Mi nombre es Emeth, soy egipcio, nací en el valle de los
reyes, crecí mientras florecía mi cultura en una manera arrolladora, fui hijo
del visir de la provincia de El-Dakka, mi infancia transcurrió feliz, ser hijo
del gobernante de una provincia siempre ha tenido privilegios y yo los disfrute
mientras pude.
Recorrí los mejores lugares a las orillas del Nilo, no hubo
lugar que no conociera, todos esos viajes fueron parte de mi educación, dada mi
condición de noble yo estaba destinado a ser uno de los gobernantes de mi
pueblo, claro, siempre y cuando la dinastía que se encontraba en el poder
siguiera ahí.
La dinastía del faraón keops parecía que seria eterna por lo
que no me preocupaba.
Nunca me imagine que vería morir al faraón y otros mas que lo
siguieron, en mis momentos de juventud nunca pensé que me convertiría en un ser
eterno.
A través de todos estos siglos he vagado por todo el mundo
traspasando mis riquezas a nombre de hombres mortales a los cuales he usurpado
su nombre.
Vi a los romanos dominar a mi pueblo, a muchos de ellos los
convertí en mi alimento para saciar mi sed; Podría cansarlos con todas las
historias que he vivido a lo largo de mi existencia de mas de 4000 años y si,
soy un vampiro.
Como me convertí en lo que soy no tiene ninguna importancia,
soy lo que soy y basta.
En el transcurso de los años he tenido las vivencias más
inverosímiles y después de mucho vagar decidí apartarme del mundo, y opte por
enterrarme, eso fue en el año 1806.
Lo que transcurrió en esos años no lo se ni tengo el mas
mínimo deseo de averiguarlo, al paso de los años la sed fue menguando al grado
de solo necesitar de muy poca sangre y no me importaba que fuera de alguna
sabandija, al fin era solo para sobrevivir.
Hasta que escuche esa música, ese sonido que llegaba hasta
mis oídos y me hacia desear continuar una vez mas, era música de piano; Una
música exultante, suave, excitante y sacra a la vez.
La sed fue en aumento en proporción al tiempo que yo
escuchaba la música, no pude contenerme y con las pocas fuerzas que conservaba
fui saliendo de mi entierro.
El recobrar mis fuerzas después de alimentarme con algunos
mendigos y borrachos que encontré en mi camino no me llevo mucho tiempo, fue
cuando decidí buscar el origen de la música que había logrado hacerme salir de
mi destierro voluntario.
Espere pacientemente hasta que una noche me despertó una
melodía invitante, lenta, armoniosa, seguí el sonido de embrujo como poseído,
hasta llegar a un edificio de apartamentos cercano al lugar donde me refugiaba.
Ahí la encontré, sentada frente al piano se hallaba una mujer
joven, de escasos años, veinte a lo máximo, con un rostro como el que había
visto solamente en las mujeres celtas, su cabello rubio le caía indómito sobre
sus hombros, los ojos azules centellaban como el mar de Adriano en Grecia, una
boca voluptuosa de labios carnosos que invitaban al pecado en sus mas bajas
esferas, y su cuerpo firme, de amazona griega.
Sus manos blancas se deslizaban virtuosamente sobre el
teclado mientras sus brazos perfectamente delineados me recordaban las piezas de
Miguel Ángel.
La observaba por la ventana sin moverme, no quería deshacer
la imagen que tenia ante mis ojos muertos que con su imagen cobraban vida.
Ella paró su ejecución y se levanto lentamente del banquillo
en que se hallaba sentada y pude admirar su cuerpo completo.
Tenia puesto un vestido de gasa que deja ver el resto de su
cuerpo de una manera etérea, admire sus senos erguidos coronados por unos
pezones claros ligeramente erectos, su cintura breve contrastaba con las caderas
que contoneaba de una manera natural mientras sus nalgas me hipnotizaban con
cada paso que daba, sus piernas largas daban pasos menudos, sin prisas.
En ese momento me percate de el, estaba sentado al fondo de
la habitación en un sillón estilo victoriano.
Lo observe detenidamente, mientras ella se alejaba a un buró
y tomaba un cigarrillo de una caja; era negro, con un cuerpo musculoso, sus
brazos sobre los descansos del sillón se miraban enormes aun en reposo, su pecho
que se encontraba desnudo se levantaba levemente con su respiración acompasada,
mire sus ojos y eran de un color verde esmeralda, enigmáticos por si solos.
Se levanto del sillón y se dirigió hacia ella, era un hombre
alto con una cintura pequeña y un abdomen que dejaba ver un trabajo corporal
arduo, recordé a los esclavos nubios de mi padre.
Ella volteo al escucharlo venir y le obsequio una sonrisa que
dejo ver unos dientes blancos brillantes, dejo el cigarrillo en uno de los
ceniceros de cristal que adornaban el buró donde se encontraba recargada y fue a
su encuentro, el abrió los brazos y la tomo de la cintura acercándola a si, la
belleza cruzo los brazos sobre su cuello y se fundieron en un beso profundo.
El adonis de ébano recorrió el cuerpo de la mujer con
regocijo, sus manos inquietas pasaban de su espalda a sus glúteos firmes que se
dibujan bajo la tela del vestido.
Ella recorrió cada uno de los músculos de la espalda del
hombre acariciándolos como reconociendo cada centímetro de la estatua viviente
que era el.
Yo los miraba embelesado, sintiendo un extraño placer que
recorría cada parte de mi ser, una excitación etérea me invadió, mi condición de
muerto viviente me impedía sentir los efectos de la excitación a nivel corporal,
pero mi mente se hallaba en ebullición creciente.
Mi mirada no perdía detalle de la escena que se desarrollaba
frente a mí, el negro con manos hábiles desabotono el vestido de la diosa rubia
y metiendo las manos por sus caderas firmes subió hasta llegar a los hombros
dejando caer el vestido por su espalda.
Sus glúteos blancos y firmes aparecieron ante mis ojos, el
contraste que existía entre la carne blanca y las manos negras que la apretaban
era particularmente erótico.
El negro se separo de ella y colocándose a un paso de ella la
recorría con la mirada, sus ojos verdes destellaban de pasión y se podía notar
un bulto en la parte frontal del pantalón.
Tomándola nuevamente de la cintura beso su cuello y se fue
deslizando suavemente hacia abajo hasta llegar a los senos erectos que
reclamaban su atención; vi su lengua rosada salir de sus labios gruesos y de una
manera viperina lamer los pezones rosados, pasaba de uno a otro con una rapidez
pasmosa, de tanto en tanto se lo metía a la boca, y lo succionaba con fuerza
provocando suaves gemidos de la muñeca que tenia en sus brazos.
Ella lo separo suavemente de su pecho, y pude ver el azul de
sus ojos que brillaban de deseo, con la yema de los dedos recorrió el pecho de
piedra bajando suavemente hasta su abdomen provocando que el negro inhalara
ruidosamente. Continúo hasta llegar al cinturón del pantalón y corriendo el
seguro lo libero, ya sin barreras desabotono el pantalón mientras su lengua
recorría los pezones del negro.
Ella metió la mano dentro del pantalón y sin dejar de lamerle
el pecho saco su miembro que estaba con una erección imponente, parecía
transportar el ritmo con que ejecutaba el piano a la manera en la que estaba
masturbando a su hombre.
Sin despegar la lengua de su cuerpo fue arrodillándose hasta
quedar a la altura del abdomen que lamió por espacio de, a mi parecer, eternos
segundos. El hombre suspiraba mientras acariciaba aquella cabeza rubia.
Ella tomo el pene y levantándolo coloco su lengua sobre sus
testículos para después lamer sobre el tronco mientras subía lentamente
recorriendo cada una de la venas del enorme miembro, cuando llego a la cabeza la
recorrió lentamente como si de un rito antiguo se tratara.
El negro sin poder esperar más la presiono suavemente y ella
con una ligera sonrisa abrió la boca y devoro lentamente ese falo negro que
tenia en frente. Se detuvo casi a la mitad del miembro por su expresión pude
notar que no le cabía mas carne en la boca.
Con un vaivén acompasado la mujer hacia subir y bajar sus
labios alrededor de la virilidad del macho.
No puedo decir cuanto tiempo duro esta escena para mi el
tiempo carece de importancia, solo note que el la detenía con suavidad y le
sacaba el trozo de carne lentamente de la boca.
Un hilillo de saliva pendía del glande cuando ella se
levanto.
La belleza rubia se recostó lentamente en el diván que se
encontraba en el medio de la habitación junto al piano.
El negro se saco los pantalones sin dejar de mirar el cuerpo
blanco de la mujer, se acerco lentamente a ella sin prisas, su pene en completa
erección asemejaba la lanza de un caballero que se dirigía al ataque, negra,
gruesa, larga.
Mientras caminaba pude ver el color brilloso de la cabeza del
miembro producto de los líquidos lubricantes.
Parándose con las piernas abiertas sobre el diván, tomo a la
mujer de los tobillos y levanto sus piernas con suavidad, flexionando las
rodillas, el negro coloco su ariete en la entrada del sexo rosado.
La cabeza del miembro separo lentamente los labios vaginales
para irse perdiendo en las entrañas de la chica.
El cuerpo del negro se movía sobre la mujer que gemía
ruidosamente, sus manos acariciaban sus senos, mientras ella hacia lo propio en
las musculosas nalgas del macho y con ello marcar el ritmo de la penetración.
No pudiendo contenerme entre a la habitación, pase junto a
ellos con la rapidez que mi condición me permite, y me coloque en cuclillas
detrás del buró donde la rubia había estado recargada, el aroma a su perfume
llego a mi nariz.
Desde la posición en que me encontraba tenia una visión
inigualable de lo que estaba sucediendo.
Veía como el trozo de carne del negro desaparecía completo en
la vagina de la chica, entraba y salía sin piedad, la mujer gemía y pujaba con
cada estoque que el negro le prodigaba.
El se detuvo y tomándola de las axilas prácticamente la
levanto en vilo, y la puso a un lado del diván, el se recostó, y ella subió al
diván.
Lentamente fue agachándose y colocando las manos sobre el
pecho del macho, se ensarto con lujuria vehemente.
Siguió con moviéndose sobre el falo, que provocaron suspiros
ahogados en el hombre, así continuaron por varios minutos.
Pensé que las escenas no podían ser más eróticas, pero estaba
equivocado.
En la misma posición en que se encontraba la mujer, se
levanto un poco mas de lo necesario sacándose de un solo golpe el pistón que la
atravesaba, solo para escupir sobre la cabeza y colocársela en su anillo
trasero.
Sin medir las consecuencias me acerque un poco mas, y vi de
cerca como se iba atravesando el ano con la estaca brillosa del negro.
Lentamente sin quitar la mano hasta que tuvo al menos la cabeza dentro del
recto, la chica fue bajando.
No acreditaba como iba sentándose, devorando centímetro a
centímetro el pene del negro.
Cuando logro metérselo todo, reinicio los movimientos de
arriba y abajo.
Era hipnótico ver las nalgas blancas abiertas con un trozo de
carne negra en el medio, tuve la escatológica impresión de que estaba defecando.
El sube y baja de la mujer se torno cada vez mas rápido, ella
se sostenía del pecho del hombre mientras el marcaba el ritmo con las manos
colocadas en sus nalgas.
El cuarto se lleno de un aroma que yo tenia olvidado por
tantos años de sepultura, el aroma a sexo, a mujer y a hombre transpirando, el
aroma a líquidos genitales que yo tan bien conocí cuando aun era un ser
viviente.
Mire el rostro de la rubia, estaba descompuesto por el
placer, el tono blanco de su rostro se había tornado rojizo, y sus ojos turquesa
brillaban por el placer.
Ella se detuvo y el hombre continuo bombeando con el enorme
ariete las entrañas de la mujer sin piedad alguna.
Después de unos minutos el se fue deteniendo lentamente
dejando el miembro dentro de la mujer, ella emitió un suspiro largo al sentir
que el negro detenía la penetración, y levantándose lentamente fue dejando salir
la pija que la atravesaba.
Al levantarse pude ver el líquido que manaba de su recto que
por la gravedad salía lentamente.
Contoneándose suavemente se dirigió hacia una silla alta que
se encontraba junto a la barra de la sala, subiendo de frente al respaldo y
flexionando las rodillas dejo su trasero en el aire.
El hombre levantándose se dirigió hacia ella, y acariciándose
el pene lo dirigió nuevamente hacia la entrada del pequeño anillo que se le
ofrecía para ser perforado.
Vi como la cabeza del miembro hizo contacto con el orificio y
el esfínter le presento resistencia que el quebró de un solo empuje, la mujer
soltó un gemido sonoro y hecho la cabeza hacia atrás mientras el negro la tomaba
de las caderas para seguir con el bombeo despiadado que prodigaba a la rubia.
El miembro del negro entraba y salía con una rapidez pasmosa
con cada penetración se escuchaba el golpe de los testículos del negro contra el
trasero de la rubia.
Note a la mujer dejar caer el rostro sobre sus manos con las
que se sostenía del respaldo de la silla, cerrando los ojos respiraba
trabajosamente por la boca mientras dejaba escapar fuertes gemidos de placer,
sus pezones se irguieron aun mas y sus piernas temblaban amenazando dejarla caer
de la silla, entonces me di cuenta de que estaba teniendo un orgasmo mas allá de
lo que su cuerpo podía soportar, el negro la sostuvo de las nalgas afín de no
dejarla caer mientras ella lucia desmadejada, el negro no dejo de bombear y no
parecía tener un momento para detenerse.
Con las nalgas de la chica en las manos el continuo por unos
segundos mas, hasta que vi descomponerse su rostro. Lo escuche lanzar un alarido
mientras intensificaba los movimientos dentro del recto de la mujer.
Se fue deteniendo lentamente hasta quedarse quieto
acariciando el trasero de la chica, ella levanto la cabeza, lo miro con embelezo
y le sonrió.
El se retiro de ella lentamente, y volví a tener la misma
escatológica impresión de que ella estaba defecando.
Cuando se hubo retirado completamente observe el abierto ano
de la mujer dejando salir el semen del negro, esta visión fue solamente unos
segundos ya que ella descendió de la silla y lo abrazo cariñosamente.
Desde mi escondite junto al buró, observe al negro vestirse y
despedirse. Ella se recostó desnuda en el diván y le lanzo un beso de despedida.
La observe por unos segundos más mientras se quedaba dormida.
Salí por la ventana y vi al negro ir por el callejón en busca
de su automóvil, sin pensarlo me dirigí a el, la fiebre sexual en mi mente había
despertado mi sed, y la saciaría con el, la rubia encontraría algún otro con
quien saciar la suya.
Lo ataque con saña, disfrute cada gota de su sangre como si
de esa manera pudiera trasmitirme el placer que había sentido al sodomizar a la
rubia.
Me aleje de ahí sin prisas, esperando que pronto pueda oír
nuevamente esa música.