MISTERIO ROCKERO (2)
Un hombre enigmático aparece en el
escenario ayudando a vivir la inolvidable primera vez. El supuesto misterio
rockero empieza a desenredarse.
Vi a Cristian en la
parada del bús. ¡Por fin! El corazón me dio un vuelco. La elegancia de siempre,
un porte soberbio, un halo de aislamiento. Un cisne solitario flotando en un
estanque cubierto de hojas otoñales. Un príncipe helado. Tuve que viajar muy
lejos para averiguar eso: la magia que buscaba no estaba en ninguna isla, sino
en mi barrio.
-
Hola, Cristian.
-
¿Chila? ¡Vaya sorpresa! No esperaba volver a verte. Pensé que te
quedarías con el hombre de tus sueños.
El camuflaje de estatua no servía de nada.
Saltaba a la vista que mi presencia le infundía vergüenza, vulnerabilidad,
complejos… El deseo reprimido sembraba tensión en su cuerpo musculoso, hacía
bailar los pómulos, nublaba los ojos azules, teñía de carmesí la piel más
transparente que el cristal. Esos síntomas derramaron bálsamo sobre mis heridas
recientes.
-
Los fantasmas regresan en el caso de que no los entendemos del todo. Una
vez aclarada la causa de su influencia, se van al fondo del armario junto con
viejos juguetes.
Un relámpago de emoción recorrió cada
partícula suya. Supe tocar la fibra sensible.
-
¿Subimos? – preguntó con sus habituales entonaciones caballerescas
indicando en la dirección del vehículo.
-
No. Nos vamos de aquí, - me agarré de su brazo y le insté a doblar la
esquina. De hecho, estaba igualmente desconcertada que Cristian. ¿De dónde pude
sacar tanta valentía? No sé, quizá el velo de terquedad y ofuscación se rompiera
sin dejar más que la seguridad transcendental: debía ser Él, ni Emilio, ni Pepe,
ni otros personajes de mi pasado. La brujería gitana, inserta en mi código
genético, afloró con fuerza. Se trataba de la situación “it’s now or never” de
Elvis Preslie.
-
¿Adónde?
Llevé mi dedo índice a sus labios seductores y
le rogué con la mirada que se callara de momento. Captó el mensaje. Su mano
izquierda apretó la mía mientras que la derecha me abrazó tímidamente por la
cintura. La gente chismosa susurraba a nuestras espaldas. Cristian, un
presentador y actor de cine famosísimo, se pegó a una jovencita rubia,
encandilado y radiante. ¡A las ocho de la mañana! ¡Qué escándalo! Sonreí al
darme cuenta de que a nivel inconsciente estaba imitando a la protagonista de la
película “Amelie” que omitió las palabras innecesarias y pasó directa a la
acción con su amado. A diferencia de ella yo era virgen, pero ni siquiera me
acordé de mi experiencia nula. Temblaba de ganas de ahogarme en el calor de
Cristian, llegar al puerto de verdad, eliminar la carroña de un misterio falso
que convirtió los últimos años de mi vida en un puñado de harapos.
El héroe raptado
intentó hablar en mi apartamento obligándome a recurrir al lenguaje de besos. Mi
boca, un muguete frágil al principio, se transformó en una orquídea omnívora
cuando comprobé que los contornos de nuestros labios se unían en un dibujo
perfecto, creados exclusivamente con este objetivo. Bebía de un cáliz insondable
que contenía el batido de hadas – cariño, lujuria, explosiones espontáneas,
pausas lánguidas, chisporroteo de espera de unas caricias más atrevidas. Y así
podría libar hasta el final de los tiempos y la extinción de todas las
estrellas. Ya me tenía al punto de caramelo y tan sólo estábamos empezando.
Me aparté un poco
analizando cuántas prendas llevaba y cuánto tiempo se requería para quitarlas y
alcanzar su cuerpo desnudo que me había enloquecido desde siempre. Cristian
solía vestir impecable, todo un “dandy” inglés. Por cierto, se atenía a tres
principios fundamentales de los dandies: 1) abstenerse de mostrar asombro; 2)
impresionar con acciones y palabras extravagantes guardando la impasibilidad
absoluta; 3) alejarse en cuanto el impacto se haya producido. Un traje beige y
una camisa color aceituna acentuaban el alabastro de sus mejillas, el azabache
de su pelo y el celeste de sus ojos. Usaba mi fragancia favorita – brisa marina
con un toque de limón – una síntesis que me ponía a cien por definición. Noté
que pensaba algo semejante. Su mirada reducía a cenizas mi falda vaquera, mi
blusa ceñida con botones de madreperla, mi sujetador que se traslucía debajo de
la tela (un matiz sugerente, entre rosa y albaricoque). La estela exquisita de
“J’adore” que emanaba de
mí echaba más leña al fuego. Incapaz de resistirse, desabrochó el primer botón,
admiró las líneas de mi cuello y siguió desenganchando las madreperlas con la
ayuda de sus dientes. Se detuvo y me señaló que le imitara. No tardé en
obedecer. ¡Que juego tan ingenioso – contener lo incontenible! Los dedos de
Cristian, delicados y firmes, de tacto suave, se deslizaban por mi piel como
pinceles de terciopelo. Y yo me moría por descubrir el encanto de su torso, sus
hombros anchos, sus pectorales magníficos, su talle de junco. Un islote de vello
negro añadía un detalle humano a este cuadro divino. No tuve reparos en besar
cada lunar, cada pelito, cada músculo, cada protuberancia a la vez que trazaba
círculos de pasión sobre su espalda. Nuestra respiración se volvió acelerada. Me
tocó los senos a hurtadillas sin cruzar la frontera marcada por el borde del
sujetador. Un movimiento astuto de mi parte y las copas descendieron para que
dos esferas redondas se posaran en las palmas de sus manos como dos palomitas
arrulladoras.
-
Te mereces el título de campeona de kickboxing. Nunca he visto un cuerpo
tan deportivo y sensual. Tus pechos parecen lunas llenas…
Sí, el año pasado gané el campeonato nacional
de kickboxing. El deporte ofrecía la única válvula de escape, una descarga de
sufrimientos que me corroían por dentro con la fuerza de un cáncer. Y cómo lo
gané… ya olvidé, las succiones cuidadosas de Cristian me enviaron al Edén sin
demoras ni transbordos. Instintivamente separé las piernas debajo de la falda y
en seguida sentí que me quitaba las medias, subía por las rodillas, acariciaba
el interior de los muslos y paraba al centímetro de mi sexo, aún protegido por
las braguitas, pero desprotegido por la intensidad de deseo. No había sentido
morder los labios y apagar los gemidos, ya que una infinidad de indicios me
delataba: esos pezones más llameantes que el coral fundiéndose en su boca,
quemando su lengua ansiosa; esa vulva palpitante que ponía el grito en el cielo
anhelando la penetración; esos fluidos incipientes que goteaban sin pudor
alguno; esos estremecimientos incontrolables que podrían abastecer de
electricidad a todo el planeta…
La fiebre doblegó
nuestra voluntad y nos hizo abandonar rodeos y cortesías. Cristian, un
“gentleman correcto”, reveló su lado loquito. Me recostó sobre sus rodillas y
siguió devorándome los pechos mientras sus dedos juguetones recorrían el surco
caliente, exporaban los confines más íntimos, preparaban el terreno para su
visita. “Quiero verte, quiero verte” – murmuré en el tono de una niña ofendida
que lloraba por su golosina oculta. A duras penas interrumpió su labor y se
despojó del resto de las ropas que me impedían apreciarle en todo su esplendor.
Entendí por qué las agencias de modelos se peleaban por él. El torso de Hércules
se combinaba con las caderas estrechas, las piernas largas y delgadas, 1.85 de
estatura. Lo más fantástico es que la belleza de su contenido rivalizaba con la
de su forma.
-
¿Te gusta lo que estás viendo? – preguntó con una mueca socarrona.
Un suspiro elocuente equivalía a miles de
piropos. Intenté aplicar mis conocimientos acerca del sexo oral recibidos de la
primera y última lección del camarero Pepe. Sin embargo, no conseguí avanzar
demasiado: la impaciencia por consumar nuestro arrebato azotaba tanto la carne
como el cerebro. “Me llevas un punto de ventaja, es injusto” – comentó Cristian
librándome de la falda y la lencería. Me puse un poco nerviosa, pero el candor
de su sonrisa y la expresión embelesada me tranquilizaron.
-
No puedo esperar, perdona por la franqueza. ¿Y tú? – dijo sin tapujos.
-
Yo tampoco.
Volvió a acomodarme sobre sus rodillas, de
espaldas a él, y empezó a entrar despacio sin parar de besar mi cuello y
recrearse en mis pechos. De pronto se topó con el obstáculo que atestiguaba el
“honor” femenino gracias a la Madre Naturaleza. Una exclamación queda… y salió
de mi interior.
-
¿Por qué no me has avisado? No se me ha ocurrido que una chica tan
atractiva y brillante como tú…
Claro, la falta de miedo y la abnegación que
demostré le desviaron de la verdad.
-
¿Te dan asco las vírgenes?
-
Jamás sentiré asco por ti. Me honras muchísimo con tu confianza. Este
hecho no cambia más que la táctica. La postura elegida no conviene. Tendremos
que limitarnos con un misionero… por ahora.
Nos desplazamos hacia la cama donde reinaba un
desorden agradable. Estaba muy agradecida a Cristian que dominaba su tremenda
erección con un esfuerzo sobrehumano. Quedó extasiado al contemplar el vello
reluciente entre mis piernas y no dudó en acercar su cabeza y excitarme aún más
si cabía. Su manera de hundirse en mi intimidad y catar mis jugos no se
comparaba con nada que había experimentado. Me ardía, me retorcía, me estallaba
en microconvulsiones, previas a la tormenta principal.
-
No me importa el dolor. Hazlo, - gemía desesperada, y mi cálida boca
inferior reclamaba lo mismo.
Acallados sus remordimientos en cuanto a mi
completa disponibilidad, apuntó bien y poco a poco me traspasó con su
herramienta dura y maravillosa. Los pelos dorados de mi pubis y el vello oscuro
del suyo se juntaron en un jardín mixto. La incomodidad duró unos minutos y al
fin cedió el turno al puro placer. Lloré de alegría. Mi intuición no me falló.
Nos complementábamos no sólo como personas, sino como amantes. Nuestra unión
rozaba lo ideal. Una llave y una cerradura, fabricadas una para la otra. Eso
éramos. Durante el orgasmo demoledor los retazos de mi pasado se precipitaron al
abismo de indiferencia. El amor auténtico dio sepultura a una quimera
insustancial, llamada “Emilio”.
*
-
Cuéntame algo de aquel chico a quien acabas de visitar. Por favor, - me
pidió cuando yacíamos abrazados, descansando de nuestro primer contacto carnal.
Accedí sin protestas. Le hacía falta destruir
sus celos y comprender mi pasado para construir mejor el futuro.
-
No voy a contar cómo pude alcanzar un grado increíble de dependencia
emocional de mi rockero isleño. Basta con citar algunos fragmentos de nuestro
carteo que había durado dos años y pico.
Querida Chila, ¡qué egoísta soy! Compartes
conmigo tus problemas y preocupaciones y yo tan calladito. Ante todo te diré que
tu nostalgia no me sorprende en absoluto. Los recuerdos absorben. La magia se
quedará para siempre en nuestros corazones. La rutina sosa del presente es un
castigo por lo bien que pasamos en aquel entonces. Muchos años van a
transcurrir. Muchos cambios van a afectarnos. Pero será imposible olvidar. Nos
hemos transfigurado en el espacio lleno de encanto. Y ahora nos obligan a fingir
la normalidad de siempre. Desde que nos separamos llevo en mí un vacío inmenso.
Te dejo por ahora, tengo asuntos pendientes en mi Oficina. Te mando un abrazo y
espero que me confieses si sientes lo mismo. Aunque sé perfectamente que sí.
¡Males familiares! ¡Qué concentración de
dolor y éxtasis en la proximidad lejana de nuestros recuerdos! ¡Qué mordisco!
Parece que mi doble, mi verdadero yo, sigue vagando por aquellas calles y aquí,
en Budapest, no hay más que una cáscara llamada Chila. ¿Somos condenados a girar
por la órbita del pasado? ¿Y el futuro? ¿Vale la pena avanzar si todo tu ser se
rebela y grita: “quiero estar en el lugar donde he perdido mi corazón”?
¿Renunciar a lo esencial que constituye nuestra vida? Me rodea una legión de
espantapájaros que impone sentimientos artificiales. Nadie me hace feliz, ni
siquiera mi familia. ¿Y si vuelvo a la fuente de magia? Podría organizarlo con
un poco de fantasía. Me persigue la idea de echar un desafío al tiempo y a las
circunstancias. Un beso alado.
Mi nostalgia se va reforzando con el correr
del tiempo aunque representa una falta de respeto por mis padres y mis
compromisos. Nadie es perfecto. Y menos yo con mi pasado tempestuoso de Mr.Hyde.
En serio, yo también rechazo la “felicidad”. Una paradoja clásica: no nos
satisface lo que tenemos, buscamos algo que se fue y nunca volverá. Sin embargo,
estoy lejos de sufrir porque he aprendido a aceptar las malas bromas del
Destino. Te aconsejo que te vayas otra vez a la fuente de magia. Allí me reuniré
contigo. Dispongo de una excusa – recoger mi diploma de licenciado. Si
coincidimos… ¡nos espera una aventura fascinante! ¡Atrévete!
P.D. Por cierto, hay noticias alentadoras
acerca de mi futuro de rock-star. Mi banda es la mejor en la isla y muy pronto
todo el mundo lo reconocerá. Me alegro de haberte contagiado de afecto por
rockeros – piratas del siglo XX. En fin, me voy corriendo, debo comer con la
madre de Aurelia. ¡Qué fastidio! Un abrazo muy fuerte de tu alma gemela y de tu
amigo más especial del mundo.
Sí, me atreveré a emprender el viaje y no
será por curiosidad ociosa. He de encontrar una respuesta concreta a una
pregunta importante (en el caso de que dicha respuesta existe, claro). Deseo que
aguantes la comida con la madre de tu novia y que tu fama de rockero traspase
todos los límites posibles e imposibles.
¿Una respuesta concreta? ¿Una pregunta
importante? ¡Algo esperanzador! ¡Qué emoción! ¿Te apetece detallar? Otra
petición: ¿te importaría recordar algunos sueños relacionados conmigo? ¡Tus
sueños parecen películas!
Dos últimos sueños:
1. La puesta del sol. Montañas y mar. Tú, en el traje de buceador, estás
en el agua hasta las rodillas. Yo balanceo en un barco y de repente doy un
salto. Me hundo, me hundo, me hundo y no hay manera de salvarme. Puro horror.
Entonces tus manos enlazan mi cintura desde atrás y me ofreces un tubo con
oxígeno. Muy obvio. Sólo tú puedes calmar mi sed.
2:
Llegamos a nuestra pensión por
separado y acordamos una cita en un café cercano. Nos vislumbramos desde la
distancia, nos lanzamos al encuentro y nos fundimos en un ser.
Además, hay unos sueños
más pesimistas que prefiero pasar por alto.
P.D. Sabes más que
nadie el “doble fondo” de mis preguntas y respuestas. ¿Me equivoco?
¡Insisto en que lo
cuentes todo sin excepción! ¡Descubre mi lado de Mr.Hyde! Sólo tú lo conoces de
verdad.
Aurelia me tiene harto de sus reproches, me gustaría leer
cosas interesantes. Entre tú y yo no existen secretos, ¿has olvidado?
P.D. Sí, estoy al tanto del “doble fondo”
de tus preguntas y respuestas al igual que tú estás al tanto de las mías.
Dos sueños
repugnantes: 1.
Busco escondite en un
sótano. Un embudo enorme me amenaza. Un paso adelante y una dentadura afilada va
a triturar reduciendo a un caos de nervios indefensos y rasguños ardientes. En
medio de un zumbido insoportable entras tú. Empezamos a besarnos. Este beso no
es un beso normal, sino una aspiradora de potencia nuclear, una absorción
implacable en un hueco negro.
2:
Subo a una torre altísima por una
escalera de caracol. Falta un rellano. Sigo mi ruta y caigo en el vacío. El
último piso resultó una trampa, una ilusión, un sendero aéreo que conducía al
precipicio. Una voz extraña dice: “Has llegado a la Casa Octava” (¡La casa de
Muerte en astrología!) La tierra se acerca y veo un pavimento hecho de correos
electrónicos.
Bien, Augusto Emilio
César, ¿estás contento? Me preocupa tu imagen agresiva en mis pesadillas. Una
prueba de que nuestro entendimiento sí que tiene la naturaleza oscura de raíces.
¡Sueña con algo agradable, sombra de mi alma!
¡Muy contento! Me
halaga muchísimo el título “la sombra de tu alma”. Sí, esos argumentos
alarmantes reflejan tu miedo de lo IDEAl de nuestro entendimiento. Ya sabes que
mi sueño más recurrente es el siguiente: estoy en una habitación con el Diablo y
escucho el sonido de su respiración. ¡Has elegido a un gemelo con un carácter
extremamente complicado! Nos pertenecemos uno a otro de una manera infinitamente
más sutil que la corporal. Por cierto, Aurelia me acosa con sus críticas. Me
pegaría un tiro, pero ciertos compromisos me detienen. Ella nunca me sentirá
como tú.
La palabra “compromiso”
me da náusea. No reconozco más que los compromisos de mi alma y de mi verdad
interior. No entiendo por qué te centras voluntariamente en una tortura si la
relación con Aurelia se asocia con un infierno. ¿Y la libertad que proclamas?
El ser humano está
repleto de contradicciones, querida Chila. Y especialmente yo. Los
compromisos no me quitan la Libertad. Tal vez he exagerado la bestialidad de
Aurelia y mis desgracias. Hace meses estaba un poquito enamorado de ella y en
general me conviene. Una unión así me permite engañar a todos y enmascarar mi
despecio a la rígida sociedad de la isla en la que siempre desempeñaré el papel
de marginado. Sabrás a qué y a quién quiero en realidad. Espero que vengas… si
los precios y la situación global no te ponen ningún obstáculo. Me resignaré con
cualquier decisión tuya. ¡Hasta pronto, mi complemento perfecto!
Me quedo aquí, será
mejor para los dos. El viaje conlleva un riesgo demasiado grande. Si no consigo
entrar por segunda vez en el mismo río, mis recuerdos se van a desvalorizar. ¿A
qué viene destruir el encanto? No me apetece irrumpir en tu comodidad como un
fantasma angustioso. Es inútil inventar la máquina del tiempo. Te deseo de todo
corazón que tu relación con Aurelia mejore. Cuídate, mi niño, y no fumes tanto.
Un abrazo.
Me has provocado una
especie de paro cardíaco. ¡¿Te quedas en Budapest?! ¿Te niegas a verme? ¡Qué
crueldad! Y yo creía que robaríamos unos minutos al Destino. Bueno, entonces me
iré solo para hablar con tus huellas borradas. Antes de sacrificarme a las
tradiciones familiares debo encontrarme contigo y resucitar el hechizo. ¿A qué
comodidad ficiticia te refieres? Mi relación con Aurelia mejorará en el
cementerio. Me has puesto tan nervioso que empiezo a sentir punzadas en el
estómago, allí donde he tenido la úlcera. Estás reponsable del empeoramiento de
mi salud con hipotético efecto letal. ¡Te acusarán de haber matado al rockero
más prometedor! Piensa más en tu decisión y cuéntame cuanto antes. Tu Emilio
inconsolable.
Tranquilo, mi isleño
caprichoso, Majestad Rockera, he decidido cumplir nuestro deseo. ¡Al
diablo la voz de la razón! Estoy dispuesta a abordar los trámites burocráticos.
Si todo va bien me concederán el visado dentro de dos meses. Muy pronto compraré
mi billete de avión, mi billete de Libertad. Me inunda la alegría de un niño que
ha saltado las clases aburridas. Falta poco para reunirnos en el Paraíso.
*
Cristian me
escuchaba con la máxima atención que le confería cierto parecido con un ángel
pensativo, uno de esos que adornaban las lápidas antiguas.
-
Tus cartas desprenden sinceridad. Un poco ingenua, pero hermosa. Las
suyas son distintas. Se adivina una ambigüedad, un juego, una contradicción. En
fin, hay un gato enterrado.
-
Sí, le decía toda la santa verdad. Vivía sumida en el autismo llorando
por la imposibilidad de mi unión con el “gemelo”. Pese a la distancia le sentía
como si estuviera en mi cuarto. La noche cuando le operaron la úlcera me
desperté con la seguridad de que una desgracia le había ocurrido. Le vi en una
pesadilla, impotente, desmayado, su vientre lleno de incisiones. No obstante, el
vínculo sólo existía de mi parte. Emilio consumía mi afecto al estilo de un
parásito.
-
Precisamente en eso veo la contradicción. Lo de gemelos presupone un
intercambio simétrico. Me parece una persona vomitiva.
-
No le acuses. Yo misma tengo la culpa de haberme involucrado tanto. Para
la mayoría de personas mantener una correspondencia así sería igual a rumiar un
delirio romántico. Yo pensaba de otra manera. El día cuando me concedieron el
visado me sentía en las nubes y compadecía a los que no saboreaban la torta de
euforia. Un detalle me irritaba: la Universidad me encargó realizar una encuesta
social por teléfono…
-
Y así tuve la posibilidad de oírte. Hablamos una hora y al final me di
cuenta de la necesidad imperiosa de sacarte a la calle. Me deslumbraste.
Y él a mí. Sí, me sacó a la calle casi a la
medianoche bajo el pretexto de “ver a mi perro”. Jamás de los jamases olvidaré
su aparición triunfal en medio de árboles y faroles. Una silueta de ensueño. Y
la mirada más concentrada posible que hacía una radiografía inmediata de todo lo
que le rodeaba. Conmigo sufrió una derrota. Estaba empeñada en “pertenecer a mi
rockero” y no sucumbí a la tentación prescindiendo de su carisma arrollador. Un
golpe sensible para el ego de Cristian. Además, tuve la idiotez suficiente para
soltar que “iba a partir para una isla donde me reuniría con el hombre de quien
estaba enamorada”. Charlamos animadamente y después nos fuimos por otros
caminos. Antes de marcharme al extranjero me tropezaba con él en varias
ocasiones y me embargaba la sensación de que nos habíamos conocido desde hace
siglos y que le pertenecía independientemente de mi voluntad. Rechazaba esta
sensación, la calificaba de “absurdo”, la escondía en el desván de la
memoria…
-
Pobrecito. No reconocí en ti la celebridad del barrio.
-
Eso no me importó. Me importó el hecho de que no supe engancharte como tú
me enganchaste.
En realidad le reconocí. No se lo demostré, no
iba a darle la ventaja de superarme por su fama. Unas coincidencias raras me
asombraron: ya le había visto y no sólo por la televisión. Una vez en el metro
cuando no apartó sus ojos de mí durante todo el trayecto. Y otra vez en un sueño
confuso en el que me consolaba y me mecía entre sus brazos. Por ello no hubo
nada sobrenatural en mi conducta de hoy. Le llamé y me entregué a él porque así
debía ser y punto.
Las reflexiones
concernientes a Emilio me hicieron bostezar de hastío. Y a Cristian también.
Noté el brillo cautivador en el acero bruñido de sus pupilas. La excitación
volvía. Le invité a ducharnos prometiendo terminar la historia un poco más
tarde.
Continuará…