RECUERDOS INQUIETANTES.
Un viento fresco azotaba mi rostro, el clima perfecto para
estar ahí observando con la tarde las gaviotas juguetonas y vivaces, que con
astucia bajaban de su vuelo no muy alto en busca de alimento, a su vez, los
peces saltarines labrándose de ellas, eran un espectáculo tan relajante, como lo
sería el mejor spa de la ciudad.
Sutil y agradable momento, ahí permanecí tendida en el
camastro divagando las ideas y regresando los recuerdos en mi mente. Poco a poco
fueron apareciendo, reales, claros… como viviéndolos de nuevo.
Mi trabajo en una oficina de gobierno no era nada del otro
mundo, a veces aburrido, a veces cansado. Generalmente nada emocionante sucedía.
Un día de tantos, alguien preguntó: ¿Susana?, mi respuesta
afirmativa regresó la respuesta con solo una amable sonrisa... ¿Me conoce?... un
caballero de ojos muy claros, a decir verdad, bonitos, contestó: claro, nos
conocemos. Yo no recordaba.
El trabajo requirió de mi presencia, y el caballero de ojos
claros de la misma manera sonriente, se despidió con una ligera señal. No se que
contesté, no le di importancia, además, mi jefe insistía en su llamado. Olvidé
el incidente el resto del día.
Solo unos días después, de nuevo esa sonrisa acompañada de un
agradable ¡hola!, sorprendió mi salida del trabajo, la cual siempre era muy
apresurada, solo alcancé a decir, lo siento, debo llegar temprano a mis clases
de italiano, hasta luego. Debo confesar que una especie de nerviosismo recorrió
mi cuerpo. Un simple hasta pronto dio fin a la pequeña charla.
Los días siguientes pasaron normales, mis horas se vivían del
trabajo a las clases, y a mi casa, pero de nuevo aquellos ojos y aquella sonrisa
el hombre maduro cambiaron la situación. Inquietud y nerviosismo se hicieron
sentir de nuevo en mi cuerpo, algo producía en mí ese caballero. ¿Lo habría
notado?
Sus pasos seguros, su porte fuerte y su presencia viril me
estuvieron acompañando a la hora de salida, una pequeña charla sin importancia
terminaba con el electrizante momento. Luego un - quiero verte- directo, seguro,
aplastante… cambió todo.
No podía estarme sucediendo eso a mí. Recién había
formalizado una relación, no quería nada con nadie, y menos con un hombre, que a
mi parecer, era casado.
Solo hubo dos encuentros más, suficientes para darme cuenta:
Josué, me gustaba y mucho. Producía sensaciones que no había sentido nunca, con
el solo hecho de permanecer por pocos minutos a mi lado. Empecé a desear verlo,
esperaba con ansia estar con él tan solo unos minutos, no importaba, con
frecuencia, imaginaba encuentros más íntimos. Imaginaba sus manos tocando mis
mejillas, mi cuello, bajando suavemente hacia mi pecho... y esa tibia y callada
humedad entre mis piernas… aparecía.
Esto no me puede estar pasando a mi… ¡me caso en dos meses!
pensaba.
Por fortuna dejó de aparecer un tiempo, pero para ser
sincera, el solo recordarlo… me excitaba.
Mis vacaciones llegaron y por motivo de mi boda, unos días
más me dieron libres, así que aproveché para darme un ligero relax en una playa
muy cercana, además, me servía para olvidar el incidente bochornoso por el que
pasaba.
Era un poco más tarde, y el mar estaba más tranquilo, hermoso
dúo de atardecer y agua tenia ante mis ojos. Los cerré, y me dejé llevar por el
agradable momento. Una sensación más deliciosa me hizo abrirlos. Ahí estaba, con
su boca en la mía. Sentí sus labios juguetear con los míos, no hice nada. Su
insistente besar me hacia vibrar, luego enloquecí excitada, cuando su lengua
tocaba la mía y sus manos inquietas me exploraban. Mi cuerpo respondía de manera
húmeda cuando sus manos sin el menor recato se adentraron en mi pubis por debajo
de mi bikini. No había manera de parar aquello.
No se como ni en que momento me vi dentro de la pequeña
habitación de la casa de mi amiga, que había salido unas horas a la ciudad más
cercana. La excitación de ambos, solo podía detenerla…nuestro encuentro. Deseaba
tocarlo, sentirlo, besarlo con locura, no importaba nada.
Sentados en la cama sus besos eran interminables, enloquecí
al sentir de nuevo su lengua jugueteando con la mía. Sus manos, ooooh!!!
Benditas manos no dejaban de buscar, no dejaban de excitar.
Cada movimiento era una delicia, como lo fue el momento que
con atrevimiento bajé su ropa y apareció ante mi un hermoso pene, grande,
grueso, su piel morena contrastaba con la mía que también estaba casi desnuda.
No podía esperar mas de rodillas era la posición perfecta para sentir en mi boca
esa belleza. Erecto, duro, su glande enrojecido aumentó de intensidad cuando mi
lengua pasó sobre él suavemente, con cuidado, recorría ese falo inmenso,
saboreaba su sabor, y olía el aroma excitante del hombre tan deseado. Abrí mi
boca e introduje su lindura hasta donde pude soportar, por momentos sentía
ahogarme, no importaba, quería hacerle gozar al máximo. Él, con dominio de
hombre fuerte solo disfrutaba, mientras acariciaba con ternura mis cabellos. Su
falo entraba y salía de mi boca. No quería que aquello terminara.
Luego, sentí sus morenas manos en mis codos ayudando a
incorporarme, me tomó en sus brazos y me llevó a la cama. Mis piernas colgaban
un poco y con ternura y suavidad, las separó. Su cara poco a poco se acercó a mi
pubis semidepilado. Cerré de nuevo mis ojos….y me dejé llevar.
¡Dios!, solo él sabe el placer inmenso que sentí cuando pasó
su lengua suave por mi clítoris.
¡Quédate ahí, sigue por favor!
Salían de mi boca las palabras, que suplicaban y ordenaban.
Mi clítoris excitado aumentaba de tamaño con el roce de su lengua, lamía,
besaba, succionaba, de manera perfecta para hacerme enloquecer.
No se decir cuanto tiempo pasamos así… solo se que yo no
deseaba: exigía y suplicaba sentirlo dentro de mí.
De rodillas con el pene más excitado que antes, abrió más mis
piernas para dirigirlo a mi entrada vaginal. Estaba húmedo, poco a poco lo fui
sintiendo penetrarme, despacio, muy lenta y deliciosamente. Al principio un
ligero dolor, que par ser sincera… aumentaba mis deseos, después me sentí llena,
plena de su carne ardiente.
Sus movimientos sabios sabían provocarme; entraba y salía
lentamente. En cada movimiento mi cuerpo disfrutaba y se que el suyo también. El
ambiente cálido de la habitación perdía su tranquilidad… los gemidos de ambos
inundaban el silencio de la habitación.
Cada poro de mi piel sintió sus manos, recorrían con
vehemencia, con placer, mientras su boca besaba suavemente mis ojos, mis labios,
mis mejillas; para luego seguir con el intenso penetrar tan exigido por mi
cuerpo.
No podía más, necesitaba terminar con ese ardor, ¡enloquecía
de pasión!
Al verme, supo que el clímax estaba muy cerca, lentamente
despegó su cuerpo del mío; con dominio absoluto de su sexualidad supo detenerse.
Todo mi ser pedía a gritos continuar.
Abrazó mi cuerpo en un cálido gesto.
¿Como supiste donde estaba?- le dije-, pregunte, me contestó,
la respuesta fue tan sencilla como le fue encontrarme. Reímos. Pero esto era
solo para detener un poco lo que se veía venir.
Mi amiga regresaría hasta después de la media noche, así que
tranquila y sin pendientes, me dejé llevar por el nuevo acercamiento. Ardía en
deseos de sentirme suya.
Otro apasionado beso, dio por inicio a lo siguiente. Su piel
estaba más cálida que antes, y si alguna parte de mi cuerpo faltaba por sentir
sus manos, en ese instante las sintieron.
No importaba nada. Solo él y yo en aquella silenciosa
habitación.
No era temporada de turistas, así que la solitaria playa era
interrumpida por mis gemidos y los suyos. Las gaviotas con el anochecer que
empezaba, se habían ido, solo el oleaje constante del mar se escuchaba.
De nuevo el ardor y el deseo se hacían presentes, o
quizás……no se habían ido.
Hincados ambos en la cama, nos besamos, con fervor, sin
pensar en nada, solo entregándonos en el beso interminable. – Como interminable
sería el recuerdo de ese instante-.
No se decir en que momento tomamos posición más apropiada
para el coito, solo recuerdo que de rodillas y con mis brazos apoyados en la
cama empecé a sentir su pene entrando en mi vagina.
De nuevo el placer intenso azotaba todo mi cuerpo, en cada
embestida, en cada roce. No podía más.
En segundos sentí el placer indescriptible que solo conocemos
quienes hemos tenido un orgasmo de verdad, mis manos apretadas, mi cuerpo
tembloroso respondieron a su entrega. Supo adivinarlo y aumento la fuerza y
frecuencia de aquellos movimientos, el entrar y salir, ya no fue un simple acto.
Cumplía su intención. Ambos en un fuerte gemido nos unimos en el clímax de la
pasión, escuché su voz ronca decirme –no puedo más-, y un gemido ahogado, se
unió al mío, que en segundos era un llanto… un llanto de placer.
Hoy solo queda el recuerdo de esa tarde.
Siempre te recordaré.
RECUERDOS.
Un viento fresco azotaba mi rostro, el clima perfecto para
estar ahí observando con la tarde las gaviotas juguetonas y vivaces, que con
astucia bajaban de su vuelo no muy alto en busca de alimento, a su vez, los
peces saltarines labrándose de ellas, eran un espectáculo tan relajante, como lo
sería el mejor spa de la ciudad.
Sutil y agradable momento, ahí permanecí tendida en el
camastro divagando las ideas y regresando los recuerdos en mi mente. Poco a poco
fueron apareciendo, reales, claros… como viviéndolos de nuevo.
Mi trabajo en una oficina de gobierno no era nada del otro
mundo, a veces aburrido, a veces cansado. Generalmente nada emocionante sucedía.
Un día de tantos, alguien preguntó: ¿Susana?, mi respuesta
afirmativa regresó la respuesta con solo una amable sonrisa... ¿Me conoce?... un
caballero de ojos muy claros, a decir verdad, bonitos, contestó: claro, nos
conocemos. Yo no recordaba.
El trabajo requirió de mi presencia, y el caballero de ojos
claros de la misma manera sonriente, se despidió con una ligera señal. No se que
contesté, no le di importancia, además, mi jefe insistía en su llamado. Olvidé
el incidente el resto del día.
Solo unos días después, de nuevo esa sonrisa acompañada de un
agradable ¡hola!, sorprendió mi salida del trabajo, la cual siempre era muy
apresurada, solo alcancé a decir, lo siento, debo llegar temprano a mis clases
de italiano, hasta luego. Debo confesar que una especie de nerviosismo recorrió
mi cuerpo. Un simple hasta pronto dio fin a la pequeña charla.
Los días siguientes pasaron normales, mis horas se vivían del
trabajo a las clases, y a mi casa, pero de nuevo aquellos ojos y aquella sonrisa
el hombre maduro cambiaron la situación. Inquietud y nerviosismo se hicieron
sentir de nuevo en mi cuerpo, algo producía en mí ese caballero. ¿Lo habría
notado?
Sus pasos seguros, su porte fuerte y su presencia viril me
estuvieron acompañando a la hora de salida, una pequeña charla sin importancia
terminaba con el electrizante momento. Luego un - quiero verte- directo, seguro,
aplastante… cambió todo.
No podía estarme sucediendo eso a mí. Recién había
formalizado una relación, no quería nada con nadie, y menos con un hombre, que a
mi parecer, era casado.
Solo hubo dos encuentros más, suficientes para darme cuenta:
Josué, me gustaba y mucho. Producía sensaciones que no había sentido nunca, con
el solo hecho de permanecer por pocos minutos a mi lado. Empecé a desear verlo,
esperaba con ansia estar con él tan solo unos minutos, no importaba, con
frecuencia, imaginaba encuentros más íntimos. Imaginaba sus manos tocando mis
mejillas, mi cuello, bajando suavemente hacia mi pecho... y esa tibia y callada
humedad entre mis piernas… aparecía.
Esto no me puede estar pasando a mi… ¡me caso en dos meses!
pensaba.
Por fortuna dejó de aparecer un tiempo, pero para ser
sincera, el solo recordarlo… me excitaba.
Mis vacaciones llegaron y por motivo de mi boda, unos días
más me dieron libres, así que aproveché para darme un ligero relax en una playa
muy cercana, además, me servía para olvidar el incidente bochornoso por el que
pasaba.
Era un poco más tarde, y el mar estaba más tranquilo, hermoso
dúo de atardecer y agua tenia ante mis ojos. Los cerré, y me dejé llevar por el
agradable momento. Una sensación más deliciosa me hizo abrirlos. Ahí estaba, con
su boca en la mía. Sentí sus labios juguetear con los míos, no hice nada. Su
insistente besar me hacia vibrar, luego enloquecí excitada, cuando su lengua
tocaba la mía y sus manos inquietas me exploraban. Mi cuerpo respondía de manera
húmeda cuando sus manos sin el menor recato se adentraron en mi pubis por debajo
de mi bikini. No había manera de parar aquello.
No se como ni en que momento me vi dentro de la pequeña
habitación de la casa de mi amiga, que había salido unas horas a la ciudad más
cercana. La excitación de ambos, solo podía detenerla…nuestro encuentro. Deseaba
tocarlo, sentirlo, besarlo con locura, no importaba nada.
Sentados en la cama sus besos eran interminables, enloquecí
al sentir de nuevo su lengua jugueteando con la mía. Sus manos, ooooh!!!
Benditas manos no dejaban de buscar, no dejaban de excitar.
Cada movimiento era una delicia, como lo fue el momento que
con atrevimiento bajé su ropa y apareció ante mi un hermoso pene, grande,
grueso, su piel morena contrastaba con la mía que también estaba casi desnuda.
No podía esperar mas de rodillas era la posición perfecta para sentir en mi boca
esa belleza. Erecto, duro, su glande enrojecido aumentó de intensidad cuando mi
lengua pasó sobre él suavemente, con cuidado, recorría ese falo inmenso,
saboreaba su sabor, y olía el aroma excitante del hombre tan deseado. Abrí mi
boca e introduje su lindura hasta donde pude soportar, por momentos sentía
ahogarme, no importaba, quería hacerle gozar al máximo. Él, con dominio de
hombre fuerte solo disfrutaba, mientras acariciaba con ternura mis cabellos. Su
falo entraba y salía de mi boca. No quería que aquello terminara.
Luego, sentí sus morenas manos en mis codos ayudando a
incorporarme, me tomó en sus brazos y me llevó a la cama. Mis piernas colgaban
un poco y con ternura y suavidad, las separó. Su cara poco a poco se acercó a mi
pubis semidepilado. Cerré de nuevo mis ojos….y me dejé llevar.
¡Dios!, solo él sabe el placer inmenso que sentí cuando pasó
su lengua suave por mi clítoris.
¡Quédate ahí, sigue por favor!
Salían de mi boca las palabras, que suplicaban y ordenaban.
Mi clítoris excitado aumentaba de tamaño con el roce de su lengua, lamía,
besaba, succionaba, de manera perfecta para hacerme enloquecer.
No se decir cuanto tiempo pasamos así… solo se que yo no
deseaba: exigía y suplicaba sentirlo dentro de mí.
De rodillas con el pene más excitado que antes, abrió más mis
piernas para dirigirlo a mi entrada vaginal. Estaba húmedo, poco a poco lo fui
sintiendo penetrarme, despacio, muy lenta y deliciosamente. Al principio un
ligero dolor, que par ser sincera… aumentaba mis deseos, después me sentí llena,
plena de su carne ardiente.
Sus movimientos sabios sabían provocarme; entraba y salía
lentamente. En cada movimiento mi cuerpo disfrutaba y se que el suyo también. El
ambiente cálido de la habitación perdía su tranquilidad… los gemidos de ambos
inundaban el silencio de la habitación.
Cada poro de mi piel sintió sus manos, recorrían con
vehemencia, con placer, mientras su boca besaba suavemente mis ojos, mis labios,
mis mejillas; para luego seguir con el intenso penetrar tan exigido por mi
cuerpo.
No podía más, necesitaba terminar con ese ardor, ¡enloquecía
de pasión!
Al verme, supo que el clímax estaba muy cerca, lentamente
despegó su cuerpo del mío; con dominio absoluto de su sexualidad supo detenerse.
Todo mi ser pedía a gritos continuar.
Abrazó mi cuerpo en un cálido gesto.
¿Como supiste donde estaba?- le dije-, pregunte, me contestó,
la respuesta fue tan sencilla como le fue encontrarme. Reímos. Pero esto era
solo para detener un poco lo que se veía venir.
Mi amiga regresaría hasta después de la media noche, así que
tranquila y sin pendientes, me dejé llevar por el nuevo acercamiento. Ardía en
deseos de sentirme suya.
Otro apasionado beso, dio por inicio a lo siguiente. Su piel
estaba más cálida que antes, y si alguna parte de mi cuerpo faltaba por sentir
sus manos, en ese instante las sintieron.
No importaba nada. Solo él y yo en aquella silenciosa
habitación.
No era temporada de turistas, así que la solitaria playa era
interrumpida por mis gemidos y los suyos. Las gaviotas con el anochecer que
empezaba, se habían ido, solo el oleaje constante del mar se escuchaba.
De nuevo el ardor y el deseo se hacían presentes, o
quizás……no se habían ido.
Hincados ambos en la cama, nos besamos, con fervor, sin
pensar en nada, solo entregándonos en el beso interminable. – Como interminable
sería el recuerdo de ese instante-.
No se decir en que momento tomamos posición más apropiada
para el coito, solo recuerdo que de rodillas y con mis brazos apoyados en la
cama empecé a sentir su pene entrando en mi vagina.
De nuevo el placer intenso azotaba todo mi cuerpo, en cada
embestida, en cada roce. No podía más.
En segundos sentí el placer indescriptible que solo conocemos
quienes hemos tenido un orgasmo de verdad, mis manos apretadas, mi cuerpo
tembloroso respondieron a su entrega. Supo adivinarlo y aumento la fuerza y
frecuencia de aquellos movimientos, el entrar y salir, ya no fue un simple acto.
Cumplía su intención. Ambos en un fuerte gemido nos unimos en el clímax de la
pasión, escuché su voz ronca decirme –no puedo más-, y un gemido ahogado, se
unió al mío, que en segundos era un llanto… un llanto de placer.
Hoy solo queda el recuerdo de esa tarde.
Siempre te recordaré.