AL FINAL DE LAS SOMBRAS
Un mundo interior
Nunca me había sentido tan ligero como después de ese
momento. Todo empezó como un ligero escozor naciendo en las sienes,
desplazándose ondulante y caprichosamente como cuerpo de serpiente, gélida y
exótica al tacto. La desesperación, los lamentos, el dolor y toda sensación
humanamente reconocible desaparecían para fundirse en el crisol del mundo,
permanecer incólume y sublimarse hasta los más dilatados y exacerbados lindes y
confines de la eternidad, yaciendo pacífica y muy cerca de la inexistencia.
En un instante de penetrantes y profundas cavilaciones, la
visión fue reduciéndose indolora desde la periferia, cobijando perezosamente
cual niebla oscura en bosque de montaña. Era algo verdaderamente extraño el
sentido de pertenecer a un mundo pero no existir en el, ni siquiera por los años
de lamentable deterioro paulatino e irreversible en los que te vio pisar las más
nauseabundas porquerías y pasar de largo por tu propia voz. Era algo tétrico
pero morboso el observar tu propia vida desde un ángulo desde el cuál nunca
antes te habías tomado la molestia en hacerlo; es más, es exorbitante la
cantidad de minúsculos detalles que a la larga pesan y terminan venciéndote, aún
a pesar de cualquier juicio y cualquier intento. Nada de lo que hagas o digas
perdurará más allá de lo que tarde en resonar en tus propios tímpanos y hacerte
caer en la cuenta de que el mundo es sumamente engañoso y por eso me es una
necesidad el mentirle; pero la mentira no es la negación de la realidad, sino
más bien un plan a posteridad para la transformación de la misma en algo,
digamos, diferente.
Ahora, nada importa ya, pero todo es interesante. Todo
adquiere una inclinación del ánimo más pronunciada que antes. La ingravidez que
te atosiga se asemeja a ser empujado como una pluma con un feroz soplido que te
eleva insignificante por los aires para que nunca más desciendas ni vuelvas a
rozar tierra u oprimirla con fuerza entre tus dedos, siquiera con la imaginación
desbordante por la cuál siempre te habías caracterizado ante ti mismo.
Repentinamente y sin siquiera advertirlo, pude sentirme
nuevamente corpóreo y ya no etéreo. La oscuridad de apariencia sempiterna
pareció ceder ante fuerzas incognoscibles e insondables que me ofrecieron con
sosiego una gama de oportunidades que escapaban más allá de la más prolífica
imaginación que haya existido en todo el orbe.
Ahora podía sentir la tierra bajo las plantas de mis pies y
en los resquicios existentes dentro de mis dedos. La sentía apretujarse y
resbalar a cada zancada que mi cuerpo se dignaba en efectuar con cierto tino y a
una cadencia extraña. Era un espacio cavernoso que se llenaba de los ecos
acuáticos de un mundo lleno de sorpresas y que se mostraba displicente a ser
inquirido con diligencia, incluso por su propio creador. Me hallaba a mi mismo
como un alma en pena, que a veces sopla, y a veces truena pero que no podía ver
más allá de una vaga penumbra y una vaga memoria. La vastedad de la concavidad
subrepticia y subterránea no menguaba el interés famélico de llegar hasta el
final, aunque se requiriera de una infinita paciencia.
Los dedos también rozaban las paredes; en ocasiones a la
derecha y en ocasiones a la izquierda. Pequeños fragmentos de roca se
incrustaban debajo de las uñas pero sin dolor, sino como una extensión de los
mismos dedos. Una maraña de pelos se extendían desde el cuero cabelludo hasta
los hombros, unidos en caótica armonía a manera de extravagante y exquisito
lienzo de explayados trazos finos que parecían mejorar a cada movimiento del
cuello.
Lo más extraño fue el pecho; ya no existía corazón inagotable
que se convulsionara dentro de él y que impusiera orden, ritmo, compás o
sincronía. No, ya no existía en lo absoluto y de eso puedo estar seguro, pero en
lugar de él, una madreselva se enredaba en el esternón y decoraba una a una las
costillas.
En un instante supe algo que hace unos segundos no sabía,
aunque ignoraba como me había enterado de ello. Tal vez fueron las raíces que se
anclaban en mi sacro, o tal vez fue el tallo que se enredaba rizado con cadencia
a la espina dorsal pero sabía con inefable certeza que aún me encontraba vivo.
Pero el cómo es algo que aun desconozco, y el dónde también. Aún el por qué se
ha resistido a revelarse y esto no es algo que me quite el sueño, ya que son
dichosos aquellos que también saben soñar despiertos, aunque aquel mundo
interior, con todo y su perpetuidad lacerante, jamás vuelva a ser revelado ante
la creación hasta el último segundo en el que una pregunta no responda más allá
de lo que una respuesta pueda preguntar.
Continuará...