Crónica dramatizada de una violencia de género
Olga Asunción camina lentamente por la avenida céntrica de
una capital cualquiera española. Son las tres y media de la tarde y el ruido de
la calle a esa hora es intenso: la afluencia de tráfico con sus ruidos
característicos y los transeúntes cruzándose en un ir y venir por aceras y pasos
de peatones es constante, es agobiador. Sus pasos son cortos, vacilantes y no
mueve los brazos al caminar, más bien se diría que los tiene recogidos en los
bolsillos del abrigo medio descocido que lleva puesto siendo agosto y el calor
apretando muy fuerte. Los brazos están pegados férreamente a los costados de su
cuerpo. Su cara está mortalmente seria, la boca grande, de labios más bien
finos, está herméticamente cerrada, como conteniendo algo de lo que no quiere
desprenderse. De vez en cuando la abre para tomar aliento con intensidad, como
si le faltara el aire, pero solo lo suficiente, sin dejar ver los dientes que
están totalmente enrojecidos. Lleva gafas de lentes grandes, al aire, que le
llegan cerca de las fosas nasales. Olga Asunción sigue caminando lentamente,
asombrando al personal que se cruza con ella y la contempla con su atuendo de
invierno
Lleva pantalón negro y el abrigo más abajo de sus rodillas no
deja ver bien que está mojado, viscoso. La mancha líquida corre por las perneras
y comienza a destilar gotas rojas que van dejando huellas al pasar. Olga
Asunción no ve el momento de llegar a su destino, todavía le falta dos manzanas
más y no sabe si va a alcanzar su meta o se quedará en el intento. No es
creyente y sí más bien agnóstica, pide a la Madre Naturaleza que le de la fuerza
suficiente para conseguir llegar a su destino ¡Tiene que llegar! ¡Tiene que
llegar! ¡Sus hijos la necesitan y…! ¡Tiene que llegar como sea! Olga Asunción se
para treinta segundos, sólo treinta, con los ojos abiertos como platos, abre
otra vez la boca pero la cierra inmediatamente y vuelve a reanudar su torpe
camino.
No hay tiempo para el descanso. No, ya no. Termina el
antepenúltimo tramo de la avenida y pasa al siguiente sin mirar tan siquiera a
los lados, sin fijarse que puede ser atropellada por los vehículos que entran y
salen de esa bifurcación. Ahora sube la acera con cierta dificultad, necesita
apoyarse en algo pero no lo encuentra, y se tambalea hacia el lado de la calzada
pero se recupera milagrosamente. Una pareja mayor pasa a su altura y la miran
con prudencia. Hay recelos en ellos y un cierto desprecio también.
-¿Está borracha, Carmelo? ¿Está borracha o drogada? ¿Jesús,
María y José? –Dice la señora, con mohín de repulsa, al hombre que está a su
lado. Se santigua ostensiblemente,
-No lo sé, pero creo que necesita ayuda. Me pareció que
estaba mojada por delante, como orinada, posiblemente. Seguro que se fumó un
canuto o tiene una sobredosis junto con alguna copa de más…, no sé. Y es joven
¡caramba! ¡Qué pena! –Responde el caballero mirando hacia atrás para ver mejor a
la mujer que sigue caminando despacio y con pasos irregulares. Siente compasión
y le entra un sentimiento de misericordia.
-Voy a ver que es lo que le pasa, Fela –Dice el señor mayor
soltándose de la mujer mayor.
-¡Carmelo, Carmelo! ¡Déjalo ya, por favor! Somos viejos para
que nos den un susto de muerte y del que podamos arrepentirnos ¡Quita, quita
allá, hombre! –Y se coge fuertemente del brazo del marido apretándolo contra su
desaparecido pecho.
-¡Los niños, los niños! ¡Tengo que alcanzar mi objetivo…!
¡Los niños! –Comenzaba a hablar en voz alta sin percatarse de que los ancianos
la están oyendo.
-¡Habla de unos niños, Fela! Debemos ayu… –El hombre se ha
parado indeciso. Desea ayudarla.
-¡Vamosno, vamosno cuanto antes! –Casi grita la mujer
arrastrándolo con fuerza, temerosa de lo desconocido.
Si, sólo desea llegar porque el tiempo se le hace muy corto.
Pensar, pensar en cualquier cosa que le permita olvidar la distancia es lo que
necesita ¡En los niños…!, los niños; en sus padres; en… en su matrimonio ¿Cuándo
comenzó su calvario? ¿Cuando empezó todo? No se acordaba ya pero se convirtió en
un hábito cotidiano durante ocho años el estar sometida a una dura relación
matrimonial disciplinaria ¿Por qué, si se entendían bien de novios? Seguía sin
saberlo, posiblemente otras mujeres, la bebida a la que era habitual, la
costumbre que tomó de trasnochar o aquel machismo tan fuerte que demostró siendo
todavía novios y que se acrecentó en los pocos años de matrimonio.
De la noche a la mañana su carácter cambió faltando un mes
para el año de casados y de las palabras cariñosa pasaron a las ordinarias; de
las amonestaciones esporádicas a las diarias, a los gritos primero, a los
insultos verbales después; al levantamiento de una mano amenazándola a
descargarla sobre ella allá donde la cogiera. Desde la primera bofetada de su
marido a la segunda habían pasado dos meses. Olga Asunción no supo responder y
quedó allí, acurrucada contra la pared sin comprender el por qué, con los ojos
llenos de lágrimas, rascándose el ardor de la mano masculina sobre su rostro,
sus brazos y el revés que le propinó a su pecho… La sumisión que mostró ante la
agresión infligida la perdió para siempre.
Como ocurre siempre en estos caso llegó, por parte de él, las
consabidas disculpas apesadumbradas, promesas que aseguraban que nunca más
volvería a pasar, carantoñas, caricias atrevidas que la hacían reír, besitos al
irse y besitos al venir de trabajar. Quería estar seguro que habría represalias
por parte de ella y se comportó modosito una temporada. Al tercer mes solo un
adiós seco, casi imperceptible al irse a trabajar y cuando cerraba la puerta de
la calle. Quince días después ni eso pero sí un portazo fuerte al marchar. En el
cuarto mes los gritos salían del piso y se extendía por todo el bloque: por no
tener determinada ropa planchada o lavada; porque la comida no estaba servida
cuando llegaba; gritos de protesta si le pedía salir juntos a dar una vuelta o
ir al cine. La soledad del hogar era aun peor, por ejemplo, estando los dos
viendo la televisión en las tardes de los domingos: el por un lado del salón y
ella por el otro, a oscuras, callados o hablando u ordenado tan solo él
-Olga trae agua… Olga, prepárame un güisqui…, Olga, ve a
abrir, Olga…, Olga…, Olga…, -Seco, mal encarado, intolerante y ella callada,
triste y como una autómata se levantaba a la primera petición de su esposo
mirándolo con angustia, pidiéndole con la vista una explicación de su aptitud y
con miedo a lo desconocido, procurando evitar aquella mano pesada como el plomo
no volviera a posarse en su persona. Tenía que buscar la ocasión, un momento
propicio y charlar sobre la situación crítica que se estaba produciendo entre
ellos.
Habían pasado más de cuatro meses de la primera agresión
cuando se produjo la segunda ¡Con qué claridad meridiana se acordaba de ese día!
Olga Asunción se había levantado nueve días antes con dolor de cabeza y al
desayunar el café con leche y tostadas con mantequilla y la comida le produjo
arcadas. Un mareo se apoderó de toda su persona. Sabía que la regla le había
faltado el mes anterior y ahora nuevamente. Como buena mujer sospechó lo mejor y
su cara se llenó de esperanza. Eso salvaría los momentos difíciles que estaban
pasando, pensó ilusionada.
No quería decirle nada hasta que el médico se lo confirmara.
Sin poder aguantar el deseo de saberse embarazada, fue a la farmacia y adquirió
un test de embarazo, orinó en el frasquito, metió aquella barrita de dos
casillas y, en una de ellas, dos líneas rosas le confirmó la sospecha Llamó al
Ambulatorio y pidió consulta con su ginecólogo. Ocho días después, con el
análisis positivo delante y ratificado por la doctora esperó a su marido
ilusionada, viendo ya la alegría tan grande que le iba a dar.
Llegó el hombre de la casa huraño, para no perder la
costumbre. Eso a Olga Asunción no le importó ese día, llevaba un papel de la
mano y cuando quiso hablarle él se adelantó.
-Prepárate para esta tarde cuando llegue de trabajar, un
compañero celebra el aniversario de su boda y nos ha invitado a su casa. Quiero
que estés lista pa…
-Tengo una gran noticia para ti, cariño –Y se dirigía con el
análisis en la mano cuando el hombre se volvió con tal rapidez y una violencia
tan grande que no le dio tiempo a Olga Asunción de darse cuenta de ello y
esquivar la mano que se había levantado rauda contra su persona.
Sonó como un trallazo seco, duro y feo. Un fogonazo blanco
azulado muy resplandeciente rodeó todo su rostro. Se dio cuenta que giraba en
redondo pero no se enteró que caía al suelo hasta que sus huesos dieron con la
dura superficie.
-¡Maldita mujer ésta! ¡Haber si te enteras que cuando yo
hablo tú te callas! ¿Me has entendido, estúpida de mierda? –estando tirada en el
suelo, la cogió por los cabellos de la cabeza con tanta fuerza que la levantó en
vilo. Antes que pudiera reaccionar de aquella gran bofetada una oleada de ellas
se dejó sentir en su cara. También fueron golpes en los brazos, pecho. Y
continuaba la agresión.
Por instinto femenino se cubrió el estómago con sus brazos y
manos dejando el resto libre a los golpes que no cesaban. Se cubrió como pudo y
logró salirse de las garras de él y, a gatas, corrió hacia un lugar donde
protegerse. Una patada en los glúteos la deslizó literalmente contra la pared
como si estuviera en una pista de hielo, y allí dio, con la cabeza, un tremendo
golpe que la paró en seco. No perdió el conocimiento de momento, con los ojos
semicerrados y los brazos volviendo a cubrir la barriga vio, entre cortinas de
lágrimas, como el matón venía corriendo hacia ella, se paró de inmediato,
levantó la pierna y… No llegó a descargarla porque la paró a mitad de camino.
Olga Asunción no hizo movimiento alguno, no se mostró consciente y eso la salvó
del patadón. Aprendió una cosa en ese momento que haciéndose la desmayada él
cesaba. Más adelante comprobó que no siempre era así, pero dejaba momentos de
respiro, de dolores físicos y del alma, de un auténtico terror bajo el dominio
de la bestia.
La dejó allí tendida, sin preocuparse de su estado y, poco
después, se marchó con un sonoro portazo como hacia siempre. Esperó un buen rato
en aquella posición y, al ver que no regresaba, se puso en pie con trabajo, se
adecentó todo lo bien que pudo y, vestida y machacada como estaba, salió
corriendo de la casa hacia el hogar paterno.
Cuando sus progenitores la vieron en semejante estado no
podían creer lo que veían delante de sus narices y enmudecieron de estupor. No
sabían lo ocurrido ni comprendían pero también se dieron cuenta al instante que
no tenían elementos suficientes como para afrontar el problema que se le
presentaba. En principio dieron a entender que la culpa de todo la tenía ella,
sus padres y los dos hermanos la recriminaron, si no duramente sí con visos de
severidad. Ella no entendía nada y cayó en un estado de desesperación tan grande
que comenzó a llorar a moco tendido y a gritar su amargura. Se levantaba del
asiento brincando más que paseaba con desespero por el salón, daba fuertes
golpes contra los muebles y la pared; pedía comprensión a todos para que la
dejaran hablar hasta el final. Sólo el padre tomó conciencia del horror que
padecía su hija, se acercó a ella, la tomó entre sus brazos, besó intensamente
los cabellos, la frente y la sentó sobre sus rodillas con él en el sofá. Pidió
silencio a todos con un gesto rotundo y dejó que la muchacha explicara todo lo
sucedido.
Tres horas después se reunían la familia de él y de ella en
consejo familiar.
Casi en tromba llegaron los familiares del maltratador,
primero los padres, mujer y hombre aun jóvenes y, cinco minutos después, la hija
menor, Terele. Los tres quedaron atónitos ante el espectáculo grotesco que
presentaba Olga Asunción. La suegra, en un impulso materno que iba más allá, la
abrazó pero acto seguido la soltó como a una apestada dudando de lo tenía ante
ella.
-¿Tú que le hiciste antes a mi hijo para que él, como dices,
te hiciera esto? –Y un rictus feo, despreciable, apareció en la boca de la
mujer. El marido de ella asintió con la cabeza. Terele miró a su madre
asombrada.
-¡Mamá, mamá! ¿Y tú, precisamente, dices que fue lo que hizo
mi hermano a Olga? ¿Tú, mamá que has recib…?
-¡Cállate, Terele, cállate! ¡Tú aquí eres una espectadora, un
moco pegado! ¡No tienes arte ni parte! ¡Y sí, lo digo porque sé que mi hijo no
es tan canalla como para hacerle esto a su mujer! ¡Si es así, si lo ha hecho ha
sido por fuerza mayor, porque ella lo insultó tremendamente en su hombría y le
indujo a perder los estribos!
-Petra –Dijo Juan, padre de Olga Asunción, tragándose la
rabia que tenía escuchando a su consuegra –Parece mentiras que digas eso. Este
horror lo conoces tú muy bien, lo has padecido. Pedro, aquí presente, te ha dado
muchas palizas, no lo niegues ¿Y ahora quieres defender a otro sinvergüenza como
tu marido?
Y Juan iba subiendo la voz más y más a medida que hablaba.
Pedro se interpuso delante de su mujer y se enfrentó al padre de su nuera.
-¡Cabrón de mierda! ¡Te atreves a decir calumnias porque
estás en tu casa! ¡Vamos a la calle los dos y dímelas allí, hijo de puta!
-Mira, Pedro, "Media Picha" –comentó Juan socarronamente,
enfrentándose rostro con rostro a su consuegro- déjate de bravuconerías conmigo.
Vamos a hacer abuelos los cuatro y tu hijo ni siquiera lo sabe porque se dedicó
a vapulear a mi hija. Su madre y yo tomaremos medidas contra ese mal parido. Las
pruebas son evidentes ¿No? Pues a ellas nos remitiremos.
Terele, acallada enérgicamente por su madre, espantada ante
el tremendo cuadro de violencia de género que tenía delante se echó a llorar
amargamente. Todo lo dicho en ese momento era la pura verdad, lo que advertía en
su cuñada lo había visto en la persona de su madre muchas veces. Ella y su
hermano habían sido víctimas de un padre avasallador y alcohólico que no pegaba
a su mujer tan solo, sus hijos probaron muchas veces la dura hebilla metálica
del cinturón sobre sus lomos infantiles y sin piedad alguna.
Pero, de pronto rió, rió fuertemente, sin poderse contener,
con una carcajada hueca y fea.
Escuchó de boca de Juan aquello de "Media Picha" y no podía
contenerse en su espantosa risa ¡Así que era del dominio público el secreto
mejor guardado de su padre! No le cupo duda de quien era la boca de donde había
salido el secreto tan guardado: la de su madre a sus amigas del alma y de éstas
a sus maridos que luego, entre copas, chistes y chismes pues...
Ella fue testigo de que su padre, berreando como un animal
acorralado en la cama, blandía un trozo de carne redondo cubierto de sangre ante
su madre. La esposa, por el contrario lo miraba con odio y un aire de auténtico
triunfo en el rostro pero acompañado de un miedo que la tenía paralizada.
Aquella tarde su padre, como era costumbre en él, vino borracho y, nada más
entrar, sin mediar palabra, la tomó a puñetazos limpio con su mujer. Nunca supo
que fue lo que ocurrió o porqué aquel arranque de valentía de su madre, el caso
es que ella, después del baño para quitarse la sangre que corría por su rostro
farfullaba algo para sí todo el tiempo que permanecieron los niños despiertos y
a su lado.
Los gritos paternos despertaron a los dos hermanos y ella,
más valiente, se acercó corriendo al dormitorio y fue cuando presenció la
dantesca escena. Su madre blandía unas tijeras de podar con huellas de sangre y
gotas cayendo sobre la cama y el suelo. Su padre se miraba las entrepiernas y
cogía algo de la cama, lo llevaba ante sus narices y volvía a berrear como el
energúmeno que era. Su esposa le había cortado su picha.
Parece ser que ella aprovechó que el marido estaba durmiendo
profundamente la borrachera y, bajándole los pantalones y el calzoncillo, porque
hasta en eso era un inútil, se había acostado vestido y, abriendo las tijeras
fue a cortar el pene frígido y pequeño del hombre. Él no debía de estar tan
profundamente dormido y sintió como lo desnudaban. Eso lo salvó de quedar capado
por su esposa. Incorporándose torpemente y doblándose a un lado evitó que la
esposa llegara a conseguir su propósito y sólo le cortó la mitad del pene porque
éste y los escrotos se encontraban ya en medio de las dos hojas que se cerraban.
Detrás de ella oyó un grito agónico. Miró atrás y comprobó
como su hermano, tapándose sus partes, se había orinado al comprender lo que
estaba viendo. El chico, haciendo arcadas, corrió a la habitación y se escondió
debajo de la cama, devolviendo y llorando a mares.
Nunca más su padre atentó contra su mujer ni pegó a sus
hijos. Es más, dejaron de dormir juntos y sólo se soportaban en sociedad. Desde
aquella madrugada de victoria, la esposa tomó el mando en plaza. Él hombre bebía
más que nunca y ella se desentendió totalmente de su marido dedicándose en
cuerpo y alma a los dos hijos.
Ahora de nuevo la historia se repetía en la persona de su
hermano, de aquel cobarde y asustadizo llorón que se metió debajo de su cama.
El "valiente" evitó encuentros con los familiares de Olga
Asunción y se enteró por su madre que iba a ser padre llenándose de rabia y
coraje. Despotricó contra su esposa y se confesó inocente de lo ocurrido. Terele
le recriminaba su aptitud y le dijo que era el vivo retrato del padre de ambos y
añadió que se avergonzaba de ser su hermana. La madre era la única que guardaba
la espalda al hijo y el progenitor, indiferente, asentía con la cabeza a todo,
sin dar importancia a unos hechos que en ese momento era una pequeña bola de
hielo pero que con el paso del tiempo se iría convirtiendo en una gran bola de
nieve. Éste, cobarde como todos los maltratadores, pidió que la madre
intercediera ante su esposa. En aquella época, Olga Asunción aún quería mucho a
su marido a pesar de todo. Era joven, apasionada, llena de ilusiones aún sin
madurar ni con la suficiente experiencia como para prever un futuro incierto. Lo
perdonó en contra de la opinión de sus padres, sus hermanos y la propia cuñada a
la que tanto quería.
Y pareció que todo se arregló y la pareja gozó de buena
armonía durante todo el embarazo de Olga Asunción. Hicieron los ejercicios
preparatorios al parto juntos y él asistió al nacimiento de Julito y la bonanza
matrimonial pareció que seguía en alza. Sin embargo, cuando regresaron del
hospital a casa, él solicitó a su esposa aquella noche alegando que llevaba dos
meses sin echar un polvo por la puta barriga tan picuda y enorme que se le
formó. Ella se negó con rotundidad y a punto estuvo de padecer una vez más las
sacudidas violentas de su marido si el bebé, que esos momentos lloraba asustado
o por hambre, no lo hubiera interrumpido. Pero Olga Asunción se vio obligada dos
días más tarde a realizar coito violento con su esposo.
Dos golpes certeros en la barbilla hicieron que Olga Asunción
perdiera por unos momentos el sentido y, cuando lo recobró, se encontró con las
piernas abiertas y a él encima poseyéndola. No respetó el puerperio, no respetó
a la madre de su hijo y casi la violó literalmente. Dentro de este periodo de
post parto, dando de mamar al bebé, la mujer volvió a quedar embarazada. Olga
Asunción lloró mucho al darse cuenta que su primera regla no le venía después de
la cuarentena. Hacía días que se encontraba "rara", sin ganas de comer, haciendo
asco a todo bocado, obligándose a tomar agua, leche y comer porque Julito seguía
exigiéndole el pecho. Y otra vez volvió a sentirse mal, desilusionada, temerosa
de aquella sospecha que sabía era una realidad, temerosa de decírselo a él,
sintiendo vergüenza de que su familia y la de su marido supiera que volvía a
estar en cinta al poco tiempo de haber tenido a la criatura. Y calló el
acontecimiento por un tiempo en el que no se dejaba ver hasta que el bebé, con
seis meses, enfermó de bronquiolitis.
En los años siguientes hubo otras reconciliaciones entre
ellos. Nació, como ocurre en estos casos, el principio de culpabilidad en la
mujer de todo lo malo que ocurría en la pareja.
-A veces, Terele, soy estúpida, tonta, me olvido de las cosas
más nimias y, claro, él, hombre de calle, que viene de todo cuando yo voy e
impetuoso, pierde los estribos y me lo hace recordar, a veces con algunas
palmaditas en la espalda sin importancia. Tu hermano me quiere, cuñada, lo sé y,
cuando todo pasa, me lo hace ver con su razonamiento lógicos.
De las bofetadas y malas palabras, tanto en privado como en
público, vinieron los golpes por todo el cuerpo en forma de palizas, siempre
ocasionándolos en zonas nada visibles. El maltratador sabía lo que estaba
haciendo y se encontraba valiente y perspicaz estando a solas con ella. Olga
Asunción se hundía, día a día, en una espiral de síndrome de Estocolmo que ella
misma no lograba comprender, en la disciplina del embrutecimiento que enseñaba
las continuas palizas, las vejaciones, los insultos diarios que ya ella se creía
a pie juntillas. Una de las tundas recibida la dejó sin conocimiento y tendida
en el suelo, abandonada sin piedad. Fue la primera vez que la joven, llenándose
de valor, dio a conocer el horror en el que vivía ante una mujer policía del
Cuerpo Nacional, especializada en este tipo de conductas. Cuando ocurrió todo
eso se encontraba ingresada, por varios días, en el mismo hospital donde tenía
un historial médico de los maltratos recibidos y que valió mucho a la abogada
que llevó el caso.
Ya no era Olga Asunción solamente el efecto discordante,
ahora comenzaba a molestar también los niños. No había seres pequeños tan
queridos para él como sus hijos, decía con la boca llena a sus amistades. Sin
embargo, se dedicaba a ellos los fines de semana tan solo. Los sacaba aquí y
allá, les compraba chuches, muchos chuches y poca comida, si acaso un hot dog o
una hamburguesa de Mc Donald. Ni las golosinas ni el Mc Donald eran alimentos
adecuados para los críos. Un día vio a Julito jugando con la pequeña muñeca de
su hija Miriam y se volvió loco. Tomó al niño sin piedad por un brazo, como si
fuera un muñeco de trapo, le daba una soberana paliza mientras señalaba la
muñeca y gritaba al hijo
-¡Eso no es cosa de niños sino de maricones! ¡Los niños
juegan al fútbol, con las pistolas o a darse trompadas con los otros niños!
La joven madre se puso por medio y recibió peor trato que la
criatura.
-¡Tú tienes la culpa, mujer, de que mi hijo se convierta en
un maricón! ¡Mimitos, mimitos! ¡Un niño es un hombre en pequeño! ¿Es que no lo
sabes, ignorante? ¡Claro, sois mujeres, no se puede esperar nada de vuestros
putos cerebros secos! –Las bofetadas y golpes caían a raudales sobre la cara y
el cuerpo de Olga Asunción que solo se cubría el rostro para que no se lo vieran
destrozado al salir de casa -¡A mi hijo no lo vas a convertir en un mariquita,
puñetera de mierda!
Desde entonces, los hijos para él dejaron de interesarles.
Ahora le molestaban y, por quítame allá esa paja los castigaba. En principios
espantadas, más tarde tortas fuertes en los culetes y por último palizas por
esto o aquello. De día en día se hacía insoportable la convivencia en el hogar.
Olga Asunción transigía con las palizas que le propinaba casi todos los días
pero no pasaba por los maltratos a los niños. Y la guerra se desató.
A Julito lo tenía muy vigilado y entre ojos, a la primera de
cambio la descargaba con el niño y éste le tomó tal terror a su padre que
procuraba no dejarse ver cuando llegaba a casa. Cierto es que el chico no tenía
costumbres masculinas, los gestos eran algo amanerados, le gustaba retozar con
los juguetes de su hermana y nunca tocaba los suyos. Hacía comentarios
admirativos a la lencería de su madre e indicaba que le quedaba mejor de esta
forma o de la otra manera. A Olga Asunción le parecía la conducta del chico
normal, estaba creciendo y de día en día tenía cambios hormonales, sin embargo,
era peligrosa la actitud infantil y le decía que no se atreviera a hacer esos
comentarios delante de su padre o ambos pagarían las consecuencias.
Un día, jugando los dos hermanos, el padre llegó temprano a
casa y encontró a Julito vistiendo un traje de su hermana y jugando a "las
casitas" En el momento en que el jefe de la familia se disponía a reventar a
golpes a su hijo, dándole trompadas y patadas mientras lo arrimaba contra la
pared, llegó Olga Asunción. Se volvió loca ante semejante escena y corriendo
como una desesperada a la cocina tomó un sartén enfrentándose al monstruo que
estaba de espalda. Sin más la tomó a sartenazos limpio dándole por donde lo
cogía y no parando hasta dejarlo mal herido, inconsciente, sangrando a
borbotones por la cabeza, la nariz, la frente y con los ojos semiabiertos. El
niño estaba desmayado y maltrecho en el suelo, ensangrentado, con un ojo
amoratado y con la boca desencajada por el golpe brutal en la barbilla. Lo tomó
en brazos, lo zarandeó para reanimarlo y el chico no respondió. En un estado de
desesperación, pidiendo socorro a voz en cuello desde la casa, Olga Asunción
salió a la calle gritando más que pidiendo ayuda.
-¡Un médico, un médico! ¡Socoooorro, ayúdenme, por favor!
El niño se pasó quince días ingresado en la UVI. del hospital
de la Seguridad Social. Fue entonces cuando la mujer decidió denunciar en firme
al hombre que era su marido y padre de sus hijos y sin omitir la agresión al
hombre. Ante los hechos demostrados, una jueza dictó sentencia favorable a la
madre de los niños quitándole la custodia al padre, sin derecho a visitarlos, un
alejamiento de éste sobre las criaturas de más de quinientos metros y por un
tiempo no inferior a cinco años ni superior a éste.
Como ocurre siempre en estos casos, el hombre tuvo derecho a
la apelación y se mostró en la vista arrepentido y aterrado de haber atentado
contra su hijo, el único varón que el matrimonio tenía. Lo había visto vestido
de niña y, se puso a llorar amargamente, no soportó la visión. No volvería a
ocurrir. Estaba dispuesto a ser controlado por las autoridades. Olga Asunción no
quería volver por miedo pero las presiones por parte de la familia del cónyuge,
no de la cuñada que se oponía a la reconciliación que se estaba pidiendo, el
llanto de la madre de éste suplicándole y los arrebatos encorajinados de los
hermanos contra el maltratador, no pasaba con regularidad la pensión y ellos,
claro, se veían obligados a contribuir con ayudas a su hermana y los hijos. Todo
esto lo veía claramente Olga Asunción y la obligaron volver a unirse al marido.
Habían pasado ocho meses de la afrenta.
-Olga –Le dijo cuando ella le comunicó que volverían a estar
todos juntos- Te amo, te amo como no te puedes dar una idea. Sé que no soy bueno
a veces, que pierdo los estribos pero… es que te quiero tanto que muchas veces,
te lo juro, me parece que me vas a dejar por otro y… Te mato antes de que seas
de nadie y luego me mato yo ¡Te lo juro por esta! –Y besaba el dedo gordo de su
mano derecha.
-Olga, te lo pronostico, tú has de acabar mal con este
canalla tarde o temprano. No vuelvas, por favor –El rostro de Terele eras la
viva expresión de una tragedia anunciada
Y fue una premonición que no tardó dos años en llegar.
Como era habitual, los primeros meses fueron de buenos deseos
para con ella y los hijos, aunque a Julito lo tenía apartado. Salían de paseo
él, Olga Asunción y los niños los sábados y domingos por la tarde y todo
marchaba relativamente bien. No siempre, pero en varias ocasiones la sacaba por
la noche a bailar y volvían a casa, él bramando celos por todos los poros y ella
dando disculpas donde no las habían, pero el miedo estaba ya arraigado en su
alma. Pero no hay dos sin tres y el aburrimiento de la convivencia, según
comentaba en su círculo de amistades íntimas, las borracheras y las mujeres
volvieron a dar al traste con esos deseos de falsas promesas.
Aquel mediodía del 15 de agosto, pasaría a engrosar, horas
después, los archivos de las crónicas de suceso de los periódicos. Olga Asunción
se encontraba restaurando un abrigo negro de invierno. Había visto una revista
de moda sobre estas prendas y vio uno con el corte parecido al suyo y con
ciertas diferencias susceptibles de modificar y que podía realizar en el viejo
gabán. Había hecho, para la cena, paella de marisco como le gustaba a él, la
mesa estaba adornada y todo dispuesto. Tenía que comunicarle que estaba
nuevamente embarazada de tres meses. No sabía la reacción del marido y temía lo
peor. Estaba nerviosa, tuvo sensaciones extrañas durante la mañana que la
turbaron y se había pinchado, varias veces, con la aguja en el dedo corazón de
la mano izquierda. Y llegó el padre de familia.
Besó rápidamente a su mujer, tomó en brazos a Miriam y a
Julito apenas si le rozó la cara con indiferencia.
-¡Niños, a comer! Vuestro padre ha de dormir un poco porque
se va a trabajar esta noche. Olga, sirve ya.
Olga Asunción se levantó presta, dejó las tijeras sobre el
neceser, fue a la cocina y comenzó a servirle el plato humeante de la paella que
tanto le gustaba.
-¿Paella otra vez, Olga? –Dijo mascando las palabras
-Hace tiempo que no hago este plato, hombre –Y comenzó a
ponerse en guardia, temió lo peor y no se equivocó.
-¡Pero es que yo comí ayer paella de marisco en la casa de
mis padres! Hazme otra cosa, Olga, no quiero esto –Movía la cabeza de un lado a
otro con fastidio
Olga Asunción quedó dolida ante el desprecio a su buen hacer
y, secamente, respondió
-Pues no hay otra cosa, paella y repetir más paella. Esto…
tengo que darte una noticia que no sé si te gustará –Y se quedó mirando
fijamente al marido
-¿Qué coño pasa ahora, Olga? –Se le veía contenido, lleno de
rabia, a punto de explotar.
-Estoy otra vez embarazada.
El hombre se levantó como por ensalmo de la mesa, dio un
fuerte puñetazo en la mesa que se estremeció y espetó casi escupiendo en la cara
de su mujer.
-¡Joder, Olga, joder! ¡Eres única para alegrar un almuerzo!
¿Embarazada nuevamente? ¿De quién es, puñetera?
-¡De ti, hombre, de ti! ¡La última vez que estuvimos juntos
hace tres meses! ¿No te acuerdas?
-¡Mierda, mierda, mierda! ¡Me cago en la puta coneja ésta! –Y
fue tal la rabia que se le despertó que, tomó el borde de la mesa por su parte,
la volteó hacia arriba formándose un gran estruendo al caer al suelo el mueble y
todo lo que había en él. Olga Asunción retrocedió espantada y los niños
corrieron raudos hacia una esquina del comedor y se abrazaron, observaban la
escena con ojos espantados. Conocía las reacciones paternas y les causaban
terror.
-¡Dioooooooss! ¡Tengo que acabar con esta puta familia o ella
acabará conmigo!
Estaba transfigurado, lleno de una ira infinita. Miró a su
esposa con odio desmedido y se dirigió a ella, la tomó por el cabello y le dio
dos fuertes puñetazos en pleno estómago hundiéndolos en él e hizo que la mujer
diera un horrible grito que a él mismo lo asustó. Pero no paró ahí y, repuesto
ya, dispuesto a todo, lanzó una patada al mismísimo centro de la barriga de su
mujer
Olga Asunción tuvo la impresión que todo el edificio se le
venía encima. Un golpe de sangre inundó su garganta y creyó que sus entrañas se
esparcían por todo su cuerpo. De pronto un sudor frío la recorrió entera y
comenzó a sentirse mal. Pero lo que más la inundó de pavor fue sentir un llanto
angustioso y aterrador de un bebé allá a lo lejos y que se apagaba por momentos.
Supo de inmediato que aquel hombre había matado a su propio hijo en un arranque
de animadversión que no tenía sentido.
Los dos tremendos puñetazos la habían dejado doblada y de
esta forma permaneció un buen rato, cogiéndose el estómago, sintiendo como la
sangre le subía por la tráquea y el gusto a ella le llegaba a la laringe y las
vesículas gustativas. Cerró la boca para no vomitarla, un órgano maravilloso que
hasta no hacía un minuto había sido la sabia, la vida del feto que llevaba en su
vientre y que ahora estaba destrozado como ella. Entre nubes de vapor rojo, Olga
Asunción vio como aquel asesino se alejaba con pasos largo hacia la terraza y
salía con una garrafa de cinco litros que contenía un líquido amarillento que
conoció al instante. Comenzaba a sentirse mal y sabía que iba a desmayarse de un
momento a otro pero antes de que sucediera eso tenía que ver que iba a hacer
aquel hombre y si se metía con los niños y aguantó con una fuerza más allá de lo
humano.
Observó, con la vista casi nublada, como su marido empezaba a
rociar el salón con aquel líquido y salpicaba a los niños intencionadamente. El
olor fuerte a gasolina le llegó a unas fauces que estaban congestionadas por el
olor y sabor a sangre que empezaba a brotar por sus fosas nasales. Y supo
inmediatamente lo que iba a ocurrir.
Estaba cerca del neceser donde estaban las tijeras abiertas.
Las cogió todo lo rápida que pudo antes de que se diera cuenta aquella bestia.
Quería poner atención a lo que decía pero se había quedado sorda y muda ante el
inmenso dolor que la embargaba. El hombre se acercaba de espalda a ella, siempre
derramando líquido en el suelo y se iba acercando lentamente, paso a paso.
Dentro de la agonía que la embarbaba supo que la iba a rociarla también y
esperó. No sabía si iba a tener fuerza pero sus hijos había que salvarlos a
costa de su propia vida y aquel ser depravado quedó justo donde ella quería.
Olga Asunción se enderezo como pudo, levantó los dos brazos
empuñando el mango de las tijeras y con una fuerza inaudita, desconocida tal
como se encontraba, las clavó hasta la empuñadura en la espalda del su marido.
No se quedó ahí, la sacó y la volvió a clavar más a la izquierda del hombre, por
el lado opuesto al corazón, una y otra vez y otra más. El hombre bramó
terriblemente, soltó la garrafa que tenía entre las manos y se giró como pudo
hacia su mujer con los brazos en alto. Olga Asunción no esperó a reacciones
alguna, ya tenía los brazos en el aire y con un certero golpe metió nuevamente
las tijeras, esta vez en el corazón del cónyuge y éste, que empezaba a bajarlos,
la miraba con ojos que se le salían de las órbitas y comenzó a deslizarse
lentamente cayendo al suelo de lado, encogiéndose y bañándose con la gasolina
que salía del gran botellón y se teñía de su propia sangre que brotaba de sus
heridas. La bestia inmunda quedó quieta, inmovilizada.
No esperó a saber más él. Haciendo un esfuerzo sobrehumano,
tambaleándose mientras caminaba, Olga Asunción se dirigió a sus hijos y, sin
decirles nada les indicó con señas que se fueran a su habitación y se encerraran
allí. Tan sólo se acordó de Terele y la llamó contándole a trompicones lo que
había sucedido, escupiendo grandes borbotones de sangre cuando hablaba.
-¡No hagas eso, Olga, no lo hagas! ¡Espérame…!
-Salvaré a mis hijos si voy a la policía y lo cuento todo. –Y
colgó el auricular.
La joven, segura ya de que los pequeños estaban a salvo tomó
el abrigo que estaba arreglando y se lo colocó con mil trabajos. Tenía que salir
e ir a comisaría, dar cuenta de lo que había echo y salvar a sus dos hijos.
Sabía que no le quedaba mucho tiempo de estar consciente o de seguir viva y
salio dando tumbos de un lado a otro, abriendo los ojos desmesuradamente porque
la vista no le respondía, pensando en los niños para que no la venciera aquel
tremendo dolor y los temblores inmensos que la sacudían dentro del abrigo.
Y llega al último tramo de la vía y divisa muy cerca el
tríptico letrero luminoso que decía "Policía". Dentro de su estado el corazón,
que empezaba a latir muy quedamente, se revoluciona un poco y con ese ánimo Olga
Asunción llega a las escalinatas de la comisaría, tambaleándose ostensiblemente,
dejando un tremendo rastro de sangre detrás de ella, cayendo, al cabo de sus
fuerzas, de rodillas y levantando un brazo para llamar la atención del agente
que estaba de plantón ante la puerta de la Comisaría y que corría hacia ella.
-¡Señora, señora! –La tomaba entre sus brazos
-Ayuda…, ayuda… He matado a mi marido… Quería quemar a mis…
mis hijos
Antes de caer en aquel pozo profundo, negro, silencioso y
lleno de tranquilidad, Olga Asunción vio, con la vista casi perdida, como el
policía vociferaba a otros compañeros pidiendo auxilio. Entonces sí, Olga
Asunción abrió la boca, queriendo sonreír de alegría, y una oleada tremenda de
sangre negruzca y maloliente salió de ella provocando un pequeño charco de
coágulos rojos negruscos en la acera y que alcanzó al agente. Vio como todo lo
que tenía delante iba oscureciéndose, quedando en blanco y negro, desapareciendo
a medida que las fuerzas la abandonaban y se vio cayendo… cayendo… cayendo
lentamente, muy lentamente… hacia aquel centro del abismo que parecía el
infinito.
Antes que la luz de su vida se apagara de golpe vio con
diáfana nitidez las caritas de Julito y Miriam a salvo de la maldad que
conocieron desde que habían nacido.