El gran cumpleaños de Carla – VI (La fiesta)
Esta no es una historia real (aunque me hubiera gustado que
lo fuera), pero está basada en situaciones y personajes verdaderos, a los que
sólo les cambié los nombres y algunos lugares, como para guardar el secreto...
Qué pasa que todavía no están listos? – Preguntó la flaca. Ya
vamos – Le respondí. Andá preparando la comida, que ya casi estamos listos. La
ayudé a Carlita a vestirse, y luego de darle un nuevo beso, fuimos a la cocina.
Donde al rato almorzamos todos juntos (con Adolfo y Rosita también); y nos
fuimos a dormir la siesta. La noche iba a ser larga, por la fiesta, y queríamos
estar descansados.
Cuando nos fuimos levantando, empezamos a bañarnos y
vestirnos. Cuando recién me terminaba de bañar, y me estaba secando, apareció
Rosita en mi habitación. Tío – Dijo. Arriba hay cola para usar el baño; dice
mamá si me puedo bañar acá. Le respondí que no había problema, y se fue a buscar
la ropa para vestirse y un toallón.
Al volver, yo estaba tirado en la cama, haciendo fiaca. Ya me
había secado, pero estaba envuelto de la cintura para abajo en una toalla.
Rosita dejó el toallón y el champú en el baño, y vino a desvestirse a la pieza.
Sin ningún problema se sacó la ropa, quedando completamente desnuda delante mío.
¿Te parece que tengo cuerpo de niña todavía? – Me preguntó,
mirándome de frente, y con sus manos en la cintura. Tu cuerpo está bien, para la
edad que tenés – Le contesté. Ya se va a ir desarrollando más, cuando
corresponda. Fijate que tus pechos ya tienen un poco de forma – Le expliqué,
levantándome de la cama, para acercarme a ella.
Pasé mi mano desde su ombligo para arriba, para que sintiera
cómo se levantaba al llegar al pecho. ¿Ves? – Le dije. Ya empiezan a tomar
forma, y tus tetillas a parecerse a pequeños pezones. Le expliqué que si aún
fuera una niña, estas no se pondrían duras, al sentir el roce de mi mano. Se te
endurecen – Seguí explicando, porque mi caricia te excita. Si fueras una niña no
te pasaría nada.
Llevé mi mano más abajo, y tomé entre mis dedos algunos de
los pocos pendejos de su concha. Acá es donde mejor te podés dar cuenta que has
crecido – Le dije. Ya vas teniendo pelitos, que pronto crecerán, y serán muchos
más. Además – Continué. Seguramente ya puedo notar tu clítoris, entre tus
labios.
Y eso ¿qué es? – Preguntó, extrañada. Ante su falta de
conocimiento pasé a explicarle dónde estaba el clítoris, para lo cual se sentó
en la cama y le hice abrir las piernas. Me agaché delante de ella, y abriendo
suavemente sus labios vaginales, llegué hasta su botoncito, que es minúsculo. Se
lo acaricié con un dedo, viendo que crecía un poco más, pero igual casi no se
notaba. Ante mi caricia, Rosita largo un suspiro, que me dio a entender que le
gustaba.
Mirate con este espejo – Le dije, alcanzándole uno de mano,
que estaba sobre la cómoda de la habitación. Lo puso en posición, y logró ver
todos sus genitales, mientras yo le explicaba las distintas partes. ¿Te gustó
cuando te acaricié el clítoris? – Le pregunté. Me respondió que sí, y le dije
que era lo más normal. Si todavía fueras una niña – Proseguí. No hubieras
sentido nada.
Como ves – Le dije. Ya estás desarrollándote como una
señorita. No eres más una niña. A todo esto, observé que ella no me miraba
directamente, mientras le hablaba, y siguiendo su mirada, llegué a la toalla que
me cubría, o mejor dicho, que no me cubría. De tanto toqueteo y demás, yo ya
estaba al palo; mi pija se había salido por la toalla, y asomaba apuntando de
frente, en todo su tamaño.
Le comenté que así como a ella se le endurecían los pequeños
pezones, o sobresalía su clítoris, cuando se excitaba, a mí se me ponía duro el
pene. ¿Y vos por qué estas excitado? – Me preguntó en toda su inocencia. A lo
que le respondí que se debía a la prescencia de ella desnuda delante mío, y al
haberla estado tocando.
Esto también te demuestra – Le dije. Que dejaste de ser niña.
Una niña no excita a los hombres, pero vos sí. Es por vos que mi pene está en
este estado. ¿Cómo hacés para que vuelva a estar normal? – Preguntó. Sólo vuelve
a la normalidad cuando llego a un orgasmo – Le respondí. Que es cuando largo mi
leche.
De ahí, a que me masturbara, y me hiciera acabar otra vez en
su boca, hubo sólo un paso. Esa boquita me encantaba, y no le costaba nada, por
más inexperta que fuera, hacerme tocar el cielo con las manos.
Cuando quiso saber cómo era el orgasmo en la mujer, se lo
demostré en forma práctica. La hice acostarse sobre la cama, y comencé a lamerle
la conchita. Cada vez que pasaba mi lengua por su clítoris, se estremecía de
gozo; pero era como que se asustaba un poco, cuando iba llegando al orgasmo, y
no se dejaba llevar. Así estuvimos un rato, hasta que le dije que se fuera a
bañar, que se hacía tarde. Más adelante, en otro momento, seguimos – Le dije. Y
se metió al baño.
Justo en ese momento llegaba Nora, dispuesta a usar también
el baño. Antes que le pudiera decir nada, ya estaba prácticamente desnuda. ¡Ojo,
que adentro está Rosita! – Le advertí. ¿Todavía está acá bañándose? – Preguntó
enojada. Estas chicas son tremendas. Se terminó de desnudar delante mío, y se
cubrió con un toallón. ¡¿Te falta mucho?! – Le preguntó, entreabriendo la puerta
del baño. ¡Ya salgo! – Le contestó Rosita.
Se cruzaron en la puerta del baño, ambas desnudas, con sólo
un toallón cubriéndolas. Cuando me cercioré que la flaca se había metido en la
ducha, me dediqué a secarla a Rosita, aprovechando para acariciar todo su
cuerpo. Esto la fue poniendo más relajada, sumado a la ducha que se había dado.
Me entretuve más tiempo en su conchita, y comencé a masturbarla con mis dedos.
Tuve que taparle la boca con la mano, para que su madre no
escuchara los gritos que pegó al tener su orgasmo. ¡El primer orgasmo de su
vida! Gritaba como loca, y cayo rendida en la cama. Arrimé mi boca a la vagina,
y le chupé los jugos que de ella habían salido; también los primeros.
Cuando se recupero, la mandé a su habitación a vestirse,
antes que saliera Nora del baño. Esta no se demoró mucho en la ducha, y se quedó
vistiéndose delante mío. Mientras yo hacía lo mismo, aunque terminé mucho más
rápido. Salí de la pieza con corbata y todo, sólo me faltaba ponerme el saco.
Salieron todos para la fiesta, excepto Carla y yo. La idea
era que ella llegara cuando estuviera toda la gente, y yo la acompañaría.
Llegamos a eso de las diez y media de la noche, y el salón estaba repleto. La
aparición de Carlita fue apoteótica, ya que estaba hermosa. La habían vestido y
peinado muy sencillo, pero sinceramente, estaba maravillosa.
Su vestido rosa pálido, era de gasa, todo muy transparente y
ceñido al cuerpo en la parte de arriba. No llevaba corpiño, porque no lo
necesitaba. Lo comprobé cuando antes de salir le acaricié los pechos, y pude
sentir como sus pequeños pezones se ponían duros, bajo la tela.
¿Estás muy nerviosa? – Le pregunté, todavía en la casa. La
verdad que sí – Me respondió. Esto es muy importante para mí, y quiero que salga
todo bien. Yo te voy a ayudar a relajarte un poco – Le dije. Levanté con cuidado
su vestido, que llegaba hasta el piso, y me quedé contemplando sus lindas
piernas, que terminaban en una bombachita también rosa.
Tomé los bordes de la bombacha, y se la bajé hasta el piso,
sacándola de sus pies. Volví a meterme bajo la falda, y abrí sus piernas con mis
manos; cosa que se dejó hacer sin problema. Acá va mi regalo de cumpleaños – Le
dije. Y comencé una buena mamada. A pesar de los nervios, no le costó mucho
llegar al orgasmo, que gritó como una poseída. Se descargó por todo lo que venía
pasando, y todo lo que se avecinaba.
Cuando terminó, casi se me cae desmayada. La sostuve en mis
brazos, tratando de no ajar su ropa, ni su maquillaje. Ya era hora de subir al
remis y partir para la fiesta. Me pidió la bombacha, para ponérsela nuevamente,
pero le dije que fuera así. Durante la fiesta, cuando te sientas desnuda – Le
dije. Acordate de tu tío, y pensá que a la vuelta podemos completar tu regalo
más tranquilos. Y así se fue, sin nada de nada debajo de su vestido.
Como les decía, cuando entró a la fiesta, de mi brazo, todo
el mundo hizo silencio. Nos paramos en lo alto de la escalinata, y arrancó la
música prevista para su entrada. Todo el mundo vino a saludarla, y de paso a mí.
Sin quererlo, había pasado a ser parte importante del circo.
Entre los que vinieron a saludarla, estaban sus amigas, entre
las cuales pude contar unas cuantas muy buenas. A pesar de ser pendejas, estaban
muy arregladas, la mayoría con minifaldas, tops y en general ropa muy chica, que
dejaba poco para la imaginación.
La primer parte de la fiesta se fue con la comida, donde todo
fue de lo más normal. Luego empezó la joda. Abrieron un espacio no muy grande
para el baile, y allí fueron todos, para empezar con el famos vals. Primero
bailaron Carla con su padre (el ex marido de Nora); luego bailó con ella Adolfo;
y el tercero fui yo. Aproveché el movimiento del baile, para bajar un poco la
mano que tenía en su cintura, y acariciarle la cola, por sobre el vestido.
Después del vals, que fue bastante largo y pesado, vino el
baile para la joda. Se armó una linda bailanta, donde no había mucho lugar para
moverse. Estaban todos muy apretados, y yo me quedé mirando como se divertían
los jóvenes. En eso vino la flaca, y me sacó a bailar. Vení – Me dijo, tomándome
de la mano. Bailá conmigo, antes que se le ocurra sacarme al Gorchenko (su ex).
Estuvimos jodiendo un buen rato en la pista, y entre idas y
vueltas, a pesar de que la música era bastante movida, aproveché para manosearla
un poco a la flaca; a lo cual no sólo no se opuso, si no que me facilitaba las
cosas. Ella también estaba de largo, pero con un vestido negro, totalmente
ajustado al cuerpo, y un tajo al costado que casi le llegaba a la cadera.
Corpiño seguro que no llevaba, pero tampoco se divisaba marca de bombacha.
En un momento que estaba tomando tranquilo una copa, apoyado
contra la pared, se me acercó Carla, trayendo de la mano una amiga. ¿Conocés a
Joanna? – Me preguntó. Es mi mejor amiga – Continuó sin esperar respuesta. Me
acerqué a darle un beso, y luego me quedé contemplándola.
Joanna era una chica bastante menudita. Es más baja que
Carla, aunque unos meses mayor. Una de las pocas chicas que no usaba minifalda
(por eso no me habría llamado la atención antes), ya que vestía una falda a la
rodilla, muy amplia; y una blusa abrochada atrás, blanca, casi transparente.
Pero lo que tendría que haber impresionado de movida, y
recién ahora lo notaba, era su cabello y su cara. Joanna es pelirroja, con el
cabello bastante largo y apenas ondulado. Esto ya para mí es muy importante, ya
que me deliran las pelirrojas. En ese momento se me vino a la cabeza que salvo
Silvina, hacía mucho tiempo que no me volteaba una colorada.
Por otro lado, estaba su cara. Una carita de niña, que la
hacía parecer mucho más chica. Encima, tenía unas cuantas pecas disemindas por
su cara. Toda en ella era chiquito, tanto la boca como la nariz; incluso sus
ojos, aunque como los tenía un poco rasgados, se los veía algo más grandes.
Encima son de un verde agua, donde dan ganas de zambullirse.
¡Hey, tío!, ¡despertate! – Me dijo Carla, viendo que estaba
embobado. Te la quería presentar, porque es mi mejor amiga; pero además, porque
le conté tu consejo sobre mi ropa interior, y la convencí que ella hiciera lo
mismo. ¿Que hiciera qué? – Le pregunté, sorprendido. Lo mismo que yo, se sacó la
bombacha y la guardó en su carterita.
También me saqué el corpiño – Habló por primera vez Joanna.
Su voz me pareció angelical. En realidad desentonaba con su físico, ya que era
algo grave, y nada tenía de infantil. ¿Y cómo te sentís? – Logré preguntar,
luego que reaccioné. ¡Bárbara! – Respondió. Me siento totalmente libre, para
hacer lo que quiera.
De eso te queríamos hablar – Terció Carla. Espero que no te
enojes, pero no sólo le conté de tus consejos sobre la ropa interior, si no que
sabe todo sobre mi primera vez – Culminó. Yo casi me desmayo; Carla estaba
contándole a todo el mundo que yo había sido el primero en cojerla, y esto
podría provocar un desastre.
No te asustes, tío – Me dijo, para tranquilizarme. La única
que lo sabe, y lo va a saber es ella. No te olvides que es mi mejor amiga. Y
como tal, quisiera que ella pueda disfrutar tanto como yo – Completó. Yo también
soy virgen – Dijo Joanna. Y después de lo que me contó Carlita, quisiera dejar
de serlo, con usted.
A mí me daban vuelta mil cosas. Por un lado, ya estaba al
palo de sólo pensarlo. Por otra parte, me parecía imposible. En ese momento no
iba a poder ser, estábamos en la fiesta; y al día siguiente partíamos a Neuquén.
Tampoco quería perder la oportunidad; la mocosa era todo lo que podía pedir,
inclusive pintaba mejor que la misma Carla.
Esto no va poder ser – Les dije. Vos sabés que viajo mañana
de vuelta. No pensamos esperar hasta mañana – Me dijo Carla. Tiene que ser
ahora, acá en la fiesta. Ante mi cara de asombro, me dijo que pasando el cuarto
guardarropa, había otro para los familiares íntimos. Lo usan más que nada las
novias para descansar en las fiestas de casamiento, y cambiarse antes de irse.
Tiene llave por dentro, y se supone que sólo lo usaré yo esta
noche – Me dijo. Pero si vamos con Joanna allí – Argumenté. Y vos estás en la
fiesta, cualquiera puede querer entrar, y nos van a descubrir. Lo pensó sólo
medio minuto, y encontró la solución. Le voy a decir a mamá que voy a descansar
un poco – Fue su idea. Y me va a acompañar Joanna. Vos podés colarte sin que te
vean – Dijo. Nadie te va a echar de menos.
Fui primero yo, y me metí en la piecita. Es pequeña, y sólo
tiene una cama chica, un espejo de cuerpo entero y una mesa vacía; además de dos
sillas. Las chicas tardaron diez minutos, y yo ya me estaba impacientando. Lo
que pasa es que mamá me hizo mil preguntas – Se excusó Carla. Que si estaba
bien, que ella me acompañaba, y bla bla bla.
No tenemos tiempo para todas las explicaciones que te di a
vos – Le dije a Carla. Así que vamos al grano. La di vuelta a Joanna, para
desbrocharle la blusa, y luego sacándola de dentro de su pollera, la levante
sobre su cabeza. Cuando terminé de quitársela, estaba de espaldas a mí, me
arrimé y apoyé mi bulto contra su espalda, ya que es más baja que yo.
Rodeé su torso con mis brazos, pasando las manos por sus
pechos. Los acaricié, notando que estaban bastante desarrollados, para el tamaño
de ella. Tomé los pezones entre mis dedos, y los estrujé un poco. Me deleité un
ratito con esos pechos que todavía no había visto.
Luego saqué mis manos, y baje el cierre de su falda,
dejándola caer de golpe al piso. Ante mí quedo su cola, que también estaba muy
formadita. Es una pera perfecta, levantadita, invitando a tocarla. Y así lo
hice. Pasé mis dedos por esas nalgas suaves como las de un bebé. Apenas
acariciándola, pero igual la hice estremecer.
Volví a apoyarme contra ella, y esta vez mis manos fueron
hacia su vientre. Grande fue mi sorpresa, al encontrarme con mucho más vello
púbico que el que esperaba. Jugué con sus pelitos, acariciando también sus
labios vaginales; y luego subí mis manos nuevamente hacia sus pechos.
Ahora, date vuelta – Le dije, en un susurro. Y ella se giró,
dejando ante mi vista el resto de su cuerpo. Sus pechos eran como los había
imaginado cuando los acariciaba. Grandecitos, rosados y con unos pezoncitos muy
sobresalidos. Las aureolas casi no se notaban, porque son pálidas, como su piel.
Lo más hermoso son sus pecas, que salpican toda la parte superior de sus pechos.
Su cintura es muy pequeña, y luego se abren sus magníficas
piernas. Si la cola y los pechos me habían parecido muy desarrollados, ni les
cuento las piernas. Son perfectas, como las de una joven mucho más grande. Su
conchita estaba tapada por una mata de pelo rojizo igual que su cabello. Que si
bien eran cortos, lo tenía muy tupido.
La dejé ahí parada, y comencé a sacarme la ropa. Lo hice
lentamente, como para no romper el hechizo del momento. Cuando quedé totalmente
en bolas, me arrimé a ella y la abracé. Lo hice agachándome un poco, para poder
besarla, y mi pija se juntó con su concha. Nuestros pelos se entremezclaron,
mientras las tetitas de ella se apoyaban contra mi pecho.
Cuando estuvimos bien juntos, la besé profundamente en la
boca, a lo que respondió con mucho ardor. Se veía que de eso ya sabía. Luego
comencé a bajar con mi lengua, entreteniéndome nuevamente en sus pezones. Los
lamí, los chupé y los mordí, hasta que tuvo un orgasmo. Fue tan fuerte, que vi
como comenzaba a chorrear su flujo por las piernas.
Me volví a parar, y la agaché un poco, hasta que tuvo su boca
a la altura de mi pija. ¡Chupásela! – Dijo en ese momento Carlita. Yo ya me
había olvidado de ella, y cuando me di vuelta, la encontré a mi lado,
¡completamente desnuda!. Yo te voy a enseñar cómo hacerlo – Volvió a decir
Carla. Se agachó junto a Joanna, y tomó mi verga con una mano, lo cual fue
imitado por la otra niña.
Entre las dos comenzaron a masturbarme, lentamente. Luego
Carlita pasó su lengua por mi glande, y Joanna hizo lo mismo. Le metí parte de
la verga en la boca a Joanna, mientras Carlita se dedicaba a chuparme los
huevos. Entre las dos me hicieron una mamada espectacular.
Antes de acabar, las hice detener, ya que no quería gastar
cartuchos tan pronto. Le dije a Joanna que se acostara en la cama, y mientras
buscaba un preservativo en mi pantalón, le dije a Carla que la chupara, para que
estuviera lista para la penetración.
¿Ella me va a lamer? – Preguntó asombrada Joanna. Claro que
sí – Le respondí. De tanto recibir ella esas caricias, ya tiene que haber
aprendido. Carlita se arrodilló en el piso, y comenzó a mamarle la concha a su
mejor amiga (que ahora lo sería más que nunca). Antes que yo estuviera listo,
con el preservativo puesto, Joanna llegó a otro orgasmo, bañando la cara de
Carlita con su flujo.
Me arrimé yo, y le puse un almoadón bajo la cola, para
levantarla. Arrimé la punta de mi verga a la entrada de su vagina, y de a poco
comencé a penetrarla. Mientras lo hacía, Carlita se puso a su lado, y comenzó a
acariciarle las tetas, y luego se trenzaron en un larguísimo beso.
La vagina de Joanna era un mar de líquidos, mezcla del flujo
largado en sus dos orgasmos anteriores, y la saliva de su amiga. A pesar de lo
estrecho (no tanto, para ser virgen), mi pija entraba sin mayores problemas.
Sólo se detuvo al llegar al himen, pero bastó un pequeño empujoncito extra para
que éste se rompiera, y mi verga siguiera adelante.
En pocos minutos había llegado al fondo de su vagina. Ahí la
dejé un poco, no tanto por ella, si no para disfrutarlo yo. Me quedé viendo como
Carlita le chupaba las tetas, y ella, con los ojos cerrados y la boca
entreabierta, disfrutaba de la situación. Entonces comencé un pone y saca en su
concha, que llevaba mi pija casi hasta afuera, y volvía a entrar.
Por el doble efecto de mi pija en su concha, y la lengua de
Carlita en sus pezones, se vino otra vez. Ahora saltaba como loca, de un lado a
otro, dando gritos de placer. Con todos estos movimientos, yo acabé enseguida.
La dejé muy poco adentro, por temor a que se saliera el preservativo, sacándola
antes que se achicara.
Cuando la tuve afuera, vino Carlita y me quitó ella el forro.
Lo tomó en su mano, sin dejar caer su contenido, y lo dio vuelta sobre la cara
de Joanna. No podés perderte de tomar esto – Le dijo. Mientras su amiga se
tragaba el semen que salía del preservativo, relamiendo incluso lo que caía
fuera de su boca.
Al terminar, Carlita volvió a pegar su boca a la de Joanna,
besándola nuevamente, y compartiendo mi leche. Luego entre las dos me chuparon
la pija, hasta dejarla limpita, pero parada nuevamente. ¡Falta la cola! – Dijo
Carla, poniendo su amiga cara de preocupación. Eso me va a doler mucho – Se
quejó Joanna. A lo cual Carlita la tranquilizó diciendo que a ella le había ido
bárbaro. No dejarás de ser del todo virgen – Le dijo. Si no te la pone también
por atrás.
Yo la miraba y no podía creer lo que escuchaba. Estaba
encantado de cómo se daban las cosas. Ahí tenía el culito de la colorada a mi
disposición, y esta vez no pensaba usar forro. Le pedí a Carlita que fuera ella
quien la lubricara nuevamente. Pero vos Joanna, vas a hacer lo mismo con Carla –
Le dije.
Una vez que cada una le había chupado bien el culo a la otra,
las hice apoyarse juntas las dos, sobre la cama, dejando su culitos para arriba,
y listos para ser penetrados. Primero se la puse a mi sobrina, y luego la fui
desvirgando a la amiguita. Metía un pedazo de pija en cada culo, y pasaba al
otro. Así fui cambiando, y cada vez iba más adentro.
El recto de Joanna se rebeló bastante, pero al final entró
toda mi pija. Mientras culeaba a una, a la otra le metía un par de dedos, para
no perder la dilatación. Ahí comencé a bombear, un poco en cada culo. Ellas,
mientras tanto se besaban, y acariciaban las tetas. Cuando sentí que estaba por
acabar, volví al culito de Joanna, y con unos cuantos movimientos más rápidos,
acabé dentro de ella, llenándole el culo de semen.
Se salió sola cuando se achicó, y así fláccida como estaba,
Carlita se la volvió a poner en la boca, para limpiarla. Joanna se había sentado
en la cama a descansar. Cuando tuve la pija bien limpia, Carla me besó en la
boca, y me agradeció en nombre de las dos. Ahora vistámonos, que nos van a
extrañar – Les dije. Pero vos dejame tu bombacha de recuerdo – Le pedí a Joanna.
A lo que ella accedió sin problemas.
Saliero primero ellas, luego de arreglarse el maquillaje, el
peinado y la ropa, frente al espejo. A los cinco minutos salí yo; pasé por el
guardarropas; y cuando salía de éste, me choqué con Nora. ¿Dónde estabas? –
Preguntó. Que hace tiempo te estaba buscando. Le respondí que había venido a
buscar algo al saco, ya que no pensaba contarle la verdad.
Vení – Me dijo. Que quiero mostrarte algo. Y me llevó de la
mano, nuevamente al cuartito de atrás. Entramos y cerró la puerta con llave.
¿Qué me querés mostrar? – Le pregunté, haciéndome el inocente. ¡Esto! – Dijo,
levantándose la falda del vestido hasta la cintura, lo que le costó bastante,
por lo estrecho de la prenda. Tal como lo había supuesto al principio, no
llevaba bombacha.
No me puse nada abajo del vestido – Me dijo, sin que hiciera
falta la aclaración. Estaba completamente seguro que tampoco tenía corpiño. Lo
hice para que tuviéramos la oportunidad de despedirnos acá – Siguió diciendo. Ya
que mañana te vas, y no vamos a poder hacer nada. ¿A qué podemos jugar? –
Preguntó.
Yo ya no estaba para juegos, pero no quería defraudarla.
Vamos a jugar a las carreras de caballo – Le dije. Yo seré el jockey y vos la
yegua. La hice ponerse en cuatro patas sobre la cama, y me arrodillé detrás. Sin
decir agua va, la ensarté de dos empellones por el culo. Pegó un grito de dolor,
ya que no estaba preparada. ¡Relinchá, yegüita! – Dije. Y ahora vamos a correr.
Sin hacer caso de su dolor, comencé a bombear en su orto, que
se fue acostumbrando de a poco. Por suerte la pija de mi hijo lo había dejado
bastante abierto. Mientras la penetraba salvajemente, me tomé con una mano de
sus cabellos, tirándole la cabeza para atrás. Aquellos pasaron a ser mis
riendas, y entonces empecé a usar la fusta.
Con mi mano libre le empecé a pegar nalgadas. ¡Arre, yegüita!
– Le gritaba, mientras pegaba palmadas en sus nalgas. Al ratito las tenía rojas
como un tomate, pero yo seguía adelante. Con los polvos que me acababa de echar
con las chicas, podía aguantar un rato. Solté sus cabellos, y con esa mano le
acariciaba las tetas, y luego su concha. Le metí tres dedos que salieron
encharcados de tanto flujo que largaba.
Luego, sin dejar de moverme, y pegarle cada vez más fuerte en
las nalgas, comencé a sobarle el clítoris. En pocos minutos estaba acabando a
los gritos, lo que hizo que yo también llegara al orgasmo, echando la poca leche
que me quedaba dentro de su orto.
Caimos los dos desfallecidos por el esfuerzo, uno encima del
otro (ella abajo), y mi pija afuera. Cuando pudimos levantarnos, me dio un
sonoro beso, y me agradeció por todos los juegos que habíamos compartido. Desde
chiquita que no disfrutaba tanto de los juegos – Me dijo. Este último estuvo
fantástico.
Cuando quiso arreglarse para que saliéramos (no sin antes
haberme limpiado la pija con su lengua), se dio cuenta que su vestido se había
rajado. El tajo al costado se había abierto, y llegaba hasta la cintura. Cuando
se movía, se le veía todo, y para peor no tenía bombacha. ¿Querés una? – Le
pregunté, sacando la bombachita de Joanna de mi bolsillo.
Se me quedó mirando asombrada, pero no preguntó nada. Se la
puso como pudo, ya que casi no le cabía. No le tapaba nada, pero quedaba mejor
que si no la tuviera. Se arregló el cabello y salimos los dos juntos, a través
del guardarropa.
Afuera la fiesta seguía su curso, aunque ya sólo quedaban los
más jóvenes. Los únicos mayores éramos Nora y yo, más su ex cuñada. Hasta el
padre de Carla se había ido. Nos tomamos unos tragos, y charlamos de la fiesta;
hasta que vino Sebastián a sacarla a bailar. ¿Te dije que estás hermosa hoy? –
Le preguntó, galantemente.
Cuando me quedé solo, aparecieron Carla y Joanna a mi lado.
Joanna tiene miedo de volver a su casa sin la bombacha – Me dijo mi sobrina. ¿Se
la podés devolver antes que se vaya? No me quedó más remedio que decirles que ya
no la tenía. La había prestado a alguien que la necesitaba. No preguntaron nada
más, y me invitaron a bailar.
Se había formado un trencito, que recorría todo el salón, y
nosotros nos acoplamos a él. Tenía a Joanna delante mío, y a Carlita atrás.
Aprovechamos el movimiento del tren, y la locura del momento; yo para irle
acariciando el culo a Joanna, y mi sobrina pasando su mano por delante,
sobándome la pija sobre mis pantalones.
Sobre el final de la fiesta, pusieron música lenta, la que
aproveché para bailar con unas cuantas de las amigas de Carla. La mayoría se
pegaban a mí como ventosas, refregándose contra mi pija y apoyando sus pechos
contra el mío. Como veía que la mano era tranquila, me dediqué a magrear unos
cuantos culitos, si que ninguna dijera nada.
Una de ellas (nunca supe como se llamaba), vestía una
minifalda minúscula, y bastante amplia. Ya la había visto cuando se movía con la
música rápida, dejando al aire su culo en todo momento, apenas tapado por una
tanguita minúscula. Era una grandota (comparada con las otras) morochita,
bastante bonita.
Ni bien nos pusimos a bailar, se pegó a mí, y me fue llevando
hacia una zona un poco más oscura. Mientras bailábamos, metió la mano entre
nosotros, y sin que casi me diera cuenta, había bajado el cierre de mi pantalón,
y me estaba acariciando la pija.
Enseguida la sacó de su encierro, y levantando apenas su
pollera, se pegó a mí, apoyando mi verga contra su concha, apenas cubierta por
la tanga. Así bailamos un tema más, hasta que volvió a meter su mano, esta vez
corriendo la tanga a un lado, y tomando mi pija, la apoyó en la puerta de su
vagina.
El resto lo hice yo. Sin preocuparme ya por lo que pudiera
verse, de la calentura que llevaba, la agarré directamente de las nalgas, ya que
metí mis manos bajo la pollera, y la tanga estaba metida en la raya de su culo;
y la empujé hacia mí. En ese movimiento le metí la mitad de mi pija en la
concha; y al segundo empujón, llegué hasta los huevos.
Seguí con mis manos en su culo, y al compás de la suave
música me la fui cogiendo. Ella los disfrutó tanto como yo, ya que antes que
acabara, ella había tenido por lo menos tres orgasmos. Cuando pude, le metí un
dedo en el culo, y enseguida acabe, echándole el polvo dentro. Nos separamos
luego de besarnos en la boca, sin preocuparnos por el qué dirán.
Al volver a la barra a buscar un trago, vi que del
guardarropas salían Nora y Sebastián, tomados de la mano; y tras ellos venía su
ex cuñada. La cara de los tres indicaba que venían de una pequeña fiesta
privada. A Seba se lo veía agotado.
Terminó la fiesta con un desayuno de mate cocido y facturas;
y nos volvimos a la casa de la flaca. A Rosita la llevé en brazos, porque se
había dormido hacía rato, al igual que Adolfo, aunque este se despertó para
irnos.
El domingo no dio para mucho. Nos despertamos como a las tres
de la tarde, y al rato salíamos para Neuquén. Ni siquiera pudimos tener una
buena despedida final, pero quedamos en repetir la experiencia cuando yo
volviera por Buenos Aires. Claro que ahora iba a tener que repartirme entre
ellas y la casa de mi hermana Cristina, con su hija Ivanna.
Pero esa podrá ser otra historia, ya que el cumpleaños de
Carlita terminó allí para nosotros. Me despido de ustedes ¡Hasta siempre!
Un abrazo,
Billy
Espero sus comentarios en mi mail:
billyarg@yahoo.com
o en mi blog:
http://autoresylectores.blogspot.com