LA CORAZA
Aquel hombre, habiendo leído sobre las hazañas de Aquiles, se
dedicó a investigar la posibilidad de que existiera algo de verdad en las
narraciones de la mitología griega y descubrió la existencia de la laguna
Estigia, donde el héroe griego había recibido el remojo que lo hizo
indestructible.
Para evitar errores, siguió al pie de la letra el ritual que,
según la tradición, había seguido la madre del Aquiles mitológico: untó su
cuerpo con ambrosía, que encontró en una vasija abandonada en una cueva y dejó
que su piel fuera lamida por las llamas de una fogata, para después sumergir su
cuerpo completamente en las cristalinas aguas, inclusive, su talón, que fue la
parte vulnerable del personaje homérico.
Y lo logró. Después de hacer unas pruebas, comprobó que sí
era completamente invulnerable. Ahora podría correr los más increíbles riesgos
sin ningún temor. También se enfrentaría a quienes le habían hecho la vida
imposible, abusando de su temor de sufrir alguna herida, haciéndole ver como un
cobarde.
Este poder le dio más confianza en sí mismo. Corrió las
aventuras más peligrosas, con la certeza de que no se haría daño de ninguna
manera, ya que el estaba protegido por aquella coraza invulnerable.
Y después se creyó con la fuerza suficiente para ejercitar su
poder sobre los demás, ya que nadie podría matarlo. Así que se alió con otras
personas que lo apoyaron para convertirse en un tirano, en un ser despiadado
cuyo único placer estaba en el dominio de los demás, sobre los que su voluntad
era la única ley que existía.
El pequeño reino que había logrado formar, ya le quedaba
pequeño, ahora ambicionaba ser el amo del mundo, para que todas las naciones le
rindieran pleitesía, para que todos los habitantes de la tierra se inclinaran
ante él, para que le sirvieran como se merecía alguien como él.
Pero cuando creía haber alcanzado la cima de sus nefastas
ambiciones, un dolor abdominal lo hizo doblarse sobre su cintura, apretando su
abdomen fuertemente y gritando de dolor, un agudo dolor que hacía mucho tiempo
había dejado de sentir y que ahora era como una advertencia.
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Cuando despertó en el quirófano, comprendió aterrorizado las
consecuencias de sus acciones, al observar como el bisturí, en manos de aquel
hábil cirujano, desistía de sus intentos de atravesar la epidermis acorazada,
para extraerle la muerte que, como los griegos en el caballo de Troya, agazapada
en lo profundo de sus entrañas, esperaba su gran momento, dentro de un ridículo
apéndice infectado.