Primera experiencia en un restaurante
El nombre del restaurante me es conocido, pero nunca he
estado en él. En la puerta hay un aparcacoches con uniforme, un uniforme de esos
que le hacen a uno más grande de lo que es en realidad. Después de que Álvaro le
dé las llaves, entramos. En el vestíbulo, la mujer del guardarropa nos da las
buenas noches y nos sonríe. Un maître nos recibe y nos conduce a un pequeño
comedor con apenas seis mesas repartidas en dos niveles.
Me siento incomoda; la ropa que llevo puesta no es propia
para un lugar de esa categoría. Desde fuera no se puede ver el interior; los
grandes ventanales del comedor que dan a la calle están ocultos bajo una vasta y
gruesa cortina de color turquesa.
Observo al hombre grueso que hay sentado en una mesa cercana.
Fuma puro con aire solemne. Le acompaña una chica mucho más joven que él, con el
pelo largo y liso, de color castaño. Es francamente atractiva. El hombre me mira
de vez en cuando, y eso me incomoda.
Se acerca el camarero y nos ofrece la carta.
Mientras ojeo los primeros platos, siento su pie desnudo
entre mis piernas. No hace falta que me diga nada, en cuanto noto el roce sobre
mi muslo separo las piernas. Su pie avanza hasta que mi sexo lo detiene. Su dedo
gordo se cuela entre mis bragas y me presiona el clítoris, lo acaricia mientras
que, con el resto de los dedos, va rozando los pliegues que forman mi vagina.
Por un rato desvío la atención de la carta y la centro en los placeres que me
provoca ser masturbada en un lugar público, junto a personas que no conozco y
que ignoran lo que está ocurriendo bajo la mesa. Tengo la sensación de que me
observan, sobretodo el hombre grueso que hay sentado cerca de nosotros, auque no
tengo valor para comprobarlo. Procuro ocultar mi excitación tras la carta. El
dedo gordo desciende y comienza a jugar con la entrada de mi sexo. A medida que
va despertando mis jugos vaginales, me va separando las carnes y abriéndose paso
entre ellas.
-Pedirás por mí- me dice -. De primero una ensalada de queso
marinado, y de segundo... lubina al horno.
La excitación me impide pensar con claridad. Aún no he
decidido que pedir para mí. Echo una ojeada rápida, intentando estabilizar mis
sentidos, y me decido por algo ligero: otra ensalada y colas de rape a la
plancha. Siempre me ha gustado mucho las colas de rape.
El camarero no tarda en llegar. Intento olvidarme del pie que
me penetra, y con el mayor temple posible voy nombrando los platos uno a uno.
Mientras hablo, su pie me presiona y se introduce más aún dentro de mí. Mis
palabras se cortan. Tomo aire y trago saliva, después continuo hablando hasta
que acabo de nombrar todos los platos. El pie continua dentro de mí. Cuando el
camarero se aleja, mi mirada se cruza durante unos segundos con la del hombre
grueso. Tiene la cara ancha y los ojos verdes, y su pelo, ralo, casi ausente, es
ya canoso.
Más allá, tres hombres trajeados parecen hablar de negocios,
y junto a los enormes ventanales, una pareja se susurran cosas al oído; ella me
mira de soslayo y se tapa la boca. En la mesa de al lado un señor cena solo,
como lo debe estar haciendo mi marido en este preciso instante.
El camarero nos deja los primero platos y se aleja.
-Cierra las piernas- me indica.
Presiono su pierna entre mis muslos. El pie se retira de mi
interior, restregándolo por mis muslos e impregnándolos con mis jugos.
Comenzamos a comer...
-Mañana te despedirás de tu trabajo.
No sé si habla en serio o en broma, lo cual me desconcierta.
Le contesto con una sonrisa:
-No puedo hacer eso, necesito trabajar... tengo...
-Trabajarás para mí en la oficina, como contable. Julia –mi
secretaria- te llamará, te informará de todo y te pondrá al día.
Trabajar para él implicaría estar a su disposición siempre
que quisiera. Yo quería vivir algo nuevo, salir de la rutina, saciar esa
curiosidad que sentía por la dominación, el dolor y el placer, la humillación,
lo prohibido, y después romper con ello y pasar página; pero ahora que ya lo he
experimentado, quiero más, necesito más. No debo aceptarlo, no puedo aceptarlo,
todo está yendo demasiado lejos, debo frenarlo aquí.
No digo nada y dejo que pase el tiempo. Llegan los segundos
platos, otra botella de vino y después el postre. No estoy acostumbrada a beber
y, aunque apenas he bebido, estoy algo mareada.
Álvaro pide un par de licores con hielo; se bebe el suyo
lentamente pero de un trago y me pide que me acabe el mío. Lo hago en dos veces.
-Coge los dos cubitos de hielo de tu vaso y los dos del mío,
guárdalos en el bolso y ve a los servicios. Cuando salgas del comedor, un
camarero te acompañará a la puerta –siempre lo hacen-, entras y te quitas las
bragas; después te introduces dos cubitos de hielo por detrás, en el culo, y
tras ellos te metes las bragas, dejando asomar una punta. Los otros dos cubitos
te los meterás por delante. Después vuelves. Ve ya.
No lo pienso dos veces y guardo los cubitos en el bolso. Miro
de reojo a los demás comensales. Nadie me observa. Me levanto y me doy cuenta de
que el vino y el licor me han sentado peor de lo que creía estando sentada. Me
cuesta estabilizar los pasos y centrar la mirada. Salgo del comedor y se me
acerca un camarero.
-¿Los servicios?- pregunto.
-Sí, por aquí...
Le sigo por un pasillo enmoquetado hasta la puerta de los
servicios. El joven camarero me abre la puerta y me cede el paso. La chica que
susurraba a su acompañante en la mesa de la ventana se encuentra dentro y se
mira en el espejo mientras cierra su bolso. No le presto atención y me meto en
uno de los retretes. Me saco las bragas por debajo del vestido, abro el bolso y
saco un cubito de hielo. Comienza a derretirse, así que lo coloco en la entrada
de mi ano y lo presiono para adentro. Al principio me cuesta introducirlo, pero
de golpe, mi culo lo absorbe y lo deposita en mis entrañas. Noto un dolor agudo,
una fuerte presión, me quema dentro de mí y tengo ganas de sacarlo, pero no lo
hago, y rápidamente introduzco el otro. Hago esfuerzos por mantenerlos dentro de
mí, para no expulsarlos y dejar de sentir esa sensación tan incómoda. Agarro la
punta de las bragas y con el dedo las voy introduciendo por el mismo recorrido
que han seguido los cubitos. El frío ha insensibilizado las paredes de mi ano, y
prácticamente no siento la rozadura de las bragas. Las meto hasta dejar la punta
por la parte de fuera. La sensación es terriblemente desagradable. Temo no
aguantarlo y salir sin obedecer a Álvaro. Cierro los ojos y tomo aire. Hago un
esfuerzo y cojo los otros dos cubitos, algo derretidos ya, y me los meto por
delante. Me levanto, me bajo el vestido y salgo hacia el pasillo. Una gota
comienza a descender por el muslo. Cierro las piernas para impedir que llegue
más bajo, pero estoy más mareada de lo que estaba antes de entrar a los
servicios, y pienso que voy a perder el equilibrio y caer al suelo. Si cayera se
me vería... mejor no pensar en ello.
Cuando entro al comedor, siento que todo el mundo me observa.
Si no fuera por el alcohol, querría morirme. Regreso a la mesa con fuertes
pinchazos en mi interior y me siento. Álvaro permanece estático en su silla, no
dice nada, tan solo me mira con esos ojos azules que parecen saberlo todo. Noto
como el agua derretida sale de mi sexo y se filtra por la tela de la silla. Su
pie vuelve a meterse entre mis piernas y se hunde en mi vagina encharcada.
También noto las bragas haciendo de tapón en mi culo, y aunque el dolor del frío
en mis entrañas ha desaparecido, estas me incomodan tanto o más que los cubitos.
Cuando salgamos del restaurante iremos para su casa, o al
menos eso pienso yo, y allí me usará y me follará como le plazca. Esa idea me
turba, me trastorna, me excita más que otra cosa en el mundo.
Cuando acabamos la cena me acerca a mi casa y me deja.