Evolución. La supervivencia
del más fuerte… Mejora, adaptación, superación… Evolución. ¿Por qué hemos de
aceptar que la evolución es buena? ¿Quién lo dice? ¿Charles Darwin? También dijo
que los indios ona no eran humanos y que, por lo tanto, podían ser cazados como
animales. Así empezó uno de los mayores genocidios de la Historia. La ideología
nazi se basaba en las teorías evolucionistas de Darwin. Así empezó otro de los
mayores genocidios de la Historia. ¿Es la evolución sinónimo de exterminio? ¿Si
una mejora conlleva el bien, por qué la evolución del ser humano ha traído tanto
mal? ¿Por qué, entonces, aceptamos que la evolución del ser humano es la
correcta? ¿Tanto nos asusta pensar que el hombre se debilita gradualmente?
***
La luz del laboratorio
inunda todo de blanco. Batas blancas, mesas blancas, paredes blancas, ratones
blancos en jaulas blancas… Todo blanco. Meto la mano en la jaula de los
roedores, siento su suave pelaje acariciarme los dedos mientras corretean de un
lado a otro. En un rincón, ajeno del grupo del que fue expulsado por su
debilidad, el sujeto del primer experimento come alguna migaja, lo que el resto
le permite. Agarro al ratón y lo saco de la jaula sin que el resto de ratones
siquiera lo note.
El pequeño animalito blanco
corretea por la mesa creyéndose libre, husmea el aire y me mira a los ojos. Su
mirada es un ramalazo de indefensión y desamparo. Casi parece que me pide que no
le haga daño cuando mi mano lo rodea y lo eleva a pocos centímetros de mi cara.
- Tranquilo, amigo… sólo voy
a darte lo que quieres…
La aguja de la jeringuilla
se clava en su pequeñísimo cuerpo. El chillido que despide se me clava en los
oídos. “tranquilo, pequeño, tranquilo”… digo mientras deposito su cuerpecito
dormido en la mesa y dispongo lo necesario.
Electrodos conectados a la
unidad informática del laboratorio, la pequeña jeringa con el ADN del sujeto,
ligeramente alterado… Todo está preparado. Acerco la jeringa y su aguja
resplandece con un brillo macabro. Lentamente, va hundiéndose en el vientrecillo
del roedor. Aprieto y el mejunje hecho a partir del ADN del sujeto va
desapareciendo en su interior. El cuerpo del ratón se contrae involuntariamente
merced a las descargas eléctricas que, espero, reaccionen con el catalizador del
combinado de ADN para ayudar a la asimilación. MI experimento está en marcha.
- ¿Doctor Herranz? ¿Está
usted aquí?
¡Mierda! ¿Qué hace esta tan
pronto por aquí?
Abro el cajón con rapidez y
la jeringa trastabilla hasta caer en el fondo del mismo. La jaula queda lejos de
la mesa, así que cojo al ratón, le despojo de los electrodos y lo deposito al
lado de la jeringuilla. Cierro el cajón.
- ¡Estoy aquí, Vanessa!
La joven universitaria se
acerca con su paso de botas grandes, tan poco femenino, al tiempo que yo salgo
del pequeño laboratorio que ocupa la tercera parte de mi casa.
- ¿No has venido un poco
pronto?- le digo, cerrando la puerta tras de mí.
- No aguantaba más la clase
del “Fulgen”…
“El Fulgen”. Fulgencio
Corbalán. Profesor de física molecular en la universidad y ex-compañero mío de
carrera.
- Pues “El Fulgen”- le digo-
Es un científico muy brillante y que quizá te podría ayudar en tus estudios más
aún que yo mismo.
- “El Fulgen” es un viejales
aburrido que, cuando está a solas con una alumna no deja de mirarle el escote y
dios sabe qué más. Por otra parte, usted es uno de los científicos más
brillantes del país, y no me folla con la mirada como su amigo.
¡Joder con la niña! Por un
instante, siento la tentación de mirarle yo mismo el escote para ver qué tan
prodigiosas son esas tetas que Corbalán gusta tanto de mirar, pero al final me
retraigo. No sería propio de mí andarle mirando el escote a una universitaria.
- Veo que lo tienes claro.-
Contesto, mirándola fijamente a los ojos.- Lo que no me ha gustado es eso de
“viejales”. Que los dos tenemos la misma edad…- continúo, soltando una sonrisa
que la contagia.
- ¡Pero usted lo lleva muy
bien!- Responde ella, rápida y cándidamente.
- Bueno, ¿Y qué has traído
hoy para repasar?
- Microbiología.- Dice, con
una expresión que denota lo mal que lleva la asignatura.
- Bien. Siéntate a la mesa y
vamos a ver qué puedo hacer contigo para que los conceptos te entren en esa
cabecita tuya.- Le digo, dándole toquecitos con el índice en la frente, a lo que
ella responde cerrando los ojos, frunciendo el ceño, sonridendo y empujando con
la cabeza, con gesto de niña traviesa.
Mientras se aleja hacia la
mesa del comedor, no puedo evitar fijarme en su esbelta figura. 22 añazos de
curvas acentuadas por los vaqueros y su camiseta negra ajustada. Melena rubia
hasta la cintura… Es una belleza en todo sentido. Además, están esos ojos
verdes, esos ojazos verdes… “Marcos, olvídate. Tú a lo tuyo”, me digo al tiempo
que sacudo la cabeza para deshacerme de la imagen de Vanessa y centrarme en sus
estudios de microbiología.
***
Dos largas horas horas paso
explicándole a Vanessa los entresijos de los retrovirus. Cuando al fin se va,
siento la cabeza como un bombo. La muchacha no dejaba de hacerme preguntas para
las que creía (sólo creía) tener la respuesta, y muchas veces tuve que recurrir
yo mismo al libro de texto para explicarle un par de cosas que se quedaban en el
tintero.
Tras aclararme un poco la
cabeza, enfilo de nuevo hacia el laboratorio, pero alguien me interrumpe
llamando a la puerta. Maldigo en voz baja y vuelvo sobre mis pasos.
- ¿Qué se te ha olvidado
Vane…?- la frase se me queda colgada en los labios cuando ante mí aparece no
Vanessa, sino María Durá, mi casera, y la mujer más hermosa que haya visto esta
mierda de planeta en el que nos toca vivir.
- Ma-María… ¿Q-Qué haces
aquí?- pregunto, con la torpeza grabada a fuego en mis labios.
- Marcos, tengo que hablar
contigo. ¿Puedo pasar?
***
- ¿Cómo?- La sorpresa deja
paso a un rastrojo de ira.- ¡No puedes hacerme esto!
- Marcos, llevas dos meses
sin pagar el alquiler.- ¡Já! ¡Como si no lo supiera! Me he gastado absolutamente
todo en sacar adelente mi experimento.- Y he hablado con unos muchachos que
estarían dispuestos a pagar el doble de lo que tú pagas.
Dinero. Puto dinero. Desde
que la farmacéutica quebró (cosa de la que me alegré en su día, aunque luego
llegara el arrepentimiento), mi único sustento ha sido el dinero que me pagan
los padres de Vanessa por conseguir que la niña pasara de curso. Y ahora, por el
puto dinero, no iba a conseguir llevar a buen puerto mi experimento. Necesitaba
más tiempo. Mucho más tiempo.
- Dame una semana.- ruego,
aún a sabiendas de que no es tiempo suficiente.
- Tienes cinco días, Marcos.
Si no has pagado lo que debes para entonces, puedes recoger tus cosas.
- Está bien.
María se marcha con ese
meneo de caderas tan femenino y yo me derrumbo en el sofá. Cinco días. No hay
tiempo. No hay tiempo, a no ser…
Me levanto disparado y abro
la puerta del laboratorio que he montado durante el último mes. Rebusco en la
nevera una probeta especial. La encuentro. Hinco en su tapón la aguja de una
jeringuilla y poco a poco voy absorbiendo el brebaje. Cuando saco la
jeringuilla, en la aguja titila una gota de siniestro tono rojizo.
***
A la mierda. No hay tiempo.
Se acabó el pasar por los pasos normales. Nada de pasar de experimentar con
ratones a un mamífero más grande, para luego usar cerdos y primates como puente
entre la idea y el resultado. Se acabaron las medias tintas. Yo seré mi
experimento.
Es el último paso. No sé en
qué pensaba cuando lo hice, pero ahora sé que es mi única salida. Me coloco yo
mismo los electrodos y pongo la potencia al máximo. Agarro la jeringuilla, anudo
una cinta elástica a mi brazo y busco una vena. Pincho. La aguja se interna en
mi cuerpo y mi ADN modificado hace lo propio en mi torrente sanguíneo. Latigazos
de electricidad me recorren el cerebro. Mis miembros se sacuden
espasmódicamente. Me arde el brazo. No pensé que doliese tanto. Siento lenguas
de lava mezclarse con mi sangre y quemarme desde dentro. Duele mucho. Caigo de
rodillas al suelo, intento no gritar pero es imposible, el dolor es más fuerte
que yo. Siempre más fuerte que yo. El grito sale de mis pulmones y es a la vez
animal y humano, bestia herida y ronca. Luego… me desmayo.
***
Son las dos de la mañana
cuando me despierto. Sigo tumbado en el suelo. Me duele la cabeza, pero pese a
eso, no noto ningún cambio. Quizá esto estaba destinado al fracaso. Si hubiera
podido investigar más con el ratón… ¡El ratón!. Aún debe estar en el cajón.
Rápidamente, voy hacia él. Lo abro y, efectivamente, allí, en medio del suelo
del cajón, está el roedor blanco. Lo agarro con una mano mientras con la otra
abro la jaula para devolverlo con sus compañeros.
- ¡HIJO DE PUTA!- se podría
decir que casi he tirado al ratón al interior de la jaula. Me miro la mano, el
cabrón me ha dado un buen mordisco. Menos mal que sé que no tiene la rabia. De
todas formas, me dan ganas de estrangularlo. Morderme… ¡A mí!. Maldito hijo de
perra.
***
La luz de mi apartamento me
saluda, otra vez, sucia y amarilla, cuando entro desde la puerta que la conecta
al blanco nuclear del laboratorio. Doy dos pasos y enseguida me tropiezo con una
de las sillas cargadas de ropa que tengo desperdigadas por mi casa. Mi
apartamento es un soberano desastre.
- Mierda- susurro,
agarrándome la espinilla.
Voy primero a la diminuta
cocina y, tras desistir de hacerme algo de cena (no me cabría nada en el
estómago agarrotado por los nervios), entro en mi habitación y empiezo a
rebuscar en los cajones. Debe estar en algún sitio, eso seguro. Busco por aquí y
por allá y, al final, debajo de un tomo sobre moléculas sub-atómicas, encuentro
lo que andaba buscando.
“La libreta”. La misma y
vieja libreta donde empecé a esbozar mi teoría sobre la manipulación genética.
La abro y en la primera página redescubro los garabatos iniciales. Por todos
sitios, la misma palabra en la misma tinta roja: EVOLUCIÓN.
Allí he puesto todos mis
avances. La modificación del ADN del ratón junto con los de un antepasado suyo
de ya no me acuerdo que época de la prehistoria… La recogida de una muestra de
ADN de hombre de las cavernas gracias a mis contactos con el instituto de
Historia Natural… Y ahora, el último paso: El experimento en seres humanos.
Coloco la grabadora al lado de la libreta, para cuando me haga falta, y me
marcho a dormir. Extrañamente, aún me siento cansado.
***
Cinta nº1, Grabación nº8:
El ratón, primero objeto de
experimento, ya está completamente integrado en el grupo. Podría decir que
incluso se ha convertido en el macho dominante.
Sin embargo, por mi parte,
han pasado los tres días del fin de semana y no noto ningún efecto. Puede que
sea por que mi metabolismo es mucho más lento para asimilar el experimento o la
diferencia estriba en el par de horas de diferencia con las que formamos parte
del experimento el bicho y yo. Quizá el aumento de un 5% de la masa corporal
responde a que hace días que no como en condiciones, más preocupado en el
experimento que en cualquier otra cosa. Me ronda por la cabeza la idea de que
todo esto haya sido un fracaso y que mi cuerpo no haya asimilado el ADN, pero me
resisto a creerlo. Necesito un poco más de tiempo. Me voy a dormir, necesito
descansar un rato.
***
Hoy es lunes. A la hora de
siempre, Vanessa toca a mi puerta para que yo abra y comencemos la clase. Hoy
está especialmente preciosa, no sé por qué, pero tiene un brillo de alegría que
la hace áun más resultona. Me atrevería a decir que esta noche ha follado, y de
lo lindo.
- ¡Hola, señor Cabrera!
- ¿Pero qué trato es ése?-
respondo con una sonrisa.- ¿Tan viejo me ves? Anda, llámame Marcos.
- Está bien.- responde ella
alzando los hombros con inocencia.
- ¿Hoy qué has traído para
estudiar?
- Bah, fitopatología. Pero
está mamao’.- “Qué otras cosas habrás dejado tú bien “mama’s”. Pienso, con una
sonrisa perversa.
Ella se sienta a la mesa de
siempre mientras yo me coloco detrás de ella. El “Fulgen” tiene más razón que un
santo. Las tetas de Vanessa son punto y a parte en la gama de escotes
universitarios. “¿Pero qué haces, Marcos, mirándole las tetas a la chiquilla?”,
clama la vocecita de mi interior. Es verdad. Podría ser mi hija. Me concentro en
intentar darle la clase, pero ella parece muy capaz en esta asignatura en
concreto y yo no puedo evitar mirarle el escote. En un momento dado parece que
ella se da cuenta, por que gruñe y se coloca la camiseta de tal forma que lo
tapa. Se lo agradezco. No sé qué me está pasando, pero si hubiera seguido
mirando los pechos de Vanessa no hubiera sabido responder.
Cuando se marcha la noto más
distante que de costumbre. “Bienvenida al mundo de los vivos” pienso para mis
adentros, mientras la miro atravesar la puerta. “Todos los hombres son iguales.
Sin excepciones”.
***
Cinta nº1 grabación nº10:
Los resultados
del experimento por fin se hacen notar en mi cuerpo. He notado un aumento de la
vellosidad, sobre todo en la cara. La barba me crece más rápido y, aunque me
afeite al levantarme, por la tarde ya tengo una sombra oscura coloreándome el
rostro. Además, mis facciones se están volviendo más varoniles. Mi masa corporal
ha aumentado bruscamente y también he descubierto que he dejado de necesitar
gafas. Mis propios ojos se han corregido por sí solos y he desterrado las lentes
al cajón de la cómoda. Cada vez me siento más poderoso, más como aquél que
siempre quise ser pero que la timidez me impedía. Temo, sin embargo, por ir más
allá. El ratón con el ADN modificado se está volviendo más violento a cada rato
que pasa. Cada vez es más posesivo con respecto a las hembras y la comida.
Espero poder controlarme. Quizá todo esto haya sido un error.
***
Alguien toca a la puerta. Me
levanto de un salto y abro. De nuevo, la escultural figura de María se presenta
ante mí como agua de mayo.
- ¿Marcos?
- Dime.
- Mañana acaba el plazo.
¿Tienes el dinero?- Dinero. Puto dinero.
- Sí… emmmm… he pensado que
podríamos discutirlo esta noche mientras te invito a cenar.- La frase fluye de
mis pulmones con una convicción que desconocía en mí.
***
La cena es corta. El
restaurante pronto se nos queda pequeño y María dice de ir a su casa. “¿A la
tuya o a la mía?”. Digo yo. “Al fin y al cabo, las dos son tuyas”. Sonrío.
Entramos en su casa tras el cuarto o quinto beso. Ya no recuerdo la última vez
que besé a una mujer. Quizá en la facultad, o en la farmacéutica, con aquella
secretaria que… No, fue en la facultad.
Sin embargo, cuando mi
lengua bucea en su boca, soy todo un experto. Se enredan, su lengua y la mía,
mojadas, lúbricas, insaciables. No la deposito, la lanzo directamente sobre la
cama y la despojo de ropas en un santiamén.
- ¡Marcos!- Su sorpresa se
acrecenta cuando me desnudo. Se marcan músculos donde antes sólo había carne
fofa. “Mírame” grito mentalmente. “¡SOY EL HOMBRE!”.
Me abalanzo sobre sus
piernas. Lamo los muslos, y mi nariz se inunda de su olor a hembra dispuesta.
Sabroso olor que me adelanto a tomar con mi boca.
Lamo, chupo, muerdo,
succiono. Clítoris, dedos, labios de boca y labios de sexo, ni el ojo más
avezado podría identificar dónde acaba uno y empieza otro. Mi índice y mi
corazón se internan en su sexo mientras mis labios presionan y masturban su
clítoris. Gime. El gemido es idioma universal, significa lo mismo en todo el
mundo, en todas las épocas. Placer. Subo por su cuerpo a besos mientras sigo
masturbándola con tres dedos, toda vez que mi anular se suma a sus dos
compañeros. Mi lengua se anuda a su pezón derecho y el suspiro que suelta
pregona la cercanía de un grito que tarda un par de segundos. A partir de ahí,
todo enloquece. Mi mano que se hunde cada vez más profunda, la suya que me
agarra la verga, nuestras dos bocas que se vuelven a entrelazar. El chillido de
agónico placer que apaga en mis labios, corriéndose con un orgasmo que la sacude
de arriba abajo.
Mientras se
recupera los besos sensuales se multiplican. La penetro. Gime de nuevo, esta vez
con todo el aire que cabe en sus pulmones. Le amaso las tetas. La cojo de la
cintura. Giro, haciéndola rodar conmigo. Ahora está arriba, pero mis manos no la
sueltan. Arriba, abajo. Con fuerza la llevo a mi compás. Mi pene entra y sale de
su coño, brillante de sus fluidos. Se agarra del pelo, de los pechos, se tapa la
cara. Blasfema, grita, gime, folla como una leona. La siento estremecerse cuando
mi mano vuelve a tocar su clítoris. Se tumba sobre mí y mueve las caderas
buscando un segundo orgasmo que aparece con ganas. Mis manos se apoderan de sus
nalgas y las manejan, arriba y abajo, abajo y arriba, al ritmo de sus caderas.
Sus brazos me
rodean la cabeza, se cuelan bajo mi cuerpo para tocar todo lo que se pueda.
Huele a sudor y a sexo. A sudor de hembra en celo que fornica. La melena negra
es ahora un matojo despeinado de pasión. Los gemidos se suceden. “Más, más,
más”. Me dice. Más, más, más, le doy. Cambia de postura, me da la espalda y su
vista se fija en el espejo que hay enfrente nuestro. Mira cómo mi polla entra y
sale de ella, cómo desaparece en su interior para volver a aparecer al instante,
goteando sus flujos. Mi mano derecha busca uno de sus enormes pechos. La
izquierda se apodera de su clítoris. No puede evitar gritar. Grita todo lo que
se le ocurre, todo lo más sucio y lascivo que cabe en su boca decorada con
carmín embarrado por nuestros besos.
La veo, ahora
yo, en el espejo y no la reconozco. Esa mujer, desnuda, sudorosa, de piel
marfileña y sexo hambriento no es la misma recatada María que me pide
católicamente el alquiler cada mes. Esa mujer, que se mueve como una puta
experta sobre la polla de un servidor, que le grita obscenidades no sé si a mí o
al espejo, no puede ser ella. Pero lo es. Ella es la mujer que me estoy
follando.
El semen se
agolpa, en torrente blanco, ansioso por salir de mi cuerpo e inundarla. Pero me
espero, con esfuerzo sobrehumano, a que ella vuelva a correrse, gritando y
maldiciendo como loca, presa de un orgasmo que se potencia cuando siente mi
semen arder en su interior. Su grito se escucha en todo el piso y camufla el
berrido animalesco que yo profiero.
Cae agotada a
mi lado. Su cuerpo aún se estremece. Está sudando tanto como yo.
- Ha sido…
Maravilloso.- la beso y comienzo a vestirme. No quisiera que ninguno de sus
vecinos me vieran salir de su casa por la mañana y se hicieran ideas malas.
Acertadas, pero malas para la reputación de la señora Durá.
- Volveré…-
le susurro, despidiéndome con un beso en los labios que se alarga cuanto yo
quiero.
- Marcos.- me
dice, aún desnuda y temblorosa, antes de que yo llegue a la puerta.
- ¿Sí?
- Lo del
alquiler… Olvídalo.- responde con una sonrisa perversa.
***
Cinta nº2
Grabación nº 1:
Es martes
por la mañana. Los cambios fisiológicos cada vez se hacen más notorios. La
fisonomía de la cara me está cambiando lentamente y podría decir que está
involucionando. La mandíbula es cada vez más prominente, al tiempo que parece
que mi cráneo empequeñece paulatinamente. Noto también una agudización de mis
sentidos. Veo y oigo cosas que están más lejos. Caminando por la calle, me he
encontrado con la agradable sorpresa de despertar miradas bastante claras de
parte de las mujeres. Creo que he despertado algúna glándula que segrega
feromonas en grandes cantidades. No sé cómo estará el ratón. No me he atrevido a
entrar en el laboratorio. Temo ver en ese mísero roedor mi futuro cercano.
***
El martes por la tarde,
Vanessa vuelve a mi piso para seguir con las clases. Son las seis cuando entra a
mi casa, con un andar decidido y casi furioso.
- ¿Hoy que vamos a
estudiar?- pregunto.
- No sé… Física molecular,
por ejemplo.- responde, secamente.
- ¿Qué te pasa hoy, Vanessa?
Estás muy seria.
- ¡Nada!- me grita.- Quiero
decir… nada en lo que pueda ayudarme.
Casi sin querer, la vista se
me va hacia su cuello. El colgante que llevaba ayer ha desaparecido.
- Te has peleado con el
idiota de tu novio, ¿Verdad?- le digo.
- Sí… pero aquí no estamos
para eso… ¡Estamos para estudiar la mierda esta!- grita, antes de lanzar el
libro sobre la mesa.
- Tranquila.- Le susurro
mientras la abrazo por la espalda. Ella se deja hundir en mi pecho y empieza a
sollozar.
- Ese hijo de puta…- se gira
y comienza a llorar sobre mi hombro. Sus juveniles pechos se oprimen contra mi
torso. No puedo evitar que la verga se me levante. Mala cosa. Lo ancho de mis
pantalones permite que mi erección suba, haciéndose de notar entre el cuerpo de
Vanessa y el mío. Ella lo nota y se separa un poco de mí.
- S-será mejos que me vaya.
No creo que hoy pueda estudiar…- susurra casi con un hilo de voz, mirando al
suelo (o a mi erección).
Hace ademán de marcharse,
pero pongo una mano en la pared, justo delante de su cara.
- Olvida a ese gilipollas.-
Le susurro al oído, antes de lamérselo.
A la nariz me llega el
inconfundible aroma a sexo de mujer.
***
Jamás hubiera
soñado, ni en mis sueños más sucios, lo bien que la chupa Vanessa. Es una
especie de aspiradora de boca sabia y húmeda que extasía todos y cada uno de los
puntos erógenos de mi pene.
Lame el
glande con gesto de niña, engulle el tronco hasta la garganta y luego da una
pasada de lengua por los huevos. Me hace estremecer. Comienzo a mover mis
caderas al tiempo que su cabeza marca. Cada vez la penetro un poco más profundo.
En una de esas, la hundo hasta al fondo y Vanessa hace lo posible por evitar una
arcada. Se intenta alejar un poco pero la agarro de la cabeza y empiezo a
follármela por la boca. Sus labios son un cierre perfecto para mi polla. Me
rodean la base, me aprietan ligeramente el glande. No aguanto mucho tiempo.
Hundo mi verga hasta el fondo de su boca y disparo el semen directo a su
garganta. Lo traga como puede. Tose y un hilillo de sustancia blancuzca se le
escapa por la comisura de los labios.
Abre la boca,
aún arrodillada frente a mí, y veo aún restros de semen. La cierra entonces y lo
traga, para volver a enseñarme su boca limpia, como una niña que ha de comerse
las verduras.
La agarro y
la llevo a la cama. La sitúo de espaldas a mí, a cuatro patas. Su sexo, húmedo,
aparece tentador y lascivo entre sus piernas. Me subo a la cama y la penetro.
Vanessa gime
cuando siente mi polla hundirse hasta el fondo de sus entrañas, atravesándola
como mantequilla, deslizándose entre los labios mojadísimos. La aferro de la
cintura. Su culo se abre en redondez absoluta desde allí. Me fascina el
contraste de mi piel blanquecina con la suya más morena. La penetro de nuevo, y
le doy una palmada en las nalgas, enrojeciendo levemente la piel golpeada. Ella
se queja levemente, y eso enciende aún más mis instintos. La penetro una y otra
y otra vez, la agarro del pelo y tiro hacia atrás, y su boquita de piñón se
queja y gime. Los ayes se confunden entre dolor y placer, y pasado ya este
primero, aumentan de volumen.
Embisto la
carne de Vanessa, joven y dura. Su sexo se traga literalmente el mío. Lo
aprieta, lo exprime. La mano que no la hala del cabello se apropia de sus
pequeños pechos, para nada comparables a los enormes melones de María, pero
estos primeros más jóvenes y firmes. La penetro con velocidad (violencia)
creciente desde detrás. Sus gemiditos, cortos y sonoros, rebotan en toda la
habitación.
Visiones
nublan mi mente. Instintos de mil años. Lucha por la supervivencia, por la
perpetuación de la especie. “Toma, mi hembra, toma”. Embisto, con crueldad casi,
y Vanessa explota de placer. Una, otra vez. Otra más. Tres orgasmos seguidos la
dejan tumbada, derrengada de placer sobre las sábanas. Pero no he acabado con
ella. La levanto de nuevo, pese a sus quejas y sus “Espera un momento, Marcos,
por favor”.
La penetro
con salvajismo. Yo ya no soy yo. Soy un ser visceral, instintivo, que busca su
placer a costa de su hembra. La atravieso, sin preocuparme ya de ella,
tratándola como a un pelele. “Uga”, bufo, y “Uga” me respondo yo mismo. No sé lo
que significa, pero “Uga”. “Uga” por mí y “Uga” por Vanessa.
Nuestras
caderas chocan, plas-plas repetitivo durante largos minutos. Ya hace bastante
que ella se ha recuperado y acompasa su cuerpo al mío. Orquesta de dos
instrumentos, dúo implecable de seres complementarios. Macho-hembra,
macho-hembra. “Toma, mi hembra, yo soy tu macho”.
Me siento arder.
La siento quemarse. Desde dentro, allí donde no llegan los ojos, nace una
explosión. Primero ella. Luego yo. Nos corremos gritando. Su grito es de
victoria y de alma desgarrada. El mío es animal. Berrido de bestia poderosa que
domina a su hembra, que se corre en ella y la usa para engendrar a su
descendencia.
***
Cinta nº 2 Grabación nº3:
Ya hace tres horas que
Vanessa se fue. Me he atrevido a mirar el estado del ratón del experimento.
Ojalá. Ojalá no lo hubiera hecho. No puedo describirlo con palabras. Cuando
llegué, allí estaba él. Hocico y patas bañados en sangre, y a su alrededor,
todos sus compañeros, muertos, chorreando de rojo, asesinados por aquél a quien
hicieron líder y que previamente habían expulsado del grupo. El ciclo se repite.
El solitario vuelve a estar solo. Lo que más me asustan son esas visiones. La
primera la tuve mientras follaba con Vanessa. Era yo, o no era yo, si no un “Yo”
antiguo, algún hombre de las cavernas que un día fornicó con una de sus hembras.
Feas, peludas, excitantes. Tras esa visión vinieron otras. Tigres de largos
colmillos que me acechaban tras los árboles de la selva. El profundo y
atemorizante berrido del Mamut. Una fiesta alrededor del fuego que un rayo había
hecho aflorar en un matorral… He de salir a la calle. Temo volverme loco, aquí
encerrado, y emprenderla a golpes con lo primero que encuentre.
***
El aire frío de la madrugada
se me cala en los huesos. La calzada es demasiado dura para mis pies descalzos.
Necesito un lugar más puro, algo donde estas estúpidas luces no me persigan. El
parque… Sí, recuerdo que había un parque en algún punto de la ciudad. Era… Por
allí. No, por aquí. Allí lo veo. Me pesa mucho el pecho. Ando apoyándome también
en los puños. Se me pelan con el asfalto, pero casi no me duele. Puede que el
experimento me haya dado una resistencia especial contra el dolor. Dos luces se
acercan hacia mí con rapidez. ¡Van a golpearme! Un chirrido. Un pitido. Unas
maldiciones. “¡Que te jodan a ti! ¡Y yonqui lo será tu puta madre!”. No sé por
qué pero no he entendido lo que he dicho. Me ha sonado a un argot ininteligible
de gruñidos.
El parque. Escalo la valla y
me pierdo en él. ¡Ah, los árboles! ¡Qué fresco es el aire! Me llena los pulmones
de aromas a flores. A flores y… Huelo. Huelo algo. Huele a hembra.
Se acerca un golpeteo rápido
de zapatillas deportivas sobre la tierra. Las calza una mujer joven, que viste
chándal y… huele a hembra. Sonrío. La verga se me levanta.
Me dejo caer desde el árbol
justo delante de ella. Grita, sorprendida y asustada. Veo, reflejado en sus
ojos, un monstruo que no conozco, más cercano al mono que al hombre. Ella
intenta huir. No la dejo. La inmovilizo en el suelo. Se tensa, tratando de
quitárseme de encima. Le arranco pantalones y bragas. Su sexo emerge al aire. Me
coloco en posición. Grita, llora, se niega. “¿Te niegas?”. “¡Toma polla, hembra,
yo soy tu macho!”.
- ¡Basta, por favor!
Pero no me detengo. Le sigo
los movimientos. Me levanto con cada pequeño salto que da para apartarme. Tengo
los dientes apretados, la respiración tranformada en un sonido sibilante, casi
un rugido de inhalaciones y exhalaciones. Los gruñidos de mi boca se suceden,
cada uno menos entendible que el anterior. Le agarro una muñeca y le aparto el
brazo del pecho. El otro brazo cede solo. Caigo encima de ella. La penetro.
- ¡Basta!
Es casi un grito. Siento
como intenta resistirse, como se remueve tratando de evadirse de mi acto.
Tiembla, trata de doblarse, de ponerse de costado.
- ¡No!
Entro más y con más fuerza.
- ¡No!
Me araña los hombros pero le
doblo los brazos con una fuerza que la sobrepasa.
Llora, intenta patalear pero
estoy muy bien situado y con un empujón la penetro completamente y ella rasga el
parque con un grito. Disfruto.
De pronto, todo se tensa en
mi cuerpo. Tengo esa espina clavada tan hondamente que la siento como si me
estuviese horadando la garganta. Me estremezco y un rugido me sale del pecho.
Luego, el flujo del líquido caliente saliendo de mi cuerpo y entrando en el de
ella.
Me dejo caer sobre su
cuerpo. Oigo otros pasos no muy lejos. Ella parece que también los ha oído y
pide ayuda. Los pasos se aceleran. Los pasos se acercan.
- ¡Oye tú!
No me gusta como suena su
voz. Demasiado autoritaria. Como si estuviera intentando quitarme el poder que
me corresponde. Lo miro fijamente. Mis pupilas deben destellar en la noche, pues
veo el miedo abrirse paso en sus ojos. Echa mano del bolsillo y levanta algo
negro que en la oscuridad no puedo distinguir.
- ¡Policía! ¡Levanta las
manos!
¿Me está dando órdenes?
¿Cómo se atreve? Se va a enterar de quién soy yo. Salgo corriendo hacia él.
Algo raro ha ocurrido. Una
cosa ha explotado dentro de mí. He oído la explosión y luego el dolor lacerante,
el ardor insoportable de mis entrañas. Miro a mi pecho y descubro un agujero que
escupe un líquido rojo. ¿Sangre? Sí, es sangre. Pero cada vez es más oscura. No.
No es la sangre. Es todo lo que se vuelve oscuro. Cada vez más negro. Hasta que
ya no veo nada. Ni siento nada. Creo que me he desmayado otra vez. Pero ahora,
no sé por qué, no estoy seguro de despertarme.