Vicky se plantó frente al número diez de la calle Viernes
Santo. Llevaba toda la mañana deseando acudir a su cita, y sin embargo aún no
estaba decidida a entrar. Cuando su pié izquierdo se adelantó para cruzar el
portal, se supo perdida. Una vez más había sucumbido y era tarde para
rectificar.
Con la cabeza agachada de vergüenza, la joven se dirigió al
ascensor. Jugueteó nerviosamente con su bolsito mientras esperaba que las
puertas se abrieran. No sabía de qué humor encontraría a su chico. Podría estar
calmado, después de haber fumado alguna hierba, o violento tras perder alguna
apuesta. De algo podía estar segura: Ronny se alegraría de verla.
Vicky era una joven arrebatadoramente bella. No en vano, era
la estudiante más popular de la facultad de Derecho. Por si fuera poco, aquella
mañana se había arreglado con esmero. Su melena azabache, de naturaleza lacia y
brillante, caía grácil sobre sus hombros y sus ojos de indígena estaban
perfilados de negro. El perfume más caro, el carmín más provocador; todo era
poco para la ocasión. Los encuentros con Ronny eran muy importantes para ella.
Vicky entró en el ascensor con paso firme y se contempló en
el espejo. Se miró a los ojos y se preguntó lo mismo que se había preguntado en
todas y cada una de las anteriores citas con Ronny:
"Imbécil, ¿qué haces aquí?"
Su admirado Ronny no era más que un borracho de edad
incierta, desaseado, con un pasado lleno de delitos y un futuro tan negro como
sus dientes. Un tipo así no era el adecuado para una jovencita tan hermosa y
brillante como Vicky. Ella era un manjar digno de un rey, no las migajas de un
miserable.
Pese a todo, la joven pulsó el tres y puso rumbo a la pocilga
de su amante. Ella era consciente de que no pasaría el resto de su vida junto a
semejante holgazán. Era un ser repulsivo. Cada caricia de sus manos grasientas,
cada gota de su saliva que ella debía beber, le provocaba arcadas. Pero Ronny
poseía un tesoro al que Vicky era incapaz de renunciar.
Mientras Ronny quisiera, ella le pertenecía.
El ascensor se detuvo en el primer piso. Una figura
extremadamente delgada llegó corriendo desde el final del pasillo. Vicky lo
reconoció al instante, y resopló contrariada. No movió un dedo para evitar que
la puerta se cerrara, sin embargo el individuo llegó a tiempo, y pulsó el siete.
– ¡Hola, Vicky! – le saludó resoplando.
– Hola, Andrés – respondió la chica sin mucho afán.
Andrés y ella compartían varias asignaturas de la carrera.
Ella no lo conocía bien, de hecho, rara vez habían cruzado algo más que un
saludo. Andrés no encajaba en ningún lado, siempre estaba solo, enfrascado en
sus libros. Su aspecto físico no ayudaba a su inclusión social. Era tan alto
como Vicky, delgado como un alambre, de facciones famélicas, tez pálida y
pómulos angulosos. Sus ojos se veían deformados bajo el grueso cristal de sus
gafas y su cara estaba salpicada por un acné adolescente peligrosamente
duradero.
Debido a su incapacidad para relacionarse, Andrés solía mirar
a sus compañeras con descaro y lascivia, granjeándose una justificada fama de
pervertido. Sin embargo Vicky no se sentía incómoda por eso, pues estaba
acostumbrada a ser el centro de todas las miradas. Odiaba a Andrés porque él
conocía su relación con Ronny.
Andrés vivía cuatro plantas más arriba que Ronny. Conocía sus
escándalos, sus gritos y sus borracheras, y sabía que su hermosa compañera se
acostaba con él. Para Vicky, encontrarse con Andrés suponía un verdadero
bochorno.
El ascensor se paró en el tercero. Vicky se despidió con un
gesto y se dirigió a casa de Ronny. Andrés pudo contemplar su trasero antes de
que el ascensor volviera a cerrarse. Sin duda era lo mejor de su anatomía.
Aquella colita redonda, moldeada y equilibrada compensaba con creces la nimiedad
de sus pechos. Vicky dejó escapar una sonrisa maliciosa, pues se sabía
observada.
Vicky suspiró antes de tocar el timbre de Ronny. No obtuvo
respuesta, así que aporreó la puerta. Odiaba hacer tanto ruido al llamar, y
ponerse así en el punto de mira de los vecinos más curiosos. Casi podía oírlos,
agolpándose tras sus mirillas, y murmurando: "Aquí está esa zorra de nuevo" o
"¡Si yo fuera su padre! ¡Educar a una hija para que luego se la folle un sucio
drogadicto!". Por fortuna, Ronny tardó sólo un par de minutos en abrirle.
– Pasa y estate quietecita hasta que termine el partido.
Vicky no le vio la cara, así que no pudo comprobar si sus
ojos estaban enrojecidos por el consumo de alcohol o se mantenía sobrio. Ella se
fijó en su espalda; la sudorosa y roída camisilla de tiros que vestía no lograba
ocultar todos sus tatuajes. Aquel cuerpo hinchado y curtido en distintas
penitenciarías le atemorizaba, y sin embargo no podía alejarse de él.
Ronny se sentó en el mugriento sofá, y Vicky no sabía si
permanecer de pié o sentarse a su lado.
– ¿Quién juega? – preguntó inocentemente.
– ¡¿No te he dicho que te calles?! – exclamó el indeseable.
La joven agachó la cabeza como una corderita asustada, y se
sentó en una silla. Un fuerte olor a podrido anuló su olfato; había un cartón de
leche cortada sobre la mesilla del salón. En los meses que llevaba viéndose con
Ronny había aprendido a distinguir el olor a comida podrida de la peste que
emanaba del lavabo.
El resultado del partido debió serle favorable, pues Ronny
abrió su enésima botella de cerveza, y la empinó complacido. Bebió la mitad de
un trago y se recostó en el descorchado sofá. Vicky apartó una bolsa de papas
fritas, y se sentó a su lado.
– Ven aquí putita, ¿cómo te llamabas? – preguntó mientras la
miraba de arriba abajo.
Le gustaba presumir de "macho", de frecuentar a varias chicas
a la vez, y por esa razón fingía no acordarse de sus nombres. Sin embargo
conocía bien a Vicky; nadie olvidaría una figura como la suya.
La joven cruzó sus largas piernas, mientras él se
desabrochaba los vaqueros. Ronny no perdía el tiempo en preliminares. Sólo tenía
en mente un objetivo a la hora de practicar el sexo: descargarse en la boca de
su fulana de turno.
– ¿Sabes a lo que has venido? Voy a follarme a mi putita
estudiante...
Ronny escupió un cisco que aún tenía enredado entre sus
dientes, y levantó la blusa de Vicky. Sus supuestos pechitos eran poco más que
dos pezones oscuros, más morenos que el resto de su piel. La joven había
prescindido del sujetador, y eso excitó a su amante.
La zarpa derecha de Ronny pellizcó los pezones de Vicky hasta
erizarlos. Con la otra mano agarró la cabeza de la joven y la llevó ante su
cremallera. Había llegado el momento que Vicky tanto ansiaba, el motivo de su
degradación moral. Olfateó el intenso olor a sudor que siempre le precedía, y,
como un gigante dormido, emergió de entre los pantalones de Ronny.
Los ojos rasgados de Vicky se abrieron hasta dibujar un
círculo. La había visto en innumerables ocasiones, la había acariciado,
saboreado y sentido en su interior, y aún así, no dejaba de asombrarle. Aquella
trompa de elefante era casi tan grande como su antebrazo.
– ¿A qué esperas, pedazo de zorra? – protestó Ronny.
Los dedos de Vicky rozaron el miembro tiernamente,
estimulándolo con sus yemas. Sin embargo la serena dedicación de la chica
exasperaba a su amante.
– ¡Cómetela de una puta vez, joder!
Haciendo presión sobre la cabeza de la chica, Ronny le clavó
su inflamado glande en la boca, estrellándola contra su paladar. La joven sintió
como el bulldozer de Ronny ocupaba por completo su garganta.
Se maldijo por encontrarse en aquel lugar, en aquel instante.
No había tenido tiempo para acostumbrarse al penetrante olor que el miembro
despedía, y le resultó muy difícil contener las náuseas. Aunque el falo de Ronny
sabía a sudor y a otros fluidos más desagradables, Vicky no cejó de succionar.
La repulsión era mínima al compararse con el placer que Ronny
le proporcionaba. ¡Aquel pedazo de carne la saciaba a la vez que incrementaba su
sed! Cada día anhelaba recorrerlo con sus labios, alojarlo en su boca húmeda y
entregarle su garganta.
– ¡Cómetela toda, puta! – Le increpaba Ronny.
Para Vicky, aquel pene no tenía dueño, no pertenecía a nadie.
Sólo era una golosina interminable que ansiaba lamer y lamer. Estaba tan
enajenada que apenas escuchaba las zafiedades que Ronny le dedicaba. Si Vicky
estaba en aquel piso, mamando el apestoso miembro de Ronny, era para sentir
placer, para complacerse.
Ronny extrajo su pene de un tirón, y un hilillo de saliva
escapó por las comisuras de la joven.
– ¡En pelotas! –gritó mientras se levantaba –. Voy a partirte
en dos.
Ella también se incorporó, apresurándose en cumplir los
deseos de Ronny. Su amante era muy impaciente, y por esa razón Vicky había
pasado todo el día en la universidad sin sujetador ni braguitas. Le había
resultado muy incómodo pasearse entre sus compañeros sin más ropa que la
visible, más aún cuando sus ceñidos pantalones de lycra dibujaban perfectamente
los recovecos de su entrepierna.
El pantalón y la blusa fueron a parar sobre el televisor, el
único lugar de la casa limpio de toda basura. Vicky estaba totalmente desnuda
ante el borracho, esperando a que él se deshiciera de sus calzoncillos. Su
cuerpo femenino, moreno, esbelto y lozano contrastaba con la corpulencia
violenta, tatuada y mugrienta de Ronny.
La chica se fijó fugazmente en su pareja. Ronny no poseía un
mal físico, pero la suciedad oscurecía cualquiera de sus atractivos. El vello
salvaje brotaba por todo su cuerpo, y se enredaba en los rincones más oscuros,
como las axilas, los pezones y los testículos. Por el contrario Vicky, temiendo
que su amante le contagiara cualquier parásito, se había rasurado el pubis.
Cuando ambos estuvieron completamente desnudos, Ronny la
obligó a tumbarse boca arriba sobre la hedionda alfombra del salón. La joven se
vio rodeada de polvo, pelos, envases usados y restos pringosos, pero no
protestó. Esperó a su amante con las piernas impúdicamente separadas
Ronny se recostó sobre ella, colocó su miembro en la entrada
de la rezumante vagina, y la atravesó en tres golpes. No hubo caricias, ni
atenciones. Ronny, enfrascado en saciar sus apetencias fisiológicas, era incapaz
de valorar a la chica que yacía bajo él. Apenas se fijó en el prieto y terso
trasero de la joven; en sus largas, delgadas y bien formadas piernas; en sus
pechitos deliciosos y erizados. Ronny se limitaba a bombear compulsivamente.
Las paredes vaginales de Vicky se estiraban para acomodarse
al enorme falo que la penetraba, sin embargo todo fue más fácil gracias a la
desproporcionada lubricación que su cuerpo había segregado. Ella cerró los ojos,
dispuesta a disfrutar de aquello que tanto había anhelado.
La bestia cargaba con todas sus fuerzas contra la muchacha, y
ella abría aún más las piernas para gozar al máximo de la penetración. Ronny
comenzó a gritar obscenidades, sin medir que los vecinos seguramente estarían
escuchándole.
– ¡Ábrete puta de mierda! ¡Te voy a destrozar el coño y
mañana vendrás por más! – aullaba el borracho, destrozándose la voz.
Vicky apenas suspiraba, pues tenía miedo de exteriorizar el
inmenso placer que la embargaba. No reparó en que debía salir del edificio a
escondidas, ni en la vergüenza que sentiría al cruzarse de nuevo con su
compañero Andrés, ni en las lágrimas que derramaría al mirarse al espejo esa
misma noche. Sólo saboreaba el instante, como si cada segundo que pasara
ensartada por el monstruo durara una vida entera.
Ronny aceleró el ritmo de sus acometidas, penetrándola con el
mismo ímpetu que un leñador al abatir un árbol. Sintió como sus testículos se
endurecían, retrayéndose, y llegaba al borde del orgasmo. Extrajo el miembro y
lo llevó hasta la cara de la joven.
– ¡Abre esa boquita, comepollas! ¡Te la voy a llenar de
queso!
Ella cerró los ojos para evitar que el infecto líquido
seminal los irritara, y separó tímidamente los labios. Odiaba el semen en
general, y el de Ronny en particular. Algunas veces él se empeñaba en eyacular
sobre ella, como en las películas porno, y no le quedaba más remedio que
acceder. Ronny se correría en su boca, quisiera ella o no, así que no había
motivo para hacerlo enfadar.
Aquella tarde tuvo suerte, ya que Ronny no andaba bien de
puntería. El semen del borracho era muy espeso y emitía un olor pérfido. Las
primeras gotas se desperdigaron por toda su cara, quedándose adheridas a su
piel; sólo las más pequeñas fueron a parar al interior de su boca. El pene de
Ronny se mantuvo firme hasta que ella lo dejó bien limpio.
Suciedad, placer ilimitado, dolor intenso, lágrimas y semen.
Vicky había pasado otra tarde a manos de Ronny.
* * *
Ronny se pasó un buen rato en el sofá, viendo un concurso de
la tele. Seguía desnudo y apuraba su doceava cerveza. Vicky permanecía sentada
en el suelo, acariciando el miembro fláccido del borracho.
La chica se sentía incómoda. Su vagina descansaba sobre el
vertedero que era la alfombra, y pronto se vería asaltada por la culpabilidad.
Así que reunió fuerzas para levantarse y agarrar sus pantalones.
– Ronny, tengo que marcharme, ¿no te importa verdad? –
susurró.
Él contestó al ver que Vicky se agachaba para subirse los
pantalones.
– Espera un segundo nenita...
Vicky lo miró sorprendida, pues Ronny solía despreocuparse de
ella una vez quedaba saciado.
– No traje dinero, Ronny, vengo de la universidad.
– No es eso – agregó mientras la atraía hacia a él.
Los pantalones de la chica quedaron en el suelo, y la morena
volvió a estar desnuda, tan cerca de Ronny como para oler su pestilente aliento.
– Vas a ser buena chica ¿verdad?, y harás lo que yo te diga.
– Claro Ronny...
Por segunda vez en la tarde, Ronny acarició los oscuros
pezones de Vicky.
– Eres una putilla... – comentó mientras pellizcaba el pecho
de Vicky y sonreía –. Esperarás a dos colegas míos que quieren pasar un buen
rato contigo.
Vicky pestañeó incrédula. No era capaz de aceptar que aquella
bajeza humana se creyera con el derecho de pasarla entre sus amigos como un
canuto de hierba. Ella se humillaba a cambio de disfrutar del incomparable
miembro de Ronny, pero no estaba dispuesta a que su degeneración tocara fondo.
La dependencia de Vicky tenía un límite, y aquellas palabras
de Ronny acababan de traspasarlo.
– No, lo siento Ronny... – masculló mientras recogía su
pantalón – tengo que irme, maña...
Ronny le arrebató los pantalones antes de que se los pusiera.
– ¿No quieres obedecerme? – le preguntó con ojos inyectados
en sangre – ¡Yo te voy a enseñar, puta de los cojones!.
Ronny empujó a la chica con fuerza, obligándola a recorrer el
pasillo.
– ¡Ninguna zorra me toca los huevos! – bramaba, mientras
Vicky lloraba angustiosamente –. ¡No debiste jugar conmigo, niñita de papá!.
Un último empujón y el cuerpo de Vicky se estrelló contra la
puerta de entrada. Ronny caminó lentamente hacia ella.
– ¿Sabes lo que más me divierte? –preguntó mientras la
levantaba, tirando de su brazo –. Que tu coño mojado te traerá de vuelta, y me
pedirás perdón para que me digne a follarte.
Acto seguido, abrió la puerta y la arrojó con violencia a la
galería comunitaria.
De repente, Vicky se vio totalmente desnuda en el pasillo y
sufrió un ataque de pánico. Se apresuró a entrar de nuevo en el domicilio de
Ronny pero no llegó a tiempo. Pudo ver su cara sádica y sonriente antes de que
la puerta se cerrara estrepitosamente.
Vicky lloró como una hiestérica. No era la primera vez que
Ronny la había insultado, maniatado, golpeado e incluso forzado, pero jamás se
había sentido tan herida y humillada. Estaba a punto de desmayarse.
– ¡Déjame entrar, por favor! – vociferaba en medio del
llanto.
– ¡No te agites, que te chorrea el coño! – se oyó responder
tras la puerta.
Los nervios no le dejaban pensar. Los minutos pasaban, ella
seguía gritando, y la puerta no se abría. Poco a poco su ánimo se fue
desinflando y acabó sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta, y
el mentón sobre sus rodillas.
– ¡Eres un miserable!
– Quédate ahí hasta que vengan mis colegas y podrás recuperar
tu ropa – se jactaba Ronny – ¡Y si sigues gritando, todos los vecinos saldrán y
te verán en pelotas!
Vicky rebajó el volumen de sus protestas hasta quedar
totalmente callada. Pensó en lo último que Ronny le había advertido y, para su
desesperación, comprendió que estaba en lo cierto.
El descansillo conectaba cuatro viviendas con el ascensor. Si
algunas de esas puertas se abría… prefería no imaginárselo, no podría soportar
ese castigo. Sus mejillas se inflamaron tan sólo de pensar en ello, y un
escalofrío recorrió su cuerpo. Estaba desnuda… ¡desnuda en una escalera pública!
Tenía que salir de allí. Descartó el pedir ayuda a algún
vecino. Por otra parte, tampoco le seducía la idea de recibir de esa guisa a los
compinches de Ronny, y entregarse a ellos. Hizo una valoración mental en
segundos, sopesando qué alternativa resultaba menos ignominiosa, y acabó
convencida de que al final se sometería a los deseos de su amante.
Le pareció escuchar el sonido de un picaporte, y su corazón
bombeó con virulencia. El ruido provenía de la puerta contigua a la de Ronny.
Sus preciosos ojos verdes casi saltaron de sus cuencas.
Se mantuvo en alerta, hasta que por fin resopló aliviada.
Había sido una falsa alarma.
Pensó en subir a la azotea y robar alguna prenda, pero cinco
pisos eran demasiados cuando no se lleva nada de ropa encima. Entonces se le
ocurrió una idea. Cogió el único felpudo que había en el piso y se cubrió con
él. Estaba sucio y lleno de polvo, pero a Vicky le pareció el manto de una
reina. La prenda era tan escueta que al taparse los pechos, su vagina quedaba
desnuda, y viceversa.
Entonces escuchó unos pasos en la escalera y no tuvo tiempo
de reaccionar. Al darse la vuelta se topó con un señor mayor, de poblado bigote
y oronda barriga, que regresaba de pasear a su perrito. Aquel desconocido estaba
a veinte centímetros de su cuerpo casi desnudo. En aquellos momento, el felpudo
le pareció más pequeño.
El hombre permaneció quieto, con los ojos abiertos de par en
par.
– Disculpe, señorita – musitó con voz grave –, pero ese
felpudo es mío.
Sin mediar otra palabra, el desconocido la despojó de la
única prenda que llevaba encima. Luego examinó su anatomía de arriba a abajo,
sonriente.
Vicky quería taparse su pubis depilado, ocultar sus pezones
con la palmas de sus manos, pero era incapaz de moverse. Estaba totalmente
paralizada. Durante un segundo, los ojos de la universitaria y los del señor
mayor se cruzaron. Fue el peor momento de su vida.
El hombre tiró de la correa de su fox-terrier, y entró en su
casa. La morena se quedó tan quieta como una estatua de bronce, con los ojos
desbordados de lágrimas y el orgullo partido en mil pedazos.
Unos gritos que provenían del ascensor la devolvieron al
mundo real. El sonido comenzó como un murmullo inclasificable, pero fue subiendo
en intensidad. Parecían dos varones, y no paraban de carcajearse. Debían ser los
amigos de Ronny.
El elevador se acercaba poco a poco, y era el momento de
decidir. ¿Se entregaría a los amigos de Ronny o continuaría con su incierta
odisea?.
Cuando la puerta del ascensor estaba a punto de abrirse,
Vicky saltó a la boca de las escaleras. Se agazapó tras una enorme maceta de
barro, quedando a cuatro patas. Agachó la cabeza y reculó unos pasos, levantando
el trasero. Desde allí escuchó a Ronny saludando a sus camaradas.
– ¿Han visto a una tía desnuda, andando por ahí? – les
preguntó.
–¿Estás colgado, tío? – respondió uno de ellos.
– Bueno, andará por ahí, no tiene salida – pensó Ronny en voz
alta –. Nos tomaremos una birra y esperaremos a que vuelva. ¡Hoy pienso
follármela por el culo de una puta vez!.
Ronny cerró la puerta. Vicky comprendió que aquello era una
amenaza real. Estaba desnuda, ultrajada, y caer en manos de Ronny era la peor de
las opciones. Apretó las nalgas instintivamente, ¡Ronny pretendía sodomizarla!
Se le erizaba la piel sólo de imaginarlo.
De repente, los ojos de Vicky se abrieron como platos. Había
alguien a su espalda.
– Yo creo que está buscando algo… – dijo uno.
– ¡A lo mejor está jugando al escondite! – añadió otro.
– ¡Que va! Esta buscando emociones fuertes… – apreció un
tercero.
Vicky tragó saliva, y deseó caer fulminada por un rayo. Sus
tres inesperados admiradores se la habían encontrado a cuatro patas, con el
trasero alzado y las piernas ligeramente separadas. Naturalmente no quitaban ojo
a su vagina desnuda, perfectamente expuesta y entregada.
La joven se giró lentamente, cubriéndose con las manos. Eran
tres chavales de unos doce o catorce años. Sus rostros estaban salpicados de
granos, y sonreían con lujuria. Era la primera vez que veían a una mujer
completamente desnuda.
– No van a creernos… – suspiró uno –. Nos tomaran por locos…
Vicky intentó tranquilizarse, ¡sólo eran unos críos! Ella
podría manejarlos. Pensó que, si les seguía la corriente, evitaría el escándalo
y la vergüenza. Manteniendo la calma, quizá saliera airosa del trance.
– He perdido una lentilla… ¿Pueden ayudarme, por favor?.
Tengo que encontrarla, porque si no…
La joven se colocó de nuevo a cuatro patas, pero esta vez
frente a los muchachos. De esa manera podría ocultar sus encantos mientras
fingía buscar la inexistente lentilla.
– ¿Una lentilla? Yo no veo ninguna lentilla por aquí… – se
burló uno de ellos –. ¿Alguno ha visto una lentilla?
– No, pero estoy viendo otras cosas que… ¡joder!
Vicky se sentó sobre sus piernas, tapándose los pechitos con
los brazos.
– ¡No se burlen, por favor! – les rogó –. Necesito su ayuda…
– ¡Joder, tíos, no se rían, que esto va en serio! ¡Parece
mentira! – rió el más bromista –. Ella es una chica seria, ¡y si va con el coño
al aire será porque su coño también es serio!
Los tres rompieron a carcajadas. Vicky apretó los puños para
contener las lágrimas. ¡Nunca, jamás en la vida, se había sentido tan ultrajada!
Mantuvo la calma. Debía seguirles la corriente. No quería
formar un bullicio que atrajera la atención de toda la comunidad.
Uno de los jóvenes, el mayor, la agarró de los brazos e
intentó levantarla.
– Vamos putita… ven con nosotros…
– ¿Y mi lentilla? – preguntó Vicky asustada.
Los niños la obligaron a incorporarse y la acorralaron contra
la pared. Vicky era una cabeza más alta que ellos. El más bromista, que llevaba
la voz cantante, la abrazó por la cintura, y se pegó a su cuerpo.
– Olvídate de la lentilla, yo te daré algo mejor…
– Sean buenos… – susurró ella, forcejeando levemente –.
Compórtense…
Pero los niños estaban lanzados.
– Déjame tocarte el coñito…
Alguien apretó su vagina, y Vicky cruzó las piernas.
– Eso no se toca, por favor…
– ¿Te molesta si toco aquí?
– ¿Y aquí?
Vicky pronto se vio rodeada de manos traviesas que
acariciaban y pellizcaban cada palmo de cuerpo. Palmeaban su trasero, apretaban
sus pechitos y tiraban de sus pezones. Sintió algo húmedo acercándose a su
vagina; uno de ellos se había untado los dedos con saliva, y pretendía
introducirlos. No pudo soportarlo más. Comenzó a llorar histéricamente, y a
gritar:
– ¡Ronny! ¡Ronny, abre la puerta, por favor! ¡Haré lo que me
pidas! ¡Lo que me pidas!
Los muchachos salieron despavoridos, y Ronny no tardó en
aparecer. La joven levantó su mirada nublada por el llanto y escapó escaleras
arriba. No volvería a caer en manos de ese indeseable, aunque tuviera que pagar
un alto precio para ello.
Vicky corrió hasta la séptima planta, donde supuestamente
vivía Andrés, su compañero de facultad. No estaba del todo segura, pero creyó
recordar que el muchacho tenía escrito "7º D" en su grueso llavero. Quizá Ronny
había salido en su persecución, así que no tenía un segundo que perder. Tomó
aire y llamó al timbre.
Cuando Andrés abrió la puerta, se llevó una impresión de
muerte. Su diosa inalcanzable, la mujer que protagonizaba sus fantasías cada
noche, estaba completamente desnuda ante él. Los ojos del muchacho saltaron de
sus cuencas.
– Andrés, necesito tu ayuda… – susurró ella con voz incitante
y seductora.
Andrés abrió la boca, como si intentara decir algo, pero sólo
emitió un débil balbuceo. Sus ojos se quedaron en blanco, y segundos después se
desplomó en el suelo.
– Oh, no, lo que me faltaba… – suspiró Vicky – el muy imbécil
se ha desmayado.
* * *
En realidad no esperaba tener tan buena fortuna. Tiró del
cuerpo de Andrés hasta entrarlo en la casa y cerró la puerta. Tardó unos
instantes en recuperar el resuello, y luego sonrió ¡Por fin estaba a salvo!
Andrés seguía inconsciente. Vicky tuvo que sortear sus
extremidades inertes para llegar hasta el salón de la casa. Todo estaba
metódicamente ordenado: los cuadros derechos y el suelo brillante. La diferencia
era notable respecto al corral donde vivía Ronny.
El dormitorio estaba aún más limpio que el salón. La cama sin
una arruga, ni una prenda de ropa fuera del ropero y lo más sorprendente, en la
mesa de estudio no había ni un lápiz fuera del lapicero, ni un papel fuera de su
carpeta.
La joven abrió el ropero en busca de un pantalón. Escogió
unos jeans bastante gastados, los miró un instante, y calculó que le iban bien
de cadera. Andrés era un tipo muy delgado.
De repente, algo rozó su pubis. Eran las manos de Andrés,
acercándose a su jugosa vagina. El asalto cogió desprevenida a la morena, y casi
se golpeó con la puerta del armario.
– ¿Qué haces, desgraciado? – bramó la chica, intentando
esquivar a un pulpo de cien tentáculos – ¡No me toques, asqueroso! ¡Qué asco!
El tipo decidió ignorarla, e intensificó el ritmo de sus
caricias. La chica intentó defenderse, pero nada podía hacer frente a los ágiles
dedos de su compañero.
– No te entiendo, princesa… ¿no quieres que te toque?
¿Entonces por qué estás desnuda? – masculló Andrés con la boca llena de saliva
–. ¡La tía más buena de la facultad entra en mi casa desnuda, y pretende que ni
la toque!
El muchacho soltó a su presa amargado, a punto de llorar.
Vicky reconoció que Andrés tenía razón. Aquella piltrafa humana había llegado a
conmoverle. Al fin y al cabo, ella había comenzado el juego.
– De acuerdo, anormal – le dijo mientras se sentaba en la
cama, cruzando púdicamente las piernas –, te haré pasar un buen rato, siempre
que cumplas dos condiciones…
– ¿Qué tengo que hacer? – preguntó animado.
– Prométeme que guardarás todo en secreto – le ordenó sin
mirarle a la cara –, aunque a fin de cuentas, ¿a quién se lo vas a contar, si no
conoces a nadie?
El chico no contestó, pues Vicky estaba en lo cierto.
– Y segundo: te haré una mamada, pero tú no podrás tocarme.
Te correrás en un pañuelo de papel. Cuando termine, me darás algo de ropa y me
iré.
El tono de Vicky no restó un ápice de ilusión a Andrés, que
estaba viviendo un sueño, y no quería despertar.
– ¡Trato hecho! – gritó el afortunado don nadie.
Andrés se acercó radiante a la cama donde Vicky le esperaba
sentada. La chica, algo más relajada, metió su mano derecha en los calzoncillos
del muchacho.
– Bueno, trae tu polla aquí, y acabemos con esto de una vez.
Vicky se sobresaltó al comprobar que el miembro de Andrés no
cabía en su mano. Lo sacó del pantalón con singular apetito. ¡No podía creer lo
que estaba viendo! ¡Era gigantesco!. Las dimensiones de Andrés eran parecidas a
las de Ronny, pero su pene estaba mucho más limpio. Se veía rosadito, suave al
tacto, y bien duro.
Abrió la boca y se lo tragó entero. Sintió el insuperable
miembro de Andrés adentrándose en su garganta. Lo chupó como una poseída, con
voracidad y esmero.
El muchacho volvió a verse superado. Sus huesudas rodillas
comenzaron a temblar y a ceder, el aire abandonó sus pulmones y poco a poco fue
perdiendo el control de sí mismo. Después se desmayó.
El grueso pene de Andrés salió como un rayo de la boca de
Vicky. La joven tardó en darse cuenta de que su extraordinaria felación había
acabado con el muchacho. Para ella no fue ningún contratiempo. Vicky se abalanzó
sobre Andrés, dispuesta a seguir mamando mientras el pene siguiera erecto.
Andrés tuvo la fortuna de despertarse justo a tiempo para ver
a la hermosa Vicky enjuagándose la cara con su esperma. Entre sueños, y con la
vista nublada, el afortunado muchacho vivió un momento mágico, a caballo entre
el sueño y la realidad.
* * *
Aquella noche Vicky colmó a su nuevo amigo de mimos y
atenciones. Cuando conoció al muchacho con detalle, se dio cuenta de lo dulce y
encantador que era, y decidieron seguir quedando.
Vicky sigue visitando a menudo el diez de la calle Viernes
Santo, pero no ha vuelto a pisar la planta tercera.
© Angelo Baseri
6 de noviembre del 2006