CINCO DÍAS DE MAYO
Segunda y última parte
Una mujer agradecida
Mi brazo izquierdo estaba debajo de la cabeza de atrayéndola
a mí por sus hombros desnudos, el rostro femenino descansaba sobre mí torso
velludo. Elisa contemplaba sonriendo como mi mano acariciaba su soberbio pecho
de ese lado y luego me entretenía redondeando las aréolas y pellizcar sus
pezones.
-¿Qué hacéis esos amigos y tú aquí? –Se colocaba bien y boca
arriba para que pudiera acariciarla aun mejor- No me gusta uno de ellos pero no
tengo nada que decir si son tus amigos.
-Somos amigos desde que estuvimos en la Universidad Laboral,
más tarde nos convertimos en miembros anarquista adscritos al partido comunista
en el exilio en el año 72, estando en el primer curso de Universidad. Luchábamos
contra la familia que componía el gobierno de Franco. La generación renovada de
estos grupos burgueses metidos a políticos buscaban nuevas sabias y otros
horizontes, de la forma y manera que se hizo en Francia cuando se quiso abolir
el Antiguo Régimen y nosotros, los republicanos, comunistas y anarquistas, nos
valíamos de ellos para traer desde ese país, a través de supuestas valijas
diplomáticas, correo declarado propaganda publicitaria, cintas magnéticas, como
se decía antes, de conversaciones gravadas hechas por los líderes en distintos
lugares de Europa.
Nosotros, mis compañeros y yo, nos valíamos de códigos,
claves y seudónimos dentro de la organización, éramos el correo y los mensajeros
que llevaban a las distintas sedes los telegramas, periódicos y revistas,
cifrados. Y esa información se elaboraba en clave, guardando para mejor ocasión
las consignas o información que no procedían y, el resto, lo llevábamos a las
universidades donde sabíamos de comités de las distintas ideologías o en calles
muy transitadas, lanzando octavillas de las llamadas subversivas informando que
Franco estaba incapacitado, muy enfermo y que pronto vendría una nueva República
(los que éramos de ultra izquierdas) o democracia (los más socialistas o
centristas como los hijos de los facciosos del gobierno).
"Pero con la muerte de Franco, el 20 de noviembre de 1975, no
creímos que España tuviera una Transición tan pacífica. Siempre creímos que el
Nuevo Orden nacería de una guerra incruenta que eliminaría a los fascistas del
poder. Queríamos ya una III República que diera al traste con la dictadura, una
que fuera mejor que la anterior que desembocó en una catástrofe a nivel mundial
ya que esta nación quedaba dividida en la dos Españas con una guerra por medio.
Veíamos a nuestra izquierda ordenando el cotarro, echando a los facciosos
franquistas, poniendo orden donde no lo había habido nunca, implantando un
comunismo al estilo soviético los de la izquierda a ultranza, un gobierno
democrático los de la derecha, socialistas y centristas, valiéndonos todos de
los jóvenes burgueses de la alta sociedad española con ganas de renovación
ayudándonos económicamente para sus intereses."
"La verdad es que la transición fue buena para todos aunque
la oposición siguiera proscrita. Los que tuvimos relevancia hasta noviembre de
1975, pasado el tiempo, nos dimos cuenta que en la Transición se empleó la
afirmación de Nicolás Maquiavelo "Los acontecimientos históricos son el producto
confluyente de ciertos imperativos inevitables y azarosas circunstancias"- Esta
aptitud nos llevó a la oposición activa, algo infantil y endiosada, a un
ostracismo por "mandato imperativo de Santiago Carrillo" que a su vez era
aconsejado por el gran líder comunista italiano Enrico Berlinguer para ayudar y
participar con el nuevo Régimen. Nadie sabía en la Organización que Carrillo y
Suárez tuvieron una charla de 6 horas en la Moncloa para acordar una apertura
pacífica"
"Durante 1976 al 78 se produjeron atentados por ETA y el
GRAPO, huelgas generales en todo el país con derramamiento de sangre, desórdenes
públicos por agitaciones sociales y políticos. Unos querían seguir la Transición
y otros, los comunistas un gobierno duro, nosotros los anarquista, la
autogestión. Carlos Arias Navarro, avalado en principio por Juan Carlos I, no
estuvo a la altura del momento (era un franquista hasta la médula) y el rey
nombró a Adolfo Suárez Gonzáles que llevó a la amnistía, engañando al ejército,
al PSOE y al PCE, creó la Constitución de 1978 y unió, con estos logros, a la
dos Españas. Derecha e Izquierda se daban un abrazo fraternal de hermanos en el
Congreso y, a la vez, daba cabida a otros partidos secundarios."
"Los jóvenes que no entendíamos de la alta política nos
dieron por detrás como a los milicianos de la II República en mayo de 1938 que,
al constituirse el ejército republicano en un órgano con estructura vertical,
prescindieron despóticamente de aquellos compañeros dispersándolos o metiéndolos
en las cárceles si no pasaban por el aro. Con nosotros, una vez más, se cometía
el mismo error histórico de desprenderse de los verdaderos colaboradores. Nos
olvidaron para siempre."
-¡Qué barbaridad! Si, mi abuelo luchó con Franco y decía que
a "los rojos" sólo les faltaban los cuernos de los diablos. Decía que eran
asesinos y mataron a mucha gente.
-¿De vera, Elisa bonita? Permíteme que te diga que tu
gracioso abuelo tenía una visión muy pequeñita, normal en aquella época de
oscurantismo. Los nacionalistas crearon, ante, durante y después de la guerra
las Brigadas del Amanecer donde se metían a hombres y mujeres, implicados en la
izquierda, en camiones, se le daban el "paseíllo" y, en mitad de una carretera
desierta, los dejaban ir solos prohibiéndoles mirar atrás mientras formaban un
piquete y los acribillaban a balazos con los fusiles Máuser. También los tiraban
de cabeza a los pozos profundos o los enterraban en fosas comunes bañándolos con
cal para que fueran reconocidos. Esos eran los nacionalistas con los que tu
abuelo combatió ¡los de Franco!
-¡Dios Santo, Gerardo! ¡Yo había oído algo de eso pero nunca
lo creí! No entiendo de política –Y su rostro redondo mostraba un asombro
verdadero, se había levantado ponía su carita cerca de la mía y hundía su pecho
derecho sobre mi brazo y el izquierdo sobre mi tetilla izquierda- Entonces
vosotros no erais tan malos como decía mi abuelo.
-Tampoco era eso, la matanza de Paracuellos se debe a los
ultra izquierdistas comunistas y anarquistas. Muchas muertes a tiros de
pistolas, como la del diputado monárquico José Calvo Sotelo que dio pie al
alzamiento de Franco, aunque turbia históricamente, también se deben a mis
colegas, por ejemplo, la matanza de Casas Viejas, en Cádiz, realizadas por
anarquista extremistas. En fin, no eran santos tampoco pero diablos, diablos ¡De
eso nada! Los de tu abuelo vencieron y ellos eran los buenos y, los que
perdimos, los malos, que terminaban en el paredón o trabajos forzados. Eso ha
ocurrido siempre a través de toda la historia.
Hablando y hablando, sin darnos cuenta, abrazados como
estábamos, nos quedamos dormidos profundamente.
Tuve pesadilla: veía a Marta ordenando mi ropa allí, en la
habitación mientras Elisa montaba en bici. Sabía que los tres estábamos en la
habitación pero a la vez no lo estábamos y mi mujer me dirigía unas miradas
asesinas diciendo –La has pifiado, Gerardo. Te va a caer un marrón encima que se
te van a desmoronar los huevos a trocitos y no lo vas a encontrar ni con lupa- Y
seguía ordenando el ropero, algo que siempre me había reventado de Marta: el
orden. Elisa ni la escuchaba, estaba desnuda, pedaleando una bici que no se
movía para ningún lado y yo, extrañado de todo, oía y veía aquella escena como
si no fuera conmigo. Luego sacó del armario un aspirador y comenzó a pasarlo por
la moqueta. Yo gritaba a Marta desde muy lejos que no hiciera eso, que estábamos
en un hotel. Mi mujer no oía lo que decía por su enfrascamiento. El aspirador se
convirtió en un Máuser y su cañón delgado se dirigió a mí amenazadoramente. Mi
mujer, detrás de la aspiradora-Máuser, comenzaba a apretar el gatillo mientras
reía como una desquiciada. Desperté dando un brinco en la cama, todo sudado, la
cabeza de Elisa seguía sobre mí pecho y me pesaba mucho. La muchacha ni se
inmutó con el sobresalto, seguía profundamente dormida. Saqué con cuidado el
brazo endormido y lleno de hormiguillas, apoyé su cabecita en la almohada y me
levanté.
-Ha sido una pesadilla tonta relacionada con Elisa y la
charla que tuvimos. No creo que a estas alturas tenga remordimientos de
conciencia. Además, ella dijo que si venía una vez más a Madrid que me hiciera
una idea que no la iba a encontrar en casa al volver. Bien, llevábamos más de un
año que no dormíamos juntos ¡A la mierda ella y todo lo que la rodea! ¡Que se
estimule en la iglesia con las estatuas! ¡Beata del carajo!
No me sentó bien aquellas dos o tres horas de sueño. No
entendía a qué venía el cabreo. Estaba con una estupenda mujer que hizo feliz mi
vida en pocas horas. Dirigí los pasos al baño, estaba desnudo, me metí en la
bañera pasé la cortinilla y abrí el grifo del agua. Comenzaba a enjabonarme
cuando sentí que el visillo se abría y Elisa se metía también conmigo para
bañarse nuevamente.
-¿Me dejas bañarte y luego lo hacer tú? –Delante de mis
narices estaba otra vez la mujer de mi obsesión, totalmente desnuda, un cuerpo
extraordinario, joven y con su sonrisa pícara en una boca rasgada de labios
gruesos Quien me iba a decir a mí que la mañana anterior esta mujer estaba
colgada de un móvil en Barajas, empalmando a todo hombre que la veían con su
cuerpo de diosa embutido en unas prendas tres tallas más pequeña, desesperada,
llena de frustraciones por un amor no correspondido y varias horas después se
había entregado a mí ¡Ver para creer!- ¡Eres el diablo en persona haciendo el
amor! Ahora quiero demostrarte lo que he aprendido.
-¡Hay, pequeña, pequeña! ¿No te han dicho que el diablo sabe
más por viejo que por diablo? –Y dirigía la ducha teléfono a toda presión hacia
ella que escondía la cara entre sus brazos levantado y se colocaba de lado
riendo alegremente- Elisa, mi cielo, soy un hombre maduro con truquillos en la
manga para emplearlos con chicas hermosas como tú. Cumplí cincuenta años hace
dos meses, tú, seguramente veinte ¿No crees que tengo que equilibrar mis fuerzas
con las tuyas a base de esos truquitos?
-Soy una mujer de naturaleza agradecida. Me salvaste de una
necedad que iba a cometer por amor a un infame –Movió la cabeza rápidamente para
deshacerse de los malos pensamientos y siguió- No me hagas caso. Hace unos días
que cumplí veinticinco años, no veinte y no creo que necesites trucos conmigo.
Eres, con creces, el mejor hombre que me ha respondido nunca.
Estaba casi pegada a mí, tomaba el gel de baño y lo extendía
por el torso. Fijaba su cuerpo al mío y pasaba sus manos por la espalda bajando
lentamente hasta las nalgas, poniendo más líquido, acariciándolas y apretándolas
con esa suavidad característica de la mujer. Pasó a los genitales y se esmeró de
tal manera que al minuto siguiente mis testículos alteraba el falo y lo dejaba
bien erecto. Soltó mi polla que quedó la cabeza mirándola, hinchada, oscilando a
tres centímetro de su rostro, tomó la ducha y dejó caer agua tibia en abundancia
quitando el jabón. La volvió a tomar mimándola a la vez que estrujaba mis huevos
con la mano derecha y se la metió en la boca todo lo que pudo. Su entrada era
profunda como una vagina y la lengua un animal dentro de ella que jugaba
incansablemente con mi pene por cualquier lado. La sensación de que absorbía mi
virilidad fue tan grande que tuve que apoyarme en los mosaicos y agarrarme a la
cortinilla.
Elisa succionaba el miembro de la misma forma como yo le
había chupado los pezones y su sexo tres horas antes, tampoco demostró compasión
ante la tremenda sensación de inquietud perturbadora que estaba experimentando
cuando sus blanco y perfectos dientes rozaban suavemente mi prepucio dejándose
sentir. Sus ojos miraban a los míos desde abajo, de rodillas, esa boca
totalmente ocupada y trabajando con la lengua a destajo, mi polla alojada en
aquel recinto aterciopelado que era la oquedad bucal. Las manos enjabonadas
pasándolas por los muslos hacia las nalgas, los dedos se clavaban en mis glúteos
y los dejaba deslizarse llenos de espumas hasta mi esfínter redondeándolo,
queriendo pellizcarlo, buscando su entrada totalmente hermética, acariciándolo
con las yemas de sus dedos una y otra vez sin descanso y, luego, pasándola por
el perineo al interior de los muslos rozar el nacimiento de los huevos. Sentí
como la vesícula seminal tintineaba desaforadamente y los testículos se
estremecían, iba a eyacular de un momento a otro
-¡Elisa…, Elisa… me corroooo…! ¡Dios! –Y presionaba la pared
y tirando de la cortina que cubría toda la tina. Aguantaba lo que podía hasta
saber…
-Todo dentro de mi boca, como si estuvieras meando. No tengas
temor –Dijo, sacandola un instante de la boca para volver a introducirla con
rapidez.
Y esta vez fui el primero que me vine con una intensidad
desconocida en mí. El semen pasó a una velocidad de microsegundos por la
próstata y de ahí por el vaso deferente hasta salir estrepitosamente en un hilo
potente de semen que hizo que Elisa se atragantara y estuviera a punto de toser
al darle en la faringe y colarse parte de mis flujos por las cuerdas vocales.
Llegó a crisparse, expulsar algo de semen pero se recuperó, lo introdujo
nuevamente y comenzó a saborearlo por un largo tiempo, despacio, recreándose,
sacándolo y volviéndolo a meter como si se tratara de un polo de hielo con sabor
a vainilla
No dejó de observarme ni un solo momento, ni tan siquiera
cuando, dentro de la excitación de la corrida, le tomé la cabeza y la aplastaba
contra mi sexo deseando penetrarla hasta el estómago. Mi leche salía a raudales
por mi polla ¡Qué momento tan maravilloso, Dios! Ninguna mujer ha sido capaz,
hasta los días de hoy, de haberme hecho tan feliz como Elisa. Hubo muchas
mujeres que me chuparon la polla en todas las sesiones que tuve con mis amigos
pero, claro, nos las compartíamos y, ver una chica que se la mamaba a Nicolás,
acto seguido a Carlos y pasaba por un par de compañeros más hasta mí, me daba
cierto asco. Elisa había llevado el paraíso de Zeus hasta mí, a la gloria
divida, al mejor polvo que la mujer pueda proporcionar al hombre con el que
está.
Levanté a la muchacha y la abracé con mucha fuerza, con
verdadero agradecimiento y besaba sus cabellos, sus oídos, los ojos, las
mejillas mojadas, su cuello largo, los hombros. La boca sabía a mí y los labios
impregnados de mis flujos fueron besados con intensidad infinita.
Cuando la solté terminó de bañarme secándome a continuación
y, cogidos por la cintura, nos fuimos a la cama otra vez. Elisa se acurrucó
contra mí mientras besaba continuamente mi pecho velludo y acariciaba la tetilla
derecha estirándola. La tapé con cariño y me cubrí yo, dentro del esbozo mi mano
acariciaba toda la nalga izquierda suavemente, percibiendo la calidez de su piel
y así nos quedamos dormidos hasta la mañana siguiente.
¡Adiós preciosa! ¡Adiós, Elisa!
Dos días y tres noches estuvimos Elisa y yo encerrados en la
habitación, solos, amándonos intensamente mañana, tarde y noche. Yo, renovado,
lleno de una juventud que creía perdida ya, exultante, vivaz en mis comentarios
que le parecían graciosos, llenándome de su preciosa lozanía constantemente
activa y pegada a mí, de esa mujer de cuerpo terso y suave, vigoroso e inundado
de curvas maestras que no paraba ni un instante de palpar.
Sólo salíamos a almorzar, a cenar y a bailar un poco, para
desentumecernos y estirar las piernas porque, unas veces ella, otras yo o los
dos a la vez, a la media hora de danzar ya estábamos reclamándonos porque nos
aburría el ambiente que nos rodeaba. Además, no hacíamos más que salir a la
pista y automáticamente íbamos a nuestro sitio preferido, la oscuridad de la
sala, mis manos, inquietas, se perdían en su cuerpo bien plantado.
Hacíamos un alto en su habitación para recoger prendas
íntimas y cambiarse de ropa, No las necesitábamos, la desnudez era nuestro
culto, pero ella era limpia y gustaba salir al comedor aseada y oliendo a mujer
de bien. Además, con su lencería me obsequiaba algunas veces con numeritos tan
sugestivos como la Danza de los siete velos, un perfecto streaptease con bailes
modernos y desenfrenados, dibujando en el centro de la habitación mil sugestivas
formas de piruetas muy artísticas para luego lanzarse en plancha sobre mí y
volver a empezar.
Elisa caló hondo, muy hondo en mi corazón y eso, pensaba con
tristeza, era acumular desesperación en los momentos de tranquilidad, de sosiego
porque en las mentes nuestras estaba presente que teníamos que separarnos horas
más tarde, particularmente me asaltaba la angustia de la despedida, pero la
desechaba, como si ese momento crítico no existiera y comenzaba a pensar ya en
el presente y un futuro próximo con ella a mi lado.
Aquella noche fatídica, Elisa me obsequió con un regalo que
no esperaba, lo había deseado, eso sí, con locura desde dos noches atrás y nunca
se lo había comentado, sin embargo, ella, mujer intuitiva e inteligente lo había
captado y me brindó el obsequio más bonito que jamás tuve de mujer alguna: me
ofreció su culo respingón.
La gocé en la bañera, como muchos de nuestros actos sexuales,
mojados, llenos de espumas, lubricándola con el gel, sufriendo la muchacha las
punzadas de dolor intenso que es la penetración anal cuando no es habitual.
Respirando fuertemente, parando cuando lo pedía, continuando porque era su deseo
y jadeando estrepitosamente mientras yo poseía su esfínter centímetro a
centímetro. Fue un momento sin igual y glorioso cuando terminamos. Nuestras
bocas no se separaban nunca y nos bebíamos el aliento y la saliva y sus
angustias. Estábamos emocionados, felices y supimos que nos habíamos enamorado
el uno del otro desde la primera vez. Elisa reía y se lamentaba del estado de su
ano levantando toda la pierna derecha y rascándoselo sin pudor continuamente.
Nos costó una hora lograr aquel triunfo amoroso y estábamos contentos. Nunca más
he vuelto a repetir este acto ni podré ya con mujer alguna.
Estábamos el uno encima del otro, en posición de "perritos",
mojados completamente por el agua de lluvia que caía sobre nosotros,
consolándola, calmando su excitación, besándola mientras acariciaba la cara, el
cuello y sus pechos cuando todo el edificio se estremeció violentamente. Una ola
de calor horrible llegó hasta nosotros y una luz potente, como el flash, nos
cegó de inmediato, el estruendo horriblemente grande que escuchamos y aquella
fuerza terrible llena de un calor abrasador llegó a nosotros lanzándoos
estrepitosamente contra la pared en distintos lugares. El golpe fue aterrador.
Recuerdo si, pero poco de aquel momento, escenas sueltas.
Había quedado inconsciente por la onda expansiva y el golpe fuerte en la cabeza.
Todo era una nube de polvo, las paredes frontales del hotel se caían y la calle
se presentó delante de mis debilitados ojos. Me di cuenta de la tragedia al ver
la habitación de al lado desplomarse el techo y todo el piso de arriba cayendo
sobre una mujer que no dejaba de gritar al tiempo que protegía totalmente con su
cuerpo a un bebé al que estaba amamantando en ese instante. El ruido infernal
del desplome y la cantidad de polvo que generó el desastre no dejó oír el
chillido de terror de la madre envolviendo lo que quedaba de la habitación y
ahogándome por consiguiente. Ambos desaparecieron de mi vista para siempre. Algo
muy pesado cayó sobre mí cintura y creí que la había partido en dos. Los oídos,
puro ruido, me dolían de percibir los gritos, alaridos y llantos de gente que
intentaba correr por la acera no sabía a donde ni a qué lugar. Podía ver,
haciendo esfuerzo con mis debilitados ojos un ir y venir constante de personas
uniformadas que intentaban acercarse al lugar de los hechos.
Las sirenas de ambulancias y de la policía empezaban a
escucharse. Miré como pude hacia donde creía que debía estar Elisa y no la
encontré, a mi lado había una montaña tremenda de escombros que ocupaba su
lugar. Me acuerdo que miré hacia arriba contemplando el techo del piso de arriba
y los plafones desprendidos que pendían de los hilos eléctricos. No quería
perder el conocimiento sin saber de ella y la llamé mientras extendía el brazo
derecho al montón de escombros que ocultaba a Elisa, escarbando con los dedos,
metiendo la mano para ahondar más, destrozándola, queriendo quitar los bloques
enteros que eran imposibles mover. No sé si articulé palabra alguna porque no
escuché mi voz.
El ambiente enrarecido no dejaba respirar y mi brazo derecho
estaba cubierto de tierra, lleno de polvo y miseria, descarnada y ensangrentada
la manos, el izquierdo doblado de una forma tan atroz que no quise saber nada de
lo que pasaba con él porque no me dolía. Sé que gemí de impotencia queriendo
sacar por la boca todo el dolor y la rabia que empezaba a dominarme pero era
imposible. Lo último que visioné fue el cielo oscuro por el manto de la noche y
las luces de la calle entre brumas por la cantidad de tierra que caía del
edificio derrumbado y mil rayos que se desprendían alrededor de las bombillas
alógenas de aquellas farolas.
No tenía capacidad de pensar, pero entendí que todo era puro
horror dentro y fuera del hotel. Volví a oír nuevas explosiones fuertes y
aisladas en el interior del edificio y el estremecimiento nuevamente de éste.
Presentí que iba a perder el conocimiento y la llamé.
-¡Elisa… Elisa… espera, preciosa… voy a ayudarte! Sin
embargo, no podía moverme del sitio. Tenía medio cuerpo enterrado y paralizado
Luego llegó la oscuridad…
Un frío intenso por todo mi ser…
Los ruidos eran cada vez más lejanos…, más lejanos…, más
lejanos…
Se produjo un silencio absoluto…
Mas tarde, nada…
… … …
Desperté con la boca muy pastosa, hinchada y dolorida. Tuve
la sensación que la lengua no me cabía dentro de ella. Veía sólo por un ojo ¿Por
qué? Un dolor intenso invadía mi cabeza como si la estuvieran martilleando
continuamente y comencé a toser y la sensación de que los pulmones me salían por
la boca fue evidente. Estaba acostado porque lo primero que observé fue el techo
blanco de una habitación. Quise levantarme, saber que pasaba a mí alrededor y no
pude, no sentía mi cuerpo. Miré hacia mis piernas y, lo primero que observé fue
el brazo derecho escayolado y en cabestrillo y la mano enguantada por vendas.
Giré la cabeza con gran esfuerzo al otro lado y no encontré el brazo izquierdo
pero sentía que estaba conmigo y me dolía mucho, seguramente tapado con la ropa
de la cama.
Había una especie de tela delante de mis ojos, al menos del
derecho porque el izquierdo estaba a oscuras total. Comprobé que era algo así
como un vendaje ¿Vendaje? ¡Qué coño me había pasado! ¿Dónde estaba? Comencé a
pensar y no recordaba nada, no sabía que hacía allí, los motivos por lo que
estaba en aquella habitación y entonces me di cuenta de un detalle
significativo: no me acordaba de mi nombre, no sabía quién era yo ¿Entonces? No
me preocupó ese detalle en el momento, estaba allí y, como mínimo, había alguien
que estaría pendiente de mi persona. Pero ¿Por qué no sentía mis piernas? Tenía
dolores fuertes de cabeza, el cuerpo comenzaba a despertar: cara, brazo derecho
e izquierdo, pecho, un hormigueo raro y caliente en mi estómago. Quise llamar y
tampoco pude articular nada ¡Qué carajo había ocurrido para encontrarme de esa
forma!
-¡Bien, bien, bien, señor Ayala! ¡Buenas tardes tenga usted!
¿Despierto, mi niño? Veo animación en sus ojos ¡Qué bien! Soy Teresa, su
enfermera desde ahora. Le ha tocado la china porque soy de las más feas –Era una
joven vestida de blanco, gordita, bajita, moviéndose con gran agilidad alrededor
mía acicalando la ropa de la cama. Su cara se la veía muy agraciada y una
sonrisa preciosa- ¿Tiene sed, señor Ayala? Esto…, haber, haber…
Acercaba una botella pequeña de cristal transparente con una
pajilla. Colocó el canutillo con un cuidado infinito y lo sentí introducirse en
la boca dolorida. Absorbí el líquido.
-Eeeeso es…, a tragar, a tragar con cuidado ahora –Y me
miraba con su dulce y bonita cara con sonrisa de ángel celestial- ¡Qué! Mejor
¿verdad? Ahora vendrá el doctor Prada acompañado por otro colega, lo observará y
el doctor Quesada –Se acercó a mi oído derecho y dijo bajito- Me da que es un
loquero o algo así. Toma notas y notas como si fuera periodista de crónicas
rosas – Se enderezo, llevó su dedo índice a la cien y lo movió como si fuera un
destornillador guiñando sus ojos luminosos- ¡Chiflado total! ¡No le haga caso!
Más tarde vendré otra vez y traeré comidita para mi niño bonito ¿Vale?
Marchaba hacia la salida muy diligente y me fijé en su
figura. Su cuerpo pequeño, entrada en carne y delineado todo él. Las caderas
anchas las movía graciosamente al caminar. Se giró de repente guiñándome un ojo
pícaramente al saberse contemplada. Desde donde me encontraba yo y lo alto que
estaba el lecho no logré verle las piernas.
Dos hombres jóvenes aparecieron en la estancia en un total
silencio, el de bata pequeña comenzó a auscultarme en profundidad y, cuando pasó
a la parte de abajo de mi cuerpo lo hizo por los pies de la cama. El rostro de
aquel hombre era un espejo claro y nítido que reflejaba el estado en que me
encontraba y entonces comencé a darme cuenta de la situación. Algo estalló en mi
cerebro y me vi metido con una muchacha joven en el baño, desnudos los dos,
riéndonos, luego el horror de un derrumbamiento y la escena de una mujer con el
pequeño desapareciendo debajo de un techo que le caía. No sé porque tuve miedo
¡Me agité dentro de mi dolor y grité, griteeee! ¡Quería salir de la cama y no
sentía el cuerpo! ¡Griteee! Veía a la mujer sentada sobre mí, feliz, hermosa,
desnudos los senos moviéndolos como si fueran dos bols de gelatinas y, acto
seguido, el desastre en gris y negro con toneladas de materiales rodeándome y yo
buscando, con la mano destrozada, a alguien
¡Y gritaba, gritabaa y gritabaaa! Sentía pánico, no podía
controlar la desesperación ¡Elisa, Elisaa, Elisaaa! ¡Era el nombre de la mujer
desnuda! ¡Ahora lo recordaba con claridad! ¿Y yo? ¿Quién era yo? Me sentía
increíblemente dolido, dañado, todo mi cuerpo era un enjambre horribles de
punzadas que no podía soportar y estaba atezado fuertemente por otro superior a
mí. Me abrazaba, besaba mi frente y decía algo que no entendía ¡No veía nada,
solo una tenue claridad y un perfume suave de mujer! ¡Mi garganta desgarrada
seguía gritando! ¡Seguía estando sujeto dentro de un tubo que me aprisionaba
todo y consolaba mi espanto con besos y caricias de lo que quedaba de mi rostro
al aire!
-¡Elisaaa, Elisaaaaaaaaaaa!
Algo frío y caliente a la vez entró en mí y poco después
comencé a serenarme, sentir tranquilidad, quietud y la opresión sobre mí
desapareció Una sensación de sueño tranquilizador me cubrió y desaparecí de
escena como por encanto. Caí en un limbo espacial, flotaba, reía, ya no me
acordaba de nada, no sentía dolor, tampoco sufrimiento alguno, estaba feliz y me
rendí tranquilamente al bienestar. Las emociones corporales se apagaron como si
le hubiera dado al interruptor de la luz.
Despertaba lentamente y al regresar a la vida volvía aquellos
dolores terribles por todo mí ser. Un calor intenso e independiente recorría el
pecho, los brazos y mi rostro. Los ojos no los podía abrir porque me costaba
mucho hacerlo y sentí unas voces cerca de donde estaba. Sin saber los motivos
seguí en mi postura de dormido y la voz masculina dio una respuesta a mi estado.
-…padece en estos momentos anecforia, un tipo de amnesia que
desaparecerá en horas, en pocos días o por el método que el psicólogo emplee. De
hecho, cuando empezó a gritar es que estaba recordando. Hay que bañarlo acostado
y quitarle las venda que lo envuelven con agua a temperatura corporal. Se le
aplicará calmante por vía intravenosa para que, cuando el psicólogo le exponga
la realidad, pueda asimilarla y colaborar con él. Usted y otra compañera
enfermera harán la cama procurando moverlo lo mínimo posible. Ha quedado
inválido de cintura para abajo y el brazo izquierdo no lo moverá jamás. Aún
siente dolores que hay que evitar a toda costa ¡Bastante ha tenido con semejante
acto terrorista! No vivirá mucho tiempo más, seis meses, un año a lo sumo si se
le cuida bien ¿Ya se sabe quién es la joven enterrada que estaba con él en la
habitación?
-Él gritaba el nombre de Elisa, doctor Prada. No sabemos más
y la policía no se si lo sabe –Era la voz agradable de la enfermera rellenita y
simpática.
Percibí que del ojo bueno salía lágrimas y desaparecía en el
vendaje que cubría mi rostro. Había recibido el golpe de gracia sin saberlo
aquel galeno ¡Inválido, tetrapléjico, a punto de morir! ¿A merced de quien me
encontraba? En aquel momento seguía sin recordar quien era yo y como me llamaba.
Mis recuerdos eran esporádicos de algo terrible que ocurrió no sabía cuando.
Recordaba perfectamente a la muchacha y su nombre pero seguía sin saber que
hacía en la habitación conmigo
-Teresa –Llamé con voz ahogada- ¿Murió Elisa? ¿la mujer que
estaba conmigo?
El médico y la enfermera se acercaron a mí y se dieron cuenta
que los había escuchado. Los dos se miraron asombrados y el médico habló.
-Deploro mi falta de tacto al hablar tan precipitadamente. Es
deformación profesional y, a veces, señor Ayala, somos inhumanos sin quererlo.
Disculpe ¿Recuerda su nombre, señor Ayala?
-No –Contesté seco
-Gerardo Ayala Cebrián. Ha habido un atentado terrorista en
el hotel en que se encontraba y usted y la señorita han sido víctima de ese
horror. Le diré, señor, que falleció sepultada como consecuencia del derrumbe
del techo que cayó prácticamente encima de ella y parte en usted. Tiene lesiones
imposibles de curar, Ayala, la columna vertebral está deshecha y el brazo
izquierdo desaparecido. Quiero ser sincero con usted, está tocado de muerte. No
se preocupe, señor Ayala, siempre estará en buenas manos y cuidaremos de usted
en todo momento.
-¡Déjese de monsergas piadosas, matasanos! –Hablaba de una
forma que casi no se me entendía- ¡Pero no puede curar la invalidez! ¡No es
capaz de mejorar mi brazo! ¡No tiene los conocimientos suficientes para darle la
vida a Elisa! Entonces ¡Váyase a la mierda! ¡Váyanse los dos a la puta mierda y
déjenme morir solo!
-¡Rápido, Teresa, llame al doctor Quesada –Y el médico se
dirigía hacia una de las bolsitas que estaba que colgaban en aquel brazo
metálico y manipulaba en ella mientras la enfermera salía corriendo- Le prometo,
Gerardo, que se va a poner bien.
Lloraba amargamente mi desdicha pero no sollozaba tanto por
la situación en que me encontraba como por Elisa. Un montón de imágenes
entrañables y maravillosas estaban agolpándose en mi cabeza. Comenzaba a
recordar su estancia en la habitación y lo feliz que me había hecho. Un dolor
inmenso en el corazón hizo que tuviera una contracción y que moviera la cama.
-¡Elisa, Elisa! –Y un golpe de tos acudió a mi garganta y
creí que moría ahogado y de inmensos dolores. Aquel galeno joven contuvo mis
movimientos, subió la cama y mitigó el espasmo bronquial. Poco a poco los
sufrimientos empezaron a remitir. Miré hacia el techo, queriéndolo traspasarlo y
llegar hasta ese mundo ideal y de bienestar que es el Más Allá. A modo de
plegaria murmuré- Adiós preciosa. Adiós Elisa.
Epílogo
-…estarás atendido sanitariamente en todo momento y
cuidaremos de ti, Gerardo. Un camarada que estuvo en la Retaguardia, luchando
codo con codo con los demás y trabajando para la causa cuando no éramos nadie
ostenta el máximo honor para los que estamos ahora defendiendo las libertades
ciudadanas. El Partido Comunista ha arreglado tu residencia aquí y te regala
esta silla con motor que habías pedido por catálogo. Los compañeros Nicolás,
Carlos y Pedro ya reposan en sus respectivos lugares de residencia. En nombre de
Gaspar Llamazares y de Izquierda Unida, camarada, Gerardo, esperamos estar a la
altura de tu heroicidad y de las circunstancias que te rodean ahora.
Tenía delante de mí a un joven exaltado, henchido del ideal
izquierdista libertario. Me veía a mí en la década de los 70, con el puño
levantado, cantando la "Internacional", "A las barricadas" o el himno de los
anarquistas "Hijos del Pueblo"
Hijos del pueblo, te oprimen cadenas
y esa injusticia no puede seguir.
Si tu existencia es un mundo de pena,
antes que esclavo prefiero morir
Y corríamos delante de los grises que nos apresaban, nos
pegaban con toallas mojadas para que no hubieran huellas en las salas de
interrogaciones, durmiendo desnudos en suelos mojados, sin matas y nos hacían
pasar setenta y dos horas muy amargas para que éste comunista de pacotilla,
criado dentro de una sociedad ordenada por nosotros, viniera ahora a darme
lecciones de patriotismo y camaradería.
-¿Por qué no ha venido el propio Coordinador Llamazares a
verme? Que yo sepa, en los cuatro meses que llevo aquí no lo he visto ni una vez
¿Le dan repelús los hospitales?
-Está preparando las Elecciones Generales, camarada ¡Nada
menos! –Decía enfático, lleno de prepotencia, como si fuera a ganar aquellas
elecciones y el partido quedara en la Oposición como primer oponente al partido
en el Gobierno ¡Un partido que no sacaba más de cuatro diputados! ¡Patético!
-Llevo cuatro meses aquí, ¡C A M A R A D A! ¿No lo has
entendido? –Y miraba hacia el otro lado para ocultar la rabia, el despecho ante
la indiferencia real- Acompañado de unos fotógrafos de su equipo, idealistas
como tú, Llamazares, presentándolas a los votantes tendrá unos votos más de
consolación, en el peor de los casos hasta un escaño más.
-¡Camarada Gerardo… pues no sé…! –Y el pobre muchacho quedó
desconcertado, sin argumentos que dar ¡Qué feliz me encontré desmoralizando a
otro infeliz como lo fui yo!
… … … …
Ya había pasado un año desde el acto terrorista. El autobús
rojo de la línea 110 entró el cementerio de La Almudena y el hombre sentado en
la silla de ruedas a motor tocó el timbre para bajarse en la parada siguiente.
El conductor dejó salir la plataforma de acceso a minusválidos. Conducía la
silla con una sola mano magistralmente, la otra estaba como sus piernas, muerta
y engurruñada, descansando sobre el regazo. La silla a motor le llevaba
silenciosa por entre panteones modernos, menos nuevos unos y otros destartalados
porque tenían más de doscientos años de antigüedad. Llegó a la zona de las
tumbas, todas acompañadas de cruces de maderas o piedras y revestidas de
mármoles negros, grises o blancos. Un silencio sepulcral acompañaba al visitante
que siguió dos calles adelante, dobló a la izquierda y paro tres sepulcros más
allá.
Una lápida rectangular gris oscuro con el lado de arriba
redondeado dejaba ver el nombre de ELISA SEGURA SERRANO, debajo el recuerdo de
los padres en letras doradas al vacío. Una foto de ella muy agraciada aparecía
debajo de los textos. La loza que cubría el largo del sepulcro era también de
mármol gris oscuro brillante. Ayala depositó el ramo de rosas blancas y claveles
rojos encima del mármol y se quedó un rato pensativo, alterado.
-¡Hola, Elisa, preciosa mía! Nuevamente aquí. Cada día me
cuesta más venir, mis pulmones están llegando a su fin, ya no permiten que
duerma acostado porque me ahogo. Teresa, la enfermera simpática, me pone
almohadones detrás y a los lados y así doy mis buenas cabezaditas en la noche.
No creo que dure mucho más, Elisa, cada día estoy peor y mi cuerpo deteriorado
no llegará al próximo mes. Muchas veces respiro con mascarilla que siempre tengo
a mano. Mira, aquí llevo una bombona de aire y esta mascarilla ¿Ves? La ciencia
está muy adelantada pero no ha podido conmigo. El techo que te sepultó también
debió haberme acogido a mí, cielo, era un favor que me hubiera hecho.
"Tengo que darte una buena noticia, esa parcelita que hay a
tu lado la he comprado yo. Dejo escrito que me entierren aquí, junto a ti.
Todavía sigo obsesionado contigo, mujer. Me agarraste bien agarrado en el
aeropuerto y a la hora de hoy es que sigo loco por ti. Cuando nos reunamos
tendrás que enseñas ese paraíso eterno en el que estás, cogidos de la mano
¿Quieres?"
"¿Te acuerdas de los compañeros que te caían mal? Ya reposan
en sus lugares de origen. El juez decía que había que dejar pasar un año, pero
ser de izquierda, militar en el partido y haber estado en la Resistencia ha
pesado mucho"
"No sé si volveré por aquí, mi vida. Hoy me ha costado Dios y
ayuda venir hasta ti, pero no te preocupes, ya sabes, me tendrás ahí, a tu lado
para siempre. Lo que has de hacer, si ya no aparezco mañana o en los próximos
días, es mirar la entrada y uno de esos servicios funerarios diarios seguramente
que será el mío, preciosa mía. Entre tanto, reza por mí, Elisa, porque yo no sé
¡Cuídate!"
Gerardo se llevó los dedos a la boca, los besó y luego tocó
la tumba de su amada. Estuvo un buen rato mirando la foto de la muchacha con su
único ojo lleno de lágrimas. Manipuló el mando que tenía en el apoyabrazos, giró
la silla en redondo y ésta comenzó a caminar hacia la salida. Ni un solo momento
paró el pequeño vehículo ni se giró para mirar atrás como hacía en ocasiones
anteriores ¡Ya para qué! ¡Pronto sería miembro de aquella comunidad!
La silla de ruedas deshizo el camino por el que había venido,
avanzando lentamente, algunas veces en línea recta, segura, silenciosa hasta la
parada del autobús que estaba a punto de llegar.