ROBE ME CACHARON… Y ME DEJE COGER!
Nunca había robado, ni lo he vuelto a hacer desde ese
desdichado día en que cometí mi primer y último delito contra la propiedad
privada.
En aquellos años noventa yo era una mujer casada y madre de
dos niños. Mi marido Alfonso era un enfermo apostador que todo lo que caía en
sus manos se lo jugaba, olvidándose de nuestras necesidades familiares.
A mis veintiocho años era una mujer bastante bella. No era
muy alta pero tenía buen tipo pese a mis dos partos.
Guapa de cara —según me decían—, era una morena de ojos
verdes y cabello corto. De curvas estaba muy bien dotada y la verdad es que más
de un albañil, al pasar por las obras, me echaba piropos muy subidos de tono que
no voy a reproducir, aunque no tengan censura.

En aquellas fechas trabajaba como sirvienta de la señora en
una casa de gente rica en Las Lomas de Chapultepec, perteneciente a una familia
muy conocida.
Mi sueldo me permitía darles algún capricho a mis hijos y,
desde luego, ayudaba bastante a mejorar nuestra maltrecha economía familiar.
Cierto día, aprovechando que los señores estaban fuera de
casa disputando de un crucero por el Caribe, mientras arreglaba la recámara
principal comencé a sentir envidia por tanta riqueza de esa familia tan
diferente en ingresos y en forma de vida.
Comencé a mirarme al espejo y abrí los cajones de la cómoda,
revisando la ropa interior de la señora de la casa. Sus pantaletas, brasieres y
medias eran finísimas y de gran calidad.
Me hubiera gustado ser ella para vivir es existencia tan
cómoda y llena de lujos.
Después abrí su armario y revisé su guardarropa embelesada,
tenía un montón de vestidos, faldas, blusas, trajes de chaqueta. También había
unas pelucas de doña Mercedes, la señora, y me las puse observando que me hacían
parecerme a ella, cosa que me agradó, aunque nuestra riqueza no se parecía ni en
lo más mínimo.
Cuando encontré el cajón secreto donde mi jefa guardaba el
dinero, no pude resistirme a la tentación y le cogí treinta mil pesos, que me
guardé en el sostén para que nadie se diera cuenta de que los había robado.
He de confesar que pasé un mal rato, pero con mucha sangre
fría logré reponerme y pensé que como la señora era muy despistada, seguramente
no echaría en falta ese dinero que me prometí a mí misma devolverle algún día,
aunque no estaba muy segura de que pudiera cumplir mi deseo.
Al llegar la hora de la comida, me fui a la cocina para ver
qué menú había preparado Luisa, la cocinera. Me quedé extrañada al ver que no se
encontraba esa buena señora, que llevaba más de treinta años al servicio de los
señores.
—¿Te gusta robar el dinero de mi mamá? —dijo Pepe.
El hijo mayor de mis señores, un joven bastante rebelde que
tenía veinte años y que además de ser muy mal estudiante, era un verdadero vago
que sólo sabía estar con sus amigotes.
—Ahora mismo voy a llamar a la policía para que vayas a la
cárcel por robarnos un dinero que no te pertenece...
—¡Sinvergüenza!.. ¡Ladrona! —gritó Luismi.
El hijo menor de los señores, que había cumplido los
dieciocho y era un joven robusto y alto y con muchos granos de acné en su rostro
mal afeitado.
Quise negar la evidencia, pero cuando me mostraron las
cámaras ocultas que estaban ubicadas en todo el piso y me dijeron que tenían
grabado todo lo que había hecho en el dormitorio de sus padres, me sentí muy mal
y les rogué que no me delataran.
Estaba dispuesta a hacer lo que me pidieran, aunque por sus
ojos de deseo imaginé que sus peticiones iban a destruir mi virtud de mujer
casada.
La fidelidad al marido y al matrimonio fue el mayor valor que
me inculcaron mis padres en la infancia.
No obstante, no quería ir a la cárcel porque cuando alguien
llega ahí todas las puertas de la sociedad se le cierran, siendo la vergüenza
para mis hijos.
—¿Qué debo hacer para que olvides lo sucedido y borres las
imágenes?
—Queremos que seas nuestra muñeca inflable!
—Bueno, pero luego estaremos en paz. ¿Dónde me acuesto?
—No, guapita, de cara.
- Primero debes de ir al dormitorio de mamá y elegir su ropa
interior más sexy y ponértela. Luego te vas a poner su peluca, un vestido
sensual y te maquillarás y pintarás los labios y los ojos como ella.
- Queremos que te conviertas en su doble.
La verdad es que mi jefa tenía tan sólo diez años más que yo
y una estatura y cuerpo parecidos al mío.
Les hice caso porque no tenía otro remedio; me desnudé en su
habitación y me puse lo más atractiva que pude. Cuando salí, ellos ya estaban en
la mesa.
Me dieron un beso en las mejillas y me pidieron que les
sirviera la comida llamándome "mamá".
Les serví y noté cómo ellos me acariciaban los muslos y
deslizaban sus atrevidas caricias hasta mi intimidad.
Pepe me tiró de los pelos del sexo, que se me salían por el
encaje de la tanga, y me dijo entonces con cierto tono de reproche:
—Mercedes, debes de rasurarte la panocha porque tienes unos
pelos muy rizados.
Sentí un gran dolor cuando el muy caliente me dio un tirón y
casi me arranca la piel junto a esos vellos que me lastimaron la entrepierna.
Cómo hubiera querido darle una bofetada, pero Luismi,
aprovechando que me agaché, me sacó las tetas y me dejó con todo al aire,
mientras que sin poder evitarlo, ignoro si soy masoquista, se me endurecieron
los pezones.
Cuando empezaron a comer los postres, ambos me fajaron y
tentalearon todo lo que quisieron y me repetían lujuriosos que siempre que me
tenían cerca se masturbaban descaradamente para que los deseara tanto como ellos
a mí.
Yo lamenté que sus padres estuvieran de vacaciones y que no
pudieran aparecer de improviso para acabar con esa tortura que me habían
comenzado a aplicar los muy canallas y chantajistas.
Me llevaron al dormitorio de los señores y allí los dos se
metieron en la cama de sus padres, desnudos. Yo tuve que quitarme el vestido y
quedarme sólo con la tanga y el brasier de su madre.
Ellos me chiflaban, piropeándome como esos albañiles
ordinarios que cuando pasaba por la obra donde trabajaban únicamente me decían
groserías como:
- "tienes un culo de primera, quiero mamártelo".
Tuve que complacerlos con un strip-tease que sin duda les
alegró la vista. Les llamaba:
- "hijos míos", "chiquitines de mamá" y otras lindezas.
Ellos creyeron que era su madre, lo que me indicó que sentían
un gran complejo de Edipo por doña Mercedes, y como a su madre no se atrevieron
a proponerle cosas deshonestas, aprovecharon mi desliz para obligarme a tomar su
lugar.
Desnuda al fin tuve que soportar sus caricias asquerosas y
cada vez más atrevidas, sin poder rebelarme. Era como una oveja indefensa ante
mis violadores.
Ojala mi marido hubiera visto la situación que tuve que vivir
por culpa de su adicción al juego.
Cerré los ojos y desnuda me metí en la cama con ellos,
aguantando sus besos húmedos y babosos. Ellos estaban enardecidos y creyendo que
hacían realidad su fantasía, me decían:
— No sabes cómo hemos deseado cogerte, mamá.
- Por eso nos abrazábamos a ti rozando tus nalgas, apretando
tus pechos y restregando nuestra verga en tu delicioso cuerpo.

Yo sólo era un juguete de carne para ellos y me besaron,
chuparon mis pezones, mis tetas, el bajo vientre, mi vulva y me metieron los
dedos en la vagina hasta hacerme daño, dada su impetuosidad y falta de cuidado.
Que era yo para ellos, más que una simple ladrona. Me jalaban
de los cabellos y en los momentos más apasionados con toda su fuerza, su carne
vibraba al contacto con la mía y en su delirio no dejaban de saborear mi sudor,
que mezclado con el de ellos, era como un elixir.
Casi perdí el conocimiento cuando uno tras otro me penetraron
a lo bestia, sin importarles un pepino que estuviera seca o lubricada.
No me consideraban una persona, sino un objeto, y como tal me
trataron.
Fui violada, ultrajada, les tuve que chupar sus pitos duros y
largos, grandes, y hasta beberme su semen, ellos me llamaban "madre" y me
exigían que saboreara lo que había engendrado, pero yo no era la que estaba
haciendo lo que me pedían los muy canallas.
Me imaginé que era su madre, esa señora soberbia y estúpida
que sólo vivía para arreglarse sin darse cuenta de que sus hijos la deseaban,
querían cogérsela, y al no atreverse, me utilizaron a mí, a la pobre estúpida
que cometió la torpeza de robar ante unas malditas cámaras de seguridad que esos
ricachones habían instalado.
Tuve que dejarme utilizar como una muñeca inflable durante
más de tres meses.
Al final, cuando quedé embarazada, los amenacé con llevarlos
a juicio por violadores y demostrar que ellos eran los padres de mi hijo.
Entonces borraron el video y me prometieron que ya no se
pasarían conmigo.
Estuve trabajando varios años en su casa y ambos se casaron
con dos señoritas de la alta sociedad.
Los dos fueron muy generosos conmigo y a mi Julito no le
falta! nada porque ellos me dan bastante dinero a espaldas de mi marido, pues
trato de evitar que me lo quite para irse a jugar.
He pasado muchas miserias y vergüenzas por lo que hice. No
obstante, por las noches sin sexo ni esperanzas, cuando mi marido está por ahí
en cualquier tugurio jugándose su escaso dinero, yo añoro a Pepe y a Luismi, que
me amaron y dieron todos los placeres que una mujer puede esperar y necesitar.
Aunque lamentablemente iban dirigidos a su madre, Mercedes,
su amor imposible.
Desde que sé del sexo, siempre sueño desnuda con mi padre, en
su cama y gozando hasta el delirio de cualquier cantidad de porquerías. Nancy
Meléndez.