-¿Ya queda menos?-
Esta vez ni respondí. Viajar en coche me aburría: conduciendo
apenas podía entretenerme con el paisaje. Al menos entraba aire fresco, cada vez
más fuerte y frío, señal de que nuestro destino estaba al norte.
-¿Hola? ¿Ya queda menos?- insistió.
Por pensar en algo, intentaba recrear en mi imaginación los
diferentes episodios y escenas, los perversos recuerdos, de mis juegos de
dominación con ella. Pero la necesidad de concentrarme en la carretera y sus
casi siempre insulsos comentarios hacían que mi cabeza perdiera el hilo y
tuviera que empezar de nuevo el recorrido de mi memoria.
-¿Sabes...?-empezó a decir, pero la interrumpí con
brusquedad.
-No, no lo sé, ni quiero saberlo.-
Su voz se hizo débil hasta convertirse en un susurro mientras
comentaba:
-No me gusta que seas tan callado.-
Suspiré y recapacité un momento antes de responder, con más
amabilidad:
-No es por ti. Sé que crees que cuando estoy así es porque
estoy enfadado. No, no es por eso. Ya lo sabes. Soy así, callado. Lo excepcional
es lo contrario: que hable mucho.-
-Entonces- dijo sonriendo, contenta por su ocurrencia- me
sentiré especial cada vez que consiga hacerte decir más de tres frases
seguidas.-
Callé y conté antes de responder:
-Ahora he dicho casi una decena.-
Hubo otro rato de silencio, que esta vez me resultó incómodo,
y como desistía ya de evocar mis fantasías por enésima vez, para evitar perder
del todo la erección me bajé la bragueta y tomé a mi esclava del cabello,
conduciéndola con firmeza hasta mi entrepierna. Pronto su experiencia, de la
cual yo tenía gran parte de mérito, hizo que me sobreviniera un fantástico
orgasmo. Me corrí en su boca caliente y húmeda. Su lengua y labios lamieron y
limpiaron el esperma.
Se incorporó y mirándose en el espejo del copiloto se pintó
los labios con extremo cuidado, atenta nada más que a eso. Ese tipo de detalles
suyos me hacían gracia, así que acelerando, dije:
-¿Sabes el chiste del gallo y el condón?-
...
Iba ya siendo hora de repostar y paré en una gasolinera.
-Amo, tengo ganas de ir al servicio.-
-Te esperas.-
-Por favor, amo, tengo muchas muchas ganas, por favor.-
-¿Qué acabo de decir?-
Y sin darle tiempo a replicar, entré en la tienda a pagar y
comprar unas patatas fritas. Desde dentro del establecimiento vi que mi esclava,
angustiada, salía del coche. Andaba con dificultad, por los altísimos tacones
que me agradaba que llevara y también, según deduje, porque juntaba los muslos
para no orinarse. Se acercó al cristal de la tienda y juntó las manos en señal
de súplica, aunque ya su cara lo decía todo. Negué con la cabeza y me entretuve
en hojear una revista cualquiera para alargar su sufrimiento.
-¿Qué le pasa a la mujer que va con usted?- inquirió,
curioso, el encargado de la tienda.
-Nada, que quiere que le compre unos bombones.- contesté.
–Pero no está la vida como para ir concediendo caprichos.-
-Bueno, bueno, la verdad, ante una chica tan guapa, es
difícil no sucumbir.-
-Sí, y si no usara eso como herramienta para chantajearme,
seguramente obtendría más. Cóbrese, adiós.-
Divertido por la conversación con el dependiente, sobre todo
por aquello que dijo de "sucumbir", salí y enseguida se me acercó mi esclava.
-Por favor, amo, te lo suplico.- susurró, y yo, mirando a los
shorts tejanos que llevaba, pude notar que ya se lo había hecho encima.
-Anda, vamos detrás de la estación.-
Allí, apenas ocultos por la altura del trigo del campo que
nos separaba de la autopista, se puso en cuclillas y soltó lo que le faltaba.
Yo, apoyado en la pared, comía patatas fritas como si aquello no fuera conmigo,
pero excitado por tener a mi sumisa en esa situación tan humillante para ella.
Cuando terminó, le dije:
-Dame las braguitas y los shorts.-
-Pero amo, están empapados...-
No contesté, simplemente alargué la mano y esperé a que ella
se los sacara. Efectivamente, estaban muy húmedos.
-Cochina.-la reprendí.
Empecé a andar y arrojé la ropa mojada en un contenedor.
Luego me giré, esperando que mi esclava me siguiera, pero, avergonzada por estar
desnuda de cintura para abajo, no se atrevía.
-Si no estás en el coche antes de que acabe con las patatas
fritas, aquí te quedas.- la avisé, y sin más, me fui.
Cinco minutos más tarde, cuando ya casi había acabado con el
aperitivo, ella, con la cazadora vaquera anudada a la cintura, se sentó a mi
lado. Por detrás nada anormal se veía, pero por delante su coño apenas estaba
tapado por las mangas anudadas. El de la gasolinera, si hubiera mirado, no
habría notado nada raro, pero alguien viniendo de la autopista podría haber
visto mucho más. Arranqué y volvimos a la carretera, y al poco rato, en cuanto
se hubo puesto una minifalda, ella musitó:
-Gracias, amo.-
-¿Te ha gustado? Bien, puedes masturbarte si quieres.-
Esbozó una gran sonrisa, me dio un beso en el hombro y empezó
a juguetear con su coñito.
...
Iba casi a correrse cuando llegamos a nuestro destino. La
vieja mansión estaba en perfectas condiciones, alumbrada por el sol poniente.
Mientras esperaba que las puertas se abrieran para dejar paso al vehículo, la
miré con seriedad:
-Nada de terminar hasta que recites nuestro acuerdo.-
-Oh, amo... Tú mandas, yo obedezco. Tú me follas..., yo, yo
soy usada. Tú me castigas, yo beso tus manos y agradezco que me corrijas con...
con el dolor. Tú lo eres todo, y yo soy tu esclava.-
-Bien, tienes mi permiso.- asentí, y entramos. Jadeó, agitada
por el orgasmo que le venía, y emitió un largo suspiro acabado en gemido de
placer. Conduje hasta la fuente y aparqué. Nos estaban esperando. Salí y le abrí
la puerta.
-Gracias, Eduardo.-
-De nada, señorita Irene.-contesté.
-¡Hija mía, qué alegría que estés aquí!-
-¡Papá, qué tal!-
El señor Ramiro besó las mejillas de su "princesa", mientras
yo iba bajando las maletas. Luego la reprochó que llevara una ropa tan
provocativa. Por fin, se dirigió a mí:
-Gracias, Eduardo. Puede quedarse a dormir, le prepararemos
una habitación.-
-Muy amable, don Ramiro.-
-¿Qué tal el viaje, Irene?- se volvió para preguntarle a mi
esclava.
-Aburrido, Eduardo es taaaaan callado.-contestó ella,
taladrándome con su mirada de presunta niña pija. –Venga, ¿está la cena ya?-
-Ay, hija, ¿por qué tienes la mano tan sudorosa?-
-Jijiji.- río ella y me guiñó un ojo sin que su progenitor la
viese, antes de internarse en la mansión...