Las Confidencias de Jordi (6).
Jordi relata el inicio de la asombrosa y tórrida relación con
Florencia, su joven vecina. Indiferencia, acción, suerte y....
¡Hola! Soy Caro, profesora de historia, preocupada porque
Jordi, mi pareja, se niega proseguir con los detalles de la escabrosa vida
sexual de Miguel. ¡Está empacado y no lo puedo convencer por nada del mundo!
¿Estaré perdiendo mis encantos? No lo creo, pero a seguro se lo llevaron preso.
Ayer viernes, después de cenar, le revoloteé alrededor, me
hice la zalamera, traté de enroscarle la víbora pero ¡No soltó prenda! Lo encaré
decididamente y, con cara de enojada, lo conminé a que me explicara el por qué
de su pertinaz negativa. La respuesta fue lacónica:
Tus lectores, si es que los tenés, se van a cansar de
tantas historias de Miguelito. ¡Siempre termina volteándose a una jovatona!
Cambiá las tramas, los personajes, los escenarios. ¡No seas tan monotemática
y reiterativa!
¿Vos qué me sugerís? ¡Tirame ideas!
¿Acaso soy Yo el que tengo que pensar en lo que querés
escribir?
No digo eso pero dame ideas como hiciste hasta ayer nomás
– insistí con vehemencia
Está bien, de acuerdo, alcanzame un cigarro, una copita
de brandy y veamos si se me aclaran los recuerdos.
¡También querés te apantalle?
No bebota, no, fabricame el clima adecuado para recordar.
¿Algo en especial que te atraiga?
Todas tus anteriores historias fueron con veteranas.
¿Nunca se te cruzó una jovencita en la vida?
Varias, fueron varias.
Contame algo sobre alguna que te haya tirado la
estantería al piso.
¡Jaa, jajaja! ¡Ya tengo la que te puede interesar!
Entonces te traigo el cigarro, el brandy y empezás a
contarme. Dejame agarrar lápiz y papel para anotar todos los detalles.
Con aire doctoral y suficiente, Jordi se sentó en su sillón
preferido, tiró los zapatos a un costado, prendió su puro dejando que las
volutas de humo invadieran la habitación y bebió un sorbo de su brandy
preferido. Así fue como, cómodamente apoltronado, se dispuso a iniciar la
narración.
Hace como diez años, cuando todavía ni sabía de tu
existencia, me mudé al departamentito de Suipacha y Santa Fe. Creo que habré
tardado una semana en terminar de acomodar todos mis bártulos. Lo más difícil
fue encontrar lugar para los libros. ¡No pensaba que tenía tantos! El lugar era
de lo más tranquilo, sólo tenia una vecina, una piba de unos 24 o 25 años,
morochita, de cabello crespo siempre recogido con rodete, cara común y
corriente, más o menos 1,60 de estatura, tetas medianas, discretamente
musculosa, pancita regular y piernas muy pero muy bien formadas. Se la oía poco,
salvo cuando la visitaba un muchachote super corpulento que sospechaba que era
el noviecito o algo por el estilo. Por la exclamaciones que se filtraban por las
paredes era evidente que el tipo le pegaba unos manguerazos de novela. Como a mi
no me daban ni me quitaban nada, jamás dije nada. Por otra parte, oírlos garchar
se convirtió en una de mis diversiones favoritas.
Nos cruzamos varias veces en el ascensor, en una de ellas
estaba vestida con ropa de gimnasia y, palabra va, palabra viene, me contó que
se estaba entrenando para participar en una maratón amateur. Cuando llegamos a
la planta baja dijo que se llamaba Florencia. Volvimos encontrarnos a la semana
siguiente y en esa oportunidad fue ella la que se enteró que yo trabajaba en el
diario, cosa que le interesó bastante. Me preguntó si no podía contactarla con
alguna persona de la sección deportes. Le dije que sí, todo quedó ahí y a los
pocos días le pasé una tarjeta por debajo de la puerta con el teléfono del
encargado de deportes del diario. Esa noche tuvo "entrenamiento", en la camita
por supuesto. ¡Me divertí de lo lindo! Para no perderme nada recurrí al viejo
recurso de apoyar un vaso sobre la pared para oír mejor. ¡Ya lo sé, soy un
chusma! ¡Qué le voy a hacer! Un sábado a la mañana chocamos en el supermercado.
¡Si, chocamos con los carritos! Es algo que me sucede bastante a menudo. Me
reconoció al instante y, al salir, me ofrecí a llevarla con el coche. No hubo
problemas, llegamos, ayudé con las bolsas y, cuando estaba entrado en mi
departamento, se me ocurrió preguntarle si le gustaba leer. Se le iluminó la
cara, y no era para menos, estudiaba literatura. Gentilmente, le presté dos o
tres libros que acababa de leer y comentar para el diario. Y nada más, supuse
que nada más porque esa noche tuve que ir a una cena y volví a las mil y
quinientas. Lamentablemente, por lo que me comentó el portero, pasó algo
bastante fulero.
¿No oyó nada don Jordi?
¿Oír qué?
El jaleo de anoche.
Llegué tarde y no noté nada anormal.
A la una de la mañana tuvo que venir la policía.
¿Un robo?
No, Florencia, su vecina, se peleó fiero con un tipo.
¿Fue tan bravo?
Pasó de todo
No hice más preguntas para no parecer indiscreto. Esa semana
me extrañó mucho no cruzármela ni una sola vez. Pensé que debía andar entrenado
duro o estudiando para los exámenes. El viernes, cerca de las 22, fumando mi
purito oí que Florencia entraba acompañada a su departamento. ¡Hoy tengo función
erótica! Pensé sonriendo. ¡Está bien, que lo disfruten ahora que son jóvenes! Ya
van a tener tiempo para calmarse. Creo que era cerca de medianoche cuando me
alarmaron unos gritos espeluznantes que provenían del pasillo. ¡Era la voz de
Florencia!
¡Te vas de mi casa, hijo de puta!
¿Quién carajo te creés que sos para echarme como si fuese
un perro?
¡Ni se te ocurra levantarme la mano!
Fue la frase me hizo reaccionar como si me si me estuviesen
metiendo un palo en el orto. Abrí la puerta, salí al pasillo y me encontré con
un cuadro deplorable. El muchachote super corpulento estaba a esto de propinarle
una golpiza de padre y señor mío.
¿Qué está haciendo? Pregunté gritando.
¡No te metas, jovato, que la cosa no es con vos!
¡Cómo le vas a pegar, es una mujer!
Le pego todo lo que se me antoja.
Giró sobre si mismo, se dirigió hacia mi, me tomó por el
cuello y empezó a apretármelo. Instintivamente, levanté la pierna derecha tan
oportunamente que se la plante justo en el centro de los huevolines.
¡¡UGGGHHHH!> gritó con desesperación mientras doblaba su
cuerpo hacia delante tomándose la entrepierna con ambas manos.
No me preguntes cómo se me ocurrió, pero me salió un upper
cut de derecha que terminó en su quijada. ¡Se desplomó como si fuese una bolsa
de papas! Lo agarré de los fundillos del pantalón, lo arrastré hasta el
ascensor, abrí la puerta, lo introduje a los empellones y terminé arrojando su
humanidad sobre la vereda.
- ¡Si volvés por aquí, te aplasto la cabeza contra la pared!
No contestó porque el rodillazo lo había dejado grogui.
Mientras subía en el ascensor me puse a pensar en lo que había hecho. Yo, un
tipo pacífico mil por mil, como quién no quiere la cosa, había noqueado a un
atlético y musculoso producto de gimnasio. ¡Me sentía Amadís de Gaula, Sir
Gallahad y el príncipe Valiente al mismo tiempo! ¡Pará la mano que todo fue
fruto de la suerte! ¡Ese ropero humano podría haberme roto la mitad de los
huesos con solo darme una piñita! Los pensamientos escatológicos desaparecieron
de mi mente cuando descendí del ascensor y la vi acurrucada contra la pared,
llorando desconsoladamente.
¡Va a volver, va a volver para vengarse!
Dejalo por mi cuenta, no creo que tenga ganas de recibir
otro tratamiento.
¡Usted no lo conoce, es muy soberbio!
No tengas miedo, no va a pasar nada.
¿Que no va a volver? ¡Espere y va a ver!
No te hagás problema, el comisario es un amigo de años
que me debe ciertos favorcitos. Le hablo al celular y seguro que me da una
solución.
¿Y yo mientras tanto qué hago?
Andá a tu departamento, agarrá un pañuelo, vení a mi casa
y esperá a que haga el llamado.
Tardó dos minutos en estar lista. Demacrada y nerviosa,
Florencia se sentó en el sillón de tres cuerpos mientras escuchaba mi
conversación con el comisario, al que no le sorprendió la actitud de muchachote
en cuestión. Mandaron un patrullero que lo encontró sentado en el cordón de la
vereda. Lo tuvieron que llevar al hospital porque no reaccionaba. Cuando le
conté que todo se debía a mi accionar, el poli amigo se cagó de risa.
¡No me vengas con fábulas! ¡Jordi, es materialmente
imposible que hayas noqueado a ese tremendo ropero! ¿Con qué le pegaste?
¡Con la rodilla, Guillermo, con la rodilla! Y cuando se
dobló, un upper cut en la mandíbula.
¿Vos y cuantos más?
¡Solito, yo solito!
Media hora explicando lo sucedido bastó para que me confesase
que lo iban a asustar un poco con el asunto de que yo había sido testigo de su
agresión a Florencia. ¡Pobrecita, parecía un patito mojado! ¡Me dio una lastima!
Ahora el problema era calmarla. Sin siquiera preguntarle, serví un vaso de
brandy y se lo ofrecí.
No tomo alcohol.
¡Dejate de joder! Tomá que no te va a hacer nada, en este
momento lo necesitás tanto como el aire.
Sin decir palabra, tomó el vaso con ambas manos para beber
lentamente poniendo cara de asco.
¿Es tan horrible?
¡Es muy fuerte!
Mejor, así te calmás un poco. Yo te acompaño con lo que
dejé de tomar cuando se armó el quilombo.
¡Qué vergüenza! Se agarró a trompadas por culpa mía.
No te sientas culpable. ¡Nunca se le pega a una mujer!
¡Dígaselo a él!
Sospecho que se lo deben estar diciendo en la comisaría.
¿Lo van a dejar preso?
Al menos por esta noche. Lo quieren ablandar para que te
deje tranquila de una vez por todas.
Un silencio prolongado me permitió observarla atentamente.
Recién me desayunaba que estaba vestida con una pollerita bien cortita que
dejaba al aire una parte bien importante de las piernas. ¡Lindas gambas! Además,
la camisola que llevaba puesta traslucía la presencia de un par de pechitos
medianos que parecían ser apetitosos. ¡Hasta se le notaban bastante bien los
pezones! Parecía que estaban bastante duritos. ¿Frío, nervios o calentura? ¡Vaya
uno a saberlo! En general, un cuerpo firme, bien cuidado y sin un solo gramo de
grasa. La carita cubierta de lágrimas le daba un aspecto de lujuriosa
fragilidad. En conjunto, ¡Una verdadera belleza! Pero una belleza distinta a la
de las modelos que se ven en las pasarelas, simple, natural y barrial. Ahí
estaba la frase justa para calificarla: una típica piba de barrio.
¿Te sentís mejor?.
Un poquito - musitó temblorosa.
¿Me vas a contar qué fue lo que pasó? Si es algo muy
privado, no digas nada.
Leo fue mi entrenador por dos años pero, después de
meditarlo bien, decidí no intentar convertirme en profesional. ¡Eso lo puso
como loco!
¿La decisión tuvo algún motivo específico?
Una cosa es correr por diversión y otra profesionalmente.
No me dan los tiempos. Trabajar, estudiar y, encima, entrenar. Demasiado.
Es comprensible pero al tipo este parecía que le habían
matado a la madre.
Mucho músculo y poco cerebro. Pero no te creas que todos
los que van al gimnasio son iguales a él. Leo me vio con condiciones, se
jugó la carta brava de impulsarme hacia el profesionalismo y le dio en el
quinto forro de las bolas que decidiera abandonar. Esto no se desencadenó
hoy, viene desde el otro día. No sé si te enteraste que tuvo que venir la
policía para parar el escándalo que me estaba haciendo.
Me contaron algo al pasar pero no sabía por qué.
¿Me podés servir un poquito más de esta cosa?
¡Menos mal que no bebía alcohol! Prendí mi puro, agregué otro
poco de brandy a mi copa, me senté a su lado y me quedé aguardado a que
continuase con el relato de sus cuitas. Estirando un poco el pescuezo alcanzaban
a vérsele las tetas entre los pliegues de la camisola. ¡Lindas gomitas la de
Florencia! ¿Pero qué estaba pensando? ¡Si es una pendeja! Pero, ¡qué bien que
está!
Decime una cosa, ¿ese fue el único motivo del despelote
monstruoso que se armó?
¿La verdad? No, hubo algo más. ¿Cómo te lo puedo
explicar? No sé si te habrás dado cuenta que, bueno...nosotros dos teníamos
una relación un poco más profunda que la de entrenador y pupila.
¿Novios?
No, ni novios ni pareja. Te voy a ser franca, nos
entendíamos sexualmente.
¡Ahora caigo!
¿No te habías dado cuenta?
Si, chiquita, tan boludo no soy. Y mucho menos sordo.
¿Sordo?
¡Si nena, yo escuchaba todo lo que hacían!
¿Todo?
Bueno, casi todo. Ruidos, grititos, lamentos, gemidos.
¿Por qué no me lo dijiste?
Vos me hacés reír. ¡Ja, jajaja! ¡Mirá si te iba a llamar
para decirte que desde aquí se oía como cogían!
¡Qué vergüenza!
¡No jodas! Nada de verguenza ni ocho cuartos, era algo
muy natural y humano. Interrumpía la lectura, prestaba atención y apostaba
conmigo mismo cuanto tiempo iban a tardar en terminar.
Pero yo no oigo nada desde mi departamento.
Lo que pasa es que no acostumbro traer minas para coger.
Por eso es que no sentiste nada. No vayas a creer que no me gustan las
mujeres.
Ni siquiera lo imaginé. Pensé que las traía en horarios
en los que yo no estaba.
Esta vez no pidió que le sirviera más brandy, ¡se sirvió
solita!
Ya que fuiste el que puso el tema en el tapete. ¿Cómo
andás en el rubro mujeres?
La verdad es que me sorprendió con la pregunta y no supe que
responder.
¿No me estarás engrupiendo?
¿Por qué te tengo que engrupir? Pico un poco por aquí,
otro poco por allá.
¿Jóvenes o maduras?
¿A vos te está haciendo mal el alcohol? Para que sepas,
siempre maduras.
¿Nada de pendex?
Preferentemente no.
¡Qué bien! ¿Si me pongo así, al lado tuyo, y hago que me
pases el brazo por encima de los hombros sentís lo mismo que con las jovatas
que frecuentás?
¡Nena, te advierto que no soy de corcho!
¡Que lindo, qué lindo!
¿Estás en pedo o me parece a mi?
Estoy un poquito alegre y nada más.
La turrita se las arregló para que mi mano le rozara el pecho
derecho.
¡Jaja, Jajajaja! - Se rió burlonamente.
Florencia, esto se está poniendo un poco espeso. ¿No te
parece?.
¡A que no te animás a tocarme las lolas!
Animarme, me animo pero no me hago responsable de las
consecuencias.
¡Se buenito, no te hagas responsable de nada! ¡Tocame,
tocame!
Apoyé el puro en el cenicero, introduje la mano por el centro
de la camisola y le alcancé el pecho izquierdo. ¡Carajo, se me estaba parando el
muñeco! Muy tibias y suaves, el pezón extremadamente duro. Lo trabajé como si
estuviese tratando de destornillárselo mientras ella, con los ojos cerrados,
suspiraba profundamente. ¡Qué joda! La piba se estaba entregando con armas y
bagajes y yo, dudaba. ¿Podré ser tan pelotudo a mi edad? ¡Seguro que no! Diría
que la cautela me estaba jugando en contra. ¡Esta pendeja quería que le diera
matraca sin asco! Sigilosamente apoyó su mano sobre mi bulto, buscó el cierre
del pantalón, lo deslizó hacia abajo con singular maestría, la introdujo en la
bragueta, encontró los cataplines y se mandó unas caricias espectaculares.
Levantó la cara, me miró con ojos lascivos y yo, impulsado por una fuerza
irresistible, le planté un chuponazo que la dejó sin respiración.
¡Uauuu! ¡Qué fogoso!
No le contesté porque las palabras estaban de más. Se imponía
la acción directa y precisa. No me pregunten cómo lo hice, pero en pocos
segundos le había sacado la camisola, el corpiño y mis próximas metas eran la
pollera y la chabomba color rosa. Duraron puestas lo que un suspiro.
¡Tocame toda, tocame toda!
¡Toqué, toqué y toqué hasta llegar a la cotorrita! Lo noté
porque el vello púbico marcó dónde estaba la frontera en la que los indecisos se
detienen. ¡Indeciso yo! La tocata de bolainas a la que me estaba sometiendo mi
perversa vecinita me puso a mil por hora. ¡El pelado estaba rígido y firme como
el asta de la bandera! Mi problema eran las prendas que todavía cubrían mi
cuerpo. Tire los zapatos a la mierda, me arranque la camisa y ella contribuyó
despojándome de pantalón y calzoncillo. Ahora estábamos empatados, ¡Los dos en
pelotas! Recién ahí tomé conciencia del flor de cuerpazo que tenía esta piba y,
a continuación, centré mi accionar lingual en un punto que jamás había atacado
en otras mujeres: el ombligo.
¡Qué lugar espectacularmente erótico y excitante! La lengua
se me iba sola hacia el centro del caracolito de carne. Florencia, a pesar de
las copitas de más, no se quedó quieta. Mientras yo me extasiaba con el ombligo,
se fue colocando lentamente debajo de mi cuerpo hasta que quedamos en una
posición que los expertos calificarían como medio 69. La turra parecía un
maestro de la orquesta sinfónica por la forma en que estaba tocando el
clarinete. En otras palabras, ¡Me la estaba mamando de puta madre! ¡Estaba más
prendida que una garrapata, chupando, chupando y chupando como una condenada!
Esa fue la causa por la cual abandoné el ombligo para dirigirme directamente
hacia la argolla. Con lo primero que tropezó mi nariz fue con los carnosos y
salientes labios mayores, profusamente invadidos por un colchón de pendejos
ensortijados que se encargaban de protegerlo de mis insistentes y frenéticos
embates linguales. Enfurecido por la resistencia, ataqué con el índice hasta que
lo penetré llegando a la tercera falange. ¿Son tres las falanges? ¡A quien
mierda le importaba! La tenía tremendamente mojada y eso me encantaba. Adentro,
afuera, adentro, afuera, adentro.
¡Entubame el conejito! - suplicaba mi vecina.
A pesar de la calentura que invadía mi cuerpo, hubo algo que
me detuvo en seco. ¿Qué? ¡Faltaba el forro! Nunca me destaqué como acróbata,
pero esa vez creo que anduve cerca del record mundial. En dos minutos y un
cuarto lo tenía bien colocadito. Florencia, ni corta ni perezosa, se acostó boca
arriba abrió las piernas y tuvo la suficiente presencia de ánimo como para
aguardar hasta que estuviese listo. El resto fue un paseo, lo que se dice un
paseo.
No puedo negar que me facilitó la tarea. Mientras me miraba
con ojos de puta ardiente, utilizó ambas manos para separase los labios mayores.
Lubriqué la punta del pelado con saliva, apunté al centro y me mandé a fondo. Ni
bien sintió que le entraba, me obligo a inclinarme sobre su cuerpo, me abrazó y
me marcó el ritmo de penetración. Por suerte, le gustaba que la cosa fuese
lenta. Adentro, afuera, adentro, afuera, adentro. Pausa. Ella entrelaza sus
piernas por detrás de mi espalda. Adentro, afuera, adentro, afuera, adentro,
bien despacito, suave y calmadamente. Adeeentrooo, afueraaa, adentroo,
adentrooo, afueraa, adentroo. Pausa. Noté algo muy peculiar. Nada de gritos ni
exclamaciones como a las que estaba acostumbrado con otras minas. Florencia se
limitaba a jadear y suspirar. Basta de filosofía y al grano. Adentro, afuera,
adentro, adentro, afuera, adentrooooo. ¡Y ahí nomás largue flor de lechazo! Se
la dejé puesta por un largo rato. Florencia permanecía inmóvil, con los ojos
cerrados y mordiéndose los labios. Retiré lentamente, bajé a la entre pierna, y
busqué la chichi para finalizar con un buen cunilingus.
Viste papito que no grité nada.
¿No quedaste satisfecha?
¡Sos tonto! Fue todo tan excitante, tierno y morboso al
mismo tiempo que no podía perder el tiempo gritando.
Muy bueno, muy bueno. ¿Se te pasó el miedo?
¡Qué lindo, qué lindo! ¿Me puedo quedar a dormir con vos?
¿Nada más que a dormir?
¡Qué malo que sos! Si sabés que no vamos a dormir ni un
minuto. Tengo otros agujeritos que tendrías que intentar penetrar. ¿Si?
¿Por ejemplo?
Uno color marrón, ubicado entre las cachas. ¿Vas a querer
visitarlo? ¡Decime que sí!
Jordi interrumpió la narración y por la forma de mirarme
entendí que la daba por terminada.
Bueno, Caro, ¿Anotaste todo lo que te conté? ¡Mirá que no
pienso repetirla!
¿Qué paso con Florencia?
Por intermedio de un amigo le conseguí un laburo en un
aerolínea. Como sabía inglés y francés, tenía buena figura y muchísima
educación, hoy es azafata.
¿Nunca más la viste?
Hace la ruta Europa/Usa así que viene poco al país.
¿Estás conciente de que fuiste un gran turro y que te
aprovechaste de ella?
¡Ella se aprovecho de mi!
¿Lo de ustedes terminó esa noche o siguieron
matraqueando?
Seguimos, seguimos. No todos los días, pero durante los
fines de semana practicábamos un poco.
Ahora que te diste el gusto de contar lo que se te cantó,
¿vas a decirme cómo sigue la historia de Miguel?
No sé, no sé. Me tendrías que convencer.
¡Vamos a la cama que yo también tengo varios agujeritos
inexplorados!
Me lavo los dientes y te acompaño.
Con un poco de suerte le voy a sacar lo que necesito para
escribir el resto de la historia de Miguel. ¡Deséenme suerte!
Colorín, colorado, este cuentito se ha acabado.