"El fotógrafo naturalista"
Me llamo Andy Adams y en mi dilatada experiencia como
fotógrafo y viajero nunca me había sucedido algo semejante como lo que me
ocurrió hace unos meses recogiendo imágenes en el Amazonas. Contraté un guía
aborigen que me condujese por aquellos parajes inhóspitos y no nos alejamos
demasiado de la civilización cuando ya tuve la suerte de encontrar maravillosos
paisajes. Me acerqué a un desfiladero para contemplar un enorme barranco por el
que un afluente formaba una catarata cuando en el fondo vi dos figuras que se
movían. Pensé que eran animales, pero utilizando el zoom, contemplé a dos
mujeres completamente desnudas. Observé y saqué fotos, porque la sensualidad de
aquella visión era espectacular. Sus cuerpos eran hermosos y me atrajeron como
el imán al acero. Fui aproximándome acompañado del guía que aún era más sigiloso
que yo en sus movimientos. Pronto oí las voces de las mujeres que entre ellas se
hablaban casi a gritos para salvar el estruendo del agua de la catarata;
perfectamente intuí que eran alemanas o austriacas por el idioma, que yo no
domino. El calor y la humedad son terribles en aquellas latitudes. Nadaban,
gozaban del agua y reían en su furtiva actitud. Lo mejor vino cuando se
retiraron sobre una roca lisa de la orilla y una se inclinó sobre la otra para
besarla en los labios. ¿Qué era aquello? ¿los compases de una relación lésbica?
Efectivamente, pronto se acariciaron mutuamente todos los rincones de cada uno
de sus cuerpos. Nunca había contemplado una escena lésbica y me propuse
disfrutar de aquella, aunque algo azorado por la presencia de Unagüi, el guía.
Él también miraba, pero mis órdenes le hacían permanecer silencioso y
expectante. ¡Dios, cómo ansiaba masturbarme! Acuciado por el deseo di la espalda
al indio y bajé mis bermudas para empezar a tocarme la polla con una mano,
mientras con otra continuaba haciendo fotos, que aún conservo. Las mujeres
disfrutaron por espacio de más de treinta minutos y yo también. Unagüi me imitó,
no sé si por excitación o por querer parecerse a mi. Así perdí el pudor y me
corrí, al igual que mi acompañante.

"El abuelo de Andy Adams"
Si elegí la fotografía para mi desarrollo personal y
profesional fue por mi abuelo, el primero de una generación de prestigiosos
fotógrafos, el magnífico Albert Adams.
Él me hizo coger la cámara por primera vez y cuando me
ofrecieron mi primer trabajo serio para una revista de ciencias naturales él me
dio unos consejos básicos. Recuerdo aquella conversación en la que cupo
preguntarle de cuál de sus fotos se sentía más orgulloso. No supo contestar de
cuál, pero si me enseñó la que le traía mejores recuerdos. Era una foto que él
tituló con un enunciado algo ramplón, pero en fin… Se titulaba "Ninfas del mar".
Mi abuelo me la enseñó y me pareció sin embargo una foto
bonita, lograda, en blanco y negro, con un juego de luces adecuado para la
cámara rudimentaria con la que contaba en aquel tiempo. El viejo fotógrafo me
fue explicando todos estos detalles minuciosamente, que como se comprenderá son
meramente técnicos. Finalmente pasó al plano temático, en fin, a lo que había en
la foto, la cual captaba el espíritu californiano de los años 40, con esas
chicas suspendidas en el aire, que serían probablemente bailarinas o atletas,
quizá nadadoras, dada su destreza física para realizar esa maniobra anatómica.

Mi abuelo me dijo que la segunda de ellas de delante a atrás,
o de derecha a izquierda, como se prefiera, era mi abuela, fallecida ya.
Comprendí entonces su añoranza y emotividad.
- Claro abuelo –le dije- Es tu foto preferida porque es el
día que conociste a la abuela ¿no es así?
- En parte si. Pero fue el día más feliz de mi vida no por
eso, porque podría haberla conocido en cualquier otra ocasión, sino porque
después de la sesión fotográfica me follé a esas siete mujeres.
Quedé sorprendido por la revelación de mi abuelo y más
sorprendido cuando me reveló los detalles. Nunca había oído fanfarronear a
Albert Adams, por lo que su historia me pareció veraz. Lo que me contó lo
categorizaba como un auténtico semental en su juventud. Allí, en la vieja
California, en los vestuarios de una maravillosa playa, el viejo de los Adams,
con veinticinco años de edad se folló una por una y en presencia de las demás a
las excitadas Cindy, Lorreine –mi abuela-, Susan, Natalie, Anne, Dolly y Connie.
Intentando emular a mi abuelo.
Mi abuelo, primer fotógrafo de la prestigiosa dinastía
artística de los Adams, me enseño una vieja instantánea tomada a unas jóvenes
atletas que realizaban un ejercicio sincronizado en una playa californiana. Lo
anecdótico de esa foto está en que después de tomarla se folló a las siete
jóvenes, entre ellas mi abuela. Quise no obstante confirmarlo y unos meses
después localicé a una de ellas, una anciana llamada Susas Stream, que me
recibió amablemente en su casa y a la cuál expliqué sutilmente el motivo de mi
visita. Recordó los viejos tiempos, llenos de placer y gusto por el deporte,
recordaba aún a mi abuela, Lorreine y recordó, como no a Albert. Su memoria era
prodigiosa y decididamente le pregunté por aquel famoso día. En efecto Susan
dijo que nunca había conocido a un hombre de la fortaleza sexual del viejo
Albert, y me relató punto por punto, detalle a detalle, lo que sucedió en el
interior de aquel vestuario. La vieja me animó a masturbarme si la historia me
excitaba, y admito haberlo hecho con algo de vergüenza por estar en presencia de
una venerable anciana.
Viajé a Paris en busca de siete chicas dispuestas a todo,
porque en USA ya hay una represión sexual muy fuerte. En París convoqué a seis
chicas, para empezar estaba bien. La excusa era una sesión fotográfica con sus
cuerpos pintados artísticamente por un decorador francés famoso.

De izquierda a derecha: Jacqueline, Monique, Zanetta,
Constance, Nausicaá e Inca.
Todo fue bien, al menos hasta la cama, donde disfruté con
cinco de ellas, pero a la sexta no pude satisfacerla. El récord de mi abuelo fue
imbatido. Por cierto, la sexta, a la que no pude follarme por falta de fuerzas,
la pelirroja Costance, es hoy en día mi esposa.
La desinhibición de Iosumba
Amo a mi esposa, la bella y hermosa pelirroja francesa
Costance, pero yo Andy Adams, representante de la tercera generación de los
prestigiosos fotógrafos Adams, he de viajar y experimentar mucho sobre la
fotografía artística.
Fui solo a Atenas, dejando a Costance en Manhattan. Quería
tomar fotos de la Acrópolis, pero sobre todo del Partenón, para un encargo de
una revista de arquitectura neoyorquina. Me instalé en un hotel de aspecto
tradicional y rural. Instantáneamente me prendé de una belleza negra, camarera
del hotel, que atendía mi habitación. Me dijo su nombre: Iosumba.
Era tímida pero hice todo lo posible por atraerla, hasta que
al final se enamoró de mí. Inmediatamente comenzamos una relación sexual
apasionada, como creo que jamás he vivido, y eso gracias a una particularidad
consistente en que Iosumba se empeñaba en tener mi pene metido en su boca buena
parte del tiempo. Creo que no hay nada que haga disfrutar más a un hombre.
Enamorada de mi fue fácil convencerla para que se dejase retratar desnuda,
porque su cuerpo era espectacular, aunque se avergonzaba y tapaba su rostro.
Hice varias fotos artísticas en blanco y negro de su cuerpo desnudo.

Lo nuestro duró apenas un mes. No había compromiso y le hice
sabedora de mi condición de casado. Al despedirnos Iosumba ya era una mujer
desinhibida totalmente y gracias a ello podría tener suerte como modelo en el
mundo de la moda, el cine o cualquier otra expresión artística.
Finalmente le pedí un favor que a cualquier mujer podría
haberle parecido extraño, pero ella accedió gustosamente, gracias como ya he
explicado a su pérdida del sentido del pudor. Se trataba de contratar a un buen
dibujante para que a carboncillo nos retratase mientras hacíamos el amor.
Encontré a un tal Tedendakis que hizo un buen trabajo, aunque no se cortó un
pelo en masturbarse mientras la bella Iosumba y yo follábamos.

El juego de los poetas
Cierto crítico de arte holandés, Van Beetham, habla de mí y
de mis fotografías auténticas maravillas, por lo que una vez que vino a
Manhattan, Costance y yo le invitamos a cenar, por lo que dijo sentirse muy
orgulloso de estar en casa de los Adams.
Hablamos de arte en una charla amena para los tres, en la que
Costance y nuestro invitado parecieron entonar muy bien. Van Beetham alabó sobre
todo mis fotografías de desnudos femeninos, aconsejándome que no me dedicase a
otras temáticas. Reímos, bebimos, somos amantes del arte, Costance se desnudó
como prueba de hermosura de hembra y los artistas estamos locos y ávidos de
nuevas sensaciones, ¿por qué no un trío? El holandés parecía experto en aquello
y Costance, francesa, se dejaba llevar. Yo soy americano, también serví en la
marina, soy un hombre, ¿estaba bien compartir a mi mujer con otro? Para que
pensar tanto si mi esposa ya le estaba practicando una felación al crítico de
arte. Me desnudé y entré en el juego. Costance estaba mojada como dejó patente
su coño al pasar por allí la palma de mi mano. Hundí como pude mi boca en el
sexo de mi esposa, cuando oí un ¡Aaauuurggghhhh! ahogado que evidenciaba la
corrida de Van Beetham. Constance se tragó su semen y eso me enfureció, pero no
había otro modo de demostrar mi rabia que penetrándola desde atrás. Entonces
clavé mi estoque en su llaga húmeda y deliciosa hasta llegar los dos al orgasmo.
No recuerdo bien que ocurrió entre nosotros tres después porque yo estaba
demasiado borracho, además de ebrio de emociones. Creo que me quedé dormido en
el comedor y mi mujer y el invitado se fueron al dormitorio a seguir
divirtiéndose, al menos así los encontré a los dos a la mañana siguiente,
desnudos y abrazados sobre mi cama.
Van Beetham trató de calmarme del ataque de cuernos
sugiriéndome que fuésemos a visitarlo a Ámsterdam en primavera, cosa que
Costance y yo hicimos. La relación tempestuosa entre el holandés y mi mujer
continuó allí, aunque intenté no darle importancia. Una noche vino a casa de Van
Beetham una chica llamada Amor. Cenamos los cuatro y todo acabó en una orgía.
Fue muy excitante, porque el cabrón holandés lo empezó todo, metiéndole mano a
Amor y desnudándola ante mí y Costance. Ver a aquella mujer desnuda y a Van
Beetham que ya le estaba acariciando las tetas a Costance me hizo actuar de
nuevo con frenesí y rabia, por lo que follé violentamente con la joven en
presencia de los otros dos, que también lo hacían. Posteriormente dormí junto a
Amor y por la mañana temprano desperté junto a ella, que yacía desnuda. La
fotografié maravillado y no pude sustraerme a la tentación de escribir el primer
poema de mi vida.
