"Hola Mauro, quería contarte que lograste despertar en mí una
terrible y enorme curiosidad. Ayer leí un relato tuyo, y ¿sabés qué me pasó? Me
dio envidia la tal Laura. Decime... ¿es verdad que podés llegar a hacer sentir
todo eso a una mujer? Si la respuesta es afirmativa, te digo que moriría por una
sesión de esos masajes!!"
Así comenzaba el sugestivo mail de Steffi que iluminó esa
mañana mi casilla. El relato al que hacía referencia era "Masaje sensual (para
despertar a Laura)" (
http://www.todorelatos.com/relato/43901/ ), que publiqué no hace mucho en
TodoRelatos, y que recomiendo leer para entender mejor cómo viene la historia.
El tema de los masajes es porque mis historias frecuentemente
tienen que ver con ese tipo de experiencias. Sucede que desde hace años, un poco
por gusto personal y mucho más al descubrir el placer que podía proporcionar, he
desarrollado una modalidad muy suave de masaje con aceites perfumados,
envolvente, sumamente relajante, muy contenedora, agradable y sensual, y que,
según dicen, gusta mucho y hace mucho bien.
Aunque no me dedico de manera profesional a ello, entre
quienes me conocen nunca falta alguien que me pida que ablande sus músculos
doloridos y le haga sentir bien. Y fueron tantos los que me pidieron que les
enseñe, que terminé organizando un exitoso mini-curso que doy de vez en cuando,
para aprender a dar un masaje suave a familiares, amigos o pareja.
Permítanme presentarme: soy Mauro, profesional independiente,
vivo en Buenos Aires, delgado, algo tímido, digamos que un tipo para nada
especial, aunque tampoco común. Soy absolutamente heterosexual y disfruto mucho
mi ser varón, y aunque no tengo problema en hacerle un masaje relajante a un
amigo, obvio es decir que nada me encanta más que poner mis manos sobre la piel
de una mujer.
Pero tengo algo muy claro: tocar la piel de una mujer me
resulta una experiencia emocionante, pero nunca me aprovecho de la ocasión si no
ha sido planteada de esa manera, o si no me han habilitado para ello (en ese
caso, ¡no sería aprovecharse!). Me parece un rasgo de caballeros: si una mujer
te pide un masaje, no le des otra cosa, no lo uses como excusa a aprovechar, a
menos que ella lo pida o te dé señales... y esto, sólo después de haber atendido
su pedido, y que hayas relajado a conciencia su cuerpo cansado. Y a no olvidar
que la mayoría de los desencuentros e insatisfacciones sexuales tienen mucho que
ver con el estrés.
Esa tarde ya estaba enviando mi mail de respuesta a Steffi, y
ella me contestó con más detalle. Me hablaba de esa clásica tensión y dolor
(compartidos por buena parte de las mujeres) que el estrés provoca en la mitad
de la espalda, los hombros y el cuello, algo muy explicable a juzgar por su
estilo frenético y ocupadísimo de vida. Pero ya desde el primer mail había
dejado en claro que no era ésta su primera inquietud. Y aunque había que esperar
que planteara su juego, no tuve que esperar mucho. Llegó con su tercer mail:
"Te cuento algo que solamente saben mis dos amigas del alma,
no me preguntes por qué te lo digo a vos: nunca tuve un orgasmo estando con un
hombre, y lo peor de todo es... que ninguno se dio cuenta de eso".
Agradecí su confianza al contármelo, pero lejos de
sorprenderme, me confirmó esa triste realidad que —sabía de sobra— viven
muchísimas mujeres. Se encargó de ampliarme luego la información, contándome
charlas de madrugada con amigas como ella, igualmente jóvenes, igualmente
capaces, igualmente hermosas, igualmente activas sexualmente... e igualmente
insatisfechas.
Lamentable, señores, que el placer más hermoso accesible a
los humanos se vea tan injustamente desvalorizado, y que nosotros no sepamos
admitir nuestra parte de responsabilidad en ello. Por si ya no fuera
suficientemente preocupante que ningún varón saludable hubiera podido (¿o no se
hubiera preocupado por?) acompañar a esta fémina saludable a un saludable
orgasmo, me resulta francamente patético que... "ninguno se dio cuenta de
eso"!!! Confieso que, más allá de cierta pena mezclada con ternura que me
provoca la frase, me da además, muchísima rabia. Señores, ¡qué mal parados nos
dejan algunos! ¿Por qué?...
Steffi estaba convencida de que algo andaba mal con ella,
esto de no poder tener orgasmos no podía ser normal. Pero para su tranquilidad,
descartó la idea cuando descubrió que ella sola sí podía hacerlo, aunque no
alcanzaba para resolver su frustración y sus dudas, que resumía así:
"Disfruto del sexo, pero ¿sabés qué?, siempre tengo la
sensación de que tiene que haber algo más, que no puede resumirse a eso, o ser
tan... tan eso".
Pero más allá de la probable torpeza de sus amantes, ¿qué
andaba mal en esta chica Steffi, que no lograba que un mecanismo tan
perfectamente diseñado pudiera liberarse cuando ella más lo deseaba? Descarté
esas dudas tan pronto pude percibir que me encontraba ante una mujer vital,
apasionada, independiente, muy libre cuanto a su femineidad como a su
sexualidad, no sólo muy exitosa en la empresa donde trabaja, sino que hacía poco
había iniciado paralelamente y en sus ratos libres un pequeño emprendimiento
propio, que en apenas seis meses ya la estaba desbordando por la manera como
crecía sin parar.
De insensible: nada. De frígida: menos. De emprendedora,
inquieta y audaz: todo. De sensual —como comprobé después—, una delicia de
mujer, mucha mujer.
Intercambiábamos mails prácticamente cada día, a veces dos o
tres por día. Intentaba tranquilizarla. Le contaba que desde el punto de vista
práctico, se sabe que las dificultades sexuales son tanto más difíciles de
resolver cuanto más atrás ocurren en el proceso de
deseo-excitación-encuentro-orgasmo. En otras palabras: que no es lo mismo no
poder llegar al orgasmo que ni siquiera tener deseo para hacer el amor. Y a ella
le faltaba sólo el último paso (sí... ¡nada menos!, me decía).
Un día me contó algo que pareció dar una pista: en todos los
aspectos de su vida, le disgustaba que las cosas se le fueran de las manos.
Necesitaba tener todo bajo control, incluso (en realidad, especialmente) su vida
amorosa. Le pregunté cómo imaginaba entonces tener alguna vez un orgasmo, que
por definición es... el descontrol total. Entendió, pero veía muy difícil
modificar ese rasgo de su naturaleza.
Insistí en que eso no era ninguna "deficiencia", que
disfrutar de un orgasmo no era algo que yo ni nadie pudiera o debiera darle,
sino algo que ella descubriría en su interior, una capacidad que, aunque no
conocida aún, tenía por naturaleza, sencillamente por ser mujer. Se mostraba
curiosa, intrigada y sorprendida por mis palabras, pero no lograba animarse. Me
escribía cosas como:
"Hablás de "eso que todavía no descubrí, pero está en mí"...
qué curioso!! Yo siempre lo pienso como "eso que no tengo", o "eso que me
falta", o "eso que está mal".
En un atisbo de esperanza decía:
"En cierta forma me sentí algo identificada con la historia
que contaste. Tu relato tiene un final feliz para la chica en cuestión, y vos
supuestamente sugerís que podés hacer algo parecido con otras mujeres. Mentiría
si te dijera que al escribirte por primera vez no pensaba sólo en eso, o sea
algo como: "que bueno sería que alguien haga eso mismo conmigo".
Y agregaba:
"¿Debería deprimirme? Decímelo vos, que parecés tener todas
las respuestas... Contame... mostrame... enseñame..."
¿Qué harías si una mujer te dice algo así? Yo... me derretí.
En ese momento (hace apenas unos días atrás) Steffi no sabía
(ni yo tampoco) cuán cerca estaba de resolverlo.
Tenía que conocerla. Arreglamos un primer encuentro en
coqueto restaurant de Palermo Hollywood, un singular y reciclado barrio de
Buenos Aires. Tenerla frente a frente fue descubrir varias cosas: que era más
joven de lo que me imaginaba (ella me había dado vueltas con su edad... yo
también), que era mucho más linda que como se describía, y que aunque muy
desenvuelta, tenía un costado tímido que la hacía muy, muy seductora.
Esa tarde hablamos de muchas cosas, pero no tocamos lo que
ella llamaba "el tema". No se animaría a hacerlo cara a cara con alguien que
recién empezaba a conocer. Yo sabía que si quería ayudarla debía ganarme su
confianza, pero no hizo falta: desde aquel primer encuentro, ella me la regaló.
Lo que quedó claro era que por el momento no se animaría más
que a probar un masaje, que por otro lado, necesitaba muchísimo. Aunque...
siempre dejaba caer alguna que otra frase pícara, como sugiriendo que no le
incomodaría para nada que las cosas tomaran por otro camino. Yo me mantuve en
nuestro acuerdo: por ahora, sólo un masaje relajante. Quería que fuera bueno
para ella, no había necesidad de apurar las cosas. Le aseguré que lo haríamos
así por esta primera vez, y me di a la tarea de concretar un encuentro más
privado. No hizo falta demasiado: ella estaba más ansiosa que yo. Ni su casa ni
la mía, acordamos en que yo elegiría un discreto hotel.
Algunas complicaciones laborales postergaron varias veces el
encuentro. Cuando finalmente teníamos planeado el fin de semana, la empresa la
envió en un inesperado viaje de trabajo que le tomaría el viernes y el sábado.
Quedamos entonces para la tarde del domingo, el momento para probar su primera
sesión de "mi" masaje.
El sábado, pasado el mediodía, sonó mi celular.
—Hola, Mauro, ya estoy de vuelta en Buenos Aires, pero mañana
no vamos a poder vernos...
—¿Cómo?... —el ánimo se me fue al piso, y me perdí mientras
la oía hablar de contratiempos, que su jefe le había pedido que... bla, bla,
hasta que aterricé súbitamente cuando la oí decir:
—...por eso, como mañana no podemos, pensaba... ¿qué tenés
que hacer esta tarde-noche?...
—¡Ah!... bueno, nada... ¿entonces...? —balbuceé.
—Nada... pensaba si querías que adelantáramos el encuentro.
¿Podrás arreglar todo? Dejame descansar un poco, dame un par de horas y nos
vemos, ¿te parece?...
Impredecible Steffi. Lo había hecho otra vez (aunque confieso
que nunca me alegró tanto cambiar de planes). Rápidamente cambié el programa y
el lugar, asegurándonos el tiempo suficiente en el hotel, sin apuros, y horas
más tarde nos encontramos en una esquina de la ciudad. Aunque vestida sólo
casual, estaba lindísima. La miraba y no podía menos que admirar su temple.
Sabía que estaba remontando comprensibles ansiedades, miedos y la segura censura
social, que sin duda consideraría su actitud demasiado abierta —y hasta
riesgosa—, dado que apenas nos conocíamos. Nada parecía inmutarla. No podía
dejar de mirarla y pensar que en unos minutos íbamos a estar los dos, a solas,
por primera vez. Yo honraría su confianza.
La primavera estallaba en aromas y colores en el atardecer de
Buenos Aires, mientras nos dirigíamos al lugar. Hablábamos de cualquier cosa, me
contaba lo que había hecho en esos dos días, charlaba con su hermana por
celular, como si fuéramos apenas a tomar un café. Pero bastó sólo entrar a la
habitación para darnos cuenta, de pronto, de que los dos estábamos algo
nerviosos. Y eso... nos tranquilizó a ambos.
Sin apuro charlamos un rato, decidiendo cómo íbamos a hacer.
Ya le había explicado que el masaje podía ser de distintas formas, inclusive
sobre la ropa para una primera vez. Lo descartó enseguida. Estaba jugada: quería
sentir el contacto y el efecto de los aceites aromáticos directamente sobre su
piel.
Mi estilo de masaje procura ser una fiesta de los sentidos, y
le dije que necesitaría unos minutos para preparar el escenario: ambiente
acogedor, temperatura agradable, música suave, luz tenue, aromas sutiles,
chocolate para degustar, y por supuesto, el aceite perfumado para el masaje. Con
seductora sonrisa me dijo:
—Bueno... mejor... así no me ves mientras me quito la ropa...
Cuando todo estuvo listo, apareció descalza y sólo en ropa
interior, cubierta pudorosamente por la bata del hotel. Le gustó mucho el
ambiente que había creado en la habitación, aunque se quejó de que las diez
diminutas velitas que había encendido le parecía demasiada iluminación... ¡me
hizo apagar todas, hasta dejar una sola! Me estaba volviendo loco con tantos
detalles, pero me terminaron resultando delicadísimos.
Por fin, se acostó boca abajo sobre la cama. El ambiente
estaba listo: música suave, los elementos para el masaje, el sahumerio que
esparcía su aroma. La única vela que me había dejado encender creaba una
penumbra muy cómplice, que terminó gustándome. ¡Qué momento fue apoyar mis manos
por primera vez sobre su cuerpo! Comencé con movimientos iniciales suaves, leves
presiones, estiramientos y rítmicos golpeteos, que poco a poco la hicieron
sentir más confiada. Al poco rato no hubo impedimento para que me permitiera
sacarle la bata con suavidad, y poco después, desprender y quitar su soutien.
Empecé a calentar entre mis manos el aceite con aroma de
rosas que había comprado hacía poco, y que estrenaría esa noche con ella. Al
esparcirlo sobre su piel, le encantó el aroma y la primera sensación sobre su
cuerpo. Estuve un buen rato ablandando sus pies, sus piernas, sus muslos, y
luego dediqué mucho tiempo a amasar los músculos de su espalda. Ya lo había
notado observando su cuerpo y su manera de moverse: era real, estaba muy
contracturada, y el dolor en sus hombros le era insoportable. Apliqué todo mi
cuidado en hacerla sentir bien, y me recompensó con suspiros y suaves ronroneos.
Me gusta dar masaje. Sé que lo hago bien, porque me he
ocupado mucho por perfeccionarme. Además, lo hago por gusto, no necesito vivir
de ello. Sin jactancias, sé que con sólo mis manos le puedo cambiar el día a
cualquiera.
La di vuelta suavemente mientras mantenía una pequeña toalla
para cubrir sus pechos. Se la veía confiada, tranquila, entregada. Todo seguía
el curso normal de una sesión cualquiera de masaje, hasta que... ocurrió.
Distraídamente hice algo que fue el desbarranque total de aquel sano intento de
darle sólo un inocente masaje relajante: mientras esparcía el aceite, acaricié
su pancita. Hasta ese momento había estado distendida y tranquila, pero sin
aviso previo comenzó a gemir y moverse lenta y sensualmente.
Traté de evaluar la situación: todavía me faltaba bastante, y
si seguía así, sería difícil terminar con la sesión como habíamos planeado
(aunque ya estaba dejando de importarme demasiado). De modo que intentando
encarrilar el asunto le propuse que me ayudara. Una por una tomé sus manos y las
llevé bajo la pequeña toalla que cubría sus pechos, hasta dejarlas apoyadas
suavemente sobre ellos. Cuando la vi segura, retiré lentamente la toalla. Me
enterneció la escena: los ojos cerrados, confiada, sus manos cubriendo esas
tetitas de niña-mujer.
El centro descubierto de su pecho me permitía ahora relajar
los puntos de estrés ubicados junto al esternón. Mientras lo hacía, escurrí un
poco de aceite entre sus dedos, al tiempo que le pedía que lo esparciera
suavemente por sus pechos, explicándole que así cada parte de su cuerpo
disfrutaría del contacto y del aceite. ¡No le gustó!... Hizo un gesto de franco
desagrado, y pensé que había arruinado el momento. Me dijo que le gustaba mucho
sentir la sensación del aceite sobre la piel, pero no así en sus manos.
Rápidamente se las sequé con la toalla.
Buen truco. Ingenuamente, yo le había dado la excusa
perfecta. Sólo le bastó abrir lentamente sus brazos sobre las sábanas, subirlos
hasta entrelazar sus manos sobre su cabeza, exponiendo así la espléndida
desnudez de sus pechos, y decirme con inocente mohín, mientras sonreía sin abrir
los ojos:
—Vos sos el masajista. Hacelo vos...
—De acuerdo... —dije, tragando saliva.
Aunque apenas podía distinguirlos en la penumbra, me
hipnotizaban esos pechos jóvenes, las aréolas erguidas, la altivez de sus
pezones, pero no iba a abalanzarme sobre ellos como un desesperado. Si eso
imaginaba, la haría sufrir un rato. Intenté concentrarme en sus brazos, sus
piernas, su cuello, sus hombros. Y me dediqué a acariciar a conciencia esa zona
tan sensible, tan receptora de emociones: su pancita, que me intrigaba con su
respuesta.
—Aaaaa... qué ricos mimos...
—Así, Steffi... sólo dejate llevar...
—Aaaaa... —susurraba— seguí así... por favor... así...
mhmmm... suave... cómo me pierde que me acaricies así...
Allí supe que ya no habría vuelta atrás.
Aunque el cerebro recibe por igual todos los estímulos
placenteros sin distinguir su intencionalidad, es un momento fascinante cuando
se cruza esa delgada frontera que separa el masaje relajante del juego erótico,
porque habilita al dador a ponerse también en receptor. Es el momento de jugar
la piel contra la piel, y distinguir lo tibio de lo cálido, lo cóncavo de lo
convexo, lo liso de lo rugoso, lo áspero de lo suave... La piel, toda la piel,
la única y definitiva zona erógena. ¡Qué placer!...
Su deseo se iba desatando momento a momento. Yo deslizaba mis
manos una y otra vez, subía por el centro de su pecho, giraba esquivando
deliberadamente esos montes que se erguían orgullosos, brillantes por el aceite,
coronados por la insolencia de sus turgentes pezones. Pasé infinidad de veces
rodeándolos sin tocarlos, bajando hasta sus caderas, recorriendo los bordes de
su tanga, sugiriendo el perfil de su pubis. Rozaba apenas todo su cuerpo con mis
dedos, deslizaba levemente mis uñas por los lugares más sensibles. Su aliento se
entrecortaba entre suspiros, hasta que poco a poco mis manos fueron acercándose
a los objetivos más ansiosamente deseados, pero esperé hasta que ya no pudiera
más.
¿Qué iría a pasar ahora? Me reí de la estupidez de mis
preguntas. Hasta unos momentos atrás, no había certeza de que ese encuentro
tuviera alguna resolución sexual. En realidad, el acuerdo que teníamos era una
sesión de masaje para aliviar su estrés, y en todo caso darle confianza para
otra experiencia en el futuro. Y si ella lo prefería así, yo me había
comprometido a respetarlo. Sé que es difícil de entender, pero no acostumbro
tomar lo que no me entregan. Pero ahora, con su cuerpo, Steffi me estaba
invitando a adelantar esa otra posibilidad.
Se estaba jugando entera ante un desconocido, y no era el
caso de que la expectativa quedara simplemente así, en más de lo mismo. La
excusa del masaje era buena, y ese objetivo estaba casi cumplido. Pero para ella
el tema importante era otro: animarse a desafiar esa maldición de feo nombre,
anorgasmia. Y aunque no era fácil que un primer encuentro le diera algún
resultado tangible, Steffi se proponía lograr su gran objetivo: encontrarse con
su orgasmo. Y yo tendría que marcarle el camino.
Hacía buen rato que mis manos habían dejado de dar masaje.
Ahora eran francas caricias, intentando despertar al máximo la sensibilidad de
los receptores de placer de su piel. Dedicaba buena atención a esa pancita que
ya había demostrado cuánto placer podía despertar. Ya había cruzado todas las
fronteras, y cubría con mis manos aceitadas cada centímetro de su piel, sólo
interrumpido, hasta ahora, por su breve tanga. Pasaba una y otra vez rodeando
sus bordes, mientras me perdía hundiéndome en sus valles y ascendiendo por sus
colinas, deleitándome viendo cómo elevaba sus caderas, pidiéndome, esperando que
se la quitara.
Sin dejar de acariciarla, ya me había desplazado hasta
ubicarme entre sus piernas, que ella abría dulcemente. Ahora sí deslicé su
tanga, que me descubrió la inefable belleza de su afiebrado montecito. Ya no
había obstáculos entre mi piel y su piel. Incorporé entonces mis labios a mis
torturantes caricias. Intenté cubrir de besos todo su cuerpo, pero ella no me
dejó tomarme el tiempo. Pedía más, mucho más. Centré mis labios en su ombligo,
me desplacé hacia arriba, rodeé sus pechos, iniciando una espiral de diminutos
besos en cada uno, que terminaría inevitablemente en esos turgentes pezones, que
exigían ser saboreados. Y lo hice, una y otra vez, humedeciéndolos, lamiéndolos,
chupándolos, haciéndolos desaparecer en mi boca.
Bajé hasta su pubis, me deleité dando vueltas por toda la
zona sin definir mi objetivo, acompañado siempre por los movimientos de su
descontrolada pelvis. Besé, acaricié, lamí, chupé. A partir de ese momento todo
fue un fluir de manos recorriendo centímetros de piel, de húmedos labios
hurgando en otros labios no menos jugosos, de dedos curiosos buscando el camino
a atractivos huecos. Su clítoris ya no podía recibir más estímulo. Y entretanto,
apuntaba a jugar otra carta, más segura aún: su punto G.
No conozco mujer que se resista a su estímulo, aunque sí
muchas ni siquiera enteradas de que lo tienen, y menos aún, de sus deliciosas
posibilidades. Steffi ya lo conocía, pero cuando llegué a él, me di cuenta de
que podía ser casi tan virgen como la experiencia en orgasmos de su dueña.
¿Podría enseñarle algo? (su punto G, pensaba, no yo).
Probaríamos. Me sentí extrañamente liberado. No había
presiones. Sabía que era posible. Siempre confío en las posibilidades de las
personas, y esa noche confiaba mucho en ella. Mis dedos comenzaron a mostrarle
el camino, a descubrir cuántas sensaciones nuevas había allí ocultas. No hizo
falta mucho. La larga sesión de mimos y el fuerte estímulo de los últimos
momentos hicieron su efecto, y su respuesta me sorprendió por lo instantánea:
una explosión de gozoso placer que, en segundos, pareció hacer surgir lo mejor
de esa sensual mujer, demostrando lo que era capaz de disfrutar sin ponerse
límites. La acompañé hasta el final en lo que parecía ser un conmovedor
clímax... ¿o no?...
Me retiré lentamente. No iba a penetrarla... todavía... Aún
no era el momento.
Saqué dos gaseosas del frigobar y me senté sobre la alfombra.
Ella quedó graciosamente acostada boca abajo en la cama, desnudita, distendida,
mimosa. Yo la miraba en silencio. Se la veía sonriente y feliz. Pero yo
necesitaba asegurarme de qué era lo que realmente había pasado. ¿Habíamos
logrado algo? El espectáculo me había resultado impresionante, pero me torturaba
recordar lo que me había contado de sus charlas de madrugada con sus amigas, y
sabía que cualquier mujer puede fingir. Pero descarté de plano la idea: nos
habíamos comprometido a ser absolutamente francos. Pero aunque sabía que el
momento había sido bueno, no estaba totalmente seguro de cuánto. Y a esta
altura, no me iba a quedar con la duda.
Pareció adivinar mis pensamientos, y agradecí que fuera ella quien abordara el
tema, sin vueltas:
—¿Viste cómo es, Mauro?...
—No sé... ¿qué es lo que tengo que ver?...
—Mi "problema"... ¿no viste?...
—Contame...
—No puedo negar que me sentí (y me siento) muy bien. Me hizo
muy bien el masaje, me encantaron todas esas caricias, esos mimos, todo fue
excelente, pero... ya ves... siempre me queda algo pendiente...
—¿Y cómo es la sensación?
—Es difícil de explicar, me siento excitadísima, puedo llegar
hasta un segundo antes de lo que creo que tiene que ser un orgasmo (como ves, no
lo sé con certeza), pero algo me pasa en ese momento, y la sensación se diluye.
Y ya no puedo volver...
Confieso que me sentí preocupado... y también desafiado. ¡Y
me encantan los desafíos!
Para hacer tiempo y distraerla le pregunté si quería seguir
la charla en el jacuzzi. Le encantó la idea. Abrí las canillas, eché espuma en
el agua, y mientras se llenaba, quedamos alternando ratos de charla con otros de
silencio. Y allí fue cuando empecé a perderme en devaneos, barajando torpemente
alguna explicación.
—Estás algo enojada con los hombres, ¿no?
—Bueno, sí, un poco, con algunos hombres, al menos. Pero ¿por
qué?...
—No sé, pensaba... (no sé por qué me metí por ahí, pero era
evidente que mi enfoque pseudopsicoanalítico no iba para ningún lado).
Me salvó el jacuzzi, que al alcanzar el agua la altura
adecuada, se activó con un zumbido haciendo que la espuma comenzara a invadirlo
todo. La invitación no podía ser más tentadora. Nos sumergimos en el mar de
espuma y quedamos un rato así, sin tocarnos, disfrutando el momento en silencio,
mientras nos arrullaba el murmullo de los chorros de agua.
—Steffi, hay algo que me llama la atención.
—¿Qué es?...
—Si me pongo en observador, puedo notar ese momento de
"desconexión" del que me hablaste, pero no estoy tan seguro de que sea algo que
"te pase".
—¿Y cómo lo ves?...
—A mí me dio la impresión de que es algo que hacés en ese
momento, algo que detiene el proceso natural.
—No sé... ¿te parece?...
—No digo que seas consciente de ello, pero parece como si en
el mejor momento te interrumpieras el placer, por alguna extraña razón. Es como
si el sistema se sobrecargara e hicieras saltar un fusible. ¿Qué hay allí?...
¿Miedo?...
—No lo sé Mauro... ¡ojalá lo supiera!...
Me di cuenta de que seguía errando el camino. ¿Qué estaba
haciendo? No tenía sentido seguir filosofando de esa manera, la cosa no iba por
ahí. Algo frustrado, pensé que quizá lo mejor sería dejar todo allí, y no
insistir. Hasta podía ser que la mejor idea fuera vestirnos e irnos de allí, y
seguir charlándolo otro día.
Pero antes sentí la necesidad de acercarme a ella, y movido
más por calidez que por deseo, abracé su cuerpo desnudo, acunándola contra mi
pecho. En ese momento sólo quería contenerla, más que encenderla. Le gustó. El
agua caliente y la espuma creaban un clima muy sensual, mientras acariciaba
suavemente su cuerpo y ella respondía ronroneando con deleite. Era un momento de
gran conexión.
Distraídamente recorría sus piernas con mis manos. Casi sin
proponérmelo, una de ellas se coló naturalmente entre sus muslos, que abrió
apenas, dulcemente. Mientras le hablaba al oído empecé a rozar levemente esos
tiernos labios, y comprobé con cuánta rapidez volvía a excitarse. Notaba la
abundancia de sus jugos, y me impresionaba la diferencia de temperatura, que
parecía superar claramente la del agua.
—¿Te parece que volvamos a la cama? —le dije.
—Sí, por favor... —me dijo en un suspiro.
La ayudé a salir del jacuzzi, y nos secamos con premura.
Llegué primero a los pies de la cama y me senté en la alfombra. Como si
adivinara mi intención, ella soltó la toalla y me siguió, corriendo divertida,
se lanzó de espaldas sobre la cama y abrió desafiante sus piernas, dejando sus
ardientes labios al alcance de mi boca.
Entendí. Aquello era deseo, puro deseo, pero antes que de ser
excitada y poseída, era deseo de explorar y explorarse, de conocerse, de
encontrarse por fin con el definitivo placer. Lo que había vivido hasta allí era
bueno, claro que lo era, pero no le alcanzaba. Fiel a su estilo, estaba
dispuesta a rendirse, pero no a ser derrotada —una vez más— en la más dulce de
las batallas.
Allí sentí una súbita sensación de confianza. Algo íbamos a
lograr, estaba seguro. Era su energía, no la mía. Steffi no se resignaba: hoy no
iba a irse sin su premio. Lo merecía. Y encontraría en mí a alguien dispuesto a
que así fuera.
La tomé de sus muslos y la atraje hacia mí con cierta rudeza,
arrastrándola sobre las sábanas. Ella rió divertida, dejándose hacer. Su actitud
parecía decirme "dale, hacé conmigo lo que quieras". Separaba aún más sus
piernas, ofreciéndome su henchida flor, abierta para mí.
Mi boca pasaba rozando apenas, sin prisa, por el suave
interior de sus muslos, el definido ángulo de sus ingles, el corto vello de su
montecito, mientras sus gemidos acompañaban cada uno de mis movimientos.
Entonces acerqué despacio mis labios hasta esos otros, que los esperaban
ansiosos. Soplé suavemente, despertando su sorpresa. Los lamí por fuera primero,
más adentro después, los recorrí de arriba abajo, me interné tan profundamente
como podía en su vagina con mi lengua, y la agité en ese hirviente interior, que
parecía querer absorberme. No dejé de recorrer ninguno de sus placenteros
rincones, pero tampoco necesité buscarlos: ella subía y bajaba acompasadamente
su cuerpo, dirigiéndome sin dudar hacia donde más deseaba ser mimada.
Con mi boca implacablemente adherida a su jugosa vulva, me
deslicé bajo sus piernas con mis manos y me las llené de sus pechos,
desbordantes de placer, sintiendo mis palmas taladradas por la turgencia de sus
pezones. Acaricié largo rato esos juveniles montes y luego volví a bajar,
deslizándome una vez más por su sensible pancita, y junté mis manos en su
hirviente triángulo. Con mis dedos separé con suavidad sus sensuales labios
hasta dejar su clítoris libre, desnudo, expuesto sin misericordia a los embates
de mi lengua. Entonces lo soplé, lo rocé, lo lamí, lo tomé decididamente, lo
chupé, lo apreté entre mis labios y tiré de él, mientras lo hacía vibrar con la
punta de mi lengua.
Ya no podía más. Me alejé unos momentos para dejarla retomar
aliento, pero ya el dedo mayor de mi mano izquierda se acercaba implacable a sus
labios, rozándolos apenas, jugando levemente, como pidiendo ser autorizado a
entrar. Los movimientos de su cuerpo no dejaban dudas: ella sola se iba
hundiendo mi dedo más y más en esa gruta que quemaba. Hasta que súbitamente me
apropié de su punto G, y ya no lo solté.
Sus sentidos parecieron estallar. Sé lo que el adecuado
estímulo del punto G puede provocar en una mujer, pero aquello me superaba. Era
increíble la energía que irradiaba, todo el placer de Steffi parecía hacer eje
en su diminuto centro de gravedad. Gemía, gritaba, sus piernas se cerraban sobre
mi espalda, me golpeaba con sus talones, rasguñaba mis brazos. Sin dar tregua,
subí la apuesta: agregué un dedo más, determiné el mejor ángulo, busqué la
presión más adecuada, y comencé a agitar mis dedos en el centro de su punto G,
con suavidad y firmeza a la vez, mientras sentía que me estrujaba con la presión
de su vagina.
Tuve la sensación de que ese estado de abandono y entrega era
algo que Steffi se estaba permitiendo por primera vez en su vida. Entonces,
recién entonces, comprendí que ese postergado orgasmo era —por fin— inevitable.
Mientras ella me invitaba gimiendo y separando aún más sus piernas, cumplí
rápidamente con el responsable ritual del preservativo, la abrí al máximo con
mis brazos, y ya no le permití vacilar: mi virilidad se abrió paso invadiendo
esos jugosos labios, me hundí suave pero con decisión entre sus pliegues, la
sorprendí penetrando hasta el fondo, de una sola vez, su sedoso interior, y la
escuché gritar:
—Aaaahhh!!!... Síííí...!!! Qué lindo...!!! Síííííííí...!!!...
—Vamos, Steffi... no te detengas... sentí!!!...
Era la escalada final, el punto sin retorno. Yo me movía con
energía, sin pausa, ella se deshacía en gemidos. Podía sentirla vibrar, podía
sentir cómo se descontrolaba cada nervio, cada músculo, cada célula de su
cuerpo, algo increíblemente difícil para Steffi, pero... ¡qué placer ver cómo
era capaz de hacerlo... por primera vez!... Sus sentidos explotaban, cruzando
—definitivamente, y sin regreso— la frontera de esa última virginidad,
desbordados por las inéditas sensaciones de su primer orgasmo compartido con un
hombre. ¡Oh, el placer de ese clímax, tanto tiempo deseado, tanto tiempo
descreído, tanto tiempo contenido!...
Era demasiado para mí. Bastaron sólo segundos para que
explotara yo también, y cayera derrumbado sobre su pecho. Quedamos jadeando,
casi sin aire, y sólo alcanzó a balbucearme una frase al oído:
—¿Sentiste, Mauro?... ¿sentiste la diferencia?...
—La sentí, claro que la sentí...
Quedamos unos momentos así, sin hablar, sólo abrazados,
acariciándonos. Más que dichoso, me sentí privilegiado de estar allí. Todo había
comenzado como un juego de placer y seducción, y la realidad había superado la
expectativa: apenas dos extraños, esa noche nos habíamos permitido poseernos
mutuamente, y con ello, su preciado objetivo se había logrado. Como si el
tiempo, cómplice, se hubiera detenido para regalarnos un precioso instante, ya
no era tan relevante si luego decidíamos no vernos nunca más. Aunque fuera sólo
por este aquí y ahora, este momento nos pertenecía.
Mientras la abrazaba en silencio y acariciaba suavemente su
piel, me sorprendí haciéndome algunas preguntas: ¿Qué es la "primera vez" para
una mujer?... ¿la inauguración del cuerpo?... ¿la inauguración del placer?...
¿Cuál es la verdadera virginidad, cuál es la que realmente importa?...
Sonreí. Yo y mis preguntas. No, hoy no intentaría
contestármelas. Y menos aún, se lo iría a preguntar a ella.
Al cabo de un rato, saqué de mi bolso dos copas altas que
había llevado, y del frigobar la pequeña botella de champagne que había dejado
poco antes. Era tiempo de festejar. Destapé la botella, llené las copas y le
pedí que propusiera un brindis. Sorprendida, sólo atinó a sonreír.
—No sé por qué brindar... por el placer!...
Las copas tintinearon al chocarse. No supo qué más decir. Yo
tampoco. ¿Acaso importaba?...
Mientras regresábamos en el taxi, no quiso hablar mucho. Sólo
la oí ronronear algo que no entendí, se acurrucó en mi hombro y se quedó
dormida.
Temprano en la mañana me llegaba su mail:
"Me acuerdo que en el primer mail que te mandé te preguntaba
si era verdad que podías hacer sentir eso a una mujer (claro está, me refería a
tu relato acerca de lo que había sentido Laura). Qué puedo decirte... dejé de
envidiarla!!"
Todo esto ocurrió hace una semana. Su siguiente mail contaba
la sorpresa de sentir un permanente y extraño cosquilleo en toda su piel, con
epicentro en su pancita. Algo absolutamente inédito para ella, una sensación
increíblemente agradable que nunca antes había sentido.
Le duró dos días enteros.
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PD.: Si eres una mujer de entre 25 y 45 años y vives en
Argentina, si la historia de Steffi te hace pensar que todavía hay cosas que
podrías descubrir, escribime a mi mail:
Mauro <tupielenmismanos@yahoo.com.ar>.
No intentaré comprometerte. Sólo me gustaría despertarte… y
sorprenderte…
Mauro.