ENTREGADA EN EL INFIERNO DE PLASTICO
Cuando Anna llegó a España procedente de Polonia traía con
ella, además de proyectos, un niño en su vientre. Una amiga le había conseguido
trabajo en Huelva, en la recolección de la fresa. Ella tenía necesidad de
marchar y escapar del ambiente familiar que le reprochaba aquel "terrible"
desliz.
No se había portado bien aquel cabrón de carita guapa y pija
brava. Cuando supo que estaba embarazada le dijo que abortara; pero ella sin
presumir de buena católica como sus familiares, rechazó de plano eso. El tipo se
largó y no quiso saber nada de ella. Un buen amigo que la apreciaba le dijó:
No has perdido nada Anna. Si ese tipo no es capaz de
afrontar eso con una mujer tan hermosa como tú; es que es un imbécil que no
sabe lo que merece la pena.
Ciertamente Anna era una mujer de 24 años muy atractiva, con
un cuerpo, unas piernas, unos pechos de fábula…. y una cara preciosa, ojos
verdes y melena rubia.
Se decía así misma que era una idiota; que muchas amigas y
conocidas, sin sus atributos, ataban a los tíos de por vida y ella…. sola y
esperando un crio. Decidió que la próxima vez buscaría un hombre que le
resolviera la vida.

No llegó a Huelva. Ella y sus compañeras se detuvieron unos
días para disfrutar de Sevilla y entonces se cruzó en su vida Ramón. No tenía
carita guapa, pero en su tosquedad destilaba virilidad y hombría de bien.
Hablaron y ella dio creyó que aquel muchachote podría hacer realidad sus sueños
de ser un gran agricultor. A él no le importó que Anna fuera a tener un bebe;
siempre había envidiado en los hombres no el dinero o el coche sino el ir del
brazo de una buena hembra, y aquella que tenía delante lo era.
Así que Anna cambió el rumbo hacia Almería dispuesta a no
dejar escapar a Ramón si veía que sus proyectos salían adelante. Durante cuatro
meses pudo comprobar que aquel muchacho sabía lo que hacía. Había mucho trabajo
por delante pero con garantía de éxito. Se casaron 23 días antes de dar a luz.
Ramón la cubría de besos y ternura; pero pocas recíen casadas recibieron tanto
por el culo en su luna de miel como ella. Ramón tenía ganas todo el día, pero
dado el estado avanzado de Anna, casi le daba miedo metérsela por la concha.
Los siguientes dos años fueron muy felices. Ramón consiguió
hacer de aquellos pedazos de tierra semidesértica, que les dio su padre, un
vergel. Eso si, cubierto de plástico. Todo lo que rodeaba el pueblo era un
continuo mar de plástico sin solución de continuidad, bajo el cual un casi
infinito número de invernaderos producía generosas cosechas de todo tipo de
hortalizas, verduras y flores.
Continuamente se afanaban, envueltos en sudor, cientos de
hombres venidos de Marruecos, Nigeria, Costa de Marfil, Ecuador y de muchos más
paises. El trabajo era agotador, pero aquellos hombres que habían huido de la
guerra, el hambre y la miseria, consideraban que a pesar de todo era una suerte.
Ello no significaba que no fueran conscientes de que hacían un trabajo que ya
los españoles no querían; y que los salarios no eran proporcionales al duro
trabajo.
En los cinco grandes invernaderos que Ramón tenía trabajaban
52 hombres, casi todos moros y negros de Nigeria y costa de Marfil, de 18 a 50
años. Los barracones que les proporcionaba para vivir eran bastante decentes,
pero era muy exigente con ellos en el trabajo. Y Anna no le iba a la zaga.
Cuando ella supervisaba el trabajo por ausencia de Ramón, era aún más exigente.
Los hombres deseaban y temían su presencia en los
invernaderos. La deseaban porque, cuando iba a aquel infierno bajo plástico,
llevaba poca ropa, y con el sudor, al poco rato de estar allí, se le pegaba a
los pechos y al culo haciendo evidente a sus ojos sus espléndidas formas
femeninas. La segunda vez que penetró en los invernaderos percibió sus miradas,
muchas de ellas bastante descaradas, llenas de deseo y lujuria. Y, con el mismo
descaro que ellos, les miró sonriente los evidentes bultos de sus entrepiernas.
Seguramente, pensaba ella, aquellos negrazos que la miraban
tenían buenas pollas. Y así era. Aunque ella no podía ver, entre tantas plantas,
como algunos, excitados por su presencia, se sacaban sus vergas y se masturbaban
desahogando su tensión. En los invernaderos o en sus camas en los barracones no
había negro o moro que no hubiera penetrado en sueños a la rubia polaca y
derramado su semen evocando sus mórbidas carnes blanquísimas.

Aunque ella no se le pasó por la mente serle infiel a su
Ramón, que le daba lo suyo casi todas las noches, gustaba de ir a los
invernaderos para sentirse deseada por aquellos machos, que apurados por la
necesidad de ahorrar y enviar dinero a sus familias, dificilmente podían irse de
putas más de una vez al mes y a veces ni eso. Tampoco tenían novia, pues eran
muy escasas las mujeres de sus países, y las relaciones con españolas eran
escasísimas.
En otra visita Anna se dio cuenta de cómo la entretenían
algunos, con diversos pretextos, en la parte del invernadero donde las plantas
eran altas y frondosas, para que otros, emboscados y tumbados en el suelo,
vieran sus esplendidas piernas y sus braguitas. Ella se lo facilitada poniéndose
faldas bastante cortas. Aparte de las sensaciones que le proporcionaba ser
mirada y deseada, pensaba que eso los estimulaba y trabajarían más.
Aunque las inversiones hechas suponían un endeudamiento con
los bancos, la producción permitía hacer frente a los pagos y, en 10 0 15 año,
estimaba Ramón, no habría deudas. De todas maneras ya disfrutaban de una
espaciosa casa-chalet, un "mercedes" y todo tipo de comodidaes. Pero el stress y
las buenas comilonas condujeron al infarto a Ramón y no salió de él.
Repuesta del duro golpe, hasta cierto punto, Anna se puso al
frente de los invernaderos. Pero no era lo mismo ir cuando se ausentaba Ramón
que estar constantemente allí. Al final optó por nombrar encargado a Ahmed , un
marroquí inteligente con el que ya contaba Ramón.
Ahmed como su amigo Nigeriano Louis hacía tiempo que se
consumían por la calentura y el deseo que les provocaba aquella mujer. Tampoco
eso paso desapercibido a Anna, que pensó que dejarlo acercarse mucho la ayudaría
a llevar las cosas con éxito; pero siempre manteniendo esa mínima distancia.
Calculó mal; sobretodo Ahmed estaba fuera de sí dándose
cuenta de que aquella mujer lo quería utilizar y eso no lo podía tolerar un
macho moro.
Un día hubo un incidente en el pueblo entre los inmigrantes y
los españoles, se produjo una ola de racismo y, como reacción de fuerza, los
inmigrantes se declararon en huelga. Eso significó la paralización de toda
actividad en los invernaderos. Gustasen o no aquellos moros y negros mal mirados
eran imprescindibles. Ellos querían mantener una posición firme pero algunos
hicieron ver que algunos patronos estaban en dificultades y se habían portado
bien con sus trabajadores. El comité de huelga se reunió para ver cada caso.
Ahmed vió una oportunidad de hacer realidad sus más bajos deseos y consiguió que
se les permitiera trabajar.
Luego habló con su compañeros, algunos de los cuales habían
sufrido algún ataque racista, les prometió un aumento de sueldo y algo más
codiciado: TODOS podrían follarse a la polaca. Ahí se terminó la discusión.
Caminó satisfecho a casa de Anna y no se anduvo con demasiados rodeos:
- Todos deseamos tomarla Señora, el que no lo haga no
trabajará.
Anna ni contestó; su cabeza solo daba vueltas a una cifra 52.
Si quería que sus invernaderos funcionaran tendría que abrir sus piernas a sus
52 moros y negros.
Asustada empezó a gritar:
- Vete de mi casa sucio moro.
Ahmed se marchó. Sabía que era cuestión de tiempo.
Anna pensó en ofrecer más dinero, pero las cuentas no
cuadraban. Comenzó a llorar y a eso de las 10 de la noche el móvil de Ahmed
sonó. Louis escuchó:
- Puede venir esta misma noche Señora.
Empezó a pensar como vestirse y arreglarse, pero en seguida
cayó en la cuenta de que en media hora estaría bastante "desarreglada". Montó en
su coche y cuando llegó a los barracones un montón de hombres esperaban
impacientes a la puerta del barracón de Ahmed. Se oyeron como rugidos cuando la
Señora bajó del auto.
- Tranquilos chicos, no os impacienteís ; aunque la noche sea larga habrá para
todos.
El barracón estaba atestado con más de veinte hombres, que la
miraban con aquellos ojazos negros desorbitados y enrojecidos. Había un fuerte
olor a sudor, seguramente provocado por la excitación y la tensión de aquella
jauría de machos. En el centro del barracón un camastro en el que, sentado y
fumando un cigarro, sonreía satisfecho Ahmed. Anna se dio cuenta de que por las
dos ventanas y la puerta se asomaban racimos de cabezas deseando ver el comienzo
de la "toma de posesión" de la codiciada hembra.
Poco a poco el miedo se fue apoderando de la joven viuda, al
sentir a su alrededor aquella respiración agitada y ver como los tipos se
llevaban la mano a aquellos tremendos bultos que delataba su excitación.
Señora, tranquilicesé y deje que la ponga caliente. Será
mejor para todos, pero sobre todo para usted.
Anna instintivamente dio un paso atrás como si quisiera
volver atrás.
-Señora, hágame caso, no quiero ser brusco con usted.
Ahmed se acercó a ella, sujetó su cabeza por la nuca y
acarició su melena rubia. Acercó su cabeza y comenzó a besarla, disfrutando sus
labios para luego meterle la lengua . De nuevo Anna intento separar su boca pero
el moro la miró muy serio, y ella dejó que volviera a besarla. A la vez deslizó
su mano entre sus piernas frotándola por encima de la braguita para luego meter
la mano por dentro buscando estimular su clítoris.
Anna, que no lo había vuelto a probar desde la muerte de su
esposo, reaccionó ante el estimulo agradable, pero ver aquellos rostros, oir sus
gruñidos y palabras ininteligibles y pensar en lo que se avecinaba la ponían
tensa. Ahmed miró a Louis; habría que emplearse a fondo.
Mientras el moro le sacaba despacio el top por la cabeza,
Anna sintió como por detrás el nigeriano le alzaba la falda y le quitaba su
barguita. Luego comenzó a acariciar sus muslos mientras recorría besando,
mordisqueando suavemente sus nalgas. A su vez Ahmed liberaba sus pechos del
sostén y se los amasaba. La viuda cerró los ojos y se abandonó a sus
sensaciones. Las manos de Louis separaron sus nalgas y comenzó a hurgar con su
dedo y con la lengua en el agujero de su ano.
Le quitaron la falda que era lo único que le quedaba y la
echaron sobre la cama. El moro, cada vez más excitado, clavó su mirada en la
mata de pelo rubio que Anna tenía entre sus blancas piernas. Separó los labios
de la vagina y miro goloso sus rosadas paredes ya húmedas. Sus labios de
apoderaron de aquella jugosa rajita y empezó a chuparla cada vez con mayor
intensidad.
El negro por su parte se volvía loco mordiendo y chupando los
pezones de de sus turgentes tetas. Las amasaba, las recorría con su boca
sintiendo la suavidad de su blanquísima piel. Cuando la viuda comenzó a
retorcerse se oyó un rugido unánime de todos aquellos sementales que se frotaban
sus pijas al ver aquella hembra estremecerse. El moro y el negro se miraron
sonrientes y satisfechos al ver a Anna totalmente caliente y entregada. Luego se
aplicaron de nuevo, con mayor intensidad, a disfrutar de su coño y de sus
pechos.
Su torso, su vientre, su cuello, sus muslos fueron poco apoco
recorridos y disfrutados por su bocas. Los dos hombre estaban también muy
excitados. Momentáneamente Anna sintió la ausencia de sus manos y bocas. Cuando
abrió los ojos vio que se estaban desnudando mientras que todas las miradas de
aquella jauría humana se clavaban en su cuerpo desnudo.
Instintivamente hizo ademán de cubrir su entrepierna y sus
pechos con la mano. Pensó en cerrar los ojos de nuevo como si eso la evitara
pasar por el duro trance que le esperaba; sin embargo sus ojos se abrieron como
platos al contemplar las vergas enhiestas y duras de Ahmed y Louis, ya
totalmente desnudos.
El moro la miró y se acarició la polla. Luego le indicó al
negro que la quería disfrutar primero el sólo. Nadie se lo discutió. Se puso de
rodillas sobre la cama, le separó las piernas a la viuda, recorrió con la punta
de su pene los labios de la rajita de arriba abajo y comenzó a penetrarla. La
rubia puso sus manos sobre el pecho del moro como si quisiera apartarlo; él la
sujetó de las muñecas y la obligó a extender sus brazos. Anna se encontró
totalmente abierta e inmovilizaba, mientras el moro cada vez se movía más
rápido; sentía aquel pedazo de carne dura y caliente dentro de sí. Si hasta
aquel momento no habían sido demasiado bruscos con ella; ahora el moro se dejaba
llevar y le daba unas tremendas embestidas mientras le babeaba la cara y la
mordía en el cuello.
Aun así la Señora empezó a sentir que el placer se adueñaba
de ella a partir de su concha. Se daba cuenta de que sus piernas se habían
cruzado sobre la espalda de Ahmed y las volvió a abrir. El se percató:
Déjate llevar y disfruta lo que te doy mujer.
Y aceleró sus embestidas a la vez que dejando sus muñecas
comenzaba a apretarle los pechos. Se los estrujaba apoyándose sobre ella para
mejor mover su pelvis. Anna se agarraba con la manos al camastro envuelta en una
mezcla de placer y dolor.
Los hombres jaleaban al moro:
- Dale Ahmed, que está muerta de ganas.
Y Ahmed le dio hasta que temblando de placer comenzó a
llenarla con su leche. Se movió lentamente dentro de ella hasta que su pene se
aquietó en la calida entrepierna de la joven viuda.
Mientras se levantaba del camastro le dijo a Louis:
- Fóllatela rápido que le quiero romper el culo. ¿Habeís oido
todos? ¡rapidito!
Todos entendieron que Ahmed esperaría su turno: pero tendrían
que descargar rápido.
Entonces comenzaron una autentica masacre del coño de Anna.
Louis le abrió la piernas se las colocó sobre sus hombros y la comenzó a
penetrar con su gruesa verga. Otros dos negros se tuvieron que conformar con
obligarla a pajearlos; pues Louis no les dejó tocarle las tetas. Quería ver
temblar aquellos hermosos pechos blancos a cada embestida. Le dio duro durante
diez minutos hasta que la llenó.
Ahmed tuvo paciencia con su amigo Louis, pero después aulló:
- ¡Tres minutos cabrones!
Los tios se pajeaban para ponerse a tope cuando ella los
masturbara y descargar dentro de ella. La obligaban a mover sus manos con
rapidez sobre su polla y luego la penetraban con brutalidad hasta correrse. Unos
les gustaba hacerlo como Louis; otros preferían echarse encima de ella y
besarla; otros apoyar sus manos sobre sus pechos, amasándoselos con fuerza,
mientras la clavaban.
La joven viuda excitada brutalmente tuvo su primer orgasmo
con Louis y luego vendrían otros. En algún momento se asustó al ver alguna pija
demasiado grande. Tenía el coño irritadísimo por el sucederse de pollas
totalmente endurecidas, que la penetraban sin darle respiro. Le empezó a doler
la concha hasta que de nuevo otro orgasmo lo encubría momentáneamente.
Muchos moros y negros le acercaban la cara para disfrutar más
de follarse a una señora blanca. Bastantes le resultaban feos y desagradables.
El olor a sudor y mal aliento la mortificaban. Pero ellos, uno tras otro,
seguían colocándose entre sus piernas y empujando como posesos.
¡No puedo más! ¡Por favor!
Ahmed entendió que tenía que estar cansada tras recibir a 20
tios en la misma posición y con los brazos doloridos de pajearlos. Cuando
terminó el que se la follaba Ahmed la hizo cambiar de posición. La puso a cuatro
patas, atravesada en el camastro, para que le diera desde atrás uno y calentara
al que esperaba su turno chupándosela.
Ahora la polaca sentía como además de clavarla el semental de
turno hacía con su culo y nalgas lo que le apetecía: apretarlo con fuerza,
azotarla, pellizcarla. Mientras, el que se la metía por la boca la sujetaba
fuerte la cabeza y la obligaba a que le amasara suavemente sus glúteos.
La cosa iba rápido porque los tíos se excitaban al verla
recibiendo pollas y contemplar el bamboleo de sus tetas en el duro trajín que le
daban. Hubo alguno que no llegó a metérsela ya que se corrío en la boca. Pronto
la comisura de su labios empezó a rezumar semen , de la misma manera que se
deslizaba con mayor abundancia entre sus piernas.
Otros la sujetaban por su sedoso pelo rubio mientras le
follaban la boca y ella veía pasar ante sus ojos aquellas pollas enhiestas, a
veces torcidas hacia un lado o como ganchos hacia arriba; entrepiernas tupidas
de pelo rizado y denso que despedían un fuerte olor; bolsas testiculares que
golpeaban su barbilla con el vaivén de cada acometida. Y cuando entre tantas
aparecían aquellas vergas negras, gruesas, venosas , con un glande que parecía
una seta despampanante, sabía que irremediablemente volvería a correrse como una
perra.
De nuevo la volvieron a tumbar abierta de piernas
follándosela uno, mientras ella pajeaba a otros dos que estaban a cada lado del
camastro; así terminaron de clavársela los 52.
Ahmed se acercó a ella y la dio la vuelta; Anna tenía los
ojos abiertos, desorbitados, esperando lo peor. Sintió como el moro le hurgaba
con los dedos en la vagina y, bien pringados de semen, se los metía en el culo.
El tipo estaba excitadísimo y tenía la polla a reventar. La joven viuda con la
mejilla aplastada contra el camastro podía ver los rostros desencajados por la
lujuría, la excitación y el ansia de aquellos hombres expectantes por lo que
iban a ver y por lo que luego volverían a disfrutar.
De pronto sintió como Ahmed se separaba los cachetes del culo
y apoyaba su pene en la entrada del estrecho orificio. Luego empujó con todas
sus fuerzas, sonriendo con satisfacción cuando la polaca comenzó a gritar:
Noooooooooooooo!
No sigas por Dios!
El moro apoyó sus manos en los costados de ella para que no
se moviera; y mientras sudaba por el esfuerzo de cada acometida para enterrar su
miembro en el hermoso culo de Anna, disfrutaba al ver como aquellas finas manos
se crispaban por el dolor y la hermosa cabellera rubia se agitaba por la
desesperación.
Por fin sintió como sus pelotas chocaban con la tibia y suave
piel de la rubia. Miró a su alrededor complacido, como diciéndoles a todos:
"mirar se la he metido hasta dentro".
Y la jauría reía y gritaba alborozada:
La ha roto, la ha roto el culo.
Luego cerró los ojos y disfrutó de aquella suave estrechez,
acelerando poco a poco el ritmo del mete y saca. La viuda sollozaba mientras
su orificio se iba acostumbrando.
Tras un buen rato Ahmed sintió como su miembro temblaba de
placer al descargar toda su leche dentro. Se dejó caer encima de ella y
mordisqueándole el cuello disfruto de su piel hasta que su miembro quedó
totalmente flácido. Luego satisfecho se marcho a su barracón a dormir
plácidamente.
Un azote en las nalgas hizo comprender a la polaca que
ahora iba a ser aún peor; unos a otros se decían que deprisa, pues tenían
ganas de cojerse a la hembra. Se subían y brincaban sobre ella como posesos.
Los más delgados y ágiles se las arreglaban para bombearla mientras metían por
debajo de sus cuerpo las manos buscando amasar sus pechos.
Cuando, después de que pasaran unos cuantos, el agujero del
culo estaba dilatadísimo empezaron a follársela de dos en dos por el culo y
por la concha. Unas veces haciéndola cabalgar sobre uno y otras echándose los
tres de lado. En esta postura volvió a sentir placer ya que eran ellos los que
se movían y hasta le resultaba agradable el manoseo de algunos en sus tetas y
muslos mientras se la metían.
Poco a poco el barracón se fue despejando hasta que el
ultimo negro que quiso se la folló. Eran las 8 de la mañana y Ahmed la ayudó a
vestirse y la llevó a casa en el coche. Entró en casa y se desplomó sobre la
cama durmiendo un largo y profundo sueño. A la mañana siguiente, como siempre
con minifalda, se trasladó a ver como iba el trabajo en los invernaderos, los
hombres volvieron a sentir la excitación al ver aquella hembra que dos noches
atrás habían disfrutado. Y Anna mientras los observaba sentía, en medio de una
gran turbación, como su entrepierna se humedecia.