Jugando más billar
Después de la movidita mañana que me dio mi compadre me
esperaba una noche de ensueño con su yerno adorado.
Ya entrada la noche nos pusimos a ver el fútbol en la
televisión y se nos fue el tiempo bebiendo y discutiendo por nuestros equipos
favoritos. Adolfo y Yo le íbamos al mismo y Sergio al archienemigo, así que la
discusión se puso buena. Nuestras familias siguieron en su fiesta particular y
ya muy tarde todos se fueron a dormir, mientras que a Adolfo se le ocurrió que
bajáramos al bar a jugar billar y entre tumbos fuimos. Yo iba atrás de Adolfo y
no perdí la oportunidad de observar su cuerpo. En él todo era grande. Era un
robusto hombre norteño, joven y vigoroso. Era uno de esos que se te antojan de
solo verlo si te gustan grandotes. Su espalda es grande y remata en un trasero
de miedo. En verdad no se que les dan de comer a los de Monterrey, pero todos
tienen muy buenas nalgas. Sus brazos se veían fuertes y muy velludos y por el
cuello de su camisa a cuadros se veían muchos pelos negrísimos que contrastaban
con su piel muy blanca, pero su cara de niño estaba perfectamente rasurada.
Técnicamente es un hombre gordo pero muy sabroso. Y luego, con esos casi dos
metros de estatura era una erección ambulante, sobretodo para mí que me encantan
los osos.
Ya estando ahí decidimos hacer un torneo. Primero jugarían el
compadre y su yerno y el que ganara iría contra mí. Así jugaríamos los tres
El juego comenzó y las noticias no eran nada buenas para
Sergio. Entre que ya hacía rato que se le habían pasado las copas y que no era
muy bueno para el juego lo estaban barriendo bien y bonito pero el juego se
estaba poniendo muy divertido porque mi compadre en su afán por no perder se
dispuso a distraer a su yerno utilizando todo tipo de artimañas. Primero
hablándole cuando iba a tirar y luego descaradamente moviéndole el taco para que
fallara los tiros, pero nada le funcionó. Sergio estaba perdiendo sin remedio,
así que en un ataque de osadía, cuando Adolfo iba a tirar le agarró la poronga.
El pobre muchacho se distrajo y la bola salió de la mesa. Se puso rojo como un
tomate y me volteó a ver con vergüenza. Yo solo solté una carcajada de buena
gana y aplaudí a mi compadre.
¿Qué pasó suegro?
Todavía nada muchacho.
Pues no empiece algo que no va terminar.
Ya estoy tan borracho que no puedo empezar nada
m’hijo, contestó Sergio riendo de buena gana y haciendo otro de sus
malísimos tiros
Total que yo mientras me fui al baño pues mi vejiga lo
reclamaba. Para cuando regresé Adolfo estaba tratando de abrazar a Sergio y él
se resistía, más como si fuera un juego que en serio. Esperé un poco para ver
que pasaba.
Espera muchacho. Ya estoy muy borracho.
¿Y a poco me va dejar así suegro? Decía mi ahijado
llevando la mano de Sergio hasta su miembro. Mire cómo me tiene.
Tranquilo hijo. Ahí anda mi compadre.
Pues lo despachamos a dormir y Usted y Yo nos
quedamos aquí solos.
No, no, no. Además yo te esperaba ayer. Ya lo tenía
todo planeado y me dejaste plantado.
No sea vengativo suegro. No pude llegar.
Pues si pero ahora no tengo ganas cabrón. Ni modo.
En ese momento decidí hacer ruido y Adolfo volvió a tomar el
taco, mientras mi compadre se iba a la barra a servir otra ronda de tragos.
Te toca padrino. A ver si es cierto que eres tan
bueno como dice su compadre, dijo Adolfo y colocó las bolas del juego en
posición.
Pues no soy tan bueno, pero más que él si, respondí.
Comenzamos a jugar y el juego se volvió una batalla. Ninguno
daba de si para ser vencido. No cabe duda, el muchacho era bueno, pero Yo no me
iba a dejar. Y aunque me distraía un poco ver su erección que no cedía y que
parecía que en cualquier momento reventaría sus shorts, me concentré y en el
último tiro le gané la partida.
Ya está muchacho, creo que te chingué.
No pues ni que padrino. Es Usted muy bueno dijo
Adolfo.
Vas compadre, dije volteando a la barra, solo para
darme cuenta que Sergio se había quedado dormido.
Adolfo soltó una carcajada y se acercó a Sergio para ver su
estado. Mi compadre se había quedado profundamente dormido sobre la barra y ni
cuenta nos dimos a que hora ocurrió. La partida había estado tan cerrada que
nunca lo volteamos a ver. El pobre había caído como un bendito
Puta, padrino. Ya se nos durmió la reta. Usted está
muy cansado o nos echamos otro partidito.
Ya estás. El que gane dos de tres, gana.
Se me está ocurriendo algo mejor padrino. Digo, ya
que el suegro se durmió lo podemos hacer más divertido ¿No?
¿Y como qué se te ocurre?
Que tal si el que gane le pone un castigo al otro.
¿Y como qué castigo m’hijo?
Pues ya veremos ¿Le entra?
Pues yo como la canción, no se me rajar.
El juego comenzó y por un muy mal tiro que tuve, mi ahijado
me ganó, aunque claro que le costó mucho trabajo. Iba a vender cara mi derrota.
Ni modo muchacho, perdí ¿Cuál es mi castigo?
Pues estaba pensando que tal se vería en calzones
padrino.
Me bajé los pantalones deportivos y me quedé en los bóxers
que siempre uso. De esos que parecen trusas con mangas pues son pegaditos.
Adolfo se me quedó viendo con una mirada de cachondez que hasta las chichis me
temblaron. Pero Yo no iba a dejar las cosas así. Si el jueguito era de prendas
iba hacer todo lo posible por encuerarlo rapidito. Así que seguimos jugando. La
segunda y la tercera partida la gané Yo dejándolo en una trusa blanca que me
pusieron cachondísimo. Todo su cuerpo era velludo y se le marcaba un pedazo de
carne entre las piernas que solo de verlo dolía de gusto. La tercera partida la
perdí y el muchacho quiso que me quitara los calzones, quedándome solo en la
playera. En cuanto me quité los calzones, la entrepierna de mi ahijado acusó de
una erección que ya no podía retener su trusa, de hecho la punta de la vega casi
se le salía por el resorte, pero seguimos el juego, solo que esta vez el
muchacho hacía todo lo posible por pasarme cerca y restregarse en mi culo a
discreción y luego me comía con los ojos cuando me tenía que agachar un poco más
para un tiro difícil. Adolfo estaba tan distraído con mi trasero que perdió la
partida y antes de que yo dijera nada amagó con quitarse la trusa seguro de que
ese sería el castigo.
Tranquilo hijo, se me está ocurriendo otro castigo,
así que deja eso en su lugar.
No pues perdí. Yo hago lo que Usted diga, dijo y
sonrió pícaramente mientras ponía su calzón en su lugar, pero dejando
esta vez la punta erecta de su verga al descubierto, mostrándome su
enorme tamaño. Yo solo tragué saliva.
Yo caminé a la barra con la verga completamente parada y
serví tequila en una copa. Metí mi miembro goteante en la misma y le dije que se
lo tenía que tomar mientras escurría. Adolfo se acercó, se arrodilló frente a
mí.
Que buen castigo padrino.
Abre la boca mi güey.
Luego se colocó y yo dirigí la punta en dirección a sus
labios sin meterla. Poco a poco fui escurriendo el tequila y el lo bebió como si
fuera un elixir hasta que se lo acabó. Y aunque moría de ganas porque me la
comiera en ese momento, se levantó y dijo que siguiéramos jugando. Esta vez el
distraído fui yo. No podía pensar en otra cosa que no fuera su verga, su boca,
su culo. Me lo quería coger ya. No aguantaba más. Perdí irremediablemente y me
tocó castigo. Ni modo.
Perdiste padrino y se me está ocurriendo que me vas a
tener que comer el culo dijo, mientras se acomodaba de frente al dormido
de mi compadre, dejándome ver su generoso trasero que se marcaba
delicioso bajo la trusa.
Me acerqué por detrás de él y le comencé a bajar el calzón.
Bajé poco a poco el elástico y tuve frente a mí y par de nalgas velludas que me
puso más caliente de lo que ya estaba.
¡Que buen culo tienes m’hijo!
Déjese de puterias y comience a mamar padrino.
Besé sus nalgas y le coloqué la lengua en el ano. Era un hoyo
peludito y grande que mi boca capturó de inmediato. Comencé a pasarme por su
raja, a besar sus nalgas y ha dar sendas chupadas en el culo mientras con mis
manos acariciaba sus piernas y sus huevos. Metía la lengua entre sus pliegues y
lo mordisqueaba suavemente mientras él tomaba mi cabeza y se la acercaba más.
Luego con sus propias manos se separaba los cachetes y dejaba a mi disposición
su hoyo. Yo aparté mi cabeza y escupí en su ano para lubricarlo perfectamente y
después de estar metiendo y sacando mi lengua acerqué uno de mis dedos a su
culo. Lo empecé a frotar y a tratar de entrar en su colita. Costó un poco de
trabajo que entrara uno de mis dedos porque Adolfo se apretaba, pero con un poco
más de presión entró y solo bufó. Mi dedo se fue lo más dentro que pude y empecé
a moverlo para que lo disfrutara. Adolfo movía sus caderas y las hacía para
atrás y adelante esperando que entrara más y más, acompañando sus movimientos de
un pujido que hacía que mi verga quisiera reventar. Por un instante acerqué otro
de mis dedos y lo quise dilatar más, pero Adolfo separó mi mano y se dio vuelta.
Ya estuvo del culo. Ahora quiero que se coma ésta,
dijo, agarrando su verga.
Lo que ví me dejó literalmente boquiabierto. ¡La verga de
Adolfo era enorme! Digo, ya me había hecho a la idea de que era grande, pero
teniéndola así, frente a mí en todo su esplendor, me atraganté. Solo había visto
porongas de ese tamaño en las películas porno. Ni en mis más morbosos sueños
había imaginado que alguien real tuviera un garrote tan desarrollado.
No se espante padrino, dijo sonriendo. Está muy
crecidita pero es bien juguetona.
Si no me espanto, solo me preocupo, respondí y
comencé a besarla.
Hablar de las dimensiones de mi ahijado sería muy
presuntuoso, solo puedo decir que la tomé con mis dos manos y apenas y la pude
agarrar. Era muy grande y gorda, rematando con una cabezota perfectamente
circuncidada que ya acusaba un escurrimiento de precum que se antojaba tragar.
Besé primero la puntita y la lamí, para luego recorrerla a besos. Era como para
reconocer el terreno. No sabía como me iba a caber todo eso en la boca pero me
armé de valor y abrí mi quijada lo más que pude para metérmela. Poco a poco la
introduje entre mis labios y me fui adaptando a su tamaño hasta que sentí como
ese hermoso ejemplar ocupaba toda mi boca y llegaba hasta mi garganta. Luego
empecé un mete y saca que hizo que Adolfo volteara los ojos. Me la empecé a
comer hasta atascármela toda y disfrutar de su cara de gusto. Luego me bajé a
los huevos que eran proporcionales a su reata y los empecé a lamer, a juguetear
con ellos mientras mis dedos volvían a la carga con su culo que ahora los
recibió con más facilidad.
¡Sigue padrino!¡No pares!¡Cómetela toda! Decía Adolfo
con la voz entrecortada. ¡Sigue!¡Agggggggghhhhhhh! y sin decir agua va
empezó a venirse en cantidades industriales llenando mi boca, cara y
cuello en cada descarga de su lechita muy blanca y espesa.
Yo recibí cada trallazo de semen y traté de capturar con la
boca todo lo que podía mientras me jalaba la verga. Mis mocos cayeron en sus
pies, mientras los suyos cayeron en mí.
¡Pinche padrino!¡Que rico te la comes! Dijo mientras
seguía agitando su enorme verga en mi cara.
Entonces tu dices si seguimos jugando para ver quien
pierde, respondí para luego empezar a limpiar su garrote con mi lengua.
¡No mi Cabrón!¡Tu ya perdiste! Dijo mientras me
levantaba por los brazos.
Me puso de pie frente a él y empezó a limpiar con sus labios
sus mocos de mi boca y cuello. Luego me quitó poco a poco la camisa y me besó
hasta casi dejarme sin respiración. Sus manos recorrieron mi espalda y se
estacionaron en mi trasero. Parecía que la erección nunca se le hubiera bajado
pues podía sentir su reata contra mi estómago. Empezó a acariciarme las nalgas y
a pasar sus dedos por mi raja, mientras yo lamía el sudor que corría por su
cuello. Se agachó un poco y me mordió suavemente una tetilla, luego la acarició
a la vez que mis manos se entretenían con su enorme garrote. Cuando sentí que
uno de sus dedos se acercó a mi culo, mi verga se volvió a parar. Sus manos eran
muy grandes como todo en él y cuando su dedo me tocó, sentí como empecé a
temblar. Me frotó con cuidado y empezó a hacer presión, pero no había suficiente
lubricación para que me entrara. Lo intentó un par de veces mientras me besaba y
acariciaba las tetas, pero al ver que no era posible acercó uno de sus dedos a
mi boca. Yo lo lamí como si fuera un dulce y me encargué de dejarlo bien
humedecido, finalmente ese dedo iría a parar en mi culo.
Adolfo levantó una de mis piernas y me acercó más a él.
Colocó el dedo que le había ensalivado en la entrada de hoyo y empezó a
presionar. Costó un poquito de trabajo, pero finalmente entró y Yo empecé a ver
estrellas. Con mucho cuidado me estuvo deseando hasta que ya entraba y salía con
mucha facilidad. Luego acercó otro de los dedos y me lo metió. Solo pujé
mientras sus dedos me trabajaban magistralmente el culo y su lengua se enrollaba
con la mía. Me metía y sacaba los dedos a la par que me hacía sentir su verga
cerca de la mía y me besaba.
Dese vuelta padrino, porque me voy a comer su culo y
su pistola, dijo y Yo obediente lo hice. Me recargué en la barra y abrí
las piernas.
Adolfo se arrodilló y me empezó a mamar el culo y a meter y
sacar los dedos. Luego pasaba su cabeza entre mis piernas y se metía mi verga en
la boca sin dejar de dedearme. Yo estaba lubricando tanto que parecía que me iba
a venir. Sentía sus lengüetazos en mi verga, en mis huevos, en la cola. Era
maravilloso y lo mejor todavía estaba por venir.
Se me hace que me lo voy a coger padrino, dijo y se
levantó por detrás de mí.
¡No la voy aguantar muchacho!¡Está muy grande!¡Me vas
a partir!
No cabroncito, no lo voy a partir. Le voy a dar la
mejor cogida de su vida, dijo y comenzó a besarme el cuello mientras me
frotaba su poronga por las nalgas.
Pero lo vas hacer con cuidado, dije sin mucha
convicción.
Lo voy a hacer como Yo quiera, pero le prometo que le
va a requetencantar.
Separó un poco más mis nalgas y con su propia saliva me
empezó a lubricar. Empezó a meter sus dedos y siguió besando mi espalda,
mientras me dilataba. Cuando consideró que era suficiente acercó la punta de su
garrote a mi culo y empezó a presionar. Yo estaba tan nervioso que no permitía
que entrara, pero me acarició las tetas y las piernas y presionó un poco más.
Cuando empezó a entrar sentí que me iba a desgarrar y me hice para adelante,
pero volvió al ataque y pasó la punta. Me dolió como no recuerdo que me haya
dolido nunca verga alguna y me quise rajar.
¡Sácala muchacho!¡No la aguanto!.
Tranquilo, le está doliendo, pero Luego le va a
gustar, dijo, y comenzó a meterla lentamente hasta que sentí su pelvis
contra mi espalda.
No sabía como pero había conseguido acomodármela completita
en el recto. Por un momento se quedó inmóvil y el dolor empezó a ceder.
Lentamente empezó a sacármela para luego volver a entrar. Y la fiesta comenzó.
Mi verga que se había bajado del dolor, nuevamente tomó su firmeza y yo mismo
comencé a mover mi cadera para acompasarme con sus movimientos. La enorme reata
que pensé que no iba a soportar ahora me estaba dando tanto placer que comencé a
gemir, lo cual lo calentó más aún. Me la metía y sacaba con tanta fuerza que Yo
prácticamente estaba de puntitas recibiendo sus embestidas. Entraba y salía y
besaba mi cuello y acariciaba mis tetas. Me agarraba por el hombro y me la
dejaba ir más adentro mientras yo gemía de placer.
¡Dale papito!¡Métemela!¡No pares!
¡Le gusta verdad!¡¿No que no le iba a caber?!¡Se la
está comiendo enterita!¡ Vamos padrino!¡Mueva su culito!¡Quiero que se
la atasque toda!
¡Dale mi rey!¡Que rico! ¡Agggggghhhhhhhhh!¡Dámela!
De pronto sentí que me la sacó por completo y me sentí vacío
me pidió que nos bajáramos al suelo y en cuatro patas me acomodó recargado sobre
una silla. Se puso detrás de mí y juntó un poco mis piernas y empezó de nuevo a
perforarme el culo. Como Yo ya estaba muy dilatado entró con más facilidad. Solo
sentí cuando con sus propias piernas terminó de juntar las mías y la sensación
fue mayor. Sentía como si una descarga de electricidad recorriera mi espalda con
cada vez que me la metía hasta el fondo. Era como si fuera la primera vez que me
metían la verga, estaba experimentando una serie de sensaciones que no había
tenido nunca cada vez que sentía rebotar sus huevos con los míos y me jalaba más
hacia él. Luego me tomó por el pecho y prácticamente me sentó en su enorme
verga.
Ven papi, quiero ver que caras haces cuando te la
meto, dijo y se levantó.
La ventaja de coger con un hombre tan alto es que te puede
maniobrar a placer, así que me colocó sobre la mesita del dominó y abrió mis
piernas. Se agachó y me lamió el culo que ya lo tenía muy abierto de tanta verga
que me había dado y enseguida me la metió. Sin prisa. Yo creo que volteé los
ojos al revés, porque para cuando volví a verlo tenía una mirada tan lasciva que
me volvió loco. Su verga entraba y salía de mi trasero casi en su totalidad y yo
movía mi cadera para que entrara lo más posible. Sentía rebotar sus enormes
huevos sobre mis nalgas y apretaba mi culo para hacer más placentera la
sensación. Mientras Adolfo me besaba profundamente, mordisqueaba mi cuello y me
atraía más hacia él. No podía aguantar más, mi cachondez ya era mucha. La
sensación de su pitote en mi trasero me tenía en el cielo y comencé a
masturbarme frenéticamente. Me la jalaba y él acariciaba mis tetillas, las
mordía. Hasta que no pude resistir y empecé a eyacular. Todo mi cuerpo temblaba
y soltaba una buena cantidad de mocos que fue a parar a mi pecho. Adolfo se
acercó y con su lengua los limpió, como saboreándolos. Luego tomó una de mis
piernas y me acomodó de lado sin sacármela. Me tomó por las piernas y la cadera
y así, acostado de lado como estaba, siguió bombeándome. No paraba ni un
instante. Yo solo sentía como la metía hasta el fondo y luego la volvía a sacar
casi toda. De pronto se detuvo, me la sacó y empezó a eyacular sobre mi cuerpo,
que ya estaba francamente desmadejado. Volvió a pasar la punta de su verga por
mi ano y luego recargo su frente sobre mi hombro. Yo me giré y busque su boca.
Nos besamos como queriéndonos comer.
Que buen culo tiene padrino. Es bien aguantador.
Que buena verga tienes muchacho. Me acabas de dar la
cogida de mi vida.
Y no será la última dijo y me ayudó a incorporar.
¡Pero claro que no! Yo no me pierdo de ese animalote
nunca más.
Nos vestimos y vimos al suegro durmiendo el sueño de los
justos en la barra y empezamos a reír. Rápidamente nos vestimos y decidimos
llevarlo a su cabaña. Eran cerca de las tres de la mañana y había que dormir..
Había sido uno de los días más maravillosos de mi vida.
Primero me había cogido al compadre y su espectacular trasero y luego me había
cenado al yerno sin chistar.