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Fecha: 15-Oct-06 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

El olvidado coño de mi abuela...

edoardo
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El olvidado coño de mi abuela.

Con la ayuda de sus amigos los ratones, Cenicienta consiguió escapar del cuartucho en el que su madrastra la había encarcelado y corrió a probarse la zapatilla de cristal. Sus hermanastras, enfurecidas al borde del colapso, observaron atónitas cómo aquel objeto que dejara olvidado en las escaleras del castillo la desconocida chica con quien el príncipe habría de contraer matrimonio encajaba a la perfección en su pie. Griselda y Anastasia trataron de convencer al paje enviado por su majestad de que aquello era un error, que en verdad Cenicienta no era la dueña, que lo que sus ojos veían era una ilusión. Pero el honorable anciano hizo caso omiso de los gritos y partió enseguida a notificar a su Señor la buena nueva. El príncipe, justo como lo prometiera al coger la zapatilla después de que aquella chica saliera huyendo de sus brazos justo al reloj marcar con una campanada la medianoche, se casó con Cenicienta en una hermosa boda a la que asistió el reino entero. Y vivieron felices para siempre.

– ¡Fin de la historia! – exclamó Ágata cerrando el libro –. Ahora, a dormir – ordenó poniéndose de pie y caminando hasta el librero para devolver el cuento a su lugar.

Como todos los días en los que su padre trabajaba el turno de la noche, David se había quedado a dormir en casa de su abuela, y ella, también como cada noche que su hijo le encargaba a su nieto, y en ese verlo siempre como un bebé, le había relatado una de esas historia de hadas y princesas para ayudarlo a conciliar el sueño. Hacía mucho que David no era ya un niño, no al menos en pensamiento, y que esos cuentos lo único que le provocaban era fastidio, pero por consideración le permitía a su abuela seguírselos leyendo. Mientras él pensaba en qué podría esconderse debajo de esa bata.

Sí, David estaba obsesionado con la madre de su padre, con el llegar a verla desnuda, con el tocarle los pechos y enterrarle el miembro. Juan, un compañero del colegio, le había dicho que su madre le había chupado el "pajarillo" y después le había dado "permiso" de metérselo hasta descargarle su "agüita". David no tenía madre, había muerto durante el parto y él ni siquiera amaba su recuerdo pues en su cabeza no existía tal cosa. Era su abuela la que de alguna forma representaba ese papel, y por esa era con ella con quien se había encaprichado, por eso era a ella a quien desde hacía algunos días, desde que su amiguito le contara su incestuosa experiencia, veía con ojos de lujuria. No había minuto que no la imaginara arrodillada frente suyo regalándole una mamadita o sentada encima de sus piernas cabalgándole la verga. Fantaseaba con eso todo el tiempo, y aunque su atrevimiento no le había alcanzado para más, esa noche finalmente se decidiría a atacar.

– Bueno, sí me voy a dormir, pero con la condición de que me des mi beso de las buenas noches – negoció el chiquillo poniendo en marcha su plan.

– Está bien – acordó Ágata acercándose a su nieto e inclinándose para besarlo.

En ese sentirse madre e hijo, la cincuentona y el chamaco acostumbraban juntar sus bocas antes de irse a la cama. Así lo hizo ella esa vez, sin ninguna malicia, con el cariño que se le tiene a un nieto al que se le ha criado desde el nacimiento y nada más, sin saber que ese niño ya no lo era más y que aquella muestra de afecto en apariencia inocente él la convertiría en un arma de seducción para conseguir de una vez por todas perder la virginidad entre aquellas piernas por donde su padre años atrás saliera. Cuando Ágata besó a David, éste la tomó de ambas mejillas y le introdujo la lengua entre los labios, para después moverlo de arriba abajo. Hacia un lado y hacia otro. Con deseo. Con lascivia.

La pobre abuela, sorprendida y confundida, no atinó más que a dejarlo hacer. No supo cómo reaccionar ni qué decir, por lo que se limitó a ver pasar el tiempo hasta que sus labios y los de su nieto se separaron y entonces hizo como si nada hubiera ahí ocurrido. Se incorporó y, no sin antes dar las buenas noches, se marchó a su dormitorio ignorando a David, quien perverso la cuestionaba acerca de su palidez.

Se dirigió la anciana hasta su cuarto, y como fondo para sus tortuosos pensamientos se soltó un terrible aguacero. Las gotas cayeron sobre la ventana empañando poco a poco el vidrio y los relámpagos iluminando la estancia, esa en la que turbada por el reciente acontecimiento, Ágata trataba de convencerse de que aquello no había sido lo que pareció, intentando ignorar a la experiencia que le aseguraba que aquel beso había sido más el de un amante que el de un hijo o el de un nieto. Se acostó recordando esos segundos, y se horrorizó al admitir que había gozado el volver a sentir eso que sólo el contacto con un hombre le puede hacer sentir a una mujer fogosa y obligada al celibato por la muerte repentina y las creencias, miedos y principios. Se escandalizó al saber que era su propio nieto, ese al que le había cambiado los pañales quién la había hecho disfrutar. Se persignó y se santiguó, pero no tuvo mucho tiempo para rezos pues David, el causante de sus remordimientos, con la excusa de que la tormenta lo espantaba, se presentó en la puerta de su habitación.

– ¿Puedo dormir contigo, abuela? – inquirió el escuincle antes de subirse a la cama sin esperar de ella respuesta.

– Nada más no te vayas a orinar – sugirió Ágata en tono nervioso, como recordándose a sí misma que además de todo, aquel que le despertara la libido era un niño.

– ¡Ay, abuela! ¡Qué cosas dices! Si yo ya no me hago pipí en la cama. ¡Si yo ya soy un hombre! – señaló David de manera sugerente y abrazándola por la espalda.

El brazo del mocoso rodeándole la cintura y la mano sobre su abultado vientre hicieron temblar a Ágata. Sin encontrar una explicación razonable, tal vez por la falta de cariño acumulada por los años o quizá por una súbita atracción por los menores, ¿quién lo sabe?, la mujer sintió que ese mecanismo en su interior encargado de lubricar sus labios, esos que no se movían con rapidez orando en bajo, se reactivó mojándole un poquitín sus calzonzotes y acelerándole el corazón. Y la cosa se puso aún más dura cuando la mano sobre su barriga fue subiendo lentamente hasta posarse "casualmente" en su seno izquierdo, provocándole un chispazo que nada le pedía a los de afuera, a los de la lluvia. Su pezón fue ganando consistencia, y tuvo que esforzarse para no gemir, algo que no pudo evitar cuando David, ya con total descaro al notar que ella no se resistía, le restregó contra el culo su erección.

– ¡Ah! – suspiró la cincuentona al percibir contra sus nalgas aquel pedazo de carne tibia y joven, y el escuincle ni siquiera se inmutó. Fingió andar por el quinto sueño, contrario a su mano y a su falo que no permanecieron quietos.

Al tiempo que sus dedos daban finalmente con aquel endurecido pezón y comenzaban a estrujarlo casi con maestría, su pene se movía entre aquellos glúteos gastados simulando una cogida con ropa de por medio. Ágata por su parte, se mordía los labios para contener las ganas de perder su mano entre sus piernas y masturbarse hasta correrse tal y como aquella enorme excitación originada por las maniobras de su nieto se lo exigía. Su mente era un mar de dudas, un torbellino de recriminaciones que le aconsejaba ponerle un alto a todo aquello, pero su cuerpo necesitado de calor fue más fuerte y se mantuvo acostada y estática hasta que su nieto, clavándole las uñas en el pecho y ahogando un grito, se vino manchando la pijama e incluso un poco la sábana. Después, una vez que quedó libre de aquel abrazo, corrió al baño, se bajó las pantaletas y se clavó tres dedos. Le bastó un par de segundos y tres caricias en el clítoris para explotar con una intensidad de la cual ya ni tenía memoria. Luego, como buena mujer educada a la antigüita, se soltó a llorar llena de culpa.

 

A la mañana siguiente, Ágata abrió los ojos y no encontró a su nieto. Miró el reloj y se dio cuenta de que era ya un poco tarde, que seguramente David se habría marchado ya al colegio. Después de acordarse de lo que había ocurrido anoche y rozar ligeramente su entrepierna, ya con su mente un tanto más en orden, se levantó y se dirigió hacia el espejo de cuerpo entero ubicado justo enfrente de la cama. Se plantó frente al cristal, y enseguida empezó a quitarse la ropa con una lentitud que rayaba en la vergüenza, la de comprobar el transcurrir de los años en su anatomía, la de admirar el efecto de la gravedad en sus carnes. La bata, el sostén y los calzones fueron cayendo al suelo hasta dejar cada centímetro de piel al descubierto, hasta quedar ella y su imagen desnudas por completo, frente a frente como nunca antes, sintiéndose, a pesar de todo, una mujer.

Entonces, con la misma lentitud con que se deshiciera de sus prendas, su mano fue recorriendo desde su cuello hasta su sexo para ahí perderse, para ahí hundirse arrebatándole un leve gemido que al escuchar la voz de David se transformó en un alarido.

– Abuela, aquí te traigo el de… – intentó anunciar el chamaco con charola en mano, pero se quedó a media palabra al sus ojos toparse con aquella entre extraña y morbosa escena.

– ¡David! – gritó la mujer cubriéndose instintivamente –. Creí que… te habías ido ya a la escuela – comentó corriendo por un trapo con el cual ocultar su desnudez.

– Es que… no escuché el despertador y se me fue el camión – explicó el niño aproximándose a ella –. Por eso decidí prepararte el desayuno – apuntó ya a sus pies.

– Qué… ¡Qué buen niño eres, David! Muchas… ¡Muchas gracias! – expresó Ágata sin soltar la sábana que resguardaba sus deteriorados atributos –. Déjalo ahí, enseguida me lo como.

– ¿Por qué no mejor ahorita? – sugirió el escuincle colocando la charola sobre el buró, develando su inminente erección –. Digo, se te puede enfriar.

– No, mejor… al rato – propuso la abuela mirando de reojo la carpa que formaban los pantalones de su nieto –. Primero… Primero voy a cambiarme – indicó pidiéndole con un ademán que saliera del cuarto.

– ¿Por qué quieres que me vaya? – la interrogó él aparentando tristeza –. ¿Por qué si antes te vestías frente de mí y hasta nos bañábamos juntitos? ¿Por qué, eh? ¿Acaso ya no me quieres? ¿Acaso ya no soy tu niño? – se echó a llorar.

– No, claro que no es por eso, precioso – respondió ella poniéndose de pie para abrazarlo y pegarlo a su pecho, olvidándose por un momento de su vulnerable estado.

– ¿Entonces? ¿Por qué? – insistió el chiquillo pegándosele aún más.

– Pues porque… ¡Ah! – jadeó Ágata al David envolverle con la lengua el pezón –. Pero qué… ¡Ah! – quiso negarse, mas su nieto le enterró un par de dedos y ese mecanismo que se reactivara la noche anterior hizo de las suyas arrastrándola hacia la locura.

– Precisamente por eso, ¿verdad? Porque ya no soy un niño, y me deseas, ¿no es así, maldita perra? – sentenció David con tal autoridad y malicia que parecía ser otro –. Porque te encantó que te restregara mi verga, ¿no es cierto? O ¿qué? ¿Me vas a decir que no te encerraste en el baño a masturbarte? – se fue poniendo de rodillas, lamiendo el cuerpo de su abuela en el camino –. Contéstame. ¡No! Mejor dime por qué no me pediste a mí que te lo hiciera – demandó ya su rostro frente aquella descuidada y olvidada gruta –, que te metiera mano o… – no terminó la frase pues su lengua desapareció en medio de aquella mata de vello, brillante de tan mojada.

Al sentir aquella lengua traviesa en su interior, Ágata escupió un gemido que resonó en toda la casa, a la vez que completamente controlada por el goce de volver a ser amada empujó la cabeza del chamaco para que le chupara más adentro, para que le regalara más placer. Él, habiéndose entrenado con frutas y muñecas, correspondió con certeras caricias que pronto la tuvieron chorreándose como en sus mejores tiempos, como cuando su esposo aún vivía y le hacía el amor todas las noches. David se bebió aquel su primer orgasmo de mujer y después le compartió el enervante sabor a su abuela con un beso.

– ¿Todavía no tienes hambre? – cuestionó el púber luego de sus labios separarse, y bajándose los pantalones –. Porque todo esto es para ti – advirtió repasándose la excitación con una seguridad que parecía como si le midiera veinte y no doce.

Y por esa misma seguridad, la que por un momento le hizo olvidarse de que el dueño de ese trozo de palpitante masculinidad era su nieto, ese de apenas once añitos, Ágata se lanzó a los pies del niño y se tragó entera aquella verga, comenzando a degustarla con desesperación y avaricia, como se disfruta del platillo favorito después de no haberlo comido por casi dos décadas. La mamó con ganas, y para eso sí David no estaba preparado. Ningún entrenamiento te alista para la ola de sensaciones que te invade al alojar tu pene en la boca de una experta dama, y el chamaco entonces sí que delató su extrema juventud. Apenas unos segundos de apreciar el especial calor de una garganta, e incapaz de controlar el río que desde sus testículos corría, el mocoso estalló llenando con su semen la boca de su abuela. Le disparó un chorro tras otro, y ella, enemiga del desperdicio, no dejo escapar ni uno solo.

Luego, ya con la boca vacía y tomando ella el papel de guía que la lógica dictaba, condujo a su pequeño amante hasta la cama y se dejó caer sobre el colchón, de piernas abiertas, invitándolo a penetrarla.

– ¿Quieres follarme, precioso? – inquirió Ágata con una sensualidad en la voz y una luz en la mirada que la hacían verse como de veinte. David no contestó, estaba demasiado excitado como para hablar, su miembro, a pesar de haber eyaculado hacía apenas un instante, se mantenía erguido y duro –. Dime que te gusto, que no hay otra mejor que yo – exigió la abuela, metida ya en el personaje de mujer fatal –, ¡que mueres por metérmela!

El púber observó con detenimiento cada rincón de aquel maduro cuerpo, se fijó en la evidente papada, en los senos algo caídos, en el vientre abultado y con aspecto de naranja, en la piel flácida, en las várices marcadas, en las uñas encarnadas… Cualquier otro en su lugar habría sentido asco, pero él, fuera de querer con urgencia un orificio donde descargar su calentura, donde enterrar su virginidad, en realidad veía a su abuela como la mujer más bella y así se lo expresó. Así se lo notificó y finalmente se le acomodó entre las piernas y le dejó ir la polla de una sola.

Ágata sintió una pequeña molestia al principio. Aún cuando el falo del chamaco era pequeño comparado con los otros que en su juventud su cueva habían visitado, los años de abstinencia no habían pasado en balde y necesitó de unos segundos para acostumbrarse, pero inmediatamente después, con el placer de tener un hombre -porque en su placentero delirar veía a su nieto ya como un hombre- encima de ella cabalgándola viajando por sus venas, contrajo sus músculos para masajear aquella su primera verga en muchos tiempo. La forma en que aquellas cálidas paredes se cerraban apretando su sexo no se acercaba ni siquiera un poco a lo que su amigo Juan le había contado. Aquel gemir de la cincuentona al recibir sus embestidas y sus dedos y su lengua besando y pellizcando aquellas tetas lo enloquecieron e impulsaron a arremeter con toda la fuerza de sus once desde el inicio, por lo que no tardó más de cuatro minutos en volver a vaciarse. Pero no se detuvo y mucho menos se salió. Desfigurándosele el rostro al cruzar la línea entre dolor y gozo, David continuó bombeando gracias a que su pene no perdió la más mínima firmeza. Apoyando sus manos a los costados de su abuela, aceleró el ritmo hasta el punto en que ella pasaba de un orgasmo a otro estimulándolo de una manera sobrenatural que lo llevó al tercero y luego a derrumbarse, falto de energía pero satisfecho.

 

A partir de esa mañana, la pareja repitió el encuentro en varias y variadas ocasiones hasta acoplarse a la perfección, hasta que no hubo más sorpresas ni descubrimientos, hasta que David decidió que era hora de buscar nuevos horizontes y aplicar todo lo aprendido en alguien más joven. Como todas las noches, una vez terminaron de cenar Ágata se sentó arriba de la mesa y se levantó la falda, mostrándole a David su vulva, lista para el ajetreo. Él, echándole unos ojos que de haber sido pistola la fulminan a la primera, la rechazó argumentando que tenía mucha tarea. Ella, conociendo lo irresponsable de su nieto en clase, no se tragó la excusa y le insistió mostrándole ahora los pechos. Fue entonces que él reveló el motivo verdadero de su negativa.

– ¡Tengo novia! – se limitó a exclamar para de inmediato subir a su recámara, sin más explicaciones y poniéndole fin a todo aquello.

Ágata sintió que el corazón se le achicaba, de confirmar que en efecto, al desecharla como un trapo viejo, su nieto era ya en verdad un hombre. Las culpas, los remordimientos y las recriminaciones que la azotaran a partir de aquel primer beso regresaron amenazando con arrancarle un par de lágrimas. La mirada se le hizo agua, pero antes de hacérsele cascada el teléfono timbró. Luego de respirar profundo para retomar la calma, la mujer levantó la bocina y se encontró con que, desde el otro lado de la línea, su nuera, esa que no falleciera al dar a luz al ingrato de David, le pedía de favor cuidara a Juliancito. Sumamente gustosa y regresándole la vida al cuerpo, la cincuentona aceptó para después colgar ansiosa de que fuera viernes. Una sonrisa en sus labios agrietados anunció que aquel rechazo no había sido el fin. Que aún tenía más nietos a quienes… educar.


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© edoardo

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