbalaba por la cara, tintando de vivo carmesí la
amarillenta dentadura y la camiseta que había perdido cualquier rastro de su
blanco original bajo una capa de suciedad. La pared, a sus espaldas, aparecía
salpicada de restos de masa cerebral, en medio de una roja explosión de sangre.
* * *
Cuando el tren que Giordano había cogido lo dejó en Valencia,
ya hacía tiempo que había caído la noche. El mercenario de la 'Ndrangheta supo
esquivar sin problemas a cada policía para vigilar la zona donde tendría que
cometer el crimen. No tardó en encontrar defectos imperdonables en el cinturón
de seguridad instalado, y memorizó todos y cada uno de los edificios de las
inmediaciones del viejo cauce del río Turia. En poco tiempo el sencillo plan
estaba ideado, así que volvió a la casa que Carlo le había proporcionado, lejos
del lugar, para no levantar sospechas, y se dispuso a dormir.
El siete de julio lo dedicó a repasar los movimientos que
debía dar, a elegir un edificio y a trazar con calma la actuación que llevaría a
cabo al día siguiente. Comió algo en un restaurante cercano, y malgastó la tarde
paseando, disfrutando de un poco de tranquilidad antes de arriesgar su vida. Al
caer la noche, se fue a un pub que quedaba cerca, a celebrar sus últimas
veinticuatro horas como mercenario de la ‘Ndrangheta.
Mientras apuraba un buen lingotazo de crema de whisky,
comenzó a mirar a las muchachas que bebían como él, algunas acompañadas, algunas
solas, todas entre los quince y los treinta. Giordano se fijó en una mujer
joven, morena, alta y de buenas curvas resaltadas por un caro vestido rojo, a
juego con sus zapatos de tacón.
"No. No puede ser ella..." susurró. Alguien llamó a su móvil
y, sin dejar de mirar a la mujer nio por un segundo, Giordano descolgó y
respondió.
- Diga.
- Giordano, soy Carlo. Me han pasado una información. Ten
cuidado, Daniela está en...
- Lo sé.- contestó Giordano antes de colgar.
Sin más, el mercenario apagó el móvil y se acercó a la mujer
de los rojos zapatos de tacón.
A miles de quilómetros de allí, en su despacho de Milán,
Carlo Costacurta intentaba llamar de nuevo a su eliminador.
- El teléfono al que usted llama está apagado o fuera de
cobertura, por favor...- empezó la voz aflautada del teléfono.
- ¡MA VA FAN CULO!- Exclamó el capo lleno de rabia,
lanzando su propio celular contra la pared, rompiéndolo en mil pedazos. No
quería que Ángelo se cruzara con Daniela. No sabiendo lo que sabía de ella...-
coglioni...- susurró el capo, sentándose de nuevo en el sillón.
Giordano se acercó a la mujer, que le daba la espalda, sin
percatarse de quién iba hacia él. Cuando estuvo a escasos centímetros, adelantó
la mano y tocó en el hombro de la mujer.
- ¿D... Daniela?- se quitó el nudo de la garganta Ángelo da
Morte.
- ¿Giordano?- los ojos de la mujer se llenaron de sorpresa.
No hubieron más palabras. El beso en los labios no las
hubiera dejado salir. Giordano y Daniela se besaron, recordando el dulce sabor
de la boca del otro.
- ¿Qué haces aquí?- le preguntó Giordano a la mujer. SU
mujer.
- Es por trabajo... ¿Y tú?
- También por trabajo...- contestó con una mueca triste.
- Ya...- respondió Daniela, su esposa.
- No, Daniela, no lo entiendes, es el último.- Dijo el
mercenario obligándola a mirarle de nuevo.
- Sí. Hace diez años también me dijiste que era el último, y
por eso me atreví a tener a Marcelo... ¿Y luego? ¿Te tengo que decir lo que pasó
luego?- la música sonaba alta, Daniela se tenía que acercar bastante al oído del
mercenario de la 'Ndrangheta para que éste pudiera escucharla.
- No, Daniela, ahora es distinto. Te lo prometo. Ya se lo he
dicho a Carlo, es el último, quiero volver con vosotros... ¿Dónde están los
niños?
- En casa de mi madre. Vine sola... ¿Seguro que es el último?
- Te lo prometo sobre la tumba de mi padre.- respondió
Giordano.
Daniela lo miró a los ojos. Sonrió. Y volvió a besarle.
- ¿Y qué te han ordenado?
- Una misión sin importancia.- mintió él.
- ¿Una misión sin importancia? ¿A ti? ¿Un último trabajo, una
misión sin importancia?
- Cariño... sólo tengo que tocarle un poco los coglionis
a la Cosa Nostra.- susurraba Giordano al oído de la mujer.- Me han encargado
cargarme a uno de sus clientes y seguro que los sicilianos han puesto a alguien
tras de mí. Por eso me lo han encargado a mí. A cualquier otro lo haría
desaparecer la Cosa Nostra.- Giordano sabía que eso era verdad. Seguro que la
Cosa Nostra sabía lo que se proponía la mafia calabresa y cualquiera de sus
mercenarios lo esperaría con la pistola cargada.
- Entiendo...
Daniela entendía demasiado. Tantos años casada con uno de los
mayores eliminadores le habían dado ciertos conocimientos de cómo se meneaba
cada mafia. Sabía quién mandaba, quién estaba bajo el amparo de la 'Ndrangheta,
de la Camorra milanesa o, sobre todo, de la Cosa Nostra.
- ¿Me crees entonces?
- Te creo.- respondió Daniela, y volvió a besarlo. Como
cuando eran novios, unos jóvenes adolescentes que se acababan de conocer en una
de las calles más turbias de Florencia. Unos jóvenes que tenían toda la vida por
delante sin tener que preocuparse de pistolas ni de mafias. Unos jóvenes que
todavía no habían conocido a Carlo Costacurta ni jamás habían oído nada de
Ángelo da Morte.
Cuando se despegaron del beso, Giordano pidió una botella de
Queen Margot.
- Aún te acuerdas de lo que me gusta.
- Me acuerdo de todo lo que te gusta.- le respondió al oído,
sobándola descaradamente por sobre la ropa y besándola en el nacimiento del
cuello.
Daniela suspiró.
Tres copas más tardes salieron del bar y se fueron al
departamento de Giordano. Entraron abrazados, compartiendo labios y lenguas en
un beso que no parecía tener ninguna prisa por acabar. Se desnudaron luego a la
carrera. Sentían la apremiante necesidad de sentir la piel desnuda del otro
calentándoles la propia.
- Es el último trabajo. Prométemelo.- Dijo Daniela antes de
permitir que su marido la penetrara.
- Lo prometo. Es mi último trabajo. Juro que puedes creerme.-
contestó, besándole los pechos, el vientre, esperando que las manos de Daniela
permitieran el acceso a su sexo.
- Te creo.- concluyó ella, pasando sus manos a la poderosa
espalda de Giordano y atrayéndolo hacia ella.
Esa noche hicieron el amor tres veces, como en los viejos
tiempos, antes de que Daniela se quedara dormida, exhausta tras la sesión de
orgasmos a la que Giordano la había sometido. Ahora recordaba por qué seguía
enamorada de su marido. Era un amante excepcional.
Giordano, en cambio, no podía dormir. Tenía demasiadas cosas
en las que pensar. "Adiós a la ‘Ndrangheta", se repetía una y otra vez, y seguía
sin creérselo. Por fin podría volver con su familia, con la que llevaba años sin
comunicarse para protegerla. ¿Cómo habría encontrado Carlo a su familia? No
importaba. Lo que importaba es que podría, al fin, retomar esa vida tranquila
que se truncó a golpe de trabajos para la mafia, a golpe de dinero... Y mientras
las cuentas corrientes de Giordano y de su familia se hinchaban, lo que se
deshinchaba era la humanidad de Giordano, que, poco a poco, se convirtió en el
mayor asesino a sangre fría de Europa. Y ahora todo, finalmente, iba a acabar
gracias a ese gran último trabajo. La despedida de Ángelo da Morte iba a ser por
la puerta grande.
No había pegado ojo cuando se levantó. Afortunadamente, era
capaz de trabajar sin problemas aún en condiciones peores que esas. Todavía no
había salido el sol y él ya se estaba vistiendo. Recogió la bolsa con las armas
del suelo y, despidiéndose con un tierno beso en los labios de su esposa, se fue
de la habitación, tropezando con uno de los zapatos rojos de tacón de Daniela,
que dormía plácidamente en la cama.
* * *
Eran las nueve de la mañana cuando alguien tocó al timbre de
la puerta número veintitrés de un edificio cualquiera en la ciudad de Valencia.
- ¿Quién e…?- Leticia Sánchez Salazar abrió
despreocupadamente la puerta. Sus palabras se cayeron cuando se encontró de
frente al cañón de una pistola de gran calibre. Su chillido llenó la casa y
alertó a su marido e hijos.
- ¿Se puede pasar?- preguntó Giordano, con una sonrisa
bailando en el rostro, apuntándole a la cabeza con la Desert Eagle y
entrando mientras la mujer caminaba lentamente hacia atrás, sin atreverse a
separar su vista del negro ojo del arma.
- Leticia ¿Qué ha pasado?
Rápidamente la pistola cambió de objetivo y apuntó al pecho
del hombre que recién entraba en el recibidor.
- Ni un solo movimiento o tu queridísima esposa tendrá que
limpiar tu sangre del suelo.- El hombre se paró en seco, fijos sus ojos en la
pistola que brillaba con un destello macabro. Sin dejar de apuntarlos, fue
empujando a la familia hacia el interior de la casa.
No le costó inmovilizar a toda la familia. Los ató y los dejó
en una habitación, sentados en un rincón, amenazados de muerte si se les ocurría
alguna idiotez.
- ¡Qué jovencita más guapa!- susurró el italiano mientras
acariciaba las mejillas de una bella joven de unos diecisiete años.
- ¡Déjala cabrón o…!- El culatazo en la sien calló a su
hermano, que se desplomó inconsciente en el suelo.
- ¿Qué has hecho hijo de…?- empezó a decir el padre de la
familia.
- ¡Una voz más y empiezo a cargarme gente! No creo que te
guste ver cómo le disparo a tu queridísima hijita ¿Verdad?- Giordano acarició
con el cañón de la pistola las mejillas de la muchacha, bajando por el cuello y
colándola por el escote de la camiseta hasta golpear con sus pequeños pechos,
del tamaño de una manzana.
- Si le haces algo a mi familia…
- ¿Qué? ¿Vendrás a matarme? ¡Ponte a la cola, desgraciado!
¿Ves esta carita? Pues está en todas las putas comisarías de Europa, así que no
me jodas o convierto esto en una masacre- Luego, girándose hacia la joven,
añadió.- Quizá tú y yo tengamos luego algo más que palabras. Depende de vuestra
actitud. No me deis problemas y me esfumaré de aquí tal y como he venido.
Jodedme, y llenaré la casa con tanta sangre que esto parecerá el maldito mar
rojo. ¿Capisci? Y a lo peor... obligo a tus padres a que vean como me
divierto contigo. Madre, padre e hija rompieron a llorar. La joven temblaba de
puro terror.
Giordano salió de la habitación y se dispuso a montar el
rifle de francotirador en la ventana. Ése era su trabajo más importante, no
podría permitirse un fallo. Tenía que hacerlo de forma que fuera imposible verle
desde el exterior, pero que pudiera apuntar directamente a su objetivo.
Finalmente, cuando todo estuvo dispuesto, dirigió la mira hacia él. El hombre a
quien correspondía el nombre que le había proporcionado Carlo Costacurta. Tras
Giordano, de ruido de fondo, las dos mujeres lloraban desconsoladas. Giordano
sufría un martilleo inconstante en sus sienes. Quizá no debería haber bebido
tanto anoche, quizá debería haber dormido más... El sollozo de madre e hija le
retumbaba en la cabeza.
- ¡Haz callar a esas mujeres!- gritó, y los lloros
enmudecieron casi de inmediato. No debía ponerse furioso, no quería asesinar a
esa familia. No ahora que sabía que era su último trabajo y que después de eso
desaparecería. Angelo da Morte debía bajar el telón con la mínima sangre
posible. No más muertes de inocentes. Josep, el traficante de armas, se lo podía
permitir. Pero una familia entera no. No otra vez.
La cabeza le dolía. La sentía latir. Tac-tac-tac. Cada sonido
se le clavaba en el cerebro tan profundo como una certera puñalada. Se intentó
deshacer de los sonidos, necesitaba concentrarse.
Volvió a colocar el ojo en la mira del rifle. Necesitaba
tranquilidad, sólo iba a tener una oportunidad. La gente llenaba las calles.
Jóvenes y ancianos, más de los segundos que de los primeros, se agrupaban en el
cauce de lo que antaño fue un río que atravesaba Valencia, y ahora es sólo un
cauce seco reconvertido en un respiro de verde entre el gris del asfalto. Y allí
en medio, subido en el altar construido para la ocasión, engalanado con sus
ostentosos ropajes con bordados en oro, estaba él. Su objetivo. Por última vez,
sacó del bolsillo el pequeño papel que Carlo le había proporcionado y releyó el
nombre con una sonrisa. "Joseph Ratzinger. Benedicto XVI. Il Papa". El
Papa.
Sí. Así era. Le habían encargado matar al hombre que dirigía
toda la cristiandad. Y lo iba a hacer. Por cinco millones de euros, por su
familia, por vivir tranquilo el resto de su vida. Cerró un momento los ojos para
cronometrarse con sus propios latidos. Sólo iba a tener una oportunidad. Una
oportunidad de la que dependían demasiadas cosas. Su vida, por ejemplo. Si
fallaba, más le valía que la policía lo pillara, por que la opción del fracaso
no está bien vista en la ‘Ndrangheta, y menos para un eliminador. Pero su
familia también estaba en peligro, y por ellos no podía fallar. Escuchó el
latido de su corazón. Tac-tac-tac... era como un taconeo en sus oídos.
Abrió los ojos y centró el punto de mira en la cabeza del
Papa. En la cruz de la mira telescópica se marcó la cabellera canosa del Santo
Padre. Luego, apuntó ligeramente arriba para compensar la caída de la bala en la
distancia. Con esa bala irían esos cinco millones de euros que Carlo le había
prometido y que le permitirían un retiro dorado si lograba escapar. Al fin,
dejaría el crimen y podría volver con su querida familia, con Daniela, con sus
hijos que lo esperaban en Florencia sin saber dónde estaba ni qué hacía. Al fin
podría volver con ellos y llevárselos a otro país. Quizá Marruecos, quizá
Argentina, a cualquier país donde pudiera pasar desapercibido y vivir de las
rentas. Su dedo abrazó el gatillo. Tac-tac-tac. Los sonidos eran más fuertes,
como si se acercaran.
Todo fue muy rápido. Todo fue una explosión de sangre y
luego, silencio. Cuando quiso enterarse de lo que ocurría, su sangre manchaba el
suelo del piso. El cuerpo de Giordano cayó al suelo, el cuello abierto en canal,
la sangre explotando en una vomitona roja que manchaba tanto el suelo como el
trípode que sostenía el rifle. El charco sanguinolento se extendía poco a poco
por la alfombra, hasta manchar unos zapatos de tacón. Rojos zapatos de tacón.
- Silvio…- decía la mujer por el móvil que llevaba.
- Dime…- El teléfono traía una voz varonil, fuerte pero
cansada.
- Obbiettivo eliminato.- dijo Daniela justo antes de
cerrar el móvil y tirar el cuchillo empapado de sangre. Luego, girándose hacia
el cadáver del mercenario añadió- No se juega con la Cosa Nostra,
coglioni.
Daniela se agachó, con lágrimas en los ojos, hacia el cuerpo
sin vida de Giordano. Misión cumplida. La Cosa Nostra estaría orgullosa de ella.
Daniela se había entrenado para su trabajo más difícil a conciencia, aún así, no
estaba preparada para ver morir a su marido. Con dulzura, cerró los ojos de
Giordano y le dio un beso en la frente para luego, desaparecer de la casa con
paso triste. Tac-tac-tac... repetían sus tacones sobre el suelo.
Ése fue el último trabajo de Ángelo da Morte...