MI JOYA
Los que han perdido a una mascota adorada me
entenderán…
Es un homenaje a
mi perrita recién fallecida, a quien acabo de enterrar. Nada de ficción. Todo
real. Demasiado real.
Llegaste a mi vida una bonita tarde de mayo
gracias a tus dueños anteriores, unos cabrones desalmados, que te dejaron a la
salida del metro. Una basura para ellos y un tesoro para mí. Una perrita del
aspecto más cómico que se puede imaginar. Color indescriptible, cuerpo gordito,
patitas encorvadas, hocico pícaro. Una mezcla de erizo, osito, cerdito… en fin,
una galería de animalitos divertidos. Te acomodaste entre mis brazos con la
mayor naturalidad, como si me hubieras acompañado desde siempre. Parece que te
susurré al oído: “No dejaré que te maltraten, la muerte tendrá que esperar”.
Aquel mismo día te puse el nombre – Nyama, ya que te mostrabas muy glotona… La
convergencia de nuestros caminos en un mundo hostil e indiferente no era un
encuentro, sino un ENCUENTRO.
Dentro de poco te cogí tanto cariño que no
imaginaba mi rutina diaria sin tu presencia. La antorcha de tus ojos bondadosos
iluminó a mi familia. Ni siquiera sabías ladrar, sólo lo hacías en tus sueños.
¡Cuántas veces debía salvarte de los gatos! ¿Te acuerdas de las estrofas
humorísticas que te dedicamos? Nyama, síntesis de un fox terrier y de un
diablillo, peludo, perezoso, barrigón. O: si te cruzas con un lobo,
cuídate de él porque tiene el mismo color que mi perrita. O: las Nyamas
viven en Amazonas, les encanta nadar. Los cocodrilos se las comen, pero ellas
siguen viviendo y se multiplican. Te llevabas perfectamente con todo el
mundo, por ello solíamos decir: “Nyama posee el secreto de Nirvana”. Te
enamorabas con frecuencia. Un favorito tuyo, Jim, murió de infarto, pero tú,
fiel a su fantasma, le buscabas por vuestros lugares y meneabas la cola
saludando a su dueño. Asimismo se comporta Buddy, tu último galán. Te echa de
menos, no lo dudes.
Hoy, pasados 11 años y 6 meses desde la fecha
clave, me has abandonado. El círculo se ha cerrado, el sol de mayo se funde con
el frío de noviembre. Intento calcular lo que me queda (si es posible calcular
un amor sin límites). Una hilera de noches serenas, contigo, acurrucada,
roncando dulcemente a mi lado. Países, ciudades y playas que recorrimos. Tu
lenguaje peculiar en el que cada gruñido encerraba más significado que los
discursos infinitos de catedráticos “sabios”. Tu sombra rellenita mientras
perseguías a los estorninos en un parque público (los instintos cazadores salían
a la superficie de vez en cuando). Tus ojillos compasivos cuando algo malo me
pasaba. El caramelo que te di en vísperas de tu agonía. Miríadas de detalles que
construyen la imagen única e irrepetible de NYAMA, niña de mi corazón.
Dos semanas antes de tu enfermedad fatal, en
medio de un idilio que no avisaba ninguna tormenta, tuve una pesadilla
amenazante. Soñé que conocí a tus antiguos dueños. Era una anciana morena y
arrugada que rompió a llorar al verte. Le dije: “No llores, hipócrita. Tú misma
la dejaste morir a la salida del metro”. Y ella: “Puedo arrebatarla de nuevo”.
“¿Crees que alguien te va a permitir eso?” – pregunté desafiante. “¿Y tú crees
que voy a pedir permiso? – se rio la vieja asquerosa. - ¡Hijos! ¡Ayudadme!” De
repente vislumbré a dos gigantes vestidos en un uniforme militar. “¡No! ¡Pelearé
contigo!” – solté un grito ensordecedor. Y me desperté, empapada de sudor. Te
abracé con la máxima ternura de la que soy capaz y declaré solemnemente: “Nadie
arrebatará a mi joya”. Ahora sé con quién estaba hablando. Ahora sé que no me
incumbía cumplir la promesa. Pérdoname, cielo. He peleado por ti a lo largo de
este mes nefasto pese a las burlas de los médicos. Y he perdido la batalla por
definición. Y tú, maldita segadora de mi pesadilla, ¿estás contenta? No te tengo
miedo. Algún día me arrebatarás a todos hasta que acabes conmigo. Pero antes te
escupiré a la cara más de una vez.
Nyama, criaturita conmovedora, amorcito
consentido, manantial de sentimientos auténticos, voy a prometerte algo que no
me costará cumplir: no haré ninguna diferencia entre ti y los hijos que tendré
con el hombre que está junto a mí, llorando por ti, compartiendo mi pena. Y si
fantaseamos que los logros de la medicina me mantendrán viva durante mil años no
dejaré de repetir con la misma pasión que me envuelve hoy, el día de tu partida
hacia el Otro Lado: ¡TE QUIERO, NYAMA!