(Este relato es de contenido escatológico y está dirigido a
unos lectores muy concretos que buscan este tipo de narraciones, intentando
recrear sus posibles fantasías. De este modo, soy consciente de que puede dañar
la sensibilidad de algún otro lector. Por favor, de ser así, absténganse a
leerlo. Gracias)
Las cosas más insospechadas siempre ocurren entre buenos
amigos. Y en ese caso, mis amigos y yo habíamos decidido irnos durante 15 días a
la casa de la playa que tenían mis padres. El mes de julio era un mes perfecto
para disfrutar de las vacaciones, así que echamos las maletas en los dos coches,
subimos también a Bestia, el rottweiller de Fernando, nos montamos y nos
largamos para allá.
La casa era pequeña, la planta baja de un bungalow. Dos
habitaciones, dos patios (uno delantero y otro trasero), un baño, un salón y una
cocina. Los cinco que íbamos nos distribuimos en las habitaciones y el salón,
aunque luego seguramente acabáramos todos juntos durmiendo en el salón con los
colchones tirados por el suelo.
La historia que quiero contaros sucedió el primer día a las
pocas horas de llegar. Habíamos hecho pasta para comer y nos habíamos sentado en
la mesa del salón. Yo me llamo Enrique, tengo 22 años, soy moreno con el pelo
corto y de piel tostada. Estoy delgado y la verdad es que me considero un tío
atractivo. Apenas tengo unas cuantas briznas de vello negro, delgado y rizado
entre los pectorales y en el ombligo, aunque en el culo, en los muslos y en las
piernas tengo un montón.
Después estaba mi amigo Ángel, un tipo grandullón, rubio, con
cara de malo, gordote, con dos buenas tetas de grandes pezones y una imponente
tripa. Ángel es imberbe excepto por sus axilas.
También estaba Fernando, el cachas del grupo. Fernando te
daba una ostia y te arrancaba la cabeza. Parecía Vin Diesel, tremendamente
tocho, varonil, masculino. La ostia de tío. Con su cabeza rapada parecía una
mala bestia, como su perro, aunque Fernando era totalmente imberbe, cosa que le
diferenciaba de su rottweiller.
El tercero en discordia era Juan Carlos, otro tío grandote,
híbrido entre Fernando y Ángel, con algo de vello en el cuerpo, y aunque no
estaba ni gordo ni cachas tampoco estaba delgado. Era algo entre medias.
Por último estaba mi hermano mayor, Domingo, que para mí es
un amigo más. Domingo tiene un cuerpo parecido al mío, sólo que está más
desarrollado. Tiene 25 años, hace natación, así que imaginaos los pectorales, el
vientre, el culo y las piernas que tiene. Encima el cabrón, a pesar de nadar, no
se afeita, así que conserva una importante capa de vello que le recubre el torso
y las piernas. Tiene pinta de mafioso cabrón, algo que me encanta.
Pues estos eran mis acompañantes. Terminada la comida,
comenzamos a recoger los platos. Le tocaba fregar a mi hermano y a Fernando, el
cachas. Por mi parte, cogí el cepillo y la pasta de dientes y fui al baño con
intención de lavármelos. En ello estaba cuando Ángel aporreó la puerta y me
pidió pasar.
-Pasa, tío, que estoy lavándome los dientes –dije. Ángel
asomó la cabeza por la puerta.
-Enrique, macho, necesito pasar al baño –suplicó. Yo acababa
de meterme el cepillo de dientes en la boca y comenzaba a tener espuma en ella.
-Entra –hablé de mala forma, señalándole la taza del váter.
-No, tío, que estás tú –dijo.
-Joder, entra. ¿Te va a dar vergüenza a estas alturas mear
delante de mí? –le pregunté.
-Si es que no quiero mear. Si es que me estoy cagando
–señaló. Tanta sinceridad a bocajarro me hizo reír.
-Pasa, joder –le dije-, si a mí no me da asco –le tomé del
brazo y le obligué a pasar-. Además, yo acabo ya –expliqué, escupiendo espuma en
el lavabo.
Ángel iba sin camiseta, sólo con sus bermudas. No se mostraba
acomplejado a causa de su barriga de piel blanca e inmaculada de vello. Pasó
dentro del baño sin decir nada y todavía me miró dudoso. La puerta estaba
entrecerrada.
-Si no sales de ahí vas a morir asfixiado –bromeó Juan Carlos
asomándose a través del quicio de la puerta.
-Pues si ya se lo he dicho –recalcó Ángel-. Llevo cuatro días
sin cagar. Puede morir –rió. A mí también me hizo gracia.
-Vas a reventar las cañerías, tronco –bromeé.
-Joder, Angelito, déjanos que grabemos en vídeo como
descargas lo acumulado ahí dentro desde hace cuatro días. Tienes que soltar una
mierda de brontosaurio.
-Calla, cabrón –insultó éste a Juan Carlos-. ¿Qué me dais a
cambio? –sonrió Ángel con malicia.
-Nada –dije yo, terminando de enjuagarme la boca.
-¿En serio queréis grabarme jiñando? –preguntó Ángel para
asegurarse de las intenciones de Juan Carlos. Nosotros, divertidos, asentimos-.
Vale, entonces trae la cámara.
Al decir esto los tres empezamos a descojonarnos de la risa.
Juan Carlos desapareció en busca de la videocámara y escuché como avisaba a
Fernando y a mi hermano de lo que íbamos a hacer. Así que allí, en la puerta del
baño, aparecieron los tres. Juan Carlos con la videocámara en ristre.
-Cuando quieras –dijo Juan Carlos a Ángel.
-Joder, ahí los cuatro mirándome me intimidáis –se quejó éste
último.
-Será que no te hemos visto veces en pelotas –dijo mi
hermano.
-Sí, pero no cagando, cabrones. –Nos dio la espalda y como
haciendo un striptease se fue bajando poco a poco las bermudas, con baile
incluido. Admiramos su culo grande, blanco e imberbe. Para estar gordo lo tenía
redondito y nada desdeñable. Estaba potente. Después se giró riéndose y nos
mostró lo que le hacía tanta gracia-. Mirad, es que no puede ser… Soy un
exhibicionista porque se me pone dura cuando me miran.
En efecto, el buen nabazo de Ángel estaba semierecto y
apuntaba a seguir creciendo sin parar. He de decir que mis amigos, mi hermano y
yo teníamos unas pollas de tamaño bastante respetable, unos más largas, otros
más gruesas, pero de importantes calibres. Mi amigo más gordito dio unos pasos
hacia la taza del váter mientras su polla y sus pelotas se bamboleaban de forma
pesada.
-Joder, me va a estallar el culo –dijo-. Llevo cuatro días
sin cagar.
-Pues así no se te va a poder grabar bien –habló Fernando-.
Tienes que cagar en otro sitio.
-Sí, en tu cabeza –soltó mi hermano muerto de la risa.
-O en la tuya, ¿por qué no? –arremetió Fernando.
-A ti te faltan cojones para dejar que el Ángel te jiñe
encima –le provocó mi hermano.
-¡Qué gilipollas! Tengo más huevos que tú –se encaró el matón
de Fernando a mi hermano.
-Aquí hay carnaza –participó Juan Carlos, que con la
videocámara grababa a los dos gallitos de corral-. ¿Y por qué no vamos al salón
y que Ángel os cague encima a los dos? ¿Tenéis cojones para hacer eso?
Fernando y mi hermano se miraron, y después se giraron a
mirar a Ángel, que se encogió de hombros y sonrió con malicia.
-Yo cago donde me digáis, pero rápido que no me aguanto
–habló éste.
Dicho y hecho. No me lo podía creer. Los cinco salimos
disparados para el salón. Retiramos un poco las mesas y las sillas, mi hermano y
Fernando se deshicieron de los pantalones y se quedaron en pelotas, mostrándonos
sus curtidos cuerpos. Acto seguido se sentaron en el suelo el uno junto al otro
y se recostaron un poco hacia detrás. El ambiente estaba tenso, la verdad es que
la situación no era para menos, pero cualquier comentario nos hacía estallar en
carcajadas nerviosas.
-Venga –dio una palmada Ángel-, que os voy a poner finos.
¿Dónde lo hago?
Mi hermano y Fernando se miraron.
-En el pecho –respondió Fernando, que se pasó una mano por
sus abultados pectorales.
-Vale –dijo Ángel, que se agachó un poco y puso su culo en
pompa sobre el pecho de Fernando, aunque él se encontraba entre los dos-. Allá
voy –avisó a Juan Carlos, que captaba todo con la videocámara-. No me creo lo
que voy a hacer –se tapó Ángel la cara avergonzado, pero al instante se
concentró para cumplir su cometido. En un par de minutos que parecieron horas,
Ángel tuvo que cambiar su postura-. No me sale –dijo-. Tengo ganas pero no puedo
cagar haciendo esto –afirmó.
-Venga, Ángelito –le dio una palmadita Fernando en el culo-.
Relájate y sé un buen chico.
-Es que mira como la tengo, tío. ¡Es que estoy cachondo! –se
giró para mostrarle la polla totalmente dura a los dos que estaban sentados en
el suelo.
-Si, pues mirad la mía –señaló Juan Carlos a su paquete sin
dejar de filmar. Tiró hacia debajo de la goma de su bañador y liberó su gordo
rabazo de piel morena. Estaba duro como la piedra-. Estoy deseando que les
cagues encima. Me la pone como el acero.
-Eres un puto marica –escupió mi hermano, acariciándose
tímidamente su polla.
-Anda, cabrón, si a ti también te pone –le dio un codazo
Fernando. Las pollas de los cinco comenzaban a estar empalmadas ante la morbosa
situación en la que nos encontrábamos-. Venga, Ángelito, ven aquí y échame eso
que llevas ahí, que te vea bien el gilipollas de Domingo. Va a ver si tengo
cojones o no.
Esta vez, Fernando tomó a Ángel por la cintura y le obligó a
ponerse en cuclillas a un palmo de su pecho. Todos permanecimos en silencio y
vimos la cara de esfuerzo que ponía Ángel. Su esfínter pareció relajarse.
-Allá va, tíos –susurró placentero el rubio gordito, y luego
emitió un largo gemido de gusto-. ¡Aaaahhhhhhhhh, me cagoooo, coñooooo! ¡No
aguanto más, se me sale toda la mierda, cabrones!
Y nosotros podíamos verlo, pues un truño de un impresionante
calibre comenzó a salir de su hiperdilatado ojete, marrón, pesado, entrando
inmediatamente en contacto con el torso de Fernando, que echó su cabeza hacia
detrás y después volvió a fijar su vista en aquella masa que parecía no dejar de
salir del culo de Ángel.
-¡Joder, vaya mierda estás echando! ¡Qué caliente está!
–exclamó Fernando impresionado y excitado. Su imponente nabazo se había puesto
duro al instante, se llevó una mano hasta él y se lo peló con ganas durante unos
instantes.
Entonces Ángel apretó el culo y se puso en pie. Miró hacia
detrás y vio la gran mierda que le había echado a su amigo cachas en todo el
pecho
-¡Madre mía! –resopló el dueño de aquello.
-¡Cómo huele joder! –dijo Fernando, más cachondo que
asqueado-. ¡Estoy a mil! –nos informó, aunque por su forma de masturbarse no
hacia falta que nos lo aclarase.
-Venga, tío, ahora yo –participó mi hermano rápidamente, como
si tuviera envidia de Fernando. Mi hermano Domingo también se masturbaba viendo
el trozo de mierda que Ángel le había echado a nuestro amigo sobre su musculado
pecho. En realidad, a esas alturas, todos nos estrujábamos el rabo viendo el
espectáculo. Incluso el propio Ángel.
-Vamos –le dijo a mi hermano.
Ángel se puso de cuclillas repitiendo la acción una vez más.
Mi hermano le agarró por las caderas y, ahora con menos esfuerzo, el rubio
gordito comenzó a descargarle unos buenos zurullos largos y gordos como barras
de pan. Me dejaba perplejo como cosas de aquel diámetro pudieran salir de dentro
de Ángel.
-¡Siiiiiiiii! –decía mi hermano muerto de excitación.
Ángel decidió parar al ver que era buena cantidad también
para mi hermano. Se puso de pie y se apartó un poco para admirar lo que habían
hecho. Y allí estaban Fernando y Domingo, con las pollas duras, unos gigantescos
truños sobre el pecho y en pelotas. Ambos se miraron, estudiándose el uno al
otro.
-Estoy muy cachondo –le dijo mi hermano.
-Yo también, tío –le correspondió Fernando.
-¿Y ahora? –le preguntó Domingo.
-Quiero terminar de hacerme la paja.
-Sí, sí –dijo mi hermano apretándose la polla y
masturbándose.
-Extiéndemela, tío –le pidió Fernando a mi hermano, que le
miro interrogante para saber si estaba seguro de lo que iba a hacer-. Sí, venga.
Extiéndeme la mierda por todo el cuerpo.
Mi hermano ni se lo pensó. Con la mano abierta empuñó uno de
los zurullos más grandes, lo estrujó y lo restregó por los abdominales
marcadísimos de Fernando, que gimió de gozo.
-¡Qué olor, joder! –exclamó éste, que excitadísimo ayudó a mi
hermano a restregarse la mierda por todo el torso, quedando manchado y marrón
desde las inglés hasta el cuello.
-Yo me sigo cagando –masculló Ángel en tono de súplica.
Nuestro amigo quería acabar de hacer sus necesidades.
-Entonces ven aquí –sonrió Juan Carlos. Rápidamente se sentó
en el sofá, se bajó los pantalones hasta las rodillas y sin dejar de grabar le
señaló a Ángel su polla tiesa de 17 cm largo y 5 de diámetro.
-¿Quieres que cague ahí, sobre tu polla? –preguntó Ángel
incrédulo. Juan Carlos asintió. Así que el gordito se subió al sofá, se puso de
cuclillas y empezó a apretar, dispuesto a darle a su amigo lo que deseaba.
-Me cago, Juancar… -gimoteó, y una masa esta vez menos
compacta, comenzó a chorrear de su culo. Era una masa que poco a poco se iba
haciendo más líquida y de olor más fuerte que embadurno completamente el cipotón
y los cojones de Juan Carlos.
-Siii, me encanta –dijo éste, que se agarró el rabo y se
masturbó, llenando su mano de mierda y enmierdando todo su cimbel-. Ven, cabrón
–dijo tomando de la cintura a Ángel, que en ese momento había parado de jiñar,
acalorado y sudoroso-. Toma esto –dijo. Y sin más apretó con su capullazo en el
ojete del rubio.
Ángel abrió los ojos como platos al notar como Juan Carlos,
sin apenas hacer fuerza, le invadía el orto con su gigantesco nabo, sintiendo
como su propia mierda ejercía de perfecto lubricante. Nunca antes había sido
penetrado pero el paradójico placer que le provocaba el dolor de la penetración
le hacía morirse de gusto.
-¡Jodeeeeerrrr! –chilló Ángel-. ¡Qué pollón, me cago en todo!
¡Me desgarras! –se agitó al saber que no iba a poder tragar toda aquella carne
que Juan Carlos le entregaba. Pero no hizo por retirarse, sino que apretó el
doble de fuerte para morir empalado en el venoso y descomunal miembro de uno de
sus mejores amigos, dispuesto a que le abriera en canal.