DIEZ DE MAYO CON MI TÍA IX
Escuchar la voz temblorosa de mi madre me hizo pensar en el
timbre inquieto de los secuestrados que llaman a sus casas exigiendo un pronto
rescate. ¿Qué la secuestraba? ¿Qué podía ser aquello que la retenía lejos de mí?
A lo largo de toda nuestra plática ella habló de todo y de nada. Más de nada que
de todo.
De lo que casi no habló fue de aquel juramento cuyo
cumplimiento teníamos pendiente. La única alusión que hizo fue muy avinagrada,
tan extraña como la negativa de una novia pedida y dada que aplaza la entrega,
luego de decir que sí, porque todavía se la está cogiendo otro y quiere
entregarse sólo hasta que se sepa exclusiva. A falta de virginidad amor.
-No creas que me estoy acobardando. Voy a darte lo que me
pediste. Es tuyo. Quiero que cuando lo tengas sea sólo para ti. Me muero de
ganas de estar contigo. Estoy volviéndome loca, no importa qué haga, me
siento de dieciséis años otra vez; pienso en "eso" todo el tiempo. Ya casi
termino lo que tengo que hacer, ya sabes, compromisos que debo cumplir a
toda costa. Pronto nos veremos en Saltillo.
-Si quieres voy a Monterrey…
-No. No gastes. Sé paciente.
-Esperaré porque tú me lo pides, no porque cueste lo que
sea.
Vaya despedida inusual.
¿Cómo es eso de que no gaste? Viajar de Saltillo a Monterrey
cuesta una miseria. En menos de una hora y media estaría en nuestra casa,
apaciblemente junto a ella, deliciosamente dentro de ella.
¿Quién sugirió que se estaba acobardando? Todo me sonó a que
ella estaba pensando las cosas demasiado objetivamente.
No sé si sentirme tranquilo de tener una promesa suya en las
manos, no sé, me entristecería darme cuenta que esta entrega fuese para ella más
una deuda de honor que un deseo. Pude adivinar una virtud más de mi madre: era
una mujer de palabra. Me quedaba claro que para ella prometer sus caderas es
sinónimo de entregarlas. Siempre ha sido una mujer cumplidora. Por un lado yo
entendía que detrás de aquel gesto dormitaba el honor, un honor que, no obstante
no se ve mucho en nuestros días, me dejaba un amargo sabor de boca. ¿Cómo es eso
de que cuando lo tenga sea sólo mío? ¿No lo estaba siendo ahora? ¿Se estaba
despidiendo de todos sus amigos en la forma que imagino?
En mi mente construía castillos con los siguientes naipes:
Mamá prometiendo, por la causa que sea, entregar su cuerpo. No importaría si al
cabo de unos días ella cambiara de parecer respecto de su amante, su palabra
estaría dada y ella cumpliría, y no cumpliría a desgana, sino que se abandonaría
al cumplimiento de su promesa, mamando como ella sabe, abrazando la verga –o las
vergas, ya ni sé- a su manera, gozando como una desquiciada; porque al margen de
su parecer, estaría ella cultivando su reputación, por no decir recontraputación.
No sé qué me atormenta más, si enterarme de que mi madre
puede dar sus nalgas con aquella frialdad e inconciencia, disfrazando todo de
principios eternos, o suponer que esto que está a punto de ocurrir entre
nosotros será un cumplimiento de palabra y no una entrega de… amor.
Ahora entiendo las palabras que ella misma me dijo aquella
ocasión cuando, teniendo yo diez años, por temor le mentí, dijo que: "una
persona sin palabra no valía nada, que sólo valen aquellas personas que se
visten con su propia verdad. Los fanfarrones, los mentirosos, los embaucadores
que prometen y no cumplen, son poco dignos de fe en el amor y en todo, y no
merecen un suelo fijo para posar sus plantas, ni la lealtad de persona alguna;
sino que merecen un mundo siempre cambiante, un valle sin guaridas, el idioma de
Babel, amistades indecisas, promesas de significados varios y que nunca se
cumplen, y un destino siempre oculto en dirección opuesta de sus ojos". ¡Madre,
cuantas promesas habrás cumplido a lo largo de tu vida! No puedo enfadarme
contigo por eso. Por el contrario, me siento muy orgulloso.
Lesbia llamó para avisar que se quedaría a dormir en casa de
Sandrita, me preguntó si seguía en pie mi ofrecimiento de ayudarla con lo de las
fotos con su amiga, yo le dije que sí. Ella aclaró que en ese entendido ella se
encargaría, esta noche, de convencer a su amiga del plan.
Aun no me reponía de la llamada de Lesbia cuando mi tía llamó
para preguntar si Lesbia había llamado; le dije que sí y cuál había sido su
mensaje.
-Bien. Yo llego más tarde.
-¿Quieres que te espere?
-Es probable que me tarde. Ciao.
-Ciao.
Me sentí profundamente solo, celoso de que los demás
estuviesen viviendo la vida y yo no. Conforme pasaron las horas pude imaginar lo
que hacían mi madre, Lesbia, y mi tía. Lesbia seguramente se toquetearía un poco
con Sandrita para luego, fumándose un porrito, platicar del plan de tomar fotos
mientras yo la desvirgo para luego mostrárselas al patán de su padre; mi madre
se estaría bañando en la tina, lavándose muy bien cada parte de su cuerpo,
mientras que Simone… de Simone no alcanzaba yo a acertar qué hacía.
A eso de las dos de la mañana imaginé que los días de Lesbia
y mi madre habían terminado, incluso supuse que estarían plácidamente dormidas.
La que me preocupaba era Simone. Me sentí como un esposo engañado que sabe que
su esposa le está viendo la cara pero no puede hacer nada para evitarlo porque
ella ya llegará cuando ella quiera.
Dios es un tipo irónico que siempre nos regala las
circunstancias precisas para que las escenas de nuestra vida luzcan mucho. Para
el caso tuvo a bien una de esas sorpresas divinas que sólo él sabe gastar:
mientras yo esperaba impacientemente a Simone, comenzó a llover. El cielo tronó
como nunca, como si las nubes quisieran derribar de un zarpazo a todo aquel que
no estuviese en su casa, y Simone no estaba en la suya, es decir.
Eran las tres con treinta y seis cuando ella llegó a casa y
entró por la puerta. Instintivamente se quitó los zapatos de tacón, ya para no
hacer ruido, ya porque estaba empapada.
Cuando ella se fue por la tarde la lluvia era un deseo
imposible, a su llegada era una sorpresa fría y real. Su cabello se había
desarreglado, su saco, su falda, su blusa, sus medias, todo estaba mojado. Su
rostro brillante lucía como si acabase de terminar la maratón. Sus labios
hinchados, su mirada afiebrada. Ella sin duda se sorprendió de verme ahí,
montando guardia en el sofá de la entrada, como un perro fiel que mueve el rabo
pero le pela los dientes a su indiscutible amo. Sí, yo estaba ahí, con un juego
de toallas listas para hacer mi trabajo; con un cobertor para arroparla, con un
confortable pijama listo, pantuflas a sus pies y un té hecho desde hace horas y
mantenido caliente en el horno. De verdad se sorprendió. Le dio gusto, pero
también tristeza.
-Estaba preocupado-
-Sabes que no me va a pasar nada. Las cosas les pasan a los
demás. ¿Llegó Lesbia?
-No.
Me acerqué y con delicadeza le comencé a secar el rostro y el
cabello. Ella no me besó. Se dejaba secar con cuidado de arrojar su vista a los
rincones menos interesantes de la casa. Al contacto de mis manos se restregaba
contra ellas, y no sé si era la lluvia, pero sus ojos parecían más humedecidos
que de costumbre, como si hubiese llorado hace muy poco. Ella no quería que la
desvistiera, pero tampoco podía evitarlo. Le quité el saco y lo arrojé al suelo,
al caer regó gotas de agua, así de mojado estaba. Ella se cobijó con sus propios
brazos, abrazándose sola, yo le exhalaba aliento para calentarla. Ella se dejaba
secar como una niña. La blusa, también mojada, se pegaba a la piel desnuda de
sus senos. No llevaba el sostén.
Le quité la blusa, estoico, como si no notara la falta del
sostén; su sostén color crema, uno de los más finos, uno de los más
inextraviables. Le sequé el cuerpo y sus poros se alegraban, algunos tenían frío
y se erizaban. Comencé a desabotonarle la falda; ella estaba en medio de un
puente, en un extremo quería que la desvistiera, que la secara con dulzura, que
le diera candor; en el otro extremo quería que me fuera, que no reparara en ella
y la dejara llegar sola, en la otra yo estaba dormido y ella entraba segura y
consigo misma. Nunca le quité la falda con más sutileza y lentitud. Poco a poco
la falda caía a sus pies, revelando sus caderas desnudas y azules de frío,
mismas que se sonrosaban al paso de mis manos y las toallas. La pantaleta no
estaba tampoco. Le quité las medias y le froté las piernas con una toalla,
cuidando de secarle entre los dedos de los pies con un paño. No hubo ni un
rincón de su cuerpo que no apapachara. Comencé a vestirla con el pijama. La
senté en el sillón y le ofrecí el té. Ella estaba, sin embargo, tensa. Quizá no
podía relajarse intuyendo mi pregunta venidera:
-¿Dónde dejaste la pantaleta?
Ella dio un sorbo al té y sonrió para sí misma, como si
dijese "lo sabía", y en su mueca afloró una triste decepción. Yo me sentí
estúpido de haber preguntado, como quien vuelve la vista atrás y con ello pierde
su tesoro, me sentí como la esposa de Lot revirando con nostalgia en dirección
del fuego que arrasa los dulces recuerdos de las noches en Sodoma; como Orfeo
reparando en Eurídice a dos metros de la puerta de salida del infierno.
-¿No pudiste haberlo dejado así, simplemente? ¿No pudiste
simplemente alegrarte de que he regresado y aprovecharte de mi cuerpo,
reclamándome quizá con una cogida muy dura? ¿Cómo permites que tus dudas te
separen de mí? ¿Es tan difícil abandonarte a lo que yo te quiero dar?
-Tal vez yo no funciono así…
-Mas vale que sí, porque yo no sé funcionar de otra
manera, y yo no cambio.
-Vamos. No me juzgues por sentir curiosidad.
-La curiosidad sólo tiene sentido si encuentra lo que
busca. Y tú sabes muy bien qué estás buscando ¿Cierto? Mueres por oír lo que
estaba haciendo ¿Verdad? Eres como todos los hombres.
-Quiero saber cuál es mi lugar, nada más.
Eso de "eres como todos los hombres" me hirió de una manera
indescriptible. ¿Qué hay de malo en eso? En realidad nada, simplemente que si
eres como todos los hombres tu mujer te puede cambiar por cualquiera, al fin y
al cabo, todos son iguales y lo único importante es que hagan sus gracias con lo
que llevan entre las piernas, pero vamos, hombres competentes los ha de haber a
montones y no han de ser difíciles de cazar.
-Vamos. Pregunta.- El ofrecimiento de Simone era
demasiado peligroso, era un derecho que hubiese querido no tener.
-¿Dónde estabas? ¿Qué hacías?
-Me costó mucho regresar de donde estaba y más me costó
dejar lo que estaba haciendo. No me gusta nada de lo que está sucediendo. Me
juré regresar y terminar de hacer si tú me cuestionabas. Intenté portarme
bien, pero no me dejas otra opción de cumplir con mis impulsos. Soy mala,
Lucas, vete acostumbrando. Creo que puedes querer a un ser como yo, y ya me
encargaría yo de recompensarte.
Mi tía se paró del sillón y se fue a su habitación. Yo la
seguí tambaleándome como un condenado que persigue al verdugo para pedirle que
no se distraiga de sus deberes. Quería terminar con la discusión, pero ella no
sólo dio un portazo, sino que cerró con llave su habitación. Con las manos
plantadas en su puerta intentaba adivinar lo que hacía dentro de su cuarto. Yo
me sentía como un total pendejo pese a que creía tener la razón en mis puntos.
Simone salió vestida, nuevamente traía un conjuntito sastre, las medias eran
ahora negras, los zapatos eran ahora rojos y de un tacón impresionante. Se había
recogido de nueva cuenta el cabello y se había pintado la boca de color carmín.
Llevaba lentes. Era un accidente en el tiempo. Ella estaba vestida como para ir
a trabajar. Si esto estuviese ocurriendo a las nueve de la mañana todo sería
comprensible, pero eran las cuatro de la mañana. En su mano llevaba la maleta
que usa para transportar el Proyecto Motsumi, el presagio era clarísimo: alguien
se desnudaría.
-Acompáñame y no hagas más preguntas. Comprende que lo
que hay entre tú y yo está en su momento más delicado. ¿Entiendes eso?
Después de esta noche puedo ser tuya para siempre, o dejar de serlo para
siempre. Me estás jugando. Soy una moneda en el aire.
Uno es tan estúpido. No sabía siquiera si quería yo tenerla a
ella para siempre, sin embargo el instinto machista no podía declinar una oferta
como esa. ¿Qué va a pasar ya que mi madre y mi tía se proclamen mías? Mi tía me
daba miedo, me daba miedo saber que todo esto estaba a una altura y densidad
indescifrable para mí. Resonaban en mi cabeza aquellas palabras que Ozay le
dirigió a Lesbia pero que hicieron blanco en mi corazón: "¿Qué te hizo querer
compartir el destino de esa mujer cuya alma tiene una historia tan complicada y
llena de destrucción, con esa mujer cuya alma ha tejido relaciones tan
retorcidas, que es tan promiscua y tan dada a corromper y alejar a la gente de
su camino?".
¡Vaya afirmación!, ¿Qué protección podría brindarle yo a mi
mamá si Simone se convierte repentinamente en su rival?, vamos, ¿Cómo me
protegería a mí mismo?
Distraído aun, no intuía que durante las próximas horas me
sentiría como un mocoso. Seguía lloviendo. A duras penas podía yo ver a dónde
nos dirigíamos. El automóvil, y la situación en general, la conducía ella.
Simone estacionó el auto afuera de una mansión muy vieja y
extraña. Los techos eran puntiagudos, como si fuese un castillo en miniatura,
pero verdadera miniatura. Los ventanales eran muy altos. Antes de bajar del auto
me indicó que no hiciera ruido alguno, me instruyó a que me colocara junto a una
ventana y que permaneciera ahí, y que por ningún motivo, viese lo que viese, me
fuera yo a mover. Me hizo prometerle que cuando regresáramos a casa yo debía
quererla sin mancha alguna, y hacer por ella lo que tuviera qué hacer, y sobre
todo, no hablar de esta noche y olvidar lo ocurrido.
Ella tenía llave de la reja de entrada; pasamos al patio, me
acomodó en mi ventana y se alejó de mí. Siempre había querido espiar a alguien a
través de una ventana, pero nunca pensé que fuese a ocurrir de esta manera tan
asistida.
Vi que ella se paseaba dentro de un enorme salón, encendió
una lámpara de aceite y la luz permitió ver que ahí, sentado en un sillón,
estaba sentado un viejo. El rostro del anciano se iluminó con la lámpara, pero
más brilló cuando sus ojillos se abrieron y encontraron frente de sí a Simone.
-Sergei. He regresado para que firmemos los papeles.
La expresión de él fue torva. Al parecer "firmar esos
papeles" era algo importante para él, pero era algo importante que le gustaría
haber aplazado. Me conmovió mucho ver cómo el viejo comenzó a llorar. Sacó un
sobre de dentro de un cajón y lo colocó encima de una mesilla. Con todo, las
facciones de aquel hombre me resultaban muy familiares; me daba la impresión de
conocerlo desde siempre.
-Comencemos, pues.
Mi tía sacó una alianza matrimonial de un pequeño alhajero
que estaba encima de la mesita y se lo colocó en el dedo anular de su mano
izquierda.
Sergei (de quien mi tía nos había hablado a mi madre y a mí
cuando nos mostró el Proyecto Motsumi, aunque nos lo había referido como
"Sergio") se dirigió hasta un frigorífico que tenía en el fondo de aquel salón y
extrajo una jeringa de vidrio y una liana de goma. Dentro del frigorífico tenía
una especie de caja de seguridad, un compartimiento que parecía mantener el frío
del aparato, pero a su vez contaba con una perilla para que la portezuela sólo
se abriera conociendo la combinación. Sacó un frasco y fue llenando la enorme
jeringa con su contenido. El líquido era de color rosa fosforescente; la aguja
era enorme y aterradora. Sergei tomó el antebrazo de mi tía y le inyectó la
sustancia. Al instante de que retiró la aguja de la carne de mi tía, ésta se
quedó paralizada, como si una mano invisible la empuñara a toda ella y la
mantuviera de pie.
Sergei susurró al momento que le colocaba a mi tía un listón
negro en el cuello:
-INCUBUS…
Sergei la miró a los ojos, pero los ojos de mi tía estaban
perdidos en un lugar muy distante. La mano de Sergei comenzó a rozar los rojos
labios de mi tía, oprimiéndolos suavemente con las yemas del índice y el pulgar,
dándole al labio inferior la forma de un exquisito clítoris. Mi tía se retorció
como si, en efecto, Sergei estuviese dando ese amable pellizco en el clítoris
mismo. El viejo soltó los labios de mi tía y le metió el dedo en la boca. Mi tía
comenzó a chupar el dedo de aquel hombre como si en él estuvieran resumidas
todas las vergas del planeta, humanas o animales, y mi tía las mamaba todas. Uno
a uno metió todos los dedos en la boca de mi tía, quien estaba perdida, chupando
con una avidez extraordinaria, su lengua no se daba abasto, quería tener miles
de bocas.
El anciano se apartó y mi tía quedó desolada, necesitando
más. Yo estaba muy extrañado con todo lo que estaba viendo. Si hasta ese momento
me sentía medianamente experto en el sexo, aquella escena me estaba provocando
un sentimiento de ser ignorante en el tema, sintiéndome como se sentiría un
astronauta civil queriendo controlar una nave a la deriva mientras todo el resto
de la infeliz y necesaria tripulación ha muerto en extrañas circunstancias.
Había algo que mi juventud aun me proporcionaba, y eso era la capacidad de
apreciar en cada encuentro sexual un descubrimiento. Al amar descubro al otro y
el otro me descubre. Lo que comprendía era que aquello que veía estaba muy lejos
de aquella jovialidad en la entrega. Ni Simone ni Sergei parecían interesados en
descubrirse nada, sino solamente en satisfacerse, cual animales. Era aquello tan
adulto y tan tribal, tan inconcebible para mí, y a la vez tan atrayente.
El anciano apagó la lámpara de aceite y la sustituyó con el
Proyecto Motsumi. El color ocre de la luz de fuego se transformó en una lámpara
azul que al instante reveló todos los tatuajes en la cara de mi tía, tatuajes
ganados a pulso de mamar vergas, de besar coños, culos, de morder carne, de
sudar. Sin duda este anciano era el inventor de aquel artefacto maravilloso,
pues lo encendió con mucha delicadeza, seguro de conocer cada parte de su
funcionamiento. No era un anciano ordinario. Cualquiera que fuese capaz de
inventar una lámpara de luz oscura que al encenderse revela las huellas sexuales
del pasado ha de ser un genio mórbido, un obseso de la desnudez, un fetichista
de la franqueza que degusta más saber las aberraciones que los demás hacen que
hacerlas él mismo.
Mi tía parecía saber a la perfección el tipo de pervertido
con el que estaba tratando, por eso las ropas conservadoras, aquellas que dan la
imagen de frigidez, con un peinado digno de quien no pierde nunca la cabeza,
luciendo aquel cuerpo de ama de casa cuya piel oculta todas las cochinadas que
gusta de hacer. Toda la lujuria, toda la desvergüenza, eran invisibles a todos
los hombres, más no para este vouyerista espectral. El contraste entre la pulcra
manera de vestir de mi tía y las marcas de su carne era estridente.
Automáticamente la espina dorsal de Simone se arqueó, resaltando lo más
primitivo de sus formas, haciendo un leve esfuerzo para inflar la casi
imperceptible pancita se transformó de humana en diosa grávida. Su andar comenzó
a ser sobreactuado, como si estuviese dentro de una pasarela de la carnalidad,
como si estuviese en un zoco donde venden esclavas y ella fuese la carne en
venta. Dado que nadie parecía interesado en comprarla se comenzó a quitar la
ropa.
Estaba yo en la ventana con la mirada de un perro al que no
dejan entrar a la cocina, relamiéndome los labios ante el imperceptible olor del
coño de mi tía, imaginándome su sabor en mi rostro.
El cuerpo de mi tía ya lo conozco a detalle, pues lo he
besado casi todo, sin embargo, estaba yo muy alterado con esta situación. Qué
lejos estaba yo de todo lo que había yo vivido con ella, nuestra relación
siempre había sido festiva, incluso no me importó compartirla con el cubano
porque se trataba de eso, de un alegre compartir, pero ahora, ahora se trataba
de una escena de exclusión, se me estaba haciendo a un lado y estaba obligado a
ver todo y cuanto pasaba. Con el cubano no sentí celos, sino más bien un morbo
que disparaba mi calentura a límites insospechados, pero esto, esto era otra
cosa.
Hay una palabra que denomina esto que estaba sintiendo, pero
no la recuerdo; tendríamos que encontrar una palabra que resumiera una
excitación oscura y morbosa, un gusto por saberse perdido y engañado, un poco de
furia vengativa y arrogante desdén, el conocimiento momentáneo de sí mismo y la
aceptación de la propia estupidez. Todo me provocaba. El cuerpo de mi tía me
parecía tan ajeno. No podía yo despegar la mirada de sus pasos, su cara de
seducción me tenía completamente embrujado y, para mi pesar, su encanto tenía
dueño, y no era yo.
Mi tía seguía deambulando con paso de jirafa, sus fuertes
muslos parecían querer romper su falda a cada paso. Su cuello y su rostro
refulgían en trazos dibujados por gotas fugaces de semen inmortalizado. El
anciano se puso en pie y acercó una petaca. De ella sacó una enorme verga de
goma que mediría medio metro de largo, con forma de glande en ambos extremos. Mi
tía comenzó a desabotonarse la blusa tan lentamente que el tiempo parecía
estirarse más y más. Ya ansiaba ver el sostén de mi tía, sus pezones, sus
costillas; mis ojos tenían sed como si no la hubiese visto desnuda nunca antes.
El viejo se colocó el dildo dentro del pantalón a manera que de su bragueta
emergieran los dos extremos del consolador. Evidentemente el dildo había sido
doblado en forma de "u" y rodeando el calzón para poder crear el efecto de que
de la bragueta surgieran un par de vergas de unos veintitrés útiles centímetros.
Armado como estaba con aquel par de falos enormes, Sergei parecía un tronco de
la selva tropical, seco y poroso, arrumbado en el suelo y sobre el cual habían
brotado un par de hongos magníficos y silvestres.
Mi tía se había quedado únicamente en medias, con sus zapatos
rojos puestos. Mi tía daba unos pasos para un lado y luego para el otro, como
una bestia a la que le han tirado un dardo y no sabe qué hacer. Despierta, sí,
moviéndose, pero desvariando de vez en cuando, riéndose de la nada para luego
ponerse seria. Al cabo de unos cinco minutos su movilidad empezó a mermar.
Me tallé los ojos y sacudí la cabeza con fuerza para
demostrarme que estaba bien despierto y que no había ninguna legaña que me
tendiera un acto de ilusionismo. Sergei había untado lubricante en sus dos
vergas de plástico y masturbaba cada una de ellas con la mano que
correspondiera. La forma en que las empuñaba y restregaba daban la impresión que
él sentía el duro deslizar de su palma a lo largo del tronco, tal como si ambos
miembros le fuesen propios. Aquel par de cilindros de torcían de manera muy
natural. Pero eso no era lo que me tenía mudo.
Mi tía se había hecho hacia atrás y se había recargado en el
dorso de innumerables libros que estaban acomodados en un inmenso librero que
cubría toda la pared. Estaba recargada a la altura de sus omóplatos, con la
pelvis echada hacia delante, con sus brazos a ambos costados; no se abrazaba, no
se tocaba, sencillamente se recargaba en los libros con sus palmas de cara a los
libros; con su par de piernas abiertas, su cara un tanto desfigurada, su cabello
revuelto encallando en su sudor. La lámpara azul mostraba el cuerpo de mi tía
más desnudo que desnudo, con todos sus pecados a flor de piel. Además de hacer
evidentes todas las huellas que el placer había dejado en el cuerpo de mi tía,
la cámara parecía resaltar el viaje lento y cadencioso de la sustancia rosa a
través de las venas de mi tía. Al principio parecía que el líquido era espeso y
paralizaba a mi tía, pero a su paso llenaba de belleza los parajes musculares de
su cuerpo, las figuras de sus anteriores pecados, otrora quietas como estatuas
de piedra, cobraban vida, como si revivieran en su carne. Mi tía lanzó un gemido
como nunca se lo había escuchado, ronco, que provenía desde sus pulmones; un
aullido de loba que es copulada, como un alma abandonándose de una buena vez al
vicio, como al cuerpo liberándose por fin de la vergüenza, sobrevolando el
pecado original y destruyéndolo.
Al instante, la mancha rosa parecía sobrevolar aquellas
partes del cuerpo de mi tía por donde viajaba, como si fuese una sombra que
poseía aquel cuerpo mortal y débil a los placeres. Cuando la mancha rosa por fin
llegó al sexo de mi tía, adquirió primero una forma como de serpiente, luego
como de lagarto, para terminar convertida en una figura antropomorfa que hundía
sus manos en el coño de mi tía, masturbándola a intervalos dulces y frenéticos.
Los dedos de aquella sombra se estaban metiendo vertiginosamente en el cuerpo de
Simone, quien comenzó a manar néctar en cantidades más que generosas. Luego la
silueta se dobló de una manera imposible para alguien de carne y hueso; su
cabeza quedó a la altura del sexo de mi tía. El movimiento de la cabeza rosa
daba a entender la vehemencia con que aquel ente estaba dándole unas mamadas. Mi
tía no sólo gemía, sino que gritaba de gusto. Era como un pequeño goblin, un
genio lascivo, o como bien había dicho Sergei, un íncubo.
El genio rosa se le colgó encima, colocando sus piernas sobre
las piernas de mi tía, abrazándolas como si de una enredadera se tratara,
rodeando con sus brazos todo lo ancho de la cintura de mi tía, posando la sombra
de su cabeza a la altura de los pechos de Simone, pero sobre todo, colocando lo
que sería su pelvis sobre la pelvis de mi querida tía. La lámpara azul, que daba
un retrato fiel del placer, dejaba ver lo que pasaba. El demonio rosa no estaba
fuera de mi tía, sino dentro; podía conocerse su existencia porque su silueta se
dibujaba en la piel de mi tía, y por otras manifestaciones aun más
sorprendentes, por ejemplo, si se veía la silueta tomando con su mano el
fragante pecho de mi tía, en el volumen de su pecho se apreciaban hendeduras
como la que haría una mano al apretar; si la mano etérea sostenía hacia arriba
una teta, esta se alzaba de su caída natural, lo cual era físicamente imposible;
si el goblin hacía la pantomima de abrir los labios del coño de mi tía con sus
dedos para mamar mejor, los labios se abrían en la realidad, e incluso el
clítoris de mi tía se movía frenéticamente al ritmo del ingrávido vaivén de la
lengua tenue, rosa casi invisible, del íncubo.
El incubo rosa encaminó la punta de su falo a la boca del
sexo de Simone y la penetró con un golpe seco. El coño de mi tía, tal como lo
supuse, enmarcó una penetración cilíndrica. El diablillo se remolineó un poco
ahí, sin sacar un solo milímetro su gruesa verga carmesí. En respuesta a aquella
embestida, unas gotas de oro brotaron de los labios vaginales de mi tía. Acababa
yo de presenciar un orgasmo en vivo. Pero no sería el primero.
El genio siguió moviendo sus caderas encima del sexo de mi
tía, penetrándola con su verga descomunal. Mi tía gemía como la poseída que era.
El íncubo deliraba cada vez que mi tía dejaba brotar las mieles de su orgasmo.
Los gritos eran una provocación absoluta para mí. Mi tía seguía con sus manos
pegadas a los libros, pero a esa altura aparecieron un par de genios más,
colocándose a manera que sus penes erectos quedaran a la altura de las manos de
mi tía, quien tenía los ojos cerrados y la mente en el infinito, pero al sentir
la llegada de estos nuevos invitados, comenzó a magrearles con la mano,
sopesándoles los testículos para ver qué tan cargados de leche estaban, y luego
empuñó un miembro en cada mano para comenzar a frotarlos con animosidad. Su
cuerpo era uno y sus manos parecían independientes.
Los genios que se estaban dejando masturbar comenzaron a
manar leche blanquísima en las dulces manos de mi tía, como volcanes que todo lo
invaden y empapan con su magma espesa todo lo que se atraviesa a su paso. Esos
genios desaparecieron, pero llegaron otros a ocupar su lugar. Mi tía igual
comenzó a jalar el pene de los recién llegados, quienes también duraron muy poco
tiempo antes de regarse entre los dedos de mi tía. El semen de ellos recorría la
piel de la mano de mi tía, y al caer al suelo se convertía en lágrimas de ángel.
El goblin que penetraba en la vagina comenzó a verter toda su leche brillante en
la matriz de mi tía, y ella correspondió aquello con aquel oro suyo, acompañando
esta acción con un alarido de éxtasis.
Apareció otro genio de color rosa, quizá más oscuro que el
anterior, con una verga mucho más grande, el cual colocó sus manotas en las
nalgas de mi tía oprimiéndolas hacia adelante pero abriéndolas a los extremos.
Se colocó en posición y atestó su banderilla hasta vientre abierto de mi tía, y
al llegar a la profundidad máxima de su miembro, al chocar con la pared última
de la matriz, eyaculó. Mi tía meneaba la cabeza de deleite, pues sin duda la
leche de aquel genio era caliente, y con su forma de ameba curiosa besaba por
dentro la cavidad; en mi tía se advertía la satisfacción femenina de saberse
preñada, o al menos capaz de mermar la semilla del hombre, de agotarlo, de
consumirlo.
Aquél genio no se apartó de mi tía después de haberle
eyaculado las entrañas, sino que empezó a bombearla más y con furia, y a cada
embestida eyaculaba, diez, veinte, treinta veces, a cada golpe eyaculada, y mi
tía se embriagaba cada vez más. Mi tía decía que no, que parara, pero más abría
las piernas, y en ocasiones suplicaba que ya no más pero echaba la cadera hacia
adelante para recibir un nuevo chorro de esperma blanca y regalando ella su
propia miel. Su vagina era un caldero de semen regado que terminaba por
resbalarle por las piernas. Se formaban riachuelos de semen a lo largo de sus
piernas; ríos que al tocar el suelo se convertían en polvo de estrellas, y el
genio eyaculador seguía complaciendo a mi tía con aquella constancia en su
pompeo y su eyaculación a cada vez. Mi tía tenía la cara desfigurada de placer,
no cabía duda que le estaba encantando saberse capaz de hacer eyacular tanto a
este nuevo genio. Si no existieran riesgos de embarazo ni enfermedades, mi tía
sería de las que eligen que el hombre se les corra dentro.
De la nada apareció un nuevo goblin, este se colocó a su
espalda y comenzó a empalarla por el culo y sujetarle las tetas desde atrás.
Como eran etéreos y sólo existían en el cuerpo de mi tía, podían empalmarse como
quisieran. El demonio que la penetraba por delante, el que se regaba cada vez
que embestía, logró muy buena coordinación con el que le daba por el culo, que
también comenzó a eyacular muy constantemente. Un tercer goblin lamía el sexo de
los tres, de su compañero que la penetraba por delante, el que la penetraba por
detrás y el coño de mi tía en aquellas partes que quedaban libres.
Mi tía no dejaba de masturbar a los genios que seguían y
seguían apareciendo. Apareció un nuevo goblin que pensó que él también cabía en
la vagina y, repito, al ser etéreos podían concurrir en un mismo lugar sin que
sus volúmenes fueran un estorbo. Así, el diablo que martilleaba en forma
concisa, el eyaculador, lo seguía haciendo, mientras el goblin recién llegado se
metió también en la vagina y comenzó a arremeter a un ritmo muy frenético,
poniéndose caliente con lo resbaloso de aquella cavidad, lubricada a punta de
esperma. Otro más pensó que también cabía en el culo, y se ensartó también.
Aparecían íncubos por todos lados, muchos de ellos nada más
mordían la piel de mi tía, y otros más le golpeaban el cuerpo con sus vergas. Mi
tía tenía un rostro como si gritara, pero tanto era el placer, tanta la
sobredosis de sensaciones, que sencillamente no salía sonido alguno de su
garganta. Todo eso podía verse dibujado en su piel, todo era parte de ella, su
sexualidad era así de anárquica, así de desproporcionada, así de bestial.
Un goblin apareció a la altura de los benditos pechos de mi
tía y, presionando una teta contra la otra metió su tranca entre los dos pechos,
comenzando a regarse casi de inmediato, pero sin dejar de hacerlo durante unos
tres minutos en los que manó más y más leche que escurría de entre los globos de
mi tía, cayendo en cascada hasta su ombligo, bañando las vergas de quienes la
penetraban en el coño, quienes parecían reciclar el semen de la cascada,
metiéndolo a vergatazos al coño de mi tía. A la altura de su rostro apareció un
nuevo goblin, éste le atascó la boca con su gorda verga, muy parecida a la mía,
el goblin le sujetó de la cabeza y hacía que mi tía tragara todo aquel tronco.
Otro más se metió, y otro más. La estaban penetrando unos siete íncubos a la
vez, y cuando uno desfallecía llegaba uno más para morderle las tetas, para
cogérsela, para darle por el culo, para regársele en la boca. Uno a uno fueron
desvaneciéndose.
Cuando el último se fue, mi tía se desplomó en el suelo,
exhausta, pero con una cara aterradoramente puta, con una sonrisa infernal, como
quien ha devorado muchas almas y no siente la más mínima culpa. La orgía había
durado unos treinta minutos, pero habían sido treinta minutos de un orgasmo tras
otro. Mostraba una evidente taquicardia. El sexo de Simone estaba embadurnado de
su oro propio, de su miel, y de las mieles de los goblins que resbalaban por su
garganta, por su cuello, por sus piernas, por su culo. Sentí el deseo de mamarle
el coño para ver a qué sabía luego de regarse tantas veces.
No fue sino al cabo de unos diez minutos que logró
reaccionar, dirigiéndole a Sergei una risa ebria, desarticulada. Sergei se
acercó y metió dos de sus dedos en el coño de Simone. ¡Dios mío, cuanto lo
envidié! No fue sino hasta ahí que comencé a formularme juicios de Sergei. Era
ya muy viejo, delgado, de color casi amarillento, magro y acabado. Su rostro me
sonaba conocido, pese a que estaba seguro de no haberlo visto nunca antes. Su
voz era dulce, bien modulada, y muy varonil. Era ese tipo de hombres que son
feos pero por alguna razón atraen. Mi corazón comenzó a ser invadido por la
envidia y los celos, y me sentía objeto de una gran injusticia; repelaba del
hecho de que un hombre tan absurdamente falto de gracia estuviese generando
tanta devoción en mi tía. Tenía, desde luego, mis dudas. En el fondo me sabía
jodido en esta competencia que sólo yo creaba; por feo que estuviese, un hombre
que te lleva de la mano ahí donde mi tía había estado –ya en su fantasía o ya en
su realidad- no puede ser tratado con un no por respuesta. Vamos, sería estúpido
no entregarse a quien te va a hacer gozar como loca, ya en el cuerpo, ya en la
mente, que es el terreno de la lujuria. Mi tía era una mujer hecha, y como tal
evalúa a los hombres por lo que son capaces de hacer, no por su apariencia. Yo
era, en ese momento, una apariencia vil.
Sergei se quitó el pantalón. Llevaba puesto un cinturón
fabricado para cargar en la pelvis el dildo doblado. De esta forma, Sergei
ofrecía a Simone tres vergas. Ella caminó a gatas hasta él. Mi orgullo hubiera
querido que él le gritara, que la forzara un poco, que la dominara de alguna
manera obligándola a que ella hiciese cosas que no quisiese hacer, pero vamos,
ella estaba muy lejos de no querer hacer todas las cosas que Sergei seguramente
quería que ella hiciera. Avanzó, como dije, a gatas, voluntariamente, lanzándole
a aquel viejo una mirada de deseo que nunca me ha dirigido a mí. Se puso de
rodillas frente a él, quien mostraba dos penes de goma, más el suyo propio,
sorprendentemente enhiesto, de buen tamaño, de una vitalidad impresionantemente
incongruente con el aspecto magro que él ofrecía en su conjunto. Las vergas de
plástico chocaban torpes con la cara de mi tía, quien sujetó el pene de Sergei
con una de sus manos y comenzó a comerle los huevos.
La piel de mi tiíta linda era un cielo pleno de
constelaciones. Cada acción suya era un crimen de lesa castidad. Con su mano
masturbaba la verga de Sergei mientras que con sus labios y lengua jugaba con
las dúctiles bolas del viejo. Diría que aquellos testículos seguramente olían a
ranciedad, por lo viejo de Sergei, pero nadie que viese su verga pensaría que
era un hombre sexualmente indefenso. Mi tía acomodó la tranca de Sergei en
posición y la engulló toda, abriendo bien las mandíbulas y lamiendo lo mejor que
su lengua podía en una posición tan comprometida. La forma que mi tía tiene para
comer vergas es única, sus dientes siempre se hacen notar, pero nunca hieren,
sus labios refriegan la piel con un tacto muy suave, el interior de sus fauces
es caliente, y su lengua nunca está quieta. Me excitaba mucho verla haciendo un
buen trabajo.
Mi tía se puso en cuatro patas y Sergei la penetró por el
culo. Mi tía estaba completamente domada, rendida a aquel cilindrar del viejo.
Los músculos de las piernas de Sergei tenían la piel floja, dando la apariencia
de ancas de rana, pero de una rana que equivocó la talla de piel y compró una
talla más grande; las nalgas de Sergei brillaban por su ausencia, mientras que
su culo estaba densamente poblado de vellos color castaño –él era rubio en el
escaso cabello que tenía en la cabeza-, sus codos tenían arrugas y su espalda
algunas pecas, manchas de la edad, un lunar carnoso. Era una oda a la
decrepitud, quizá por eso era más humillante verlo montando a mi amada, quien
yacía fragante a sus pies, empinada para él, con su culo alzado para él,
ofreciéndole al tacto sus caderas y regalándole la música de sus jadeos. Las
nalgas de mi tía estaban bien sujetas por aquellas manos viejas. El coño de mi
tía estaba muy hinchado, deseando tener dentro una verga ahora mismo, pero a
Sergei parecía no importarle ese paraje del cuerpo de mi tía. Las vergas de
plástico le pegaban a mi tía en la espalda baja conforme Sergei la empalaba.
Sergei se tendió en el suelo y mi tía comenzó a montarlo,
sentándosele de culo en la tranca. Primero dio unos cuantos sentones, como para
colocarse en la forma que mejor equilibrio le diera. Ya bien ubicada, comenzó a
meterse en el coño una de las vergas de plástico. A cada sentón, con su culo
hacía desaparecer la verga de Sergei, y con el coño devoraba otra de las vergas.
No me sorprendió cuando la vi intentar meterse las dos vergas de plástico, hasta
eso angostas, en el coño, a la vez que se sentaba de culo en la verga de Sergei.
Mentiría si dijera que mi tía tenía mucha movilidad, pues con tres vergas
metidas no podía desplazarse con la soltura que ella quisiera, sin embargo, si
le había cabido el puño de mi madre en el cuerpo ¿Por qué no habrían de caber le
tres vergas a un tiempo? El ritmo era lento, lentísimo, pero la sensación era
intensa. Aquí lo frenético del ritmo, lo frenético, pasaba a un segundo plano;
ahora lo que importaba era la capacidad, la elasticidad, la resistencia del
cuerpo. El gemido de mi tía era ronco y constante, segura de estar viviendo un
exceso.
-¡Ay, qué delicia!
Con esfuerzo y un poco de dolor, mi tía aceleró el paso de
sus caderas. Obvio, aquella repentina prisa no significaba nada para ella, lo
estaba haciendo para él. Sergei comenzó a bombear, derribando todo escrúpulo,
sin pensar en el posible daño que pudiera hacerle a Simone, quien ciertamente
reprimía todo gesto que revelara incomodidad. Sergei no duró mucho, comenzó a
gritar como energúmeno, un grito animal, estaba vaciando su leche en el culo de
mi tía, en el tracto interno tan invadido por lo que pasaba en la cavidad
vaginal tan sobrepoblada por las vergas de goma.
Mi tía se recostó un momento sobre el cuerpo de él, pero eso
no duró mucho, sobre todo porque él se comenzó a inquietar, como si tanta
cercanía humana le incomodara, como si su espacio vital fuese objeto de una
invasión no deseada. Con cualquier pretexto se quitó a mi tía de encima. El se
volteó, de hecho parecía no querer verla más. Mi tía sencillamente se comenzó a
vestir. Él sacó de un sobre algunos documentos y los firmó, los guardó de nuevo
y cerró el sobre con un hilo. Mi tía reviró a la ventana en que yo estaba y
aprovechando que Sergei miraba a otro lado me guiñó el ojo. Aquello fue un gesto
que no supe interpretar.
El día comenzaría a clarear en cualquier momento, así que me
retiré del ventanal para irme a donde estaba el coche. Además, no me iba
resultar fácil aceptar que mi tía se despidiera de beso de aquel viejo. Mi tía
salió de casa de Sergei y se dirigió al auto; su andar estaba un poco
descompuesto, y no era para menos, su culo y su coño estarían no sólo hinchados,
sino exhaustos. Durante el camino no pregunté nada, tal como ella me había
instruido.
Sólo ella habló:
-¿Me quieres después de lo que has visto?
-Se necesita más que eso para que yo deje de quererte…
-¿A sí? Eres una bala perdida. ¿Cómo qué necesitaría pasar,
eh, cuéntame?
-Lo que necesitaría pasar es que yo muera.
Mi tía supo que lo que le acababa de decir era una cursilería
memorable, pero no la discutió, sino que la aceptó como un gesto dulce. Ella
había pedido que yo no preguntara nada, pero eso no impedía que ella no pudiera
revelar aquello que quisiese. Ella comenzó a hablar como en un soliloquio con
canal abierto.
-Cuando dije que Sergei tenía setenta y cinco años no
mentí. Tampoco mentí cuando dije que tenía él dos años de conocerme, pues
aunque nuestra historia es antigua, era yo una desconocida para él, hasta
hace dos años. La historia de mi amiga y del cirujano es cierta, fue en una
fiesta que conocí a Sergei, yo era la putita del cirujano y Sergei era un
genio en el lugar equivocado. La fiesta no ocurrió hace dos años ni hace
cinco, sino hace muchos más. Te engañas si piensas que yo soy la esclava de
Sergei, que él hace conmigo lo que quiere, que vengo seguido a su casa para
que él me haga lo que viste. En realidad yo soy su musa, él hace cosas para
mí, el inventó la lámpara para mí, inventó esa droga para mí. Ha hecho por
mí muchas más cosas que cualquier hombre, sin embargo, eso no es suficiente
para que seamos la pareja ideal. Por ser él como es, por ser yo como soy. Él
tiene años queriendo morir, pero yo no lo he dejado. Ha sido muy difícil
para mí venir. Lo que voy a decirte es algo muy personal, demasiado, y te lo
digo a ti por una sencilla razón, porque me estoy enamorando y, contra mi
costumbre, me estoy pensando llevar las cosas contigo muy en serio. Esto que
viste es el rompimiento de esta relación que Sergei y yo tenemos. Y me duele
un chingo –comenzó a llorar- que esto pase. Créeme, sigo pensando que el
mundo es mejor con Sergei en él, la mayoría de los hombres son una miseria,
hombres como él son un tesoro, eso, Sergei es un tesoro incomprendido, un
tesoro destinado a que nadie lo encuentre; terminar con él es darle, por
fin, permiso para morir; significa que ya no lo voy a ver jamás, y esa es la
única razón que lo mantiene aquí sobre la tierra. Por eso le regresé el
Proyecto Motsumi, no lo quiero. "Incubus" es otro de sus inventos, y lo
destinó para una sola persona, para mí. Le conozco, destruirá la toma que
quedó en su frigorífico y calcinará la fórmula, la lámpara recibirá algún
martillazo. Por eso tenía que dejarme aplicar esa droga, pues era lo justo,
aunque hacerlo implicara nuestro adiós definitivo. Ahora sí, puedo ser tuya.
Llegamos a la casa y le ayudé a bañarse. Ella hablaba de vez
en cuanto, de tonterías. Era como si el episodio de hace algunos minutos no
hubiese existido. Lesbia llegaría en cualquier momento, no pude acostarme con
ella como hubiese querido. Yo estaba muy cansado, pero mi cuerpo tenía mucha
adrenalina encima.
Mi tía se durmió casi inmediatamente, sin embargo, antes de
caer dormida me dijo:
-Lucas, te pido que no le cuentes a Delia nada de lo que
ha ocurrido esta noche, ¿Quieres?, tal vez sea momento que entendamos que
esto que hay entre nosotros es nuestro secreto.
-De acuerdo, aunque pienso que nunca ha habido ese
secreto…
-Tonto- dijo con ternura –que cojamos no es secreto, que
te amo sí. ¿Podrás guardar ese secreto frente a Delia?
-Si.
-¿Puedes jurarle eso a tu tía?
-Si.
Pareciera que mi "sí" fuese la más dulce canción de cuna. Mi
tía se tumbó en el colchón y quedó inmóvil. Yo me quedé viendo cómo dormía.
Parecía una mujer tan ordinaria, de esas que supones que nunca intentarían nada
osado, parecida a esa tía que tú seguramente has de tener. Dormía, podría
incluso asegurar que soñaba cosas buenas. Su piel se veía ahora tan tersa, tan
inmaculada, y sin embargo, detrás de su piel está su verdadera naturaleza. No
podía yo concluir nada porque seguía confundido. Sin embargo, me di perfecta
cuenta que las últimas palabras que ella había pronunciado tenían una única
intención: crear un vínculo en el que mi mamá no tiene cabida. Y yo había
jurado.
Por mi mente pasaron mil cosas, y una de ellas sí me dejó
verdaderamente preocupado: Una voz interna me decía que era mi deber recuperar
la dosis de "incubus" para aplicársela a mi madre. Eso era robar, a todas luces.
No pude preguntarle a Simone acerca de qué significaba la argolla matrimonial
que se había puesto ante la presencia de Sergei. El sobre con los documentos
estaba en el cajón del escritorio, mi tía roncaba tranquilamente, no había nadie
más en la casa. Mi madre me había contado cierta historia de mi tía, pero nunca
me contó si ella estuvo casada alguna vez o si no lo estuvo. Me doy cuenta que
cualquier cosa pudo ser mentira o verdad. Como un vil pillo me acerqué al
escritorio. Me quedé paralizado, seguro de saber que aquello que estaba a punto
de hacer estaba mal. Aun así abrí el cajón con todo el sigilo del mundo,
memoricé el acomodo del cajón y la forma en que estaba anudado el hilo que
cerraba el sobre; dejaría todo justo como estaba.
Abrí el sobre y, en efecto, se trataba de un convenio de
divorcio. Mi tía y Sergei eran esposos. Leí párrafos que nada decían acerca de
las razones de la separación. Me sorprendí de leer unos párrafos donde se
establecían las cláusulas relativas a la hija común de ellos. ¡Hija común!
¡Lesbia! ¡Lesbia era hija de Sergei! De ahí el rostro familiar. Las cláusulas
eran muy reveladoras, convenían que no se le informara a Lesbia la identidad de
su padre, al menos hasta la muerte de éste, a la vez se le nombraba a Lesbia
como heredera universal de cualquiera de los dos, en caso de que muriesen. Cerré
el sobre deprisa, lo até con el hilo y lo acomodé justo como estaba.
Mi respiración estaba agitada. Las palabras de Ozay se me
clavaban en la cabeza. Sergei estaba casado con Simone, por lo tanto yo estaba
robándole la esposa a Sergei, todo parecía estar cuadrando. Me preocupaba
aquello de que el esposo se convertiría en un monstruo y que su único objetivo
sería destruirme, pues, como ha de entenderse, un científico loco ha de ser uno
de esos enemigos que uno no quiere tener. Dios santo, la cantidad de ideas para
destruirme que se le ocurrirían a Sergei es aterradora. ¡Cuanta sofisticación
podría tener mi muerte!
Todo era tan confuso. Simone deseando ser mía, por qué no
casándonos, Lesbia y yo casi de la misma edad. Yo casi su padre y a punto de
cojerme también a mi madre. No sé qué diablos sea una existencia normal, pero
estoy seguro que esto que yo vivo dista mucho de serlo. Dormí un poco, tuve mil
pesadillas.
Cuando me desperté mi plan seguía en pie. Mi mente repetía
una u otra vez la voz de Sergei diciendo "Incubus". En mis ojos se agolpaba el
recuerdo de ese calidoscopio de placer que era mi tía amante, mi amor secreto.
¿Cómo podría verla igual que antes? Los goblins, los genios, los demonios, los
duendes, todos formaban parte de ella, lo podría jurar, y si el espectáculo
había sido monstruoso sólo obedecía a una razón: que mi amante era eso, un
delicioso monstruo, un monstruo que me gusta mucho disfrutar. "Incubus" era
demasiado preciado como para permitir que se destruyera. Incluso la lámpara azul
era demasiado importante como para que fuese rota a martillazos. La humanidad no
sería igual si se destruyeran ambas maravillas.
Estaba obsesionado. Tal vez necesitaba eso, una obsesión.
Mi madre llamó, sostuvimos una plática muy breve. Algo había
cambiado, ahora yo tenía no un secreto, sino varios, que debía ocultarle a mi
mamá. Cierto que ella me ocultó durante toda su vida su agitada vida sexual,
pero esto era diferente, mis secretos no buscaban la seguridad de nadie, sino su
exclusión. Terminamos de hablar. Lesbia me puso al tanto que la sesión de fotos
con Sandrita sería dentro de cinco días. Me dijo que me notaba extraño, yo le
hice ver que eran figuraciones suyas. Mi tía, muy en su papel, seguía gobernando
su casa como siempre, pero su mirada seguido la delataba, pues me miraba con un
brillo de mujer enamorada. Lesbia no se daba cuenta del fuego cruzado de
nuestras miradas, al grado que nada sospechaba y me coqueteaba muy sutilmente.
Mi tía nunca estaba en el sitio oportuno para presenciar aquellos coqueteos; no
sé que ocurriría si Simone atrapa a Lesbia coqueteándome. Lesbia y Simone pueden
escapar la una a la mirada de la otra, pero ¿Podrían escapar a las intuiciones
de mi madre? El episodio de la penetración con el puño me había dejado bien
claro que mi tía era estridente, pero que era posible que mi madre tuviese un
corazón todavía más duro que mi dulce Simone.
Eran tantas cosas para mi propia mente que la verdad quería
que el tiempo hubiera transcurrido ya. Renté una especie de caja de seguridad,
una bodega muy pequeña que alquila la oficina de correos, apenas del tamaño de
tres cajas de botas, suficiente para almacenar ahí al Proyecto Motsumi y a la
fórmula, si es que la encuentro, de "Íncubus". Mi repentino interés por robar
aquellos artículos era fruto de una mezcla de todo. Mis relaciones personales se
habían comenzado a complicar mucho, tenía, de la noche a la mañana, un enemigo
nuevo que afortunadamente ni siquiera sabía de mi existencia, así que habría yo
de adelantarme, conocerle yo a él, ajustar mis cosas.
Me decidí por fin a ir a casa de Sergei. Lancé una nube de
pretextos y evasivas para confundir a mi tía y a mi prima. Salí a hurtadillas de
la casa y tomé prestado el auto de mi tía. Lo estacioné a una distancia
razonable para que Sergei no lo viera estacionado. Esperé en el coche hasta que
comenzó a oscurecer. Una vez que la luz del día se extinguió, salí del auto y
brinqué la enorme barda de la casona de Sergei. Su jardín estaba tan
desarreglado que podía uno perderse entre la hierba con gran facilidad. Me
adentré por el jardín y husmeé por las ventanas para intentar descubrir en qué
parte de la casa estaba él. No pude verlo por ningún lado. Sin embargo, al
agacharme entre unos matorrales encontré a alguien que no esperaba: ¡Lesbia!
-¿Qué haces aquí?...
-Shhhhh! No hables tan fuerte. ¿Tú, qué haces aquí?
-Te seguí.
-Ya me doy cuenta, pero vuelvo a preguntarte ¿Qué haces aquí?
-Te acompaño. No querrás hacer sólo algo que te cuesta tanto
esfuerzo ocultarme.
-Preferiría que regresaras por donde viniste.
-¿Vas a robar, cierto?
-Algo así.
-Primito. Mentir hace mal a la salud. De mí no debes
esconderte.
-Si, voy a robar.
-¿Qué es eso tan importante que tienes que robarte?
-No puedo decirte la historia.
-¿Por qué sencillamente no se lo pides al dueño?
-Imposible. El mundo no es tan claro como tú lo ves a veces.
-Déjame ayudarte.
-¿No te vas a ir, verdad?
-No quisiera.
Viendo que no me quitaría de encima a Lesbia le expliqué
cuáles eran nuestros objetivos. Como secuaz en un crimen Lesbia era
divertidísima, era ella uno de esos ladrones de comedia al que todo le sale mal.
Pero no estábamos en ninguna película, y aquello podía resultar peligroso. Por
otra parte sentía un raro entusiasmo de tener a Lesbia haciéndome segunda en
esto. Tal vez mi resistencia a que ella interviniera se debía a que Simone no me
perdonaría que fuese yo quien trajera a Lesbia a casa de Sergei, vaya, ni
siquiera era digno de perdón que yo quisiera robarme la lámpara y el "incubus".
En la puerta de atrás había una entrada abatible, seguramente
para mascota, lo suficientemente amplia para que cupiéramos Lesbia y yo. Lesbia
quiso pasar primero. Quise darle un beso de enhorabuena, pero no lo hice. Ella
asomó la cabeza hacia el interior de la casona y al no encontrar vigilancia se
metió. Traía puestos los pantalones celestes que tan bien le quedan. En cuanto
pasó el umbral de la portezuela de mascotas la puerta se selló detrás de ella.
Yo empujé la portezuela de metal, pero estaba atrancada de alguna manera. Lesbia
no pudo abrirla por dentro. Era una trampa.
Me asomé por la ventana. Yo sudaba a raudales. Vi la silueta
de Lesbia caminando con cuidado por dentro de la casa de Sergei. Se veía que
buscaba llena de interés, pero nada encontraba. Detrás de un muro se perdió de
mi vista. Me fui a la parte frontal de la casa, supuse que lo lógico sería
abortar el robo y marcharnos corriendo de ahí. Ni pensar en irme de ahí sin
ella. Me quedé sentado sobre el pasto, tenso, muy tenso.
Los minutos pasaban y Lesbia no salía.
Más.
Más.
Insoportable espera.
Tanto nervio me paralizó por completo. Cuando me di a la
tarea de verificar el tiempo que Lesbia había permanecido dentro de la casa me
sorprendí de saber que ella llevaba ya una hora dentro de casa de Sergei. No
soporté más, fui a una ventana y con una piedra rompí el cristal. Entré a
tientas, mirando hacia todas las direcciones, con un sigilo aun mayor al de los
simples ladrones, pues más que ladrón entré con la moral de rescatista,
esperando ya de plano sacar el cuerpo de Lesbia. ¿Por qué no salía?
Escuché la risa ronca de Lesbia. Sentí alivio de saber que no
estaba muerta, o herida, sin embargo todo pasó a ser una completa incertidumbre.
Subí las escaleras y abrí la puerta en que supuse que estaría mi cómplice.
Estaba ni más ni menos que con una taza de té en la mano y
con el plato en la otra, abandonándose a una entretenida plática con Sergei.
-Caímos en la trampa Lucas. Sergei dice que es científico
y que de vez en cuanto necesita de algún gato incauto para sus experimentos
y los atrapa con esa portezuela. ¡Pobres gatos!
¿Cómo le hace Lesbia para lucir siempre tan fresca en todas
las situaciones? Ella dice que el secreto es nunca morar en la mentira, que
cuando uno sigue su propia verdad todo deja de ser vergonzoso, que a partir de
ahí no hay necesidad de escondites. Aquí podríamos decir que se aplicó su regla.
-¿Qué crees? Sergei dice que me "heredará" las cosas que
hemos venido a robar.
Sergei parecía muy entretenido con Lesbia, mientras que ella
estaba fascinada de estar a lado de este moderno Frankenstein. La situación no
era sincera, la verdad no moraba aquí, y no me refiero a Lesbia, sino a Sergei,
que estaba en una silla de ruedas fingiéndose paralítico. Como si no lo hubiese
visto yo hace unos días montándose a Simone. Si se trasladaba a algún lugar,
Lesbia acarreaba la silla de ruedas de un lado para otro, y Sergei se dejaba
atender como el viejo que aparentaba ser. Supongo que Lesbia no era conciente de
que aquel a quien acarreaba no era otro que su propio padre. Sergei le preguntó
a Lesbia.
-¿Y cómo te enteraste de la existencia de tan singulares
inventos?
-En realidad no estoy enterada de nada. Sólo acompañaba a
Lucas, que es mi primo…
-¿Y tú, Lucas, que tienes qué decir?
-No sé, son cosas que simplemente se saben en el pueblo…
-No son cosas que se sepan. A menos que yo haya vivido en
el engaño todos estos años, creo que la discreción todavía existe.
Sergei se dirigió a Lesbia y le preguntó:
-Tu nombre es muy singular.
-En mi familia tenemos nombres muy peculiares…
-¿De verdad?
Yo abrí mis ojos de manera descomunal, como indicándole a
Lesbia que por ningún motivo fuese a revelar el nombre de su madre, pero no me
entendió, así que soltó su inocente respuesta.
-Si. Mi madre se llama Simone.
-Vaya mundo. ¿Y no tienes otro nombre?
-Sí. Mi nombre completo es Lesbia Berenice. Para el mundo
soy Berenice, y para quienes me quieren soy Lesbia.
-¿Puedo decirte Lesbia?
-Te lo permito- dijo Lesbia sonrojándose un poco.
Cuando Lesbia pronunció el nombre de Simone el rostro de
Sergei experimentó un cambio muy pequeño, pero significativo si se le sabía
interpretar. Alzó las cejas, como si su mente tejiera miles de concordancias. Me
miró de reojo y supe que su cerebro había dado con mi paradero, que su hipótesis
científica estaba ya planteada; su hipótesis era que me estaba yo cogiendo a su
todavía esposa, que era por mí por quien lo estaba dejando para siempre, que era
yo quien sabía de la existencia de la lámpara azul y de "incubus".
La hipótesis era esa, ahora sólo restaba demostrarlo, y sobre
todo, experimentar… conmigo.
Hasta hace días me sentía seguro pensando que la esposa que
me tocaba robar era Lesbia, luego concluí que era Simone y mi alivio consistía
en que el marido, el monstruo, mi enemigo, no sabía ni mi existencia ni mi
participación en su desgracia. Ahora, con esa mirada que me dirigía Sergei, era
probable que supiera estas dos cosas. Yo estaba cuando menos en peligro.
Sergei le explicó a Lesbia el funcionamiento de la lámpara
azul. Y la descripción que Sergei hizo de su invento fue deslumbrante. En
realidad era un tipo con una visión superior al común de los hombres. Lesbia
estaba embobada con el timbre de voz, con el ritmo de la plática de Sergei, y
Sergei se estaba luciendo, seguro de estar hablando con su hija. Ese fue un
cambio que noté, que Sergei se puso del lado de Lesbia, que encontró en ella,
instantáneamente, un motivo diverso de Simone para vivir, se notó cierto orgullo
de haber participado en esa maravilla de mujer que era Lesbia. Todo el rostro de
Sergei era de triunfo, como si Lesbia fuese uno más de sus inventos, y se sentía
complacido de ver que su niña estaba a la altura de su creatividad, y
seguramente creía –y yo estaba de acuerdo en eso- que Lesbia era una digna
representante de la brillantez de su ingenio.
Era una extraña plática padre-hija en la que el padre sabe
que es el padre y la hija no sabe que es la hija; el padre se muestra dulcemente
autoritario y la hija se muestra encantadora, con un encanto no exento de
sensualidad. Por más que la idea me pareciera estridente, debía yo admitir que
en el mundo no habría un mejor padre para Lesbia que este viejo que teníamos
enfrente, y más aun, me llevó muy poco concluir que Simone, al robarle Lesbia a
Sergei, le había robado una de las partes más fundamentales de su existencia.
Era toda una complicación para mí, me hubiese gustado revelarlo todo, pero no
era mi función. A estas alturas Simone tendría ya muchas razones para matarme,
ya no digo para echarme de su vida. Diría que todo se me había salido de
control, pero la verdad es que el control nunca lo había tenido.
Por andar en mis reflexiones no vi ni cómo la plática había
derivado en confidencias. Lesbia decía:
-Mi fantasía sexual hubiera sido ser muy fea, estar mal
hecha de nacimiento, tener errores estructurales profundos, un mal diseño
general, con tal de experimentar las relaciones humanas desde una isla
inhóspita, apreciando la vida desde otra escala de valores. Siento envidia
de las feas cuando les hacen el amor, aunque suene a tontería.
-Las fantasías sexuales suelen ser una tontería.- dijo
Sergei.
Pedí permiso para ir al baño. Escuché que Lesbia le cantaba a
Sergei una estrofa de "Blue Lamp". Aproveché la coyuntura para husmear en el
botiquín. Había medicamentos, sustancias que no alcanzaba yo a saber qué eran,
navajas, escalpelos, gasas. Daba miedo aquel botiquín, pues dentro de él había
todo para que lo cortaran en trocitos a uno dentro de la bañera. Demoré un poco
en el baño. Lesbia había dejado de cantar hacía un momento, al cruzar por el
pasillo eché un vistazo a la recámara de Sergei, y daba miedo.
Cuando entré a la habitación me quedé petrificado. Lesbia
yacía sobre el sillón, con su brazo desnudo, con un cordel de goma justo debajo
del hombro, Sergei retiraba la aguja de las azules venas de lesbia. Una gota
rosa brillaba en el aguijón de la jeringa. Una lágrima roja rodó desde el
pequeño orificio del brazo al momento que Lesbia me dirigía una sonrisa.