HIJA DE NADIE
- ¿Puedo ir al entierro?
Me mira, con la duda en sus ojos, suspira y ... asiente.
- Supongo que sí.
Volví la vista al cielo a través de la ventanilla del coche, el
sol permanecía oculto detrás de una masa de nubes oscuras y empezaba a llover
ligeramente. Por mi mente cruzaban los recuerdos de un crudo pasado.
Mi nombre es María, pero no se quien me lo puso. Abandonada al
nacer. Hija de nadie.
Mis recuerdos de la infancia giran en torno a una serie de
hogares de acogida y de rostros de adultos a los que no puedo llamar padres. De
viajes en coche hacia un nuevo "hogar", siempre silenciosa y sola, acurrucada en
la parte de atrás, con el sentimiento permanente de vacío y pérdida.
Me acostumbré a no confiar en nadie, reacia a establecer lazos,
porque tendría que romperlos en cuanto llegara el momento de cambiar de hogar de
nuevo.
Me acostumbré a no tener amigos, a no buscar el afecto de nadie.
Cuando tenía catorce años me arrastraron a una pelea a las
puertas del colegio. Acababa de traspasar la verja que rodeaba el centro cuando
alguien me empujó por detrás haciéndome perder el equilibrio y caer al suelo.
Levanté la vista y vi a tres chicas que me rodeaban, sonriendo y esperando a que
me levantara.
- ¿Quién me empujó? - pregunté con una voz que trataba de
ocultar mi miedo y limpiándome la sangre de la mano y la rodilla que me raspé al
caer.
- Yo - dijo una de ellas - Yo te empujé huerfanita.
A mí una pelea no me convenía nada de nada. Me levanté y le
dije:
- Busca pelea en otro sitio - cogí mis libros que se habían
esparcido por el suelo y les di la espalda con la intención de dar aquello por
terminado.
- Eres una puta - me gritó - ¿crees que puedes ir detrás del
novio de otra y salir bien librada?
Me vino a la mente un chico con el que la había visto un par de
veces y que había mostrado su interés por mí, pero no le había hecho ningún
caso, ni siquiera recordaba su nombre.
Tenía que haber seguido caminando como si nada, pero mi lengua
me traicionó.
- Si no puedes retener el interés de tu novio no es problema mío
- me arrepentí de mis palabras antes de acabar de pronunciarlas, pero ya era
tarde.
Ella cayó sobre mi espalda. El impacto hizo que mis pulmones se
vaciaran de golpe, soltara los libros y cayera de cara en el suelo. Se puso
sobre mi espalda impidiendo que me moviera con su peso y empezó a golpearme en
la cabeza, el cuello y la espalda. Intenté moverme pero no pude, notaba el sabor
de la sangre en la boca, producto de un corte en el labio.
El ritmo de los golpes disminuyó y me agarró por el pelo
estampando mi cara contra el suelo. Sentí entonces que el peso sobre mi espalda
se aligeraba y alguien me levantaba del suelo.
-¿Estas bien? - era Samuel, uno de los profesores. Asentí con la
cabeza y él volvió la vista a los demás.
- Se acabó el espectáculo, marcharos a casa - se giró hacia mí -
y tú sígueme adentro.
- Yo no empecé la pelea - le dije, respiraba aceleradamente y
temblaba de rabia, me rodaban las lágrimas por las mejillas y la sangre salía de
mi nariz y mi boca.
- Ya lo sé, pero necesitas que te cure esas heridas y lavarte un
poco antes de volver a casa.
Cruzamos el patio en dirección a la enfermería. Ese día se creó
un vínculo de confianza entre nosotros que solo termino cuando acabó el período
de acogida y regresé al orfanato.
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A los 19 años tenía un cuerpo que arrastraba las miradas de
muchos hombres, una melena rizada y rubia y unos ojos tan claros como distantes.
Caminaba con bastante prisa por una avenida cuando lo vi, estaba
parado delante de un escaparate. Me acerqué a él, consciente del vuelco que dio
mi estomago al verlo.
- ¿Samuel?
El se giró y me miró sin reconocerme durante un momento, hasta
que se le iluminó el rostro con una sonrisa.
Se le veía diferente, cansado, pero igual de guapo que la última
vez que le había visto unos años atrás.
En aquel momento tendría cerca de cuarenta años, los ojos
oscuros y vivos, facciones angulosas, el pelo negro alborotado que dejaba caer
un par de mechones sobre su frente y el cuerpo definido.
- ¡María! - me miró de arriba abajo - Madre mía, que guapa
estas.
Nos quedamos mirando sin saber que decirnos después de tanto
tiempo.
- ¿vas a algún sitio? - me preguntó - o puedo invitarte a un
café, vivo ahí mismo - me dijo señalando un bloque de pisos al otro lado de la
calle.
Yo tenía una cita a la que ya llegaba tarde pero no me importó.
Subimos a su casa. Y estuvimos hablando hasta que el cansancio
se reflejaba en su cara.
- Ve a acostarte - le dije.
Esbozó una sonrisa triste
- No quiero que te vallas.
- No pensaba irme.
Le acompañé a la habitación y empecé a desnudarme delante de él
y mirándole a los ojos.
- ¿Estas segura? - jadeó vacilante.
- Sí, ya soy mayor de edad y cuando no lo era ya notaba como me
mirabas - le dije - aunque sabía que no harías nada y yo tampoco.
- Quieres decir que tu también... que entonces ya... - el hambre
se reflejaba en sus ojos mientras me desnudaba. - he soñado con esto ¿sabes?
- Sí, lo sé, yo también – le dije.
Mientras él se quitaba la camisa, yo me arrodillé delante de él
para desabrochar sus pantalones y resbalarlos por sus piernas, besando sus duros
muslos. Tensó los músculos y su polla se sacudió mientras mi lengua acariciaba
su piel.
Liberé su erección de los calzoncillos, tomé la polla en mi mano
y resbalé la piel hacia la base dejando su prepucio al descubierto para pasarle
la lengua. Le lamí el eje de la polla y le pasé la lengua por todo el tronco,
disfrutando su sabor a antes de correrse y su olor almizclado.
Samuel gimió llevando sus manos a mi cabeza y enroscando sus
dedos en mi pelo, presionando, mientras metía en la boca todo lo que pude de su
polla, la succioné profunda y lentamente, moviendo mi lengua.
Comencé a meterla y sacarla mientras apretaba los labios
aprisionando su polla, chupándola más rápido, más fuerte. Su polla palpitaba.
Lo deseaba con una intensidad, desde hacía tanto tiempo, que
lindaba la obsesión.
- Para, no quiero acabar aún - dijo, levantándome y empujándome
sobre la cama.
Sacó un condón de un cajón de la mesita y se colocó sobre mi
cuerpo. Sus labios bajaron hacia los míos, abriendo mi boca con su lengua,
probando el calor de mi boca mientras se movía entre mis muslos y sus manos
cubrían mis pechos, pellizcando mis pezones. Me temblaba todo el cuerpo bajo la
presión del suyo.
- No puedo ser delicado esta vez - jadeó en mi oído - quiero
follarte como un demonio, duro y rápido.
- Pues hazlo. - mi voz era un gemido.
Una de sus manos subió por mis muslos y deslizó un dedo dentro
de mí, me hizo jadear de placer, pero no lo había introducido por eso, en cuando
vio que estaba mojada y preparada se movió hundiendo su polla de una estocada.
Sentí que me llenaba cada centímetro del cuerpo, apreté los
puños arqueando la espalda mientras él empujaba con fuerza, salió y volvió a
empujarse dentro. Sus embestidas eran cada vez más fuertes, más duras y rápidas.
Su miembro caliente y rígido me taladraba.
Me agarró del pelo urgiéndome a arquear la cabeza hacia atrás
para pasar su boca por mi garganta y morderme el cuello.
Los gemidos y jadeos salían de mi boca acompañando palabras
ininteligibles.
El orgasmo zumbó a través de mí, sentí la mordida de sus dientes
en el cuello mientras los espasmos me robaban el aliento, y él daba una última
embestida que me estremecía hasta el alma. Sentí las palpitaciones de su polla
profundamente enterrada en mi interior, y un gemido ronco salió de su garganta
antes de desmoronarse agotado y satisfecho encima de mí.
Durante un buen rato la realidad dejó de existir, mientras ambos
tratábamos de recuperar el aliento.
Después, él se tendió junto a mí y me pasó un brazo por debajo,
de manera que mi cabeza reposara en su hombro. Estaba quedándome dormida cuando
creí oír un "gracias".
Me despertó el sonido de las arcadas en el baño, me levanté y le
vi sentado en el suelo con la cabeza inclinada en la taza.
- ¿Qué te pasa? - pregunté desde la puerta.
- Sal de aquí – y una nueva arcada le hizo doblarse.
Dejé mi lugar en la puerta y fui a sujetar su cabeza.
- ¿Es sangre eso que vomitas?
- Vete por favor - me rogó con lágrimas en los ojos.
No le hice caso, cogí una toalla, le limpie y me agachaba a su
lado sujetándolo entre mis brazos.
- Sal de aquí. No quiero que me veas así. Suéltame – gritaba al
mismo tiempo que se agarraba a mi con todas sus fuerzas – vete – los sollozos
hacían temblar su cuerpo.
Nos quedamos un rato abrazados hasta que se calmó, mientras se
apagaban sus sollozos, los temblores de su cuerpo remitían y le secaba el sudor.
Volvimos a la cama, se tumbó rendido por el esfuerzo.
- Ahora trata de dormir - le dije.
- ¿Estarás aquí cuando me despierte?
No le contesté porque aún no sabía la respuesta, él se quedó
dormido de todas formas.
Le contemplé, sentada en el sillón que estaba a la izquierda de
la cama. Su cara de ángel me fascinaba. Era la primera vez que follaba con
alguien sin acordar un precio antes, la primera vez que lo disfrutaba, la
primera vez que no tenía prisa por marcharme, la primera vez….
Me quedé con él 3 años, peleando con una enfermedad que lo
carcomía. Los narcóticos ya no impedían que el dolor, que durante el último año
ya era crónico, se volviera agudo e insoportable
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Contemplo ahora el ataúd donde descansa su cuerpo. Unas esposas
adornan mis muñecas, mientras, impasible, recuerdo sus palabras: "AYUDAME A
MORIR".
No duden en dejarme cualquier comentario, crítica o
sugerencia.