El gran cumpleaños de Carla – III (Carla perdió su virginidad)
Esta no es una historia real (aunque me hubiera gustado que
lo fuera), pero está basada en situaciones y personajes verdaderos, a los que
sólo les cambié los nombres y algunos lugares, como para guardar el secreto...
Se levantó y se fue a pegar un baño, mientras yo me vestía.
Después del almuerzo íbamos a hablar con Carla y Sebastián, para poder cumplir
con el deseo de Nora de que desvirgaran a su hija. Y esto lo teníamos que armar
para ese mismo día, ya que no nos quedaba mucho tiempo. Por otra parte, Nora se
las ingenió para que Rosita fuera toda la tarde a lo de una amiga, y Adolfo ni
siquiera volvía a almorzar, ya que tenia que quedarse en la escuela.
Cuando terminamos de almorzar, y Rosa se hubo ido, Nora fue
hasta la pieza de su hija mayor, para hablar con ella. Por mi parte, me quedé en
el living con Sebastián, buscando la forma de encarar el tema. Para hacérselas
corta, les comento que pudimos charlarlo sin problemas. Él me comentó que no
había tenido ninguna experiencia sexual previa, al menos que llegara a una
penetración.
Carla me gusta mucho – Me dijo. Y me encantaría acostarme con
ella. El problema es que siendo los dos vírgenes, no vamos a saber qué hacer –
Continuó. Yo creo que tendría que tener alguna práctica previa con alguien más
experimentado, y así no correr el riesgo de hacer mal las cosas.
No hubo mucha forma de convencerlo, a pesar de la falta de
tiempo y demás. La única opción – Le dije. Sería que tu tía estuviera dispuesta
a enseñarte ella primero. ¿Creés que eso será posible? – Preguntó, entusiasmado.
Enseguida lo hablamos con ella – Le respondí. Cuando termine de charlar con
Carla, nos juntamos los cuatro.
Al ratito bajaron Nora y Carla, y nos sentamos todos en el
living. La flaca fue la primera en hablar, y romper el silencio molesto que
reinaba. Tenemos un problema – Dijo. Carlita está dispuesta a encamarse con
Sebastián, pero quisiera que la primera vez fuera con alguien que conozca más
del tema. No quiere perder su virgo en manos de alguien que no sepa qué hacer.
Para tranquilizarla, le dije que Sebastián planteaba algo
similar, y que dadas las circunstancias y el poco tiempo de que disponíamos, se
me había ocurrido que podía ser ella quien tuviera las primeras relaciones con
mi hijo. Si vos estás de acuerdo – Le dije. ¡Totalmente de acuerdo! – Respondió
al instante. Denotando que la idea de desvirgar a mi hijo le gustaba mucho.
Pero, ¿qué hacemos con Carlita? – Preguntó. Si vos te vas a encargar de
Sebastián, el tío podría hacerlo conmigo – Respondió la aludida.
¿No serías capaz de acostarte conmigo, tiíto? – Preguntó.
¡Por favor! Yo me quedé mudo, pero no porque estuviera en desacuerdo, si no por
la sorpresa. Además, cuando reaccioné, me empezó a subir la calentura; de solo
pensar que podría desvirgar a mi sobrinita, esa preciosura rubia que tenía
delante.
Cuando logré hablar, les dije que si era necesario lo haría,
pero bajo ningún concepto quería que dejaran pasar el sexo entre ellos dos
(Carla y Sebastián), después que cada uno debutara con su respectivo tío.
Estuvimos todos de acuerdo, y organizamos las cosas, de forma tal que yo tendría
mi sesión de sexo con Carla en mi habitación (la de Nora), y ellos se irían para
arriba, a la habitación de Adolfo, que era la que tenía cama más grande de las
tres.
Carlita se pegó un baño y bajó vestida sólo con un camisón.
Nos sentamos en la cama, para charlar un poco antes. Le expliqué que trataría de
ser lo más suave posible con ella, y que si bien era probable que algo le
doliera, era mucho más lo que lo iba a disfrutar. ¿Qué experiencia has tenido
con los chicos? – Le pregunté. Vos sabés que ninguna – Respondió. Soy virgen
aún.
No me refería a experiencias completas – Aclaré. Si no a
besos, toqueteos, etc. A esto me respondió que se había besado con tres o cuatro
chicos ya. Besos de lengua – Puntualizó. Con aquellos que consideré mis novios.
Dos de ellos – Agregó. Me han acariciado bastante, sobretodo en los bailes.
Matías me llegó a meter la mano por debajo de la bombacha, pero sólo me acarició
la cola. En cambio Julián siempre trataba de acariciarme los pechos, y alguna
vez lo hizo por debajo de mi remera, cuando yo no llevaba corpiño.
Fuera de eso, me dijo que no la habían tocado; ante lo cual
le pregunté si ella los había manoseado alguna vez. Sí – Contestó. Varias veces,
pero siempre por encima del pantalón. También bailando me han apoyado bastante,
haciéndomelo sentir.
¿Y nunca te has tocado vos misma? – Le pregunté. Ante lo
cual, se puso roja como un tomate; dándome la certeza de que sí lo había hecho.
¿Podemos no hablar de ello? – Preguntó a su vez. Me da mucha vergüenza. Le dije
que conmigo se le tenían que acabar todas las vergüenzas; y que, por otro lado,
necesitaba saber cuánto conocía, para poder enseñarle mejor.
Después de pensarlo, se decidió a contarme que una vez en la
ducha se había sentido muy excitada, pensando lo que podía pasar enseguida,
porque se iba a un baile. Cuando pasé mi mano por la vagina, lavándome, sentí un
cosquilleo muy extraño; pero que me gustó mucho – Me contó, en voz baja. Así que
dejé mi mano allí, y sin darme cuenta, comencé a acariciarme. Después de un
ratito, me sentía como en una nube – Siguió contando. Pero justo en ese momento
me golpearon la puerta para que saliera de una vez del baño. Y todo terminó
allí.
Cuando volví del baile, después de que me habían franeleado
bastante, me fui a dormir otra vez muy excitada – Relataba, ya sin ningún
tapujo. Me acosté y no podía dormir; y ahí fue que mi mano se fue de nuevo a mi
vagina. Me comencé a acariciar, casi sin quererlo, y mis dedos resbalaban fácil.
Me explicó que tenía la vagina muy húmeda, y no sabía por qué. Pero esto le
había facilitado las cosas.
En un momento dado, sentí como que todo explotaba a mi
alrededor. Pegué un grito, que por suerte mi vieja no escuchó – Y agregó. Mi
cuerpo se me sacudía todo. Me asusté bastante, así que no volví a probar con
tocarme. No me animé a pedirle a mamá que me explicara, así que todavía no sé
qué me pasó – Concluyó su relato.
Antes que hagamos el amor – Le dije. Quiero explicarte
algunas cosas, sobre el hombre y la mujer. Sobre nuestros cuerpos y nuestras
sensaciones. Así que le dije que nos desnudáramos, cosa que a ella no le costó
mucho, ya que sólo llevaba el camisón y unas pantuflas. Yo me quité enseguida la
poca ropa que llevaba puesta y nos quedamos frente a frente, como Dios nos trajo
al mundo.
Tengo que decir que el cuerpo de Carla colmaba todas mis
expectativas. Ella es flaquita, como era la madre. Sus pechos no sobresalen
demasiado, pero tienen una forma exquisita, y luego pude comprobar que entraban
completos en mi boca. Tiene unos pezoncitos chicos, pero puntiagudos, en unas
aureolas que apenas se distinguen, por el color claro que tienen. Claro que lo
que tienen de pequeños, lo tienen de duros.
Las caderas apenas se separan de la cintura, las tiene muy
angostas. Un ombligo chiquito, que casi no se ve, y más abajo su pubis. Como
decía la película, un pubis angelical. Tiene bastante vello, pero como es muy
rubio, no se nota mucho. Se ve que no se lo depila, porque no lo necesita.
Apenas tapan sus labios vaginales, que también son pequeños, pero rosaditos,
como los de un bebé.
La colita es chiquita, pero muy paradita. La piel de sus
nalgas se nota suave y firme. Lo que más desarrollado tiene son las piernas; que
ya han tomado una forma casi de mujer adulta. Tiene lindos muslos, generosos
para su tamaño, y unas pantorrillas bien formadas. Sus pies son finitos y de
dedos largos, que invitan a chuparlos.
Luego de observarla unos minutos, en los cuales ella no
separaba su vista de mi pija, que ya estaba bien parada; nos volvimos a sentar,
ahora desnudos, en la cama. Te voy a ir enseñando varias cosas – Le expliqué.
Pero no dudes en preguntarme lo que quieras.
Empezaremos por mi cuerpo – Le dije. Como podrás ver, y ya lo
conocerás de haber visto otros hombres, estamos muy cubiertos de pelos en casi
todo el cuerpo. En mi caso, mi vello corporal es bastante espeso, pero hay otros
hombres que casi no se les nota. De todas maneras – Continué. En algunos lugares
donde siempre hay más: en las axilas y en el pubis.
¿El pubis es acá? – Preguntó, señalándolo en mi cuerpo.
Exactamente – Le respondí. Y si pasás tu mano, verás que allí es vello es espeso
y duro. No dudó en pasar sus dedos por mis pendejos, movimiento en el que rozó
apenas mi pija. Esto me dio casi como una patada eléctrica. Perdoname – Me dijo.
¿Te hice daño? Le dije que no se preocupara, que mi reacción había sido por
placer, y no por dolor.
Hay varias diferencias con el cuerpo de una mujer, una de
ellas es que no se desarrollan nuestros pechos. No nos crecen tampoco los
pezones, si no que nos quedan estas tetillas – Seguí explicando. Aunque sean
pequeñas, son muy sensibles; nos gustan que las acaricien, e inclusive que las
chupen o mordisqueen. Es casi la única zona erótica del hombre, fuera de los
genitales.
Luego pasé a hablar de los genitales masculinos, mostrándole
cómo es un pene en erección. Cuando se relaje – Le dije. Podrás verlo como queda
si no está parado. Es que al excitarse el hombre, el interior del pene se llena
de sangre, y por eso crece, en largo y grosor. Si no está erecto – Le expliqué.
No se puede efectuar la penetración de la mujer.
Los testículos es donde se producen los espermatozoides, que
son trasladados en el semen. Este sale por la punta del pene, cuando la
excitación llega al máximo, y el hombre alcanza lo que se llama el orgasmo –
Continué explicando, porque veía que ella estaba muy interesada. Si entra en la
vagina de la mujer, y se dan varias circunstancias más, algún espermatozoide se
junta con un óvulo, y se puede producir el embarazo.
Luego le ofrecí que los tocara, y así lo hizo. Pasó su suave
mano por mi pija, primero con cierto recelo, pero después con más ganas. La
acarició y le enseñé a echar la piel para atrás, y dejar a la vista toda la
cabeza. Eso se llama glande – Le dije. Y es la parte más sensible, con la piel
muy suave. ¿Lo puedo acariciar también? – Preguntó. A lo cual le respondí que no
solo podía tocarlo, si no que podía probarlo con su boca. Te va a gustar – Le
dije. Y a mi me encanta.
Lo pensó un poco, y arrimó su boquita a la punta de mi pija.
Le pasó los labios, y luego sacó la lengua, acariciando con ella toda la cabeza.
Mi verga estaba que hervía, y más cuando abrió sus labios y se metió toda la
cabeza en la boca. Mientras con la lengua la seguía acariciando. Estás
aprendiendo rápido – La alenté.
La hice parar, antes que fuera a acabar. Tenía que guardar
mis energías para todo lo que faltaba. Los testículos también son muy sensibles
– Le dije. Me encanta que los acaricien, pero debes hacerlo con mucho cuidado,
porque si no puede ser doloroso – Continué. También puedes pasarle tu lengua,
que me gusta mucho.
Así lo hizo. Me acarició las bolas con mucho cuidado; pero
cuando fue a chuparlas, no le gustó mucho, ya que se le metían los pendejos en
la boca. No te preocupes – Le dije. Ya te vas a acostumbrar. De todas maneras,
esto es sólo para que vayas aprendiendo.
Hay muchas formas de acariciar a un hombre, y no sólo es con
las manos y con la boca que lo puedes hacer – Seguí explicando. Vas a aprender
que puedes usar también tus pies; sobretodo tu cabello, que siendo tan largo y
sedoso, puede hacer maravillas; e inclusive tus pechos – Concluí.
Luego pasamos a ella. La hice parar en frente mío, y le
mostré los puntos más sensibles en la mujer. Tu cuerpo ya lo conocés – Le dije.
No te voy a explicar que los pechos de la mujer crecen, al igual que sus
pezones. Los tuyos todavía son pequeños, pero seguro llegarán a tener un tamaño
considerable.
A las mujeres, más si son rubias como vos, no le crece mucho
vello – Seguí con mi cátedra. Sí en el pubis, e inclusive bajo los brazos; pero
no recubren todo el cuerpo. Le mostré que ella tenía ya bastante cubriendo su
vagina, y una muy linda pelusa en piernas y brazos. A mí me gusta que las
mujeres que no son muy peludas, no se los depilen – Le dije. Si te sacas los
pelos de brazos y piernas, luego crecen más y más duros. Yo prefiero esta
pelusita, que me excita mucho.
Pasé directamente a su zona genital, la cual le fui
nombrando, mientras iba separando con mis dedos sus partes. Bajo el vello nos
encontramos con la vagina – Le expliqué. Por fuera están los labios mayores (que
se parecen a los de tu boca), y luego los menores, o interiores. Recubre lo que
se llama el clítoris, que es esta especie de botoncito que tenés acá.
Todo esto lo dije mientras la iba tocando, y cuando llegué al
clítoris, que era muy chiquito, pegó un respingo. ¿Te lastimé? – Le pregunté,
preocupado. No – Respondió. Es que me dio como corriente, pero me gustó.
Es lógico que te haya pasado – Le dije. Es la zona más
sensible de la mujer. Le comenté que las mujeres tenían muchas zonas eróticas, a
diferencia de los hombres; pero las más sensibles son la vagina, y especialmente
el clítoris, y los pechos (sobretodo los pezones). De todas maneras – Seguí.
Ustedes son muy sensibles en el cuello, detrás de las orejas, las axilas, la
espalda, la parte de atrás de las rodillas, y casi en cuanto punto se las toque.
Extendí mis manos y la acerqué a mí. Sin decir nada, comencé
a lamerle sus pechitos. Me los puse en la boca uno por uno, mientras con mi
lengua lamía sus pequeños pezones. Ella comenzó a temblar, aumentando su
excitación cada vez más. Me saqué el pecho de la boca, y me dediqué al pezón;
cuando le pegué un par de mordisquitos, ella ya gemía de placer. Rodeé con mi
lengua todo el pecho, llegando a la axila, lo cual le produjo un escalofrío de
aquellos.
¿Ves cuan sensible podés ser? – Le pregunté. Y todavía no
llegué a tu vagina. Pero no tardé mucho en hacerlo; fui bajando con mi lengua
por su vientre, me entretuve en el ombligo, porque vi que mi lengua le causaba
placer ahí. Luego la recosté sobre la cama, y yo me arrodillé en el piso,
delante de ella. Abrí sus piernas, y metí mi cabeza entre ellas.
Comencé a mamarla lentamente. Primero la acaricié por fuera,
con mi lengua; para después irla penetrando con ella. Alcancé su clítoris y me
dediqué a él unos minutos. Los suficientes para que alcanzara un orgasmo; el
primero de ese día, y por lo visto, el segundo de su vida. Pegó un fuerte grito,
y bamboleaba las caderas para todos lados. Enseguida quité mi boca, ya que no
quería prolongar su intensidad, pues tenía miedo que se asustara.
Cuando paró, me dijo que eso era lo que le había pasado
aquella vez en su cama. Le explique que era un orgasmo, y era lo mejor que le
podía pasar. ¿No te gustó? – Le pregunté. Me encantó – Fue su respuesta. Pero
pensé que podía hacerme mal. Tuve que aclararle que no sólo no le hacía mal, si
no que era a eso a lo que tenía que aspirar cuando hiciera el amor. ¡Es lo
máximo! – Le dije.
Volvía con mi cabeza a su concha, encontrándola empapada con
sus jugos, mezclados con mi saliva. Recomencé la mamada, esta vez metiendo más
aún mi lengua. Separe bien sus labios y comencé a depositarle saliva dentro. De
ahí pasé hacia el culo, lamiendo concienzudamente el espacio entre los dos
agujeros. Esto le produjo más estremecimientos, y gemía en voz alta, ante el
placer que le daba.
Por último, lamí el agujerito de su orto, echándole bastante
saliva, hasta que pude penetrarlo con mi lengua. Esta zona también es muy
sensible – Le expliqué. Bien tratada, la cola te puede dar tanto placer como la
vagina. A mí me volvió loca cuando pasabas tu lengua entre las dos – Me dijo.
Bueno – Dije. Ahora que ya estás lista, voy a penetrarte.
Pero antes tenemos que ponerle un preservativo a mi pene, para que no quedes
embarazada. Por eso no hay problema – Me dijo. Mamá hace un año que me da
pastillas anticonceptivas, y está segura que no puedo quedar embarazada ni por
error.
Esto me encantó. No sólo la iba a desvirgar, si no que la iba
a sentir sin ningún impedimento. Si te duele mucho, decímelo – Le advertí. Pero
si no, aguantate un poco, que lo vas a disfrutar. Me paré, y abriendo aún más
sus piernas, las coloqué sobre mis hombros. Refregué con mi propia saliva el
pene, y apoyé la puntita en la entrada de su concha.
Primero le pasé la cabeza por toda la vagina, impregnándola
con sus jugos. Como vi que se excitaba nuevamente, incrementé el franeleo sobre
su clítoris, hasta que acabó otra vez. No terminé de correr mi pija hacia abajo,
que la reemplacé por dos de mis dedos, continuando con la paja que le hacía.
Gracias a ello, su orgasmo se estiró, y yo aproveché para comenzar a penetrarla.
Antes que se diera cuenta, tenía toda la cabeza dentro de su
concha, y seguía avanzando. Cuando se calmó del orgasmo que había tenido, empezó
a sentir la sensación que la llenaba. Hizo algunos gestos de dolor, pero no dijo
nada; a la vez que yo seguía avanzando.
Pronto me topé con su virginidad, y antes de romper su himen,
se la saqué y puse varias veces. En una de las metidas, lo hice más adentro, y
perforé la delicada membrana. ¡Hay! – Gritó. Pero fue todo lo que dijo. Yo ya
estaba adentro, y comencé a meterme cada vez más a fondo. De a poco entraba y
salía, y cada vez era mayor la porción que iba dentro de su cuerpo.
Aproveché para volver a acariciarle el clítoris con una mano,
y con la otra sus pechos, apretándole suavemente sus pezones. Para cuando tuve
toda mi pija dentro, chocando sus nalguitas con mis huevos, ella alcanzó otro
orgasmo. Creo que fue el más fuerte de todos. Gritaba como loca. Ella, que
siempre se la vio tan modosita. Se movía tanto, que mi verga se clavaba cada vez
más, aunque yo me quedé quieto.
Luego la tomé de la cintura, teniéndola casi en el aire, y
comencé un mete y saca más rápido, hasta que alcancé mi propio orgasmo. La llené
de leche, mientras gritaba satisfecho. Fue tanto lo que largué, que el semen
comenzó a escurrir en sus muslos, cuando mi pija empezó a achicarse.
Recién cuando estuvo del todo fláccida la saqué, y me recosté
a su lado. No me quedé mucho tiempo quieto, y comencé a acariciar nuevamente su
cuerpo. Los dos estábamos agotados, así que nos quedamos rendidos, muy juntitos.
Al ratito me acomodé mejor en la cama, y le pedí que fuera
ella quien se dedicara a acariciar mi cuerpo. Quiero que me acaricies y me lamas
todo – Le dije. Desde la cabeza hasta los pies. Se puso a mi lado, y primero nos
besamos; nuestras lenguas se acariciaban dentro de la boca de uno u otro. Sus
flujos vaginales y nuestra saliva, hacían que el beso fuera muy húmedo, y muy
excitante.
Para cuando nos separamos, mi verga comenzaba a pararse
nuevamente. Ante una indicación mía, empezó a acariciar mi pecho, con sus dedos
y luego su boca. Tomó una de mis tetillas entre sus labios, y la succionó como
un chupete. ¿Así está bien? – Preguntó. No sólo está bien – Le respondí. Si no
que puedes también morderlas un poquito, y acariciarlas luego con tu cabello y
también juntar nuestros pechos. No te olvides que todo sirve – Acabé.
Hizo todo lo que le indiqué; cuando pasaba su pezón por mi
tetilla, ambos nos estremecimos de placer, era algo único. Mis tetillas se
habían endurecido por la excitación, y de los pezoncitos de ella, ni hablar.
Sobresalían mucho de sus pequeños pechos, que estaban más duros que nunca.
Le hice señas que bajara, y así llegó hasta mi pija, la cual
ya conocía con su boca. De todas maneras, esta vez comenzó al revés; primero
pasó su cabello por todos mis genitales, logrando llevarme casi al punto del
orgasmo; pero la hice parar. Luego comenzó con su boca, pero esta vez se la hice
tragar. No toda, pero casi; hasta donde le entró. Cerraba sus labios alrededor
del tronco de mi verga, y yo aproveché para moverme en un pone y saca de esa
boquita.
Ahora vas a conocer cómo es el semen que transporta los
espermatozoides – Le dije, apurando mis movimientos. Al fin me desbordé,
alcanzando mi segundo orgasmo, dentro de su boca. Como era de esperar, ante los
primeros chorros que recibió, separó su boca. De esta manera, buena parte de mi
leche fue a parar a su cara, manchándola bastante, y a sus pechos.
Cuando terminé le arrimé de nuevo la punta a la boca, y ella
se dedicó a limpiarla con su lengua. Aproveché que se había deshinchado
bastante, para ponérsela toda adentro. Me la dejó limpita, aunque muerta después
de tanta joda.
Volvimos a besarnos, y esta vez fue ella quien me pasó mis
fluidos, pero nada importaba. Carlita ya no era virgen, y había disfrutado de su
primera vez. Yo, por mi parte, tenía la dicha de ser quién la había cogido por
primera vez, y enseñado un montón de cosas para el futuro.
Estábamos recostados, acariciándonos mutuamente, cuando desde
la puerta escuchamos que nos hablaban. Ahí estaban Nora y Sebastián, de la mano,
y completamente desnudos. ¿Qué tal les fue? – Preguntó Nora. A lo cual le
respondimos dándonos un tremendo beso, que duró varios minutos. A nosotros
también nos fue bien – Volvió a hablar la flaca. Pero ya es hora de vestirnos,
porque van a volver Adolfo y Rosita.
Mientras nosotros nos vestíamos, organizamos las cosas para
facilitar el encuentro entre Carla y mi hijo. Pero de esto se van a enterar en
próximas entregas, ya que en la que viene, Sebastián les contará cómo fue su
primera vez, con la tía Nora. Así que será hasta la próxima, en la cuarta parte
de esta historia.
Un abrazo,
Billy
Espero sus comentarios en mi mail:
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