-¡Responde, perra infiel!-
La muchacha jadeó, y en su rostro bañado de lágrimas vi
reflejado el dolor y el esfuerzo por resistir el tormento. Me excitó y ordené al
verdugo que apretara el torno del potro un poco más. Lo hizo y la prisionera
gritó de tal modo que tuve que taparme los oídos. Furioso, volví a preguntar:
-¿Por dónde atacará vuestro ejército?-
Murmuró algo pero al verme acercar mi rostro giró el suyo a
un lado, hacia el del ventanuco enrejado de la mazmorra, hacia el cielo
estrellado. La obligué a mirarme tomándola del mentón. Era preciosa, más hermosa
que cualquier doncella cristiana. Sus ojos y su cabello tenían un embrujo
especial que el extremo sufrimiento no sólo no eclipsaba, sino que realzaba por
la humedad de las lágrimas y el sudor. Deleitándome en contemplarlo, recibí un
escupitajo de su parte.
-¡Libérame, cristiano, o te arrepentirás!- masculló,
instantes antes de que el verdugo la abofeteara y la amordazara con un trapo.
Iba a darle otro cuarto de vuelta al potro, pero le indiqué que no lo hiciera.
Yo mismo aplicaría el castigo, pero no sería el estiramiento: ya poco faltaba
para descoyuntarla y no quería dañar a tan preciosa cautiva... al menos no de
ese modo.
Tomé un grueso cinturón que había en otra mesa, destinado a
sujetar a las víctimas de otra tortura distinta. Era de cuero, algo gastado ya y
comido por el roce de los cuerpos humanos que en vano pretendían liberarse de su
sujeción. Lo enrollé sobre el puño hasta que tuvo la longitud adecuada para
usarlo como látigo.
-Después de esto, si no me dices lo que quiero saber, dejaré
que el verdugo te haga lo que quiera.- la amenacé, y un brillo malvado y lascivo
acudió a los ojos de mi encargado de las mazmorras. Ella, horrorizada más por la
perspectiva de ser penetrada por aquel personaje que por el miedo a la azotaina,
pareció titubear, pero al final cerró los ojos y se aferró a las correas de sus
muñecas, dándome así a entender que no cedería.
Yo tampoco lo hice durante casi diez minutos, cuando,
jadeando y con el brazo dolorido, comprobé que mi furia había abierto numerosas
brechas en la delicada piel de aquella perla infiel hasta el punto de dejarla
inconsciente.
-Trae a una curandera.- le ordené a mi verdugo, el cual
obedeció mascullando que se le debía una noche con la atormentada. En lo que
volvió observé el cuerpo desnudo y perfecto de mi "invitada". Me obsesionaba,
tanto que empecé a beber de la bota de vino que el carcelero tenía para
refrescarse mientras hacía su trabajo. Las heridas aún sangraban y en un acto de
compasión las lavé dejando que el vino limpiara la suciedad. En ello estaba
cuando apareció una monja joven y el verdugo. Al verlos, escupí el trago que
tenía en la boca sobre la cara de la prisionera.
-Ea, lleváosla a la celda, mañana seguiremos.-
A la mañana siguiente encontramos a mi verdugo muerto con un
puñal clavado en el costado. No había otra explicación: la monja había ayudado a
escapar a mi pajarillo.
...
El asedio duró días. Yo me negaba a salir a campo abierto,
pues sin duda la prófuga habría advertido a los suyos de mi total ignorancia
sobre sus movimientos. Pero pronto el hambre o una plaga terminaría por acabar
con nuestra resistencia. Además, el heraldo de sus huestes nos hizo saber a los
defensores del castillo que respetarían sus vidas si se rendían y con la sola
condición de que me entregasen. Es más, podían quedarse en el castillo, sin
temor a que el asedio continuase, siempre y cuando yo fuera entregado. Y aunque
en los primeros momentos mis vasallos me manifestaron todo su apoyo, ya eran
muchos los que murmuraban que debería sacrificarme. Al final no me quedó más
remedio que salir, pero con mi ejército.
Me traicionaron. En cuanto los caballeros nos lanzamos contra
el enemigo, la infantería dio media vuelta y se metió en el castillo, cerrando
las puertas. No me di cuenta de ello hasta que, al llegar a la primera línea,
también los caballeros se detuvieron, y el que hacía de mi escudero, el barón
Peláez, me dijo:
-Téngase señor mío. Que hemos pactado su rendición para
evitar un mal mayor.-
-¡Traidores!-grité, arrebatado por la furia y el pánico, y
quise lanzarme sobre mis propios hombres, pero huyeron al galope y una flecha,
lanzada por un hábil arquero infiel, se fue a clavar en la pata de mi corcel,
que tropezó y me hizo caer.
Me rodearon mientras yo me levantaba, magullado por la caída.
Iba a morir, lo sabía, pero no sin presentar batalla. Blandiendo mi espada rugí
a los enemigos, pero estos se detuvieron e hicieron un hueco por donde se
adelantó un caballero. Parecía pequeño pero ágil y sus ojos, porque su rostro
estaba oculto por un velo de color azafrán, me resultaban extrañamente
familiares. En su mano portaba una maza ligera.
Luchamos durante varios minutos, pero no conseguía darle, y
yo me cansaba. Al final, consiguió impactar con su arma en mi coraza y me dejó
sin respiración, tumbándome en el suelo. Me pisó el brazo con violencia,
obligándome a soltar la espada, y levantó su arma para darme el golpe fatal.
entonces yo grité, sollozando:
-¡Piedad, piedad, os lo suplico!-
Se detuvo y no me golpeó. En lugar de eso se agachó. Tenia
los ojos negros y brillantes.
-¿Te acuerdas de mí?-me dijo, y su voz también me pareció
conocida. Por fin se quitó el velo y recordé: era la prisionera que se escapó.
-¡Tú!-clamé, aturdido por la sorpresa, pero me dio un
puñetazo que me dejó inconsciente.
...
Fui hecho esclavo. Ni siquiera se planteó la posibilidad de
tratarme como un prisionero de guerra. Me desposeyeron de las ropas, de mis
armas, de todo. Intentaba dar muestra de entereza, pero desnudo, con mi cuello
en un grillete y mis brazos atados a la espalda, resultaba casi imposible. Me
pasearon junto a otros esclavos, todos ellos africanos, por lo cual yo destacaba
más, por la ciudad, hasta llevarme al palacio de mi ama: Zorah.
Su jardín estaba muy bien cuidado, y era una maravilla de
ver. Había una fuente de agua fresca en el centro, a la que intenté acercarme en
cuanto me soltaron del cepo. Pero un guardia me puso la zancadilla y caí. Todos
se rieron viendo mis dificultades para ponerme de pie sin usar las manos, y casi
me di por vencido hasta que una mano femenina tendida hacia mi me obligó a mirar
hacia arriba.
Era una cortesana, o algo parecido, diría que una dama de
compañía a juzgar por sus modales exquisitos. Me sonreía a través de su velo de
gasa. Tenía los ojos verdes, muy bonitos, y unas anchas caderas que seguro
harían las delicias de los infieles.
-Cristiano, no bebas como un perro o te tratarán como a tal.-
Llevaba una jarra y me indicó que abriera la boca: lo hice y
maravillado, sentí en mi paladar el gusto de un vino fresco.
-Con esto queda saldada la deuda. Ahora sígueme.-
Me incorporé. Ella ya había echado a andar. Miré hacia atrás
y vi a los guardias con cara de pocos amigos: me atravesaría con sus lanzas al
mínimo intento de fuga. Por otra parte, desnudo y maniatado, poco podría hacer,
así que me resigné y caminé tras mi, por el momento, benefactora.
Movía su cuerpo con mucha gracia, como si en vez de andar
danzara, y al contonearse sus caderas, unas pulseras y ajorquillas que llevaba
tintineaban. De vez en cuando miraba a ver si la seguía. Me condujo por un largo
corredor finamente decorado hasta una puerta de madera de cedro, importada sin
duda de lejanas tierras.
-Ahora sé prudente y asume tu condición, cristiano, o Su
Alteza no tendrá clemencia.-
...
Allí, sentada sobre las espaldas de un esclavo, estaba Zorah.
Mi acompañante fue hasta su lado y le hizo una reverencia. Luego ambas me
miraron.
La sala era enorme, y una cúpula pintada artísticamente
dejaba al sol iluminarla por completo. En cada una de las cuatro puertas, salvo
por la que yo había entrado, había un fornido guardián cruzado de brazos. El
resto de la estancia lo ocupaban divanes y columnas, dispuestos en dos círculos
concéntricos, de modo que las columnas estaban más en el interior y los divanes
entre éstas y las paredes y puertas. De las columnas pendían grilletes y
cadenas, lo cual me hizo suponer que allí se impartía justicia
-Esclavo, acércate.- dijo mi acompañante, y yo di unos pasos
hasta colocarme frente al pedestal de mi dueña. La miré, desafiante, pero ella
parecía distraída, hasta que al final se fijó en mí. Me examinó con sus ojos de
tal modo que recordé mi desnudez y empecé a temblar, imperceptiblemente. Luego
señaló a sus pies con una suerte de cetro del que pendían finas hebras. Mi
acompañante me hizo saber:
-Arrodíllate de inmediato y besa los pies de Su Alteza,
entregándote así a su generosidad y dominio.-
-¡Un cristiano no se arrodilla sino ante su rey o su dios!-
clamé, rebelde, y mi grito retumbó en la sala.
Zorah se levantó y se colocó delante mío. Su cabello, largo,
estaba ceñido por tiaras plateadas. Llevaba una túnica ligera de color oro y
babuchas del mismo color, pero no mucho más adorno salvo su sin par belleza.
Me abofeteó con dureza y gritó a su vez:
-¡De rodillas, yo soy ahora tu reina y tu diosa!-
Me impresionó tanto que caí de rodillas, pero no besé sus
empeines hasta ver que por señas mi acompañante me indicaba que si no lo hacía,
me cortarían la cabeza. Al final, avergonzado y humillado, puse mis labios en su
dulce piel. Ya estaba hecho, era su esclavo.
...
Mi falta no quedó sin castigo, de inmediato dos de los
guardias me empujaron hasta una de las columnas y allí me encadenaron, dejando
mi espalda lista para la flagelación. Enseguida Zorah se situó detrás y comenzó
a fustigarme con su cetro hebrado, provocándome dolorosísimas laceraciones. Pero
no grité esta vez pidiendo piedad, al menos ese resquicio de orgullo me quedó, y
fue una suerte, porque Zorah me hubiera azotado hasta dejarme inconsciente a la
mínima señal de debilidad, según me comunicó mi acompañante cuando se acercó a
mi columna para darme la vuelta y que su señora pudiera azotarme el pecho. Por
suerte también, respetó mis genitales, aunque no entendí por qué.
-¡Que entre la corte!-
Al oír las palmadas de la princesa, el guardián de la puerta
situada frente a aquella por la cual fui entrado en la estancia la abrió, y
pronto entraron por allí una alegre comitiva de cortesanas, esclavas, concubinas
y otras mujeres. Me sorprendió no ver ningún hombre.
Zorah se sentó en un diván cerca de mi columna y allí fue
agasajada: le ofrecieron agua para lavarse las manos, y le dieron frutas y
viandas de todo tipo hasta que se sació. Yo notaba que me miraba de reojo cada
cierto tiempo, al igual que todas las cortesanas, pero ninguna se aproximaba. y
a mí el escozor por los azotes me martirizaba. Además, mi acompañante había
desaparecido.
Cuando ya había pasado una hora de banquete o más, y empezaba
a notar el cansancio en mis piernas, Zorah se retiró. dejando instrucciones a
sus cortesanas. Éstas, divertidas, se acercaron a mí y me las dijeron:
-Nuestra princesa nos deja jugar contigo, cristiano, pero con
una regla: no debes descargar tu semilla.-
Fue horrible. Me tocaron, me acariciaron, me golpearon y
humillaron a su antojo. Me provocaban mostrándome sus sexos y pechos, pero en
cuanto yo me excitaba, me abofeteaban en la cara o en mi miembro viril sin pudor
hasta que volvía a su estado normal. Les fascinaba sobre todo el que no
estuviera circuncidado, y sus uñas se clavaron no pocas veces en mi prepucio
para estirarlo, retirarlo, pellizcarlo... Me estaba volviendo loco en su
compañía, pero no podía hacer nada, sólo suplicar por que me dejaran eyacular.
-¡Basta, basta! ¡Dejadlo en paz ya, vampiresas!-
Era mi acompañante, que había regresado.
-Siempre terminas fastidiándonos, Layla.-comentó una de mis
torturadoras, dándome a conocer el nombre de la única persona en quien podía
confiar dadas las circunstancias.
-Sí, sólo porque eres la favorita. Pero cuando una de
nosotras de sustituya...-
-¿Quieres que le pida a la princesa que te haga lamer sal
hasta que esa lengua venenosa se te caiga?- amenazó Layla a la que había hablado
la última. -Todas fuera.-
Amedrentadas y guardando un poderoso rencor hacia mi
benefactora, las mujeres se retiraron por donde habían entrado. Layla suspiró y
me miró:
-Gracias, pero por favor, necesito acabar.-
Dije eso transido de lujuria, estado al que me habían llevado
sus compañeras. Mi pene palpitaba, pero sin ayuda, no expulsaría su carga.
-Ni hablar, cristiano. Zorah me castigaría por esa
desobediencia.-
-Te lo... suplico. Me someteré a ti en todo, pero por
favor...-
Mi propuesta pareció sorprenderla, y me observó con renovado
interés. Luego extrajo de entre sus velos una botellita con un líquido de color
turquesa que me hizo tragar.
-Así te estarás callado.-
Al instante me entró un profundo sopor y me quedé dormido. Lo
último que recuerdo es mi tremenda erección y dos guardias desencadenándome para
llevarme a algún lado...
continuará