Entré en el baño de las chicas y encendí un cigarro. No sé a
quién se le ocurriría la brillante idea de prohibir fumar en los centros
escolares. Como si alguien fuese a hacer caso de semejante prohibición: puede
que nadie se ponga a fumar en los pasillos o en clase, pero no hay más que
entrar al baño o bajar al patio trasero o a los vestuarios del gimnasio para
comprobar que nadie respeta esa norma. Eran las nueve y media de la mañana y el
servicio ya apestaba a lejía, humo de cigarros y mezcla de colonias femeninas.
Me miré al espejo y le eché una bocanada de humo azulado a mi
imagen en él reflejada. Estaba cabreada. Vale que no tenía que haberle dejado
copiar a Santos, pero de ahí a que nos echasen de clase... Entregar el examen,
suspender y tener una expulsión, todo de una sola tacada, y simplemente por
decirle que la pregunta uno correspondía con la respuesta C. ¡Menuda injusticia!
Me senté en el lavabo y di una calada más a mi cigarro.
Cuando estoy enfadada fumar me relaja.
Abrieron la puerta. Santos asomó su cabeza y me dirigió una
sonrisa de circunstancias. Cuando ponía cara de bueno hacía honor a su nombre,
pero todos sabíamos que era sólo una imagen. En realidad era un pieza de
cuidado.
-Lo siento mucho, Marta.
Me encogí de hombros e hice un gesto vago con la mano.
-Es igual, no es culpa tuya. –Se quedó quieto sonriéndome.
Estaba segura de que lo siguiente sería pedirme un cigarro. Santos es un gorrón.
-¿Me das un pitillo?
-No se puede fumar en el pasillo.¿O quieres que te manden a
casa con una nota del director? –Quería sonar borde, pero sonó infantil, y me
dio rabia. Santos ha repetido dos cursos, tiene ya dieciséis y ninguna chica
querría quedar de niñata delante suyo. Además todas le van detrás, y hacer el
ridículo delante suyo puede hacerte quedar mal delante de toda la clase. –Anda,
entra y cierra la puerta.
Me hizo caso: entró y se acercó a mi: le di mi cigarrillo
para que le diese una calada. Luego me lo puso en los labios. Se había acercado
demasiado a mi, y me puso un poco nerviosa.
-Te pegas como una lapa, tío.
-Pero qué dices... Esto no es pegarse, mira que eres
estrecha. –Sonreía también con los ojos. Con la mirada. Tenía mirada de
conquistador de película. Dio un paso más hacia mi hasta situarse casi entre mis
piernas. –Esto es pegarse, ¿ves la diferencia?
-Si, vale, lo que tu digas, pero que corra el aire. –Le
empujé suavemente hacia atrás. Vaya truco de mierda, lo he visto en mil series
de la tele. El dio un par de pasos atrás sin dejar de sonreír descarado y yo di
otra calada al cigarro.
-Bueno, ¿no me vas a dar un cigarro?
Pensé que mejor sería dárselo y que se fuera. Santos tiene
muchas horas de vuelo, todo el mundo lo sabe. Estaba segura de que encontraría
la manera de besarme o de meterme mano. Tiene fama de Don Juan.
-Que si, pesado. –Me subí un poco la falda del uniforme para
sacar el paquete de tabaco que tenía escondido dentro de la media.
-Tienes unas piernas muy sexys, Marta.
-Y tú tienes mucha cara. No me cameles, que te veo venir de
lejos. –Soltó una carcajada y me miró de un modo que me hizo reír a mi también.
–Si, si, tú ríete, pero a mi no me sueltes esos rollos que yo no soy una de esas
niñas tontas de clase a las que se les caen las bragas al suelo porque las digas
un piropo cursi.
-Perdone, señora de mundo.
-Deja las ironías y vete al baño de tíos a fumar y a mi me
dejas en paz, que paso de tus rollos.
Sacó un mechero del bolsillo de su pantalón y se quedó quieto
con él en la mano, observándome.
-¿Qué pasa ahora? ¿Tengo monos en la cara?
-No, es que estás muy buena.
-Gracias por el piropo, pero venga, puerta. Que tengo mucho
que hacer.
-¿Si? ¿Y qué tienes que hacer tú sola en el baño?¿Un dedo o
qué?
-Puede. –Pero qué idiota. Si quería jugar que no me buscase,
porque podía encontrarme.
-Anda ya... Seguro que no te has hecho uno de esos en la
vida. –Me encogí de hombros y abrí las piernas en plan instinto básico. Claro
que a mi no debió quedarme tan bien porque llevaba unas braguitas rosas de Puka.
–¿Me estás provocando?
-Santos, guapito de cara, eres tú el que ha entrado aquí a
vacilarme así que no hagas preguntas chorras. –Creo que por un momento le
descoloqué. Es lo que me pasa siempre con la gente de clase, que nunca saben por
qué lado pillarme. Pero es que son una panda de aburridos niños de papá. Y los
que van de duros, encima, son los peores.
-Bueno, bueno, chica, vaya humos...
-Santos... Si quieres decirme algo, dímelo clarito.
-¿Algo de qué?
-De nada. Hasta luego. –Le despedí agiotando la mano y apagué
el cigarro contra la pared para luego lanzarlo a la papelera. Cayó al suelo por
un par de centímetros.
-No, venga, déjate de chorradas tú también. ¿Qué se supone
que tengo que decirte? –Parecía cabreado. A mi me hizo gracia, así que me reí.
–Pero tía, tú eres idiota, ¿de qué coño te ríes ahora?
-De ti.
-No sé de qué vas, tía. –Se acercó a mi y me agarró de la
mano. Tenía fuerza y me la torció un poco: le di una patada para apartarle y
bajé del lavabo de un salto.
-Conmigo no te pongas chulo, que yo no soy como esas, eh!!
-¿Y como eres? –Me acercó hacia él más. Creo que de verdad se
le cruzó por la cabeza el hacerme daño. Pero no se dio cuenta de que tenía la
otra mano libre, así que le agarré de los huevos. No apreté, sólo le agarré.
Tenía la polla hinchada.
-¿Aprieto? –Una sonrisa bailaba en mis labios. Tragó saliva y
me miró, como tratando de adivinarme las intenciones. Negó con la cabeza.
-Si me sueltas, te suelto. – Se quedó pensando qué hacer sin
soltarme, sin siquiera aflojar la presión sobre mi brazo. Sentí cómo se le ponía
más dura. –Vale, ya veo que te gusta que te la soben. –Froté la palma de mi mano
contra su paquete, restregándolo para que se pusiera más cachondo. Puede que
suene malvado o a calienta pollas barata , pero quería ponerle muy caliente para
luego dejarle con un palmo de narices. Volvió a tragar saliva ahogando una
especie de gemido.
-Estás jugando con fuego.
-¿De verdad? –Me incliné hacia él para mordisquearle el
cuello, sin dejar de restregar mi mano contra su polla. Aflojó un poco la
presión sobre mi brazo, pero no me soltó.
-¿qué haces?
-Poniéndotela dura.
Suspiró profundamente. Apenas tuve quehacer un par de
movimientos más y oí su gemido. Sentí algo mojado a través de la tela del
pantalón. Se había corrido. El muy picha floja se había corrido. Tanta fama...
Seguro que se mataba a pajas viendo pelis porno con los amigos cuando sus padres
no estaban en casa. Vaya decepción. Me solté de él y le miré sonriendo.
-Pues si que te has dado prisa, chico, ni siquiera me has
dejado tiempo para buscar debajo de la ropa.
-Es que me has pillado desprevenido. –Se disculpó. Que excusa
más mala. Empecé a pensar que toda su fama era sólo eso, fama, rumores que se
corren de clase en clase, que se alientan en el vestuario del gimnasio y van de
boca en boca por el patio de recreo. Seguro que nunca se había acostado con una
mujer. –Yo solo venía a fumarun cigarro, no me esperaba que fueras así.
-Así, ¿cómo?
-Así de lanzada. - Le miré de nuevo fijamente, sin parpadear.
Estaba avergonzado, pero quería hacerse el gallito. Se le veía venir de lejos.
Creo que sonreí burlona, porque enseguida se puso más serio y hasta parecía
ofendido y cabreado apartes iguales.- Oye, lista, que seguro que tú eres de esas
calentorras que se corren con sólo imaginar una polla. –Creo que se sentía
inseguro y por eso se puso en plan ofensivo. Seguro que al tocármelas mojado las
bragas.
Me encogí de hombros. Aquella situación me estaba poniendo
caliente, eso era verdad. Pensé en todas las veces que me había masturbado a
solas en la oscuridad de mi habitación, bien tapada con las sábanas, mordiendo
la almohada para que nadie me escuchase gemir. Y pensé también en lo excitante
que sería masturbarse a plena luz del día y con un espectador tan guapo
contemplándome. Debió ser el calentón del momento, porque si alguien me habría
dicho que iba siquiera a pensar en hacer algo así no le hubiese creído.
Abrí de nuevo las piernas, cuidando de subirle bajo de la
falda del uniforme para que se me vieran bien las braguitas, y después de
ensalivar bien mis dedos índice y corazón dejé que se deslizaran bajo las
bragas. Los ojos de Santos se abrieron como platos y yo sentí una especie de
salto en el estómago queme hizo vibrar. Comencé a acariciarme suavemente, la
mirada clavada en el rostro sorprendido de Santos. Recordé lo guapo que estaba
en clase de gimnasia y el culito que le marcaban los pantalones de deporte, la
frente sudorosa y la respiración agitada. No hacía falta imaginar más. Sentí
cómo me iba abriendo, y mis dedos al frotar abrían más y más el paso, comenzaban
a introducirse donde nadie se había introducido nunca.
Santos tragó saliva. Apuesto a que tenía la boca seca y el
mástil izado. Al final habló, y su voz no parecía la de siempre, mucho más
suave, más susurrante y ronca al tiempo.
-Quítatelas. Marta, quítatelas, por favor.
Le miré sin responder. La verdades que no sabía qué decir.
Podía ser un juego peligroso. Una cosa era que supiera lo que estaba haciendo y
otra que lo viera. Puede que suene absurdo cuando ya estaba en ello, pero me
daba vergüenza que me viera sin ropa, la verdad.
-¿Para qué? –Pregunté por ganar tiempo.
-Quiero verte el coño –susurró apenas.-Déjame ver cómo lo
haces, por favor.
-¿Por qué quieres verlo?
-Por favor... –Suplicó. –Quítatelas.
-Esta bien. –Concedí, más que nada porque la excitación me
dominaba, superaba a la vergüenza.
Saqué los dedos de entre mis braguitas y me los chupé
delicadamente, pero con ganas. Luego alcé un poco el culo para poder quitármelas
sin tener que bajarme del borde del lavabo, y las iba a guardar en el escote
(los uniformes d l colegio es loq ue tienen que no llevan bolsillos) cuando
Santos se me adelantó y las cogió de mi mano. Él si se las guardó en el bolsillo
del pantalón. Iba a protestar, pero me plantó un beso en la boca que me dejó sin
respiración. Seguro que el sueño de la mitad de las chicas de la clase era que
Santos las besase a escondidas en el cuarto de baño. Su boca sabía bien, a
tabaco y a menta. Estaba caliente y húmeda, y a mi me gustó. Le metí la lengua
más adentro, cuando me sorprendió sentir sus manos en mis muslos. Avanzaba
suavemente y al rozar mi vagina me hizo dar un respingo.
-Santos... –Apenas protesté porque él no dejaba de besarme.
Además no sé qué se me pasó por la cabeza, pero me parecía tan excitante estar
allí, haciendo eso... Pensar que esta vez no era yo misma quien me masturbaba a
escondidas en mi habitación, si no que un chico estaba tocándome ahí dentro...
Que le dejé hacer.
Al principio parecía un poco torpe, o no se atrevía a meter
los dedos, pero enseguida comenzó a frotarme suavemente con la yema delos dedos,
como con miedo a hacerme daño. Era una tortura muy dulce. Luego con el líquido
que segregaba mi coñito empezó a introducirlos poco a poco, encendiendo resortes
que sólo yo misma había logrado encender. Pero que lo hiciera él era mucho
mejor. Tal vez no supiera tan bien como yo misma dónde tocar en cada momento,
que ritmo seguir, pero a cambio era increíble saber que otra persona estaba
tocándome, estaba excitándome, y sabía que acabaría gustando más que si lo
hiciera yo a solas.
Dejó que una de sus manos me acariciaran los pechos sobre la
ropa, mientras la otra seguía moviéndose dentro de mi. Pensé en cuánto me
gustaría que tuviese más manos. Tres, cuatro, cinco manos recorriendo mi cuerpo,
acariciando mi piel, encendiendo mi deseo. Seis manos, siete, ocho,
proporcionándome placer. Pensé también que debía ser una pervertida o una
enferme para pensar así, para haberme dejado meter mano sin más ni más. Pero de
pronto su dedo rozó una parte de mi interior queme hizo gemir y ya casi no pude
pensar en nada: Eché la espalda hacia atrás para apoyarla en el espejo y evitar
caerme al lavabo: no me atrevía a moverme para que no dejase de apretar en ese
punto mágico que conseguía que perdiese la razón y el sentido, que me hacía
gemir y respirar con dificultad, que me hacía mantener los ojos muy cerrados y
las piernas bien abiertas. Y yo no quería gritar, pero sabía que estaba a punto
de hacerlo.
Santos me besaba más intensa y más profundamente que antes,
no sé si por la excitación o por miedo a que mis gemidos se hiciesen más fuertes
y alguien pudiese oírnos.
Y de pronto casi grité en su boca cuando la excitación se
hizo más poderosa: era como si toda la sangre de mi cuerpo se agolpase en mi
entrepierna. Un roce demencial, una oleada de placer recorriendo mi cuerpo, el
calor intenso y el golpe de efecto perfecto. Y luego una calma total, me sentía
flotando fuera de mi cuerpo...
Santos me miró entre sonriente y excitado, la mirada nublada.
Sacó sus dedos pegajosos de mis fluidos y me miró sin saber qué hacer o qué
decir.
Le dí un beso primero, intenso y agradecido por lo queme
había hecho sentir. Y luego le tomé la mano para ir chupando poco a poco cada
uno de sus dedos. El sabor ligeramente salado de mis propios líquidos y el olor
de mi cuerpo en su mano me hizo sentirme excitada de nuevo.
Salté al suelo y empujé a Santos hacia uno de los baños. Se
dejó hacer. Le intenté soltar el pantalón pero no pude y finalmente tuvo que
hacerlo él.
-Voy a correrme enseguida- Me susurró. No voy a aguantar.
–Creo que pensaba que quería montarle, y ahora que nadie nos oye diré que estuve
apunto de hacerlo, que la idea se me pasó por la cabeza, cómo sería sentir su
polla dura dentro de mi. Si sus dedos eran capaces de hacerme vibrar, que no
haría con su pene... Pero no era tan inconsciente y aparté el pensamiento de mi
cabeza antes de que fuese demasiado tarde.
En cambio logré sacar de sus calzoncillos azules su pene,
bien duro y bien tieso, la punta rosada asomando entre la tela, y en un impulso
me agaché para apenas rozarlo con los labios.
-Marta, me vas a matar...
No sabía si chuparlo o no. ¿Y si no me gustaba? ¿Y si me daba
asco su sabor o me atragantaba? Pero el olor que exhalaba me parecía tan
excitante, aguijoneó de tal modo mi deseo, era tanta la necesidad que sentía de
verle rendirse ante mi que me decidía probarlo. Dejé que mi lengua se adelantase
para acariciar furtivamente la punta de su polla mientras le sujetaba por el
culo (ese culo por el que todas las chicas de la clase suspiraban). Sabía bien,
más salado que mis jugos, y al sentirlo temblar entre mis labios no pude si no
dejar que toda la punta entrase en mi boca.
-Me voy a correr enseguida ,no voy a poder aguantar.
Saboreé su miembro con satisfacción. Tenía un sabor
particular, pero para nada desagradable, como había pensado. Me parecía muy
excitante tenerle así ante mi, temblando y jadeando, y mientras trataba de
chuparla como las chicas de las pelis porno de mi hermano, succionado suavemente
al tiempo que dejaban que entrase y saliese de mi boca, me sentí poderosa.
Santos me agarró de la nuca con ambas manos para marcarme el
ritmo, pero apenas tuve que chupar un poco más antes de que se corriese en mi
boca.
Por un segundo me sentí confundida y me aparté para que no me
manchase el uniforme, pero al pasar la lengua por mis labios y sentir el sabor
de su semen, denso y pegajoso, entre salado y picante en mi boca, volví a
acercarme para que no se derramase nada.
-Ya me he corrido, Marta, ya me corrido.
Ya lo sé. –Dije tragando. Como si pudiese no haber notado el
golpe de chorro templado en mi boca, por Dios. –Es que no quiero que se derrame
nada, que no se pierda nada.
Acabé de tragarme todo el semen y le miré. Estaba sudoroso y
azorado, y su mirada parecía diferente a la de antes.
Salimos y nos lavamos en el lavabo. Ninguno de los dos habló.
Después de lo ocurrido parecía que la vergüenza llegaba de nuevo. Al final fue
él quien rompió el hielo.
-Deberíamos repetir esto más veces,¿no crees?
Sonreía su imagen reflejada en el espejo.
-Estoy de acuerdo en repetirlo siempre que nadie lo sepa. –Me
sonrió desde el espejo él también.
Saqué un cigarrillo para mi y otro para él, y dejé que los
encendiera. Apneas habíamos dado un par de caladas cuando sonó el timbre de
cambio de clase y nos miramos sorprendidos. Tiró el cigarro al lavabo y se
escabulló fuera del baño después de guiñarme un ojo.
Cuando salió me di cuenta de dos cosas: primero, que sería
muy divertido seguir con ese juego, y segunda, lo excitante que sería sentarse a
su lado en clase y recordarle que él tenía guardado en el bolsillo del pantalón
algo que me pertenecía.