La Playa.
Lo miraba despectivamente con sádica satisfacción. Los
fuertes enviones le provocaban a su esclavo sexual un insoportable dolor pero él
seguía dándole sin compasión a pesar de que el chico que yacía indefenso a sus
pies se veía mal, estaba muy pálido con el rostro desencajado y mirando a su
señor con los ojos llenos de lágrimas, temblándole la cara de dolor y angustia
mientras inocentemente pedía ayuda y le suplicaba misericordia:
- por favor, auxilio!!!! agg, agg, agg, (seguía con sus
gemidos el ritmo con que era violentamente penetrado) no más, pare, pare !!!
Pero no servía de nada. El sumiso daba golpecitos con sus
talones atados en la espalda y las nalgas de su atacante (que subía y bajaba su
cintura para perforarlo con más rudeza) pero esto sólo contribuía a aumentar el
dolor. Su amo de pies frente a él lo estaba trabajando con verdadero salvajismo
y el chico estaba para su desgracia en una posición de humillante desventaja:
acostado boca arriba sobre la mesa con las manos atadas a su espalda, las
piernas rodeando la cintura del amo y atado por los tobillos con las puntas de
una toalla tras la espalda de éste que mientras lo destrozaba le ordenaba
insistentemente
- míreme, míreme, h.p. (y le daba puños y palmadas en el
estómago cuando no obedecía) para que se acuerde toda la vida de lo que
tiene adentro... sí siente que se lo tengo bien enterradito?
Con los tobillos atados, había holgado espacio para que el
cuerpo del amo cupiera cómodamente entre las piernas abiertas (atarlo le había
fácil pues la víctima de la cruel terapia intentó defenderse con extraña
debilidad a pesar de que eran contrincantes parejos). Luego de atado e
inmovilizado y acostado boca arriba sobre la mesa fue fácil halarlo de los pies
para que las piernas quedaran en el aire. Después el amo pudo meterse por debajo
y colarse entre ellas para quedar de pies en posición para hacer suyo al frágil
cuerpo virgen que estaba próximo a ser ajusticiado.
El amo se bajó la pantaloneta sonriendo al vaivén de los
movimientos que el jovencito hacía desesperadamente con sus piernas atadas
tratando de evitar lo inevitable. Cuando su juguete sintió que la cintura de su
rival estaba desnuda miró con dificultad y confirmó sus sospechas: su señor se
masturbaba apretando y aflojando repetidamente con puño firme un respetable
yunque ya tieso y erguido, listo para propinar un castigo inimaginablemente
cruel y doloroso. El sumiso era un plato demasiado fácil y ese león sediento de
sexo pegado a su cuerpo lo tenía todo a su favor; el amo seguía masturbándose
lentamente apretando y aflojando con su puño el útil mientras apoyaba su espalda
en los pies atados de su esclavo y sonriente le decía
- Ahora vas a ver, malparidito, vas a conocer al rey.
Se burlaba irónicamente para degradarlo y humillarlo más: no
sólo iba a penetrarlo, sino que lo iba a hacer muy despacio, con toda calma pero
también con maestría: ya tenía suficiente experiencia, no eran menos de diez las
chicas que se habían mordido los puños y habían gemido y gritado desesperadas a
sus pies mientras las desvirgaba moviéndose violentamente y con ritmo variable,
habiéndolas puesto previamente en posición de desventaja (justo como lo hacía
con su nuevo sirviente sexual) para provocarles más dolor fingiendo no darse
cuenta.
Sonriendo le acercó la espada y se la restregó contra las
nalgas poniendo la puntita contra el pequeño huequito del esclavo, lo que
provocó una nueva pataleta y nuevas súplicas de éste: con los pies le daba
golpecitos en la espalda y estiraba y recogía sus piernas cuanto le era posible
aunque el tronco de un joven más fuerte estaba sembrado entre ellas como un
árbol; por su posición de absoluta indefensión y por la cara de su rival se dio
cuenta que le iba a dar una verdadera lección.
Sonriente el abusador dejó que su víctima se cansara
pataleando y tras varios intentos débiles y burlones de su puntita rozando y
rodeando la zona cero se dispuso, lo agarró por las piernas para atraerlo a su
cintura y muy despacito empezó a violarlo. Al principio hubo resistencia y
brinquitos en medio de chillidos pero mientras lo penetraba cada vez más,
milímetro a milímetro, el esclavo se dio cuenta que sólo acrecentaba la tortura
moviéndose y tuvo un momento de lucidez desesperada: se sintió perdido y para
delicia del violador se entregó, dejó de luchar y se limitó a quedarse quieto
mientras sentía cómo esa hoja afilada lo profanaba por dentro. Esa mole
descomunal de carne tiesa iba entrando y lo taladraba lentamente y sin
misericordia. Lloraba apretando sus puños cerrando los ojos resignado mientras
lo destrozaban... su amo sonreía y penetraba, sonreía y penetraba, sin prisa
pero sin pausa. Le inyectaba lentamente con su gruesa ponzoña mientras el sumiso
indefenso sentía el útil penetrar como un cuchillo caliente en mantequilla… cada
vez más adentro. Cada vez más vergüenza… ambos guardaban silencio.
Cuando lo clavó a fondo, en lo que tardó mucho más de lo que
nunca se había tomado para hacerlo, su amo dijo burlonamente
- Listo, clavado…. clavado hasta la empuñadura.
En eso no se equivocaba: lo hurgó sin clemencia hasta el
fondo y un hilo de sangre bajaba por sus piernas, lo que le dio un indicio de lo
que estaba sufriendo su esclavo con la terapia a que lo estaba sometiendo.
Entonces quiso darle un tratamiento especial: lo penetró mucho rato tratando de
hacerle el máximo daño posible, con movimientos bruscos y cambiándole el ángulo
de penetración mientras el otro se limitaba a llorar y guardar respetuoso
silencio ante su maestro. Sólo se escuchaba el ruido "clap clap clap" mientras
le daba yunque, era el insoportable sonido que hacía al pegarle con fuerza su
cintura en las nalgas mientras lo penetraba.
- Míreme !!! míreme !! - se escuchaba de vez en cuando.
Sin sentir ninguna compasión seguía penetrando y penetrando
ese frágil cuerpo desprotegido con furia, como queriendo romperlo. El sumiso
acostado lo miraba desesperado mientras sentía los músculos de las piernas de su
enemigo trabajando a todo vapor: sintió en sus nalgas la inclemencia con que se
le pegaba la ingle ancha y fuerte de su amo y sentía esa verga hirviente
sedienta tomando la plaza sin ninguna resistencia de su parte: su amo lo tenía
donde quería, incondicionalmente rendido a sus pies.
La tortura duró unos minutos en que su señor descansaba a
ratitos para reiniciar vigorosamente los enviones: lo trabajó con verdadera
maestría, lo dominó sin contemplación y lo guió por el desvirgue como quería
hacerlo: lo destrozó sintiendo el sabor a miel de las súplicas y los quejidos.
Lo estaba matando, el esclavo suplicaba, cerraba los ojos y los sentía
calientes. Le ardían los intestinos porque estaba siendo atacado con infame
fuerza. Su amo lo había humillado hasta el límite y lo único que se podía hacer
era mirarlo, erguido y quemadito por el sol se veía hermoso, imponente, inmenso
de pies frente a él, como un toro salvaje con la piel bronceada: estaba siendo
cogido por un salvaje toro rojo.
Afortunadamente para el sumiso la naturaleza hizo lo suyo y
su señor se detuvo de repente a la vez que hacía una mueca de placer para
después gemir largamente mientras su verga sedienta convulsionaba frenéticamente
dentro de esas carnes que se habían abierto como una delicada flor ante un poder
superior erecto. Eyaculó despacio, muy despacio hasta inundar de semen fresco
las entrañas del chico que muy quieto guardaba respetuoso silencio mientras lo
mojaba. Entendió que su amo se le estaba derramando adentro y cerró los ojos
humillado y avergonzado. Después el amo recostó su tronco sobre él y se quedó
como desmayado de cansancio y de placer. Entonces se incorporó y le dijo
- ah, huevoncito… terminó como mi mujercita de ocasión,
ja, ja, ja …
Se lo sacó despacito, entre gemidos lágrimas y ligeras
convulsiones del sumiso; subiéndose a la mesa se le acostó encima. Le lamió las
mejillas y la boca, le mordió los labios y le agarró con fuerza los cabellos
obligándolo a repetir varias veces
- Gracias, amo. Gracias por sembrarme, ahora le suplico
que me permita beberlo.
El amo descansó y luego de unos minutos de quietud puso sus
tetillas al alcance de la boca del sumiso y lo hizo chuparlas mordisquearlas y
lamerlas, al igual que todo su pecho sudoroso su cintura y su ingle que le iba
acercando a la boca hasta que llegó al yunque y se lo empezó a restregar en la
cara. El chico intentaba moverla hacia los lados para evitar la humillación
suprema pero el amo con las manos lo tomó de las sienes y le haló fuertemente el
cabello hacia arriba obligándolo a emitir chillidos desesperados. Entonces
obediente el esclavo abrió la boca y permitió que la hoja le entrara muy
despacio casi hasta la garganta. A una orden de su señor cerró los labios y
sintió cómo le soltaba los cabellos, le apretaba con las rodillas los lados de
la cara y postrándose arrodillado y con los brazos hacia delante como un
musulmán en oración empezó a mover la cintura hacia arriba y hacia abajo
sacándoselo y metiéndoselo lentamente con descansos intermitentes. Lo usó sin
contemplaciones, le ordenó acariciárselo con movimientos de lengua para sentir
más placer y se detenía para disfrutar el delicioso masaje que su esclavo le
hacía en el hongo con la lengua y los labios rápido y despacio, suave y más
fuerte y luego chupándoselo con fuerza y con suavidad (todo convenientemente
dirigido por su señor que le daba las órdenes con toda naturalidad). Le dio
verga en la boca todo lo que se le dio la gana y se hizo dar lengua y masaje con
los labios mucho rato. El amo postrado sobre él cerró los ojos y arañaba la
madera de la mesa para resistir la sensación intensa que le prodigaba su
esclavo. Era placer de verdad, esa boquita parecía enloquecida sirviéndolo con
diligencia y el violador tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no gritar,
para no suplicarle que se detuviera porque no resistía más. Era una cuestión de
dignidad pero estaba metido en la grande con ese pequeño experto que salió de la
nada. Luego de disfrutarlo a fondo empezó a sentir que un volcán iba a explotar
y cerró los ojos, estaba a un paso del éxtasis. Por coincidencia el sumiso
tampoco pudo más y se detuvo en el momento justo de la eyaculación. La sensación
del amo fue inigualable, esa boquita quietita apretándoselo suavemente mientras
se derramaba en cámara lenta. Sólo suplicó en silencio que el esclavo no se
fuera a mover para no dañar su momento más intenso en mucho tiempo.
Logró una fluida eyaculación. Cuando se vino se quedó muy
quieto y el chico no tuvo más opción que irse bebiendo ese semen que salía y
salía entre gemidos del amo que jamás esperó sentir tanto placer derramándose
dentro de la boca de otro hombre.
Finalmente se lo sacó ya saciado su apetito. Desató al pobre
diablo y lo tiró al piso para asegurarlo, necesitaba su silencio. Lo abofeteó y
le dio puños y patadas hasta que lo doblegó. Le puso el pie en el cuello, luego
lo ayudó a arrodillarse y a suplicarle compasión. Le hizo cumplir una vez más:
- Ahora vas a mamar de rodillas
aunque sólo como una cuestión de etiqueta, algo simbólico
porque el amo no podía dar más: nadie hubiera podido extraerle más avena, estaba
vacío, totalmente saciado su apetito. Se limitó a dejarlo caer de medio lado y
con los pies lo acarició varias veces hasta que le ordenó ponerse boca arriba
para obligarlo a lamerle las plantas. Lo amenazó con cara de pocos amigos y lo
convenció a patadas en las costillas.
Luego se fue al pueblo caminando lentamente tambaleándose por
el esfuerzo que había hecho. Fue la primera vez que pensó en el otro ("Si yo me
siento así, cómo se sentirá ese pobre hijo de puta?") , se sentó en la humilde
cafetería de la madre de su esclavo de ocasión, pidió una Red Bull helada y se
la tomó lentamente. Unos minutos después llegó su sumiso callado y caminando
raro. Lo miró y se acercó a él. El amo esperaba un merecido puño un insulto o
alguna agresión pero el manso jovencito con los ojos húmedos por las lágrimas se
limitó a decirle "Quiere que le traiga algo más? Otra Red Bull?". Asintió.
Todo estaba bien. Su único castigo fue la mirada de infantil
rencor en su víctima. Ya habría tiempo de decidir si darle otra terapia. Por
ahora beberse la cerveza.