Devoción
I
Amo. Nada más. Sólo así podría llamarlo
Lelia de ahora en adelante. Sin artículos o adjetivos, un sustantivo genérico,
único, una palabra: Amo. Aspiró el perfume de maderas que desprendía la tarjeta
en que estaba escrita la orden, acarició el sobre lacrado que sólo ella podía
romper, especialmente enviado para ella, que siempre contenía un orden de El.
Cómo los latidos de su corazón golpeaban su pecho cuando descubría en su correo
esos sobres lacrados, rotulados con su nombre.
Hoy , que se cumplía una año de
conocerlo, rememoró cómo durante esos 365 días, con sabia paciencia, El la había
educado para ser su esclava. Primero fueron leves indicios: Recién se conocieron
descubrió con sorpresa que, en la primera noche, las grandes manos de El la
tomaban de una manera tan natural de las caderas que era como si le hubiera
pertenecido desde siempre, encajando sus dedos de sus nalgas al pubis con un
suave apremio, al que ella respondió mojando completamente sus pantaletas.
Cuando a su debido tiempo El metió la mano bajo la falda y encontró la jugosa
humedad la miró con una mirada que se le clavó con un estremecimiento, una
mirada definitiva, indeleble, como la marca al fuego en la piel.
Con el paso de los encuentros, hacer el
amor fue perder toda noción, todo dominio de sí misma. Avergonzada , Lelia
confesaba a su amante que había tenido un orgasmo al escuchar su voz al
teléfono, al besarla El en la penumbra del cine, al tomarla de la cintura.
Después de que El se iba, dejándola agotada, bastaba recordar los embates de su
verga para volver a sentir oleadas de deseo y con ambas manos se masturbaba
hasta quedar jadeante. Para colmo de males, él la convenció de depilarse el
sexo. Un noche finalmente le susurró que su manera de amarla la había convertido
en toda una puta, una animalita viciosa de corridas. Fue cuando El le dijo:
“Puesto que no sabes dominarte yo lo haré. ¿Y sabes por qué no sabes dominarte?
Porque conmigo has conocido tu fuerza, y esa fuerza es la de la yegua que es
azotada, espoleada, y sólo así sabes hasta dónde eres capaz de llegar. Ahora
sabes que necesitas un amo.
Aunque Lelia creyó que Él hablaba de
manera poética, su cuerpo supo entender; sólo las manos y la voz de El eran
ahora capaces de guiarlo. Así como saboreaba cada orgasmo un nuevo placer
apareció: el placer de las restricciones. Una semana le prohibía masturbarse,
otra le prohibía tener orgasmos mientras hacían el amor, todo para esperar ese
mágico momento en que El le decía al oído: “Puedes hacerlo”, “¿Cómo va tu
educación?” Entonces los orgasmos venían, con un poder que nunca había
experimentado, como un dique que se abría dando paso a furiosas aguas largamente
exasperadas en su poder latente. Pronto se encontró a los pies de su amante
suplicando permiso, recibiendo sonoras nalgadas por desobedecer, condenada a no
llevar ropa interior bajo el vestido ligero en una salida de toda la tarde.
Ahora él también le escogía la ropa interior, invariablemente sexy, en colores
rojo y negro.
El paso de las restricciones de la mente
a las físicas fue natural. Una noche él la invitó a su estudio, que hacía
tiempo le había sido vedado. Ahora había una columna de piedra a un lado de la
chimenea, y del otro lado una butaca de cuero. Lelia rodeó la columna y
descubrió siete argollas de hierro empotradas en la piedra. El corazón le dio un
vuelco; había leído ya Historia de O, y secretamente esperaba que El un día la
llevara a un Roissy. Y ese día había llegado, contó dos argollas para las
cadenas de las muñecas, una para el cuello, otra para la cintura, dos para los
tobillos... ¿y la séptima? Su entrepierna se mojó: la séptima argolla estaba a
la altura del sexo.
Quiso preguntar, pero El se lo impidió.
En cambio la acostó sobre la gran mesa de trabajo que sostenían tres caballetes,
y le hizo extender los brazos por encima de su cabeza, demostrándole que tenía
las dimensiones exactas para albergarla. Luego quitó los caballetes de los
extremos de la mesa, y le mostró que eran recubiertos de cuero acolchonado en la
barra central, con varias argollas en ambos lados. Y que la mesa pivotaba sobre
el caballete central, y tenía también argollas en los extremos.
“Y ahora ven a ver el ajuar que usaremos
cada vez que me visites”, le dijo, invitándola a ver el contenido de un gran
armario de maderas de ébano. Dentro, miró fascinada la impecable colección en
donde, a la derecha, se acomodaban látigos, fuetes, fustas, mordazas, dildos y
vibradores, cadenas de diversos grosores, pinzas, ruedecillas con púas y
candados de 5 tamaños diversos. A la izquierda, en cambio, una minifalda de
piel negra, otra minifalda de satín negro, corsés de satín rojo y negro, de
cuero negro, prendas de látex, arneses de tiras de piel brillante, botas largas
de charol, cinturones de castidad de cuero y acero inoxidable, anchos cinturones
con anillas, grilletes de cuero y metal para muñecas y tobillos, anchos collares
de cuero y acero, barras de acero con argollas en los extremos, todo reluciente
y pulido, y en dos pequeños ganchos, a un lado, dos minifaldas idénticas a la
de satín negro que ya había visto pero con los bordes inferiores desgarrados,
una nueva y brillante, la otra sucia, polvorienta y con manchas blanquecinas
que opacaban su brillo. El adivinó la mirada de sorpresa de Lelia y las señaló,
respondiendo a la pregunta no pronunciada: “La prenda más humilde, el último
jirón de tela de la esclava en doma, que guarda el sudor de sus muslos tensos
ante el castigo, que enjuga el licor de su sexo excitado al límite al saberse
totalmente perteneciente a su amo, que guarda la sangre de las heridas que el
látigo ha abierto en sus carnes desafiantes, que enjuga el semen hirviente de su
amo quien se ha apiadado de su dolor y su resistencia, de su naciente devoción y
la obsequia con una impetuosa penetración, un potente orgasmo que es un
eucaristía con su Dios y su Señor, porque ese semen la purifica de su lascivia,
la libera de la culpa de sentir placer en medio de sus torturas, premia su
búsqueda heroica del placer final que se alcanza en ese lugar en donde el placer
y el dolor son uno. Aprende a temer esta humilde prenda, con ella conocerás tus
límites. Aprende también a desearla, porque usándola aprenderás.” Y tomó la mano
de ella y la colocó sobre la minifalda nueva. Pero la sucia atraía la mirada de
Lelia.
“Pero tienes otra, esa, y que ya fue
usada. ¿Puedo saber quién estuvo aquí antes que yo, qué fue de ella? se atrevió
a pedir Lelia. El cerró las puertas del armario de un golpe. “Silencio,
caricatura de esclava. ¿Quién te dio el derecho a exigirme cuentas, fidelidad?
Cuando lo merezcas, y sobre todo puedas entenderlo, si me da la gana recordaré
responderte. Por ahora te diré, si te hace feliz, que existe una tradición
oculta de maestros en el arte del dominio y la sumisión, y cada mentor sólo toma
un discípulo por vez.” Y la llevó ante un pequeño altar en donde había un
candelabro de tres brazos y sobre él el busto de bronce de un faraón de rostro
andrógino con una enigmática sonrisa, los brazos cruzados, en la mano izquierda
un látigo, en la derecha una rosa. Encendió las velas, las de los extremos rojas
y la central negra. “Y ahora te pregunto: ¿estás dispuesta a ingresar al
verdadero arte de saberte entregar en cuerpo y alma a tu amante, en la luz y la
oscuridad, sabiendo que este camino te llevará al límite de tus capacidades de
soportar la privación, la carencia, el dolor? Si aceptas lo haces por tu propia
voluntad. Si te niegas podremos seguir siendo amantes, aunque ocasionales, y
nunca más visitarás mi casa. Si aceptas y llegas a un límite que no puedes
franquear se te ofrecerán tres alternativas, una para enfrentarlo y dos para
retirarte. ”
Lelia estaba enamorada, y sin dudarlo
aceptó, sintiendo un alma guerrera desconocida, el cuero y el hierro que le
había enseñado su amante sería su destino le hacía sentirse una gladiadora
desafiante. En unos pocos días comprobó cuán cierta era su percepción: esa noche
fue llevada a un gabinete de piercing, en donde para sellar el pacto aceptado su
novio le impuso una argolla en cada pezón, dos en cada labio externo y una en el
clítoris. Fue su primer contacto con el dolor intenso, sabiamente dosificado por
el maestro perforador y por su amante, quienes disponían los momentos para
aplicar las agujas, las gasas y las argollas. Cuando no le fue posible resistir
más, faltando tres argollas en el sexo, su amante le dio una pastilla y luego le
colocó unos grilletes en los tobillos, fijándolos a los extremos de la mesa de
operaciones; luego comenzó a besarla en la boca, mientras las perforaciones
continuaban, y poco a poco las manipulaciones hechas en su sexo se transformaron
en intensas sensaciones que no podía distinguir de la continuada serie de
orgasmos que le sobrevinieron, hasta quedar profundamente exhausta. Ya anillada,
fue llevada al auto, en donde durmió para despertar al día siguiente en su
cama, al lado una hoja de recomendaciones de asepsia para cuidar las
perforaciones.
II
Y hoy, precisamente a una año del primer
encuentro, a cuatro meses del pacto, su carne perforada ya sana, había recibido
dos cartas de su amado: antes de la orden de llamarlo Amo había habido otra
carta, en la mañana, en la que se le imponían dos órdenes: una, ir al trabajo de
cierta manera, estrenando las argollas que hasta ese día había aprendido a
llevar como parte metálica de su cuerpo pero ociosas, y la segunda, por sobre
todas las cosas no masturbarse. Desnuda y siguiendo el diagrama y con ayuda de
los artículos incluidos en el sobre, se colocó una cadenita que unió los aros de
ambos pezones, luego el cinturón de cuero con cerradura de la que no tenía la
llave, que ciñó su vientre resaltando sus caderas. Enganchó la cadenilla que
terminaba con una pinza de liguero a las tres argollas de su labio izquierdo,
hizo lo propio con la otra cadenilla y las argollas de su labio derecho, fijó
las largas cadenillas con pinzas al cinturón sobre sus nalgas y se puso las
medias, fijándolas a las cuatro pinzas. Luego, colgó de la argolla del clítoris
la pequeña e increíblemente pesada campanilla de plata. Se puso la falda larga,
la blusa, las botas altas y se sintió a sí misma, los labios de su sexo bien
abiertos y tirantes, la campanilla tintineante colgando de su clítoris como
africana anunciando su disponibilidad.
Todo el día había estado así, el sexo
bien abierto, bien tirante, el talle contenido por el cinturón que la
aprisionaba, acomodándose discretamente la cadena en sus senos, había regresado
por fin a su departamento y había encontrado la carta en donde se le conminaba a
olvidar el nombre de su amante para cambiarlo al de Amo. ¿Tendría algo que ver
con el hecho de que El le hubiera hecho pedir una semana de vacaciones, que hoy
fuera viernes y que tuviera por delante toda una semana? Desde el día en el que
le había mostrado el ajuar de su departamento no había sido invitada de nuevo,
y eso la tenía intranquila. ¿Cuándo llegaría El para liberarla de ese cinturón
que le cortaba la respiración, para permitirle cerrar su sexo, dispuesto todo el
día para quien pudiera haber adivinado bajo la tela de su falda chanel su
condición de esclava?
La tarde oscurecía. La tensión en su
sexo era insoportable, y se preguntaba cómo sería masturbarse con los labios de
la vagina y los pezones encadenados, y su clítoris anunciando con sonoros
tinitineos sus orgasmos. La idea la excitó aún más, se levantó del sofá en donde
había estado desde que había llegado y alcanzó febrilmente la puerta de la
recámara. Se tiró en la cama y levantó la falda con ambas manos, las manos entre
los muslos, los muslos frotándose entre sí, la campanilla tintineando, ella
gimiendo entre los tirones de las cadenitas y sus dedos anhelantes.
El orgasmo la estremecía cuando escuchó
abrirse la puerta del closet. La voz la estremeció: “Así que esa es tu
obediencia, puta.” “¡A-a-amo!” balbuceó, recordando de pronto la llave que ella
le había dado y que él nunca había utilizado. Hasta ahora. Su Amo habló:
“Esperaba iniciar tu enseñanza en el estudio, pero veo que será desde abajo,
como con todas las indisciplinadas. Y después de marcar el teléfono móvil dijo
al aparato: “A mi casa”.
Lelia intentó arrojarse a los pies de su
Amo, pero éste la tomó de los brazos y la arrojó de nuevo a la cama, sacó una
navaja de bolsillo y en un instante la desnudó, dejándola sólo con las medias,
el cinturón y las cadenillas. Sacó del abrigo unas esposas y con ellas
inmovilizó las manos de Lelia a la espalda; luego abrió sus piernas y quitó las
cadenillas que pendían de su sexo, las medias y la liberó del cinturón. Fue al
closet y trajo un maletín de cuero negro de donde extrajo dos candados, abrió
las cuatro anillas de los labios y en la suave y húmeda piel introdujo los
eslabones de ambos candados y los cerró. Quitó la campanilla de plata del
clítoris y la sustituyó por una argolla y una cadena que tenía en el extremo una
pesada bola de hierro del tamaño de una bola de ping pong. Al sentir el gran
peso castigando su sexo, la esclava desnuda se debatió flexionando las piernas,
pero el Amo tomó otro par de esposas y trabó sus tobillos. “Buenas noches,
pequeña estúpida” le dijo antes de aplicarle una gasa impregnada de éter en la
nariz.
III
Lelia se siente recostada en una dura
cama vertical, oprimida firmemente en el cuello, los brazos, la cintura, los
pezones, los tobillos. El calor la despierta, suda. En la pared de enfrente
descubre en un ángulo el radiador que hace la temperatura bochornosa, y frente a
ella un gran espejo de piso a techo le ofrece una inolvidable imagen de sí
misma. Una hermosa mujer encadenada a un muro, la piel brillante por el sudor,
desnuda a excepción de... la minifalda de satín desgarrada de los bordes. Se
sorprende. Tiene puesta la miníscula prenda sujeta a su cintura por un ancho
cinturón de acero inoxidable negro tachonado, forrado seguramente en los bordes
pues no siente el filo del metal, aunque sí su frío que le oprime el vientre,
aún más duramente que el cinturón de la mañana. De pronto se encuentra
admirándose, su blanco cuerpo de hermosa mujer de 25 años esmaltado por el
sudor, colgando de sus finos brazos echados hacia adelante, sus manos juntas
sobresaliendo de los brillantes grilletes de las muñecas unidos a cromadas
cadenas que cuelgan de una larga ménsula de hierro empotrada en la pared de
grandes ladrillos, como los de un calabozo de castillo. Sus largos cabellos
negros desordenados, húmedos, ensortijados, ocultando la mitad de su rostro,
sus grandes ojos verdes bien abiertos, viéndolo todo; mira sus magníficos senos
y se sorprende al ver sus pezones circundados por discos de metal, éstos
sostenidos por las argollas de piercing unidas a su vez por sendas cadenas que
terminan en una gran anilla que pende del grueso collar de hierro que
aprisiona su cuello. Una cadena corta, de unos cinco centímetros de largo, une
el collar a una anilla en el muro, y otra cadena corta une su cinturón a otra
argolla en el muro. Mira hipnotizada sus largos muslos sobresaliendo de la
brillante tela de la minifalda hecha jirones, el largo de la tela es exacto para
cubrir su sexo pero deja ver los candados que aherrojan su sexo, y la cadena que
pende del anillo del clítoris. La pesada bola de hierro descansa precariamente
en un ladrillo que sobresale de la pared, entre sus piernas. Recorre extasiada
sus piernas abiertas en compás, retadoras, sus delineadas pantorrillas que
terminan en los anchos grilletes de acero tachonado que aprisionan sus tobillos.
Las gruesas cadenas apenas permiten que las puntas de sus pies toquen el piso.
Cae en la cuenta de que se ve a sí misma como la vería su Amo, su desafiante
belleza esclava y a la vez tan libre, apenas contenida por sus cadenas, apenas
cubierta por la minifalda. Desea domar a latigazos el poder de esa belleza,
arrancar con el golpe de la fusta la brillante tela negra que cubre ese sexo del
que ya escurren gotas de pasión hirviente, y que siente resbalar por el interior
de sus muslos: entiende ahora por qué sucumbieron los ángeles que miraron a las
hijas de los hombres. Por qué se demora su Amo, por qué no ve lo que ella ve, el
poder hechicero de esa visión le nubla la mente, quiere ver más, se aferra a sus
cadenas para girar el cuerpo y ver la grupa de esa esclava que es ella misma, la
lesbiana dormida que habita cada cuerpo de mujer ha despertado, el febril cuerpo
encadenado triunfa y puede verse en escorzo, las prominentes caderas brillantes
por el sudor y el satín, la exasperan esos jirones de tela negra que cubren sus
nalgas apretadas, que terminan precisamente en donde empieza su sexo –el sexo de
esa esclava desafiante. Sube y baja rápidamente el cuerpo, tanto como lo
permiten las cadenas, obsesionada por ver sus labios penetrados por el acero de
los candados, siente el principio de un orgasmo que la inunda, pero que no
llega, se debate en sus cadenas tratando de frotar sus muslos, es imposible, las
cadenas chirrian y tintinean. De pronto siente un cruel tirón en su clítoris,
grita, la bola de hierro ha resbalado y se balancea, jalando su orgasmo atorado
hacia la anilla que atraviesa su más tierna carne. Continúa gritando, pero ahora
son palabras articuladas, una súplica: “AMO, AMO, VEN, CASTIGAME, TE LO SUPLICO,
TEN PIEDAD, CASTIGAME, POR PIEDAD”
Entre lágrimas ve una sombra frente a
ella, en la mano un negro látigo. Es El. Amo. Amo que significa Dueño, Amo del
verbo Amar.
El primer latigazo es un chispazo de
fuego que cruza sus senos. El segundo duele y la hace gritar de verdad. Luego el
tercero, el cuarto, el quinto; son precisos, imprevisibles; vientre, seno
izquierdo, cadera, seno derecho. Su cuerpo es un campo de batalla, de una parte
miedo, dolor, súplicas de detener el castigo, de la otra parte una nueva
ramificación del orgasmo bloqueado crece en cada región que el látigo toca, y
el grito es súplica por más, quiere quedar cubierta de azotes hasta que el
placer atrancado rompa las cadenas que lo contienen.
Los latigazos cesan, sus ojos arden con
la mezcla de sudor y lágrimas y entre los cabellos que se pegan a su cara ve que
su Amo la libera de la pared, queda colgando de los brazos. Amo asegura los
grilletes de sus tobillos a los extremos de una larga barra de hierro que separa
sus piernas al máximo y de modo doloroso. Pierde el piso y queda suspendida de
sus cadenas, crispa los dedos en torno a ellas, una tela negra cubre sus ojos,
siente las manos enguantadas de Amo darle impulso y hacerla girar. Los azotes
alcanzan ahora su cuerpo entero, las nalgas, el sexo, los muslos, la espalda, el
clítoris. Sus gritos se redoblan, su cuerpo es una masa convulsa a punto de
estallar, un gran orgasmo sometido en lava, apenas se da cuenta de que dos manos
enguantadas la descuelgan, mientras otras dos quitan la barra de sus tobillos
sustituyéndola por una cadena corta. Las manos enguantadas la inclinan hacia
delante, levantan sus brazos encadenándolos por arriba de su espalda, de nuevo a
la ménsula, la venda ha sido retirada de sus ojos por otras manos, abre los
ojos; está encadenada por el collar a la cadena de los tobillos, ofrendando la
grupa a su verdugo. Siente cómo las manos enguantadas, -las de Amo- levantan la
falda y retiran los candados de sus labios. Una verga dura y gruesa como un
tronco –una verga que ama- la empala, imperiosa, mientras jalan su cabeza por
los cabellos, obligándola a levantar la vista. Está frente al espejo, abierta y
domada, Amo detrás suyo, cabalgándola triunfante, ella espoleada, cubierta de
sudor y estrías rojas, también triunfante, abandonándose por fin al terrible y
descomunal orgasmo largamente contenido que la hace aullar sujetándose de sus
cadenas. El semen de su Señor se derrama al mismo tiempo en su interior como una
antorcha de fuego líquido, la inunda, y los azotes vuelven en sus nalgas y su
sexo, vuelve a inundarla una urgencia de orgasmos, pero esta vez se sabe
abierta, libre en sus cadenas, y al cuarto latigazo se viene, y una furibunda
verga la atraviesa de nuevo, marcándola por dentro con la irreversibilidad de
un hierro al rojo. Los orgasmos se suceden sin control, la verga la inunda y
vuelve a inundarla, siente el semen correr por el interior de sus muslos, se
siente perra, sucia y feliz, pierde la noción del tiempo hasta que se descubre
libre de cadenas en brazos y cuello, abrazada al torso de su dueño, quien la
besa en la boca. “¿Quién eres?”pregunta El. Ella lo mira, apartándose los
cabellos de la cara. Mira a su derredor y descubre a quien pertenecen las otras
manos. Hay una mujer pelirroja, enfundada en un apretado miniuniforme de látex
de doncella francesa, erguida en un extremo del calabozo, los ojos y la cabeza
bajos, collar, grilletes en tobillos y muñecas, altos zapatos de tacón de aguja.
Lelia sonríe, mira la falda corta de olanes que cubre justo el sexo, del que
pende una cadena. Sus ojos fulguran cuando mete las manos debajo de la
minifalda húmeda de semen, sudor y sangre, saca las manos, empapadas de líquidos
de hombre y de mujer y frota sus senos, sus caderas, su cara. “Soy esto. En lo
que me estás convirtiendo.” Responde con un orgullo nunca sentido. Mira en el
espejo el reflejo de la doncella francesa, sus largos muslos que claman por el
látigo, y baja los ojos, musitando: “Y te suplico Amo, que no tengas piedad de
mí, que me eduques con tanta perfección hasta que mi nombre sea sólo Esclava.
Sin artículos ni adjetivos. Prometo esforzarme para merecer que mi nombre se una
al tuyo como el eslabón al eslabón así: Amo y Esclava. Y si en verdad soy digna
de ti, ruego por que puedas concederme un único regalo. “¿Cuál? dijo Amo.
“Ella” dice Lelia. Y Amo sonríe pensativo, la mira y mece sus cabellos. Hay un
regalo que sólo se encuentra muy rara vez. Afortunado aquel que lo encuentra,
porque es bendecido. “¿Cuál?” susurra Lelia. “La esclava perfecta, aquella que
perteneciendo totalmente a su amo sabe ser ama también. Ya se verá. Mientras
tanto, aprende en el lugar del dolor.”
Amo reduce la temperatura del calefactor
hasta un nivel templado. Hecho esto, encadena nuevamente a su esclava al muro
por el collar, el cinturón y los tobillos, las muñecas a la ménsula, tal como en
un principio, y le coloca los dos candados que infibulan su sexo. Hecho esto,
hace una señal y la mucama le ofrece un azote de varias tiras de cuero. Lelia
nota por los cortos pasos de la doncella que está encadenada por los tobillos.
“Mis buenas noches, esclava” dice Amo, y la azota hasta que grita de nuevo,
retorciendo su semidesnudo cuerpo encadenado. Luego Amo, frente a las lágrimas
de Lelia, sube a un taburete, baja una larga cadena y engancha la barra de
hierro. Fija los tobillos de la doncella a los extremos, las muñecas al centro,
y con una polea la suspende a un metro sobre el suelo. La falda de brillante
látex deja al descubierto el sexo depilado de la pelirroja, también atravesado
por una argolla candado. Es posible ver que la mujer usa un grueso gancho
cromado encajado en el ano, fijado a una cadena que sube por su espalda hasta el
collar. Engancha el collar a una cadena, y ésta a la argolla que somete su sexo,
lo que hace que la mujer gima, atrapada entre la presión sobre su sexo y su ano.
Una mordaza de cuero con una bola que se introduce en su boca ahoga los gemidos,
y Amo toma un fino látigo trenzado. Azota en el sexo y las nalgas a su otra
esclava hasta que obtiene un sexo brillante, enrojecido, mojado, y luego la
posee hasta tres veces, mirando descaradamente a Lelia, que se muerde los labios
hasta hacerse sangre al ver cómo la doncella arquea el cuerpo dominada por sus
orgasmos. Amo descuelga a la sirvienta, le quita la mordaza y la encadena por
los tobillos, ésta camina con sus pasos cortos y abre una puerta disimulada en
la pared. Ambos salen y la puerta se cierra.
Presa de los celos, Lelia quiere morir,
tiene la boca seca, amarga. La luz mortecina de un cirio en una cavidad del muro
le devuelve en el espejo la fantasmal silueta de su cautiverio. ¿Vale la pena?
Si es una prueba de su deseo de someterse a su amante, es un tour de force
sumamente difícil. Pero la consuela un detalle: en ningún momento Amo ha
demostrado un gesto de cariño para la pelirroja. Puede luchar por su amor y
luchará, es una gladiadora. Se mira de nuevo, la minifalda brillante ya velada y
sucia como la otra que está en el armario, la de la otra, la de la pelirroja. La
semipenumbra y el silencio la vencen y el sueño llega. Su cuerpo sometido y
adolorido de yegua en doma sólo se estremece de vez en cuando, haciendo
tintinear las cadenas.
IV
La luz que brotaba de una minúscula
claraboya enrejada le hizo saber que ya era de día. Al cabo de unos minutos la
puerta se abrió y resonaron unos tacones en las baldosas; entró la mucama, ahora
con las muñecas a la espalda y una cadena que unía sus muñecas a la cintura y
luego se bifurcaba hacia cada uno de los grilletes de los tobillos, desnuda de
la cintura arriba, con una bandeja asegurada a la cintura y sostenida por
cadenas fijadas a argollas en sus pezones. En la bandeja había leche y fruta.
Llegó frente a la prisionera y se arrodilló, silenciosa excepto pos sus tacones,
la vista baja.
Amo llegó minutos después, y liberó a su
pupila. Lelia comió, mientras Amo le revelaba las reglas de su condición, no muy
diferentes de las de Roissy: No hablar con la mucama, no mirar a los ojos, no
tomar la iniciativa para charlar, a menos que se le requiriera. Estaría en el
calabozo el tiempo justo para comenzar su preparación, y luego estaría sujeta a
reglas que debería respetar en todo lugar y tiempo. Aunque el sexo y el amor
eran sus lazos, pasaría tiempos de privación de ambos, y no debería protestar
por ninguna situación por la que pasara, le gustara o no. Primordialmente era
esclava sexual, la más intensa forma de esclavitud, ya que implicaba que su
cuerpo no le pertenecía y sería tratada como una hembra a medio camino entre lo
humano y lo animal. Este hecho pondría de manifiesto si perdería su espíritu o
por el contrario, lo acrecentaría. El más elevado grado de esclavitud era aquel
en el cual la esclava encontraba en su condición una forma espiritual, y esto
que sonaba extraño más adelante podría comprenderlo, si no sucumbía primero a
la animalidad propia de los seres inferiores, ya que el placer también debería
ascender de la burda materialidad hasta abarcar la esencia de la mente. Luego la
encadenó de nuevo, esta vez de cara a la pared, y procedió a azotarla. Y para
mayor suplicio de Lelia, no la violó. Ni azotó a la mucama, parecía tener
prisa. Pero antes de irse tuvo a bien llevarla a un baño contiguo, muñecas
encadenadas al collar y tobillos con cadena corta que la obligaron a dar pasitos
como los de la mucama; así ella pudo liberar el vientre. Solo eso, ya que
cuando miró con desesperación la amplia tina y las perfumadas toallas Amo tiró
de la cadena de su collar y la volvió al calabozo, esta vez encadenándola al
muro de las argollas bajas, con lo cual la esclava pudo descansar al fin en el
en el piso, frío, que enfriaba sus nalgas, sus cadenas, sus heridas. Como si Amo
adivinara sus sensaciones, regresó. En la mano llevaba un balde con agua de
vinagre, que arrojó sobre la encadenada. Lelia gritó y se retorció forzando sus
grilletes, el dolor del vinagre en sus heridas era insoportable, un agudo
crescendo de dolor y aullidos que terminó por hacerla caer al suelo,
inconsciente. Amo la contempló, largo rato, y cerró la puerta del calabozo, que
no hizo ruido.