Este relato lo había lanzado a esta página en febrero del
2006, cuando colaboraba aquí bajo la identidad de SPAZZ, y lo eliminé hace un
tiempo junto con mis otros relatos. Lo he recuperado y lo vuelvo a lanzar para
esta página.
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Una noche distinta...
Son las 10 de la noche. Hora de cerrar el local...
Ha terminado un día más. Un día más de tu normal y hasta
aburrida vida. Vida que no te agrada, que no te satisface, que no te llena.
Vacía y plana vida... Trabajando de atendedora en una librería para pagarte la
vida que decidiste llevar lejos de la familia.
Lejanos se ven aquellos días en que todo era felicidad
aparente bajo la tutela de los padres, quienes todo te lo daban y todo te lo
consentían. Lejanos también se ven el día en que te enamoraste de ese muchacho;
la vez que hicieron el amor a escondidas, creyendo que él era tu hombre ideal;
el día en que te diste cuenta de que habías sido solo una distracción por una
noche; el día en que descubriste que estabas esperando un hijo de él.
Lejano te resulta el día en que escapaste, sabiendo que ese
niño, sin padre, sería la vergüenza del siglo para los tuyos. Lejano el día en
que aquellas que se decían tus amigas te acogieron. Lejano el día en que
descubriste que el bebé estaba muerto y que tuviste que deshacerte de él.
Buscaste piso y un trabajito. Lo que sea, con tal de poder
ganar algo con lo cual no morir de hambre. ¿Acaso habías pensado en ello? ¿Te
imaginaste volando sola, sin el apoyo de papi y mami? Es que siempre lo tenías
todo a la mano... Ahora no.
< NECESITO AYUDANTE. RAZÓN AQUÍ >
Esa librería pidiendo un ayudante fue tu tabla de salvación.
Un sueldito necesario, y luego, un pequeño cuarto dónde pasar las solitarias
noches, recordando a ese hombre que te destrozó por completo, aquellos días
donde eras la engreída de la casa, la princesa, la nena, la reina de la clase...
Tan lejanos esos días...
Pero tan cercano quedó el dolor de la separación y de la
pérdida...
Recuerdas esos momentos y no puedes evitar que una lágrima
recorra una de tus mejillas. Te llena de tristeza ver esos días que sabes que
nunca más volverán.
Había sido un día agotador. Dicen que El cliente siempre
tiene la razón, sin embargo, ese día no faltaron algunos clientes reclamones y
fastidiosos...
- ¿Tiene de estos lápices? Me llevo dos; no, mejor tres...
Espere, no, que sean dos... O mejor cinco, sí... No, espere...
Si ganas no te faltaban de matarlo, ¿verdad? Ahora sonríes al
recordar a ese señor que tanta paciencia te hizo perder en la tarde. Sonríes y
piensas en que la vida es así y que hay que seguir, que no queda otra más que
aceptar las consecuencias de las decisiones que tomemos.
Te diriges a la puerta y cierras el portón plegable, como lo
haces todas las noches a la 10:00 PM. Pero esta vez es diferente, y no porque de
tanto recordar se hayan pasado cinco minutos de la hora, sino porque al terminar
de asegurar el candado, sientes una presencia cerca...
- Hola...
Volteas y lo reconoces rápidamente. Claro, es el hermano de
quien fue tu mejor amiga en esos alegres días. Gran amiga la que te acogió en su
departamento cuando esperabas al fruto de aquella nefasta noche. Gran amiga que
te dijo Tienes que irte en dos semanas. No puedes seguir aquí. ¿Por qué te echó?
¿Quién sabe? Allí te diste cuenta de la gran amiga que tenías. Aquella con la
que jurabas estar hasta el fin. Ella fue tu fin.
Pero su hermano no era así, no... Aunque siempre te
consideraste mejor que él, nunca le dedicaste una sola mirada, ni siquiera una
de desprecio. Es que él nunca fue de los mejorcitos de la clase. No era de tu
grupo ni sería un aspirante a nada tuyo. Pero él te acogió luego del ultimátum.
Y allí te diste cuenta de que, en el peor momento, es cuando surgen los
verdaderos amigos...
Vivieron juntos algún tiempo, un par de meses, quizás. Pero
nunca hubo nada más allá que una creciente amistad entre los dos. Solo la vez
que te marchaste de su departamento, cuando ya habías encontrado el cuartito que
ahora te acogía, te despediste de él con un beso en los labios, como nunca se lo
habías dado a alguien más, y él respondió lentamente... Pero nada más.
Y luego, encuentros esporádicos, cada vez más cortos en
duración, y cada vez más largos los intervalos que los dividían. Un hola, un par
de palabras y un adiós, nos vemos era todo. Pero él estaba allí, te había
encontrado luego del trabajo. ¿Qué hacías luego de salir del trabajo? Una cena
breve y luego ir a dormir, tal vez soñando en que algún día llegaría tu
caballero de brillante armadura a rescatarte de esa vida que sentías que no
merecías... Una vida que se jodió por una noche de placer. No, el placer no es
malo; fue una vida que se jodió por un descuido...
- Hola, ¿qué tal?
- Bien, todo tranquilo... Pasaba para saludarte, a ver si
ahora podemos conversar un poco más, ¿no crees?
Y sin saberlo, te habías empezado a enamorar de él. Sí, otra
vez te enamoraste. Pero esta vez no parecía haber malas intenciones en él. Si te
acogió en la peor hora, cuando quienes eran supuestamente tus amigos y amigas te
desertaron, ¿cómo podría ser igual que aquel desgraciado que te dejó así? Y hoy,
¿por qué no?, intentar algo nuevo... Los dos solos, de noche... ¿Te atreves?
- Sí, claro. ¿Vamos a mi lugar un rato? Para conversar allí,
si quieres...
Durante el camino hablaron de cosas sin trascendencia, de
cómo les iba en su vida personal, que lo difícil del día a día, que hoy me pasó
esto y lo otro. Los recuerdos afloraron rápidamente, los tiempo sin verte hasta
los estás más bonita que la otra vez que te vi empezaron a aparecerse...
Un par de cuadras fue todo el recorrido. Pero al abrir la
puerta que daba entrada al cuartito, se miraron a los ojos fijamente. Una mirada
bastó para reconocerse y quererse. ¿Lo viste? Su mirada atravesándote y
llamándote a hacer lo que esa noche quedó apenas en un inicio. Y te abrazaste de
él, y con una última mirada, te lanzaste a darle un beso que contenía todas esas
ansias de hacerlo todo. No hubo resistencia suya alguna. Te recibió, empezó a
pasar sus manos por tu espalda, buscando algo... Pero allí no, no era el
escenario adecuado para ello.
Entraron tomados de la mano, como si fueran pareja. ¿Lo eran?
¿Y eso qué importaba?
- ¿Esto es todo en donde vives?
- Me basta y me sobra... Ponte cómodo, ¿sí?
Pero él se sentía más cómodo cerca de ti. En menos de un
rato, los dos cayeron sobre la cama que tantos sueños tuyos había acogido,
sintiendo por primera vez el peso de dos sobre ella. Sus manos rebuscándose el
uno al otro, mientras sentías cómo él ya te había despojado de tu blusa,
arrojándola por allí, besando y lamiendo tus labios, tu cuello, tu piel. Bajó
hasta los pechos, envueltos en aún en el sujetador blanco de encaje. Lo
desabrochó y tus senos salieron de allí, exhibiéndolos de forma disimulada. No
pasó mucho tiempo para tenerlo sobre ellos, sorbiendo, chupando, lamiendo y
mordiendo sobre ellos. Los gemidos entrecortados de ambos se mezclaban en el
ambiente, mientras sus intimidades se preparaban para el combate.
Se dejaron caer sobre la cama, ambos con sus torsos desnudos,
abrazados, acariciándose, diciéndose cosas dulces el uno al otro.
- He deseado este momento...
Otro beso, y sus manos recorriendo tu cuerpo hacia abajo,
bajando el apretado pantalón; fuera prendas, quedaste desnuda frente a él, quien
no perdió tiempo para quedar igual que tú, exhibiendo su mástil orgulloso y
caliente, cuya sola presencia bastaba para decirte cuánto te deseaba.
- Espera, voy a ponerme un preservativo...
- No, no te preocupes... Yo guardo unas pastillas en el
cajón...
Pastillas que esperaban ser usadas algún día (O noche, mejor
dicho). Esa noche iba a ser.
De un abrazo, quedaste debajo de él, mientras empezó a
recorrer tu cuerpo a punta de besos y lengüetazos, poniendo especial atención a
los pechos y al vientre. Allí debajo, sus dedos de la mano derecha trabajaban
con esmero para darte una excitación previa al acto central. Lo consiguió
rápidamente, mientras su otra mano mantenía uno de tus pechos sujetos,
acariciándolo y pellizcándolo. El placer no se hizo esperar, sintiendo cómo tus
fluidos desbordaban entre sus juguetones dedos.
- ¿Estás lista?
Respondiste asintiendo con la cabeza, dándole permiso para
entrar en ti. Tomándote de las caderas, poniendo tus piernas sobre sus hombros,
descendió lentamente mientras su caliente lanza se abría paso en ti. Sintiendo
sus intimidades en contacto directo, uno sintiendo la carne caliente del otro,
hasta que ambos cuerpos chocaron.
Recordaste esa vez que ese hombre te hizo el amor por primera
vez... Su mirada que se confundía entre una falsa ternura y sus auténticas
intenciones: Servirse de tu cuerpo por una noche. Eras una chiquilla ingenua de
18 en ese entonces, pensabas que ese hombre te daría de todo lo que le pidieras,
pero no, no fue así...
Y con el hombre que esta noche te haría el amor luego de
tanto tiempo, querías borrar esa huella nefasta. Y recordar esta por las
siguientes noches. Definitivamente, una noche de olvido de tanto mal, pero que
quede para el recuerdo...
Pusiste tus manos sobre su sudada cabeza, con los cabellos
revueltos, y se la dirigiste hacia tus pechos, sintiendo el calor y la fuerza de
sus embestidas hacia tus adentros. Movías tus caderas al ritmo del mete y saca,
escuchando y sintiendo en el fondo el choque de sus cuerpos sudados, oyendo sus
gemidos de excitación y sus respiraciones entrecortadas.
- Ahhhhh...
Pequeños quejidos que revelaban el placer que te estaba
haciendo sentir ese muchacho. Sentías cómo sus incursiones eran cada vez más
aceleradas, aumentando el calor, y sintiendo sus manos queriendo recorrerlo todo
sobre ti.
- Te quiero... Te deseo...
Dicho esto, el ritmo del vaivén entre sus cuerpos se hizo más
rápido. Sentiste cómo se derramaba su esperma dentro de ti, sintiendo cómo
humedecía las paredes de tu húmeda vagina, aprisionando su miembro que ya
empezaba a perder dureza, pero que tanto te había alegrado la noche.
Sí, había sido diferente... Diferente de aquella vez lejana.
Te sentiste llena, y no solo allí debajo... Satisfecha, sería la palabra.
Ahora ambos tendidos sobre una cama desordenada, exhaustos,
empapados en sudor y en sus fluidos sexuales. Abrazados, queriendo decirse algo.
Solo miradas, jadeos de cansancio y satisfacción carnal.
Y mueves los labios, queriendo decir algo...
- Yo también... Te deseo...
Y le das un beso en sus labios, y te aprietas más a su
cuerpo, como temiendo perderlo, pero no. Él no te dejará y tú lo sabes, porque
lo conoces más que a ese que te desgració hace años... Y un par de gruesas
lágrimas salen de tus mejillas, y balbuceas algo, con voz llorosa...
- Gracias por esta noche... Gracias, muchas gracias...
Y los dos cierran sus ojos, y duermen juntos por primera
vez...