TELECOÑO
¡Por fin lo he conseguido!. Han pasado muchos años desde que
estuve follando por última vez con Pepa, pero hoy me la he vuelto a tirar,
aunque no ha sido nada fácil conseguirlo y ella no ha puesto demasiado de su
parte. ¡Joder qué gustazo; cómo me excita esta mujer, qué cachondo me pone!. Voy
a intentar repetir cuantas veces pueda.
Mientras me siento para recuperar el aliento y María José
descansa e intenta ponerse cómoda a pesar de la postura en la que está y de las
ligaduras que sujetan sus brazos y piernas, empiezo a recordar cómo comenzó mi
relación con ella.
Recién terminados mis estudios de Informática, con
veinticinco años, entré a trabajar en un importante concesionario oficial de
coches Renault. En el departamento de Informática éramos más de treinta
personas, la mayoría jóvenes que comenzábamos nuestra vida laboral y con
predominio de mujeres que se encargaban de la constante entrada y actualización
de datos, entre las que destacaba por su simpatía y atractivo una de las
secretarias del jefe: María José. Me gustó desde la primera vez que la vi y como
el ambiente de trabajo era bastante agradable, jovial y distendido, a menudo
charlábamos, hacíamos bromas, tomábamos café juntos a la hora del desayuno y
salíamos en grupo a tomar unas cañas o al cine. Debe ser cierto que el roce hace
el cariño y las horas compartidas son caldo de cultivo para despertar y
alimentar el deseo. Fue con Pepa con quien primero congenié en el trabajo, hice
amistad y tuve sexo. Por suerte para mí no se me ocurrió hacer caso a aquello
que tanto se decía entonces: "donde tengas la olla no metas la polla" o "ni con
la vecina ni en la oficina".
Tras asistir con los compañeros de trabajo a una cena con
fiesta posterior bastante desmadrada, en la que estuvimos bailando, comiéndonos
la boca y metiéndonos mano más o menos discretamente, me pidió que la acercara a
su casa y aparcados en un descampado cercano al Pirulí de televisión, me hizo la
primera de las muchas gloriosas mamadas que con ella disfruté. ¡Joder, qué
maravilla!. Desde luego que hasta ese momento no sabía lo que era una verdadera
felación; las mujeres que anteriormente me habían dado placer oral eran simples
chupadoras de polla más o menos voluntariosas comparadas con las ganas, la
sensualidad, la lascivia y la habilidad de María José a la hora de dar placer a
un hombre con la boca.
Siempre sonriente, mirando alternativamente a los ojos del
hombre y a la polla que se va a comer; sacando la lengua para ensalivarse
lentamente los labios y comenzar a lamer el glande; valorando el rabo del hombre
con un breve comentario ("qué grande es, qué gruesa y larga la tienes") y
soplando el caliente aliento de su boca a lo largo de todo el tronco, para
terminar con un húmedo beso, envolviendo por completo todo el cabezón de la
polla con los labios. ¡Qué alucinante!. A estas alturas la tengo ya tiesa y dura
como el mango de una pala y Pepa echa más leña al fuego mirándome a los ojos,
poniendo cara de zorra salida ("mi niño guapo y malo, me pones cachonda, con
muchas ganas de comértela") y comenzando un lento y acompasado sube y baja de su
mano derecha agarrando la polla con fuerza. A partir de este momento mi
excitación va en aumento, llega hasta donde ella quiere, llevándome con sus
manos y su boca allá donde en cada momento desea.
Le gusta meterse toda la polla en la boca, dejarla descansar
dentro aspirando hacia la garganta y juguetear con la lengua, para de repente
sacarla y mordisquear con dientes y labios todo el tronco mientras con la mano
acaricia y aprieta las pelotas, quizás un poco demasiado fuerte. De repente
parece que le brillen aún más los ojos y como si fuera la señal de salida
comienza la verdadera fiesta, besando, lamiendo, chupando, comiendo y mamando,
de la cabeza de la verga al final del tronco, del capullo a los huevos, sin
detenerse, con rapidez pero sin prisa, sin dejar de atender a mis gemidos y
fijando sus abiertos ojos brillantes en mi rostro para decidir cuando llega el
momento en el que debo correrme. Pepa disfruta de la mamada tanto como puedo
hacerlo yo, se siente fuerte y poderosa manejando mi polla y cuando permite que
mi semen fluya dentro de su boca o salpique su cara o las tetas, se siente
contenta y muy satisfecha aunque ella aún no se haya corrido.
María José era (y es) una guapa mujer morena un par de años
menor que yo, alegre, simpática, de fuerte carácter, con muchas ganas de vivir y
divertirse, desinhibida, siempre sexualmente dispuesta, de estatura mediana, con
un cuerpo de bonitas curvas, unas caderas y un culazo fabulosos y capaz de
levantársela a un muerto con sus juegos de lengua. Si por algo siempre he
recordado a Pepa es por haber recibido de ella las mejores mamadas que jamás me
han hecho, con verdadera gula por su parte y en cualquier lugar: en cines,
aparcamientos, en el tren de cercanías, en centros comerciales, en los
probadores de las tiendas, siempre consiguió que me corriera en su boca mientras
estábamos más o menos ocultos y en la oficina me masturbó en varias ocasiones
disimulando como si estuviéramos trabajando, sin olvidar polvos cojonudos en el
portal de la casa de su madre, en hoteles lujosos y en pensiones de mala muerte,
en mi pequeño utilitario de entonces, en una habitación que nos dejaba mi
hermana mayor en su piso y en los servicios de muchos bares de copas. Siempre he
pensado que Pepa es algo así como el sexo que camina o la sensualidad en estado
puro, desde luego, la mejor compañera sexual que uno pueda tener.
Esta maravillosa y placentera locura duró poco más de dos
años, hasta que decidió casarse con Alberto, su adinerado novio desde los
tiempos del colegio, tener una hija y trasladarse a las oficinas centrales de la
empresa. Tras su boda estuvimos viéndonos para follar durante tres o cuatro años
al menos una vez al mes y mantuvimos confianza y amistad hasta que ella se cansó
de mí y buscó nuevos amantes, a pesar de que a mí me supuso un gran disgusto e
intenté por todos los medios seguir con ella. Hoy, a sus cuarenta y ocho años,
sus curvas son más rotundas y está algo pasada de quilos, pero sigue siendo una
mujer guapa con grandes ojazos oscuros, una negrísima media melena aleonada y,
al excitarse, esa expresión lasciva en la cara, de hembra en celo, que desde
siempre ha sido una de mis más excitantes fantasías sexuales. En realidad
debería decir que María José entera y al completo es mi fantasía sexual por
excelencia desde el preciso momento que la conocí y follé con ella.
Hace cosa de un mes, paseando por mi antiguo barrio, me
encontré con un buen amigo de los viejos tiempos, de cuando teníamos catorce o
quince años: Ángel. Hacía igual diez años que no nos veíamos y con su simpatía y
buen humor de siempre me llevó a tomar unas copas por bares que ya ni siquiera
estaban en mi memoria. En un pequeño y acogedor club de alterne con media docena
de guapísimas rumanas semidesnudas paseando entre los clientes y ya un poco
cargados de alcohol, llega el momento de las confidencias. Al preguntarle a qué
se dedica se echa a reír: "tengo un negocio pequeño y discreto que no me ocupa
demasiado tiempo y que con apenas dos empleados de total confianza y un par de
furgonetas me está resultando muy rentable, lo llamo Telecoño". Mi cara de
sorpresa y cachondeo le da pie para seguir hablando: "se trata de servir a mis
clientes aquel coño que previamente me han pedido, es decir, a mí me señalan una
mujer concreta y días después yo se la entrego atada y amordazada allí donde me
indican, dejo pasar unas cuantas horas y de nuevo recojo a la mujer para
devolverla a la zona de donde me la llevé. Rápido, discreto, limpio, sin
violencia, sin menores de edad ni malos rollos de por medio y a un precio
razonable".
Nos desternillamos con la risa fácil del exceso de copas y
ante mi interés sigue Ángel contándome cómo funciona su negocio: "hay mucho
salido comodón que no se atreve a entrarle a la tía que le gusta y también mucho
ex novio y ex marido cabrón que quieren vengarse de la separación con una última
follada no consentida, obligando a la mujer a hacer lo que no quiere, además de
parejas que se aburren y juegan haciendo teatro, unos cuantos maricones que
quiere hacerse un culo en concreto y alguna que otra bollera que quiere comerse
un chochito joven de su empresa. ¿Secuestro, violación, retención, sexo no
consentido?, no se si debe llamarse así, pero te aseguro que no permito que haya
ni violencia gratuita ni excesiva y que la inmensa mayoría de las mujeres
colabora, quizás para terminar pronto, y al volver a su casa se llevan unos
cuantos billetes en el bolso para un caprichito o unos azotes en el culo, según
se hayan portado. En más de cuatro años de negocio aún no ha habido ni una sola
denuncia ante la policía, y eso que se han dado algunas repeticiones".
Cuando ya de madrugada nos separamos apunto el número de
teléfono de Ángel con una idea rondándome la cabeza: quiero hacerme con Pepa y
tenerla a mi disposición, me la quiero volver a follar como hace años.
A fecha de hoy María José y yo no nos vemos nunca y ni
siquiera nos hablamos; dicen que cuando hay rupturas entre parejas que trabajan
juntos el ambiente se enrarece más de la cuenta y pueden aparecer
resentimientos, envidias y celos no sólo sentimentales, sino profesionales. No
fue este el caso porque nuestros trabajos eran completamente distintos, pero
como Pepa nunca se cortó ni un pelo en follarse a quien le apetecía, dentro y
fuera de la empresa, siempre tuvo cierta fama de puta y a mí me echaba la culpa
de que se hablara de ello. ¡Joder, si jamás comenté con nadie que estábamos
juntos y nos lo montábamos!. La verdad es que siempre fue muy borde y cabezota y
cuando algo se le metía en la cabeza no había manera de hacerle volver atrás.
¡Qué ganas tengo de follármela!. No dejo de pensar en
contratar los servicios de Ángel, aunque me asaltan ciertos reparos morales, por
lo que una noche me hago el encontradizo con él y ante unas copas le expongo mis
dudas, lo que provoca risas y un cierto cachondeo por parte de mi amigo, además
de su invitación a participar en un "encargo" que tiene próximamente.
A primera hora de la tarde de un viernes estoy con Ángel y
sus dos empleados sentados en una anónima furgoneta de tamaño mediano y motor
potente aparcada cerca de un edificio de oficinas de la zona de Cuzco. Un
divorciado reciente quiere que "Telecoño" le lleve a su ex mujer hasta un
solitario chalet de la sierra madrileña.
Minutos después sale del edificio una treintañera rubia que
se dirige caminando lentamente hacia una cercana parada de autobuses. Ángel
conduce la furgoneta en paralelo al camino que sigue la mujer y cuando ésta se
detiene junto a un paso de cebra para encender un cigarrillo, los dos empleados
abren la puerta lateral y la introducen dentro del automóvil. En cuestión de
segundos está atada de pies y manos, amordazada y con los ojos vendados, tumbada
sobre el almohadillado suelo de la furgoneta. Nadie se ha dado cuenta de nada y
nos dirigimos rápidamente y sin llamar la atención camino de la sierra.
En aproximadamente tres cuartos de hora la rubia es entregada
a su ex, quien recibe las últimas recomendaciones de Ángel: "no le quite la
venda de los ojos en ningún momento, no la maltrate en exceso o inmediatamente
nos la llevaremos; lo mejor es que use condones y para que no reconozca su voz
hable utilizando el "canuto" que le dejamos. Por aquí nos quedamos y en cinco
horas como máximo la devolveremos al lugar de donde la cogimos. Que disfrute".
En mitad del amplio salón del chalet está la mujer
completamente desnuda, atada con anchas vendas a una viga del techo los brazos y
a las patas de una pesada mesa de madera las piernas, en una postura tal que
queda totalmente accesible para su ex marido que desde el primer momento se ha
puesto a follarla como un poseso, como si el mundo se fuera a acabar dentro de
un rato. Estamos viendo el numerito sentados detrás de los cristales de los
amplios ventanales, tomando el sol, fumando, charlando de nuestras cosas y sin
apenas prestar atención, aunque está muy buena esta hembra: bajita de estatura,
no especialmente llamativa pero excitante, con tetas pequeñas, duras, pegadas al
cuerpo y con pequeños pezones rosados; culo grande y duro en forma de pera y
unos gorditos muslos que protegen un sexo con una abundante mata de rubio vello
púbico. Como el hombre le ha quitado la mordaza oímos claramente como la rubia
grita quejándose e insultando sin parar a su follador ("cabrón de mierda,
violador, hijo de puta, polla blanda, maricón, …"), quien responde a cada
insulto con un profundo pollazo y un sonoro azote en el culo que arranca gemidos
de protesta y excitación en la mujer.
La verdad es que el tío le está pegando una follada cojonuda
a su ex mujer y cuando ésta se corre dando un grito alto, fuerte y largo, apenas
deja transcurrir unos segundos, se la saca del coño y la mete de un empujón en
la boca (no puedo dejar de pensar que el tipo le echa valor al asunto porque se
está jugando un mordisco donde más duele), sujeta con fuerza la cabeza de la
mujer y como si le hubieran dado cuerda comienza un metisaca muy rápido que
durante un par de minutos bambolea adelante y atrás la cabeza de la rubia, hasta
que se corre dando un ronco grito y, apretándole la nariz y dándole golpecitos
en las mejillas, consigue que su ex mujer se trague casi toda la lechada.
Después, acaba la jugada dándole un par de despreciativas bofetadas no demasiado
fuertes y sentándose a descansar. Se le ve contento al cabrón, con cara de
satisfacción.
Me ha llamado la atención que desde el primer momento el
hombre no ha dejado de gritar e insultar a su ex, hablándole a través de un
pequeño artilugio (el "canuto" lo llama Ángel; tiene forma cilíndrica y se
parece a un supositorio de plástico del tamaño de un cigarrillo) que sujeta con
labios y dientes y es capaz de deformar la voz de manera que la hace totalmente
irreconocible.
El divorciado se mete una rayita de coca y al rato sigue con
sus insultos a su ex, algún que otro azote en el culo y, cuando de nuevo está
convenientemente empalmado, le echa un rápido polvazo que culmina con un
tremendo grito. Se acabó lo que se daba, la mujer es devuelta a Madrid y
abandonada cerca de su empresa con lo que me parecen seis billetes de cincuenta
euros en el bolso. Según Ángel es una manera de gratificar a la mujer por
haberse portado bien, pero sobre todo es una especie de guiño psicológico que le
viene a decir que ha sido tratada como una puta y ha terminado disfrutando, por
lo tanto, recibe dinero por follar. En total han pasado unas tres horas y, está
claro, le encargo a Ángel que me consiga a Pepa.
Un buen amigo y compañero de trabajo destinado en París tiene
una discreta casa de campo, solitaria y rodeada de árboles, en un pequeño pueblo
toledano cercano a la carretera de Andalucía. Tengo las llaves porque se la
cuido y paso temporadas en ella, así que es ahí dónde pido que me lleven a María
José.
Un miércoles víspera de fiesta y el consiguiente puente,
antes de las cinco de la tarde, Ángel me entrega a Pepa atada y amordazada,
inmediatamente la llevo a la habitación que he preparado para ella, rápidamente
la desnudo por completo y ato sus muñecas y tobillos de manera que queda
arrodillada, a cuatro patas, sobre una mesa baja de madera bastante grande en la
que he puesto varias mantas dobladas para que esté más cómoda. Le quito la
mordaza y tras unos momentos de desconcierto la mujer empieza a dar muestras de
su carácter: "¿quiénes sois, qué queréis de mí?; os puedo dar dinero si dejáis
que me marche; no seáis cabrones, no me hagáis daño". Está desorientada, confusa
y algo asustada, pero no acojonada, desde luego.
De momento no le digo nada; me desnudo, compruebo que Ángel
se ha marchado ("tu ya sabes de qué va esto, así que nos vamos y te llamaré
cuando volvamos a por ella; no te pases demasiado, tío, se prudente") y me
recreo en observar el cuerpo de la mujer: sigue siendo muy atractiva, con tetas
no muy grandes, picudas (de las que siempre hemos llamado pitones en mi barrio)
que se mueven como un flan, con areolas grandes amarronadas y pezones muy largos
y oscuros; ¡qué maravilla, qué excitantes!. Las piernas y los fuertes muslos son
más bien gruesos y se coronan con un culo espectacular: muy redondo, todavía
duro, grande, de una preciosa piel oscura sin mancha alguna. Bajo la gordita
tripa redondeada (tiene también un estrecho michelín) ni la menor huella de
vello púbico, está completamente rasurada con lo que los gruesos y oscuros
labios vaginales aparecen tentadores, dispuestos para el sexo. ¡Qué acojonante!.
¡Qué buena sigue estando!.
Me pongo detrás de ella y empiezo a tocarle el coño con la
mano abierta y los dedos juntos, arriba y abajo, suavemente, sin ninguna prisa.
Pepa da un respingo y habla lloriqueando: "no me folléis, joder, no seáis hijos
de puta; hay muchas jóvenes por ahí que están muy buenas; dejadme, no me hagáis
nada, por favor". Se debe estar haciendo mayor porque jamás pensé que llegara a
decir "por favor".
Desde hace ya un rato noto que su sexo se está mojando y a
pesar de sus quejas no puede evitar estremecerse y gemir cuando le introduzco de
golpe un par de dedos y los meto y saco rápidamente varias veces seguidas. La
mujer respira con fuerza (me imagino sus ojos cerrados tras la venda, apretando
fuertemente los párpados) y yo sigo sin decirle nada de nada aunque tengo el
"canuto" entre los labios por si se me escapa alguna palabra. Ya son tres los
dedos que entran y salen del empapado sexo de Pepa, mientras mi polla empieza a
exigir rápidos cuidados. Me he puesto verdaderamente cachondo.
Poco a poco, como siempre me ha gustado, he metido la tiesa y
dura polla en el mojado, suave y caliente coño de Pepa (siempre me dijo que lo
que más le gustaba de follar conmigo era mi grueso rabo). Sigue quejándose ("no
me folles, cabrón, déjame en paz; suéltame y deja que me marche; me estás
violando, cerdo") con voz llorosa, pero cuando empiezo a moverme adelante y
atrás gime con voz temblorosa y da varios pequeños grititos que delatan su
excitación. ¡Qué coño más cojonudo tiene!. Qué gratificante es oír el chop-chop
que acompaña a mi follada. ¡Me encanta!.
Ya llevo bastantes minutos moviéndome rápido y dándole buenos
pollazos, de manera que sus quejas y lloros continúan, pero con lo que me parece
un claro tono de excitación y deseo. Nunca supo sobreponerse a las ganas de
follar y en cuanto ella notaba que se estaba excitando (ponía esa expresión
obscenamente lujuriosa en la cara que siempre me volvió loco) no paraba hasta
lograr su corrida y la de su pareja. No ha cambiado, su estupendo coño se
acompasa al ritmo de mi follada y como si tuviera una mano envuelta en un suave
guante de seda, me aprieta y se ajusta de manera tal que mi corrida es larga,
fuerte y violenta. ¡Ha sido un polvazo de puta madre!. Le saco la polla y paso
totalmente de darle placer, lo que provoca en María José varios quejidos y un
par de fuertes suspiros, además de algunos movimientos incontrolados de su
pelvis.
Me siento a descansar muy cerca de ella para que sea
consciente de mi presencia, enciendo un cigarrillo y espero a que hable. Tarda
algunos minutos en volver a quejarse: "por favor, ya me has follado, deja que me
vaya; suéltame. No voy a denunciar nada, ni siquiera te he visto, pero déjame
ya". Sigo haciéndome el fuerte y no digo nada de nada, simplemente me levanto,
tomo como un cuarto de pastilla de Viagra (ya tengo cincuenta años y necesito
aprovechar a tope el tiempo con Pepa) y comienzo a lamer su coño desde atrás.
Hace años apenas pude hacérselo en media docena de ocasiones porque no le
gustaba demasiado y decía que los comecoños le parecían unos maricones.
Qué bueno es comerse un sexo depilado, mamarlo con lengua,
labios y dientes, detenerse a dar unas cuantas lamidas con la punta de la lengua
en el clítoris e ir de vez en cuando al culo, arriba y abajo por la raja y
pararse en el ojete intentando meter la lengua lo más dentro posible. María José
no deja de quejarse en voz más o menos baja pero no puede disimular que está
excitada y yo me estoy dando un festín, de manera que mi polla lo agradece
porque de nuevo está tiesa y dura.
Me levanto para darme una buena cantidad de gel lubricante en
el glande y a lo largo de todo el rabo, me sujeto con la mano izquierda de la
ancha cintura de la mujer y ayudándome de la mano derecha empiezo a empujar,
primero flojo y enseguida con fuerza, para darle por el culo a Pepa. Siempre
dilató con mucha facilidad y no eran necesarios muchos esfuerzos, así que al
quinto o sexto intento logro meter el cabezón e inmediatamente hago fuerza para
que el tronco vaya entrando, lo que provoca nuevas quejas y gritos de la
enculada: "maricón, me haces daño; no me gusta, sácala de ahí; hijo de puta, es
muy gorda, me duele". Me extrañan sus quejas porque siempre le gustó ser
sodomizada y presumía de volver loco de gusto a su marido que casi siempre se la
follaba por el culo. Yo, a lo mío, presiono hasta que logro meter toda la polla
y comienzo un lento metisaca de corto recorrido que me pone a mil. ¡Joder qué
culo más bueno, qué suave y apretado está!.
María José ya no habla para quejarse, simplemente da grititos
en voz baja según entro y salgo de su culo de manera rápida y profunda,
fuertemente sujeto a sus nalgas, apretando como si mis manos fueran garras y
tremendamente cachondo. Me está costando correrme más tiempo de lo habitual en
mí, pero no paro el ritmo de la follada, suelto mis manos un momento y de nuevo
me agarro, más fuerte aún, cogiendo un buen pedazo del culazo de Pepa con cada
mano y apretando con ganas como si diera un pellizco con todos los dedos. El
grito que da la morena es el detonante de mi orgasmo y por primera vez en mucho
tiempo me siento como si me estuviera vaciando por completo; ¡joder qué
corrida!, mi semen sale con fuerza durante muchos segundos. Saco la polla ya
blanda del culo de la mujer y es entonces cuando suelto sus medias lunas, que
están rojas, muy rojas y, supongo, doloridas. Me derrumbo sobre la cercana cama
intentando recuperar el aliento y ni me preocupo del posible calentón que la tía
pueda tener.
Me he quedado adormilado un buen rato y despierto cuando oigo
hablar a Pepa: "¿estás ahí?, ¿me oyes?; por favor, suéltame ya; has hecho lo que
has querido conmigo, déjame ir; a nadie le diré nada, deja que me marche; te
puedo pagar si quieres". Mientras sigue hablando (ya se ha dado cuenta de que se
la está follando un solo tío) me levanto de la cama y me fijo en sus bonitas
tetas, algo tengo que hacer con ellas, así que suelto sus manos (primero una,
luego la otra, no le vayan a dar malas intenciones) y las ato por encima de su
cabeza a una de las vigas de madera de la habitación; sigue arrodillada pero sin
doblar por la cintura. Está atractiva en esta postura y sus tetas siguen siendo
llamativas aunque estén ya algo caídas y sean más blandas y gruesas que hace
años.
Tiene unos pezones muy oscuros, achocolatados, rugosos, muy
largos y gruesos que ahora mismo están tiesos y duros como si fueran pequeños
penes. Me vuelven loco los pezones de mujer y si son grandes, mejor que mejor,
así que me lanzo a por esos viciosos pezonazos tan excitantes y durante muchos
minutos no dejo de chupar, lamer, mamar y mordisquear esas cojonudas rugosas
montañitas, metiéndome de vez en cuando todo el pezón y la mayor cantidad
posible de areola en la boca, haciendo fuerza, sorbiendo como si hiciera un
chupetón y arrancando fuertes gemidos de la mujer, que sigue quejándose en voz
baja e incluso sollozando, pero que es evidente se estremece de excitación con
mi comportamiento ("hijo de puta, te odio, qué mala me estás poniendo; cómo me
has excitado, cerdo; déjame en paz ya, no sigas, no lo voy a poder aguantar").
Yo estoy ya con la polla tiesa, dura y caliente a más no poder, necesitado de
correrme pronto, con la sensación de tener los testículos llenos, pesados y con
el rabo caliente y dando suaves e incontrolados golpecitos como si tuviera vida
propia.
Creo que ha llegado el momento de que María José me demuestre
si sigue siendo la mejor comepollas que jamás he conocido, pero me da miedo que
pueda darme un mordisco en mitad de la mamada, así que de la mesilla de noche
cojo una navaja automática que acerco a su cara y la abro metiendo ruido,
pegando el filo de la hoja a su cuello para que se de cuente de lo que puede
llegar a pasar ("no, por favor, no me hagas daño con la navaja; me he portado
bien contigo, no me cortes ni me pinches; pídeme lo que quieras pero no me hagas
daño"). Suena bien y plausible, así que inmediatamente pongo mi rabo pegado a
sus labios y apenas lo siente, Pepa comienza la que espero sea su actuación
estelar. Sí, sigue siendo una mamadora cojonuda: desde el primer momento se ha
metido la polla en la boca y a pesar de no poder ayudarse con las manos no ha
dejado ni un momento de lamer y chupar, respirando con fuerza por la nariz,
dejándola descansar y palpitar dentro cada poco rato, aspirando y jugueteando
con la lengua, para de repente volver a mamarla con fuerza. ¡Qué bien lo hace!.
Mi corrida es espléndida y Pepa sigue chupando y lamiendo
hasta que le retiro el rabo. Me hubiera gustado eyacular sobre su cara (siempre
le encantó sentir el semen sobre su cuerpo y extenderlo como si de una crema se
tratara, en especial sobre su cara, haciendo bromas acerca de que es bueno para
el cutis), pero dado que escupe y echa fuera de su boca mi leche y se pringa las
tetas con la lefa, lo que consigue es tener una perfecta pinta de guarra que me
hace reír.
Me parece que yo ya he terminado, mi polla ya no da más de
sí, aunque me siguen dando ganas de jugar un poco. Paso mi mano por el coño de
la mujer y me queda claro que se ha puesto muy cachonda, además de decirlo ella
con voz baja, suave, abatida, suplicante: "cómo me has puesto, dame gusto o
suéltame las manos para que pueda masturbarme; no seas cabrón, estoy muy mal,
necesito tranquilizarme". Cómo me gusta oír así a Pepa: excitada, entregada,
quizás vencida y sometida.
No se si se lo ha ganado, pero le suelto las manos e
inmediatamente lleva dos dedos al clítoris y al mismo tiempo, con la otra mano
se mete tres dedos muy dentro del coño. Respira con fuerza y se acaricia a mucha
velocidad mezclando gemidos de excitación y ansiedad con lloriqueos, quejas e
insultos, hasta que se corre dando un largo, ronco y sordo grito al que añade al
final una frase dirigida a mí: "hijo de puta, me lo has hecho pasar muy mal".
Sigo sin decirle nada, de nuevo sujeto sus manos y la dejo a
cuatro patas. Me estoy vistiendo cuando suena el teléfono celular y Ángel me
avisa que están ya en la puerta de la casa. Mi amigo me saluda con cierto
retintín cachondo acerca de si me ha ido bien y cuando me pregunta cómo se ha
portado la mujer, le respondo con una ancha sonrisa: "no sólo no ha dejado de
quejarse e insultarme, sino que ha puesto todos los obstáculos que ha podido".
Ángel y yo volvemos a la habitación en la que está María José
y él se pone el "canuto" para hablarle a la mujer: "¿sabes?, en este trabajo nos
gusta reconocer los méritos de aquellas que elegimos para darnos gusto y tu
estás buena y follas como dios, pero te portas mal, así que como siempre
recompensamos a quienes pasan por nuestras manos voy a darte lo que mereces".
Dicho y hecho, coge el fino cinturón de cuero que lleva en la cintura de sus
pantalones y tras tomar distancia castiga con fuerza el culazo de la postrada
mujer. Seis fuertes y sonoros azotes, suficientemente espaciados uno de otro
para que sienta el dolor de todos y cada uno de ellos, dejan unas bonitas marcas
rojas a lo largo de las nalgas, provocando en la mujer primero, sorpresa, y
después, gritos de dolor.
Unos minutos después Pepa está vestida y tras ser introducida
en la furgoneta parte camino de Madrid. Coño, estoy contento y muy satisfecho.
Días después, tomando unas copas, no puedo dejar de soltar
una fuerte carcajada cuando Ángel me reconoce que "cobrar los "encargos" y
azotar un buen culo son los mejores momentos de este trabajo. Bendita sea la
hora en la que decidí fundar Telecoño". Amén.