PROLOGO:
Es tarde, me siento cansada y estoy nerviosa. De pronto me
invade un calor por todo el cuerpo. Intento bajar la temperatura del
acondicionador de aire del coche.
-No. Será peor. Déjalo como está.
Retiro la mano y la vuelvo a colocar sobre mi vestido.
Las líneas de la carretera se diluyen en la oscuridad. Pronto
desaparecen al entrar por un camino sin asfaltar, bordeado por la maleza y algún
pequeño claro. Álvaro conoce el camino; no ha vacilado un solo instante durante
el trayecto. Lo miro, inquieta, esperando una frase suya, una frase que desvele
a donde vamos y lo que allí sucederá. No lo veo con la seguridad y confianza de
otras veces, con esa seguridad que tanto me tranquiliza, la seguridad que ofrece
aquel que sabe lo que hacer en cada situación y decir en cada momento, sino que
lo veo intranquilo.
Pocos minutos después llegamos a un claro. En el centro del
mismo hay una pequeña cabaña de madera, como un cobertizo, con dos ventanas, una
a cada lado de la puerta, donde se reflejan en cada una de ellas los faros del
coche. Álvaro baja, rodea el vehículo y me abre la puerta.
-Baja.
Me ofrece la mano para ayudarme a bajar. Álvaro siempre tiene
este tipo de detalles; es todo un galán.
No me agarra de la cintura, ni me coge del brazo, como de
costumbre, simplemente me indica que le siga.
Llegamos a la cabaña, y al entrar, me asalta un desagradable
olor a humedad. Álvaro presiona el interruptor de la luz y se enciende una
bombilla que cuelga del techo, iluminando con ello toda la estancia. La cabaña
tiene apenas quince metros cuadrados de superficie, y toda ella está bastante
sucia y deteriorada. No hay muebles, ni sillas, ni mesas, ni cuadros; tan solo
una antigua cama de hierro forjado sobre la que yace un viejo y raído colchón.
Miro a Álvaro, esperando alguna indicación, alguna orden,
algo que desvele lo que va a ocurrir. Me devuelve la mirada.
-Esto no te gustará.
Su voz, al igual que su mirada, ha perdido la dureza que lo
caracteriza.
Me pongo más nerviosa aún. La incertidumbre siempre me ha
excitado, pero ahora, con este cambio de actitud, me resulta insufrible.
Presiento que algo pasa, y que ese algo no es nada bueno.
-¿Qué ocurre Álvaro?.
El tono de mi pregunta revela mi preocupación. Álvaro hace
algo que jamás antes había hecho: huir del pulso de nuestras miradas. Entonces
dice, sereno:
-Quítate el vestido.
Tengo ganas de llorar, pero no lo hago. Aparto las tiras del
vestido que cruzan mis hombros, y este se desliza por mi cuerpo hasta caer al
suelo. Me quedo en ropa interior.
Álvaro se acerca y mete la mano por debajo de las bragas.
-Separa las piernas.
La orden me excita, como siempre, y obedezco.
Cierro los ojos y dejo que Álvaro frote mi sexo. Poco a poco
consigue que me olvide de todo y me centre en los fluidos que mi cuerpo comienza
a engendrar. Sus dedos acarician mi clítoris, separan mis labios y se introducen
para luego volver a salir.
-Estás chorreando.
Retira la mano, impregnada del líquido viscoso y transparente
que ha segregado mi sexo y me la ofrece para que la limpie. En esta ocasión no
me apetece hacerlo, pero abro la boca y dejo que me la introduzca. Paso mi
lengua por entre sus dedos, gustando el desagradable sabor de mis jugos, ese
sabor salado y único, hasta dejarlos completamente limpios. Después los retira y
me los restriega por la cara, mojándome los labios y las mejillas con mi propia
saliva.
Ahora se aleja.
-Te dejo elegir... puedo atarte a la cama, o bien puedo
inyectarte esto.
Mientras habla saca del bolsillo una pequeña jeringuilla.
-Te dejará algo dormida, y te impedirá realizar cualquier
movimiento que requiera un poco de esfuerzo, pero no perderás la conciencia.
¿Qué prefieres?. Te aconsejo el pinchazo.
Dudo unos segundos. En muchas ocasiones, el miedo se confunde
con la excitación, y la excitación con el miedo; ahora no sé lo que siento, y no
estoy segura de querer continuar con esto.
- Álvaro - digo, insegura- me gustaría volver a casa.
Su expresión se torna enojada. Tras unos segundos, dice,
sereno:
-Está bien, como quieras. Ponte el vestido y nos vamos.
La idea de perderlo me aterra más que lo que pueda ocurrir
esta noche.
-¡Vístete!- me grita.
Miro al suelo y le ofrezco el brazo para recibir el pinchazo.
Soy muy susceptible a las agujas, así que cierro los ojos
mientras me pincha.
Pasado un rato comienzo a sentir sus efectos. Me siento en la
cama, pierdo las fuerzas. Me muero por saber lo que tiene pensado hacerme. Tal
vez me azote hasta perder la conciencia; pero eso ya lo ha hecho otras veces,
así que lo descarto.
Me cuesta mantenerme sentada en la cama. Dejó caer mi cuerpo
sobre el sucio colchón.
Se acerca a la cama y me mira. Me acaricia suavemente el
rostro con la mano y me besa. En este momento deseo que me haga suya, que me
desgarre las bragas y me tome salvajemente. No tengo fuerzas para hacérselo
saber. No me salen las palabras. Su boca se acerca a mi oído y, por primera vez,
le oigo pronunciar esas palabras que durante tanto tiempo he deseado escuchar:
"nunca olvides que te quiero".
Intento decirle que me folle, que no espere un solo segundo,
que no puedo esperar más.
Se levanta, para mi desconcierto, y se aleja. Escucho el
chirriar de la puerta, la llave cerrándola, el arranque del coche y, poco
después, como se aleja. La droga, o lo que sea que me ha inyectado, ha disipado
el miedo.
El tiempo se pierde, o tal vez se haya parado, no lo sé. Tomo
aire, cierro los ojos y desnudo mi alma:
Veo a mi madre, mis muñecas, el triciclo -mi triciclo-, el
colegio, el instituto, un beso, la universidad, la cafetería, mi novio... mi
boda mi primera vez mi hija, ¡ay!, mi hija, mi aliento, mi razón de ser: mi
vida. ¿Qué hago aquí?. Quiero estar en casa, con mi marido y mi hija...
De repente la conciencia revive los recuerdos que debiera
olvidar, volviendo en un azud y desfilando ante mí como los caballitos de un
tiovivo…
Pasaje 1: Primer encuentro en el supermercado
Estoy en mi jornada laboral, como cada día desde hace cuatro
años, trabajando en el supermercado. Estoy agachada, colocando productos en las
estanterías bajas. Me duele la espalda de estar tanto rato en la misma postura,
pero falta poco para el final de la jornada, y en breve estaré en casa con mi
marido y mi hija.
Alguien se pone a mi altura. No lo miro. Intuyo que es él.
Sabía que tarde o temprano acabaría pasando. Yo he propiciado esta situación. Le
dije donde trabajaba, me mostré por cámara a escondidas de mi marido, le confié
mis secretos, me abrí a él.
-Sígueme.
Su voz es penetrante, profunda. Un hormigueo recorre mi
estomago.
Continuo quieta y sin mirarlo. Se levanta y se aleja. Miro
hacia el otro lado, al extremo del pasillo. Veo a pocos metros a mi compañera
con un carro lleno de cajas.
-Voy al baño- le informo, nerviosa.
Sigo a pocos pasos al amante al que solo he visto en
fotografía. Baja por las escaleras. Se detiene frente a la puerta de los
servicios de caballeros. Paro a un par de metros de él, un par de metros
prudenciales. Abre la puerta, ojea el interior y me hace un gesto con la mano
para que entre. Paso por delante de él y lo miro de reojo avergonzada. Es alto,
muy guapo, o más que guapo, es muy atractivo, con el pelo negro y los ojos
azules, pero con expresión grave y austera; viste traje oscuro, camisa y
corbata.
Me detengo al entrar. Temo que alguien me vea allí.
Él se queda detrás de mí.
-Entra en la última puerta y espera de cara a la pared.
Titubeo unos segundos. No debo hacerlo, pero deseo hacerlo.
El hormigueo de mi estomago se hace más insistente. Comienzo a caminar hasta
llegar al final y entro. Ajusto un poco la puerta y me coloco de cara a la
pared, a la espera.
Pasa un rato, pasa otro, nadie entra. Ahora se abre, dejando
pasar la luz de fuera, y se vuelve a cerrar. Alguien se acerca por detrás y me
coloca una venda en los ojos. Siento la presión del nudo en la parte trasera de
mi cabeza. Me agarra por los hombros y me da la vuelta. Por un instante dudo que
se trate de él; podría ser cualquier otra persona.
Desabrocha un botón de mi verde uniforme, ahora otro, y otro.
Mi corazón se acelera. Pronto desabrocha el último de los botones y me abre la
camisa. Entrelazo mis brazos para impedir que se abra demasiado.
-No- me reprime.
Me tranquiliza oír su voz, pese a sonar tan severa.
-Crúzalas a la espalda.
Obedezco.
Me separa la camisa. Soy consciente de que observa mis
pechos. Noto su mano agarrando el sujetador y deslizándolo hacia abajo. Mis
pechos están desnudos, y ello me avergüenza, pero me gusta, me gusta que me
obligue a hacer algo que no quiero hacer. Entro en el círculo vicioso de la
excitación y la lubricidad. Espero impaciente las caricias de sus manos, pero no
llegan.
Sus manos se posan en mis hombros y me hacen presión hacia
abajo. Desciendo hasta ponerme de rodillas. Oigo el sonido de una hebilla y una
cremallera. Sé lo que me va a hacer. Con mi marido nunca he hecho estas cosas.
Me siento mal al pensar en lo que estoy apunto de hacer, tengo remordimientos.
-Abre la boca.
La orden despierta un pinchazo en mi sexo.
Abro la boca. Sus manos me agarran la cabeza y su miembro se
abre paso entre mis labios y se introduce, deslizándose por mi lengua, hasta la
garganta. No reacciono y me quedo inmóvil, con la boca abierta y eso metido en
la boca. Me siento extraña. Comienzo a mover la lengua, de adentro a fuera, y a
explorar cada curva, cada pliegue que forma su sexo. Pienso en el pene de mi
marido, y me pregunto si tendrá el mismo sabor insípido.
Empieza a meterla y sacarla con un ritmo suave, lento y
rítmico.
Pasa un rato, me frena y la saca. Me agarra del brazo y me
levanta.
- Bájate los pantalones y las bragas.
Me arden las mejillas.
-No puedo.
-Sí puedes. Hazlo
-Tengo... tengo la regla.
Llevo puesto un tampón. Verá el cordón saliendo de mi cuerpo,
y eso me provoca mucha más vergüenza que mostrarle mis pechos.
-Bájate los pantalones y las bragas- me repite.
No lo pienso, lo hago. Me desabrocho el botón, bajo la
cremallera, me bajo los pantalones y las bragas, con las piernas juntas,
intentando ocultar el cordón. Me agarra por los hombros y me coloca contra los
azulejos del baño. Siento el frió tacto de la pared en mis pechos desnudos, lo
cual me provoca un escalofrío por la barriga y los brazos.
-Separa las piernas.
Obedezco.
Hay una pequeña rendija por la parte baja de la venda que
llevo puesta; por ella puedo observar mis pechos hundidos contra la pared. Me
separo un poco y veo mis pantalones y mis bragas rodeando mis tobillos y
ocultándome los pies. Oigo la puerta principal del baño; alguien entra. Mi
amante no se detiene, y su mano agarra el cordón que sale de mi sexo. La persona
que ha entrado en los servicios se mete en el habitáculo contiguo al nuestro.
Álvaro estira el cordón hacia abajo. Mi cuerpo se estremece. El tampón, teñido
de rojo, va saliendo de mi cuerpo. Mi intimidad, la que tanto ha respetado mi
marido, la que tanto pudor me ha despertado toda mi vida, está siendo violada
por alguien a quien jamás he visto, y ello me provoca oleadas de nuevas
sensaciones, sensaciones que no deseo que desaparezcan. Oigo el sonido de los
dientes de la cremallera del hombre que se encuentra en el baño de al lado, y
después el ruido que provoca el choque de la orina con el agua de la taza del
váter. Álvaro se pone en posición para penetrarme. Una idea pasa por mi cabeza:
no hay marcha atrás, seré una adultera, una adultera más en el mundo.
Siento el roce de su miembro en la boca de mi sexo. Una de
sus manos me agarra la cintura, la otra el pelo. Noto la presión entre mis
piernas y el miembro de mi amante me invade. Oigo la cisterna del váter
contiguo, pero no escucho la puerta. Me muerdo los labios para ahogar mis
gemidos. El trozo de carne me va llenando cada vez más hasta que finalmente
llega a su tope. Me estira del pelo hacia atrás. Noto su aliento en mi cuello,
sus labios se acercan a mi oído y comienza a susurrar.
-Escúchame bien...
Su pene va saliendo de mi cuerpo poco a poco.
-... quiero que vayas repitiendo todo lo que voy a decirte.
Más que un "sí", lo que sale de mi boca es un suspiro
incomprensible.
-Ahora eres mía. Dispondré de ti cuando me plazca, y nunca
recibiré una negativa como respuesta. Repítelo.
Su miembro ha salido por completo. Tan solo siento el tacto
de su punta en mi entrada.
-So... soy tu...
¡El miembro arremete contra mi cuerpo violentamente!. Cuando
llega al fondo me obliga a ponerme de puntillas, por el impacto. Mis palabras
quedan cortadas.
-¡Continua!.
El miembro sale.
-Soy tuya. Dispones de mí...
Me embiste otra vez, pero de manera continuada.
-¡No pares, continua!.
-... dispones de mí cuando... ah... cuando quieras... ah...
ah... por favor... para...
-¡Sigue!.
-No... no me negaré a.. ah.. a nada.
No deseo que pare. Estoy a punto de correrme, de tener un
orgasmo como nunca había tenido.
Su miembro se separa de mi cuerpo sin satisfacerme.
Se oye la puerta de al lado.
-Date la vuelta y ponte de cuclillas.
Obedezco.
-Abre la boca. Límpiala.
Debe estar húmeda y con manchas rojas. No me apetece
chupársela ahora. Recuerdo las palabras que hace apenas unos segundos me hizo
repetir: "nunca recibiré una negativa como respuesta". No quiero desobedecerlo;
si lo hago todo acabará. Abro la boca. Su miembro vuelve a meterse por mi boca.
Ahora su sabor es distinto, más fuerte, salado y desagradable. Le paso la lengua
para limpiarla. Se retira y se levanta.
-Levanta la pierna y colócala sobre la taza.
Hago lo que me pide con su ayuda.
Su mano abre mis labios vaginales. Noto algo fino
introduciéndose por mi sexo.
- Espera un par de minutos a quitarte la venda de los ojos y
salir. No pierdas la venda, llévala siempre encima. Esta semana nos volveremos a
ver.
La puerta se abre y se cierra. Estoy sola. Llevo mi mano a mi
entrepierna. Palpo un cordón saliendo de mi interior. Bajo la pierna y me quito
la venda. Veo en el interior del retrete el tampón manchado de sangre. Me
tranquiliza saber que me ha colocado uno nuevo.
La llamada:
Suena el teléfono. Estoy en el baño y es mi marido quien lo
coge. Salgo apresuradamente. Temo que Álvaro haya tenido el atrevimiento de
llamarme a casa. Mi marido se acerca con el teléfono en la mano.
-Mar, es para ti... dice que es una amiga tuya de la
universidad... Julia me ha dicho...
No conozco a ninguna Julia de la universidad...
-Sí- respondo
-Espera unos segundos y haz ver que te acuerdas
repentinamente de tu buena amiga Julia- me responde Álvaro..
-¿Julia!?... ¡cuánto tiempo!... claro que me acuerdo de ti...
¿cómo estás?- logro reaccionar pasados unos segundos.
Mi marido me sonríe y se aleja.
-Mañana por la noche te llevaré a cenar. Di que has quedado
con Julia. Te pondrás un vestido corto y escotado, pero que sea discreto y
elegante. A las nueve pasará Julia por tu casa a recogerte.