LA CONSULTA.
Mi vida sexual parecía haber decaído de una manera alarmante.
No encontraba estímulo ni atractivo luego de mi separación. Yo joven aún,
comencé a preocuparme. Mis amigas me convencieron para que consultase con un
profesional. No estaba muy convencida y encontraba múltiples argumentos para
desechar sus consejos.
Los meses se sucedían hasta que leyendo un aviso en el diario
donde se promocionaba la atención para las disfunciones sexuales con discreción
y profesionalismo, me decidí. ¿Qué me estaba pasando?
No lo comenté con nadie pues me daba vergüenza y sola
concurrí a la cita. Llegue puntualmente al domicilio de la entrevista donde una
secretaria me recibió y luego de tomarme los datos me anunció al doctor que sin
demora, me hizo pasar al consultorio.
Era un hombre rubio de unos 40 años, de anteojos, abundante
cabellera y un bigote prolijamente recortado. De estatura mediana y buen porte,
me pareció buen mozo y atractivo.
Durante el interrogatorio me fui serenando y de la
nerviosidad al inicio del mismo, su manera de ser, preguntar y ahondar en mi
problema, terminó por relajarme. Me sinceré como jamás lo hubiese imaginado
previamente, comentando intimidades durante de mi matrimonio anterior y la
pérdida del interés por todo aquello relacionado con el sexo a partir de saber
que me había sido infiel.
Sus preguntas se hicieron cada vez más precisas y escabrosas,
pero la manera de inducirme a responder sin tapujos hizo que terminase
contándole mis fantasías y mis expectativas con todo lo relacionado con el
placer sexual. Luego de escuchar mis palabras, me propuso realizar un
tratamiento integral, pues consideraba que no tendría inconveniente en recuperar
mi libido y mis deseos. Me pidió análisis y luego me citó para una inspección
ginecológica.
La semana siguiente regresé al consultorio con todos los
estudios. Me presentó a un médico joven, su ayudante, encargado de colaborar
para el tratamiento según me explicó, y luego de corroborar el resultado de los
exámenes me invitó a desnudarme. Pasé al cambiador y regresé solo cubierta por
la blusa blanca, el portaligas y las medias negras. Estaba avergonzada y a la
vez excitada ante la mirada de los dos médicos que vestidos con el guardapolvo
blanco, me ayudaron a subir a la camilla de ginecología y procedieron a fijar
mis piernas abiertas a los soportes de la misma, dejando ante su vista la vulva
que con esmero había depilado. Al verme expuesta frente a la mirada de los dos
facultativos, no pude evitar un sentimiento ambiguo, por un lado vergüenza y por
otro deseos de gozar de una experiencia sexual única. Sentí que se mojaba mi
raja y en un susurro les pedí disculpas. El Doctor Hernández y su ayudante me
tranquilizaron, y con una sonrisa manifestaron, que el tratamiento comenzaba a
dar resultado.
Sentí los dedos de Hernández que separaban con sabiduría los
labios mayores de la vulva y acariciaban el clítoris. Moví mi pelvis, y exhalé
un suspiro que no pude contener. Cada vez estaba más excitada. Me preguntó
cuanto tiempo había transcurrido desde mi última relación sexual y si había sido
penetrada por el ano alguna vez. Sin hesitar le confesé que hacía más de un año
que no tenía relaciones y solo había tenido una experiencia anal desagradable
con mi marido y no la quería repetir.
Decidido me propuso relajarme y dejarlos hacer. Ensayé una
tímida defensa, pero con la ayuda de Marcos comenzaron introduciendo un
consolador en el ano desoyendo mis gemidos de dolor. No podía defenderme, en
realidad, luego de unos momentos, comencé a jadear y gozar sin poderme contener.
"Por favor, me voy a correr", exclamé entre jadeos y gemidos.
"Ahora viene lo mejor", "Ya verás como desaparecerán tus
temores y se cumplirán tus fantasías".
Ambos se bajaron los pantalones y, mientras Carlos me
introducía su verga en la concha, dilatando las paredes de la vagina, jugaba con
el consolador dentro del recto en un mete y saca frenético. Marcos acercó su
verga a mi boca. Era magnífica; gruesa y enorme la atrapé con mi boca y comencé
a mamarla con desesperación. Había vencido todos mis prejuicios. Sentía mi
concha encharcada por los jugos de Carlos que eyaculó dentro de mi vagina. Mi
culo estaba abierto como una flor. Estaba gozando. Logré que Marcos liberara su
semen dentro de mi boca y tragué hasta la última gota, pero faltaba lo mejor.
Liberaron mis piernas, entonces Marcos, se recostó sobre la
camilla y yo lo monté a horcajadas. "Que verga hermosa mi dios", "Que gruesa".
Por el espejo lateral observé como Carlos separaba mis glúteos y contemplaba la
penetración. Marcos se había apoderado de mis senos. Los acariciaba y mamaba con
fruición. Finalmente gimiendo y jadeando tuve un orgasmo maravilloso.
"El tratamiento fue magnífico y su resultado definitivo y
genial", Exclamaron al unísono cuando me ayudaron a levantar. Mis piernas
temblaban por el esfuerzo y la cogida, pero había gozado como nunca y recuperado
la libido y el deseo.
Al despedirme me propusieron integrarme a su equipo
terapéutico pues según ellos muchas veces necesitan de una mujer para resolver
problemas sexuales y tener éxito como el logrado conmigo. Lo voy a pensar
seriamente, pues había disfrutado de una sesión maravillosa..
Munjol ( hjlmmo@ubbi.com
).