No podía volver en ese estado. Me remojé la cara y a duras
penas conseguí que mi respiración se normalizara antes de llegar donde estaban
todos. Afortunadamente Ana no se dio cuenta de nada, solo bromeó un poco por lo
mucho que había tardado. Marta seguía allí, abrazadísima a Javi, haciéndole
cariñitos y riéndose con algunos amigos.
Era increíble la facilidad que tenía para engañar a la gente,
para manipularla a su antojo….y a mí el primero. No solo por lo que acababa de
ocurrir, sino desde que nos conocíamos. Despellejaba a todo el mundo a sus
espaldas sin que nadie lo sospechara. Reconozco que a mí aquello me divertía, y
pasamos muchas horas muertas en la cafetería de la facultad haciéndolo. Tenía
una habilidad increíble para percibir cualquier pequeño defecto, cualquier
desliz y sacarle punta. Además, conseguía ponerte de su lado. Tenía especial
predilección por las chicas…un par de frases, insinuaciones apenas, bastaban
para marcarlas. Me acuerdo por ejemplo de una chica con la que estuve tonteando,
Mónica. Nunca le gustó, aunque si yo se lo decía protestaba y lo negaba todo,
pero cada vez que se refería a ella dejaba caer una pequeña puntada. La cosa no
llegó a más, y cuando lo dejamos definitivamente me felicitó. La misma escena se
repitió un par de veces más, con distintas chicas. Aquello en el fondo me hacía
sentir orgulloso, pensando que se preocupaba por mí, que de alguna manera me
tenía, igual que Javi, bajo su protección. Después pude comprobar lo equivocado
que estaba.
Curiosamente fue ella la que me presentó a Ana, mi novia,
como ya he dicho. Eran muy amigas, compañeras de clase. Me sorprendió no haberla
visto nunca antes, pero cuando le pregunté a Marta me contó que había estado
desde principio de curso con una beca Erasmus en Italia y que acababa de llegar.
Me encandiló desde la primera vez que la vi...sus ojos azules, de un azul
profundo y sereno, la expresión soñadora de su cara, enmarcada por una melena
castaña, ligeramente ondulada, que caía sobre sus hombros con suavidad. Era muy
bonita. No sé si Marta se dio cuenta de la impresión que me causó, supongo que
no, o si lo hizo, no calculó hasta dónde podían llegar las cosas. Poco a poco
Ana y yo fuimos conociéndonos más y nos hicimos amigos. De los cafés en la
facultad y las cervezas de los sábados con todo el grupo pasamos a quedar alguna
vez entre semana los dos solos. Las primeras veces sobre todo para estudiar,
porque coincidíamos en una asignatura en la que era casi imposible aprobar si no
practicabas con alguien. Nos veíamos en su casa o en la mía y estábamos hasta
tarde. Tantas horas juntos hicieron que fuéramos cogiendo confianza el uno con
el otro y después de las agotadoras sesiones seguíamos charlando otro ratillo
mientras dábamos un repaso a la nevera. Cada vez me gustaba más…no podía dejar
de mirarla, de quedarme embobado con su sonrisa, su voz, tan dulce…Espiaba sus
gestos, sus miradas, buscando algo que me revelara si ella tenía algún interés
por mí.
No quería comentárselo a nadie, y menos aún a Marta, por si
tenía tentaciones de lanzar sus dardos envenenados sobre ella. Esto era
distinto, muy distinto. Un día me animé a invitarla al cine, y aceptó. No podría
decir de qué iba, porque solo tenía ojos para ella. Después de la película la
acompañé a su casa. Al despedirnos, en el portal, me atreví por fin a besarla.
Ella respondió al beso, primero de forma tímida…indecisa, pero al fin sus labios
se entreabrieron, y mi lengua se enlazó con la suya, acariciándola…De pronto se
separó de mí y con un rápido adiós subió las escaleras. Los días siguientes la
noté rara, distante conmigo. Su actitud me desconcertó, pero no sabía qué hacer
ni si decirle algo. Esta vez sí decidí contárselo todo a Marta y preguntarle si
ella sabía algo. Se quedó muy sorprendida…la expresión de su cara cambió
totalmente, como si la hubiera cubierto una nube. Ahora, sabiendo lo que sé,
hubiera interpretado aquella reacción de forma muy distinta, pero entonces lo
único que imaginé es que se preocupaba por mí y por ella, por sus dos mejores
amigos. Lo que me contó después me convenció. Me dijo que Ana lo había dejado
hace poco tiempo con su novio de toda la vida, y que todavía no lo había
superado. Él la seguía llamando…iba a verla…en fin, se resistía a desaparecer de
su vida, y ella tampoco parecía decidirse a dar ese paso y romper de manera
definitiva. Aunque bueno…también añadió que por lo que sabía ella, tampoco es
que le hubiera guardado un luto muy riguroso…más bien todo lo contrario. "Así
pasan mejor los malos tragos, ya sabes", dijo. Aquello me dejó hundido. Ella se
dio cuenta, y riéndose me dijo que no quería decir que yo fuera como esos otros
chicos. Demasiado tarde…la bala había llegado a su destino. Reconozco que no me
había imaginado que Ana fuera así. La historia tormentosa era comprensible, pero
nunca hubiera creído que existiera esa larga lista de conquistas fugaces,
frívolas, sin importarle el rastro de corazones rotos que iba dejando…que fueron
más de dos y más de tres, según Marta.
Esos días me tuvo muy vigilado. Era un cielo y no dejaba que
me desanimara ni un momento. Venía a mi casa después de comer y nos íbamos por
ahí hasta las 9 o así, cuando Javi salía de trabajar y nos tomábamos juntos unas
cervezas. Me llevaba al cine, o de compras…muchas veces utilizándome como
conejillo de indias para probarme la ropa que iba a regalar a Javi, porque
teníamos más o menos la misma talla.
Mi rehabilitación sentimental se cortó con una llamada de
Ana. Me dijo que me debía una explicación, que se había portado mal conmigo.
Vino a mi casa y me contó una historia bastante parecida a la que yo sabía ya
por Marta, aunque con algunas diferencias importantes. Su ex se resistía a
quitarse de en medio, pero no precisamente porque a ella le faltaran ganas, me
dijo. Tampoco salieron a la luz la galería de chicos con los que se había
consolado de tan terrible ruptura…Reconozco que estaba bastante a la defensiva,
pero no sé…parecía tan sincera…La pose de indiferencia con la que la había
escuchado se empezó a resquebrajar cuando me empezó a hablar de nosotros dos, de
lo bien que lo pasaba conmigo…y me dijo que le gustaba…que cada día que me veía
se moría de ganas por besarme pero no se atrevía…pero que le dio miedo que se
hiciera realidad al fin, tan de repente. Le vino a la cabeza su ex, lo que haría
si se enterara…miles de cosas…y por eso echó a correr.
¿Me estaba diciendo la verdad? Por un momento pensé en si no
sería una forma de conquistarme, si no le habría contado la misma historia a
aquellos otros chicos…Pero en sus ojos no había una sola sombra. ¿Sería mentira
lo que me había contado Marta? A lo mejor solo bromeaba y yo lo había exagerado.
Todos aquellos pensamientos, todas las dudas se borraron de mi mente cuando me
besó…el roce de sus labios sobre los míos me hizo perder la noción del tiempo.
Sus manos acariciaban mi pelo, mi espalda…la apreté contra mí…
Así empezamos a salir. No le dije nada a Marta, me resultaba
incómodo después de lo que me había dicho. No me costó mucho. De hecho aquellos
días no la vi casi, era un puente largo, no había clase y los dediqué enteros a
estar con Ana…llenándola de interminables besos, de caricias que se deslizaban
tímidamente buscando su piel bajo la ropa, volviéndose cada vez más
atrevidas…sintiendo las suyas, llenas también de deseo contenido…
Llegó el sábado. Era el cumpleaños de uno de nuestros amigos,
Jesús. Lo celebraba en su casa, un piso grande en uno de esos edificios antiguos
del centro. Sus padres se habían ido a una boda y pasaban el fin de semana
fuera, así que teníamos la casa para nosotros. Nos presentamos en la fiesta por
separado, sin decir nada aún a nadie. Ya habría tiempo. El ambiente estaba muy
animado, seríamos unas cuarenta personas, diría yo. La noche fue pasando, entre
risas, música y bebida. Yo estaba con Javi, Marta y otros, repasando las típicas
anécdotas de clase. Ana estaba en otro grupo, pero no nos perdíamos de vista. De
repente cambiaron la música y el ambiente se caldeó. Echaron hacia la pared los
sofás y todos nos pusimos a bailar…aunque debería decir que yo me quedé clavado
mirando a Ana. Estaba impresionante…llevaba un vestido de tirantes azul celeste,
corto y con algo de vuelo. El pelo, recogido, pero algunos mechones rebeldes
caían sobre sus hombros, moviéndose al ritmo de la música. Bailaba con los ojos
cerrados, totalmente entregada…su vestido parecía desafiarme…estar jugando
conmigo, con mi paciencia, con mi deseo…porque en cada giro, en cada vuelta,
dejaba al descubierto la suave piel de sus muslos, pero solo un instante, un
destello apenas que solo conseguí acrecentar mi deseo…
Entonces me miró…parecía otra…aquella mirada serena brillaba
con una nueva luz…un oscuro fuego que me abrasaba…que se me clavaba dentro. Sus
movimientos se hacían más sensuales cada vez…sin darme cuenta la tenía a un
metro…su mirada fija en la mía, para que supiera que bailaba solo para mí…Su
cuerpo se pegó al mío y el contoneo de sus caderas me envolvió…sus brazos se
entrelazaron alrededor de mi cuello y me besó…todo el deseo acumulado por los
dos estalló en aquel beso…mi lengua buscó la suya desesperadamente…mis labios
atraparon los suyos, mordiéndolos…sus manos bajaban por mi espalda,
acariciándome, apretándome contra ella…no había nada más que ella en ese momento
para mí…y quería que se diera cuenta de que me tenía entregado, que mi cuerpo
era suyo…mis manos se posaron en sus caderas y la atraje aún más hacia mí,
mostrándole cómo mi excitación iba en aumento…Cuando sentí el contacto de la
pared en mi espalda me di cuenta de que me había llevado hacia un extremo del
enorme salón, algo apartado y menos iluminado que los demás…mis ojos se pasearon
un instante por la habitación, pero nadie parecía estar pendiente de
nosotros…bueno, nadie, excepto Marta.
Mi mirada se cruzó un instante con la suya, y pude ver como
su gesto se endurecía antes de darse la vuelta y marcharse. Pensé si debía ir
tras ella, o hacer algo…pero el roce de los dedos de Ana sobre mi piel hizo que
me olvidara de todo…cerré los ojos y me abandoné a ella. Sus manos se habían
deslizado bajo mi camiseta, y sus uñas trazaban suaves círculos en mi espalda.
La intensidad de sus besos aumentó…devorando mi boca…jugando con mi
lengua…bajando hasta mi cuello y mordisqueándolo, marcando con sus dientes lo
que ya era suyo…mi cabeza se echó hacia atrás, y ahogué un gemido de placer y
dolor. Eso me despertó y fueron mis manos las que comenzaron a recorrer su tersa
y cálida piel. Me giré y la puse contra la pared…mi boca buscó su cuello y lo
besé lo lamí, lo mordí como ella había hecho con el mío…pero continuó
bajando…llegaron hasta el borde de la tela…y mi lengua lo apartó…colándose
debajo…uno de los tirantes de su vestido se deslizó por su hombro, facilitando
mis caricias…mis manos atraparon sus pechos, sujetándolos con firmeza,
acercándolos aún más a mi boca, a mi ávida lengua…que rozó levemente uno de sus
pezones…pequeños, oscuros, endurecidos por el morbo del momento…un débil "no"
llegó a mis oídos, en un susurro…pero solo fue el anuncio de su rendición…una
nueva caricia de mi lengua…y el avance de mis dedos sobre su piel, bajo su
vestido…y dejó de resistirse.
Era incapaz de controlarme en ese momento, de pensar si
alguien estaría mirándonos…estaba ciego de deseo…Sus muslos se separaron al
sentir el contacto de mi mano…para cerrarse después sobre ella, ardientes,
palpitantes…pero solo un instante después se abrieron de nuevo…entregándose a
mí…Con la punta de los dedos continué subiendo, una caricia leve que buscaba
hacer crecer el fuego que ya la poseía…su cuerpo se estremeció al sentir mi mano
tocando el borde de sus braguitas...jugando con él, dibujando su contorno sin
seguir adelante.
Mi dedo se deslizó sobre su sexo, aún a través de la tela,
húmeda, que se pegaba a su cuerpo… "Por favor…", fue lo que me susurró
entonces…y no me pude negar. "Lo que tú me pidas", le contesté, y mi lengua
acompañó mis palabras, haciéndola estremecerse…con un gemido que se prolongó al
sentir cómo, por fin, apartaba dulcemente sus braguitas a un lado y la
acariciaba con la palma de la mano, resbalando por su sexo empapado…sus caderas
se adelantaron, pidiéndome que siguiera…que fuera más allá…y mis dedos,
moviéndose primero de arriba abajo, dibujando los bordes de su coñito,
comenzaron a perderse dentro…entrando y saliendo con un ritmo suave pero
constante…sus movimientos se descontrolaban por momentos…apretando los muslos
para atraparme dentro de ella…o avanzando y retirando sus caderas…follándose con
mis dedos…"dámelos…así…dámelos más…fóllame…", decía, entre jadeos que intentaba
ahogar mordiéndose los labios…Sus gemidos me excitaban tanto que con la otra
mano le quité el otro tirante, tirando del vestido hacia abajo y dejando casi
totalmente al descubierto sus pechos, besándolos con lujuria, buscando sus
pezones, tomándolos entre mis labios, lamiéndolos, mordiéndolos,
chupándolos…mientras mi mano seguía clavándose en ella…primero había sido un
dedo…después dos…y ahora introducía otro más…que se deslizaba con mucha
facilidad en aquel coñito que se deshacía entre mis caricias…caricias más y más
rápidas, mas intensas, que ella acompañaba con sus caderas, rítmicamente…sus
uñas se clavaron en mis hombros, las piernas le temblaron y apoyó todo su peso
sobre mí, sin fuerzas para sostenerse…"me…me estoy corriendo"…suspiró, con voz
ahogada…y noté las descargas de placer que sacudían su cuerpo…y como su néctar
resbalaba entre mis dedos…
Se abrazó a mí…mis dedos se deslizaron fuera de ella…y me los
llevé a la boca, lamiéndolos con deseo…saboreando en ellos su coñito…agarró mi
mano bruscamente y la llevó a su boca, lamiendo cuidadosamente cada uno de mis
dedos…Yo estaba ardiendo…y ella, bajando su mano hasta mis vaqueros, me dijo…
"pobrecita…creo que habrá que hacer con ella…"…y guiñándome un ojo…comenzó a
caminar por el pasillo haciéndome un gesto para que la siguiera…