FELIZ CUMPLEAÑOS, MI AMOR
… le pareció extraño, nunca se acordaba de sus sueños, a lo
sumo se despertaba con sensaciones que le daban la pauta de haber estado soñando
algo lindo, algo feo, algo dulce, algo de miedo, algo feliz… Esa mañana al
despertar, la sensación era nueva, desconocida, una mezcla de dolor y placer si
se quiere, si, de infinito placer, tanto que dolía, no era algo físico, lo
sentía en el centro de su pecho, le oprimía, la hizo suspirar hondamente
buscando el aire que parecía haberse ido para siempre. Claro, se dio cuenta de
que había estado conteniendo la respiración.
Por arriba del hombro miró a su hombre que aún dormía y
empezó a levantarse despacito, no quería despertarlo. Mientras caminaba hacia el
baño, aún somnolienta, comenzó a recordar el sueño, lo recreó en su mente una y
otra vez, en la ducha, mientras preparaba el desayuno, mientras trataba de leer
el periódico… Nunca se lo contó a nadie, ni siquiera a él. El tema central de su
sueño, sin embargo, estaba en una de las fantasías que compartían pero que nunca
habían concretado. A veces, en los preludios del amor, se contaban sus
ficciones, los enardecía, los ponía al rojo vivo, algunas veces se contaban
estas cosas con otra pareja mientras disfrutaban de una de esas cenas que tanto
les gusta organizar, después de todo son sus mejores amigos, podría decirse que
casi no hay secretos entre ellos. ¡Si hasta viven en el mismo predio! "Queridos
Alex y Muriel" pensó.
Alex era socio, amigo, hermano, padre… y Muriel… bueno,
Muriel era sencillamente: MURIEL. Eran tan parecidos los cuatro… compartían
tantas cosas…, como dice la canción, "hasta sus diferencias se parecen".
¿Te das cuenta que nosotras compartimos todo excepto los
maridos? -Le dijo hace pocos días, en broma, Muriel. Y las dos rieron.
Ahora que lo pensaba… "¿era broma?" Estaban en la cocina,
preparando café y comentando sobre las fantasías sexuales que había contado Alex
durante la cena, nada del otro mundo, nada fuera de lo común… pero entonces,
¿por qué ni los unos ni los otros las concretaban? excusas claro, no tenemos
tiempo, hay que preparar las cosas con anterioridad, hace frío, etc.
Es miedo – dijo Lucía – miedo al después, a qué nos pasará
al otro día, cómo nos miraremos, ¿me amará igual?, ¿lo amaré igual?, ¿qué
pensará de mí?, ¿qué pensaré de él?
Mira, son buenas personas, y seguirán siéndolo hagan lo que
hagan en la cama, en su vida sexual.
Lo mismo ustedes –le respondió Lucía.
La puerta se abrió ruidosamente sacándola de sus
pensamientos, era la casera, preguntaba si iba a hacer las compras o si quería
que las hiciera ella. Dudó un momento, una idea rondaba en su cabeza y quería
estudiarla detalladamente.
Si no es molestia Matilde, ¿puedes ir tú?
Matilde fue la nana de Franco, tiene 58 años y hace 39 que
esta con él, ahora junto a su marido Quique son los caseros, amigos, abuelos,
padre y madre… en el lugar del mundo que esté Franco, están ellos. Viven en otra
casa a unos 200 metros. En dirección opuesta viven Alex y Muriel, las casas
están ocultas entre sí por pequeños bosquecillos, aunque por la noche, pueden
verse las galerías iluminadas de ambas casas, las piscinas, quinchos, etc. A
otros 200 metros pero hacia el norte, están los bungalows para invitados. Es que
siempre les gustó recibir gente, pero mantener su intimidad. Si, era un campo
hermoso, Franco lo había comprado cuando se casaron, durante algunos años
vivieron en la ciudad, pero a los 36, Franco consideró que era tiempo de
disfrutar más. Ahora sólo iba a la ciudad por la mañana, viajaba 40km. de ida y
de vuelta, el resto del día manejaba los negocios desde la casa. Ella también
trabaja en casa, escribía para algunos medios importantes, luego pasaba el
material por Internet, sólo iba a la ciudad para arreglar sus contratos,
prefiere el pueblo.
"¡Dios! Qué tarde se hizo, las 10 de la mañana ya y tanto
para hacer, tengo menos de 3 hs. antes de que llegue Franco, ¡y los invitados!
Sí, hoy es su cumpleaños, y yo todavía no le compré un regalo…"
Hizo algunas llamadas, servicio de catering, servicio de
limpieza para el día siguiente, a uno de los periódicos para confirmar su
entrega. La comida estaba, la bebida estaba, la limpieza confirmada, el trabajo
enviado. Uf!, suspiró, se dio una ducha rápida y cuando bajó el servicio había
llegado ya estaban unas 20 personas trabajando, disponiendo todo para que la
reunión sea un éxito, debía serlo, después de todo duraría un día entero.
Chequeó la lista de invitados, los más estrechos, los más íntimos, no se
olvidaba de nadie, los de la ciudad, los del pueblo, los vecinos… eran 40
personas en total, la mayoría parejas (sin niños, por favor, hay que estar
pendientes de ellos y sus padres no disfrutan) había solteros y solteras en
igual número, por si las moscas. Este pensamiento la hizo sonreír picadamente lo
que le recordó que aún no había hecho lo más importante. Corrió a la alcoba y
llamó a Muriel, conversó con ella largo rato, surgió el tema, la idea, y… quedó
en confirmarle, hablaría con Alex.
Lucía se sentía más que nerviosa, asustada se diría, iba por
la casa de aquí para allá, estuvo a punto de llamar a Muriel para decirle que se
olvide de todo, que había sido un error, que la perdone…
El timbre del teléfono la sobresaltó.
Listo, todo bien. Prepará todo, tenemos poco tiempo, Alex
va a llegar con Franco, salen juntos de la empresa, se le ocurrió que él
podría encargarse de contener a los invitados hasta que el cumpleañero este
disponible. Yo tomo algunas cosas y en 10 minutos estoy allá. Bye, bye.
Pero… - Lucía no pudo meter ni un bocadillo, - ¿cómo lo
harían?, ¿tal cual lo hablaron?, ¿qué cosas traería Muriel?... "Uf!, bueno
Lucía" -se dijo- "cálmate, tu te metiste en esto, hazte cargo, Muriel se
encargará de todo, ella es así, un torbellino, aunque detallista y
sofisticada, seguramente pondrá en práctica sus dotes teatrales, ¿o no?...
mmm, si algo puede salir mal, saldrá mal, dijo Murphi, así que relájate Lu,
tienes la opción de parar cuando lo desees".
La fiesta será en el sector de quinchos, cerca de la piscina,
el servicio no necesitará la casa para nada puesto que allí hay dependencias
necesarias para la ocasión. Le había pedido a Matilde que se encargara de
acomodar a los invitados en sus bungalows, seguramente algunos querrían
ducharse, cambiarse, descansar, pero por favor, que todo el mundo se las
arreglara solo hasta que ellos estén listos, total, son todos amigos y siempre
hicieron de la casa su casa. Cuando llegue Franco, que le dijera que ella había
ido al pueblo por algunas cosas. Se acercó a la ventana, pensativa, vió a Muriel
llegando como una tromba, estacionó el scooter en un costado de la casa y subió
al cuarto llamándola a los gritos. Parecía feliz, o por lo menos contenta, con
Muriel nunca se sabe. Se lo preguntó.
¿Estás bien Muriel o sólo disimulas para tranquilizarme?
Estoy… A-TE-RRA-DA, –enfatizó- Le dió un sonoro beso en la
mejilla y declamó: ¡Manos a la obra, que los tímidos no hacen historia! Ya es
casi la hora, Lu. Ve a tu lugar, y déjame a mí hacer mi parte. Y ya sabes,
cuando creas que no va más, sales, lo dices, y no va más. ¿ok?
Si, ok. Antes voy a poner la ropa de Franco en la silla.
La habitación era amplísima y sin demasiados muebles. La gran
cama, dos mesas de noche, un par de sillas, un chez-longe, una pequeña cómoda y
muchos almohadones en el piso, en cualquier parte, y alfombras. Mucha madera
clara, hierro forjado, en un lado los paños fijos de vidrio reemplazan a la
pared otorgando una vista espectacular hacia el bosque. Al otro costado está el
sector de duchas, un mini sauna, todo a la vista, no hay paredes, sólo paños
fijos apenas esmerilados. Desde una puerta de hierro y vidrio simulando un
vitral, se accede a una gran terraza donde se encuentra el jacuzzi empotrado en
el piso de madera. En el extremo de ese lado esta el único sector íntimo, donde
está el inodoro y el bidet. La única pared de verdad existente, es en la que se
apoya la cama por encima de la cual se apoya un espejo, al frente, lo que hace
de pared es la estructura del amplio vestidor en cuyo sector medio se reemplazó
la madera por un gran, gran espejo, que va desde en techo al piso, es de esos de
los que del otro lado es un vidrio cualquiera dejando ver desde el vestidor cada
rincón de la habitación. La puerta de entrada del vestidor da al pasillo
central, que no es más que una pasarela con barandas a los costados, una especie
de balcón pero con vista hacia en interior de la casa, en su extremo más alejado
está el acceso por la escalera y se abre un poco formando un pequeño living, al
otro extremo junto al vestidor, está la entrada al dormitorio, que no tiene
puertas.
-¡Dios Mío!, alguien sube. Es Franco, conozco tan bien sus
pasos… ¿y Muriel, dónde se metió? ¿Muriel?
Desde allí podía escuchar el murmullo de los primeros
invitados. Sintió que su marido caminaba por el largo pasillo, no la había
llamado, seguramente Matilde le había dicho la pequeña mentirilla. El corazón de
Lucía comenzó a latir tan fuerte que pensó que la delataría, Franco entró a la
habitación, se sentó en la cama, se desvistió despacio, dejó la ropa en el piso
como siempre, a un costado, sólo colgó el saco del traje en la silla y cuando se
incorporó del todo, Lucía pudo verlo en toda su magnitud. El corazón le dio un
vuelco, cuánto amaba a este hombre, ¿estaría haciendo bien?, ¿y si su loca idea
hacía que lo perdiera para siempre? ¡Qué bello era! aunque lo veía desnudo todos
los días, nunca lo había mirado así, a la distancia, sin poder tocarlo, esta era
otra mirada, otro espectáculo, otro punto de vista. Pudo apreciar su torso
cubierto con ese vello que se perdía en su bajo vientre en apenas un hilo y que
tanto le gustaba acariciar, sus largos muslos, su espalda ancha, su nuca fuerte,
¡ah! y esos glúteos… de pronto él se dió la vuelta y Lucía ahogó un gritito, su
sexo, su hermoso sexo expuesto ahí a su par de ojos que no salían de su asombro,
caminó unos pasos y pudo ver cómo su pene flácido se movía al compás. ¡Qué
hermosa imagen! Cómo es que nunca lo había mirado así. Una vez que pudo cerrar
la boca, lo miró más intensamente y pensó que su marido tenía un cuerpo
armonioso, bien proporcionado. Ahora entendía a las otras mujeres, lo deseaban,
hacían lo que fuera para agradarle… apartó rápidamente ese pensamiento, no le
gustaba pensar en eso.
Se asustó, Franco estaba dando vueltas en la habitación, como
presintiendo que algo no andaba bien. Luego de unos instantes se encogió de
hombros y se encaminó a la ducha. Diez minutos más tarde, salió completamente
desnudo, con el cuerpo todavía húmedo y lleno de gotas de agua que brillaban
sobre su piel trigueña produciendo un efecto alucinante, se rió de sí misma,
otra vez estaba con la boca abierta, cualquiera pensaría que era la primera vez
que veía a un tipo desnudo. Franco se frotaba la cabeza con una pequeña toalla,
al levantar la mirada, quedó petrificado, ¿qué era eso que estaba parado de
espaldas a él, semi-agachado, frente a su espejo con el cabello hacia delante,
secándolo también? Una mujer, si, era una mujer envuelta en una bata, pero… no…
no era su mujer.
Muriel había estado en el jacuzzi, esperando, dudando,
esperando, pensando, esperando… "Qué va -se dijo- al toro por las astas".
Entró despacio en la habitación mientras Franco se duchaba,
afortunadamente, el vapor del agua caliente había empañado los vidrios. Se
acomodó frente al espejo, abrió un poco la bata, sacó lo que había escondido
detrás de la cómoda, se lo puso, anudó la bata otra vez, uy… justo a tiempo,
Franco ya salía de la ducha. No quería admitirlo, pero todo este asunto
realmente la había excitado, podía sentir cómo latía su vulva, la erección de
sus pezones, la cara le ardía, su corazón loco latía desbocado, se sentía como
una colegiala que sabía que ese día iba a ser su primera vez. Deseaba a Franco
desde hacía mucho tiempo, sólo que no se había dado cuenta, o se lo negaba… ¿Lo
habrá notado Lu?, sí seguramente sí, después de todo era semióloga, sabía leer
perfectamente el lenguaje de los cuerpos. Temprano, cuando la llamó para
contarle su idea, le preguntó por qué quería hacerlo, si ya en su sueño la cosa
le había producido dolor.
Es que, como dijo alguien por ahí, para saber gozar hay que
saber sufrir.
Lucía, mi querida Lucía, siempre tan sabia, tan arrojada, tan
arriesgada...
Muriel se sobresaltó, al agua había dejado de correr, podía
sentir a Franco salir, por el espejo pudo ver su silueta al borde de la mampara,
se apresuró a tirar su cabello hacia delante y comenzó a secárselo como si
estuviera sentenciada a muerte y eso fuera lo último que le habían permitido
hacer antes de morir.
¿Perdón? – escuchó detrás suyo.
La voz de Franco era levemente gruesa, sensual, tenía una
leve cadencia… claro, normalmente, ahora sonaba firme, molesta por la
intromisión.
Muriel, levantó la cabeza y sin darse la vuelta comenzó a
acomodarse el cabello lo que le permitió ver por el espejo que no se había
molestado en cubrirse, seguía tan húmedo y desnudo como cuando vino al mundo. Es
que ellos eran así, andaban por la casa desnudos, por eso más de una vez los
pillaron en pelotas, ella y Alex siempre bajaron la mirada hasta que se
cubrieran, bueno habían visto un poquito, pero sólo un poquito. Esta vez sería
distinto, Franco estaba parado, con todo al aire y ambos brazos a las caderas
esperando una respuesta.
-Aquí voy- dijo Muriel en un susurro, y se dió la vuelta
adoptando una pose entre teatral y de modelo al final de la pasarela. Cuando
estuvo de frente, sintió que se le aflojaban las piernas, -¡y todo el glamour, a
la mierda!, ¡qué magnífico hombre!, mejor de lo que se había imaginado tantas
veces, y eso que Alex se lo había descrito, él lo había visto desnudo desde
siempre, desde niños.
Se miraron asombrados unos segundos que parecieron horas.
Muriel no se atrevía a bajar la vista hasta "ahí", tenía tantas ganas, pero no,
se distraería y podía arruinarlo todo, aunque podía sentirlo, la amplitud del
campo visual le daba una idea.
Con horror, se percató que sus pezones se erectaban aún más
bajo la suave salida de baño, parecían tener vida propia, y Franco los había
notado, se dió cuenta porque bajó su mirada hasta ellos, Muriel aprovechó a que
sus ojos no la acosaban, y lentamente comenzó a desatar la bata, esta corrió por
sus hombros, un poco más abajo, descubrió sus senos hinchados, al llegar a la
cintura notó cómo las pupilas de Franco se dilataban tiñendo de negro el azul de
los ojos… La tela llegó a la altura de sus glúteos y en ese punto Muriel dejó
caer la bata completamente, exponiendo su hermoso cuerpo…
- FELIZ CUMPLEAÑOS, FRANCO! – exclamó como lo había ensayado
en el jacuzzi.
- ¿…, …, …?
Muriel se sentía una estatua en medio de la habitación y con
un gran moño rojo pegado justo por encima del pubis como único atuendo. En otro
momento, esa imagen le hubiera parecido graciosa. Franco abrió la boca como para
decir algo pero la volvió a cerrar, estupor, sorpresa… De pronto su mirada
cambió, se había tornado extraña, sus ojos se entrecerraron como escudriñando en
su interior, unos segundos más, y luego… se diría que hasta esbozó una sonrisa.
"¡Ayyy! ¿Por qué no dice nada? me va a echar"… -pensó.
Hermoso moño, -dijo de pronto- a la vez que expendía su
mano hacia ella.
Muriel la tomó y se dejó conducir, la detuvo a unos pasos,
tantos como la extensión de los dos brazos, la miró detalladamente, centímetro a
centímetro, de frente, por los costados, de atrás… otra vez de frente.
Franco resulta bastante más alto que ella que sin ser baja,
más bien lo contrario, parecía pequeña a su lado. La tomó de la cintura no sin
antes trazar la línea recta de su columna vertebral con el dedo índice de su
mano izquierda, eso la hizo estremecer, la acercó un poco más y con la cara a la
altura de sus tetillas, Muriel pudo sentir el aroma de hombre que emanaba de su
cuerpo, nada de colonia, nada de jabones… piel, sólo piel de hombre. Notó que no
se había afeitado, la barba de tres días oscurecía un poco su cara y deseó
acariciarlo, tímidamente, aún un poco asustada, levantó su mano derecha, tocó su
mejilla, su cuello, llegó al pecho, acarició su tetilla y sonrió cuando notó que
Franco se tensionaba. Con una mano la tomó de los cabellos echándole la cabeza
atrás, y comenzó a besarla suavemente, primero la frente, luego los ojos, uno a
uno, la nariz, podía sentir su aliento, la humedad de su boca cuando sus labios
tocaron los suyos, Muriel cerró fuerte los ojos, él le dio un tironcito de los
cabellos para obligarla a abrirlos, le dolió un poquito pero no le importó,
abrió los ojos para encontrarse con los de él que la miraban intensamente como
preguntándole ¿de verdad quieres continuar con esto? sí, sí, sí, parecía
contestar su mirada, su cuerpo tembloroso. Su mente decía otra cosa, pero el
cuerpo no perdonaba.
De pronto Franco bajó cabeza y los labios demandantes le
abrieron paso a una lengua exploradora, la besó larga y profundamente y ella se
entregó a ese beso aferrándose a su cuerpo como un crucificado a su cruz. Lo que
había empezado como un beso tierno, ahora era furia, sus manos recorrían cada
rincón de su cuerpo, desde la nuca hasta sus nalgas, los apretaba con las dos
manos para luego, sin dejar de besarla, sostenerla con una mano y con la otra
agarrarse a un seno, luego al otro, era enloquecedor sentir los pezones rozando
su húmedo pecho, sus manos no podían detenerse, lo acariciaban, lo envolvían,
bajó hasta sus glúteos y creyó estar en el cielo. De pronto, el la apretó contra
sí y Muriel pudo sentir el sexo de aquel magnifico hombre contra su vientre.
"¿Me sientes, Muriel?" -preguntó- mientras se movía contra
ella de un lado a otro y sin soltarla, mirándola a la cara.
"Si Franco, te siento…" dicho esto, comenzó a bajar dándole
pequeños besos en su cara, lamiendo su cuello, su pecho, se detuvo un momento en
cada tetilla, dibujando con la lengua círculos perfectos que hacían que ese
maravilloso miembro aún un poco blando, creciera mas y mas, se alargaba, se
hinchaba, ardía con el ardor de su mano. Continuó bajando, enredó sus dedos en
el vello púbico que no era ni tan tupido ni tan ralo, con movimientos suaves
masajeaba su verga, cubría y descubría el glande rosado que la esperaba ansioso.
Cuando por fin llegó a el, abrió bien los ojos, quería verlo, y nada mejor que
verlo con la luz del sol que entraba por los amplios ventanales, lo miró
extasiada mientras el hermoso glande se perdía entre sus labios, trazando
círculos con la lengua, untándolo con su saliva, su mano continuaba subiendo y
bajando, la otra acariciaba los testículos, Franco sostenía su cabeza y la
dejaba hacer, volvió a levantar la mirada y pudo ver sus ojos empañados de
deseo. ¡Cuánto había deseado mamar esta verga! ahora se daba cuenta, y estaba
ahí, toda para ella. Lo masturbó, lo masturbó con las manos, con la boca, chupó,
lamió y mamó esa pija que buscaba su boca como un beduino a un oasis. La lengua
subía desde la base hasta la cabeza, se detenía unos segundos ahí, envolviéndola
con sus labios, apretándola, volvía a meter la verga hasta la garganta, quería
llenarse de verga… pero se contuvo, no quería que acabara aunque el no
demostraba estar apurado para eso. Con un gemido, Franco la levantó del suelo.
"Ahora me toca a mí" -dijo con voz vibrante. Besándola, la llevo hasta el borde
del chez-longe que estaba a escasos dos metros del espejo. Sin dejar de besarla
le abrió las piernas colocándolas a cada lado del sillón y exploró su sexo a
mano llena, sus dedos buscaron paso entre los labios de la vulva hinchada,
palpitante…
-Te siento tan caliente, Muriel…
-Y por dentro estoy ardiendo, -respondió ella con voz
entrecortada.
Como queriendo comprobar lo dicho, Franco le introdujo el
dedo mayor en la vagina, primero lentamente, mientras besaba una y otra vez sus
tetas, mordía suavemente sus pezones…
-Aaahhh, Muriel alzó la mirada y se encontró con un espejo
que cubría todo el techo, sabía que estaba ahí, pero se había olvidado de el,
¡qué espectáculo!, qué formidable era ver sus dedos entrando y saliendo de su
concha, porque a esas alturas ya eran más de un dedo, mientras con el pulgar
masajeaba el clítoris duro, que al igual que el pene, había dejado descubrir su
pequeña cabeza.
-Me deseas Muriel –dijo- no era una pregunta, era una
aseveración y estaba en lo cierto. Lo deseaba, lo deseaba locamente.
-Sí, te deseo, aahh.
Franco se incorporó haciéndole señas de que no se moviera,
corrió un poco el chez-longe dejándolo a 45º con el lado de los pies hacia el
espejo. "Para que puedas ver mejor" dijo en un tono muy extraño, con la voz casi
en un ahogo. Muriel pensó que no la llevaría a la cama, no, Franco no. No
llevaría a otra mujer a esa cama. Esa cama era su mundo, un universo de delicias
que ahora ella tenía el placer de degustar sólo una pequeñísima porción. Pero
qué importaba, ése no era su lugar, ya lo sabía, y no esperaba otra cosa.
Franco se había estirado hasta un cajón de la cómoda, sacó un
preservativo y se lo mostró.
-Lo necesitamos Muriel?
Se estremeció, anticipándose a lo que vendría, la pregunta
era una promesa "no, no lo necesitamos, Franco". Arrojó el preservativo a un
lado, tiró de sus piernas hasta que su cola quedó al borde del sillón,
suavemente y mirándola a la cara, se las abrió lo más que podían abrirse, bajó
la mirada hasta ahí, justo ahí, ¡¡¡la miraba!!!, ¡estaba mirando su concha!
Dios, qué vergüenza, ¿vergüenza? Y desde cuándo ella sentía vergüenza, pudor se
dijo, es pudor, si. Lo que fuera, le gustó, le gustó que le hicieran el amor con
la mirada.
Sin dejar de mirarla subía y bajaba la mano completa por toda
su vulva, con la otra acariciaba su rostro y de tanto en tanto ella metía uno de
los dedos a la boca, lo chupaba como si fuera una verga, él bajo la mano hasta
su teta llena, pedigüeña, celosa, mientras Muriel moviéndose un poco de lado
logró llegar hasta la verga que apuntaba al techo esperando que se le prestaran
atención. Esa verga, que era su condena y su salvación.
Franco trazaba círculos en su cola, en el agujero, con el
pulgar de la otra mano, estimulaba el clítoris que ya se contraía en espasmos
sucesivos, pero que Muriel sabia que no estaba teniendo un orgasmo, era placer,
infinito placer.
-Aaajjj…, casi desfallece al sentir su dedo mayor
completamente adentro de su cola. Es que no se había dado cuenta de lo que él
estaba haciendo, sólo podía gozar de sentir sus manos maestras, sus dedos
caprichosos.
- ¿Te gusta? preguntó – si, te gusta, mucho- respondió el
mismo.
Le tomó la mano derecha y se la llevó a la concha.
-Masturbate, Muriel, quiero ver como te haces la paja
mientras mis dedos te hacen la cola.
-Ay, sí, sí.
Él bajo la cabeza y su boca tomo el lugar de la otra mano,
pasó toda su lengua a lo largo de la vulva, la lamió, la besó, metió la nariz,
otra vez la lengua mientras sus dedos continuaban con el ir y venir en el culo,
tomó el clítoris entre los labios, lo apretó, lo chupo, volvió a apretarlo.
-Aaayyy, Franco ¡me vas a hacer acabar! Ah, Ah,
-Quiero que lo hagas Muriel, quiero que acabes, que acabes en
mi boca. Ah, Muriel, estas tan mojada, tan caliente…
-¡Por el amor de Dios!, Ahhhhhhh.
Y Muriel gozó, gozó, con todas las ganas, pero sabia que no
había terminado, que todavía había más. Franco aún estaba en su vulva, bebiendo
sus jugos, lamiendo y lamiendo, ella inconscientemente había abierto sus piernas
aún mas, subiendo la derecha para apoyarla en el borde, como ofreciéndole su
tesoro, a pleno, sin mezquinar nada, Franco se dió cuenta y se puso al frente,
tomo su verga con una mano y con al otra sostenía la pierna levantada de Muriel,
comenzó a jugar, tocaba con su pija la vagina, y se retiraba, volvía, la metía
apenas un centímetro adivinando que la concha de Muriel se la quería tragar, se
retiraba nuevamente…
-Qué haces Franco, por favor, qué haces.
-Voy a cogerte Muriel, deseas que lo haga, poro no voy a
hacer nada hasta que me lo pidas. No sientas pudor, estamos solos, vos y yo,
nadie nos ve, nadie nos escucha…
-¡Cogeme! –gritó- a la vez que apretaba los dientes para
decir: "Quiero que me metas toda esa verga en la concha, que me la claves hasta
el fondo, hasta los huevos, quiero sentir tus huevos golpeando mi culo… te lo
suplico…"
-¡¡Ahora!! Franco, ahora, volvió a gritar.
Y Franco la complació. Con un movimiento maestro la levantó,
ella rodeándolo con las piernas, él de pié, la apretó contra el espejo empujando
fuerte con su verga hasta que la hizo lanzar un grito de placer, Franco entraba
y salía fuerte, una y otra vez. Los dos gemían, ella gritaba, se besaban, se
lamían, las lenguas se entrelazaban… cambio el ritmo, se puso mas lento, no
quería acabar todavía, entraba hasta al fondo y ahí se detenía haciendo
movimientos circulares, la levantaba y bajaba haciendo que la verga penetrara
fuerte, entera, total… hasta el fondo había suplicado ella, su pubis contra el
clítoris de Muriel que se retorcía, acabó otra vez entre gritos y gemidos, el
miraba extasiado como la verga entraba y salía de la vulva enrojecida.
Con un rápido movimiento Franco se acostó en el chez, apoyado
en el respaldo la acomodo arriba de él sin penetrarla.
-Ahora te toca a vos, Muriel, cogeme.
Obediente, Muriel acomodo los pies a cada lado de sus
caderas, con una mano dirigió la verga hinchada a la entrada de su concha y fue
sentándose lentamente hasta tragarla toda y ahí apretó, apretó y apretó para
luego continuar con movimientos ascendentes y descendentes, subía y bajaba,
subía y bajaba, subía y bajaba…Franco le dijo que mirara, que mirara en el
espejo.
-Mirá Muriel, mirá, cómo te entra, mirá qué bien te entra…
Ahora sí, ahora él estaba listo para acabar, lo notó en sus
pupilas, en sus manos aferradas a los contornos del chez, empezó a moverse en
círculos, de atrás hacia delante, de arriba abajo, ni muy rápido ni muy lento, y
miraban, miraban en el espejo esos dos sexos brillantes y mojados que en ese
momento, por lo menos en ese preciso y único momento, parecían haber nacido el
uno para el otro. Franco pareció comprender porque dijo:
-Aaahhh, cómo te entra, Muriel, cogeme, cogeme que hoy, ahora
mismo, estoy siendo tuyo, mi mente te lo pide, mis entrañas te lo piden, mi
cuerpo te lo pide, cogeme mujer.
Franco, gemía y apretaba las tetas de Muriel que de tanto en
tanto se hacia delante para que las chupara. El leía su cuerpo con las manos,
movía sus caderas, ella subía y bajaba, el golpeaba su clítoris, le apretaba los
glúteos.
Y haciéndose hacia delante, quedando casi sentado en el chez,
se movió poniéndose bien al frente del espejo, entonces le metió el dedo en el
culo…
-Ahora Muriel!, métetela hasta el fondo.
-¡Si!, ¡si, así!, qué hermosa concha, qué ardor tienes ahí
adentro.
Muriel, perdió la conciencia, sentía plenamente la verga en
su concha y el dedo en el culo, ¡qué delicia!, gritaba, gritaba y pensaba que
quería mamar ese pene antes de morir.
-Ahora, Muriel…, aaaahhhh
Cuando Franco se detuvo, y los espasmos disminuyeron un poco,
Muriel, aun temblorosa salio de él, se arrodillo y tomo la verga, se la metió en
la boca, bebió el semen hasta la ultima gota que quedaba, lamió y mamó
largamente, hasta que estuvo del todo blanda.
-Ven aquí –le dijo Franco- ella se tumbó sobre su cuerpo,
podía oír sus latidos mientras pensaba lo maravilloso que había sido, en cómo él
había marcado su ritmo hasta hacer que acabaran juntos… Volviendo a la realidad
quiso decir algo, pero él la calló.
-No digas nada Muriel.
Se quedaron así unos minutos, ella acariciando su pecho, el
acariciando su sien.
-Los invitados, -dijo Franco de pronto.
-Si, es tu cumpleaños. –Y tomando sus cosas, le dijo que ella
se ducharía en el baño de la otra habitación. "Nos vemos abajo"
-Aha. Y sin decir nada tiro de su mano, le dio un suave beso
en los labios y se levanto.
Franco entró en la ducha. La habitación había quedado vacía.
En silencio. Lucía, no podía moverse, estaba sentada en la alfombra, adentro del
vestidor frente al espejo, las lágrimas corrían por su cara. Ahora entendía por
qué se despertó así aquella mañana. Su hombre, su marido, la había engañado, le
había sido infiel, y ella fue testigo. Después del primer impacto, el estupor y
el dolor dejaron lugar al placer, el goce de su hombre había sido su goce. Si,
estaba impactada. El había hecho el amor con otra mujer… De pronto se dió cuenta
que le dolía el ojo, es que había apretado tan fuertemente la cámara contra ese
ojo… Y le dolía la oreja, en la que tenia puesto el auricular. En la habitación
había micrófonos, y cámaras, como en toda la casa, por seguridad, después de
todo su marido era un tipo adinerado y ella además había filmado los primeros
planos, y si…, mientras con una mano filmaba, con la otra se había masturbado
viendo a su hombre coger a otra mujer. ¿Era morboso aquello?, esas punzadas de
celos que aún sentía… ¡Vaya regalo de cumpleaños!
Lucía se puso de pie, Franco salio de la ducha, se había
secado, agarró la ropa que ella le preparó, se cambió y se dispuso a salir de la
habitación, antes, se paro frente al espejo, miro fijamente y ella pudo leer en
sus labios:
-G R A C I A S, M I A M O R. T E A M O.
¡¡Lo había sabido todo el tiempo!! Lucia sonrió, estaba todo
bien, el la amaba, y ella… más que nunca, si eso es posible.
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Pero abajo había una fiesta; y el video para Alex; y luego
llegaría la noche; fin de semana largo y … mmmm, Lucía se estremeció bajo al
agua tibia de la ducha.