Karina, la hija de mi esposa
Ella siempre me erotizó, desde su inocencia, desde su piel.
Desde chica caminó en la cornisa entre un amor paternal y la lujuria.
Pero con sus primeros novios y las cosas que inevitablemente,
separan a los adolescentes de los mayores, las cosas se enfriaron.
Ella es la hija de mi esposa, que es mayor que yo, y a la vez
éramos muy jóvenes. Desde los nueve años que convivimos. Me encargué de
malcriarla, de ponerle los límites, de llevarla y traerla de casa de sus amigas,
de los cumpleaños. Nos hicimos muy compinches y pasé a ser fuente de consultas,
confesor y guía en los temas del corazón y en casi todos los temas.
Ella se paseaba en ropa interior por la casa sin saber o
sabiendo que yo la admiraba…
Cuando ella terminó el secundario decidimos mudarnos a la
Capital, Karina, mi hijastra y yo, nos fuimos primero… Ella para empezar la
facultad, yo por haber conseguido trabajo. Martina, mi esposa, debía permanecer
en nuestra ciudad, porque no podía dejar de trabajar. Así estuvimos un año y
nuestro vínculo creció… ya en un departamento e instalados, su mamá nos venía a
visitar cada mes, ambos aborrecíamos esas visitas, ya que rompía nuestra
anárquica forma de vida que habíamos establecido. Nuestras charlas, nuestros
momentos de trabajo, nuestras noches de videos, eran únicos… Como no conocíamos
la ciudad, paseábamos mucho juntos y en el barrio me miraban como un pervertidor
de menores, pese que ella ya tenía veinte años. No pasó nada de sexo, si es lo
que ustedes quieren saber… tenerla a mi lado era suficiente para que cada tanto
me haga una paja con la bombacha recién sacada que dejaba en el canasto de ropa
sucia. Al olerla, me ponía a mil… creo que puedo reconocer su flujo entre mil
aromas. Siempre estaban muy húmedas, se notaba que ella también estaba
necesitada y se hacía sus buenas pajas antes de bañarse.
Pero pese a que tenía todo para hacerlo, algo me lo impedía.
Así pasó todo un año y el fin de nuestra convivencia solitaria, ya que a fin de
año vino a vivir su madre a casa… ellas se peleaban todo el tiempo así que
decidió irse a nuestra ciudad a pasar el verano a la casa de una amiga de la
secundaria.
Y así fue que allá se enamoró y dejó la facultad y la
Capital, para volver a nuestra pequeña ciudad a vivir sola.
Ahora era ella la que viajaba para visitar a su madre y a mí…
Mi esposa también solía ir a visitarla a ella y a sus padres que vivían en Santa
Clara, nuestra ciudad natal.
Karina rápidamente se acomodó a su nueva vida sin padres. Los
abuelos la ayudaron y le pasaban plata y ella hacía algunas artesanías y así
podía pagar los gastos de su casa y comer. Se anotó en la facultad y prosiguió
con los estudios… con el novio estaba bien, pero no había avances… él era mayor
que ella y sin embargo no se juntaban a vivir… parecía que así era su forma de
estar juntos. En ese tiempo yo solamente fui una vez a verla, y por trámites que
debía hacer… pero no sé si fue por despecho o por sus actividades casi no
compartimos nuestro tiempo libre. Me fui bastante desilusionado de esa estadía
en Santa Clara.
Pasaron dos años hasta que se dio la posibilidad de volver a
viajar y verla. La verdad es que ella me había pedido que fuera ya que estaba
muy mal por haberse peleado con su novio y sentirse muy triste.
Ella me esperó en la estación Terminal, cono si fuera una
novia esperando a él hombre que la salvaría de su vida ingrata. Después de un
abrazo infinito nos volvíamos a encontrar, como no lo hacíamos desde que dejó de
ser una niña para convertirse en esta mujer hermosa. Rubia, metro setenta,
piernas largas, cintura de avispa y un par de tetas sofocantes… Sentí todo ese
peso en ese abrazo sobre mi cuerpo.
Llegamos a su casa entre mis chistes y sus lágrimas. En ese
momento ella compartía un apartamento con una amiga. Dos dormitorios un living
pequeño, un baño grande de esos antiguos y una cocina comedor. Ella había
conseguido un colchón para que yo durmiera, pero no quedaba muy claro en donde
me iba a instalar.
Había tres posibilidades: Que yo duerma en el living. Que
ella me deje su cuarto y duerma con su compañera o que compartamos su cuarto.
Pero esa era una cosa que yo no podía elegir… era un problema de ella y su
amiga.
La tarde entre mates y charlas, se parecía a las miles de
tardes que habíamos compartido en otros años, parecía que nunca nos habíamos
separado, todo fluía de forma natural… esa noche la invité a cenar y fuimos a un
lugar que a mí me encantaba… por sus comida y también por lo bien puesto que
estaba.
Karina no necesitaba ponerse nada especial para emanar
belleza. Pese a su edad era muy elegante, hasta con un simple jeans y una
blusita blanca de algodón.
Cenamos y hablamos bastante, volvimos abrazados, caminando a
su casa y ahora sabría donde pasaría mi noche. Cuando llegamos la amiga no
estaba y según Karina, no volvería hasta la madrugada.
En la cocina nos sentamos y ella me dio una botella de vino
para que abriera.
- Este vino es muy bueno… Te costó una fortuna…
- Sabía que dirías eso.
- ¿Tan previsible soy?
- No sabes cuanto.
La noche, la caminata, el calor de noviembre, el vino, su
aroma.
Karina se fue a su cuarto y volvió sin el pantalón. Sus
pernas bien formadas y la tanguita que se deja a penas ver, atraían toda mi
atención.
Serían las dos de la mañana cuando se termino la botella y ya
habíamos tocado todos los temas que podíamos hablar.
La noche, la caminata, el calor de noviembre, el vino, el
color de su piel sudada, esas piernas infinitas.
- ¿Vamos al cuarto?
La seguí sin vacilar. Se puso a armar mi colchón, dejándome
ver su culo a penas cubierto por una mínima tela que lo cubría
No iba a poder aguantar ni un segundo más esa escena así que
me fui al baño a lavarme los dientes, calculando que ya había terminado y dado
el tiempo de acostarse pero no era así, ella había juntado los dos colchones
como si fuera una enorme cama matrimonial y me miraba, parada al borde de los
colchones.
- Vos dormís de este lado y yo contra la pared
Se acercó hasta mí y me dio un abrazó.
- Gracias por estar aquí. – y me soltó para irse al baño Yo
aproveche para sacarme el pantalón, la camisa y ponerme una remera que siempre
uso para dormir. Mi idea era taparme de inmediato con la sábana. Unos minutos
después ella apareció, cerró la puerta de su cuarto. Abrió el placard y sacó un
camisón de satén negro, me dio la espalda y se sacó la blusa que llevaba puesta
y se puso el camisón… un segundo la vi casi desnuda y eso me bastó para que mi
pella se eleve.
El satén negro, hacía resaltar su piel blanca y sus pechos
eran apenas contenidos por él.
Se dio vuelta dejándome verla en toda su hermosura. Los
pezones estallaban y la tanguita se la veía perfectamente, ya que el camisón
solamente le cubría unos pocos centímetros debajo de su ombligo.
Apagó la luz cenital y en velador daba un tenue resplandor
que daba una atmósfera especial. Suspiré. Me encontraba en la situación que ni
en mi masturbación más caliente pudo fantasear.
Ella se acostó a mi lado y clavó sus ojos en los míos. Yo
estaba petrificado, no me reconocía… mil veces había deseado estar con ella en
una situación igual, para hacerla goza como nunca y ahora que estaba todo dado
me quedaba paralizado como un niño frente a una puta el día que fue a debutar.
- ¿Querés que apague la luz? – Me dijo, como diciendo "que
más debo hacer para que me cojas".
- No. Quiero verte. – Acerqué mi boca a la suya y la besé.
Nuestros labios encajaron como una pieza de rompecabezas y nuestras lenguas se
enfrentaron en una lucha frenética. La tomé por el cuello y todo su cuerpo se
juntó al mío.
Su calor, su sudor, la respiración entre cortada, el roce de
su piel en mi piel, el aroma de su entre pierna, que ya conocía, me embriagó.
Jugué con sus pechos, lamí sus axilas, sin depilar, que
sabían a mujer. Mordí sus costados, acaricie su cola y sumergí la nariz en su
raya.
Buscó mi espalda y la surcó con sus uñas, lamió mis tetillas,
jugó con mis huevos y tragó, poco a poco mi verga.
Sus jugos chorreaban en mi boca, su clítoris crecía. Su boca
aspiraba y me hacía sentir sensaciones placenteras… Tensión, pasión, amor,
deseo, tentación y secreto… todo se combinaba en ese momento.
Y exploté, fue sorprendida y no pudo dejar de tragar el
primer chorro, los otros dos, quedaron en su rostro y en su pelo. Pude ver su
cara complacida, asustada, agradecida y satisfecha por haberlo logrado.
La besé y limpié con mi lengua los restos de semen, que se
desparramaban por su piel. Entre abrazos y besos quedamos en silencio unos
minutos, sin pensar en lo que había pasado… Quizás sabiendo que lo mejor vendría
ahora.
Habíamos cruzado el límite, estábamos juntos como lo había
imaginado, pero otra vez, la realidad superaba a la fantasía.
Su cabeza descansaba en mi pecho y su mano jugueteaba con mi
cansado pene… se reía de lo chiquito que había quedado. Le dio un beso, como el
que se le da a un niño cuando se repone de una macana que se mandó.
El contraste con su energía, con sus pechos desafiantes, con
su piel brillante, era notorio.
Comenzó a tocar toda la zona con un conocimiento de lo que
hacía que me sorprendió. La yemas de sus dedos recorrían mi ingle, juba con mis
pendejos, llegaba hasta las orillas de mi ano, haciéndome dar respingos. Mi pija
no tardó en responder a sus estímulos.
Solo una cosa deseaba en ese momento y es estar dentro de
ella.
Me subí a su cuerpo y empecé a penetrarla, lentamente,
sintiendo cada resquicio de su profundidad. Recién en ese momento me agarró un
rapto de cordura y pensé en no embarazarla y solo por eso paré la situación.
- ¿Qué te pasa?
- No tengo condón. – Se rió y fue hasta su cartera y encontró
una cajita. Sacó uno, lo abrió y me lo fue poniendo de a poquito. Me excitó, aún
más de lo que estaba. No tenía mucha experiencia en eso, ya que con mi mujer no
lo usaba nunca.
Encajábamos perfectamente, su canal vaginal estaba hecho para
cobijar mi verga. Hice tope, sentí sus gemidos y mi corazón latió como si fuera
la primera vez que me encontraba en esa situación, como si fuera él quien
manejaba mi cuerpo.
Despacio la fui retando y con fuerza volví a entrar. Era todo
tan placentero que creí que si lo volvía a hacer acabaría sin piedad. Así que la
saqué y buscamos una nueva posición. Karina me montó y se movió como una
experta. Insisto en esto porque fue la primera vez que me ocurre de sentir como
su concha se ofrece perfectamente a mi polla y eso que estaba con condón puesto.
Ella gemía y sus tetas se movían hipnotizándome. Acabamos.
Pensé que el profiláctico se había roto ya que me sentía todo
mojado. La saqué rápidamente y comprobé que mi semen estaba dentro y que el
condón se encontraba en perfecto estado… ella se avergonzó…
- Te juro que no me hice pis… - Me dijo.
- No debés haber eyaculado vos también.
Me sacó el forro y me limpio todo, su lécje y los restos de
la mía.
Me hubiera quedado mirándola toda la noche pero tenía que ir
al baño. La hice a un lado y me levanté, como pude, creí que mis piernas no iban
a responder.
Me paré frente al inodoro y tardó unos segundo en empezar a
salir el pis. Fue cuando sentí su mano sostener mi verga y se puso a jugar con
el chorro. Cuando dejó corre el pis; limpió en su boca las últimas gotas de mi
pija. Eso si que nunca lo había siquiera fantaseado en el más oscuro de mis
pensamientos morbosos.
No podía entender como reaccionaba a sus estímulos, como
resistía aún y pedía mi cuerpo más.
La alcé en mis brazos y la llevé a la pieza, dejándola, con
cuidado en el colchón. (Después de la cogida habían quedado separados)
La puse boca abajo y empecé a masajear su espalda, como lo
hacía cuando era chica, desde los hombros hasta la cintura. Luego sus firmes
glúteos. Mi lengua se perdió entre ellos y lamí su ano como queriendo
penetrarlo. Pensé que quizás nunca había sido penetrada por allí y eso me
calentó aún más. Me salí de mí. Estaba encolerizado con la idea de hacerle el
culo. Karina tuvo miedo.
- No, eso me duele. – Me dijo cuando mi dedo iba entrando en
su esfínter. No me importo lo que decía y mi dedo iba cada vez más adentro.
- No quiero así. - Volvió a insistir
- ¿Nunca lo hiciste? – sin dejar de jugar en su anito.
- Una vez probé pero me dolió apenas lo intentó. Saqué mi
dedo de su interior y sin dudarlo me fui a la heladera… Saqué la manteca y como
en el último tango en París, le introduje mi dedo embadurnado.
Siempre pensé que no era un buen lubricante pero me
equivoque… mi dedo resbaló dentro suyo como si estuviera acostumbrada a recibir.
Ella no se quejó, hasta le gustó sentirlo dentro. Dos dedos, ya tenía dentro,
cuando la acomodé como una perrita para hacerla mía. Unté mi pija y me acomodé.
Al sentir el hoyo hice fuerza y se fue colando sin resistencia… penetraba y me
detenía, para que no provocarle más dolor… entraba y sentía como se iba
abriendo, como me iba sintiendo dentro y como iba cediendo pese al dolor. Estaba
todo dentro y estaba perfecto. Nuevamente empecé con el entre y saca. La manteca
hizo su trabajo perfectamente… Karina respondía, ahora a mis movimientos,
buscando sentirla adentro…
Esta vez sintió como mi leche entraba dentro suyo y grito
como una perra.
Luego solo besos caricias y dormir hasta la mañana siguiente…