La letra:
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No sé cómo empezó todo esto. Desconozco el punto exacto en
que supe que ya no había vuelta atrás. No sé ya nada. Sólo sé que la deseo, que
me excita brutalmente, que juega conmigo y que yo la dejo por que no puedo
resistirme a sus encantos. Me domina. Me maneja con sus miradas, con sus
traviesas manos pequeñas, con sus labios carnosos perfilados de carmín. Estoy
hipnotizado por sus ojos negros, por sus caderas estrechas, por sus pechos
niños, por su coño o por cualquier otra parte de su anatomía. Soy su nuevo
juguete y no quiero hacer nada por remediarlo.
***
Era imposible predecir lo que me ocurriría cuando Juanjo,
amigo mío desde la infancia me pidió que le diera unas clases particulares a su
hija. Acepté sin dudar. Una pequeña inyección de dinero no me vendría nada mal
ahora que había decidido tomarme un año sabático del instituto.
Recuerdo... Recuerdo que Juanjo me esperaba asomado al balcón
de su casa. Iba a darle clases a su hija. Iba a ayudarla a pasar de curso e iba
a desaparecer. Nada más.
- ¡Va, lentorro! Apuesto a que todavía no eres capaz de
correr los cien metros lisos sin caerte.- reía jocoso mi ex-compañero de
pupitre.
- Y yo te apuesto a que los corro más rápido que tú, con tu
imponente barrigón...- le contesté, haciendo ostentosos gestos con mis manos
sobre mi tripa.
Todo marchaba como la seda, subí a su casa y nos saludamos
efusivamente.
- Ven dentro y te presento a tu alumna...- me dijo, nada más
despegarnos del afectuoso abrazo de reencuentro que nos habíamos dado.
Juro, prometo con la mano sobre la Biblia en la que no creo
si hace falta, que cuando conocí a Dolores no me pareció nada especial. Era una
muchacha huidiza, de pelo negro cuya melena caía en cascada y ojos igualmente
negros y esquivos que, en un principio, no me dijeron nada. Vestía vaqueros y
camiseta, una ropa vulgar, casi andrógina. Era ella una jovencita de lo más
normal, pensé, equivocándome de pe a pa. ¿Quién me iba a decir a mí que sólo dos
meses después iba a estar a su merced, la merced de una niña de quince años?
Ése mismo día empezamos las clases. Ése mismo día puede que
empezara a arruinar mi vida con aquella frase.
- Oye, Juanjo, lo que menos necesita ahora tu hija es a su
papaíto examinando cada uno de sus movimientos. Vete a dar una vuelta mientras
dure la clase.- Se lo dije casi a escondidas, mientras su hija preparaba las
cosas del colegio.
Él aceptó. Todo para que su querida hija, la misma en la que
se había volcado y que tanto había mimado desde que su mujer falleció de cáncer,
aprobara. Salió por la puerta y yo me senté al lado de Dolores.
- Hola, Dolores.
- No me llames así. Es nombre de vieja.- contestó ella, sin
separar la vista de su libro.- Llámame Lolita. Mola más.
- Está bien, Lolita. ¿De qué es el libro de texto?- pregunté,
escrutando el material que tenía ante sus ojos.
- Literatura.- dijo, y me miró a los ojos.
Apostaría a que algún dios cabronazo detuvo el mundo en ese
momento. Su mirada entró en mí. Esos ojazos negros atravesaron mis pupilas y
arrasaron mi mente. Su mirada fue el equivalente a una bomba atómica en mis
pensamientos. Lo devastaron todo y sólo dejaron fuego. Fuego que me ardió en las
entrañas.
Esa mirada me llevó a observarla con otros ojos. Ya no era mi
alumna, ni la hija de un amigo. Era un mujer. Lolita, mujer de cuerpo niño. Mi
mirada se emborrachó de quinceañera. La observé, como se observa a una hembra,
mientras ella, ajena a todo, se arrullaba en la narrativa de los Siglos de Oro.
Detenidamente, pasé mi vista por su silueta y lo que vi me levantó la verga.
¿Cuándo había crecido tanto Lolita? Hace sólo cinco años aún era la niña de
sonrisa eterna que jugaba con la arena de la playa... ahora no. Cinco años. Eso
no era nada para mí, que estoy harto de cumplirlos, pero para ella, y su cuerpo
adolescente, había sido todo un mundo.
Me preguntó algo sobre el libro. Le respondí. Tragué saliva.
Mi vista resbaló por su cuello. ¿Qué habría más allá? ¿Pechos de virgen, pura,
blanca y casta? ¿Tetas de joven en celo, firmes y de pezones prominentes? Era
mejor no pensar. No pensar. Me volvería loco si seguía pensando en ella como
mujer. No era una mujer. Era una niña y era mi alumna. Me volvió a preguntar. Le
volví a responder. Jamás me he alegrado tanto de que alguien no supiera quién
escribió "la ilustre fregona". Cervantes me devolvió a la realidad. Sanó la
locura al Quijote y ahora, casi cuatrocientos años después de su muerte, también
sanó la mía. Seguimos con la clase. Me atreví a bromear sobre Cervantes, Valle-Inclán
y Unamuno. "No veas lo difícil que es encontrar a un escritor entero...". Lolita
rió. Yo mismo reí.
Repiquetearon unas llaves en la puerta. Juanjo volvía a casa.
¿Cuánto tiempo había pasado? Una hora y media ya. Noventa minutos que
desaparecieron de mi vida mientras soñaba obscenidades con Lolita. Como pude, me
recompuse, me despedí de Juanjo y de su hija y salí de allí.
Esa noche me costó conciliar el sueño. Lolita apuñalaba
cualquiera de mis pensamientos con su mirada. "Es una alumna". Me decía yo mismo
una y otra vez. Una y otra vez las mismas palabras. Me cansé de repetirlas hasta
que perdieron completamente su significado. Eran una desapasionada letanía que
ya no sifgnificaba nada. ¿Y qué si era una alumna? Me masturbé. Pensando en
ella, en sus labios infantiles y carnosos engulléndome la verga. En sus pechos
blancos, pequeñas tetas de virgen, mojados de mi saliva. No tenía ni idea si era
virgen o ya habría cedido el privilegio, pero no me importaba. Para mis sueños
la prefería virgen. "Es una alumna". Pues tiene que aprender, aprender a follar.
"Venga, Lolita, abre las piernas, no te haré daño". Y lo hacía, niña, desnuda y
obediente en mis imaginaciones y abría las piernas. Me mostraba su coñito de
vello insignificante. Simple sombra que oscurecía su pelvis. "Te va a doler un
poco, mi niña". Le dije, mientras la penetraba. Ella se quejó. "¿Te duele?".
"No", respondió, clavándome sus ojos en los míos. No. Claro que no le dolía. Era
mi sueño, no le podía doler. Me hundí en ella. La veía bajo mío, jadeando,
aunque mis ojos estuvieran cerrados, y a mis oídos no llegase más que el ruido
del tráfico de debajo de la ventana. Me masturbaba soñando con Lolita. Me corrí
soñando con Lolita.
***
Al día siguiente me temblaba la mano al tocar al timbre de
casa de Juanjo. "¿Quién?" sonó truncada por el telefonillo, la voz de Lolita.
- Y-yo.- sólo pude aritcular ése monosílabo. Casi esperaba
que Lolita volviera a preguntar, aún más extrañada otro "¿Quién?". Pero no. La
puerta zumbó y yo entré.
- Bueno. Os voy a dejar solos otra vez.- me decía Juanjo.-
Dolores saldrá enseguida, acaba de llegar del instituto y se ha puesto con el
ordenador hasta que tú llegases... Lo estará apagando.
- Ah, bien.- susurro.
- Mírala, por allí viene.
No. No, por dios, no. Aquello no era real. Lolita. Dulce
Lolita en uniforme de colegiala. Falda gris, camisa blanca, coletas en el
pelo... dulce niña Lolita de mis fantasías lascivas. "Vuelve a la parte oscura
de mi mente y devuélveme a mi alumna de ropa andrógina, diablo. No quieras que
pierda el control".
- Hola. ¿Empezamos ya?- me preguntó, y su voz me barrenó el
alma. ¿Cómo pude encontrar tanta perversión en tanta inocencia?
- S-sí... claro.- respondí, mientras Juanjo salía por la
puerta.
Dolores se sentó y yo enfrente de ella. Se me iban los ojos
trepando por su camisa. Lolita garabateaba números en su cuaderno de
matemáticas, y de cuando en cuando, me preguntaba algo. Yo contestaba y el orden
del universo se reponía. Ella volvía a clavar sus ojos en su libro de mates y yo
los míos en su cuerpo colegial.
Lolita mordía con sensualidad mórbida el extremo del lápiz.
Lo enganchaba, golosa, en besos camuflados de despiste, y yo comencé a sudar.
Envidié hasta los límites del odio al lápiz que se perdía en su boca. La
garganta se me secó, y supongo que mis ojos, vidriosos, se oscurecieron
siguiendo el movimiento de su pequeña lengua sobre el extremo del lapicero.
Escuché la puerta abrirse. Sin más, me levanté, agarré todos
mis bártulos y salí de la casa a la carrera.
- Lo siento, es que me encuentro mal.- mentí al salir.
Llegué a mi coche. Arranqué. Conducí durante una hora antes
de que dejara de pensar en Lolita y la erección desapareciera.
***
Una semana después estaba igual, o incluso peor. Lolita
llenaba mis noches. Siempre que dábamos clase aparecía con su uniforme. Me
enloquecía. Era toda sensualidad y sugerencia y, al tiempo, todo lo contrario.
Despertaba brutalmente la lascivia en mi cerebro con cada gesto. Cuando lamía
sus dedos para pasar página, cuando se aprataba un mechón rebelde de la cara,
cuando se agachaba a coger algo que se le había caído, cuando se rascaba la
pierna, y se subía la falda sin saberlo.
Las clases cada día me eran más difíciles. ¡A mí, que lo
sabía todo! Sin embargo, aún tenía la ilusión de que todo esto podía frenarse en
cuanto yo quisiera. Ilusión que se rompió aquél viernes.
- profesor...- me suspiró Lolita al oído.- ¿Puede ayudarme en
esta Unidad?
- Por supuesto.
Abrió el libro. Me brincó el corazón. Se me nubló el alma y
la verga se me endureció.
- Es que, en Naturales, estamos dando el sistema
reproductivo. ¿Podría ayudarme a entenderlo?- me rogó, con inocencia aniñada.
- Cl-claro...- no me llegaba la camisa al cuerpo. "Claro" le
había dicho. Y yo no lo tenía nada claro.
Ella comenzó señalando, explicando funciones e interrogándome
con la mirada.
- Sí. Muy bien. Es para eso.- contestaba, con la voz
temblando.
- ¿Y sólo se puede lubricar si se extá excitada?
Excitada. Lolita. Pezones duros en pechos vírgenes. Clítoris
inflamado en un pubis imberbe. Labios adolescentes perlados de humedad. "Lolita,
no me hagas esto". "No me hagas imaginarme cosas".
- El pene y los testículos...- seguía ella.
No oía nada más. De su boca sólo escuchaba palabras
calientes, de esas que un padre no quiere que su hija sepa. "Juanjo, ¿Sabes que
tu hija sabe decir polla?".
- La penetración...
Penetración. Mi pene penetrando en su coño quinceañero. La
sangre me rebotaba en cada una de las venas de mi verga. Mi cuerpo estaba
envuelto en una película de sudor.
Ése día no pude esperar a llegar a mi casa. En cuanto me metí
en el coche, me masturbé pensando en esas palabras que Lolita había dicho. La
inocencia vuelta sexo. Mientras Lolita, en mi mente, repetía "hacer el amor",
eyaculé en el pañuelo.
Lo que jamás quise preguntarme es por qué una alumna de
tercer curso tenía un libro de Ciencias Naturales de primero.
***
El fin de semana me pareció eterno. El viernes me acosté
decidido a llamar a Juanjo y decirle que no podía continuar dándole clases a su
hija. El domingo me metí en la cama esperando con ganas el día siguiente para
volver a ver a Lolita. No podía dejar de pensar en ella. Se había convertido en
mi droga.
- Mi padre no está. Ha tenido que ir a arreglar unas cosas
del curro.- me dijo mi alumna cuando entré en su casa.
- Está bien. Podemos ir empezando. ¿Qué has traído?- mi voz
era un temblorcillo estridente. Lolita me ponía muy nervioso.
- Matemáticas. Pero las tengo controladas.- me contestó, con
una sonrisa.
- A ver si es verdad.
Lolita asintió. Se sentó a la mesa. Sacó los libros. Me senté
enfrente de ella, como siempre. Abrió el libro de Matemáticas. Besó el extremo
del lápiz. Arrugó el entrecejo al plantear el problema. Empezó a escribir
números en su cuaderno. Se atusó la melena negra.
Hubo un momento de debilidad. La miré directamente a los
ojos, me esquivaron, y todas las piezas encajaron. Todos y cada uno de los
movimientos y palabras de Lolita que mi mente recordaba se desnudaron de la
inocencia en la que me los creí. Cada gesto, cada caricia del lápiz en su
lengua, cada guiño, cada roce de su ropa, cada una de las palabras que me
dedicó... todos cobraron, en un momento, una fría y calculada perversión. Mi
alumna sonreía, mirándome de reojo, y erotizando el lápiz con sus labios.
Lolita se desabrochó el botón superior de la blusa.
- Hace calor ¿no?- dijo.
Yo sudaba. Hacía calor. Tenía calor. Ella se mordió el labio
inferior en su sonrisa traviesa. Tragué saliva. Se desabrochó un segundo botón.
Una gota de sudor frío me lamió la mejilla y se secó en mi barbilla. Ahí fue
cuando tomé conciencia que estaba jugando conmigo. La niña intentaba dominarme y
eso no podía ser. El sujetador. Le veía el sujetador de encaje. Tenía pechos
niños. Estaba tratando de controlarme y no iba a dejarla. ¿Cómo podía tener unos
labios tan atractivos? Hubiera matado por probarlos. Sus labios y sus pechos.
No, no iba a permitir que me manejara a su antojo, yo era el adulto y ella sólo
una cría. Esos ojos... esos ojos tan oscuros... me volvían loco. "Lolita, te
deseo". "No me controlarás". "Contrólame".
Sus dedos amenazaron un tercer botón de la blusa.
- ¿Qué estás haciendo, Lolita?
- ¿El qué? Hace calor. ¿No tienes calor?- respondió, con la
misma inocencia con la que se disfrazó el viernes.
- No.
- Está bien.- concluyó ella, sin quejarse, sin discutir.
Sumisa. Dirigió de nuevo los ojos al libro y me ignoró. Ignoró mi mirada de
creciente deseo, que la envolvía. Ignoró mi verga palpitante, el sudor que me
corroía las entrañas. Lolita, ajena a todo, seguía escrutando el libro,
aprendiendo lo que Gauss hizo a dejó de hacer.
"Una cosa seguro que no hizo. No supo soñarte, princesita.
Gauss jamás te vio, Lolita, por que si te hubiera visto, habría olvidado los
números. Habría dejado de pensar en fracciones, simplificaciones y toda
electricidad que no fuera la que corre por tus ojos y se habría quedado en la
cama, masturbándose con tu imagen, soñándose abrazar tu cuerpo joven, correrse
en tu boca, mirarte a los ojos, perderse en tus profundidades. Habría abandonado
la ciencia por la religión de tu cuerpo adolescente. Y te habría ofrendado su
cuerpo con el sagrado acto de la masturbación, pensando en follarte repetidas
veces. Se habría muerto de hambre y de sed antes de cesar de derramarse pensando
en ti. Hasta ahí tienes la culpa de la Historia. Si por ti fuera, no habría
existido el método de Gauss. Y por eso tienes que aprenderlo ahora. Tuya es la
culpa, Lolita. Yo soy inocente. Tuya es la culpa..."
- Tuya es la culpa...- susurré mientras me levantaba y
marchaba hacia Lolita.
La joven se levantó, y me miró a los ojos con una sonrisa que
sabía vencedora. La agarré. La empujé contra la pared. Nos besamos. Me besó.
Su lengua adolescente se convirtió en hiedra que me anudó a
ella. Se tragó mi lengua y mi saliva y supe que jamás me separaría de ella.
Nuestros labios buscaron y encontraron mil formas de acoplarse. Le comí la boca.
Me succionó el labio. Casi nos mordimos los dientes. Mis manos le acariciaron
las piernas, treparon las medias y bordearon las braguitas. Sus dedos me
suavizaban las mejillas. Su melena me cosquilleaba en la frente. Buceó una de
mis manos bajo su blusa. "Tienes pechos suaves, Lolita. Pechos de piel blanca y
pezones duros.". Mi verga se apretaba contra ella. Ella se apretaba contra mí y
yo contra ella y la pared.
La puerta de la calle susurró pasos del otro lado.
Tintinearon unas llaves. "No, Juanjo, por favor. No me digas que eres tú.".
Lolita me besaba. Quise que el tiempo se parase. "Que el mundo deje de girar,
que las aves detengan su vuelo, que el universo entero se petrifique... Lolita y
yo nos besamos y eso es lo más importante". Una llave se deslizó en la
cerradura. "Da media vuelta, Juanjo. Has olvidado la carpeta en el trabajo
¿Recuerdas? ¡Recuerda!". Lolita me seguía besando y la llave giraba. "No. No
puedes entrar, Juanjo. La cerradura se ha roto y la puerta no se abre, jamás te
enterarás de que tu mejor amigo y tu hija se están devorando la boca. Te vas a
quedar ahí fuera, sin entrar, mientras tu hija y yo nos lo montamos". Pero la
puerta se abrió, aunque a nosotros nos diera igual, seguimos besándonos, como si
al separarnos se fuera a acabar el mundo. "Da media vuelta Juanjo. Te lo ruego.
Es mejor que no sepas lo que está pasando en el salón de tu casa. Gírate y no
vuelvas, que tu hija me está besando".
Los pasos de Juanjo se acercaban por el pasillo. Lolita se
separó de mí, me sonrió, y se evadió de mi abrazo para sentarse de nuevo en su
silla. Antes de que Juanjo llegara a la puerta, yo había hecho lo propio, con
una brutal erección en los pantalones.
- ¡Hombre, ya estás aquí!- me dijo Juanjo.- Perdona, pero es
que he tenido que ir a un trabajo de última hora.
- Lo entiendo. Lolita me lo ha dicho y hemos empezado...- un
gallo estridente reventó desde mi garganta. Había movimiento bajo la mesa.
Algo me acariciaba la rodilla, y me subía por el muslo. El
pie de Lolita se internaba entre mis piernas mientras la jovencita sonreía con
malicia, mirándome a los ojos. Sudé tinta.
"¿Qué haces, Lolita? Estate quieta que tu padre nos puede
ver. ¿No ves que lo tienes a tu espalda?... Te ves hermosa, con las mejillas
arreboladas, la melena deshecha desde nuestro beso y los botones superiores de
la blusa desabrochados.... Estáte quieta, niña mala, que tu padre nos puede
castigar... Me encanta sentir tu pie buceando en mi bragueta... Para y no te
rías, que esto es serio, me estás poniendo en un aprieto... Sigue, sigue
acariciándome y sonriendo, que tienes una sonrisa preciosa, no le hagas caso a
mi parte racional, que no te entiende... Tu padre sospecha, Lolita, se niega a
abandonar el salón, nos mira de reojo, si no te paras nos verá y nos matará...
Sigue, Lolita, sigue. Arriba abajo, arriba abajo, es un compás de dos tiempos
que no has de olvidar. ¿Notas lo dura que está mi polla? Está así por ti. Me
excitas, Lolita. Me excita tu sonrisa perversa y tu pie nadando en mi
entrepierna. No te detengas, Lolita. Sigue sobándome y riéndote, que soy tu
nuevo juguete."
- Bueno. Os dejo. Vuelvo en una hora. ¿Os dará tiempo a
terminar?
- No lo sé...- gimoteé- ¿Nos dará tiempo, Lolita?
- Sí. Es tiempo de sobra.- contestó ella.
Juanjo salió del salón y volvió por donde había venido.
"¿Sabes Juanjo, que tu hija me masturba por debajo de la mesa?". Hasta que la
puerta no se cerró, el pie de Lolita no se separó de mi polla. Pero su padre se
fue y Lolita se levantó, y estalló a reír.
- Ha sido divertido. ¿No crees?
¿Divertido? Se divertía conmigo... era hora de ajustar las
cuentas. La agarré de los hombros, la alcé del suelo y la llevé así por todo el
pasillo, hasta llegar a su habitación. Lolita reía. Yo estaba fuera de mí. La
cordura había desaparecido de mi mente. La arrojé sobre la cama. Mantas rosas,
sábanas de encaje, peluches. Y me lancé sobre ella. De un manotazo desterré del
lecho los ositos de felpa. "Sólo dos seres en la cama, Lolita. Tú y yo". Escarbé
bajo la falda. Lolita reía. "No te rías que esto no es un juego de niñas. Vamos
a jugar a lo que juegan los adultos". Arranqué las braguitas blancas de un
estirón. Lolita gritó y luego siguió riendo. Le desgarré la blusa, me desabroché
cinturón y pantalones, la besé en la boca y me bebí sus risas... ya no recuerdo
en qué orden lo hice. Seguramente por que no hubo orden ninguno.
Nos besamos mientras me bajaba los pantalones. La verga, a
punto de estallar, se erguía, robusta y caliente de mi pubis. La falda se le
enrolló sobre el vientre. Su sexo, lampiño o depilado, se desprotegió de tela.
La lamí con desesperación, como un hambriento. "Hoy eres mi alimento, Lolita. Mi
alimento y mi bebida. No necesito nada más, dáme tu maná". Lolita gimió de
placer y yo trepé por sus pechos. La penetré. Lolita gritó por lo inesperado de
la intrusión. "Siénteme, pequeña. Me hundo en ti. Te penetro. Te follo". Le
quité el sujetador mientras follábamos. Lolita tenía unos pechos dulces, blancas
montañitas nimias de pezones erizados. Cada aureola me cabía en un beso. Lolita
gimoteaba en mi oído. Su coñito me estrujaba la verga. Dulce adolescencia,
benditos quince años de tersura en la piel y estrechez en el coño. "Toma, toma,
toma, Lolita. ¿Te gusta mi juego?". "No hace falta que me contestes... Tus
pezones, tan duros como mi polla lo hacen por ti. Tus gemidos, tu coño
mojadísimo, lo hacen por ti."
La abracé. Mi mano derecha se coló bajo su espalda y la
izquierda acunó su cabeza. "Así te cogí cuando naciste, Lolita. Tu padre me dejó
sostenerte como te sostengo ahora. Tú llorabas y yo lloré también. Por que no
había cosa más bonita en el mundo que tú, y entonces sólo tenías horas de vida.
Pero ahora eres aún más bonita, y no lloro, jadeo. Jadeo por que eres aún más
hermosa. Con tus pequeños pechos desnudos, con tu coño devorando mi verga y tus
piernas rodeándome la cintura. Eres aún más bella, Lolita. Con la cara roja de
excitación, murmurando incoherencias envueltas en gemidos. Empapada de sudor y
placer, eres más hermosa, Lolita." Toma. Toma. Toma. Una y otra vez la
penetraba. "¿Recuerdas, Lolita, el compás de dos tiempos? ¿Ves por que no quise
que lo olvidaras?" Dento, fuera, dentro, fuera. Toma, toma, toma.
Lolita jadeaba cada vez más alto. Subía, subía, subía hasta
allí arriba. Se elevaba más allá de mis besos, por encima de sus flujos, más
arriba de nuestro sudor. Y de pronto se calló. Se estremecieron sus músculos, se
clavaron sus dedos en mis hombros. Una uña se le rompió estrellándose contra mi
espalda. Los ojitos se le quedaron en blanco. Chirrió un coche bajo la ventana.
Amaneció en Santiago. Tembló Beirut. Se corrió Lolita. El orgasmo nació
acompañado por un "Mmmmmm" eterno que me visitó el oído y me mareó de lujuria.
Todos sus músculos se tensaron bajo mío, cada una de las moléculas de su cuerpo
quiso abrazarme y no aguanté más. Me derramé en su interior. Blasfemé, me
confesé y me absolví en un instante. Resoplé en su cuello de cisne y de piel de
gallina.
- ¿Te ha gustado?- me ronroneó Lolita al oído.
- Mucho. Eres muy buena, Lolita...
- No me has entendido...- sonrió.- ¿Te ha gustado llevarte mi
virginidad?
Mi mente se aclaró al momento. La bruma de excitación
convocada se disipó automáticamente. Me separé de Lolita. Gotas de sangre sobre
un fondo de fluidos bisexuales. Su coñito, que aún latía satisfecho, estaba
perlado de gotas rojizas, como enjoyado de rubíes.
- No. No, no, no, no, no, no.- Sí.- No.- Sí. La había
desvirgado. Me la había follado y la había desvirgado. A mi alumna. A la hija de
mi mejor amigo. Y me había corrido dentro. La angustia se instaló en mi garganta
reseca. Recuperé mis pantalones, me vestí y escapé de allí, dejando a Lolita
desvirgada y semi-desnuda.
***
Llegué a mi casa y me dejé caer nada más cerrar la puerta.
Las horas me encontraban en la misma posición, tumbado en el suelo del salón,
boca arriba, perdiendo mi mirada por una mancha de humedad que no dejaba de
recordarme a Lolita. Todo me recordaba a Lolita. Todo llevaba la humedad de sus
besos, la negrura de sus ojos, la suavidad de su piel, o simplemente, la "S" de
sudor, semen, saliva y sangre en su entrepierna.
Me sentía vencido, paralizado. No podía, por que no quería,
mover ni uno sólo de mis músculos. Me sorprendí al notar unos regueros de
humedad en mi cara. Estaba llorando. Por Lolita.
El timbre del teléfono me devolvió a la vida. Como pude, lo
cogí y contesté.
- Hola.-habló secamente la voz del otro lado.
Las piernas me fallaron. Caí sobre el sofá y empecé a
temblar.
- ¿J-Juanjo?
- Sí. Verás, Dolores me ha dicho...
¿Cómo? ¿Lolita se lo habia dicho? Tuve miedo. Mucho miedo.
Soy de las pocas personas en el mundo que han visto a Juanjo enfadado. Sabía de
lo que era capaz.
- Oye, Juanjo...- La camisa no me llegaba al cuerpo.
- Coño, espérate que termine, cansino...- estaba bromeando.
¿Cómo podía bromear con eso?- Que Dolores me ha dicho que, como tu casa queda
más cerca del colegio que la mía, que, si quieres, en vez de que tengas que
venir tú todos los días, en cuanto salga del colegio, Dolores puede ir a tu
casa.
Mi mundo tembló. Lolita y yo. Lolita de inocente uniforme
colegial y yo cada tarde en mi casa. Había sido idea de Lolita. Lolita quería
volver a verme, volver a besarme, volver a follar...
- Estupendo.- respondí, con un hilo de voz.
- Bien. Entonces mañana mi hija irá a tu casa.
***
Me costó varios minutos asimilar la información. Lolita
vendría a mi casa. Su padre no nos podría descubrir allí. Lolita era lista, y
manipuladora. Nos estaba usando, a mí y a su padre, sin remordimientos de ningún
tipo. Lolita vendría a mi casa. La sola idea me levantó la verga. Hasta que no
me masturbé, no pude dormir tranquilo.
Al día siguiente, los nervios no me dejaban moverme con
facilidad. Esperaba, con ansias brutales, que Lolita llegara. Salía a las cinco
del instituto. Hasta mi casa habían menos cinco minutos. El reloj dio las cinco.
Traté de tranquilizarme. Cinco y cinco. Respiré hondo, se estaba retrasando.
Cinco y diez. "No te retrases más, Lolita, que me muero sin ti". Cinco y veinte.
"No va a llegar. Se ha olvidado de mí. Ha ido a su casa a contárselo todo a su
padre y ahorta Juanjo viene hacia aquí dispuesto a matarme". Cinco y
veinticinco. "No viene. No viene y yo estoy muerto". A y veintisiete sonó el
timbre. Ni contesté. Abrí la puerta directamente y esperé que Lolita subiera.
"Ya sube por las escaleras mi querida colegiala. Con su
faldita gris y sus piernas largas. Con su culillo respingón y sus pechos
nimios.". Subía Lolita por las escaleras. La verga se me hinchaba.
- Hola, señor profesor...- me saludó con falsa inocencia en
cuanto entró en mi casa.
- Ho-hola, Lolita.- Era muy hermosa. Me enloquecía. "Es una
niña todavía" agonizó en mi mente por última vez una vocecilla a la que no hice
ni caso. Desterré la conciencia para centrarme en Lolita, inocente y lasciva,
entrando por la puerta de mi casa.
Le extendí una cajita de medicamenteos en cuanto entró.
- ¿Pastillitas del día después?- me preguntó Lolita.- Si
hubiera tenido que esperarte a lo mejor ya estaba preñada... Tranquilo, que ya
me la he tomado.- siguió, acariciándome la mejilla con suavidad.
Me lancé a besarla. No podía más. Estaba a punto de volverme
loco.
- ¿Qué te crees que haces?- me contestó, indignada,
deshaciéndose de mi abrazo y sentándose en una silla.
No lo comprendía. Estaba confuso. ¿Qué quería Lolita? ¿Por
qué me negaba? La había llevado hasta el orgasmo, había venido a mi casa para
estar lejos de su padre, ¿Qué fallaba en la ecuación?
- ¿Piensas darme la clase o qué?- me espetó violentamente,
sacando de la mochila sus libros.
- P-pero...
El sonido del libro de Historia cayendo sobre la mesa se
repitió en mi cabeza. Pam. Los sueños se esfumaron, retornó victoriosa la
conciencia desterrada. Pam. Se derrumbó el castillo de naipes que monté soñando
con toda una vida junto a Lolita. Pam. La cordura y la verguenza me ahogaron la
mente. Pam. Adiós a Lolita lasciva, desnuda y mujer. Pam. Vuelve la niña Lolita,
la alumna que nunca debió dejar de ser.
- ¿Empezamos?- preguntó abriendo el libro.
- Empecemos.- contesté, completamente vencido.
Me senté frente a ella. Poco me importaban Isabel y Fernando.
Ellos formaban parte del pasado y a mí lo que me interesaba era el presente.
Lolita colegiala esquivándome, Lolita colegiala negándome su cuerpo de marfil,
sus tetas de azúcar. Lolita obligándome a desearla.
La miré durante minutos, mientras ella hojeaba el libro. Las
páginas pasaban, y mis ojos devoraban sus curvas, el primer botón desabrochado
de la blusa, sus labios tan carnosos que parecían estar eternamente decorados de
carmín.
- ¿Esto es así?- preguntó.
- No.- respondí.- ten en cuenta que primero se tuvo que
conquistar Granada para poder presatr atención a otra peticiones. Entre ellas la
de Colón.
- Entiendo...- dijo ella. Siguió escribiendo y volvió a
ignorarme. En ese momento el libro era mil veces más interesante que yo. "¿Por
qué? ¿Por qué me haces esto, Lolita? ¡Mírame, por Dios! Estoy al borde de la
lágrima... ¿No tienes compasión?".
Lolita continuaba mirando al libro. Se apartó un mechón de
cabello de la cara y aprovechó para mirarme. Pareció que lo que vio era lo que
esperaba, y supongo que vio un hombre derrumbado. Dejó el libro de Historia en
el extrmemo de la mesa, me miró sonriendo con malicia y sacó algo de la mochila.
Se acercó a la cadena de música. Era un CD. Iba a poner un CD.
Le dio al play y se giró hacia mí. Me dijo, por gestos, que
me levantara mientras me susurraba "Alizée"... Empezó una música suave...
palabras en francés... "Me llamo Lolita". Lolita, la melena suelta, la sonrisa
perversa, empezó a bailar ante mí. Pam. El libro de Historia cayó al suelo. Pam.
Retornaron los sueños. Pam. Volvió la adolescente Lolita, lasciva y cruel. Pam.
Otra vez jugaba conmigo.
- "C'est pas ma faute..."- me susurraron las dos, Lolita y
Alizée, al oído. "No es mi culpa" me decían. No era su culpa. Tenían razón. Yo
era el culpable. La culpa era mía. Sólo yo tenía la culpa de que Lolita ya no
fuera virgen.
- "C'est pas ma faute..."- repetían. "Esa pronunciación,
Lolita... Tu padre me dijo que ibas bien en francés. No pronuncias bien esa
frase. Antes la has pronunciado mucho mejor...". No. No era un error. Lolita
decía otra cosa. Pasaba de Alizée como antes había pasado de mí. Je ne suis pas
une pute. Repitió. Me miraba a los ojos con desafío mientras se meneaba al
erótico ritmo de la francesa. "Lolita... Ya sé que no eres una puta. Ni me
importa. Simplemente deja que baile a tu lado. Dejame perderme en tu coño y
demostrarte que te amo tanto o más que te deseo".
Lolita subió y bajó pegada a mi cuerpo. La polla se me
hinchaba en los pantalones. La cogí de la cara. La besé de nuevo, besos de fresa
y miel. Mis labios sellaron la comisura de su boca. Y me separé un poco. La
volví a besar. Labios con labios. Dulce y eterno contacto que terminó en
segundos. Nos miramos a los ojos. Otro beso. Otro instante de separación. Y
ahora sí. Se le encendieron las pupilas. Me agarró de la nuca. Nos besamos como
locos. No era un beso reventado de pasión como el del día anterior. No. Era más
pausado, suave, tenía la cadencia de los besos de las películas. Ósculo
romántico y dos lenguas que no luchaban. Simplemente se acariciaban con timidez.
A Lolita le gustó. Bajó sus dedos por mi espalda, siguió mis brazos y colocó
estratégicamente mis manos sobre ella. Una se cebó con el culo. La otra
desabrochó la blusa. Uno, dos, tres, cuatro, cinco botones y la prenda cayó.
Lolita no llevaba sujetador. Su piel se estremeció bajo mis
dedos. Yo me estremecí ante ella. Caí de rodillas, presto a rezarle, a
ofrendarle un sacrificio sin sacrificio ninguno. Adorarla era gratis y
placentero. Chupé los pezones mientras ella me agarraba de la cabeza, de pie,
sabiéndose superior a mí. La pequeña adolescente se sabía superior. Me sentí
como un niño. "Soy solo un niño, Lolita. Dame de mamar que soy sólo un niño y si
no, lloraré. Deja que te chupe los pechos, Lolita, que me cuelgue de tus
pezones, no dejes que llore.".
Desabroché su falda. Cayó en vuelo grácil deslizándose por
sus piernas. Se desnudaron las braguitas. No podía quitárselas. No podía
separarme de sus pequeños pezones de color claro. Me engolfaba la lengua con sus
pechos y era imposible detenerme. A falta de mis caricias, fue la propia mano de
Lolita la que se sumergió bajo las braguitas para hacer subir la excitación al
mismo tiempo que el volumen de sus suspiros.
No me dejó tiempo a más. Me empujó al sofá donde acabé
sentado, mirándola. El segundo que tardó en moverse, quedará para siempre
marcado en mi memoria. No sé describir cómo era Lolita, vestida únicamente por
las braguitas, la melena cayéndole por los hombros, y en contraste con la piel
blanca de la joven. No sé describir sus pechos, pequeños, firmes, los pezones
erectos y manteniéndome la mirada. No sé describir su pubis débilmente protegido
por unas braguitas que ya se transparentaban ligeramente por efecto de la
humedad. Ni sus piernas estilizadas. Ni su cadera ancha de soberbio culo
respingón. No sé cómo describirla. Sólo una palabra se le acerca... "PERFECTA".
Un perfección lasciva que se dirigió a su ropa.
- Hoy ya hemos tenido suficiente... ¿No crees?- me dijo. No
supe contestarle, me había dejado desarmado, armado únicamente con una verga que
se negaba a desprenderse de su dureza.
- No me hagas esto, Lolita...
- ¿El qué?- contestó, mientras se vestía.
Ni siquiera me moví. Dejé que se marchara. Que recogiera sus
cosas y saliera por la puerta, no sin antes decirme:
- Ahí te dejo el CD. Piensa en mí.
El mundo se cerraba con la puerta de mi casa. Lolita salía,
dejándome un puñal en el corazón y otro en la entrepierna. Las horas pasaban
ahogadas en lágrimas. Mientras Alizée me mentía diciéndome que se llamaba
Lolita, yo me masturbaba frenéticamente.
***
Al día siguiente, Lolita no vino. Me llamó su padre y le
mentí.
- Está haciendo francés. No te la paso por que si no luego le
cuesta horrores volver a cambiar el "chip".
- La he llamado al móvil y está apagado.- decía Juanjo
- La he hecho apagar el móvil ¿Qué clase de profesor sería si
le dejara tener el móvil encendido?- "¿Qué clase de profesor sería, Juanjo? ¿Qué
clase de profesor sería si me follase a mi alumna?"
- ¿Pero se porta bien? Mira que no me fío.
- Fíate. Le he puesto un disco de música en francés para
ayudarla. ¿Lo oyes?
- Sí, creo que sí. Bueno, vale, dale un beso de mi parte.
- Está bien. Hasta luego.- me despedí, mientras de fondo se
oía, una y otra, y otra vez a Alizeé y su "Moi, Lolita".
Motus et bóuche que ne dis pas à maman que je suis un
phénomène... "Silenciosa y con una boca que no le dice a mamá que soy
maravillosa"... Je m'appelle Lolita.
***
Llegó a las cinco y cuarto del día siguiente.
- ¿Qué hiciste ayer, Lolita?
- Nada interesante.
- ¿Por qué no viniste?
- Mejor que no lo sepas. Tienes pinta de celoso.- me
respondió con altivez.
- ¡Me cago en Dios, Lolita! ¿Sabes? ¡Estuviste a esto de que
se lo contara todo a tu padre!
- ¿El qué? ¿Cómo me desvirgaste? ¿Cómo te aprovechaste de tu
pobre e inocente alumna? Sabes que tienes que mantener esto en secreto.
¡Despierta, idiota!
No le respondí. Me quedé callado. Me senté y gruñí un:
- Vamos a empezar la clase. Saca los libros. ¿Qué has traído?
- La única que no voy a poder aprobar. Filosofía.
- ¿Por qué dices eso?
- Por que la da una profesora y no un profesor...- Contestó
lolita, con una picardía desenfrenada.
Las piezas encajaron. Encontré mi sitio. Sonreí. Recordé
todos y cada uno de mis sueños de estas últimas dos semanas, cuando me permití
soñar con toda una vida junto a Lolita. Jamás me atreví a soñar que esto sólo
sería un capricho pasajero para los dos y un campo de entrenamiento para Lolita.
"Despierta, idiota" me había dicho. Sí. Era hora de
despertar. Se acabaron los sueños. Quedó Lolita. Me encantó el cambio. Me
acerqué a ella y la besé. Intentó despegarse de mi beso, pero ella misma sabía
que no quería evitarlo. Que lo deseaba por algo más allá que ganarse luego los
aprobados.
Follamos allí mismo, en el sofá. Me montó como una amazona,
con arte innato. Saltaba y gritaba sobre mi cuerpo, dominándome, manteniéndome
manso con su mirada. Sonreía, se mordía el labio mientras botaba, con las manos
sobre mi pecho desnudo. Sus pechos pequeños temblaban con mis dedos y ella se
movía cada vez más rápido sobre mí. Su melena le caía sobre la frente, sobre la
espalda, sobre los hombres, se vestía de una túnica negra de cabello y sudor
mientras em montaba. "Móntame, Lolita, móntame. Soy tu caballo y tú mi amazona.
Hazme saltar las vallas. Curzar los lagos, encabritarme a dos patas y posar ante
el jurado contigo encima. Tú eres mi amazona, Lolita, galopas encima mío, paseo,
trote, galope, por los prados divinos. Estamos a las puertas del cielo, Lolita,
lo veo en tus ojos y lo oigo en tu respiración agitada. No dejes de galoparme,
Lolita, que estamos a las puertas del cielo y San Pedro ya viene a abrirnos.
Galopa, galopa, galopa, quinceañera lasciva. Galopa, galopa, galopa, niña-mujer
de tetas blancas que me caben en la palma de la mano. Galopa, galopa, galopa,
Lolita. Galopa sobre mi verga".
El sofá golpeaba con la pared. Temblaban los cuadros y
temblaba Lolita. Temblaba yo mismo. "El mundo se va a acabar. Estamos en medio
de un terremoto que rajará la Tierra y el Apocalipsis nos pillará follando,
Lolita". Se convulsionó la dulce quinceañera me convulsioné yo con ella. "Ya
viene, Lolita, ya viene. Ya viene San Pedro a abrirnos las puertas del cielo.
Ahí está. ¿Te acuerdas del sonido de la cerradura de tu casa? Esto es mejor. Es
más excitante incluso, Lolita". Gritó. Grité. Nos corrimos juntos. Y nos
abandonamos, exhaustos, uno contra otro.
- Te amo.- me susurró.
- Te amo... te amo... te amo...- repetía yo.
Es lo último que recuerdo antes de quedarme profundamente
dormido.
***
Me despierta una humedad envolviéndome la entrepierna. Abro
los ojos. Allí está Lolita, con mi verga entre sus labios, mirándome a la cara.
- Lolita... ¿Qué hora es?- suspiro. Miro, aún medio dormido,
el reloj de pared. Las ocho menos veinte, tardísimo para Lolita. El sonido del
móvil de mi alumna termina de despejarme.
Mi dulce quinceañera observa la pantalla del móvil. Me lo
pasa.
- Es mi padre. Dile que hoy me quedo a dormir aquí. Que ha
habido un problema en la línea de autobuses.
Lolita vuelve a embutir mi verga en su boca. Descuelgo el
celular y repito, palabra por palabra, las órdenes de Lolita. "Bien. Te la dejo,
cuídamela". Me dice Juanjo. "Por supuesto. Ahora mismo estamos repasando el
francés, ¿Sabes?". Guiño un ojo a Lolita, que me sonríe con mi polla enterrada
entre sus labios y su lengua haciendo diabluras en la punta.
Cuelgo el móvil y me abandono a las caricias de Lolita, dulce
Lolita de piel blanquísima y coño estrecho.
Je suis un phénomène... Susurra Alizée por la radio.