Tengo casi 60 años y me desempeño como maestro particular a
domicilio de alumnos de cursos primarios y secundarios. Mi conducta moral es
irreprochable pues de otro modo la cosa trascendería más tarde o más temprano y
estaría arruinado laboralmente en muy poco tiempo. Sin embargo (siempre parece
haber uno) hace muy poco tiempo comencé a ver un cambio de actitud en Mariela,
una alumnita mía que, en un principio, me recibía vistiendo su recatado uniforme
colegial y las últimas veces empezó a recibirme con atuendos demasiado
informales y sexys.
En un principio lo atribuí al calor que va dejándose sentir
hacia finales del período lectivo pues la primera vez que esto sucedió se había
puesto un vestidito con una falda amplia pero muy corta cuya parte superior era
muy apretada lo que dejaba ver sus incipientes pezoncitos que, según parece,
estaban librando la batalla hormonal porque se los veía pequeños pero muy
inflamados. No quise darle mucha importancia al hecho aunque, de algún modo,
llamó mi atención pues me sorprendí mirando, en varias oportunidades, sus
hermosas y bien formadas piernitas, sus delicados pies descalzos y los bultitos
que pugnaban por aflorar en su pecho pero en seguida descartaba cualquier
pensamiento lúbrico pensando que se trataba de una criatura sin capacidad de
medir las consecuencias de su comportamiento. Era obvio que el bullir de sus
hormonas hacía que tuviera actitudes sexy inconscientes.
Al finalizar la clase de esa tarde me acompañó, como
habitualmente lo hacía, hasta la puerta de su casa y, también como lo hacía
habitualmente, me dio el acostumbrado beso de despedida solo que esta vez, por
lo que yo creí un accidente, su beso fue húmedo y vino a caer en la comisura
derecha de mis labios lo que me provocó una sacudida sensorial y, a la vez,
emocional, pues no estoy hecho de madera.
Durante los días sucesivos pensaba continuamente en las
circunstancias que iban encadenándose tratando siempre de desechar cualquier
intencionalidad de su parte hasta que llegué a su casa para la siguiente clase y
cuál no sería mi sorpresa al encontrarme a esa bebé vestidita con un traje de
baño de dos piezas brevísimas de color blanco que estaba empapado pues acababa,
según me dijo, de salir de la piscina. Su cabello chorreaba agua y su ropa se
transparentaba dejando entrever sus pezones y su rajita en la que su tanga se
había incrustado. Su vientre era chato, sus caderas amplias y voluptuosas y su
cola redondita y bien parada. No sabiendo qué hacer le dije que fuera a mudarse
de ropa pues iba a pescar una pulmonía pero he de reconocer que, cuando se
marchó para hacerlo, me quedé sumamente alterado por lo que acababa de ver.
Esta enfrascado en mis dudas y cavilaciones cuando regresó
Mariela y me quedé atónito pues solamente cubría su hermoso cuerpecito con una
toalla de manos que apenas alcanzaba a cubrirle sus pechitos y su monte de
Venus.
Estaba enfrascado en mis dudas y cavilaciones cuando regresó
Mariela y me quedé atónito pues solamente cubría su hermoso cuerpecito con una
toalla de manos que apenas alcanzaba a taparle sus pechitos y su monte de Venus.
¡Caramba - pensé - esta criaturita debe traerse algo entre
manos y es algo sumamente peligroso para mí y para mi reputación!
No supe qué hacer y, con una excusa cualquiera, le pedí que
llamara a su mamá pero me dijo que ella estaba de compras en el centro de la
ciudad y que acababa de confirmarle por teléfono que no llegaría a la casa sino
hasta dentro de dos o tres horas.
En fin, procuré pasar por alto todo aquello que, a decir
verdad, estaba sacándome de quicio pues no hace falta ser muy inteligente para
darse cuenta de que el indio que uno lleva dentro de sí, aflora muy fácilmente
cuando se lo somete a semejantes estímulos.
El caso es que la clase pasó sin pena ni gloria, ella con su
hermosa carita de inocente y yo parloteando sobre geometría en una forma casi
automática pues mis ojos y mis pensamientos estaban absortos por aquella visión
angelical. Cuando el horario de clases tocó a su fin ella puso su material de
estudio a un lado y me espetó, mientras se acomodaba la toalla que se le había
bajado un poquito: - profe, ¿usted solamente enseña matemáticas? –
- También enseño física – respondí haciéndome el distraído -
¿por qué lo preguntas? -
- Ocurrre que tengo un novio, que es un compañero mío de la
escuela, y han pasado algunas cosas que no me atrevo a preguntarle a mis padres
pero que necesito saber sobre ellas – me dijo haciendo un mohín simpático y
picaresco a la vez.
¡Mi Dios! – pensé - ¿y ahora qué vendrá? – No necesité
esperar mucho pues a continuación me urgió: - ¿puedo hacerle algunas preguntas
que me tienen muy preocupada? - ¡Sí, por supuesto! – le contesté – te escucho.
Lo primero que quiero saber es ¿por qué mi novio me besa con
la boca cerrada y yo siento el deseo de abrirla y tocar su lengua con la mía?,
¿eso está mal? -
– No lo creo –dije yo tratando de evitar lo que ya parecía
imparable – cada uno siente impulsos diferentes.
- ¿Usted cómo lo hace? -
- Bueno, hija – dije en un último y desesperado intento por
auto acuartelarme en una postura paternalista – yo lo hago como los adultos.-
- ¿Y cómo es eso?, ¿puede mostrármelo? –
- ¿En forma práctica quieres decir? –
- ¿Por qué no?, ¿le da vergüenza? –
- No es eso – balbuceé – es que yo podría ser casi tu abuelo
– dije y la tomé de los hombros para despedirme con un casto beso pues ya me
temía lo que veía inevitable pero, justo cuando mi boca se posaba sobre su
mejilla derecha, ella hizo un rápido y certero movimiento de cabeza que puso a
sus labios sobre los míos y así los mantuvo por unos segundos al cabo de los
cuales dijo, a guisa de información suscinta: - así me besa Fernando .-
Yo atiné a preguntarle: - ¿y cómo preferirías que lo hiciera?
– y fue entonces que se desató la tormenta. Volvió a pegar su boca a la mía y
forzándolos con su lengua, separó mis labios y la hundió en mis fauces. Ya no
pude resistirlo y me rendí, me entregué a la febril caricia. A partir de
entonces todo fue vorágine, desenfreno, nuestras lenguas se enredaban
trenzándose en una danza ritual y feroz, su toalla cayó al piso y mis manos se
explayaron recorriendo la piel de su espalda, cada vez más abajo, centímetro a
centímetro, hasta llegar a sus preciosas nalguitas que estaban duras, firmes y
calientes y, tomando a la niña de ellas, fui alzándola hasta que quedó su
vulvita apoyada contra la carpa que mi garrote había formado bajo el pantalón
mientras que sus piernitas rodearon mi cintura y ella, como poseída de una
pasión demoníaca, comenzó a restregarse contra mi mástil.
(Continuará)