Último tango en Buenos Aires
© Oski52
Recuerdo mis nueve o diez años de vida como una época dorada
donde los niños de aquel entonces descubríamos la televisión y la pegadiza
publicidad de la época, sobre todo una de margarina, manteca, o mantequilla para
algunos, en la que la protagonista, una niña de doradas trenzas y respingada
nariz cubierta de pecas iba dando saltitos hasta el comercio de alimentos de su
barrio utilizando como recordatorio del producto que debía comprar la frase "era
para untar".
A medida que crecí fui olvidando –relativamente- muchas cosas
de mi niñez, y por supuesto algo tan poco importante como esa vieja publicidad,
pero como apasionado de la historia los fines de semana suelo recorrer los
mercados de pulgas, y un buen día mientras revolvía un montón de viejas revistas
me encontré con una cuya portada mostraba la foto de aquella niña de la
publicidad, cuya voz repitiendo "era para untar" parecía haber quedado grabada a
fuego en mi memoria.
Cuando llegué a casa la guardé en un rincón de la biblioteca
y no volví a acordarme de ella, o más bien de aquella publicidad hasta algunos
meses más tarde, cuando al concurrir a la inauguración de un centro comercial
cercano mis ojos se toparon con un trasero adolescente que me hizo relacionar la
acción de untar o engrasar -más específicamente- con la aquella famosa escena
del film "Último tango en París", donde el protagonista, un dominante y para
nada joven Marlon Brandon, a falta de otro elemento lubricante, utilizaba
manteca para poder sodomizar a una joven que acaba de conocer.
Laura se volvió en el preciso instante en que mis ojos
intentaban hacer desaparecer el obstáculo visual que representaba su falda de
tela de jean y su bombachita de encajes y puntillas –sabía de sus gustos en
lencería por las infidencias de su hermana. También sabía que no usaba sostén y
la verdad es que tampoco le hacía ninguna falta.
Sus ojos me observaron con la cautela que da la desconfianza
hasta que me reconoció, mientras su cara se distendía con una sonrisa noté el
increíble parecido con aquella jovencita de la publicidad y sin que me diera
cuenta brotaron de mis labios las palabras "era para untar".
-¿Perdón? –preguntó mirándome con extrañeza.
-Nada, que estoy muy feliz de verte –respondí sin saber si
debía abrazarla, darle la mano, un beso en la mejilla o qué. Por suerte ella
decidió por mí y su ruidoso beso en mi mejilla derecha y su abrazo breve pero
intenso me confirmaron que todo era posible.
XXXXXX
Durante el tiempo de noviazgo con su hermana Carla -casi tres
años-, Laura no había ocultado que sentía por mi una atracción que supo mantener
controlada, al menos hasta la noche de la fiesta de su cumpleaños de quince.
A pesar de que la relación con su hermana estaba en uno de
sus peores momentos sus padres me habían pedido que no dejara de asistir a la
reunión porque Laura había hecho especial hincapié en ello.
Contrariamente a mis pronósticos más agoreros debo reconocer
que aquella noche la pasé muy bien, aunque sin dudas los mejores momentos los
constituyeron los quince o veinte minutos que pasé a solas con Laura.
Recuerdo que a primera hora de la madrugada conversaba con
uno de sus tíos cuando ella se acercó para pedirme que la acompañara a buscar
algunas botellas de vino a la bodega.
Aunque me extrañó el pedido fui tras ella y apenas nos
quedamos a solas no perdió tiempo en susurrarme el verdadero motivo para el que
me había llevado hasta allí.
Aunque algo sorprendido por su propuesta, igualmente
reaccioné como lo hubiera hecho cualquier hombre en mi lugar y mientras ella se
ocupaba de abrirme el cierre de la bragueta, yo me solté el cinturón.
Mis pantalones no habían alcanzado a caer del todo cuando
Laurita, actuando con la encendida torpeza de las adolescentes, intentó tragarse
mi pija de un solo bocado con un único resultado posible.
-Estoy bien –susurró mientras levantaba los brazos para
aliviar el acceso de tos, preludio del casi seguro vómito que llegaría a
continuación como acto reflejo por la repentina invasión a su garganta.
-¿Por qué yo?
-Porque quiero lo mismo que le das a mi hermana –respondió
con la respiración todavía algo agitada.
Carla, una cultora del sexo oral, no perdía oportunidad
–literalmente- de chuparme la verga. Generalmente buscaba la ocasión que fuera
más favorable para sus propósitos –léase cine, paseo en auto, probadores de
tiendas, etc.- aunque también su casa resultaba el escenario de muchos de esos
encuentros furtivos cuando su urgencia por el trago diario de leche la llevaba a
interrumpir el almuerzo o la cena familiar con cualquier excusa para arrastrarme
hasta el rincón más próximo que quedara resguardado de la vista de sus parientes
y así satisfacer su más bajo instinto.
Considerando las premura que mostraba algunas veces, no me
extrañaría que en alguna de aquellas oportunidades su hermana menor hubiera
terminado siendo testigo de su preferencia sexual.
-¿Tiene que ser ahora? -me vi obligado a preguntar por
¿cortesía?
-Considéralo un regalo de cumpleaños– susurró Laurita ya
repuesta de su atragantamiento.
Sabiendo que el tiempo se agotaba le indiqué los pasos a
seguir para conseguir su objetivo y a pesar de que creía tener el control de la
situación, bastó que sus labios cubrieran la cabeza de mi pija para que yo
comenzara a eyacular.
El gemido de la jovencita al intentar tragar me hizo recordar
los orgasmos que experimentaba su hermana cuando mi semen corría por su
garganta, y al igual que ella, Laura continuó chupándome la verga hasta
conseguir una segunda ración de leche en pocos minutos.
La determinación mostrada por la "nena" -como la apodaban en
su casa-, me hicieron olvidar de las precauciones más elementales y con la pija
más dura que una barra de hierro me disponía a metérsela por el culo cuando se
oyó la voz de su madre llamándonos desde la parte superior de la escalera.
Una vez de regreso con las innecesarias botellas de vino
Laura se despidió de mi con un beso en la mejilla antes de echar a correr hacia
el grupo que formaban sus amigas más íntimas.
-Está hecha una mujer –murmuró su madre a mi lado.
-Sí –respondí sintiendo que mi miembro volvía a endurecerse
mientras me preguntaba si la pasión de Carla y Laura por chupar pijas la habrían
heredado de mi ex futura suegra.
XXXXXX
Bajo la atenta mirada de sus amigas Laura no dejaba de
repetirme lo bien que me veía y las ganas que tenía de volver a verme y que bla,
bla, bla y bla.
El atropello en su hablar me hizo saber que las posibilidades
de "poder hacerle algo" se incrementaban con el correr de los minutos, así que
corté su parrafada para ir directamente al grano.
-¿Puedes deshacerte de tus amiguitas por un par de horas para
que podamos conversar tranquilos?
Por su forma de mirarme supe que había comprendido muy bien
que mi pregunta, más que pregunta, era una afirmación de mis intenciones de
cogérmela. Creo que sí –dijo Laura confirmando mi presagio después de tragar
saliva- pero luego tendría que volver a encontrarme con ellas para regresar a
casa.
-Nos vemos en diez minutos en la playa de estacionamiento del
cuarto piso –dije dando media vuelta para marcharme.
Si ella me respondió no llegué a oírla.
En el camino hice una parada en la cafetería y tras un
oportuno cambio de manos de un billete de diez guardé los tres paquetitos
rectangulares de papel metalizado en el bolsillo superior de mi campera.
XXXXXX
Llegó casi al mismo tiempo que yo, pero resguardado detrás de
una columna la observé detenidamente antes de acercármele.
Laurita parecía nerviosa o impaciente, en realidad todavía no
sé diferenciar muy bien el estado de ánimo de las mujeres cuando se "enfrentan"
a quien se las va a coger por primera vez.
Al verla consultar su reloj una vez más me dirigí hacia ella.
Al oír mis pasos se volvió y una enorme sonrisa se dibujó en
su cara de niña-mujer aunque sabía que se enfrentaba a una especie de verdugo de
su inocencia o de lo que aún conservaba de ella.
Esa vez no dudé y tomándola de la cintura la apreté muy
fuerte contra mí mientras la besaba como lo merecía la mujer en la que se había
convertido en los últimos meses. Tras responder a mi beso con toda la torpeza de
su arrolladora pasión me susurró al oído que se moría de ganas por chupármela.
Por supuesto le creí.
Recostándola contra una columna le alcé la falda para
despojarla de sus calzones de encaje y puntillas, seguidamente le hundí la mitad
de mi dedo mayor en la concha para así despejar cualquier duda que pudiera
quedarle sobre mis intenciones.
Laura respingó y se quedó sin aliento por la brusca
introducción que sólo fue posible por la cantidad de flujo que desbordaba su
estrecho canal vaginal.
-¿Me vas a coger acá? –preguntó con voz entrecortada.
-No es mala idea –le respondí moviendo el dedo
adentro-afuera, adentro-afuera, en una cadencia que no tardó en aflojarle las
rodillas.
-Méteme otro más –gimió colgándose de mi cuello.
Aunque el estacionamiento se veía desierto, el riesgo latente
de una inoportuna intervención presuponía un riesgo realmente enorme que podría
cambiar el resto de mi vida para siempre si me encontraban cogiéndome a una
menor, aunque ella hubiera consentido al acto.
Pero el peligro exacerba los sentidos y no pude resistirme.
Con los ojos en blanco, Laura soportó a pie firme mis
embestidas hasta que su vagina se tragó el último centímetro de mi pija.
-¿Estás bien? -pregunté jadeando por la calentura.
-Me duele un poco pero creo que sí –murmuró débilmente
mirándome a los ojos. Unos instantes más tarde, cuando los músculos de sus
nalgas se aflojaron, busqué su agujero trasero con el índice derecho.
-¡Ufff!, nunca me imaginé que sería así –susurró Laurita
cuando mi dedo penetró en su recalentado y estrecho culito.
XXXXXX
A la hora acordada la acompañé hasta la puerta principal y
esperé a que se reuniera –lo hizo a paso lento, y con razón- con sus amigas
antes de marcharme.
Durante todo el tiempo que estuvimos juntos no le había dado
más descanso del que yo necesité para recuperar la erección que me permitiera
continuar cogiéndomela, porque Laura dejó bien en claro que estaba dispuesta a
recuperar el tiempo perdido y cuando le pedí que se acostara boca abajo sobre el
asiento trasero de mi auto supo que había llegado el momento de sacrificar el
virgo de su culito.
Tras lubricárselo con la manteca conseguida en la cafetería
me tomé el tiempo necesario para hacer un trabajo lo suficientemente bueno como
para ella se mostrara dispuesta a repetir el acto durante el resto de su vida.
Debo reconocer que a pesar de los entrecortados sollozos que
se le escapaban de vez en cuando, Laurita soportó muy bien la enculada, aunque
cuando todo hubo terminado me preguntó que significaba eso de "era para untar"
que yo susurraba como un mantra mientras "me rompías el culo" según sus propias
palabras.
XXXXXX
Hoy se cumplen seis meses desde el reencuentro, y para
festejarlo Laura se ha valido de la ayuda de su mejor amiga para que podamos
pasar juntos el fin de semana.
Esta mañana cuando me telefoneó para felicitarme, me pidió
que me asegurara de que hubiera manteca suficiente en el refrigerador para
volver a ver "Último tango en París".
Fin